El pais de las pieles · Parte 1
XVIII
LA NOCHE POLAR
Comenzó esta larga noche con una tempestad espantosa. El frío quizá fuese menos vivo; pero la humedad de la atmósfera era terrible. A pesar de todas las precauciones, esta humedad penetraba en la casa, y al limpiar cada mañana los condesadores, sacábanse de ellos varias libras de hielo.
En la parte exterior, pasaban las ventiscas girando como trombas. La nieve, en vez de descender verticalmente, caía casi en sentido horizontal. Jasper Hobson tuvo que prohibir que abriesen la puerta, porque penetraba tal cantidad de ella, que el corredor se hubiera obstruido casi instantáneamente. Los invernantes se encontraban ya presos.
Las hojas de las ventanas habían sido herméticamente cerradas, teniendo las lámparas que permanecer continuamente encendidas durante las horas de aquella larga noche invernal que no se consagraban al sueño.
Pero si bien la obscuridad reinaba fuera, el ruido de la tempestad había reemplazado al silencio casi absoluto de las altas latitudes. El viento, que se encallejonaba entre la casa y el cantil del promontorio, mugía con gran ímpetu, azotando de través la habitación, que temblaba sobre sus pilares; y, a no ser por la gran solidez con que se la había edificado, no hubiera resistido sus embates. Afortunadamente, la nieve, al amontonarse alrededor de sus paredes, amortiguaba el ímpetu de las huracanadas rachas. Mac-Nap sólo temía por las chimeneas, cuyo cañón exterior, construido con ladrillos de cal, podía ceder a la presión del viento. No fue así, sin embargo, pues resistieron bien; pero había que desatascar con frecuencia su orificio obstruido por la nieve.
En medio de los bramidos de la tormenta, oíanse algunas veces extraordinarios estruendos, con cuya explicación no daba Paulina Barnett. Reconocían por causa ciertos derrumbamientos de icebergs, que se producían en el mar. Repetidos por los ecos, estos ruidos recordaban el redoblar del trueno. Incesantes crepitaciones acompañaban las dislocaciones de ciertas partes de icebergs, desprendidas a consecuencia de la caída de estas montañas. Era preciso tener el alma ya muy hecha a las violencias de estos ásperos climas para no experimentar una siniestra impresión. El teniente Hobson y sus compañeros estaban ya avezados a ello, y Paulina Barnett y Madge no tardaron en acostumbrarse también. No era, por otra parte, la primera vez que experimentaban, durante sus viajes, los embates de estos vientos terribles que alcanzan una velocidad de cuarenta leguas por hora y arrastran cañones de veinticuatro. Pero allí, en el cabo Bathurst, el fenómeno se verificaba con las circunstancias agravantes de la continuidad de la noche y de la nieve. Aquel viento, que no demolía, enterraba, y era probable que a las doces horas de iniciada la tempestad, la casa, la perrera, el cobertizo y la empalizada hubiesen desaparecido bajo una capa de nieve de extraordinario espesor.
Durante el encierro, habíase organizado la vida interior de la casa. Todas aquellas gentes esforzadas se entendían entre sí perfectamente, y la existencia en común, en tan reducido espacio, deslizábase sin el menor rozamiento. ¿No estaban por ventura acostumbrados a vivir en estas condiciones lo mismo en el fuerte Empresa que en el fuerte Confianza? Por eso a Paulina Barnett no le causó extrañeza el verlos tan bien avenidos.
El trabajo por una parte, y la lectura y los juegos, por otra, ocupaban todos los instantes de su vida. El trabajo consistía en la confección y repaso de la ropa, limpieza de las armas, elaboración de calzados, redacción del diario que llevaba el teniente Hobson al día, y en el cual anotaba los menores acontecimientos de la invernada, el estado del tiempo, la temperatura, la dirección de los vientos, la aparición de meteoros, tan frecuentes en las regiones polares, etc., sin olvidar la limpieza de la casa, el barrido de las habitaciones y salas, el examen diario de las pieles almacenadas, con objeto de evitar que la humedad las alterase; la vigilancia del fuego y del buen funcionamiento de las estufas y del tiro de las chimeneas, y la incesante persecución de las moléculas de humedad que se deslizaban en los rincones.
Cada cual tenía asignado su cometido especial con arreglo a un reglamento fijo en el salón central. Sin estar recargados de trabajo, los habitantes del fuerte no se hallaban jamás desocupados. Durante este tiempo, Tomás Black cuidaba incesantemente sus instrumentos y repasaba sus cálculos astronómicos; casi siempre encerrado dentro de su camarote, renegaba de la tempestad, que le impedía toda observación nocturna. En cuanto a las tres mujeres casadas, la esposa de Mac-Nap se hallaba dedicada a su hijo, que se desarrollaba de un modo maravilloso, en tanto que la del cabo Joliffe, ayudada por la de Rae y aguijoneada por el cazolero de su marido, presidía las operaciones culinarias.
Para las distracciones, que se verificaban en común, habíanse reservado ciertas horas del día y los domingos enteros. Consistían, ante todo, en la lectura de la Biblia y de algunos libros de viajes, pues no contaba con otros la biblioteca del fuerte: mas con ellos tenían suficientes sus tan poco exigentes habitantes. Por regla general, era Paulina Barnett la encargada de leer, y sus oyentes experimentaban un verdadero placer en escucharla. Tanto las historias bíblicas, como las aventuras de viajes, adquirían un encanto especial cuando su voz penetrante y persuasiva leía algún capítulo de los libros santos. Los personajes imaginarios, los héroes legendarios se animaban, adquiriendo una vida sorprendente; por eso todos sentían una gran satisfacción cuando la amable mujer tomaba el libro a la hora acostumbrada.
Era, por otra parte, el alma de aquel mundo pequeño, instruyéndose e instruyendo a los otros, dando y recibiendo consejos, y dispuesta siempre y a todas horas a prestar a su prójimo sus inestimables servicios. Reunía en sí todas las bondades y gracias peculiares a la mujer, combinadas con la energía moral propia del hombre, cualidades inestimables que realzaban su valer ante aquellos rudos soldados que, entusiasmados, locos, hubiesen sacrificado gustosos por ella su existencia.
Conviene advertir que Paulina Barnett hacía vida común con todos los habitantes del fuerte; que no vivía encerrada en su camarote; que trabajaba en medio de sus compañeros de invernada; y que, por último, con sus amables preguntas, daba ocasión a todos para que tomasen parte en la conversación general. Ni las manos ni la lengua permanecían, pues, nunca ociosas en el fuerte Esperanza. Se trabajaba, se conversaba, y es preciso añadir que todos se encontraban satisfechos y gozaban de un excelente humor que les ayudaba a conservar una envidiable salud y a triunfar del aburrimiento de aquel prolongado encierro.
La tempestad no amainaba, sin embargo: Hacía tres días que los invernantes se hallaban encerrados en la casa sin que disminuyese la intensidad de la ventisca. Jasper Hobson se impacientaba. Urgía renovar la atmósfera interior de las habitaciones, tan demasiado cargada de ácido carbónico, que ya las lámparas empezaban a palidecer en aquel medio malsano. Cuando se quiso hacer uso de las bombas de aire, viose que sus tubos estaban llenos de hielo y. que no funcionaban, por lo tanto; de suerte que sólo servían para el caso en que la casa no se hallase sepultada bajo masas de nieve tan grandes. Era, pues, necesario adoptar una determinación. El teniente aconsejóse con el sargento Long y decidieron abrir, el 23 de noviembre, una de las ventanas situadas en la fachada anterior, que era el lado menos combatido por el viento.
No fue operación sencilla; porque, si bien los batientes se abrieron con facilidad hacia dentro, no sucedió lo mismo Con las hojas exteriores, que oprimidas por la nieve cuajada, resistieron los mayores esfuerzos, siendo preciso desmontarlas de sus goznes, y atacar después la nieve con los pico y las palas. Medía la capa de hielo por lo menos diez pies de espesor, y hubo necesidad de abrir una especie de zanja que dio bien pronto acceso al aire exterior.
.jasper Hobson, el sargento, algunos soldados y Paulina Barnett aventuráronse en seguida a salir por aquella zanja, lográndolo a duras penas, pues el viento penetraba por ella con una velocidad extraordinaria.
¡Qué aspecto el del cabo Bathurst y el de la llanura limítrofe! Eran las doce del día y apenas si algunos resplandores crepusculares matizaban el horizonte del Sur. El frío no era tan intenso como hubiera podido creerse, pues el termómetro sólo indicaba 15° Fahrenheit sobre cero (9º centígrados por debajo del punto de congelación del agua destilada); pero la ventisca seguía desencadenándose con incomparable violencia, y el teniente y sus compañeros, lo mismo que la viajera, habrían sido deribados sin remedio si la capa de nieve, en la cual se habían hundido hasta la cintura, no les hubiera defendido contra la impetuosidad del viento. No podían hablar ni veían, cegados por un torbellino de blancos copos de nieve. En menos de media hora se habrían visto sepultados. Todo a su alrededor estaba blanco; la empalizada se hallaba enterrada del todo; el techo de la casa y sus muros desaparecían bajo un promontorio de nieve, y, a no ser por dos torbellinos de humo azulado que se retorcían en el aire, nadie hubiera podido sospechar la existencia en aquel sitio de una cabaña habitada.
En estas condiciones, el paseo fue muy corto; pero la viajera había tenido tiempo de echar una ojeada rápida sobre aquel desolado paisaje. Había entrevisto el horizonte polar, batido por las nieves, y el sublime horror de las tempestades árticas, y regresó a su prisión llevando consigo un imperecedero recuerdo.
El aire de la casa había sido renovado en algunos instantes, disipándose los vapores perjudiciales bajo la acción de una corriente atmosférica vivificante y pura. El teniente Hobson y sus compañeros apresuráronse, a su vez, a refugiarse en ella, cerrando la ventana tras ellos; pero, en lo sucesivo, tuvieron buen cuidado de dejar expedita cada día la abertura, en interés de la ventilación.
Así transcurrió la semana. Afortunadamente, los renos y los perros tenían comida abundante y no fue necesario visitarlos. Los invernantes viéronse de esta suerte aprisionados por espacio de ocho días, lo cual resultaba bastante desagradable para hombres acostumbrados a vivir al aire libre, como soldados y cazadores que eran. Por eso sucedió que, poco a poco, la lectura perdió para ellos buena parte de su encanto, y que el cribbage acabara por resultarles monótono. Acostábanse con la esperanza de oir, al despertar, los últimos mugidos de la tempestad, mas todo en vano. La nieve seguía amontonándose contra los vidrios de las ventanas, el viento rugía huracanado, los icebergs se quebraban con ensordecedor estruendo, el humo retrocedía a las habitaciones, provocando incesantes toses, y no sólo no amainaba la borrasca, sino que parecía que nunca iba a terminar.
Por fin, el 28 de noviembre el barómetro aneroide, colocado en el salón principal, subió de un modo sensible, presagiando una próxima modificación del estado atmosférico. Al mismo tiempo, el termómetro colocado en el exterior bajó casi repentinamente a menos de 4º Fahrenheit bajo cero (20° centígrados bajo cero), síntomas ambos que no permitían dudar. En efecto, el 29 de noviembre los habitantes del fuerte Esperanza pudieron reconocer, por la calma que en el exterior reinaba, que la tempestad había cesado.
Todos trataron entonces de salir más que de prisa, porque el encierro había durado bastante; pero la puerta se hallaba por completo obstruida, siendo preciso salir por la ventana y desembarazarla de los últimos montones de nieve. Pero esta vez no se trataba de taladrar una capa blanda; porque el intenso frío había solidificado toda la masa y fue necesario atacarla con los picos.
Empleóse media hora en esta operación, al cabo de la cual todos los invernantes, a excepción de la señora Mac-Nap, que aún no se levantaba, retozaban por el patio interior.
Era el frío extremadamente vivo; pero como no hacía viento, era fácil soportarlo. Sin embargo, al salir de un recinto caliente, todo el mundo debe adoptar precauciones para afrontar una diferencia de temperatura de 54° aproximadamente (30° centígrados).
Eran las ocho de la mañana. Constelaciones de admirable pureza resplandecían desde el cénit, donde brillaba la estrella Polar, hasta los últimos límites del horizonte. El ojo del observador creía descubrir millones de ellas; pero sabido es que el número de estrellas visibles a simple vista en toda la esfera celeste no pasa de 5.000. Tomás Black se deshacía en exclamaciones de admiración, aplaudiendo, lleno de entusiasmo, aquel estrellado firmamento no velado por ningún vapor ni bruma. ¡Jamás habían contemplado los ojos del astrónomo un cielo tan admirablemente bello!
Mientras que Tomás Black, indiferente a cuanto acontecía en la tierra, se extasiaba en la contemplación del espacio, sus compañeros alejábanse hasta lost límites del recinto fortificado. La capa de nieve tenía la dureza de la piedra, pero era resbaladiza en extremo, de manera que hubo algunas caídas, aunque sin consecuencias.
No es preciso decir que el patio del fuerte estaba lleno de nieve hasta la altura de la cerca, sobresaliendo tan sólo el techo de la casa sobre la masa blanca, que presentaba una perfecta horizontalidad, pues el viento había pasado sobre su superficie su nivelador rasero. Sólo se veían de la empalizada los extremos de las estacas, de tal suerte que no hubiera servido para contener ni al menos flexible de los roedores. Pero, ¿qué remedio quedaba? No era posible pensar en arrancar de un espacio tan amplio diez pies de nieve endurecida. Lo más que podía hacerse era tratar de desembarazar la parte exterior de la cerca a fin de formar un foso cuya contraescarpa protegiese aún el recinto; pero el invierno no había hecho más que empezar, y era muy de temer que una nueva tempestad cegase en pocas horas el foso.
Mientras el teniente examinaba las obras que ya no podrían defender la casa principal, en tanto que los rayos del sol no fundiesen aquella capa de nieve, exclamó la señora Joliffe:
– ¿Y nuestros perros? ¿Y nuestros renos? Y, en efecto, era preciso preocuparse de la suerte de estos animales. La perrera y el establo, menos elevados que la casa, debían estar completamente enterrados, siendo muy de temer que les hubiese faltado el aire a estos animales. Todos se precipitaron entonces, los unos hacia la perrera, los otros hacia el establo; pero la tranquilidad no tardó en renacer en el espíritu de todos. La muralla de hielo, que enlazaba el ángulo norte de la casa con el promontorio, había protegido en parte las dos construcciones alrededor de las cuales la altura de la capa de nieve no pasaba de cuatro pies, de suerte que los postigos abiertos en sus paredes no se hallaban obstruidos. Los animales todos se encontraban en excelente estado de salud, y, en cuanto se les abrió las puertas a los perros, lanzáronse al exterior ladrando alegremente.
El frío, sin embargo, empezaba a hacerse sentir vivamente, y, después de un paseo de una hora, acordáronse todos de la bienhechora estufa que chisporroteaba en el salón central; y, como no había nada que hacer allí fuera en aquellos momentos, toda vez que las trampas, enterradas bajo diez pies de nieve, no podían ser visitadas, regresaron a la casa, cerraron la ventana y se sentaron en seguida a la mesa, pues la hora de comer había llegado.
Como podrá comprenderse, la conversación versó sobre aquel súbito frío que tan rápidamente había solidificado la espesa capa de nieve. Era una circunstancia lamentable que comprometía, hasta cierto punto, la seguridad del fuerte.
– Pero, señor Hobson —preguntó Paulina Barnett—, ¿no podemos esperar que sobrevengan algunos días de más dulce temperatura que convierta en agua este hielo?
– No, señora —replicó Jasper Hobson—; un deshielo en esta época del año no es probable. Creo más bien que aumentará todavía la intensidad del frío, siendo sensible que no hayamos podido retirar esta nieve cuando aún estaba blanda.
– ¡Cómo! ¿suponéis que la temperatura habrá de sufrir aún un descenso considerable?
– Sin duda ninguna, señora. Cuatro grados bajo cero (20° centígrados bajo el punto de congelación del agua destilada) no es nada para una latitud tan elevada.
– Pues, ¿qué sería si nos encontrásemos en el Polo? — preguntó Paulina Barnett.
– El Polo, señora, no es probablemente el punto más frío de la tierra, toda vez que la mayoría de los navegantes coinciden en la opinión de que en él existe el mar libre. Hasta parece que, a consecuencia de ciertas disposiciones goegráficas e hidrográficas, el punto donde la temperatura media es más baja se halla situado a los 95° de longitud y los 78° de latitud, es decir, en las costas de la Georgia septentrional. Allí, esta temperatura media sería solamente de 2° bajo cero (19° centígrados bajo cero) para todo el año, dándose comúnmente a este punto el nombre de polo del frío.
– Pero señor Hobson —respondió Paulina Barnett—, nos hallamos a más de 8º de latitud de ese temible lugar.
– Por eso abrigo la esperanza de que no hemos de padecer tanto en el cabo Bathurst como padeceríamos en la Georgia septentrional. Pero si le hablo a usted del polo del frío, es para decirle que no hay que confundirlo con el Polo propiamente dicho, cuando de temperatura se trata. Conviene tener en cuenta, además, que en otros lugares del Globo se han experimentado también grandes fríos, solamente que no han sido duraderos.
– ¿En qué puntos, señor Hobson? — preguntó Paulina Barnett—. Le aseguro que en estos precisos momentos la cuestión del frío me interesa de un modo extraordinario.
– Si no recuerdo mal —respondió el teniente Hobson—, los viajeros árticos han comprobado que en la isla de Melville la temperatura ha bajado hasta 61° bajo cero, y hasta 65° bajo cero en Puerto Félix.
– Pero esa isla de Melville y ese Puerto Félix, ¿no están más elevados en latitud que el cabo Bathurst?
– Sin duda alguna, señora; pero, después de cierto límite, la latitud no significa nada. Basta el concurso de diversas circunstancias atmosféricas para producir fríos considerables. Y, si no me es infiel la memoria, en 1845... Sargento Long, ¿no estaba usted entonces en el fuerte Confianza? —Sí, mi teniente — respondió el aludido. —Pues bien, ¿no fue en enero de aquel año cuando experimentamos un frío extraordinario?
– En efecto —respondió el sargento—; me acuerdo muy bien de que el termómetro descendió a 70° bajo cero (50° centígrados bajo cero).
– ¡Cómo! —exclamó Paulina Barnett—, ¿70° bajo cero en el fuerte Confianza, en el lago del Esclavo?
– Sí, señora —respondió el teniente—; ¡a los 65° de latitud solamente, que no llega a ser ni la de Cristianía ni la de San Petersburgo!
– Entonces, señor Hobson, debemos estar preparados para todo.
– Sí, para todo, en verdad, cuando se inverna en las regiones árticas.
Durante los días 29 y 30 de noviembre no decreció la intensidad del frío, y fue necesario activar el fuego de la estufa, porque, de lo contrario, la humedad se habría convertido en hielo en todos los rincones de la casa. Pero, como había gran abundancia de combustible, no se economizó, lográndose de este modo sostener en el interior una temperatura media de 52° Fahrenheit (10° centígrados sobre cero).
A pesar del descenso de la temperatura, tentado Tomás Black por la pureza de aquel cielo, quiso hacer algunas observaciones de estrellas, con la esperanza de desdoblar algunos de aquellos magníficos astros que centelleaban en el cénit; pero tuvo que renunciar a sus planes, porque sus instrumentos le quemaban las manos. Quemar es la única palabra que puede dar la impresión producida por un cuerpo metálico sometido a tales fríos. Por otra parte, el fenómeno, físicamente considerado, es idéntico. La impresión es la misma, ya sea introducido bruscamente el calor en la carne, por medio de un cuerpo ardiente, ya sea violentamente retirado de ella por un objeto helado; y el digno sabio comprobó esta verdad de una manera tan práctica, que dejó la piel de sus dedos pegada al anteojo, viéndose, naturalmente, precisado a suspender sus observaciones.
Pero el cielo recompensólo con creces ofreciéndole el espectáculo indescriptible de dos de sus más bellos meteoros: de una paraselene, primero, y de una aurora boreal, después.
La paraselene, o halo lunar, formaba un círculo blanco, orlado de un tinte rojo pálido alrededor de la Luna. Este aro luminoso, debido a la refracción de los rayos lunares a través de los cristalitos prismáticos de hielo que flotan en la atmósfera, presentaba un diámetro de unos 45° aproximadamente. El astro de la noche brillaba con su más vivo fulgor en el centro de aquella corona, semejante a esas bandas lechosas y diáfanas de los arcos iris lunares.
Quince horas después, desplegóse sobre la parte septentrional del horizonte una magnífica aurora boreal, que describía un arco de más de 100° geográficos, y cuyo vértice se encontraba sensiblemente situado sobre el meridiano magnético; y, por una rareza que algunas veces se observa, hallábase adornado el meteoro por todos los colores del prisma, entre los que se destacaba el rojo. En ciertos lugares del cielo las constelaciones parecían estar sumergidas en sangre. De la aglomeración brumosa que formaba, en el horizonte, el centro del meteoro, se irradiaban ardientes efluvios, algunos de los cuales rebasaban el cénit y hacían palidecer la luz de la luna, que aparecía sumergida en aquellas ondas eléctricas. Estos rayos vibraban como si una corriente de aire agitase sus moléculas. No hay palabras con que describir la sublime magnificencia de aquella aurora que radiaba en todo su esplendor en el polo boreal del mundo. Después de media hora de incomparable brillo, sin que se hubiera estrechado ni reducido, sin que siquiera hubiese disminuido su luz, extinguióse de repente el espléndido meteoro, cual si una invisible mano hubiese de improviso agotado las fuentes eléctricas que lo vivificaban.
¡Y ya era hora por cierto! porque, cinco minutos más tarde, el estudioso astrónomo se habría helado en el sitio desde donde lo contemplaba.