El pais de las pieles · Parte 1

XI

SIGUIENDO EL PERFIL DE LA COSTA

El vasto estuario adonde el destacamento acababa de llegar, al cabo de seis semanas de viaje, formaba una escotadura trapezoidal, practicada con limpieza en el continente americano. En su ángulo Oeste abríase la desembocadura del Coppermine. Por el contrario, su ángulo oriental formaba una especie de embudo muy prolongado que ha recibido el nombre de entrada de Bathurst. Por este lado, la costa, caprichosamente festoneada, llena de ensenadas y ancones, erizada de cabos agudos y de abruptos promontorios, iba a perderse en ese confuso laberinto de estrechos, canales y pasos que dan a los mapas de las regiones polares un aspecto tan extraño. Por el lado opuesto, a partir de la misma desembocadura del Coppermine, la costa se remontaba hacia el Norte, rematando en el cabo Kruzenstern.

Este estuario llevaba el nombre de golfo de la Coronación, y sus aguas se hallaban sembradas de islas, cayos e islotes, los cuales constituyen el archipiélago del Duque de York.

Después de haber conferenciado con el sargento Long, Jasper Hobson decidió conceder en aquel lugar un día de reposo a sus compañeros.

La exploración propiamente dicha, que debía permitir al teniente determinar el paraje más propicio para el establecimiento de una factoría, iba entonces a comenzar realmente. La Compañía había recomendado a su agente que se mantuviese, mientras le fuera posible, por encima del paralelo de 70° y en las costas del océano Glacial. Ahora bien, para cumplir esta orden, el teniente sólo podía buscar hacia el Oeste un lugar que, teniendo esa elevación en latitud, perteneciese al continente americano, toda vez que, hacia el Este, todas aquellas tierras tan divididas y fraccionadas, forman parte más bien de los territorios árticos, excepción hecha, tal vez, de la Tierra de Boothia, cortada indudablemente por el paralelo citado, pero cuya configuración geográfica es aún bastante indecisa.

Una vez tomadas la latitud y la longitud, Jasper Hobson, después de haberse situado en el mapa, vio que se encontraba aún a más de cien millas al Sur del paralelo de 70°. Pero más allá del cabo Kruzenstern, la costa se dirigía hacia el Nordeste y cortaba, formando con él un ángulo muy brusco, el mencionado paralelo, próximamente por el meridiano de 130°, y precisamente a la altura del cabo Bathurst, designado para lugar de reunión por el capitán Craventy. Aquél era, pues, el punto donde, con venía llegar para establecer el nuevo fuerte, si el paraje ofrecía los necesarios recursos para una factoría.

– Mire usted, sargento Long —dijo el teniente mostrando a su subordinado el mapa de las regiones polares— este punto reúne las condiciones que la Compañía nos ha impuesto. En este lugar, el mar, libre durante una gran parte del año, permitirá a los buques del estrecho de Behring llegar hasta nuestro fuerte, con objeto de abastecerlo y transportar sus productos.

– Sin contar con que nuestros hombres — añadió el sargento Long— tendrán entonces derecho a doble sueldo, toda vez que se habrán establecido más al Norte del paralelo de 70°.

– Por supuesto —respondió el teniente Hobson—, y me parece que lo aceptarán sin murmuraciones.

– Está bien, mi teniente; de este modo, sólo nos queda partir con rumbo al cabo Bathurst — dijo simplemente el sargento.

Pero, como se había concedido un día de descanso, la marcha no tuvo lugar hasta el siguiente día, 6 de junio.

Esta segunda parte del viaje debía ser, y fue en efecto, por completo diferente de la primera. Habían sido dejadas en suspenso las disposiciones que hasta entonces habían regularizado la marcha de los trineos. Cada tiro caminaba como le era más cómodo. Se marchaba a pequeñas jornadas, deteniéndose en todos los ángulos que formaba la costa, y caminando a pie con frecuencia. Sólo una recomendación había hecho el teniente Hobson a sus compañeros: que no se separaran del litoral más de tres millas y que se incorporaran al destacamento dos veces al día, por lo menos: al mediodía yak caída de la tarde. Por la noche, se acampaba. El tiempo en esta época era siempre bueno, y la temperatura bastante elevada, toda vez que solía mantenerse a unos 59° Fahrenheit, que equivalen a 15° centígrados sobre cero. En dos o tres ocasiones sobrevinieron rápidas tempestades de nieve; pero su duración fue muy corta, de suerte que no llegaron a modificar la temperatura de una manera sensible.

Toda esta parte de la costa americana comprendida entre el cabo Kruzenstern y el cabo Parry, que se extiende sobre un espacio de doscientas cincuenta millas, fue, pues, examinada con un cuidado extremo del 6 al 20 de junio, al mismo tiempo que el reconocimiento geográfico de esta región se llevó a cabo con toda escrupulosidad, pudiendo Jasper Hobson, eficacísimamente ayudado en esta empresa por Tomás Black, hasta rectificar algunos errores del trazado hidrográfico; los territorios vecinos fueron no menos minuciosamente explorados desde el punto de vista especial que directamente interesaba a la Compañía de la Bahía de Hudson.

¿Abundaba en aquellos territorios la caza, tanto comestible como productora de pieles? ¿Bastarían los recursos del país para abastecer por sí solos una factoría, durante el estío, por lo menos? Tal era la gravé cuestión que preocupaba al teniente y que le interesaba esclarecer, y he aquí los resultados de sus observaciones.

La caza propiamente dicha, aquella a que concedían marcada preferencia el cabo Joliffe y otros, no abundaba en aquellos parajes. Los volátiles, pertenecientes a la numerosa familia de los patos, no faltaban, sin duda; pero la tribu de los roedores se hallaba insuficientemente representada por algunas liebres polares, a las que era difícil acercarse.

Por el contrarío, los osos debían ser bastante numerosos en aquella porción del continente americano. Sabine y Mac-Nap habían descubierto con frecuencia huellas frescas de estos carnívoros. Hasta los descubrieron en más de una ocasión; pero, al verse perseguidos, tomaban las de Villadiego. En todo caso, resultaba probado que, durante la estación invernal, estos hambrientos animales debían frecuentar asiduamente las costas del mar Glacial, procedentes de latitudes más septentrionales.

– Hay que tener presente —decía el cabo Joliffe, a quien siempre preocupaba la cuestión de las provisiones—, que cuando el oso está en la despensa no es bocado despreciable; pero, cuando aún no está en ella, su caza es muy problemática y hay que andarse con tino; porque, si le es posible, hace sufrir a sus perseguidores la suerte que ellos le tenían reservada.

Imposible expresarse de un modo más razonable. No podía contarse con los osos, de una manera segura, para el abastecimiento de los fuertes. Por fortuna, aquel territorio era visitado, además, por numerosos rebaños de otros animales más útiles que los osos, cuyas excelentes carnes constituyen la base de la alimentación de muchas tribus de indios y esquimales. Aludimos a los renos, y el cabo Joliffe comprobó con evidente satisfacción que abundaban estos rumiantes en aquella parte del litoral. La naturaleza, en efecto, parecía haberlo dispuesto allí con ánimo de atraerlos, haciendo crecer con abundancia en la tierra esa especie de liquen que tanto agrada al reno, quien sabe desenterrarlo de debajo de la nieve, y que constituye su única alimentación durante todo el invierno.

No fue la satisfacción de Jasper Hobson menor que la del cabo al descubrir en muchos lugares las huellas de estos rumiantes, huellas que es posible reconocer fácilmente, porque la pezuña del reno, en vez de dejar impresa en su cara interior una superficie plana, deja una superficie convexa, disposición análoga a la del pie del camello. Hasta se vieron rebaños bastante considerables de estos animales que vagan en estado salvaje por ciertas regiones de América, y a menudo se reúnen formando piaras de muchos miles de cabezas.

Vivos, se dejan domesticar fácilmente, y prestan entonces inapreciables servicios a las factorías, ora suministrando una leche excelente y más substancial que la de vaca, ora sirviendo para tirar de los trineos. Muertos, no son menos útiles, porque su piel, que es muy gruesa, sirve para hacer vestidos; su pelo proporciona un hilo excelente; su carne es muy sabrosa y no existe un animal más precioso en aquellas latitudes. La presencia comprobada de los renos debió, pues, animar a Jasper Hobson en sus proyectos de establecerse en un punto de aquel territorio.

También debió quedar satisfecho por lo que hace relación a los animales de pieles valiosas.

En los riachuelos, veíanse numerosas cabañas de castores y de ratas almizcleras. Los tejones, los linces, los armiños, los glotones, las martas y bisontes, a quienes la ausencia de los cazadores había dejado hasta entonces tan tranquilos, frecuentaban también aquellos parajes, en los que la presencia del hombre no se había revelado aún por traza alguna; motivo por el cual habían encontrado en ellos un refugio seguro.

Descubriéronse así mismo huellas de esas magníficas zorras azules y argentadas, especie que se va haciendo más rara cada vez y cuya piel vale, por decirlo así, tanto como pesa en oro. Sabine y Mac-Nap tuvieron durante esta exploración diversas ocasiones en que poder derribar una cabeza de precio; pero el teniente Hobson había tenido el buen acierto de prohibir toda caza de este género. No quería espantar a estos animales antes de que llegasen los meses de invierno durante los cuales sus pieles adquieren mayor valor por hallarse mucho, más pobladas de pelo. Por otra parte, era inútil sobrecargar los trineos. Sabine y Mac-Nap comprendieron estas buenas razones; pero se les iban las manos cuando veían al alcance de su fusil una marta cebellina o alguna zorra de precio. Sin embargo, las órdenes del teniente Hobson eran en extremo severas, y no consentía jamás que se infringiesen.

Los tiros de los cazadores durante este segundo período del viaje, sólo fueron, pues, dirigidos a los osos polares, que se dejaban ver algunas veces por los flancos del destacamento. Pero, como no se hallaban hostigados por el hambre, desaparecían prontamente sin que su presencia constituyese ningún peligro serio. Sin embargo, si bien los cuadrúpedos no tuvieron que sufrir a consecuencia de la llegada del destacamento, no sucedió lo propio a las aves, que pagaron por todo el reino animal.

Matáronse águilas de cabeza blanca, enormes volátiles que lanzan estridentes gritos; halcones pescadores, que anidan, por lo común, en los troncos de los árboles muertoSj y que durante el verano se remontan hasta las latitudes árticas; gansos de nieve, de una blancura admirable; bernachos silvestres, los mejores ejemplares de la tribu de los ánsares desde el punto de vista alimenticio; patos de cabeza roja y pico negro; cornejas cenicientas, especies de grajos burlones de fealdad poco común; gansos del Norte, cercetas y otras muchas aves que ensordecían con sus gritos los ecos de aquellos acantilados árticos. Estas aves habitan por millones aquellas heladas comarcas, siendo su número muy superior a todo lo calculable en el litoral del océano Glacial.

Se comprenderá, pues, con qué ardor los cazadores, a quienes les estaba severamente prohibida la caza de los cuadrúpedos, se desquitarían con las aves. Durante aquellos quince primeros días fueron muertos muchos centenares de éstas, pertenecientes en su inmensa mayoría a las especies comestibles, lo que les permitió añadir a la ración ordinaria de carne en conserva y galleta un suplemento bastante apetitoso.

Así, pues, los animales no faltaban en este territorio. La Compañía podría fácilmente abarrotar sus almacenes, y el personal del fuerte ao dejaría vacías sus despensas. Empero no bastaban estas dos condiciones para garantizar el porvenir de la factoría. No era posible establecerse en un país tan elevado en latitud si no se encontraba en él, con la abundancia necesaria, el combustible indispensable para combatir los rigores de los inviernos árticos.

Por fortuna, el litoral hallábase cubierto de bosques. Las colinas que se alzaban por detrás de la costa aparecían coronadas de verdes árboles, entre los cuales predominaba el pino. Tratábase de importantes aglomeraciones de especies resinosas, a las cuales se podía en ciertos lugares aplicar el nombre de selvas. Algunas veces también observó Jasper Hobon grupos aislados de sauces, álamos, abedules enanos y numerosos arbustos cargados de madroños.

En esta época del estío, todos estos árboles parecían verdes, lo que chocaba no poco a la vista acostumbrada ya a los perfiles ásperos y desnudos de los paisajes polares. El suelo, al pie de las colinas, hallábase tapizado de una hierba corta que los renos pacen con avidez y que constituiría su alimento en invierno. Como se ve, el teniente no podía menos de felicitarse de haber ido a buscar a la región Noroeste del continente americano el nuevo teatro de una exploración.

Hase dicho también que, si los animales no faltaban en este territorio, los hombres, por el contrario, no habitaban en él. No se veían ni esquimales, cuyas tribus prefieren recorrer los distritos cercanos a la bahía de Hudson, ni indios, que, por lo general, no se aventuran tanto hacia el Norte del círculo polar. Y, en efecto, a estas distancias, los cazadores pueden ser sorprendidos por constantes malos tiempos, por un súbito recrudecimiento del invierno, y ver interceptadas de este modo sus comunicaciones.

Como es de suponer, al teniente no le pesaba la ausencia de sus semejantes, en los que sólo hubiera podido hallar rivales. Lo que él buscaba era un país no ocupado por nadie, un país desierto donde tuviese interés en refugiarse la caza; y, con este motivo, Jasper Hobson hacía a Paulina Barnett, que se interesaba muchísimo por el éxito de la empresa, las más atinadas observaciones. La viajera no olvidaba que era huésped de la Compañía de la Bahía de Hudson, y hacía votos por el éxito de los proyectos del teniente.

Juzgúese, pues, el desencanto de Hobson cuando, en la mañana del 20 de junio, tropezó de improviso con un campamento que acababa de ser más o menos recientemente abandonado.

Hallábase establecido en el fondo de una estrecha bahía, conocida con el nombre de bahía de Darnley, cuya punta más avanzada hacia el Oeste la forma el cabo Parry. Veíanse en este lugar, en la falda de una pequeña colina, estacas que habían servido para trazar una especie de cerca, y cenizas, ya frías, amontonadas en los lugares donde habían ardido hogueras.

Todo el destacamento habíase reunido al pie de este campamento; a nadie se ocultó que este hallazgo debía desagradar grandemente a Jasper Hobson.

– ¡He aquí un desagradable detalle! —dijo éste, en efecto—. ¡La verdad es que hubiera preferido encontrarme de manos a boca con toda una familia de osos polares!

– Pero las personas, quienesquiera que sean, que han acampado en este lugar — observó Paulina Barnett—, deben ya estar lejos, sin duda; y es posible que hayan ya regresado a sus habituales cazaderos, situados más hacia el Sur.

– No lo sabemos, señora —respondió el teniente—. Si aquellos cuyas huellas contemplamos son esquimales, es probable que hayan proseguido su camino hacia el Norte. Pero si, por el contrario, son indios, es posible que se propongan explorar estos nuevos cazaderos, como estamos haciendo nosotros, y repito que esto sería para mí una verdadera contrariedad.

– Pero, ¿no puede conocerse a qué raza pertenecen esos viajeros? —preguntó Paulina Barnett—. ¿No es posible averiguar si se trata de esquimales o de indios del Sur? Me parece que tribus tan diferentes por su origen y costumbres no deben acampar de igual modo.

Paulina Barnett tenía razón, y era posible que tan importante punto quedase dilucidado después de una detenida inspección del campamento.

Jasper Hobson y algunos de sus compañeros dedicáronse a este examen, y buscaron minuciosamente cualquier traza, cualquier objeto olvidado, cualquier huella que pudiera darles luz; pero ni el terreno, ni aquellas frías cenizas habían conservado suficientes indicios. Tampoco revelaban nada algunos huesos de animales acá y allá esparcidos.

Despistado por completo el teniente, disponíase ya a abandonar aquel inútil examen, cuando oyó que le llamaba la señora Joliffe, la cual se había alejado, hacia la izquierda, un centenar de pasos.

Jasper Hobson, Paulina Barnett, el sargento, el cabo y algunos otros más dirigiéronse en seguida hacia el punto donde se hallaba la joven canadiense, la cual permanecía inmóvil, examinando el suelo con la mayor atención. Cuando llegaron a su lado, dijo al teniente Hobson: —¿No buscaba usted huellas? Pues bien, helas aquí. Y la señora Joliffe mostrábale al mismo tiempo numerosas huellas de pasos conservadas con toda claridad sobre el suelo arcilloso.

Aquello podría ser un indicio característico, porque los pies de los indios y los de los esquimales, lo mismo que sus calzados respectivos, difieren completamente.

Mas, ante todo, llamó la atención de Jasper Hobson la disposición singular de aquellas huellas. Procedían indudablemente de la presión de un pie humano, y hasta de un pie calzado; pero, ¡extraña circunstancia!, parecían no haber sido hechas más que con la punta del pie. Faltábales la señal del talón. Además, las repetidas huellas aparecían singularmente multiplicadas, próximas, entrecruzadas, aunque contenidas todas dentro de un estrecho círculo.

Jasper Hobson hizo observar a sus compañeros este detalle.

– No son pisadas de una persona que anda

– dijo. —Ni de una persona que salta, puesto que no hay señales del talón — añadió Paulina Barnett.

– No —respondió la señora Joliffe—, ¡son pasos de una persona que baila!

La señora Joliffe había dicho la verdad. Examinadas bien las pisadas, no era posible dudar de que pertenecían a un hombre que se hubiese entregado a algún ejercicio coreográfico; pero no a un baile pesado, rítmico, majestuoso, sino más bien a una danza ligera, simpática, alegre. Esto era indiscutible. Pero, ¿quién podría ser el individuo lo bastante alegre de carácter para haberse dejado seducir por la idea de bailar tan alegremente en los límites del continente americano, varios grados más al Norte del Círculo Polar?

– ¡No es un esquimal, ciertamente! — dijo el teniente Hobson.

– ¡Ni un indio! — exclamó el cabo Joliffe.

– ¡No! ¡es un francés! — dijo tranquilamente el sargento Long.

¡Y todos convinieron en que sólo un francés habría sido capaz de bailar en semejante lugar de la Tierra!

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

0 słowo · opłata: 0 krajcar (kropki zostaną zastąpione słowem STOP)