Familia sin nombre · Parte 1
V
EL DESCONOCIDO
Cuando Vicente Hodge, William Clerc y Andrés Farran llegaron a la villa Montcalm, el señor de Vaudreuil los recibió solo, pues Clary acababa de subir a su habitación.
Puesta a la ventana, que estaba abierta de par en par, la joven dejaba vagar su mirada a través de la campiña, cuyo horizonte se hallaba limitado por la sierra de los Laurentidas. El recuerdo del ser misterioso de que acababan de hablar, ocupaba por entero su pensamiento. Lo habían visto en la comarca, y como se le perseguía con actividad en la isla de Montreal, quizás trataría de buscar un refugio en la de Jesús, para lo cual le bastaba atravesar uno de los brazos del río y en tal caso iría tal vez a pedir asilo a la villa Montcalm, pues no podía dudar de que allí tenía amigos que se considerarían muy felices al acogerte. Pero ¿no se expondría a mayores peligros albergándose en la quinta del señor de Vaudreuil, presidente del Comité reformista? La morada de éste debía de ser particularmente vigilada, y, sin embargo, Clary tenía el presentimiento de que Juan-Sin-Nombre iría, aunque no fuera más que por un día, por una hora. Y con la imaginación sobrexcitada, deseosa de encontrarse sola, había abandonado el salón antes de que los amigos de su padre fuesen introducidos en él.
William Clerc y Andrés Farran, ambos de la misma edad que el señor de Vaudreuil, habían sido oficiales de la milicia canadiense. Separados de su empleo después del juicio del 25 de Septiembre, que había mandado al patíbulo a sus dos hermanos, condenados ellos mismos a prisión perpetua, recuperaron la libertad merced a la amnistía, que había aprovechado también el señor de Vaudreuil. El partido nacional veía en ellos a dos hombres de acción que no pensaban en otra cosa sino en arriesgar por segunda vez su vida tomando de nuevo las armas. Eran enérgicos, acostumbrados a la fatiga por el hábito que tenían de grandes cacerías a través de los bosques y de los llanos del condado de los Tres Ríos, en donde poseían vastas propiedades.
En cuanto Vicente Hodge hubo apretado la mano del señor de Vaudreuil, le preguntó si sabía que Farran, Clerc y él habían sido convocados por escrito.
-Sí, respondió, el padre de Clary; y sin duda la carta que cada uno de vosotros ha recibido está firmada, como la que se me ha dirigido, por Un hijo de la libertad...
-Así es, respondió Andrés Farran.
-¿No te parece que esto encierra alguna asechanza de nuestros enemigos? preguntó William Clerc al señor de Vaudreuil. Reuniéndonos aquí ¿no querrán sorprendernos en flagrante delito de conspiración?
-El Consejo legislativo no ha prohibido todavía, que yo sepa, a los canadienses el derecho de reunión, respondió el señor de Vaudreuil.
-No, dijo Andrés Farran; pero, en fin, ¿quién puede ser el firmante de estas cartas tan sospechosas, como si fueran anónimas, y por qué no ha puesto en ellas su verdadero nombre?...
-Es muy singular, en efecto, repuso el señor de Vaudreuil; y lo es tanto más, cuanto que ese personaje, quien quiera que sea, no dice siquiera si tiene intención de presentarse a la cita que nos ha dado, pues la carta que he recibido me avisa sencillamente que llegaríais los tres esta tarde a la villa Montcalm.
-Lo mismo que en las nuestras, añadió William Clerc.
-Reflexionándolo bien, dijo Vicente Hodge, no es verosímil que nos haya convocado no teniendo intención de asistir a nuestra conferencia, y mi parecer es que vendrá.
-Pues bien, que venga, replicó Farran; en primer lugar, veremos qué clase de hombre es, escucharemos las comunicaciones que se propone hacernos, y después lo despediremos si no nos conviene entrar en relaciones con él.
-Vaudreuil, dijo William Clerc: ¿tiene tu hija conocimiento de esa carta? ¿Qué piensa de ella?
-Nada malo ni sospechoso, William.
-¡Esperemos, pues! repuso Vicente Hodge.
En todo caso, si el firmante de las cartas tenía intención de acudir a la cita dada por él, era indudable que había querido tomar ciertas precauciones, puesto que por lo visto sería de noche cuando llegase a la villa Montcalm, cosa muy prudente en las actuales circunstancias.
La conversación del señor de Vaudreuil y de sus amigos no podía tener más objeto que la situación política tan tirante a consecuencia de las opresivas disposiciones que manifestaba el Parlamento inglés. Comprendían que tal estado de cosas no podía durar, y a propósito de esto, el señor de Vaudreuil notificó a sus amigos que, en su cualidad de presidente del Comité de Laval, había recibido por el conducto del señor Nick una suma considerable, destinada, de seguro, para hacer frente a las necesidades de la causa nacional.
Mientras se paseaban por el parque esperando la hora de comer, Vicente Hodge, William Clerc y Andrés Farran confirmaron al señor de Vaudreuil lo que le había dicho el notario. Los agentes de Gilberto Argall no se daban punto de reposo, y no solamente el personal de la Agencia Rip y Compañía, sino muchos individuos de la policía regular, recorrían los campos y las parroquias de los condados, haciendo cuanto era posible para encontrar las huellas de Juan-Sin-Nombre, pues el Gobierno temía, y con fundamento, que bastara la presencia de este personaje para provocar una sublevación. Era fácil, por consiguiente, que el desconocido pudiera informar respecto de esto al señor de Vaudreuil.
A eso de las seis todos volvieron al salón, adonde Clary acababa de bajar. William Clerc y Andrés Farran le hicieron un paternal saludo que autorizaba su edad y su intimidad, mientras que Vicente Hodge, más reservado, apretó respetuosamente la mano que la joven le tendía, y ofreciéndole el brazo, pasaron todos al comedor.
La comida se sirvió con abundancia, pero con modestia, y en las condiciones en que se servía en aquella época, lo mismo en las más humildes que en las más ricas moradas canadienses. Se componía de peces del río, de caza de los vecinos bosques, de legumbres y de frutas cogidas en el huerto de la villa.
En la mesa no se trató del desconocido, esperado con tanta impaciencia, pues la prudencia aconsejaba no hablar de tales cosas delante de los criados, por más que éstos eran fieles servidores y estaban desde hacía mucho tiempo al servicio de la familia Vaudreuil.
Después de comer, Clary, atraída por la suavidad de la temperatura y la hermosura de la tarde, se sentó debajo de la marquesina. El San Lorenzo acariciaba los primeros escalones del terra-do, bañándolos con sus aguas, que la quietud del aire inmovilizaba en la sombra. El señor de Vaudreuil y sus amigos fumaban paseándose por delante de la barandilla, y apenas si cambiaban alguna que otra palabra en voz baja.
Eran algo más de las siete; la noche empezaba a oscurecer el valle, y mientras que el largo crepúsculo se retiraba hacia el Oeste, las estrellas aparecían poco a poco en la opuesta zona.
Clary miraba tan pronto hacia arriba como hacia abajo el curso del San Lorenzo. El desconocido ¿vendría por la vía fluvial? Así debía de ser si no quería dejar huellas de su paso, porque era fácil a una ligera embarcación deslizarse entre las hierbas y las cañas que crecían en la orilla, y una vez llegado al pie del terrado el misterioso personaje, podría penetrar en la casa sin ser visto de nadie, y abandonarla después sin que ninguno de los criados notara su presencia.
Sin embargo, como podía suceder que el visitador nocturno no viniera por el San Lorenzo, el señor de Vaudreuil dio orden de que hiciesen entrar inmediatamente a cualquier persona que es presentase en la villa. Una lámpara encendida en el salón no dejaba ver sino una luz muy tenue, que se filtraba a través de las cortinas de las ventanas, ocultas en parte, por los opacos cristales de la marquesina, y, por consiguiente, no era posible observar desde fuera nada de lo que pasara en el salón.
No obstante, si es verdad que todo estaba tranquilo por el lado del parque, no sucedía lo mismo en el río, en el que aparecían de cuando en cuando algunas embarcaciones, que tan pronto se acercaban a la orilla derecha como a la izquierda, se aproximaban unas a otras o se separaban, y en las que rápidas palabras se cambiaban entre los que las ocupaban, alejándose después en distintas direcciones.
El señor de Vaudreuil y sus amigos observaban con atención aquellas idas y venidas, cuyo móvil. comprendían.
-Son polizontes, dijo William Clerc.
-Sí, respondió Vicente Hodge; vigilan el río con más cuidado que nunca.
¡Y tal vez también la villa Montcalm!
Estas últimas palabras habían sido pronunciadas en voz muy baja; pero no por el señor de Vaudreuil, ni por su hija, ni por sus amigos.
En el mismo instante, un hombre, oculto entre las altas hierbas que crecían al pie de la barandilla, apareció a la derecha de la escalera, que subió en seguida, con paso rápido, penetró en el terrado, quitóse el gorro que cubría su cabeza, e inclinándose ligeramente dijo:
-Soy El Hijo de la Libertad que os ha escrito, señores.
El señor de Vaudreuil, Clary, Vicente Hodge, Clerc y Farran, sorprendidos por aquella brusca aparición, procuraban ver la cara del hombre que acababa de introducirse en la villa de un modo tan singular, pues su voz les era tan desconocida como su persona.
-Señor de Vaudreuil, repuso el recién llegado; me dispensaréis el modo de presentarme en vuestra casa, cuando sepáis que es de gran importancia el que no me vean llegar aquí, así como también lo es el que no me vean salir.
-Venid, pues, caballero, respondió el amo de la casa.
Y todos entraron en el salón, cuya puerta cerraron en seguida.
El hombre que acababa de llegar a la villa Montcalm no era otro que el joven viajero en cuyo compañía el Sr. Nick y su pasante habían recorrido el trayecto que existe entre Montreal y la isla Jesús. El señor de Vaudreuil y sus amigos observaron, así como el notario lo había hecho ya, que pertenecía a la raza franco-canadiense.
He aquí lo que había hecho después de despedirse del Sr. Nick en la entrada de las calles de Laval.
Se dirigió, en primer lugar, hacia una modesta taberna de los barrios de la ciudad, y allí, recostado en un rincón esperando la hora de comer, recorrió los periódicos que pusieron a su disposición. Su cara impasible no dejaba traslucir ninguna de las impresiones que le producían la lectura de aquellos diarios, redactados entonces con mucha violencia en pro o en contra de la Corona.
La reina Victoria acababa de subir al trono, sucediendo a su tío Guillermo IV, y se discutía, en apasionados artículos, las modificaciones que el nuevo reinado impondría al gobierno de las provincias del Canadá. Pero aun cuando fuese una mano femenina la que empuñaba el cetro del Reino Unido, era de temer que se hiciera muy pesado para la colonia ultramarina.
Hasta las seis de la tarde el joven se quedó en la taberna, en donde se hizo servir de comer, y a las ocho se puso de nuevo en camino.
Si un espía la hubiera seguido entonces, le hubiese visto dirigirse hacia el ribazo del San Lorenzo, deslizarse entre las malezas en dirección a la villa Montcalm, en donde llegó tres cuartos de hora después, esperando el momento oportuno para presentarse, y ya sabemos cómo intervino en la conversación del señor de Vaudreuil y de sus amigos.
Y ahora, en aquel salón, con las puertas y las ventanas cerradas, podían hablar sin temor de ser oídos.
-Caballero, dijo entonces el señor de Vaudreuil dirigiéndose a su nuevo huésped: ¿no os extrañaréis si en primer lugar os pregunto quién sois?
-Os lo he dicho ya, señor de Vaudreuil; soy, como lo sois todos, un Hijo de la Libertad.
Clary hizo un gesto involuntario de contrariedad, pues esperaba, un nombre, y no tal calificativo, tan común en aquella época entre los partidarios de la causa francocanadiense. ¿Persistiría dicho joven en conservar el incógnito en la villa Montcalm?
-Caballero, dijo entonces Andrés Farran: si nos habéis citado aquí será sin duda para que conferenciemos sobre cosas de cierta importancia. Pues bien; antes de explicarnos con más claridad, encontraréis muy natural que deseemos saber con quién vamos a hablar.
-Hubierais dado pruebas de ser muy imprudente si no me hubieseis dirigido esta pregunta, respondió el joven, y no sería yo digno de perdón si rehusara contestaros.
Y sacó de su bolsillo una carta, que presentó al señor de Vaudreuil.
Esta carta informaba a éste de la visita del desconocido, en quien sus partidarios y él podían tener completa confianza, aun en el caso en que les ocultara su nombre. Estaba firmada por uno de los principales jefes de la oposición en el Parlamento, por el abogado Gramont, diputado en Quebec, correligionario político del señor de Vaudreuil; el abogado añadía que si el joven pedía hospitalidad por algunos días, o en Montcalm, el señor de Vaudreuil podía concedérsela en interés de la buena causa.
El amo de la villa comunicó aquella carta a su hija, a Clerc, a Farran, y después dijo:
-Caballero, estáis en vuestra casa y podéis permanecer en ella todo el tiempo que os plazca.
-Todo lo más dos días, señor de Vaudreuil, respondió el joven, pues dentro de cuatro es preciso que me reúna con mis compañeros en la embocadura del San Lorenzo. Os doy gracias por la acogida que me hacéis, y os ruego me prestéis toda vuestra atención.
El desconocido tomó entonces la palabra. Habló con mucha precisión del estado actual de los espíritus en las provincias canadienses, y afirmó que el país estaba pronto a sublevarse contra la opresión de los leales y de los agentes de la Corona pues acababa de verlo por sí mismo haciendo una campaña de propaganda reformista, durante varias semanas, en los condados del Alto San Lorenzo y del Outaouais. Dijo que dentro de algunos días iba a recorrer por última vez las parroquias de los condados del Este para concluir de anudar los elementos de una próxima insurrección, que se extendería desde la embocadura del río hasta los territorios del Ontario. A este levantamiento general, ni lord Gosford con los representantes de la autoridad, ni el general Colborne con algunos miles de uniformes colorados que formaban el efectivo del ejército anglo-canadiense, podrían oponer fuerzas suficientes, y el Canadá, así lo creía firmemente, sacudiría por fin el yugo de sus opresores.
-Una provincia arrancada a su país añadió, es lo mismo que un hijo arrancado de los brazos de su madre. Debe de se objeto de continuas reclamaciones y de perpetuas luchas; es un hecho que no puede olvidarse jamás. Diciendo todo esto el desconocido hablaba con una sangre fría que demostraba cuan dueño de sí era siempre y en todas partes; y, sin embargo, se dejaba ver el fuego que abrasaba su alma y el ardiente patriotismo que inspiraban sus pensamientos. Mientras que entraba en minuciosos detalles respecto a lo que había hecho y a lo que iba a hacer, Clary no apartaba su mirada de él; todo le inducía a creer que tenía delante de ella al héroe en quien su imaginación encarnaba la revolución canadiense.
Cuando los señores de Vaudreuil, Vicente Hodge, Clerc y Farran estuvieron al corriente de sus trabajos, el joven añadió:
-Todos estos partidarios de nuestra autonomía, señores, necesitarán un jefe, y éste surgirá cuando llegue la hora de ponerse a su cabeza; mientras tanto, es preciso que se forme un Comité de acción para concentrar los esfuerzos individuales. ¿El señor de Vaudreuil y sus amigos aceptan formar parte de ese Comité? Habéis sufrido todos ya, bien sea en vuestras familias o en vuestras personas, por la causa nacional, que ha costado la vida a nuestros mejores patriotas, a vuestro padre Vicente Hodge, a vuestros hermanos William Clerc y Andrés Farran...
-¡Por la traición de un miserable, caballero! respondió Vicente Hodge.
-¡Sí!... ¡de un miserable! repitió el joven.
Y Clary creyó sorprender una ligera alteración en su voz, tan clara hasta entonces.
-Pero, añadió, ese traidor murió.
-¿Estáis cierto de ello?... preguntó William Clerc.
-¡Ha muerto! replicó el desconocido, que no titubeó en responder de un modo afirmativo respecto a un hecho del que nunca había podido tenerse corteza.
-¡Muerto!... ¡Ese Simón Morgaz!... ¡Y no he sido yo quien ha hecho justicia!... exclamó Vicente Hodge.
-Amigos míos, no hablemos más de ese traidor, dijo el señor de Vaudreuil, y dejadme responder a la proposición que se nos está haciendo. Caballero, repuso volviéndose hacia su huésped: lo que nuestros amigos o parientes han hecho ya, estamos prontos a hacerlo también. Arriesgaremos nuestra vida como arriesgaron la suya, y, por consiguiente, podéis disponer de nosotros; nos comprometemos a hacer de la villa de Montcalm el centro de los esfuerzos de que habéis tomado la iniciativa. Estamos en comunicación cotidiana con los diferentes Comités del distrito, y a la primera señal acudiremos todos indefectiblemente. ¿Vuestra intención es, según habéis dicho, partir dentro de un par de días para recorrer las parroquias del Este? Sea; cuando volváis nos encontraréis prontos a seguir al jefe, quien quiera que sea, que despliegue la bandera de la independencia.
-Vaudreuil ha hablado en nombre de todos, añadió Vicente Hodge. ¡No tenemos más que un pensamiento: el de libertar nuestro país de las garras de sus opresores, asegurándole el derecho de ser autónomo!
-Y sabrá conquistarlo esta vez, dijo Clary de Vaudreuil adelantándose hacia el desconocido.
Pero éste acababa de dirigirse a la puerta del salón que daba al terrado.
-¡Escuchad, caballeros! dijo.
Un sordo rumor, que no se podía definir, se oía en dirección a Laval.
-¿Qué será? preguntó William Clerc.
-¿Estallará ya algún motín? replicó Andrés Farran.
-¡Dios quiera que no sea así! murmuró Clary. ¡Sería obrar demasiado pronto!
-Tenéis razón, respondió el desconocido.
-Pero ¿qué puede ser eso? preguntó el señor de Vaudreuil. ¡Escuchad! Ese ruido se aproxima.
-¡Se oye como una tocata de clarines! replicó Andrés Farran.
Y, en efecto, el sonido de algunos instrumentos de cobre, atravesando el espacio, llegaba por intervalos regulares hasta la villa Montcalm. ¿Sería acaso un destacamento que se dirigiera hacia la morada del señor de Vaudreuil?
-Éste abrió la puerta de salón, y sus amigos le siguieron al terrado.
Todas las miradas se volvieron hacia el Oeste, pero ninguna claridad sospechosa se divisaba de aquel lado, siendo, por lo tanto, evidente que aquel rumor no se propagaba a través de las llanuras de la isla Jesús. Y, sin embargo, el ruido, cada vez más cercano, llegaba hasta la villa al mismo tiempo que el sonido de las trompetas.
-¡Allí, allí es!... dijo Vicente Hodge.
Y señalaba con el dedo el curso del San Lorenzo, remontando hacia Laval. En aquella dirección, algunas antorchas esparcían una claridad poco acentuada todavía, reflejada en las aguas ligeramente brumosas del río.
Dos o tres minutos pasaron, y después, una embarcación que bajaba con la marea atravesó el río entre los remolinos y se aproximó a un ribazo, a un cuarto da milla hacia arriba. La barca contenía, unas diez personas, cuyo uniforme fue fácil conocer merced a la luz de las antorchas. Era un constable, acompañado por unos cuantos agentes de policía.
De vez en cuando la embarcación se detenía, y en seguida, una voz, precedida de una llamada de trompeta, se elevaba en el aire; pero todavía era imposible oír distinta mente lo que decía desde la villa de Montcalm.
Debe de ser un pregón, dijo William Clerc.
-Y es preciso, que publique algo importante, replicó Andrés Farran, para que lo haga a estas horas.
-Esperemos un momento, dijo el señor de Vaudreuil, y no tardaremos en saber...
-¿No os parece prudente que volvamos al salón? dijo Clary dirigiéndose al desconocido.
-¿Para qué retirarnos, señorita? respondió éste. Lo que las autoridades creen preciso anunciar, debe ser bueno de oír.
Mientras tanto, la barca, empujada por los remos y seguida por algunas canoas que le servían de comitiva, había avanzado hasta delante del terrado.
Sonó la trompeta, y he aquí lo que esta vez el señor de Vaudreuil y sus amigos oyeron distintamente:
«Proclamación del lord Gobernador general de las provincias canadienses.
«Hoy 3 de Septiembre de 1837.
Se ha dispuesto precio a la cabeza de Juan-Sin-Nombre, que de nuevo ha aparecido en los condados del Alto San Lorenzo. Se ofrecen seis mil piastras a cualquiera que le detenga o le mande detener.
Por orden de lord Gosford, El ministro de Policía, GILBERTO ARGALL.»
Después del pregón, la barca se movió de nuevo siguiendo la corriente del río.
Los señores de Vaudreuil, Farran, Clerc y Vicente Hodge se quedaron inmóviles en el terrado, envuelto en las tinieblas de la noche. Ni un solo movimiento se había escapado al joven desconocido mientras que la voz del constable repetía las palabras de la proclama. Clary solamente, casi sin conciencia de lo que hacía, había dado algunos pasos acercándose a él.
El señor de Vaudreuil fue el primero que tomó la palabra.
-¡Otra prima ofrecida a los traidores! dijo; mas espero que, para el buen nombre de las provincias canadienses, será en vano esta vez.
-¡Bastante es, y demasiado también, que se haya podido encontrar un Simón Morgaz! exclamó Vicente Hodge.
-¡Que Dios proteja a Juan-Sin-Nombre! dijo, Clary con voz profundamente conmovida.
Hubo algunos instantes de silencio.
-Entremos, y vámonos a descansar, dijo el señor de Vaudreuil. Voy a conduciros a vuestra habitación, añadió dirigiéndose al joven patriota.
-Mil gracias os doy, señor de Vaudreuil, pero me es de todo punto imposible quedarme por más tiempo en esta morada...
-¿Y por qué?
-Cuando, apenas hace una hora, acepté la hospitalidad que me ofrecisteis, no me encontraba en la situación en que me coloca la proclama que acabamos de oír.
-Explicaos con más claridad, caballero.
-Mi presencia aquí no serviría más que para comprometeros, puesto que el Gobernador general acaba de poner precio a mi cabeza. ¡Soy, Juan-Sin-Nombre!
Y éste, después de haberse inclinado se dirigía hacía el ribazo, cuando Clary, deteniéndole con un gesto:
-Quedaos, dijo.