Familia sin nombre · Parte 1

IV

LA VILLA DE MONTCALM

La isla de Jesús, situada entre los dos brazos superiores del San Lorenzo, pero de menos extensión que la de Montreal, encierra cierto número de parroquias y circunscribe en su perímetro el condado de Laval, cuyo nombre es también el de la grande Universidad de Quebec, en recuerdo del primer Obispo del país canadiense.

Laval es igualmente el nombre de la principal ciudad de la isla de Jesús, situada en la orilla meridional; y aun cuando la morada del señor de Vaudreuil formaba parte de esta parroquia, se hallaba, sin embargo, a una legua de distancia, según se sigue el curso del San Lorenzo.

Era una casa de aspecto muy agradable, rodeada por un parque de unos cincuenta acres, cubiertos de praderas y de magnífico, arbolado, limitado, por la orilla del río.

Su arquitectura, así como su ornamentación, se diferenciaban mucho de la anglosajona, consistente en el seudogótico, tan usado en la Gran Bretaña; pues el gusto francés dominaba allí como soberano, y si no hubiera sido por la marcha rápida y ruidosa de las aguas del San Lorenzo que mugía a sus pies, se hubiera podido creer que la villa Montcalm (así se llamaba) se hallaba en las orillas del Loira, a algunas leguas de Chenonceaux o de Amboise.

Mezclado en las últimas insurrecciones reformistas del país, el señor de Vaudreuil había figurado en la conspiración a la que la traición de Simón Morgaz dio tan trágico desenlace con la muerte de Walter Hodge, de Roberto Farran, de Francisco Clerc y con la prisión de los demás conjurados. Algunos años más tarde, una amnistía dio a éstos la libertad, y el señor de Vaudreuil volvió a su posesión de la isla de Jesús.

La villa Montcalm estaba edificada en la orilla del río; los primeros peldaños de su terrado anterior, a los que una elegante marquesita abrigaba en parte delante de la fachada, se bañaban en la corriente del indicado río. En las tranquilas sombras del parque, la brisa procuraba una frescura que ha-cía muy soportable los calurosos días del verano canadiense. Cualquier aficionado a la caza o a la pesca hubiera tenido mucha diversión en aquella comarca, pues el pescado era abundante en las caletas del San Lorenzo, en el que las lejanas ondulaciones de la sierra de los Laurentidas formaban, en la orilla izquierda, un ancho marco de verdura, y las llanuras de la isla estaban pobladas de toda clase de caza.

Aquella parte del país había conservado, como si se llamara todavía Nueva Francia, las costumbres todas del siglo XVII. Un autor inglés, Russel, ha dicho con mucha razón: «El Bajo Canadá es una Francia de los tiempos en que ondeaba en ella la bandera blanca flordelisada.» Y un escritor francés, Eugenio Réveillaud, ha escrito: «Es el asilo del antiguo régimen. Es una Bretaña o una Vendée de hace sesenta años, que se prolonga más allá del Océano. Los habitantes de aquella parte del continente americano han conservado con celoso cuidado las costumbres, las ingenuas creencias y las supersticiones de sus padres.»

Esto sucede aún en la época actual, y la raza francesa se conserva en toda su pureza en el Canadá, sin mezcla alguna de sangre extranjera.

De vuelta a la villa de Montcalm hacia 1829, el señor de Vaudreuil se encontraba con todas las condiciones necesarias para ser feliz; y aun cuando su fortuna no era considerable, le aseguraba un bienestar, del que hubiera podido disfrutar con sosiego, si su patriotismo, siempre ardiente, no la hubiese colocado de nuevo en medio de las agitaciones de la política militante.

En la época en que principia esta historia, el dueño de la villa de Montcalm tenía cuarenta y siete años. Sus cabellos grises le hacían parecer tal vez de más edad; pero su mirada vivísima, sus ojos de un azul oscuro y muy brillante, su estatura más que mediana, su robusta constitución, que le aseguraba una salud a toda prueba, su fisonomía simpática y llena de agrado, y su porte noble, sin altanería, hacían de él el tipo por excelencia del gentilhombre francés. Representaba el verdadero descendiente de aquella audaz nobleza que atravesó el Atlántico en el siglo XVIII; el hijo de los fundadoras de la más hermosa de las colonias ultramarinas, que la odiosa indiferencia de Luis XV abandonó a las exigencias de la Gran Bretaña.

El señor de Vaudreuil era viudo hacía unos diez años. La muerte de su esposa, a quien amaba sinceramente, dejó en su vida un gran vacío, concentrando entonces toda su afección en su hija única, en la que revivía el alma valiente y generosa de la que le había dado el ser.

Clary de Vaudreuil tendría unos veinte años cuando principiaron los sucesos que nos proponemos relatar. Su talle elegante, su espesa cabellera, casi negra, sus grandes ojos, muy ardientes, su fresca y sonrosada tez y su fisonomía algo grave, la hacían más hermosa que linda, más imponente que atractiva, como sucede con ciertas heroínas de Fenimore Cooper. Era fría y reservada por costumbre, o, para explicarnos mejor, toda su vida estaba concentrada en el único amor que había experimentado hasta entonces: el amor a su país.

Y, en efecto, Clary de Vaudreuil era una verdadera patriota.

Durante el período de los movimientos insurreccionales que se produjeron en 1832 y en 1834, siguió de cerca las diversas fases de la rebelión. Los jefes de la oposición la consideraban como la más valiente de las numerosas jóvenes cuya adhesión era sin límites respecto a la causa nacional; así es que cuando los amigos políticos de su padre se reunían en la villa de Montcalm, Clary tomaba parte en sus conferencias, no mezclándose en ellas sino con pocas palabras, siempre discretas; pero escuchaba, observaba y despachaba la correspondencia que se sostenía con los Comités reformistas. Todos los franco-canadienses tenían en ella la más absoluta confianza, porque la merecía, y la más respetuosa amistad, de la que era digna.

Sin embargo, hacía poco tiempo que en aquel corazón apasionado otro amor había llegado a confundirse con el que experimentaba por su país; amor ideal, vago, que no conocía siquiera al que lo inspiraba.

En 1831 y 1834 un personaje misterioso había venido a representar un papel importantísimo en medio de las tentativas de rebelión de aquella época. Había arriesgado su cabeza con inaudita audacia, con un valor y un desinterés muy propios para herir las imaginaciones sensibles, y desde entonces, en todo el Canadá, su nombre era repetido con entusiasmo, o más bien lo que le quedaba de él, puesto que no se la llamaba más que Juan-SinNombre. En los días de motín surgía de repente en lo más recio de la pelea, y concluida la lucha, desaparecía; pero se conocía que obraba en la sombra y que no cesaba de trabajar preparando el porvenir.

En vano la policía procuró por todos los medios posibles descubrir su retiro; la casa Rip y Compañía no tuvo mejor éxito, por lo que tuvieron que desistir de su empeño hasta más propicia ocasión. Nada se sabía respecto al origen de este hombre, ni de su pasado, ni de su vida presente; pero no podía desconocerse que su influencia era todopoderosa en la población franco-canadiense; así es que había pasado al estado legendario, y los patriotas esperaban siempre que aparecería algún día tremolando la bandera de la independencia.

Tal era el héroe anónimo cuyos actos habían hecho tan profunda impresión en el espíritu de Clary de Vaudreuil. Sus más íntimos pensamientos eran siempre para él; la invocaba como a un ser sobrenatural, entregándose por completo a esa mística comunidad. Amando a Juan-Sin-Nombre con el más ideal de los amores, le parecía que amaba aún más a su país; encerraba con cuidado dicho sentimiento en su corazón, y cuando su padre la miraba, a través de las sombras del parque, pasearse allí pensativa, no podía sospechar que soñaba con el joven patriota, que era para ella el símbolo de la revolución canadiense.

Entre los amigos políticos que más a menudo se reunían en la villa Montcalm, eran de los más íntimos algunos cuyos parientes habían formado parte, con el señor de Vaudreuil, en el complot de 1825.

Entro éstos, conviene citar a Andrés Farran y William Clerc, cuyos hermanos, Roberto y Francisco, habían perecido en el cadalso el 28 de Septiembre de 1825; luego, Vicente Hodge, hijo de Walter Hodge, el patriota americano muerto por la independencia del Canadá, después de haber sido entregado con sus compañeros por Simón Morgaz. Al par que éstos, frecuentaba la morada del señor de Vaudreuil un abogado de Quebec, el diputado Sebastián Gramont, el mismo en cuya casa había sido falsamente señalada a la agencia Rip la presencia de Juan-Sin-Nombre.

El más ardiente entre los miembros de la oposición era, con seguridad, Vicente Hodge, que contaba treinta y dos años de edad. De sangre americana por su padre, y francés por su madre, muerta de pesar poco tiempo después del suplicio, Vicente Hodge no había podido vivir al lado de Clary sin admirarla primero y amarla después, cosa que de ningún modo hubiera desagradado al señor de Vaudreuil, pues aquel joven era un hombre distinguido, simpático y de modales muy finos, por más que tuviera el porte del yankee de las fronteras. En cuanto a firmeza en los sentimientos, en los afectos y en un valor a toda prueba, Clary Vaudreuil no hubiera podido escoger un marido más digno de ella; pero la joven ni siquiera había notado, las preferencias de que era objeto. Entre Vicente Hodge y ella no podía existir sino un lazo: el del patriotismo.

Apreciaba las cualidades del amigo de su padre; pero no podía amarle, puesto que su vida, sus pensamientos y sus aspiraciones todas pertenecían a otro, al desconocido que ella esperaba y que aparecería un día delante de su vista.

El señor de Vaudreuil y sus amigos observaban con atención el movimiento de los espíritus en las provincias canadienses, conociendo que la opinión estaba en extremo sobrexcitada respecto a los leales. No se tramaba todavía, como en el año 1825, un complot entre personajes políticos, en contra del Gobernador general. No. Era más bien, una conspiración universal en estado latente, y para que la rebelión estallara, bastaría que un jefe llamase a sí a los liberales, sublevando las parroquias de todos los condados. No cabía duda de que entonces los diputados reformistas, el señor de Vaudreuil y sus amigos, formarían en las primeras filas de los insurrectos.

Y jamás las circunstancias se habían mostrado más favorables para una revolución. Los reformistas, faltos de paciencia ya, dejaban oír violentas protestas y denunciaban las exacciones del Gobierno, que se decía autorizado por el Gabinete británico para disponer de los fondos públicos sin la aprobación de la Cámara. Los periódicos, entre otros El Canadiense, fundado en 1806, y El Vindicator, de creación más reciente, disparaban bala rasa, permítase la frase, contra la Corona y sus agentes. Publicaban los discursos pronunciados en el Parlamento o en los comicios populares por los Papineau, los Viger, los Quesnel, los Saint Real, los Bourdages y tantos otros que rivalizaban en talento y audacia en sus patrióticas acusaciones. Así las cosas, bastaría una chispa para provocar una explosión popular; esto lo sabía muy bien lord Gosford, y los partidarios de la reforma no lo ignoraban tampoco.

En la mañana del día 3 de Septiembre el cartero llevó a la villa Montcalm una carta depositada la víspera en el correo de Montreal, por medio de la que se avisaba al señor de Vaudreuil que sus amigos Vicente Hodge, Andrés Farran y William Clerc habían sido invitados a reunirse con él en la tarde del presente día. El señor de Vaudreuil no conocía la letra, y la firma sólo decía: Un hijo de la Libertad.

El padre de Clary quedó muy sorprendido por esta comunicación y por el modo de hacerla. La víspera había visto a sus amigos en Montreal y se habían separado sin citarse para el siguiente día. ¿Habrían recibido también ellos una carta de igual procedencia que la suya, citándolos en la villa Montcalm? Así debía de ser; pero ¿no podía tornarse que fuera alguna maquinación de la policía? Esta desconfianza era demasiado justificada por la traición de Simón Morgaz.

Fuese lo que fuese, el señor de Vaudreuil no tenía más que esperar la llegada de sus amigos, que le explicarían sin duda lo que no comprendía de aquella cita singular. Este fue el parecer de Clary después de enterarse del contenido de la carta, cuya letra examinaba con suma atención. ¡Extraña disposición de su espíritu! Allí en donde su padre presentía una asechanza de sus adversarios políticos para sus amigos y para él, la joven creía, por el contrario, en alguna poderosa intervención para la causa nacional. ¿Iba a mostrarse por fin la mano que cogería los hilos de una nueva sublevación, que la dirigiría llevándola a buen fin?

-Padre mío, dijo, tengo confianza.

Sin embargo, como la cita era para la tarde, el señor de Vaudreuil quiso ir antes a Laval para ver si le daban alguna noticia que motivara la urgencia de la proyectada conferencia, y además para recibir a Vicente Hodge y a sus compañeros cuando desembarcaran en la isla Jesús. Pero en el momento en que iba a dar la orden de enganchar, un criado anunció que una visita acababa de llegar a la villa Montcalm.

-¿Quién es? preguntó con viveza el señor de Vaudreuil.

-He aquí su tarjeta, respondió el criado mostrándosela.

El amo leyó el nombre inscrito en el trozo de cartulina, y exclamó:

-¡Es el excelente Sr. Nick! Sea bien venido. Hacedle entrar en seguida.

Un instante después, el notario se hallaba en presencia del señor de Vaudreuil y de su hija.

-¡Vos por aquí, Sr. Nick! dijo el dueño de Montcalm.

-En persona, y pronto a presentaros mis respetos, así como a la señorita Clary, respondió el notario.

Y apretó la mano que le tendía el señor de Vaudreuil, después de haber dirigido a la joven uno de esos saludos oficiales de que los notarios parecen haber conservado la tradición.

-He aquí, Sr. Nick, una visita inesperada, pero no menos agradable.

-Agradable sobre todo para mí, respondió el descendiente de los hurones. ¿Cómo estáis de salud, señorita... y vos, señor de Vaudreuil? Vuestro aspecto me dice que os encontráis perfectamente. Se conoce que el aire que se respira en esta villa es muy sano. Será preciso que me lleve un poquito a mi casa del Mercado del Buen Socorro.

-De vos depende hacer una buena provisión, Sr. Nick; venid a vernos más a menudo.

-Quedaos con nosotros algunos días, añadió Clary.

-¡Y mi estudio y mis actas! exclamó el locuaz notario. No me dejan tiempo para gozar de los placeres campestres. Los testamentos no, porque se vive tantos años en el Canadá, que creo llegará un día en que nadie se muera. ¡Es increíble el número de octogenarios y aun de centenarios que existen por aquí! ¡Esto pasa los límites ordinarios de la estadística!... Pero los casamientos no me dejan un instante de reposo. Y a propósito: dentro de mes y medio estoy citado en Laprairie, casa de uno de mis clientes, de los mejores por cierto, para hacer el contrato de boda de su decimonono retoño.

-Ese debe ser mi arrendador Tomás Harcher, replicó el señor de Vaudreuil.

-El mismo, y precisamente en vuestro cortijo de Chipogán es donde me esperan.

-¡Qué familia tan hermosa, Sr. Nick!

-En verdad que sí; y estoy aún muy lejos de acabar con las actas referentes a ellos.

-Pues bien, Sr. Nick, dijo Clary, es probable que nos veamos en Chipogán, pues Tomás Harcher ha insistido de tal modo en que asistamos al casamiento de su hija, que mi padre y yo, si nada nos detiene en Montcalm, queremos darle ese gusto.

-Que lo será también mío, respondió el notario, pues sabéis desde hace mucho tiempo que experimento una gran alegría siempre que tengo el gusto de veros. Sólo tengo que reconveniros por una cosa, señorita Clary.

-¡A mí! ¿Por qué, Sr. Nick?

-Porque siempre me recibís como amigo, pero nunca me hacéis llamar como notario.

La joven se sonrió por aquella insinuación; mas casi en seguida sus facciones tomaron de nuevo su habitual grave-dad.

-Y sin embargo, dijo el señor de Vaudreuil, además del carácter de amigo, mi querido Nick, habéis venido hoy con el de notario a la villa Montcalm...

-Es verdad, es verdad, respondió el Sr. Nick; pero no es por cuenta de la señorita Clary. En fin, esto sucederá algún día, pues todo llega. A propósito, señor de Vaudreuil; tengo que deciros que no he venido solo...

-¡Cómo, Sr. Nick! ¿Habéis traído un compañero y le dejáis en la antesala? Voy a dar la orden de que le hagan entrar.

-No, no. No os incomodéis. Es sencillamente mi segundo pasante; un muchacho que hace versos; ¿habéis visto cosa igual? y corre detrás de los fuegos fatuos.

¿Qué os parees de un pasante poeta o un poeta pasante, señorita Clary? Como deseo hablaros en particular, señor de Vaudreuil, le he dicho que fuera a pasearse por el parque.

-Bien está, Sr. Nick; pero, de todos modos, voy a mandar que se sirva algún refresco a ese joven poeta.

-Es inútil, porque no bebe más que néctar, y como no lo tengáis de la última cosecha...

El señor de Vaudreuil no pudo menos de reírse de las bromas del excelente hombre a quien conocía tantos años, y cuyos consejos le habían sido siempre tan útiles para la dirección de sus asuntos personales.

-Os dejo con mi padre, Sr. Nick, dijo entonces Clary.

-Os ruego que os quedéis, señorita, replicó el notario. Sé que puedo hablar delante de vos hasta de cosas que se relacionen con la política; a lo menos lo supongo yo, pues no ignoráis que no me mezclo nunca...

-Bien, bien, Sr. Nick, interrumpió el Señor de Vaudreuil, Clary asistirá a nuestra conversación; pero sentémonos: de este modo hablaremos con más comodidad.

El notario se instaló en uno de los sillones de bambú, mientras que el dueño de la casa y su hija tomaban asiento en un sofá enfrente de él.

-Y ahora, amigo Nick, permitidme preguntaros el motivo de vuestra venida a la villa Montcalm.

-Para entregaros esto, respondió el notario. Y sacó de su bolsillo un fajo de banknotes.

-¡Dinero!... exclamó el señor de Vaudreuil, no pudiendo ocultar su extremada sorpresa.

-Sí, dinero, buen dinero; y, que os guste o no, una suma bastante crecida.

-¿Una crecida suma decís?

-Miradlo. Cincuenta mil piastras, en bonitos billetes que tienen curso legal.

-¿Y este dinero es para mí?

-Para vos, sólo para vos.

-¡Quién me lo envía!

-Me es completamente imposible decíroslo, por la sencilla razón de que no lo sé.

-¡A qué uso está destinado!

-Lo ignoro.

-¿Y cómo os han encargado de remitirme una cantidad tan considerable?

-Leed.

El notario presentó a su interlocutor una carta, que no contenía más que estos renglones:

«El Sr. Nick, notario en Montreal, se servirá remitir al presidente del Comité reformista de Laval, en la villa Montcalm, el restante de la suma que salda nuestra cuenta con él.

»2 de Septiembre de 1887. J. B. J. »

El señor de Vaudreuil miraba al notario sin comprender nada de este envío, que indudablemente era para él.

-¿De dónde viene esa carta? preguntó.

-De San Carlos condado de Verchères.

Clary había cogido la carta y examinaba cuidadosamente la letra, pensando que podía haber sido escrita por la misma mano que la que avisaba a su padre de la llegada de sus amigos Vicente Hodge, Clerc y Farran...

Pero no; ninguna semejanza existía en la letra de ambas cartas, cosa que Clary hizo notar a su padre.

-¿No sospecháis siquiera, Sr. Nick, preguntó la joven, quién pueda ser el firmante de esta misiva, que oculta su nombre bajo las iniciales J. B. J?

-De ningún modo, señorita Clary.

-Y, sin embargo, ésta no es la primera vez que estáis en relación con esa misma persona.

-En efecto...

-Aún diré más; con esas mismas personas, pues la carta no dice mi, sino nuestra cuenta, lo que da lugar a pensar que esas iniciales pertenecen a tres nombres diferentes.

-Así es, respondió el Sr. Nick.

-Observo también, dijo el señor de Vaudreuil, que puesto que se trata de un saldo de cuenta, es que anterior-mente habéis dispuesto...

-Señor de Vaudreuil, replicó el notario, he aquí todo cuanto puedo, es más, cuanto debo deciros.

Y después de reflexionar algunos instantes antes de entrar en materia, el señor Nick contó lo que sigue:

-En 1825, un mes después del juicio que costó la vida a algunos de vuestros amigos más queridos, Señor de Vaudreuil, y a vos la libertad, recibí un pliego certificado, que contenía en banknotes la enorme suma de cien mil piastras. El pliego de que se trata había sido puesto en el correo de Quebec, y encerraba una carta concebida en estos términos:

«Esta suma de cien mil piastras se deposita en manos del Sr. Nick, notario en Montreal, para que la emplee según avisos que recibirá ulteriormente. Se cuenta con su discreción para que no hable a nadie del depósito que se le confía ni del uso que más tarde pueda hacer de él.»

-¿Y estaba firmada? Preguntó, Clary.

-J. B. J respondió el Sr. Nick.

-¡Las mismas iniciales! Dijo el señor de Vaudreuil.

¡Las mismas! repitió Clary.

-Sí, señorita, y, cómo bien podéis pensarlo, me quedé muy sorprendido del misterio que encerraba ese depósito; pero siéndome imposible devolver esa suma al cliente desconocido que me la había entregado, y pareciéndome inoportuno, y aun indigno, notificarlo a la autoridad, coloqué ese dinero en el Banco y esperé.

Clary y su padre escuchaban al señor Nick con la más viva atención. ¿No había dicho el notario que pensaba que aquel dinero pudiera muy bien destinarse a un fin político? Y, en efecto, ya veremos cómo no se equivocaba.

-Seis años más tarde, repuso, se me pidió una suma de veintidós mil piastras mediante una carta firmada con esas enigmáticas iniciales, rogándome la mandara inmediatamente a Berthier, en el condado del mismo nombre.

-¿A quién? preguntó el señor de Vaudreuil.

-Al presidente del Comité reformista, y poco tiempo después estalló la rebelión que sabéis. Pasaron cuatro años, y recibí otra carta prescribiéndome el envío de veinte mil piastras a Santa Martina, al presidente del Comité de Chateauguai. Un mes más tarde se produjo la violenta reacción que señaló las elecciones de 1834, dando por resultado la prorrogación de la Cámara y la demanda de que es presentara ante los Tribunales el gobernador lord Aylmer.

El señor de Vaudreuil reflexionó algunos instantes respecto a lo que acababa de oír, y después, dirigiéndose al notario, exclamó:

-¿De modo que, amigo Nick, creéis que existe cierta relación entre esas diversas manifestaciones y el envío del dinero a los Comités reformistas?

-Yo, señor de Vaudreuil, replicó el notario, nada creo. No soy hombre político, sino un funcionario público. Nada he hecho sino restituir las sumas que tenía en depósito, según me lo han indicado. Os digo las cosas tal como han pasado, y os dejo el cuidado de sacar las consecuencias.

-Está muy bien, mi prudente amigo respondió el señor de Vaudreuil sonriendo. No es comprometeros; pero si habéis venido hoy a la villa Montcalm...

-Ha sido para hacer por tercera vez lo que ya he hecho dos. Me han avisado esta mañana, día 3 de Septiembre, primero, que disponga de la suma que me quedaba, o sea cincuenta mil piastras; y segundo, que la entregase al presidente del Comité de Laval; por lo que, siendo el señor de Vaudreuil presidente del susodicho Comité, he venido a traerle aquella suma. ¿A qué uso está destinado ese dinero? No lo sé, ni deseo saberlo. Entre las manos del mencionado presidente he dejado aquella cantidad, y si no la he mandado por el correo, si he preferido traerla yo mismo, ha sido para aprovechar la ocasión de hacer una visita a mi amigo el señor de Vaudreuil y a su hija la señorita Clary.

El Sr. Nick concluyó su discurso sin que nadie le interrumpiese, y después de decir lo que quiso, se levantó, y, acercándose a la puerta de cristales que daba al terrado, se puso a examinar las embarcaciones que bajaban o remontaban el río.

El señor de Vaudreuil, entregado a profundas reflexiones, guardaba silencio, y un mismo trabajo de deducciones se hacía en el espíritu de su hija; no era dudoso para ellos que ese dinero, con tanto misterio depositado en la caja del Sr. Nick, había sido empleado en parte para las necesidades de la causa nacional, y que se reservaba a lo que quedaba el mismo destino, en previsión de un próximo movimiento. Este envío de dinero, coincidiendo con el recibo de la carta firmada por Un hijo de la Libertad, por la que se comprendía que acababa de convocar en la villa Montcalm a los más íntimos amigos del señor de Vaudreuil, ¿no parecía que hubiese en esto una singular conexión?

La conversación se prolongó todavía durante algún tiempo, y no podía ser de otro modo, dada la verbosidad del notario. Hablaron de lo que el señor de Vaudreuil sabía tan bien o mejor que Nick; esto es, de la situación política, sobre todo respecto al Bajo Canadá. Y estas cosas, no dejaba de repetirlo, las relataba con la mayor reserva, pues no le gustaba mezclarse en lo que no le importaba; lo que decía era para que el señor de Vaudreuil desconfiara, porque la vigilancia de la policía era muy activa en las parroquias del condado de Montreal.

Y a propósito de esto, el notario dijo:

-Lo que las autoridades temen, sobre todo, es que un jefe venga a ponerse al frente de un movimiento popular, y que éste sea precisamente el famoso Juan Sin Nombre.

Al oír estas últimas palabras, Clary se levantó y se asomó a la ventana abierta, por la que se veía el parque.

-¿Conocéis a ese audaz agitador amigo Nick? preguntó el señor de Vaudreuil.

-Nunca lo he visto, respondió el notario, ni he visto tampoco a nadie que le conozca; pero no hay duda de que existe. Me lo figuro, como suelen pintarnos los héroes en las novelas; un joven de alta estatura, de nobles facciones, de simpática fisonomía y de voz seductora, como no sea algún buen patriarca, en el límite de la vejez, arrugado y cascado por la edad; porque con esos personajes no se sabe nunca a qué atenerse.

-Sea lo que fuere, respondió el señor de Vaudreuil, ¡ojalá tenga pronto el pensamiento de ponerse a nuestra cabeza, y le seguiremos tan lejos como quiera llevarnos!...

-¡Eh, señor de Vaudreuil, puede ser que suceda antes de mucho tiempo! exclamó el Sr. Nick.

-¿Qué decía? preguntó Clary volviendo con viveza al centro del salón.

-Digo, señorita Clary... o, más bien, no digo nada... Es más cuerdo.

-Insisto, repuso la joven, ¡Hablad... hablad, os lo ruego! ¿Qué sabéis?

-Lo que otros saben también, respondió el Sr. Nick; que Juan-Sin-Nombre ha vuelto a aparecer en el condado de Montreal; así se dice, por desgracia.

-¡Por desgracia!, repitió Clary.

-Sí; pues si es cierta la noticia, temo mucho de que nuestro héroe no pueda escapar a la vigilancia de la policía. Hoy mismo, atravesando la isla de Montreal, he encontrado a los agentes que el ministro Gilberto Argall ha lanzado sobre las huellas de Juan-SinNombre, y he visto entro ellos al jefe de la casa Rip y Compañía.

-¿Cómo... Rip? dijo el señor de Vaudreuil.

-El mismo, respondió el notario. Es un hombre, hábil, atraído sin duda por una. buena prima. Si, llega a apoderarse de Juan-Sin-Nombre la condena de este joven patriota... sí, decididamente debe ser joven, su condena es cierta, y el partido nacional contará una víctima más.

A pesar de su fuerza de espíritu, Clary palideció de repente, sus ojos se cerraron, y apenas si pudo comprimir los latidos de su corazón. El señor de Vaudreuil, muy pensativo, iba y venía por el salón.

El Sr. Nick, queriendo borrar el penoso efecto producido por sus últimas palabras, añadió:

-Después de todo, es un hombre de una audacia poco común, que ha sabido hasta ahora sustraerse a las más severas pesquisas. En el caso de que corriera peligro de ser aprehendido, todas las casas del condado le darían asilo, todas las puertas se abrirían delante de él, incluso la del estudio del Sr. Nick, si se presentaba a pedirle refugio, aun cuando el Sr. Nick no quiera mezclarse para nada en la política.

Después de estas palabras, el notario se despidió del señor y de la señorita de Vaudreuil, pues no tenía tiempo que perder si quería estar de vuelta en Montreal para la hora de comer, esa hora regular y siempre bienvenida, en la que cumplía con uno de los actos más importantes de su existencia.

El señor de Vaudreuil quiso dar orden de que enganchasen un carruaje para llevar al Sr. Nick y a su pasante hasta Laval, pero, como hombre prudente, el notario rehusó, diciendo que más valía que no se supiera nada de su visita a la villa Montcalm; que, a Dios gracias, tenía buenas piernas, que una legua más o menos no era cosa para cansar a uno de los mejores andarines del notariado canadiense. Y luego, ¿no corría por sus venas la sangre de los Sagamores? ¿No descendía de aquellos robustos indios, cuyos guerreros seguían durante meses enteros el sendero de la guerra, etc., etc.?

En fin, el Sr. Nick llamó a Lionel, que sin duda corría por las calles del parque detrás del sagrado batallón de las musas, y ambos, remontando la orilla izquierda del San Lorenzo, tomaron de nuevo el camino de Laval.

Después de tres cuartos de hora de marcha llegaron al sitio en que atracaba el toc, en el momento en que desembarcaban los Sres. Vicente Hodge, Clerc y Farran que se dirigían a la villa Montcalm.

Cruzándose con ellos, el notario fue saludado con un inevitable y cordial «buenos días, Sr. Nick.» Después de atravesar el río subió otra vez al coche de Tom, llegó a su casa del Mercado del Buen Socorro en el instante preciso en que su anciana sirvienta, mistress Dolly, ponía la humeante sopa en la mesa.

El Sr. Nick se sentó en seguida en su ancho sillón, y Lionel se colocó enfrente de él, mientras el buen señor tarareaba: Nacer contigo, loquilla llama, Morir contigo, fuego fatuo.

-Sobro todo, añadió, si te tragas algunos versos durante la comida, ten mucho cuidado con las espinas.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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