XIX
CONTINÚA EL PROCESO
Sería imposible describir el efecto producido por las últimas manifestaciones del contramaestre. Prodújose en el auditorio un largo y penoso rumor, que al presidente le costó algún trabajo sofocar. Todas las miradas estaban fijas en los dos hermanos, bajo el peso de una acusación capital. Karl y Pieter Kip estaban inmóviles; la sorpresa, el horror de aquella infamia, les había paralizado. El mayor, de temperamento impetuoso, amenazaba con el gesto al odioso Flig Balt. El más joven, pálido el rostro, húmedos los ojos, se limitó a encogerse de hombros, en señal del más profundo desprecio hacia el acusador.
Acto seguido los dos hermanos, obedeciendo al presidente y dejando el banco de los testigos, avanzaron hasta el pie del estrado, acompañados de agentes encargados de vigilarles.
Hawkins, Hobbes, Wickley, Burnes y Jim, después de un murmullo de protesta que no pudieron contener, quedaron silenciosos, en tanto que Sexton, Bryce y Koa cambiaron algunas palabras en voz baja.
Nat Gibson, la cabeza inclinada, las manos febriles, el rostro convulso, se asía al banco… Y cuando levantaba la vista hacia los hermanos Kip, sus ojos despedían una mirada de odio. ¿Es que tenía ya la convicción de la culpabilidad?
En cuanto a Vin Mod, esperaba impasible el resultado de la denuncia del contramaestre contra Karl y Pieter Kip.
Cuando el auditorio, tan profundamente conmovido, hubo recobrado la calma, el presidente concedió la palabra a Flig Balt, a fin de que pudiese completar su denuncia.
El contramaestre lo hizo clara y brevemente, en términos que produjeron una impresión favorable al acusado.
El 25 de noviembre por la noche, cuando ya no era capitán del bergantín, encontrábase cerca del camarote de los hermanos Kip. La puerta no estaba cerrada; un violento golpe de mar sacudió al barco, y una maleta rodó fuera del camarote. Era la que se había recogido en los restos de la Wilhelmina. El golpe abrió la maleta, de la que se escaparon papeles y un puñado de monedas de oro que se esparcieron por el suelo.
El ruido del oro atrajo la atención de Flig Balt, al mismo tiempo que producía su extrañeza, pues estaba en la creencia que los hermanos Kip lo habían perdido todo en el naufragio. Fuera lo que quisiera, Flig Balt, después de recoger las monedas, iba a meterlas en la maleta con los papeles cuando reconoció en ellos los del James Cook, el conocimiento de carga y el contrato de fletamento que el capitán Gibson llevaba consigo el día que lo asesinaron, y que no habían aparecido.
Flig Balt, espantado por este descubrimiento, se alejó de allí. No había duda de que los hermanos Kip eran los culpables. Su primer impulso fue ir en busca de Hawkins y decirle: «Mire usted lo que he descubierto»; y a Nat Gibson: «¡Éstos son los asesinos de su padre!…»
Sí… esto es lo que el contramaestre debía haber hecho: pero no hizo nada… No habló con nadie del secreto que acababa de sorprender… Pero permanecer bajo las órdenes de un criminal, del asesino de su capitán, era de todo punto imposible… Quiso arrancarle el mando, del que Flig Balt fue tan injustamente desposeído, y arrastró a los marineros a la rebelión…
Su tentativa no tuvo éxito. Fue desarmado, reducido a la impotencia, encerrado en el fondo de la cala por orden del miserable que había engañado la confianza de Hawkins… Sin embargo, decidió callarse lo que sabía hasta que el barco llegase a Hobart Town y esperar el resultado del proceso que se abriría contra él. Sería públicamente, ante el Consejo marítimo, cuando denunciaría a los autores del crimen de Kerawara…
Después de esta declaración tan terminante, que produjo un prolongado murmullo en el auditorio, el presidente no creyó que debía continuar la vista de la causa. Se levantó la sesión y los agentes condujeron a la cárcel del puerto a Flig Balt y Len Cannon. Ya se resolvería respecto a ellos lo que hubiese lugar. Karl y Pieter Kip fueron llevados a la cárcel de la ciudad.
Antes de dejar la sala del Consejo, Karl no pudo contener su indignación, protestando con violencia contra el miserable que les acusaba… Pieter se limitó a decirle:
– ¡Deja, pobre hermano mío, deja a la justicia el cuidado de proclamar nuestra inocencia!
Y partieron sin que ninguna mano, ni siquiera la de Hawkins, se tendiese hacia ellos… Indudablemente, Karl y Pieter Kip debían estar seguros de que la información judicial no podría establecer su culpabilidad… Ellos no habían cometido el abominable crimen. Las monedas, los papeles que Flig Balt declaraba haber visto en la maleta, no se encontrarían en ella cuando practicaran el registro… Podían esperar sin temor el resultado de la diligencia que habían de practicarse en su alojamiento… La sola declaración del contramaestre no bastaría para convencer del robo y del asesinato.
Cuál no sería su estupefacción y el sentimiento de horror que se esparció por toda la ciudad, cuando aquel mismo día se supo que el registro confirmaba lo dicho por Flig Balt.
Los agentes de policía habíanse presentado en la hospedería del Great Old Man… La maleta designada por el contramaestre había sido abierta y registrada… Bajo la ropa encontraron una suma de sesenta libras en oro y los papeles del James Cook robados al capitán Gibson.
Y luego… ¡prueba más concluyente todavía! En la maleta estaba oculta un arma, un puñal malayo de hoja dentada… Las diligencias practicadas en Kerawara, la fotografía hecha por Hawkins, demostraban claramente que la herida del capitán habíase producido con un puñal de esta clase.
No eran, pues, simples presunciones contra los hermanos Kip, sino pruebas graves, pruebas materiales, tales como las había anunciado Flig Balt en plena audiencia. Y lo que daba más autoridad a lo dicho por el contramaestre era que no se había referido al puñal malayo, sin duda porque no sabía que estuviese en poder de los dos hermanos, pues en caso contrario lo hubiera dicho en la audiencia, cómo dijo lo de las monedas de oro y los papeles de Harry Gibson.
Se recordará que Jim había visto el puñal, colocado a propósito por Vin Mod en una mesita del camarote de los hermanos Kip… ¿Y quién sabe si el grumete no sería en el proceso Kip un testimonio aplastante para los acusados?
Como se ve, la trama urdida por el miserable Vin Mod era hábil y resistente. Todos los elementos empleados para comprometer; para perder a los dos hermanos daban juego… ¿Podrían los acusados esclarecer los hechos y destruir la terrible acusación que pesaba sobre ellos?
El grave incidente que se había producido —Vin Mod ya contaba con ello
– originó, en primer término, el abandono del proceso seguido contra Flig Balt y Len Cannon. ¿Qué era aquella tentativa de rebelión a bordo del James Cook junto a los hechos que se acababan de revelar? La calidad de acusado del contramaestre se desvanecía, apareciendo ante la justicia como testigo de cargo.
Inútil es insistir acerca de la violencia —ésta es la palabra— con que Nat Gibson se lanzó por aquella pista. ¡Al fin eran conocidos y serían castigados los asesinos de Kerawara!… Tampoco es de extrañar que en el estado de ánimo en que se encontraba el desgraciado joven olvidase todo lo que invocar pudiera en descargo de los hermanos Kip: su actitud desde el día que el james Cook les recogió en la isla de Norfolk, su conducta frente a los papúas de Nueva Guinea, el dolor que manifestaron cuando murió el capitán Gibson; luego, en el curso de la travesía de regreso, aquella intervención de Karl Kip, que salvó el bergantín en el período álgido de la tempestad, y su energía frente a la rebelión suscitada por el contramaestre. ¡Hasta olvidó la viva simpatía que siempre le inspiraron los náufragos de la Wilhelmina!… Todos estos sentimientos se desvanecieron al calor de su odio contra los asesinos, a los que todo acusaba, ante el imperioso deseo de vengar a su padre.
Además, forzoso es reconocerlo, en Hobart Town la opinión cambió radicalmente. Lo mismo que se habían interesado por los hermanos Kip, ayudándoles, al uno para procurarse una plaza de segundo, al otro proporcionándole para la casa de Groninga relaciones comerciales con Tasmania, así fueron en un momento objeto de la execración pública. En cambio Flig Balt aparecía como una especie de héroe. ¡Qué fuerza de carácter había mostrado guardando su secreto hasta el día de la comparecencia ante el Consejo marítimo! ¿No merecía que se le perdonara aquella tentativa de rebelión hecha con el objeto de sustraer al James Cook del mando de un asesino, refriega donde al fin y al cabo arriesgaba su vida?… Y hasta aquellos bravos marineros, Hobbes, Wickley, Burnes, arrastrados por el sentimiento general, no se acordaban de la estimación que habían experimentado hacia su nuevo capitán, de la abnegación de que en todas las ocasiones le dieron prueba.
Si en Hobart Town todo el mundo sabía ya a qué atenerse respecto al crimen, no se dejaría que continuasen en la incertidumbre en Port Praslin y Kerawara, evitando que los Zieger y Hamburg se afanasen en proseguir unas pesquisas completamente inútiles.
Lo que producía inmenso dolor a la viuda de Gibson era la pérdida de su marido, más que el sentimiento de saber que no se le había vengado. Pero para ella, como para tantos otros, ¡como para todos!, después de la justificada declaración del contramaestre, después de las pruebas materiales encontradas, los dos hermanos eran los únicos, los verdaderos asesinos de Harry Gibson.
¿Para todos?… No; tal vez Hawkins no se pronunciaba todavía con la misma seguridad. Aunque su confianza respecto a Pieter y Karl Kip había sufrido un rudo quebranto, no estaba absolutamente convencido de su culpabilidad. Rechazaba, con repugnancia, la idea de que aquellos hombres que habían merecido toda su estimación fuesen los autores de semejante fechoría. Además, no alcanzaba cuáles pudieran ser los móviles del atentado… ¿Habría que buscarlos en el deseo de apoderarse de aquellos miles de dólares que el interfecto llevaba consigo, o en la esperanza de sucederle en el mando del barco? Esto no satisfacía al clarísimo criterio de Hawkins, y cuando su mujer, que escuchaba sus reflexiones, le repetía:
– Pero las pruebas, las pruebas materiales, ese dinero, esos papeles, en fin, ese puñal… ¿Puede admitirse que nuestro desgraciado Gibson no fue herido con esa arma?
– Sí… —contestaba el armador—, ya lo sé; existen pruebas que parecen abrumadoras… ¡Pero se evocan en mi espíritu tantos recuerdos!… No puedo desechar la duda…, y a menos que esos infortunados confiesen su crimen…
– ¿Supongo que no te expresarás así delante de Nat?
– No; no está en disposición de reflexionar. ¿Para qué intervenir en el estado de exaltación en que se encuentra?… Esperemos los resultados del proceso… ¿Quién sabe si Pieter y Karl Kip no conseguirán probar su inocencia?… Y, aun cuando sean condenados, yo seguiré diciendo: ¡esperemos en el porvenir!
Después del registro practicado en el alojamiento de los hermanos Kip, el proceso no tenía más que seguir su marcha regular por la jurisdicción criminal. El sumario sería breve. Los únicos testigos que podían comparecer residían en Hobart Town. En cuanto a las informaciones que habían de recibirse de Holanda respecto a la familia de los procesados, su situación personal, sus antecedentes penales… el telégrafo podía proporcionarlos en veinticuatro horas. La información judicial no exigía ni lejanas pesquisas ni voluminosa documentación.
Transcurrieron tres días, y el 25, la fecha fijada de antemano, el Skydnam se hizo a la mar, después de haber escogido el capitán Fork otro segundo. Ni Karl ni Pieter Kip iban a bordo del vapor, y a Hawkins se le oprimió el corazón cuando lo vio partir.
Fácil es imaginarse que Flig Balt y Vin Mod creían no tener ya nada que temer respecto al crimen de Kerawara. ¿Quién hubiera podido penetrar en aquella espantosa maquinación contra dos inocentes, a quienes sería imposible desasirse del lazo que se les había tendido?
Efectivamente; sólo el contramaestre y su cómplice habían urdido esta odiosa maniobra. Ni Sexton, ni Bryce, ni el cocinero Koa tenían de ella la menor sospecha, y ellos fueron los primeros sorprendidos por el golpe teatral ante el Consejo marítimo. En cuanto a Kyle, puesto en libertad a los dos días, cierto es que había servido de intermediario entre Vin Mod y Flig Balt; pero las palabras de que fue portador no eran reveladoras de que ellos fuesen los asesinos y preparasen una emboscada a los hermanos Kip. Len Cannon, por su parte, no sabía más que los otros. Así es que estos marineros de desecho no tenían más que motivos de satisfacción por el giro que iban tomando las cosas. Flig Balt, puesto en libertad, podía buscar barco en compañía de Vin Mod y sus compinches… Además estaba en condiciones de hundir por completo a los dos hermanos.
Después de la partida del Shydnam, en la tarde del 25, los dos cómplices permanecieron en el muelle, a la sazón desierto, para cambiar impresiones, sin correr el riesgo de ser escuchados.
– Buen viaje al Skydnam —dijo Vin Mod—; buen viaje, puesto que no lleva a los dos holandeses… ¡Ah! ¡Karl Kip ocupó el sitio de usted a bordo del James Cook, patrón Balt!… Pues bien; ahora, le sustituye nuevamente bajo los cerrojos de la justicia, ¡y esos cerrojos cierran bien!…
– El golpe ha resultado con mayores facilidades y eficacia de lo que yo creía —contestó el contramaestre.
– ¡Oh! Estaban tomadas todas las medidas; los hermanos Kip no conseguirán desenredarse.
– Esperemos el desenlace, Mod.
– Se puede asegurar cuál ha de ser. ¡La cara que pondrían al saber lo que se había encontrado en la maleta!… ¡No fue poca fortuna encontrar los restos de la Wilhelmina y que la maleta no se fuese a pique!… Y vea usted, todavía guardaban el dinero y los papeles del capitán. ¡Imprudentes!… He tenido que sacrificar un centenar de dólares, pero no es para sentirlo…
– ¿Y qué nos queda? —preguntó Flig Balt.
– Más de mil, así es que podemos largarnos cuando nos convenga.
– Después de la vista del proceso.
– ¡Desde luego!… No hay que olvidar que Flig Balt, excomandante del James Cook, es el principal testigo, y espero que estará sereno.
– No temas nada, Mod.
– A propósito, patrón; fue una suerte que no hablase usted más que del dinero y los papeles, porque el hallazgo del puñal ha producido un gran efecto… ¡Es la prueba más aplastante! Ésa no deja duda. Y ya verá usted cómo nadie creerá a los Kip cuando afirmen que ignoraban que se hubiese recogido aquel puñal en los restos del naufragio; sobre todo cuando confiesen que ese puñal es de su pertenencia. Porque hay que tener en cuenta que se trata de gente honrada, incapaz de mentir. ¡Habría que ver la cara que ponen los hombres honrados en la horca!
El miserable reía sus ocurrencias sin conseguir, no obstante, comunicar al contramaestre su jovialidad. Éste, siempre preocupado, no podía sustraerse a ciertas inquietudes. No cabía duda de que el asunto estaba llevado por una mano maestra; pero hasta el final no se estaba libre de que se produjeran incidentes comprometedores…
– Sí, Vin Mod, no me convenceré de que esto está concluido del todo hasta después de la sentencia, cuando hayamos dejado Hobart Town, para ir en busca de fortuna lejos de aquí, al fin del mundo, al diablo…
– Le es a usted imposible estar tranquilo… Cuestión de temperamento…
– No lo niego, Mod.
– Usted no ve las cosas tal como son. Le repito a usted que no tenemos nada que temer… ¡Si ahora mismo confesáramos que éramos nosotros los autores, estoy seguro que no nos creerían!…
– Di, Mod —repuso el contramaestre—, ¿no ha advertido nadie tu presencia en el alojamiento de los Kip?
– Nadie, ni conocido ni desconocido. No es Vi n Mod quien ha vivido allí; es un tal Ned Pat, que no se me parece en nada.
– Es muy arriesgado lo que has hecho.
– ¡Quia! ¡No se puede usted imaginar cómo me desfigura la barba, una hermosa barba rojiza, que sube hasta los ojos!
Además, yo no iba más que por la noche, a la hora de acostarme, y me largaba al amanecer…
– ¿Y no has dejado todavía la habitación?
– Aún no, y más vale estar allí algunos días más. Si me hubiese marchado en cuanto los Kip fueron presos, hubiera dado qué pensar… En fin, por exceso de precaución no me iré de allí hasta después de la vista de la causa.
– Lo importante es que no te reconozcan.
– No tema usted nada, patrón… Tres o cuatro veces han pasado junto a mí Sexton, Kyle y Bryce, cuando me dirigía a mi escondite, y no se les pasó por la mollera que era su camarada el que se había cruzado con ellos… Ni usted mismo hubiera dicho al verme: «¡Calle!… ¡pues si es Vin Mod!».
Como se ve, las precauciones estaban tan bien tomadas, nadie había descubierto que Vin Mod, bajo el nombre de Ned Pat, había ocupado una habitación inmediata a la de los hermanos Kip.
El sumario continuaba, y el juez encargado de instruirlo ponía en ello un gran cuidado. Nadie dudaba de la culpabilidad de los dos holandeses, tan explícitamente acusados, en posesión de los cuales habíanse encontrado los papeles y el dinero del capitán. Era de toda evidencia que estos objetos no habían podido ser robados más que por los asesinos de Harry Gibson, puesto que los llevaba consigo cuando fue agredido.
Además, entre la ropa que contenía la maleta la policía encontró un puñal. Pero ocurría preguntar: ¿había sido herido con esta arma el capitán Gibson? La contestación no podía ser más que afirmativa. Los bordes de la herida ofrecían bien claramente la huella de dientes de sierra, y no podía haberse producido más que con uno de esos puñales de fabricación malaya. Sería fácil comprobarlo con la fotografía que estaba en poder de Hawkins.
Verdad es que en Melanesia esos puñales son de uso muy corriente. Los indígenas de Kerawara y de la isla de York, los de Nueva Zelanda y Nueva Bretaña se suelen servir de ellos como arma de combate. ¿No era, pues, lo probable que aquel puñal hubiese sido el instrumento del crimen?…
Pero a la presunción no tardó en reemplazar la certidumbre.
En la mañana del 15 de febrero un barco inglés, el Gordon, de Sydney, fondeó en el puerto de Hobart Town.
Tres semanas antes, el Gordon, había dejado el archipiélago Bismarck, después de hacer escala en Kerawara y en Port Praslin.
El correo del Gordon era portador de una carta, acompañada de un paquetito postal dirigido a Hawkins.
La carta procedía de Port Praslin, y estaba firmada por Zieger, que la había escrito con posterioridad a las noticias enviadas a Wellington y transmitidas a Hawkins por su corresponsal; noticias que no revelaban ningún hecho nuevo relativo a la información judicial.
La carta en cuestión decía:
«Port Praslin, 22 de enero.
»MI QUERIDO AMIGO:
»Aprovecho la salida del Gordon para escribirle, rogándole, en primer término, salude en nuestro nombre a su señora y exprese a la viuda de Gibson y a su hijo toda la parte que mi esposa y yo tomamos en su duelo.
»El amigo Hamburg, por su cuenta en Kerawara, yo aquí por la mía, hemos practicado una minuciosa y severa información relativa al asesinato, sin que hayamos obtenido el menor resultado. Las pesquisas entre las tribus indígenas de la isla de York no han descubierto los papeles que pertenecieron al capitán Gibson, ni el dinero que llevaba consigo. Posible es, pues, que el crimen no lo hayan cometido los indígenas de la isla de York, pues es muy raro que no se haya encontrado una suma tan importante en metálico.
»Pero hay otra cosa. Ayer, por casualidad, en el bosque de Kerawara, a la derecha del sendero que conduce a la casa de Hamburg, precisamente en el lugar donde fue perpetrado el crimen, uno de los empleados de la factoría recogió una virola de cobre, que debió desprenderse del puñal en el momento en que el matador agredía a nuestro infortunado amigo.
»Le envío a usted dicha virola, no con la esperanza de que sirva de pieza de convicción, puesto que no se ha encontrado el instrumento del crimen; pero, en fin, creo deber hacerlo, con el vehementísimo deseo de que lleguen a descubrirse los autores de tan abominable fechoría.
»Reitero a usted, mi querido amigo, mi cordial amistad, con expresiones de afecto para las señoras Gibson, y Hawkins y para Nat. Si supiese algo nuevo, se lo comunicaría inmediatamente, rogándole al mismo tiempo la reciprocidad para con nosotros, si ustedes consiguieran descubrir algo interesante.
»Suyo,
»R. ZIEGER.»
Zieger ignoraba que los magistrados de Hobart Town tenían en su poder el arma con que verosímilmente se había cometido el crimen. Y lo que luego se comprobó fue que en el mango del puñal faltaba la virola del remate.
Cuando la que enviaba Zieger se ajustó en el sitio indicado, pudo verse que se adaptaba perfectamente.
Ante este nuevo testimonio, que, por decirlo así, venía a remachar el clavo, Nat Gibson se dirigió a casa del armador, y le dijo:
– Y ahora, señor Hawkins, ¿continuará usted dudando de la culpabilidad de esos miserables?
El armador, por toda respuesta, se limitó a bajar la cabeza.