El náufrago del Cynthia

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QUINIENTAS LIBRAS ESTERLINAS DE

RECOMPENSA

Patricio O'Donoghan, por lo que Erik pudo comprender entre las reticencias y digresiones de Bowles, no era un modelo de virtud. El posadero le había conocido cuando servía de grumete, aprendiz de marinero, antes y después del naufragio del Cynthia. Hasta esa época, Patricio O'Donoghan había sido pobre, como lo son generalmente los hombres de su profesión; pero después del siniestro volvió de Europa con un paquete de billetes de Banco, pretendiendo haber heredado de un pariente que tenía en Irlanda, lo cual parecía bastante inverosímil.

Bowles nunca había creído lo de la herencia, y hasta pensaba que tan súbito cambio de fortuna debía relacionarse de un modo cualquiera, pero poco legal, con el naufragio del Cynthia, pues no dudaba que Patricio O'Donoghan se halló en él; y contrariamente a la costumbre de los marineros en semejante caso, siempre rehuía, aunque con bastante torpeza, comentar el asunto. Además de esto, cuando se trató de entablar el proceso civil de la compañía de seguros contra los propietarios del Cynthia, Patricio O'Donoghan se apresuró a marchar a bordo de un buque que emprendía un largo viaje, a fin de no verse mezclado en el asunto ni siquiera como testigo. Esta conducta pareció tanto más sospechosa, cuanto que Patricio era entonces el único que había sobrevivido al desastre, o, por lo menos, el único a quien se conocía.

Bowles no había podido nunca explicarse esto;

pero él y su mujer formaron muy mala opinión del hecho.

Lo que más alimentaba sus recelos era que Patricio no se halló nunca falto de dinero durante su permanencia en Nueva York, aunque traía muy poco de sus viajes; a los pocos días de su regreso veíasele siempre con suficiente oro y billetes de Banco, y cuando estaba borracho, lo cual sucedía muy a menudo, alardeaba de poseer un secreto equivalente a una fortuna.

Había llamado la atención, particularmente, que en medio de sus divagaciones repitiera a cada momento: "el niño del salvavidas."

– Sí, señor Bowles, decía golpeando sobre la mesa; el niño del salvavidas vale más de lo que pesa en oro...

Y se echaba a reir a carcajadas, muy satisfecho de sí mismo, al parecer. Nunca se le pudo inducir a dar una explicación a sus palabras, que durante muchos años fueron para los esposos Bowles origen de infinitas suposiciones.

De aquí la emoción de la anciana cuando Erik le dijo que él era precisamente el "niño del salvavidas."

Patricio O'Donoghan, que durante más de quince años había tenido costumbre de alojarse en "El áncora roja" cuando estaba en Nueva York, no había aparecido desde hacía cuatro años, y al decir de Bowles, esto era ya algo misterioso. El irlandés recibió cierta noche la visita de un hombre que se encerró con él durante una hora, y al día siguiente, Patricio O'Donoghan, agitado, y al parecer con mucha prisa, pagó apresuradamente su cuenta, cogió su saco de marinero y se marchó.

Desde entonces no se le había vuelto a ver.

Los esposos Bowles ignoraban, naturalmente, la causa de aquella súbita partida; pero siempre pensaron que debía relacionarse con el naufragio del Cynthia y la historia del "niño del salvavidas." Ellos creían que el visitante de O'- Donoghan se habría presentado para advertirle que corría algún peligro, y el irlandés juzgó sin duda prudente salir al punto de Nueva York.

Los posaderos no pensaban que hubiese vuelto desde aquella época, pues lo hubieran sabido por otros parroquianos, a quienes seguramente habría extrañado que Patricio se alojase en otra parte.

Tal era en su conjunto el relato que Erik pudo obtener; ardía en deseos de comunicárselo a sus amigos, así es que se dio prisa en despedirse de los esposos Bowles.

Su informe fue acogido, por tanto, con el interés que merecía, pues por primera vez, después de tantas diligencias, hallábase la huella de un hombre que había hecho repetidas alusiones al "niño del salvavidas". A decir verdad, ignorábase dónde estaba aquel individuo; pero se podía tener la esperanza de dar un día u otro con su paradero. Este era el más importante de los datos obtenidos hasta entonces, y el asunto se consideró de suficiente importancia para que valiese la pena enviar un telegrama a los esposos Bowles, rogándoles que prepararan una comida de seis cubiertos. El señor Bredejord sugirió este medio para averiguar por aquella gente todo cuanto fuese posible. Los tres se trasladaron a "El áncora roja", y haciendo sentar a la mesa a los esposos Bowles, se les haría hablar extensamente.

Erik no esperaba averiguar nada más, pues conocía bastante bien a los posaderos para estar convencido de que le habían dicho cuanto sabían; pero no contaba con la costumbre que tenía el abogado de interrogar a los testigos en los tribunales de justicia, obteniendo de sus contestaciones lo que ni ellos mismos sospechaban.

La señora Bowles se excedió a sí misma; puso la mesa en la mejor habitación del primer piso, y en menos de una hora improvisó una comida excelente. Muy lisonjeada por el honor que se le hacía a ella y a su esposo, prestóse con la mejor voluntad al interrogatorio del eminente abogado, y así se obtuvieron algunos datos que no carecían de importancia.

En primer lugar, Patricio O'Donoghan había dicho claramente, al iniciarse el proceso por la compañía de seguros, que se iba "para que no se le citara como testigo"; prueba evidente de que no le convenía explicarse sobre las circunstancias del naufragio, lo cual también se deducía de su conducta.

Por otra parte, en Nueva York o en las cercanías hallariase sin duda la persona que le facilitaba los fondos secretos, pues al llegar no tenía un céntimo, y pocos días más tarde, después de pasar toda una noche fuera de la posada, volvía con los bolsillos llenos de oro.

Era indudable que el secreto se refería al "niño del salvavidas", puesto que el marinero lo dijo varias veces.

Patricio O'Donoghan debió intentar, sin duda, obtener de una vez todo el precio del secreto, y ello habría producido probablemente una crisis. En efecto; la víspera misma de su repentina marcha había asegurado que estaba cansado de navegar, que no quería volver a trabajar, y que en adelante viviría en Nueva York como rentista.

Por último, el individuo que fue a ver a Patricio O'Donoghan debía tener mucho interés en que se marchase, pues al día siguiente fue a la posada a preguntar por el irlandés, y pareció muy satisfecho de no encontrarle ya. Bowles se creía seguro de poder reconocer al individuo, que por su traza, le pareció un policía privado, o uno de esos agentes de la policía secreta que hay en las grandes ciudades.

El señor Bredejord deducía de estas circunstancias que la misma persona que le facilitaba el dinero a Patricio cuando estaba en Nueva York había enviado el agente al marinero para amedrentarle e inducirle a marcharse, haciéndole temer un proceso criminal. Esto explicaba que el irlandés hubiese partido tan precipitadamente, después de la visita, para no volver más.

Era, pues, de suma importancia obtener las señas del agente, a la vez que las de Patricio O'Donoghan, y los Bowles las dieron muy precisas. Además, examinando los libros de cuentas, hallóse la fecha exacta de la partida del irlandés, que se remontaba a cuatro años menos tres meses, y no a cinco o seis años como se creyó en un principio.

Al doctor Schwaryencrona le chocó, desde luego, la circunstancia de que la fecha de la marcha del marinero, y por lo tanto de la visita del desconocido, coincidiera precisamente con la de los primeros anuncios publicados en los diarios ingleses para averiguar el paradero de los que habían sobrevivido al naufragio del Cynthia; y esta coincidencia era tan singular que no se podía menos de hallar una relación entre los dos hechos.

Parecía, pues, que comenzaba a verse algo más claro en el problema. El abandono de Erik en un salvavidas debía haber sido un acto criminal, del que, sin duda, fue testigo o cómplice el grumete O'Donoghan, embarcado en el Cynthia. Este hombre, conociendo al culpable, que habitaba en Nueva York o en las inmediaciones, había explotado durante algunos años el secreto, hasta que un día, aquél, cansado de las exigencias del irlandés, y bajo la presión de los anuncios publicados por los diarios, atemorizó lo bastante a Patricio para inducirle a marcharse.

En consecuencia, y suponiendo que estas deducciones fueran rigurosamente fundadas, se contaba ya con los elementos necesarios para proceder una encuesta judicial en toda regla.

Erik y sus amigos salieron de la posada con la firme esperanza de llegar muy pronto a un resultado.

Al día siguiente, el señor Bredejord solicitó ser presentado por el embajador de Suecia al jefe de policía de Nueva York, a quien notificó los hechos conocidos, y al mismo tiempo se puso en relación con los procuradores de la compañía de seguros que habían litigado contra los propietarios del Cynthia; consiguiendo que se desenterrara el protocolo del proceso, arrinconado hacía largos años.

Pero entre aquellos papeles no se encontró ningún documento de importancia, pues en el pleito no se había podido asentar testimonio alguno del naufragio. En todo el litigio se trataba solamente de puntos de derecho y de lo exagerado de la cifra del seguro, nada conforme con el verdadero valor del buque y del flete.

Los armadores del Cynthia no habían podido probar que su reclamación era justa, ni explicar tampoco de qué manera se produjo el naufragio; el conjunto de su defensa pareció débil, y el tribunal falló en favor de la parte contraria. La compañía de seguros, por otra parte, se había visto obligada a pagar varias primas sobre la vida, a los herederos de algunos pasajeros, y en estos procesos y transacciones no se encontraba el menor dato que indicase la existencia de un niño de nueve meses.

El examen de los folios llevó algunos días, y apenas terminó, el señor Bredejord recibió aviso para presentarse al jefe de policía, quien le manifestó que con gran pesar por su parte, no se había encontrado nada. Nadie conocía en Nueva York ningún agente de policía secreta cuyas señas correspondiesen a las que Bowles daba, y no era posible obtener la menor indicación sobre individuo alguno que tuviera interés en desembarazarse de Patricio O'Donoghan. En cuanto a este marinero, presumíase que no había pisado el suelo de los Estados Unidos hacía cuatro años por lo menos; pero guardábanse sus señas particulares, por si llegaba el caso de que se necesitasen. El jefe de policía manifestó al señor Berdejord que, en su opinión, el informe no daría ningún resultado, pues los hechos databan de tan remota fecha que, aun admitiendo el regreso inmediato de Patricio O'Donoghan, era dudoso que la justicia consintiese en volver a tomar cartas en el asunto.

En resumen la solución que Erik creyó por un momento haber encontrado al fin, quedaba reducida a la nada, y escapábasele de las manos, quizá para siempre.

No había más remedio que regresar a Suecia, pasando por Irlanda, a fin de ver si Patricio O'Donoghan había vuelto por casualidad a plantar sus coles; y esto es lo que hicieron el doctor y sus amigos después de despedirse de los esposos Bowles.

Como los vapores de Nueva York a Liverpool hacen siempre escala en Cork, los viajeros no tuvieron más que tomar un coche para llegar a un punto situado a pocas millas de Innishannon. Aquí supieron que Patricio O'Donoghan no había vuelto a su país desde la edad de doce años, ni escrito tampoco a las personas conocidas.

– ¿Dónde buscarle ahora?, preguntó el doctor a sus amigos cuando se embarcaron para Londres, a fin de trasladarse desde allí a Estocolmo.

– Evidentemente en los puertos de mar, contestó el señor Bredejord, y sobre todo en los que no son americanos, pues se ha de tener en cuenta que un marinero, un antiguo grumete, no renuncia a los treinta y cinco años a su oficio. O'Donoghan no conoce otro, y, por lo tanto, es seguro que navega. Los buques no tienen más objeto que ir de un puerto a otro, y sólo en ellos puede esperarse encontrar al marinero que buscamos. ¿Qué le parece a usted, Hochstedt?...

– El razonamiento me parece exacto, aunque tal vez un poco absoluto, replicó el profesor con su acostumbrada prudencia.

– Admitamos que lo sea, prosiguió el señor Bredejord. Pero si Patricio O'Donoghan ha marchado bajo presión de un verdadero temor, y probablemente amenazado de una persecución criminal, debe temer la extradición, y, en consecuencia, es probable que procure no ser reconocido, para lo cual debe evitar el encontrarse con sus antiguos camaradas. En consecuencia, debemos creer que preferirá los puertos donde aquéllos no suelen ir… Ya sé que esto no pasa de ser una hipótesis; pero supongamos provisionalmente que sea fundada... El número de Puertos en que los americanos no hacen negocios debe ser bastante limitado, y no nos costaría mucho formar una lista. Opino, pues, que se podría comenzar por ahí, haciendo preguntar en esos puertos si se tiene noticias de un individuo llamado Patricio O'Donoghan, cuyas señas particulares daremos a conocer.

– Pero ¿por qué no apelar simplemen te al anuncio?, preguntó el doctor.

– Porque Patricio O'Donoghan no con testaría si se oculta aún, suponiendo que lo leyese.

– ¿Y quién nos impide redactarlo de una manera tranquilizadora para él, advirtiéndole que en todo caso quedará libre por la prescripción y que sus informes le reportarán ventajas materiales?

– Está bien; pero vuelvo a mi objeción, es decir, temo que el anuncio no sea leído por un simple marinero.

– Podemos probar, ofreciendo una recompensa a Patricio O'Donoghan, o a quien dé noticias de su paradero. ¿Qué te parece, Erik?

– Yo creo que tales anuncios no producirán efecto sin repetirlos en numerosos diarios; costarían mucho, y tal vez atemorizarán a Patricio O'Donoghan, por tranquilizadores que sean, en el caso de que ese hombre tenga interés en ocultarse. ¿No sería mejor confiar a alguien la misión de investigar personalmente en los puertos donde se suponga que debe hallarse el marinero? —Muy bien; pero ¿dónde está el hombre de confianza que se encargaría de semejante investigación?

– Si usted quiere, ya está encontrado, mi querido doctor, replicó Erik: Soy yo..

– ¡Tú, hijo mío!... ¿Y tus estudios?

– Procuraré continuarlos durante el viaje...

Debo confiarle a usted, señor doctor, que me he asegurado el medio de viajar gratis.

– ¿De qué modo?, preguntaron a la vez el doctor y sus dos amigos.

– Muy sencillamente... preparándome para el examen de capitán de barco mercante; puedo someterme a él mañana mismo, si es necesario, y teniendo el diploma, nada me será más fácil que embarcarme en calidad de segundo en cualquier buque.

– ¿Y cómo has hecho eso sin decirme nada?, exclamó el doctor con cierto enojo, mientras que sus dos amigos no podían contener la risa.

– Verdaderamente, repuso Erik, no creo que mi crimen sea muy grande hasta ahora, puesto que me he limitado a estudiar las materias del examen después de averiguar cuáles eran; y, de todos modos, no habría hecho nada sin pedirle a usted permiso, el cual solicito en este momento.

– ¡Pues te lo doy, tunante!, dijo el doctor apaciguado por aquel argumento. Pero en cuanto a dejarte marchar, y solo, ya es diferente... Para esto esperaremos a que llegues a la mayoría de edad.

– ¡Oh! Así lo pensaba yo, replicó Erik con un acento de sumisión que agradó a los tres amigos.

Sin embargo, el doctor no quiso renunciar por eso a su idea. Según él, la investigación personal en los puertos no sería nunca más que un expediente en un punto dado, mientras que el anuncio iría por todas partes a la vez. Si Patricio O'Donoghan no se ocultaba, lo cual era posible, este medio bastaría para ponerse en contacto con él; y, en caso contrario, sería el mejor para descubrirle. Después de pesar maduramente todas las eventualidades, acordóse la redacción siguiente, que, traducida a siete u ocho idiomas, debia circular muy pronto por las cinco partes del mundo, en alas de los cien diarios más conocidos: Patricio O'Donoghan, marinero ausente de Nueva York hace cuatro años.

Cien libras esterlinas de recompensa al que facilite medio de encontrarle, y quinientas a Patricio si se pone en comunicación con el infrascrito. No ha de temer nada, pues ha transcurrido el tiempo necesario para que no se pueda entablar proceso alguno. Doctor Schwaryencrona, Estocolmo.

El 20 de octubre, el doctor y sus compañeros de viaje se hallaban ya en su país; a la mañana siguiente se llevó el anuncio a la agencia general establecida en Estocolmo, y tres días después aparecía ya en algunos diarios. Erik no pudo menos de ahogar un suspiro de pesar al leerle, cual si hubiera perdido del todo la esperanza.

En cuanto al señor Bredejord, declaró abiertamente que aquel asunto era ya una locura y que lo daba por perdido.

Pero Erik y el abogado se engañaban, como pronto vamos a ver.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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