El náufrago del Cynthia

8

PATRICIO O'DONOGHAN

Lo que el doctor había averiguado no tenía mucha importancia, pero tal vez le condujera a descubrir alguna pista.

Conocía el nombre del ex director de la Compañía de Transportes canadienses, llamado Joshua Churchill; pero ignoraba su paradero, y, naturalmente, era necesario realizar investigaciones para averiguar qué había sido de aquel personaje después de la disolución de la sociedad. Si se encontraba al señor Joshua Churchill, tal vez se podrían examinar por su mediación los antiguos registros de la compañía, y quizá obtener así la lista de los que fueron pasajeros del Cynthia, en la que se debía hacer mención del niño y de su familia, o de las personas encargadas de su custodia, en cuyo caso el campo de las pesquisas se limitaría considerablemente.

Tal fue el consejo del procurador que en otro tiempo había tenido los registros como liquidador de la sociedad, pero que hacía diez años ignoraba el paradero del señor Joshua Churchill.

Por un momento, el doctor Schwaryencrona experimentó una falsa alegría al saber que los diarios americanos acostumbran publicar la lista de los pasajeros que se embarcan para Europa, pues supuso que probablemente bastarla examinar una colección de algún periódico importante de ese año para encontrar la lista del Cynthia; pero la hipótesis resultó infundada, porque la costumbre de publicar las listas era reciente, datando sólo de hacía algunos años.

Sin embargo, los diarios antiguos no eran inútiles, pues se averiguaría la fecha exacta de la partida del buque, que había salido el 3 de noviembre, no de un puerto canadiense, como se creyó al principio, sino de Nueva York, con destino a Hamburgo.

En consecuencia, el doctor había encargado a sus agentes que tomasen informes en esta última ciudad y en los Estados Unidos.

En Hamburgo no se averiguó nada de valor: los consignatarios de la Compañía de Transportes canadienses no sabían cosa alguna sobre los pasajeros del Cynthia, y sólo pudieron indicar la naturaleza de su flete, que ya era conocido.

Hacía seis meses que Erik había vuelto a Estocolmo, cuando se creyó al fin» haber averiguado en Nueva York que el: ex director Joshua Churchill había muerto siete años antes en un hospital de la Novena Avenida, sin dejar herederos conocidos, ni herencia probablemente. En cuanto a los registros de la compañía, sin duda se habían vendido ya como papel viejo, destinado a envolver alimentos.

La pista, pues, se perdió del todo, y el mal resultado de aquella prolongada: investigación sólo tuvo por efecto inspirar al señor Bredejord los más dolorosos sarcasmos para el amor propio del doctor, aunque eran inocentes en el fondo. La historia de Erik era ya conocida en casa del doctor; de modo que nadie tenía reparo en hablar de ella abiertamente cuando se discutía sobre las diversas fases de la búsqueda practicada. Tal vez, el doctor hubiera procedido con más acierto guardando el secreto acerca de sus diligencias, como lo hizo durante los dos primeros años, porque ahora ofrecía un alimento a las habladurías de la señora Greta y de Kajsa, así como también a las reflexiones de Erik, con frecuencia muy tristes.

No conocer a sus padres, ignorar si vivían aún, y pensar que tal vez no sabría nunca el secreto de su nacimiento, era ya bastante penoso; pero más triste le parecía no conocer cuál era su patria.

– El más pobre muchacho callejero, decíase a veces, el más mísero campesino, sabe cuál es su país y a qué gran familia humana pertenece;

pero yo lo ignoro. Estoy en el mundo como un despojo, como un grano de arena impelido por el viento, que nadie sabe de dónde viene. ¡No tengo origen, ni tradiciones, ni pasado; la tierra donde mi madre nació, donde sus restos reposan o reposarán, puede ser ultrajada por el extranjero, hollada bajo sus pies, sin que me sea dado defenderla ni verter mi sangre por ella!

Estas reflexiones entristecían al pobre Erik;

en tales momentos, por más que se dijese que había hallado una madre en la buena Catalina, un hogar en casa de maese Hersebom y una patria en Noroé; por más que se jurara devolverles todos sus beneficios centuplicados y ser siempre para Noruega el hijo más fiel, no podía menos de lamentarse de su situación excepcional.

Hasta las diferencias físicas que reconocía al compararse con las personas que le rodeaban;

hasta el color de sus ojos y de su cutis, observado al paso en un espejo o en el cristal de una tienda, llevábanle a cada instante a sus amargas reflexiones. Algunas veces preguntábase qué patria preferiría en el mundo si hubiese de elegir, y sólo para contestarse estudiaba la historia y la geografía, pasando en revista las civilizaciones de los diversos pueblos.

Entonces experimentaba una especie de consuelo al decirse que por lo menos era de raza céltica, y buscaba en los libros la confirmación del hecho enunciado por el doctor.

Pero cuando el sabio le aseguraba que en su concepto era irlandés, Erik se entristecía. ¿Por qué había de pertenecer él precisamente al más oprimido de los pueblos celtas?... Si al menos pudiese obtener la prueba absoluta de ello, seguramente hubiera amado aquella patria desdichada tanto como a las más grandes e ilustres; pero no existiendo prueba alguna, lo mismo podía creer que era francés, por ejemplo, puesto que en Francia también existían celtas...

Esta es la patria que él hubiese deseado, con sus grandiosas tradiciones, su dramática historia y los principios fecundos que ha sembrado en el globo.

¡Oh! Semejante patria merecía ser amada con la mayor abnegación... ¡Cuánto le enorgullecería pertenecer a ella! ¡Con qué ternura filial hubiera estudiado sus gloriosos anales, leído los libros de sus escritores y admirado las obras de sus artistas!... Pero ¡ay! precisamente este orden de emociones delicadas le estaba vedado para siempre... ¡Bien veía que jamás se llegaría a resolver el problema de su origen, puesto que después de tantas investigaciones no se encontraba la solución!

Y, sin embargo, parecíale a Erik que, si pudiera remontarse al origen de los informes ya obtenidos, y seguir él mismo en el terreno las nuevas huellas que fuera posible descubrir, tal vez llegara a obtener algún resultado. ¿Por qué no conseguiría con su actividad lo que los agentes no alcanzaron tal vez por negligencia? ¿Podría nadie obrar con tanto interés y ardimiento como él?

Esta idea, que nunca le abandonaba, ejercía insensiblemente en sus trabajos una influencia de las más marcadas, comunicándoles, sin que apenas Erik lo advirtiese, una dirección especial. Cual si fuese cosa convenida de antemano que debía emprender un viaje, comenzó a estudiar a fondo la cosmografía, el arte náutico y todo el programa de las escuelas de marina.

– Un día u otro, se decía, habré de pasar el examen de capitán de barco mercante, y entonces podré ir a Nueva York a mis expensas y continuar las pesquisas referentes al Cynthia.

Sus conversaciones con el doctor, versando naturalmente sobre este punto, acabaron por reflejar su proyecto, dándolo a conocer a todos.

El doctor Schwaryencrona y sus dos amigos se impregnaron también de la idea, hasta el punto de adoptarla por sí mismos, pues la cuestión del origen de Erik, que sólo fue al principio un problema interesante para ellos, preocupábales cada vez más.

Observaban hasta qué punto el joven tomaba la cosa con empeño; y como le profesaban un sincero cariño y reconocían la importancia que para Erik tenía aquel asunto, estaban dispuestos a emprenderlo todo a fin de dilucidar el misterio.

He aquí cómo cierta noche nació en «líos la idea de marchar todos a Nueva York durante las vacaciones para ver si se podría averiguar alguna cosa.

¿Quién fue el primero en formular la idea?

Este punto, no aclarado nunca, sirvió largo tiempo de tema a las discusiones del doctor y del señor Bredejord, pretendiendo cada cual la prioridad. Sin duda lo pensaron ambos a la vez, pues a fuerza de hablar sobre el asunto, Erik había saturado con su idea el ambiente.

De todos modos, ello es que tomó cuerpo, que se adoptó definitivamente, y que, llegado el mes de septiembre, los tres amigos, acompañados de Erik, se embarcaron en Cristianía para trasladarse a América.

Desde aquel momento iba a entrar en juego un nuevo factor, cuya fuerza nadie sospechaba aún, y este factor era la actividad personal de Erik. De Nueva York y de los Estados Unidos, de todos esos espectáculos tan nuevos para él, sólo veía lo que pudiera referirse al objeto de sus investigaciones. Levantábase al amanecer, dirigíase al puerto, recorría los muelles, preguntaba a todos los marineros y reunía sin descanso datos más minuciosos.

– ¿Ha conocido usted la Compañía de Transportes canadienses? ¿Podría darme noticias de algún oficial, pasajero o marinero que naufragase en el Cynthia? Esto era lo que preguntaba a todos. Gracias a su conocimiento de la lengua inglesa, a su expresión dulce y grave y a su familiaridad con todas las cosas del mar, siempre era bien recibido. Indicáronle sucesivamente varios antiguos oficiales, marineros o empleados de la Compañía de Transportes canadienses; encontró algunos de ellos; de otros se ignoraba el paradero, pero nadie pudo darle informes útiles sobre el último viaje del Cynthia.

Necesitáronse quince días de continuas diligencias para obtener al fin un informe que por su precisión, comparado con las confusas noticias, a veces contradictorias, reunidas por Erik, parecía tener gran valor.

Asegurábase que un marinero llamado Patricio O'Donoghan había sobrevivido al naufragio del Cynthia, y hasta había estado en Nueva York varias veces después del siniestro. Este hombre, según decían, era grumete a bordo del Cynthia cuando el buque emprendió su último viaje, y estaba destinado particularmente al servicio del capitán; de modo que debió conocer a todos los pasajeros de primera clase que se sentaban a la mesa de aquél. Ahora bien; a juzgar por la calidad de sus ropas, no se podía dudar que el niño atado al salvavidas del Cynt- hia era de familia opulenta, y por lo tanto importaba mucho encontrar al citado marinero.

Así lo dedujeron el doctor y el abogado cuando Erik les dio a conocer su descubrimiento al volver a la hora de comer al hotel, situado en la Quinta Avenida; pero la discusión cambió muy pronto, porque el doctor quiso ver en aquel nuevo dato una prueba en apoyo de su tesis favorita.

– ¡No puede haber nombre más irlandés, exclamó, que el de Patricio O'Donoghan!...

¡Cuando yo decía que el asunto de Erik se relacionaba con Irlanda!

– Hasta aquí no lo veo, contestó sonriendo el señor Bredejord; un grumete irlandés a bordo no prueba gran cosa, y en mi concepto más difícil sería encontrar un buque americano en cuya tripulación no hubiese algún hijo de la Verde Erín.

Con esto había para discutir dos o tres horas, y no se dejó de hacerlo. En cuanto a Erik, desde aquel día concentró todos sus esfuerzos en una sola cosa: en hallar el paradero de Patricio O'Donoghan.

Cierto que no lo consiguió; pero a fuerza de buscar y preguntar, acabó por descubrir en el muelle del Hudson un marinero que había conocido al llamado Patricio O'Donoghan y que pudo proporcionar algunos detalles. Era, en efecto, irlandés, natural de Innishannon, en el condado de Cork; tenía de treinta a treinta y cinco años, estatura regular, cabello rojizo, ojos negros y nariz aplastada a consecuencia de un accidente.

– Es un perillán que se podría reconocer entre veinte mil, dijo el marinero, y yo me acuerdo muy bien de él, aunque no. le he visto hace siete u ocho años.

– ¿Y es en Nueva York donde solía usted encontrarle?, preguntó Erik.

– En Nueva York y en otras partes; pero seguramente la última vez fue en esta ciudad.

– ¿Podría usted indicarme alguna persona que pudiese darme informes de ese marinero?

– Eso sí que no. . A menos que no sea el dueño de la posada llamada "El áncora roja", en Brooklyn... Patricio O'Donoghan se alojaba allí cuando venía a Nueva York... El posadero llamado Bowles, es un veterano de la marina; y si él no lo sabe, no veo quién pueda darle a usted informes de O'Donoghan.

Erik se apresuró a saltar a una de esas grandes barcas de vapor que prestan su servicio en el rio por la parte del Este, y veinte minutos después hallábase en Brooklyn.

A la puerta de la posada "El áncora roja" vio una anciana muy limpia, que en aquel momento se ocupaba en mondar patatas.

– ¿Está en casa el señor Bowles, señora?, preguntó Erik, saludando con la cortesía propia de los hijos de su país adoptivo.

– Sí, caballerito; pero ahora se dispone a dormir la siesta, contestó la anciana, dirigiendo una mirada curiosa a su interlocutor. Si quiere usted decirle alguna cosa, yo me encargaré de darle el recado... Soy su mujer.

– ¡Oh, señora! Sin duda podría usted informarme tan bien como el señor Bowles sobre lo que necesito averiguar, repuso Erik. Quisiera saber si conoce usted a un marinero llamado Patricio O'Donoghan; si se halla en esta casa ahora, o si podría indicarme dónde le podria encontrar.

– ¿Patricio O'Donoghan?... ¡Si, le conozco!

Pero hace cinco o seis años que no ha puesto los pies aquí... Y en cuanto a decirle a usted dónde puede estar, me sería muy difícil poderlo complacer.

La fisonomía do Erik expresó tal contrariedad que la anciana lo echó de ver al punto, y sin duda no pudo menos de compadecerse.

– Mucha necesidad tendrá usted de ver a Patricio O'Donoghan, dijo, cuando tanto le disgusta no encontrarle aquí.

– Sí, le necesito mucho, señora, contestó el joven con tristeza; pues sólo él podría darme la clave de un misterio cuya explicación buscaré siempre.

Erik llevaba tres semanas corriendo por todas partes para informarse, y había adquirido ya cierta experiencia de las cosas humanas.

Pensó que la curiosidad de la anciana podría servirle de algo, y díjose que no habría inconveniente en interrogarla.

En consecuencia, preguntó si le sería permitido tomar un refresco, y siendo la contestación afirmativa, penetró en la posada.

En la sala baja, donde acababa de entrar, veíanse algunas mesas de madera barnizada y sillas de paja; pero no había nadie en aquel momento, y esto mismo animó a Erik a entablar conversación con la anciana cuando volvió de la barra con la botella pedida.

– Sin duda se preguntará usted, señora, dijo con su dulce voz, por qué deseo tanto ver a Patricio O'Donoghan. Voy a decírselo: Este Patricio, según parece, presenció el naufragio del Cynthia, buque americano que se perdió hace unos diecisiete años en la costa de Noruega...

Ahora bien; sepa usted que yo fui recogido por un pescador, cuando apenas contaba nueve meses, en una cuna que flotaba sujeta a un salvavidas del Cynthia... Busco a O'Donoghan para saber si podría darme informes sobre rni familia, o por lo menos sobre mi patria...

Un grito de la anciana interrumpió las explicaciones de Erik.

– ¡En un salvavidas, dice usted!... ¿Estaba usted sujeto a un salvavidas?

Y sin esperar contestación, la mujer corrió a la escalera.

– ¡Bowles... Bowles, baja pronto!, gritó con voz penetrante. ¡En un salvavidas! ¿Usted es el niño del salvavidas?... ¡Quién lo había de pensar! repetía, acercándose a Erik que la miraba pálido de sorpresa y de esperanza.

¿Podría averiguar al fin el secreto buscado con tanto afán?

Muy pronto resonaron unos pesados pasos en la escalera de madera, presentándose en ella un viejecito rechoncho y colorado, con grandes patillas blancas, anillos de oro en las orejas y traje de paño azul.

– ¿Qué ocurre? ¿Qué hay?, preguntó cuando estuvo en la sala, frotándose los ojos.

– Te necesitamos, contestó con acento breve la anciana; siéntate y escucha a este simpático caballerito, que te repetirá lo que acaba de manifestarme.

Bowles obedeció en silencio, y Erik repitió, poco más o menos, lo mismo que acababa de contar a la mujer.

Las facciones del posadero se dilataron, tomando una expresión plácida; una sonrisa entreabrió sus labios, y frotándose las manos comenzó a mirar a su mujer, que por su parte no parecía menos satisfecha.

– ¿Debo suponer que conoce usted ya mi historia?, preguntó Erik con el corazón palpitante.

Bowles hizo una señal afirmativa, rascóse la oreja, y al fin se decidió a hablar.

– La conozco sin conocerla, dijo, y a mi mujer le sucede lo mismo; con frecuencia hemos hablado sobre el particular sin comprenderlo.

Erik, pálido y agitado, oía estas palabras, aguardando la explicación; pero ésta se retardaba, porque el posadero no tenía el don de la elocuencia ni de expresarse con claridad; y, por otra parte, tal vez sus ideas estuviesen algo confusas a causa de su reciente sueño. Para recobrarse del todo después de dormir, Bowles necesitaba generalmente dos o tres vasos de una bebida muy análoga a la ginebra.

Sólo cuando su mujer le hubo colocado delante una botella y dos vasos, pudo al fin el buen hombre tener más expedito el uso de la lengua.

Entonces dio principio a un relato muy confuso, en el que sólo se destacaban algunos hechos en medio de una infinidad de detalles inútiles. La narración no duró menos de dos horas, y necesitóse toda la atención y el ardiente interés del pobre Erik para que éste sacara alguna cosa en limpio. A fuerza de preguntas y de insistencia, y gracias al concurso de la anciana, el joven pudo averiguar algo.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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