El náufrago del Cynthia

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EL VAL-FERAY. - CONCLUSION

Apenas transcurrido un mes desde que Erik había encontrado al fin a su madre, una fiesta íntima reunió en Val-Feray, a media legua de Brest, a toda la familia adoptiva del joven capitán, invitada por el señor Durrien, cuya hija, dando una prueba de su delicadeza, había querido asociar a su inefable alegría, a las sencillas y honradas personas que habían salvado a Erik. La señora Durrien quiso que Catalina,

Vanda, maese Hersebom y Otto acompañaran en el viaje al doctor Schwaryencrona, que iba con Kajsa, el señor Bredejord y el señor Malarius.

En medio de aquella salvaje naturaleza bretona, cerca de aquel sombrío mar armoricano, sus huéspedes noruegos debían estar seguramente más en su centro que en la calle de Varennes; y, en efecto, diariamente se daban grandes paseos por los bosques, comunicábanse unos a otros detalles no citados sobre la vida de Erik; zurcíanse, por así decirlo, los fragmentos de su historia, aun oscura, y poco a poco dejaron de ser inexplicables algunos hechos, y se hizo la luz en otros, después de prolongadas conversaciones y debates.

En primer lugar, ¿quién era Tudor Brown?

¿Por qué tenía tanto empeño en "impedir que Patricio O'Donoghan facilitase a Erik las noticias necesarias para que encontrase a su familia?

Una palabra del desgraciado irlandés bastaba para dar la explicación. Tudor Brown se llamaba en realidad Jones, único nombre con que O'Donoghan le conocía; Noah Jones era socio del padre de Erik en la explotación de un yacimiento de petróleo descubierto por el joven ingeniero en Pennsylvania; y sólo este hecho bastaba para arrojar una luz siniestra sobre acontecimientos que durante largo tiempo habían sido un misterio. El naufragio sospechoso del Cynthia, la caída del niño al mar, y tal vez la muerte del padre de Erik, eran circunstancias que seguramente tenían por origen una escritura de sociedad hallada por el señor Durrien entre los papeles del difunto, y que él aclaró con algunos comentarios.

– Algunos meses antes de su casamiento, dijo a los amigos de Erik, mi yerno había descubierto cerca de Harrisburg un yacimiento de petróleo; pero faltábale el capital necesario para asegurar la propiedad, y veíase expuesto a perder todas las concesiones. La casualidad le puso en relaciones con Noah Jones, que pretendía ser traficante de ganado del Far-West, pero que no era en realidad más que un negrero de la Carolina del Sur, según se supo más tarde. Este individuo se comprometió a entregar la suma necesaria para la compra del yacimiento Vandalia y su explotación; pero exigió que Jorge firmara un tratado leonino. Yo ignoraba, al casarse mi hija lo que en él se había estipulado; y, según parece, ni el mismo Jorge pensaba ya en el asunto, pues era muy poco práctico en semejantes negocios. Bien reputado por más de un concepto, buen matemático, químico y mecánico notable, no entendía una palabra en cuestión de contratos, y había pagado dos veces con una buena fortuna su falta de práctica en este punto. Es indudable que Noah Jones se aprovechó de esto, y que Jorge firmó a ojos cerrados la escritura que se sometió a su aprobación, cuyos principales artículos, extractados de la fraseología anglosajona que los embozaba, eran los siguientes: "Art. 3º La propiedad del yacimiento Vandalia será indivisa entre el descubridor, señor Jorge Durrien, y el comanditario, señor Noah Jones.

"Art. 4º El señor Noah Jones tendrá a su cargo la administración de todos los fondos por él entregados para la explotación de la mina, venderá los productos, hará el ingreso en caja y saldará los gastos, debiendo presentar justificantes todos los años a su asociado, y compartirá con él los productos líquidos. El señor Jorge Durrien dirigirá los trabajos y servicios técnicos de la explotación.

Art. 5º En el caso de que uno de los propietarios asociados deseara vender su parte, deberá ofrecérsela con preferencia a su socio, dándole tres meses de término para aceptar, y, en caso de comprarla quedará como propietario único, pagando el capital al 3 por 100 de la renta líquida consignada en el último inventario.

"Art. 6º Solamente los hijos de cada uno de los dos asociados heredarán sus derechos. A falta de sucesión del difunto, o en caso de muerte antes de cumplir veinte años el hijo o los hijos del socio finado, toda la propiedad pertenecerá al socio que sobreviviere, con exclusión de todos los herederos del difunto.

"Este ultimo artículo se funda en ser diferente la nacionalidad de los dos asociados, y por las complicaciones que pudieran suscitarse en los procedimientos".

– Tal era, continuó el señor Durrien, el contrato que mi yerno firmó en una época en que no pensaba todavía en casarse, y en que todo el mundo ignoraba, excepto Jonah Jones, tal vez, el inmenso valor que debía adquirir el yacimiento Vandalia. Era entonces la época de las pruebas y de los desengaños, y tal vez Jones deseaba que su asociado se disgustara del negocio, y exageraba las dificultades para obtener a poco precio la propiedad exclusiva. El casamiento de Jorge con mi hija, el nacimiento del niño, y el prodigioso valor que adquirió de pronto el yacimiento, modificaron completamente la situación. Jones no podía en adelante hacerse dueño de la propiedad por una escasa suma; mas para que le perteneciera por completo, bastaba que Jorge primeramente, y después su único heredero, desaparecieran del mundo. Ahora bien; dos años después de su matrimonio, y a los seis meses del nacimiento del niño, Jorge fue encontrado muerto junto a un pozo de extracción, asfixiado, según dijeron los médicos, por gases demasiado fuertes. Yo no estaba ya en los Estados Unidos, por habérseme nombrado cónsul en Riga, de modo que un procurador hubo de arreglar los asuntos de la sucesión. Noah Jones, sin oponer dificultades, accedió a las proposiciones hechas por mi hija, conviniéndose en que él seguiría explotando el yacimiento, y entregaría por semestres en el Banco Central de Nueva York la parte de los beneficios líquidos que correspondieran al niño. Desgraciadamente, Noah Jones obraba de mala fe, pues ni siquiera abonó el primer semestre... Mi hija se embarcó entonces a bordo del Cynthia para reunirse conmigo, y el buque naufragó en condiciones tan sospechosas, que la compañía de seguros consiguió eximirse de toda responsabilidad, y en el desastre desapareció el único heredero de Jorge. Desde entonces, Noah Jones fue único propietario del Vandalia, que le ha producido hasta aquí, por término medio, un millón de francos de renta anual.

– ¿Y no había usted sospechado nunca la intervención de aquel hombre en esos dramas sucesivos?

– Ciertamente había sospechado, y era demasiado natural que semejante acumulación de pretendidos accidentes, que tendían todos al mismo objeto, me pareciera demasiado clara;

pero ¿cómo dar cuerpo a mis sospechas y formularlas, sobre todo, ante un tribunal? Yo tenía sólo datos vagos sobre el hecho, y no ignoraba, además, que poco se puede contar con los tribunales en una cuestión internacional de esta especie. Por otra parte, debía ocuparme, ante todo, en consolar a mi hija, o por lo menos distraerla, y un proceso no hubiera servido más que para reavivar su profunda pena, prescindiendo de que se hubiera creído que la avaricia era el único móvil de mis gestiones. En una palabra, me resigné al silencio, y no creo que hice mal, porque estoy seguro que no habría obtenido ningún resultado. Ustedes mismos pueden ver cuan difícil es, aun hoy, reuniendo todas nuestras impresiones y los hechos conocidos, llegar a una conclusión precisa.

– ¿Pero cómo se explica en todo eso el papel de Patricio O'Donoghan?, preguntó el doctor Schwaryencrona.

– En este punto, como en otros muchos, contestó el señor Durrien, nos vemos reducidos a las conjeturas; pero voy a decir lo que me parece más verosímil. Ese O'Donoghan, grumete a bordo del Cynthia, agregado al servicio personal del capitán, estaba en relaciones continuas con los pasajeros de primera clase, que comen siempre a la mesa del comandante; sabría, por lo tanto, el nombre de mi hija; no ignoraba que era de nacionalidad francesa, y por consiguiente podía identificarla en caso necesario. ¿Le habría encargado Noah Jones alguna misión tenebrosa? ¿Contribuyó al naufragio tan sospechoso del Cynthia, d tuvo sólo parte en la caída del niño al mar? Esto jamás lo sabremos, puesto que el hombre ha muerto; pero de todos modos, lo cierto es que sabía cuan importante era para el ex asociado de Jorge "el niño del salvavidas". Un hombre como ese O'Donoghan, que, al parecer, era bebedor y perezoso, no tendría mucho escrúpulo en cometer una mala acción; pero ¿sabría él que el niño estaba vivo?

¿Ayudó él mismo a salvarle, recogiéndole en el mar para dejale después cerca de Noroé o en cualquiera otra parte? Este es un punto oscuro;

pero de todos modos, O'Donoghan aseguraría a Noah Jones que "el niño del salvavidas" había sobrevivido al naufragio; se vanagloriaría de conocer el país donde había sido recogido, y sin duda daría a entender también que tenía adoptadas sus precauciones para revelar todo lo del niño si se intentaba algo contra su persona, es decir, contra O'Donoghan. Noah Jones se vio obligado a pagar su silencio, y este es el origen de los fondos que el irlandés recibía en Nueva York cuando llegaba a esa ciudad.

– Eso me parece muy verosímil, dijo el señor Bredejord; y añadiré que la serie de acontecimientos confirma del todo la hipótesis. Los primeros anuncios del doctor Schwaryencrona inquietaron a Noah Jones, quien creería indispensable desembarazarse de Patricio O'Donoghan; pero érale preciso obrar con prudencia, precisamente porque el irlandés aseguraba haber adoptado sus precauciones.

En consecuencia, se contentó con intimidarle, sin duda haciéndole creer, gracias a los anuncios, una intervención inmediata de la justicia.

Esto se desprende del relato que nos hizo en Nueva York el dueño de "El áncora roja" y de la prisa con que O'Donoghan se dio a la fuga.

Evidentemente se creyó amenazado de extradición, como lo prueba el hecho de haber emigrado hasta el país de los samoyedos, tomando un nombre falso. Noah Jones, que sin duda le dio el consejo, debió creerse entonces al abrigo de toda sorpresa; pero los anuncios en que se reclamaba a Patricio O'Donoghan le inquietaron otra vez, y entonces hizo el viaje a Estocolmo para declarar que Patricio O'Donoghan había muerto, y quizá también para ver por sus propios ojos hasta qué punto habíamos llegado en nuestras diligencias.

Después vino la relación del Vega, se anunció la expedición del Alaska por los mares árticos, y entonces Noah Jones, o Tudor Brown, viéndose en inminente peligro, porque su confianza en Patricio O' Donoghan era muy limitada, no vaciló ya ante un crimen para asegurarse la impunidad. Por fortuna, las circunstancias nos han favorecido; pero bien podemos decir ahora que hemos escapado de milagro de sus intentos criminales.

– ¡Quién sabe!, exclamó el doctor. Tal vez esos peligros contribuyeron a conseguir lo que nos proponíamos. A no ser por el accidente de la Calzada, es muy probable que hubiéramos proseguido nuestra ruta por el canal de Suez, y llegado al estrecho de Bering demasiado tarde para encontrar el Vega; y también me parece dudoso, por lo menos, que se hubiese averiguado algo por O'Donoghan, en el caso de haberle encontrado con Tudor Brown... En fin, todo nuestro viaje ha sido una serie de incidentes trágicos desde el comienzo, y únicamente al periplo y a la celebridad que resultó para Erik, debemos la suerte de haber encontrado a su familia.

– ¡Sí!, dijo orgullosamente la señora Durrien, pasando la mano por el cabello de su hijo.

¡La gloria es la que me lo ha devuelto! Y casi al punto añadió: Como fue el crimen lo que me lo arrebató, y como ha sido la bondad de todos, la que me lo ha conservado, haciendo de él un hombre superior.

– Y yo añadiré, dijo el señor Bredejord, que también la infamia de Noah Jones tendrá por resultado hacer de nuestro Erik uno de los hombres más ricos de América.

Todos los presentes le miraron con sorpresa.

– Sin la menor duda, continuó el eminente abogado. ¿No era Erik heredero de su padre en su parte de propiedad del yacimiento Vandalia?... ¿No se le ha privado indebidamente de su renta durante veintidós años? ¿Y no bastará para obtenerla una simple prueba de identidad filial, confirmada por todos nosotros como testigos, comenzando por maese Hersebom, la buena Catalina y el señor Malarius? Si Noah Jones ha dejado hijos, éstos son responsables del enorme atraso, que absorberá probablemente toda su parte del capital social; y si ese bandido no ha dejado ninguno, Erik es el único heredero de la propiedad entera, según los términos del contrato que el señor Durrien nos ha leído. De todos modos, nuestro protegido debe tener en Pennsylvania algo así como cien o doscientos mil dólares de renta.

– ¡Hola, hola!..., exclamó el doctor, sonriendo. He aquí cómo el pequeño pescador de Noroé ha llegado a ser un buen partido... Laureado por la Sociedad Geográfica, autor del primer periplo circumpolar y poseyendo una rentita de cien mil dólares, será un marido como hay pocos, al menos en Estocolmo... ¿Qué te parece,

Kajsa?

La joven se ruborizó mucho al oír esta interpelación, cuya crueldad no sospechaba seguramente su tío, pues Kajsa comenzaba a decirse desde hacía un momento que había procedido con bastante torpeza al rechazar a un aspirante de tan ventajosas condiciones y que en lo futuro debería tenerle más consideración.

Pero Erik, ¡cosa extraña!, no tuvo ya ojos para la sobrina del doctor, desde el momento en que comprendió que podía sobreponerse a sus injustos desdenes. Bien fuese porque la ausencia y las reflexiones durante sus noches de guardia le habían abierto los ojos sobre la dureza del corazón de Kajsa, o porque le bastara la satisfacción de no ser ya a los ojos de la joven un expósito, un miserable, el caso es que el joven capitán no tenía ya para Kajsa más que esa cortesía con que estaba obligado a tratarla como mujer y como sobrina del doctor Schwaryencrona.

Todas sus preferencias eran para Vanda, que verdaderamente se hacía cada vez más encantadora al perder sus rusticidades bajo el techo de una mujer amable y distinguida; por su exquisita bondad, sus gracias naturales y su sencillez hacíase amar de cuantos la rodeaban;

y antes de haber pasado ocho días en Val- Feray, la señora Durrien declaraba francamente que en lo sucesivo le sería imposible separarse de ella.

Erik se encargó de dejarlo todo arreglado, induciendo a maese Hersebom y a Catalina a dejar a Vanda en Francia, bajo la expresa condición de hacerles todos los años una visita en Noroé. En un principio el joven pensó en conservar en Bretaña a toda su familia adoptiva, y hasta ofrecióles transportar a Brest la casa de madera donde había pasado su infancia; mas este proyecto de emigración en masa se juzgó impracticable. Maese Hersebom y Catalina tenían ya demasiada edad para semejante cambio en sus costumbres; no hubieran podido ser del todo felices en un país donde no conocían la lengua y las costumbres; y por lo tanto, fue preciso dejarles marchar, no sin asegurarles para el resto de sus días ese bienestar no adquirido hasta entonces por toda una vida de trabajo y de honradez. Erik hubiera deseado, cuando menos, conservar a Otto; pero él también prefería su fiordo a todas las radas de la tierra, no veía existencia preferible a la del pescador. Para decirlo de una vez, añadamos también que el cabello color de lino y los ojos azules de Regnild, hija del gerente de la fábrica de Noroé, no eran extraños al invencible atractivo que el pueblo tenía para Otto. Por lo menos, así se pudo deducir cuando anunció que iba a casarse con dicha joven la siguiente Navidad.

El señor Malarius confía en educar a sus hijos, como lo hizo con Erik y Vanda, y ha vuelto a encargarse de la escuela del pueblo después de tomar parte en los honores conferidos por la Sociedad Geográfica de Francia al comandante del Alaska. Ahora se ocupa de corregir las pruebas de su magnífica obra sobre la flora de los mares árticos, editada a expensas de la Sociedad Linneana.

El último asunto, judicial de que se ha ocupado el señor Bredejord ha sido el proceso que entabló para el reconocimiento de los derechos de Erik a la propiedad entera del yacimiento Vandalia; le ha ganado en primera instancia y en apelación, consiguiendo así un triunfo completo.

Erik, aprovechándose de esta victoria y de la considerable fortuna que le tocaba en suerte, ha comprado el Alaska, que es su yate de recreo, del cual se sirve todos los años para ir, en compañía de la señora Durrien y de Vanda, a visitar en Noroé a su familia adoptiva. Aunque se haya rectificado su estado civil y use hoy legalmente el nombre de Emilio Durrien, ha querido agregar el de Hersebom, y todos los suyos han conservado la costumbre de llamarle Erik.

El secreto deseo de su madre es que se case un día con Vanda, a la cual ama com'o a su propia hija, y este deseo está demasiado conforme con la propia inclinación del joven para que no se realice un día u otro.

Entretanto, Kajsa permanece soltera, con el vago sentimiento de "haber perdido la ocasión", como vulgarmente se dice. El doctor Schwaryencrona, el señor Bredejord y el profesor Hochstedt siguen jugando al whist.

Cierta noche que el doctor jugaba peor que de costumbre, su amigo Bredejord se complació en recordarle, golpeando con los dedos su tabaquera, una circunstancia demasiado olvidada.

– ¿Qué día piensa usted, di jóle con maliciosa sonrisa, enviarme su Plinio de Aldo Manucio? Supongo que ahora no sostendrá que Erik es de origen irlandés.

El doctor quedó un instante aturdido por aquella interpelación; pero reponiéndose muy pronto, contestó:

– ¡Bah! Un ex presidente de la República francesa desciende de los reyes de Irlanda, y nada de extraño sería que sucediese lo mismo con la familia Durrien.

– Evidentemente, replicó el abogado Bredejord, y hasta es tan verosímil que por poco más le tendría que enviar a usted mi Quintiliano.

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Depesza

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