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UNA CARTA DE PARIS
Desde su regreso a Estocolmo, Erik recibía casi diariamente de todos los países de Europa una voluminosa correspondencia; las Sociedades científicas y particulares le dirigieron sus felicitaciones; los Gobiernos extranjeros le confirieron honores o recompensas, y los armadores o comerciantes solicitaban algún dato aplicable a sus intereses. Por eso no le sorprendió recibir cierta mañana dos cartas con el matasellos de París.
La primera era una invitación de la Sociedad Geográfica de Francia para él y para sus compañeros de viaje, a fin de que fuera a recibir personalmente una medalla de honor, que se debía entregar en sesión solemne "al autor del primer periplo circumpolar por los mares árticos".
El segundo pliego, o mejor dicho, carta, hizo estremecer a Erik al rasgar el sobre, porque tenía a manera de sello, en el lacre que la cerraba un medallón grabado, con las iniciales E.
D., rodeadas de la divisa Semiper ídem... Tanto las iniciales como la divisa se reproducían en el ángulo de la carta, que era de «MMisieur Durrien, y decía así: "Querido hijo mío (permítame darle este nombre de todos modos): Acabo de leer en un diario francés una nota biográfica traducida del sueco, y que me ha trastornado más de lo que nadie pudiera imaginar. Esta biografía se refiere a usted; y si he de creer lo que en ella se dice, parece que hace unos veintidós años le recogió a usted en el mar un pescador noruego de los alrededores de Bergen, que le encontró en un salvavidas marcado con el nombre Cyn- thia. El artículo consigna también que el viaje ártico emprendido por usted tuvo por objeto especial encontrar un marinero que había sobrevivido al naufragio del buque de aquel nombre, ocurrido en 1858, a la altura de las islas Feroe; y según se dice, regresó usted de la expedición sin haber averiguado nada por aquel individuo.
"Si todo esto es verdad (¡oh", cuánto daría porque lo fuese!), le pido a usted por favor que sin perder un minuto corra al telégrafo para decírmelo.
"Porque en este caso, hijo mío (ya comprenderá usted mi impaciencia y mi alegría), en este caso seria usted mi nieto aquél a quien lloro hace tantos años, aquél a quien creía perdido para siempre, aquél que mi hija, mi pobre hija, cuyo corazón está lacerado por el dolor desde el drama del Cynthia, llora también sin cesar y reclama todos los días, porque es su único hijo, el consuelo a la par que la desesperación de su viudez...
"Encontrarle vivo y cubierto de gloria sería una felicidad demasiado extraordi naria, demasido inesperada; y no me atrevo a creer en ella hasta que una palabra 'de usted me autorice a ello... ¡Y sin embargo esto parece ahora tan verosímil!... ¡Los detalles y las fechas concuerdan tan rigurosamente!... ¡La fisonomía de usted y sus ademanes me recuerdan muy bien a mi desgraciado yerno; y en la única ocasión que la casualidad nos reunió a usted y a mí en Brest, me inspiró usted, sin explicarme por qué, una simpatía tan súbita como profunda...
¡Parece Imposible que todo esto no tenga una razón de ser!
"¡Una palabra, una palabra al momento por telégrafo!... No viviré hasta la llegada del telegrama.
"¡Ojalá me dé la contestación que espero, y que tan ardientemente deseo! ¡Ojalá traiga para mi pobre hija y para mí una felicidad que hará olvidar toda una vida de pesares y de lágrimas!
E, Durrien,
Cónsul general honorario,
104, calle de Varennes, París.
A esta carta acompañaba una nota jus tificativa, que Erik leyó con avidez; estaba escrita también de mano de mionsieur Durrien, y decía lo siguiente: "Yo era Cónsul de Francia en Nueva Orleán cuando mi hija única, Catalina, casó con un joven francés llamado Jorge Durrien, pariente lejano y de origen bretón, como nosotros. Jorge, que era ingeniero de minas, iba a los Estados Unidos para explorar unos yacimientos de petróleo recientemente descubiertos, y proponíase permanecer en el país algunos años.
Recibido en mi casa con las consideraciones debidas a un hombre de su mérito, y como llevaba nuestro nombre, le concedí con mucha satisfacción la mano de mi hija cuando me la pidió. Poco tiempo después del matrimonio se me destinó inopinadamente para el consulado de Riga, y viéndose mi yerno obligado a permanecer en los Estados Unidos por causa de considerables intereses, debí dejar allí a mi hija.
Al cabo de algún tiempo dio a luz un niño, que fue bautizado con mis nombres y el de su padre, y se llamó, por lo tanto, Emilio Enrique Jorge. "Seis meses después mi yerno murió a consecuencia de cierto accidente en una mina; y después de arreglar sus asuntos, mi pobre hija, viuda a los veinte años, se embarcaba en Nueva York, en el Cynthia, con destino a Hamburgo, para reunirse conmigo por la vía más directa.
"El 7 de octubre de 1858 el Cynthia naufragaba al Este de las islas Feroe; las circunstancias de este naufragio parecieron después sospechosas y no se han explicado nunca bien;
pero de todos modos, el hecho es que en medio del desastre, en el momento mismo en que los pasajeros pasaban a la chalupa, mi nieto, de siete meses de edad, que su madre acababa de sujetar a un salvavidas, resbaló o fue empujado al mar y desapareció arrastrado por la borrasca.
"Mi hija, loca de dolor ante aquel terrible espectáculo, quiso perecer en las olas, pero fue salvada a viva fuerza; pusiéronla, desvanecida, en una embarcación donde se hallaban otras tres personas, y ésta fue la única que se salvó.
Los náufragos llegaron al cabo de cuarenta y nueve horas a una de las islas Feroe; y después de siete semanas de mortal angustia, tuve la satisfacción de recibir a mi hija, gracias a los cuidados de un marinero que la había salvado y me la trajo; este buen hombre, llamado Juan Deuman, murió después en el Asia Menor.
hallándose a mi servicio.
"No teníamos la menor esperanza de que la pobre criatura hubiera podido sobrevivir al naufragio; pero di orden de practicar investigaciones en las islas Feroe, en las Shetland y en la costa noruega, al Norte de Bergen. Parecíame inadmisible la idea de que el salvavidas hubiese ido más lejos; mas a pesar de todo, sólo renuncié a mi investigación al cabo de tres años, y para que en Noroé no se supiera nada, preciso es que este pue blo esté muy lejano o no tenga relaciones directas con la costa.
"Una vez perdida toda esperanza, con ságreme exclusivamente a mi hija, cuya salud exigía los mayores cuidados. Poco tiempo después conseguí que se me desti nara al Oriente, y procuré distraerla con viajes y empresas científicas; ella fue la compañera inseparable de todos mis trabajos; pero jamás pude curarla de su tristeza. Al cabo de dos años pedí mi retiro y volvimos a Francia.
"Ahora habitamos alternativamente en París y en la antigua casa que poseo en Val-Feray, cerca de Brest.
"¿Tendremos la dicha de ver entrar en ella a mi nieto, al que se llora hace tan tos años? Esta esperanza es demasiado hermosa para que me atreva a comuni carsela a mi hija hasta que se convierta en una certidumbre. Esto sería una verda dera resurrección... ¡Y sin embargo, si ahora fuese preciso renunciar a la idea, la decepción sería muy cruel!
"Hoy es lunes; en el correo me dicen que el sábado próximo podré recibir contestación."
Apenas hubo terminado Erik esta lectura las lágrimas oscurecieron su vista; él también temía entregarse demasiado pronto a la esperanza que se le hacía concebir. Sin embargo, repetíase a cada momento que todas las coincidencias encajaban, que las fechas y los menores detalles concordaban; pero esto era demasiado hermoso y no se atrevía a creer en ello. ¡Hallar a la vez su familia, su verdadera madre y su patria!... ¡Y qué patria!... La misma que él hubiera elegido entre todas, porque encarna en cierto modo las grandezas, las gracias y los dones supremos de la humanidad, porque en ella han ido a reunirse y confundirse el genio de las civilizaciones antiguas, la llama y el espíritu de los tiempos modernos.
Erik temía que todo esto fuera un sueño.
¡Tantas veces habían quedado burladas sus esperanzas!... Tal vez el doctor desvanecería con una sola palabra todas sus ilusiones, y por ello quería consultarle ante todo.
El doctor leyó atentamente los documentos, interrumpiéndose varias veces para proferir una exclamación de sorpresa o de alegría.
– No hay, dijo al fin, ni el menor asomo de duda; todos los detalles concuerdan rigurosamente, aun aquellos que tu corresponsal no hace mención; es decir, las iniciales de la ropa y la divisa grabada en el chupón... ¡Hijo mío, esta vez has encontrado a tu familia! Es preciso enviar inmediatamente el telegrama a tu abuelo.
– Pero ¿qué le diré?, preguntó Erik, pálido de alegría.
– Dile que mañana tomarás el tren para ir a abrazar a tu madre y a él.
El joven capitán no se detuvo más que para estrechar la mano del buen doctor y, subiendo a un coche, corrió al telégrafo.
El mismo día salió de Estocolmo, tomó el tren que debía conducirle a Malmoe, en la costa Noroeste de Suecia; cruzó el estrecho en veinte minutos, tomó en Copenhague el expreso de Holanda y Bélgica, y después en Bruselas el tren de París.
El sábado a las siete de la noche, precisamente a los seis días de haber echado monsieur Durrien su carta en el correo, tuvo la inmensa alegría de recibir a su nieto en la estación del Norte; varios telegramas expedidos por Erik durante el viaje calmaron la impaciencia del buen anciano.
Por fin el tren penetró ruidosamente bajo la alta cúpula de cristal de la estación; el señor Durrien y su nieto se abrazaron con la mayor efusión; habían vivido tanto con el pensamiento en aquellos últimos días de espera, que les parecía haberse conocido siempre.
– ¿Y mi madre?, preguntó Erik.
– No he osado decírselo todo hasta que te tuviera conmigo, hijo mío, contestó el señor Durrien, adoptando de inmediato ese tú dulce como una caricia maternal, que muchas lenguas envidian al francés.
– ¿No sabe aún nada?
– Lo sospecha, lo teme y lo espera. Desde que recibí tu telegrama la preparo lo mejor que puedo para la inmensa alegría que la espera; le he dicho que sigo una huella indicada por un oficial sueco, a propósito de un joven marino a quien conocí en Brest, y de quien le he hablado con frecuencia... Tu madre no sabe nada, vacila todavía; pero me parece que sospecha algún acontecimiento imprevisto. Esta mañana, cuando almorzábamos, me costó mucho ocultar mi impaciencia, y noté que mi hija me observaba atentamente... Hasta creí dos o tres veces que iba a pedirme una explicación formal.. Mucho lo temía, lo confieso, pues si alguna mala inteligencia o un súbito contratiempo, o una inesperada desgracia nos afligiera de pronto... Por eso no he merendado con mi hija esta tarde; me he valido de un pretexto para sustraerme a tan intolerable situación.
Sin esperar el equipaje, el señor Durrien y Erik subieron a un coche que les condujo rápidamente a la casa.
La señora Durrien, sola en el saloncito de la calle de Varennes, esperaba con impaciencia el regreso de su padre, el cual no se había engañado al temer que se le pidiese una explicación a su llegada. Su hija se había mostrado inquieta desde que el señor Durrien comenzó a recibir telegramas, llamándole la atención sus continuas idas y venidas y el doble sentido que, al parecer, encerraban todas sus frases; estaba acostumbrada a que su padre le comunicase sus menores impresiones, como ella lo hacía, y no podía comprender que se le ocultara cosa alguna. Varias veces estuvo a punto de pedirle explicación del enigma, pero abstúvose porque pensó que su padre estaba resuelto a no decir nada.
"Sin duda me prepara alguna sorpresa, se decía la señora Durrien; no le privemos de esa satisfacción".
Pero en los dos o tres últimos días que precedieron a la llegada de Erik, y particularmente en la mañana del último, no pudo menos de extrañar la impaciencia que revelaban todos los movimientos de su padre, la expresión de contento que animaba su mirada, y la insistencia con que repetía sus alusiones al desastre del Cynthia, tanto tiempo evitadas. De improviso, una especie de luz iluminó el espíritu de la señora Durrien; comprendió vagamente que ocurría algo nuevo, que su padre creía, con razón o sin ella, tener un indicio favorable, y que tal vez abrigaba la esperanza, tanto tiempo acariciada, de encontrar a su hijo; pero no suponia que las cosas estuviesen tan adelantadas.
De todos modos, estaba resuelta a pedir explicaciones de todo.
La señora Durrien no había renunciado nunca definitivamente a la idea de que el ser tan llorado viviese aún, pues mientras una madre no ve por sus propios ojos el cadáver de su hijo, niégase a reconocer, por decirlo así, tan irreparable pérdida. Piensa que los testigos pueden haberse equivocado; confía siempre en la posibilidad de una vuelta repentina; y hasta podría decirse que la espera; miles de madres de soldados y de marinos han acariciado tan conmovedora ilusión, y la señora Durrien tenía más derechos que otra cualquiera para esperar.
Al cabo de veintidós años, la trágica escena se le representaba tan claramente como el día en que ocurrió; veía el Cynthia invadido por las aguas y a punto de irse a pique a cada ola que lo barría; parecíale hallarse en el momento en que con sus propias manos ataba la cuna a un ancho salvavidas, cuando pasajeros y tripulantes se agolpaban en las chalupas, en tanto que ella, quedándose atrás, suplicaba que recogiesen el niño. Un hombre le arrebataba de las manos su preciosa carga; hacíanla pasar a un bote, al que casi en el mismo instante inundaba una enorme ola; después, poseída de horror veía la ola, que rasando el casco del buque, arrastrada por la tempestad e impelida por el viento que hinchaba la muselina de la cuna, se llevaba su presa cual si fuese una paja. Entonces profirió un grito desgarrador, que dominó todos los demás; hubo una lucha cuerpo a cuerpo, lanzóse al agua, y ya no supo lo que sucedió... Después despertó como de un sueño, para entregarse a una desesperación sin fin, a la fiebre y al delirio que no la abandonaba ni un momento. Más tarde el dolor incesante, las inútiles pesquisas y la convicción de su impotencia, produjeron una incurable melancolía... ¡Oh!
Sí: la pobre mujer recordaba muy bien todo esto; y tan fuerte había sido la sacudida que sufrió en aquel drama, que todo su ser parecía quebrantado para siempre. Hacía ya veintidós años que habían sucedido estos acontecimientos, y la señora Durrien lloraba a su hijo como el primer día; su corazón maternal, concentrándose en su dolor, consumíase lentamente en la lúgubre contemplación de un recuerdo imborrable.
Por una especie de espejismo moral figurábase a veces que su hijo pasaba por las fases sucesivas de la infancia, de la adolescencia y de la edad viril; de año en año representábasele como hubiera debido ser, o como era tal vez, pues siempre conservaba una especie de tenaz creencia en la posibilidad de su regreso; contra esta vaga esperanza nada hubiera prevalecido; ni las inútiles pesquisas, ni el tiempo transcurrido.
He aquí por qué aquella noche esperaba a su padre con la firme resolución de poner en claro sus sospechas.
El señor Durrien entró seguido de un apuesto joven, a quien presentó a su hija en estos términos:
– Catalina, aquí tienes al señor Erik Hersebom, de quien te he hablado con frecuencia, y que acaba de llegar a París. La Sociedad Geográfica debe conferirle una medalla de honor, y este joven me honra aceptando nuestra hospitalidad.
Habíase acordado en el coche comenzar así;
Erik hablaría más tarde, incidentalmente, del niño recogido en Noroé, y se trataría de llegar poco a poco a la confesión de su identidad;
pero cuando el joven se halló en presencia de su madre, faltóle la fuerza para desempeñar su papel; sus mejillas se cubrieron de una palidez mortal, e inclinóse profundamente sin decir una palabra.
La señora Durrien se había levantado de su asiento, y mirábale con expresión bondadosa;
pero de pronto sus ojos se dilataron, un temblor agitó sus labios y sus manos se tendieron hacia él.
– ¡Hijo mío!, exclamó. ¡Hijo mío!
Y adelantándose hacia Erik, repitió.
– ¡Sí; tú eres mi hijo; eres el vivo retrato de tu padre!...
Y mientras Erik, dejando correr sus lágrimas, se arrodillaba a los pies de su madre, la pobre mujer, loca de alegría y de felicidad, se desmayaba al coger entre sus manos la cabeza del hijo adorado para estampar un beso en su frente.