Capítulo 10
Fácil es imaginarse el recibimiento que se dispensó a Briant y a sus tres compañeros. Gordon, Cross, Baxter, Garnett y Webb les abrieron los brazos, mientras los pequeños se les echaban al cuello. Hubo un intercambio de gritos de júbilo y apretones de manos. Phann tomó su parte en tan cordial bienvenida mezclando sus ladridos a los hurras de los niños. ¡Sí! ¡Aquella ausencia se había hecho larga!
«¿Se habrán extraviado?... ¿Habrán caído en manos de indígenas?... ¡¿Les habrán atacado algunas fieras?!» Eso era lo que se preguntaban quienes habían permanecido en el campamento del Sloughi.
Pero Briant, Doniphan, Wilcox y Service habían regresado; solo quedaba conocer los incidentes de su expedición. Sin embargo, como estaban muy cansados por aquella larga jornada de marcha, el relato quedó aplazado para el día siguiente.
– ¡Estamos en una isla!
Eso fue todo lo que Briant se contentó con decir, y bastaba para que el futuro se presentara con sus numerosas e inquietantes eventualidades. A pesar de ello, Gordon acogió la noticia sin mostrar demasiado desaliento.
– ¡Bueno! Me lo esperaba —parecía decir—, ¡y eso no me perturba en absoluto!
Al día siguiente, desde el alba —5 de abril— los mayores, Gordon, Briant, Doniphan, Baxter, Cross, Wilcox, Service, Webb, Garnett —y también Moko, cuyo consejo siempre era valioso— se reunieron en la proa del yate, mientras los demás dormían todavía. Briant y Doniphan tomaron la palabra por turnos y pusieron a sus camaradas al corriente de lo que había ocurrido. Contaron cómo una calzada de piedra tendida sobre un arroyo y los restos de un cobertizo enterrado bajo un espeso matorral les habían llevado a creer que el país estaba o había estado habitado. Explicaron cómo aquella vasta extensión de agua que al principio habían tomado por un mar no era sino un lago; cómo nuevos indicios les habían conducido hasta la caverna, cerca del lugar donde el río salía del lago; cómo habían sido descubiertos los huesos de François Baudoin, de origen francés; y cómo, finalmente, el mapa trazado por el náufrago indicaba que era una isla en la que el Sloughi había venido a perderse.
El relato fue hecho de forma minuciosa, sin que Briant ni Doniphan omitiesen el menor detalle. Y todos, mirando ahora aquel mapa, comprendían perfectamente que la salvación no podía llegarles sino del exterior.
Sin embargo, si el futuro se presentaba bajo los más sombríos colores, si los jóvenes náufragos ya no podían poner su esperanza más que en Dios, quien menos se atemorizó —conviene insistir en este punto— fue Gordon. El joven americano no tenía familia que le aguardase en Nueva Zelanda. Así pues, con su espíritu práctico, metódico y organizador, la tarea de fundar, por así decirlo, una pequeña colonia no tenía nada que pudiera asustarle. Veía en ello una ocasión de ejercitar sus inclinaciones naturales, y no vaciló en
En primer lugar, puesto que la isla presentaba dimensiones bastante considerables, parecía imposible que no estuviese marcada en el mapa del Pacífico, en las proximidades del continente sudamericano. Tras un examen minucioso, se reconoció que el atlas de Stieler no indicaba ninguna isla de cierta importancia fuera de los archipiélagos cuyo conjunto comprende las tierras fueguinas o magallánicas, las de la Desolación, la Reina Adelaida, Clarence, etc. Ahora bien, si la isla hubiera formado parte de esos archipiélagos, que solo están separados del continente por estrechos canales, François Baudoin lo habría indicado sin duda en su mapa —cosa que no había hecho—. Por tanto, era una isla aislada, y debía concluirse que se encontraba más al norte o más al sur de aquellos parajes. Pero, sin los datos suficientes ni los instrumentos necesarios, era imposible determinar su situación en el Pacífico.
No quedaba más que instalarse definitivamente, antes de que la mala estación hiciese impracticable cualquier desplazamiento.
– Lo mejor será hacer de esa caverna que hemos descubierto a orillas del lago nuestra morada —dijo Briant—. Nos ofrecerá un excelente refugio.
– ¿Es lo bastante grande para que podamos alojarnos todos? —preguntó Baxter.
– No, evidentemente —respondió Doniphan—; pero creo que se podrá ampliar excavando una segunda cavidad en el macizo. Tenemos herramientas...
– Tomémosla primero tal como está —replicó Gordon—, aunque estuviéramos algo apretados...
– Y sobre todo —añadió Briant—, ¡procuremos trasladarnos allí cuanto antes!
En efecto, era urgente. Como hizo observar Gordon, el goleta se volvía cada día menos habitable. Las últimas lluvias, seguidas de calores bastante fuertes, habían contribuido enormemente a abrir las costuras del casco y de la cubierta. Las lonas desgarradas dejaban penetrar el aire y el agua en el interior. Además, se formaban algunas socavaciones bajo el fondo, las filtraciones corrían a través de la arena de la playa, y la escora del yate se acentuaba al tiempo que se hundía visiblemente en un suelo que se había vuelto muy blando. Si una borrasca, como las que se producen en el período del equinoccio —que aún duraba— se desencadenaba sobre aquella costa, el Sloughi corría el riesgo de quedar hecho pedazos en pocas horas. Se trataba, pues, no solo de abandonarlo sin demora, sino también de demolerlo metódicamente, de forma que se pudiera sacar todo lo que pudiera ser útil: vigas, tablas, hierro, cobre, con vistas al acondicionamiento de French-den (Grotte française) —nombre que se dio a la caverna en recuerdo del náufrago francés—.
– Y mientras podemos refugiarnos allí —preguntó Doniphan—, ¿dónde viviremos?
– Bajo una tienda —respondió Gordon—, una tienda que montaremos a orillas del río, entre los árboles.
– Es la mejor solución —dijo Briant—, ¡y sin perder una hora!
En efecto, la demolición del yate, la descarga del material y de las provisiones, la construcción de una balsa para el transporte de aquel cargamento, todo eso llevaría al menos un mes de trabajo, y, antes de abandonar Sloughi-bay, se estarían en los primeros días de mayo, que corresponden a los primeros días de noviembre en el hemisferio boreal, es decir, al comienzo del invierno.
Con razón había elegido Gordon la orilla del río para establecer el nuevo campamento, puesto que el transporte debía efectuarse por agua. Ninguna otra vía hubiera sido ni más directa ni más cómoda. Transportar a través del bosque o por la ribera del río todo lo que quedase del yate después de la demolición habría sido una tarea casi irrealizable. En cambio, aprovechando durante varias mareas el flujo que se dejaba sentir hasta el lago, una balsa llegaría a su destino sin demasiada dificultad.
Como es sabido, en su curso superior —Briant lo había comprobado—, el río no ofrecía ningún obstáculo: ni cascadas, ni rápidos, ni presas. Una nueva exploración, cuyo objetivo fue reconocer el curso inferior desde el pantanal hasta su desembocadura, fue llevada a cabo con la yola. Briant y Moko pudieron comprobar que dicho curso era igualmente navegable. Así pues, había allí una vía de comunicación claramente indicada entre Sloughi-bay y French-den.
Los días siguientes se emplearon en acondicionar el campamento a orillas del río. Las ramas bajas de dos hayas, unidas por largos espares a las ramas de un tercero, sirvieron de soporte a la gran vela de repuesto del yate, cuyos costados se dejaron caer hasta tierra. Fue bajo el cobijo de esa tienda, solidamente fijada con amarras, donde se transportaron la ropa de cama, los utensilios de primera necesidad, las armas, las municiones y los fardos de provisiones. Como la balsa debía construirse con los restos del yate, había que esperar a que su demolición estuviese concluida.
No hubo motivo de queja con el tiempo, que se mantuvo seco. Si alguna vez hubo viento, venía de tierra, y los trabajos pudieron realizarse en buenas condiciones.
Hacia el 15 de abril, ya no quedaba nada a bordo del goleta, salvo los objetos demasiado pesados, que no podrían retirarse hasta después del desguace: entre otros, los lingotes de plomo que servían de lastre, las pipas de agua encajadas en la bodega, el molinete, la cocina, demasiado pesados para ser levantados sin aparejo. En cuanto al aparejo —palo de trinquete, vergas, obenques y brandales de hierro, cadenas, anclas, cabos, amarras, cordeles, filásticas y demás—, del que existía un aprovisionamiento considerable, todo había sido transportado poco a poco a las inmediaciones de la tienda.
Ni que decir tiene que, por muy apremiante que fuera aquel trabajo, no se descuidaba atender las necesidades de cada día. Doniphan, Webb y Wilcox dedicaban algunas horas a la caza de palomas de roca y demás aves provenientes de la marisma. Los pequeños, por su parte, se ocupaban de recoger moluscos en cuanto la marea
Así el trabajo avanzaba a las mil maravillas, con una meticulosidad en la que se sentía la intervención de Gordon, cuyo sentido práctico nunca fallaba. Evidentemente, lo que Doniphan le admitía a él, no se lo hubiera admitido ni a Briant ni a ningún otro. En suma, la concordia reinaba en todo aquel pequeño mundo.
Sin embargo, importaba darse prisa. La segunda quincena de abril fue menos apacible. La temperatura media descendió sensiblemente. En varias ocasiones, a primera hora de la mañana, la columna termométrica cayó hasta cero. El invierno se anunciaba, y con él iba a aparecer su cortejo de granizo, nieve y rachas de viento, tan temible en las altas latitudes del Pacífico.
Por precaución, grandes y pequeños tuvieron que abrigarse más y ponerse los jerseis gruesos, los pantalones de tela basta y los chaquetones de lana preparados previendo un invierno riguroso. Bastó consultar el cuaderno de Gordon para saber dónde encontrar esas prendas, clasificadas por calidad y por talla. Eran los más pequeños quienes más preocupaban a Briant. Procuraba que no tuviesen los pies fríos, que no se expusiesen al aire vivo cuando estaban sudados. Al menor resfriado, los confinaba en la tienda o incluso les obligaba a acostarse junto a una buena hoguera que se mantenía encendida noche y día. En varias ocasiones, Dole y Costar tuvieron que quedarse en la tienda, si no en cama, y Moko no les ahorró la tisana, cuyos ingredientes proporcionaba el botiquín de a bordo.
Desde que el yate había sido vaciado por completo de su contenido, se habían puesto manos a la obra con su casco, que por lo demás crujía por todas partes.
Las hojas del forro de cobre fueron retiradas con cuidado para ser utilizadas en el acondicionamiento de French-den. Los alicates, las tenazas y el martillo hicieron después su labor para desprender el entablado que los clavos y los pernos retenían en la cuaderna. Fue una tarea ardua, que causó grandes dificultades a aquellas manos inexpertas, a aquellos brazos todavía poco vigorosos. Así el desguace avanzaba lentamente cuando, el 25 de abril, una borrasca vino en ayuda de los trabajadores.
Durante la noche, aunque ya se estaba en la estación fría, se desató una tormenta muy violenta, que había sido anunciada por la agitación del tubo de tormenta. Los relámpagos iluminaron ampliamente el espacio; los truenos no cesaron desde medianoche hasta el amanecer —con gran espanto de los pequeños—. No llovió, por fortuna; pero en dos o tres ocasiones fue necesario sujetar la tienda contra la furia del viento.
Si resistió, gracias a los árboles entre los cuales estaba amarrada, no ocurrió lo mismo con el yate, directamente expuesto a los golpes del mar abierto, que enormes olas rompientes vinieron a batir.
La demolición fue completa. El entablado arrancado, la cuaderna desencajada, la quilla rota por algunos violentos golpes del talón, quedaron pronto reducidos al estado de restos de naufragio. No hubo motivo para lamentarse, pues las olas, al retirarse, no se llevaron más que una parte de esos restos, que en su mayoría quedaron retenidos por las cabezas de los arrecifes. En cuanto a los herrajes, no sería difícil encontrarlos bajo los pliegues de la arena.
Esa fue la tarea a la que todos se aplicaron durante los días siguientes. Las vigas, las tablas, los lingotes de la bodega, los objetos que no habían podido ser retirados, yacían aquí y allá. Solo se trataba de transportarlos a la orilla derecha del río, a pocos pasos de la tienda.
Ardua empresa, ciertamente, pero que, con tiempo y no sin gran fatiga, llegó a buen término. Era curioso verlos a todos enganchados a alguna pesada pieza de madera, tirando al unísono y animándose con mil gritos. Se ayudaban con espares que hacían las veces de palancas, o con trozos de madera redondos que facilitaban el rodaje de las piezas más pesadas. Lo más duro fue conducir hasta su destino el molinete, la cocina y las cajas de agua de palastro, cuyo peso era bastante considerable. ¡Cuánto les faltaba a aquellos niños un hombre práctico que les hubiese guiado! Si Briant hubiera tenido consigo a su padre, o Garnett al suyo, el ingeniero y el capitán les habrían ahorrado muchos errores que cometieron y que aún habrían de cometer. Sin embargo, Baxter, de una inteligencia muy abierta a las cosas de la mecánica, desplegó mucha habilidad y celo. Fue gracias a sus esfuerzos, con los consejos de Moko, que se fijaron polipastos a estacas clavadas en la arena —lo que multiplicó por diez las fuerzas de aquel grupo de muchachos y les permitió terminar su faena—.
En resumen, el 28 por la tarde, todo lo que quedaba del Sloughi había sido llevado al lugar de embarque. Y a partir de entonces, lo más difícil estaba hecho, puesto que sería el propio río quien se encargaría de transportar aquel material a French-den.
– Desde mañana —dijo Gordon—, nos pondremos a construir nuestra balsa...
– Sí —dijo Baxter—, y para no tener la molestia de botarla al agua, propongo construirla directamente sobre la superficie del río...
– ¡No será fácil! —hizo observar Doniphan.
– No importa, ¡intentémoslo! —respondió Gordon—. Si nos da más trabajo construirla, al menos no tendremos que preocuparnos de echarla al agua.
Esta manera de proceder era, en efecto, preferible, y he aquí cómo al día siguiente se dispusieron los fundamentos de aquella balsa, que debía tener dimensiones bastante grandes para recibir un cargamento pesado y voluminoso.
Se obtuvo así una armazón sólida que medía aproximadamente nueve metros de largo por cuatro metros y medio de ancho. Se trabajó sin descanso durante toda la jornada, y la estructura estaba terminada cuando llegó la noche. Briant tomó entonces la precaución de atarla a los árboles de la orilla, para que la marea creciente no pudiera arrastrarla hacia aguas arriba, en dirección a French-den, ni la marea menguante hacia aguas abajo, en dirección al mar.
Todos, rendidos de fatiga tras una jornada tan laboriosa, cenaron con un apetito formidable y durmieron del tirón hasta la mañana.
Al día siguiente, el 30, desde el primer albor, cada uno volvió a la tarea.
Ahora se trataba de levantar una plataforma sobre la armazón de la balsa. Para ello sirvieron las tablas de la cubierta y los forros del casco del Sloughi. Clavos hundidos a grandes martillazos y cuerdas ligadas bajo las piezas formaron sólidas sujeciones que consolidaron todo el conjunto.
Este trabajo llevó tres días, aunque todos se apresuraran, pues no había ni una hora que perder. Ya aparecían algunas cristalizaciones en la superficie de los charcos, entre los arrecifes, y también en las orillas del río. El refugio de la tienda empezaba a resultar insuficiente, a pesar del calor de la hoguera. Era a duras penas como, apretándose unos contra otros y envolviéndose en sus mantas, Gordon y sus camaradas conseguían combatir el descenso de la temperatura. Era, pues, necesario acelerar la tarea para comenzar la instalación definitiva en French-den. Allí, al menos así lo esperaban, sería posible desafiar los rigores del invierno, que son tan crudos bajo esas altas latitudes.
Ni que decir tiene que la plataforma había sido construida de la manera más sólida posible, para que no pudiera desarticularse en ruta —lo que habría supuesto el hundimiento del material en el lecho del río—. Así pues, para evitar tal catástrofe, hubiera sido preferible retrasar la partida veinticuatro horas.
– Sin embargo —hizo observar Briant—, tenemos interés en no esperar más allá del 6 de mayo.
– ¿Y por qué? —preguntó Gordon.
– Porque pasado mañana es luna nueva —respondió Briant—, y las mareas van a crecer durante unos días. Pues bien, cuanto más fuertes sean, más nos ayudarán a remontar el curso del río. ¡Piénsalo, Gordon! Si nos viésemos obligados a halar esa pesada balsa con la sirga o a empujarla con el bichero, ¡nunca conseguiríamos vencer la corriente!...
– Tienes razón —respondió Gordon—, ¡y hay que partir dentro de tres días como máximo!
Todos convinieron, pues, en no descansar hasta que la tarea estuviese concluida.
El 3 de mayo, se procedió a la carga, que importaba estibar con cuidado a fin de que la balsa estuviera convenientemente equilibrada. Cada uno, según sus fuerzas, se empleó en aquel trabajo. Jenkins, Iverson, Dole y Costar fueron encargados de transportar los objetos pequeños —utensilios, herramientas, instrumentos— a la plataforma, donde Briant y Baxter los disponían metódicamente según las indicaciones de Gordon. Para los objetos de mayor peso —el fogón, las cajas de agua, el molinete, los herrajes, las hojas del forro, etc.—; y finalmente el resto de los despojos del Sloughi: las curvas de la cuaderna, los forros, los barrotes de cubierta, las escotillas, fueron los mayores quienes asumieron la dura tarea de embarcarlos. Lo mismo ocurrió con los fardos de provisiones, los toneles de vino, de ale y de aguardiente, sin olvidar varios sacos de sal que se habían recogido entre las rocas de la bahía. Para facilitar el embarque, Baxter hizo armar dos espares que fueron sujetados por cuatro cabos. En el extremo de esta especie de cabria, se enganchó un polipasto cuyo chicote fue llevado a uno de los molinetes —pequeño torno horizontal del yate—, lo que permitió tomar los objetos en tierra, levantarlos y depositarlos sin golpes sobre la plataforma.
En resumen, todos procedieron con tal prudencia y celo que, en la tarde del 5 de mayo, cada objeto estaba en su lugar. Solo quedaba largar las amarras de la balsa. Eso se haría a la mañana siguiente, hacia las ocho, en cuanto la marea creciente se dejara sentir en la desembocadura del río.
Quizá se habían imaginado aquellos muchachos que, una vez terminado su trabajo, podrían disfrutar hasta la noche de un merecido descanso. No fue así, y una propuesta de Gordon les dio aún más faena.
– Compañeros —dijo—, puesto que vamos a alejarnos de la bahía, ya no podremos vigilar el mar, y si algún navío llegase por este lado a la vista de la isla, no podríamos hacerle señales. Así pues, creo que sería oportuno instalar un mástil en el acantilado e izar en él uno de nuestros pabellones de forma permanente. Con eso bastará, espero, para atraer la atención de los buques del alta mar.
Adoptada la propuesta, el palo de juanete del goleta, que no había sido empleado en la construcción de la balsa, fue arrastrado hasta el pie del acantilado, cuyo talud, cerca de la orilla del río, ofrecía una pendiente bastante transitable. No obstante, hubo que realizar grandes esfuerzos para subir aquel sinuoso repecho que desembocaba en la cresta.
Sin embargo, se logró, y el mástil fue implantado sólidamente en el suelo. Tras lo cual, con una driza, Baxter izó el pabellón inglés, al tiempo que Doniphan le saludaba con un disparo de fusil.
– ¡Eh, eh! —hizo observar Gordon a Briant—, ¡Doniphan acaba de tomar posesión de la isla en nombre de Inglaterra!
– ¡Me sorprendería mucho que no le perteneciera ya! —respondió Briant.
Y Gordon no pudo evitar torcer el gesto, pues, por la manera en que hablaba a veces de «su isla», parecía tenerla por americana.
Al día siguiente, al amanecer, todo el mundo estaba en pie. Se apresuró a desmontar la tienda y a transportar la ropa de cama a la balsa, donde se extendieron velas para protegerla hasta el destino. Por lo demás, no parecía que hubiera nada que temer del tiempo. Sin embargo, un cambio en la dirección del viento habría podido traer de nuevo sobre la isla los vapores del mar abierto.
A las siete, los preparativos habían terminado. Se había acondicionado la plataforma de manera que pudieran instalarse en ella durante dos o tres días si fuera necesario. En cuanto a las provisiones de boca, Moko había puesto aparte lo que sería necesario durante la travesía, sin que se viera obligado a encender fuego.
A las ocho y media, cada uno tomó su lugar en la balsa. Los mayores se situaban en los costados, armados de bicheros o espares —único medio del que disponían para dirigirla, puesto que un timón no habría tenido acción sobre la corriente—.
Un poco antes de las nueve, habiéndose dejado sentir la marea, un sordo crujido recorrió la armazón de la balsa, cuyas piezas cedían en sus sujeciones. Pero, tras ese primer esfuerzo, ya no había que temer desarticulación alguna.
– ¡Atención! —gritó Briant.
– ¡Atención! —gritó Baxter.
Ambos estaban apostados junto a las amarras que retenían la embarcación por proa y por popa, y cuyos dos chicotes volvían a sus manos.
– ¡Estamos listos! —gritó Doniphan, que se mantenía con Wilcox en la parte delantera de la plataforma.
Tras comprobar que la balsa derivaba bajo la acción de la marea:
– ¡Largad! —gritó Briant.
La orden fue ejecutada sin demora, y el aparato, ya libre, remontó lentamente entre las dos orillas, llevando a remolque la yola.
Fue una alegría general cuando todos vieron su pesada máquina en movimiento. ¡Habrían construido un navío de alto bordo y no habrían estado más satisfechos de sí mismos! ¡Que se les perdone ese pequeño sentimiento de vanidad!
Como es sabido, la orilla derecha, bordeada de árboles, era sensiblemente más elevada que la orilla izquierda, estrecha ribera alargada a lo largo de la marisma adyacente. Apartarla balsa de ella, porque era poco escarpada y porque habría corrido el riesgo de embarrancar, era a lo que Briant, Baxter, Doniphan, Wilcox y Moko aplicaron todos sus esfuerzos —la profundidad del agua permitiendo arrimar sin inconveniente la orilla opuesta del río—.
La balsa fue mantenida en la medida de lo posible cerca de la orilla derecha, que la corriente de flujo bordeaba más directamente y que podía proporcionar un punto de apoyo a los bicheros.
Dos horas después de la partida, el camino recorrido podía evaluarse en aproximadamente una milla. No se había producido ningún choque y, en esas condiciones, el aparato llegaría sin daño a French-den.
Sin embargo, según la estimación anteriormente hecha por Briant, como, por un lado, aquel curso de agua debía medir seis millas desde su salida del lago hasta su desembocadura en Sloughi-bay, y, por otro, como no se podían recorrer más que dos millas durante la duración de la marea creciente, necesitaría varios «flujos» para llegar a su destino.
En efecto, hacia las once, la vaciante comenzó a devolver las aguas hacia aguas abajo, y se apresuró a amarrar sólidamente el aparato para que no derivara hacia el mar.
Evidentemente, se habría podido reemprender la marcha hacia el final de la jornada, cuando se dejara sentir la marea nocturna; pero eso hubiera sido aventurarse en medio de la oscuridad.
– Creo que sería muy imprudente —hizo observar Gordon—, pues la balsa quedaría expuesta a choques capaces de demolerla. Sería de opinión de esperar hasta mañana para aprovechar la marea de día.
Esta propuesta era demasiado sensata para no obtener la aprobación general. Aunque se tardase veinticuatro horas más, ese retraso era preferible al riesgo de comprometer la seguridad del valioso cargamento entregado a la corriente del río.
Había, por tanto, media jornada que pasar en aquel lugar, además de la noche entera. Así que Doniphan y sus habituales compañeros de caza, acompañados de Phann, se apresuraron a desembarcar en la orilla derecha.
Gordon les había recomendado que no se alejasen demasiado, y tuvieron que tener en cuenta la recomendación. Sin embargo, como regresaron con dos pares de gordas avutardas y un sartal de tinamúes, su amor propio tuvo motivos para quedar satisfecho. Por consejo de Moko, aquella caza debía guardarse para la primera comida —almuerzo, cena o lo que fuera— que se celebrase en el refectorio de French-den.
Durante aquella excursión, Doniphan no había descubierto ningún indicio susceptible de revelar la presencia antigua o reciente de seres humanos en aquella parte del bosque. En cuanto a los animales, había entrevisto aves de gran tamaño huyendo entre los matorrales, pero sin llegar a reconocerlas.
La jornada llegó a su fin, y durante toda la noche Baxter, Webb y Cross montaron guardia juntos, dispuestos, según las circunstancias, bien a doblar las amarras de la balsa, bien a darles algo de juego en el momento del cambio de marea.
No hubo ninguna alarma. Al día siguiente, hacia las nueve y cuarto, en cuanto subió el flujo, la navegación se reanudó en las mismas condiciones que el día anterior.
La noche había sido fría. La jornada también lo fue. Ya era hora de llegar. ¿Qué sería de ellos si las aguas del río llegaran a helarse, si algunos témpanos, salidos del lago, derivaran hacia Sloughi-bay? Motivo de grave inquietud del que no se verían libres hasta la llegada a French-den.
de haber abandonado el campamento del Sloughi. Hubo que recurrir en varias ocasiones a que Briant los reconfortase con palabras de aliento.
Por fin, en la tarde del día siguiente, con la ayuda de la marea que duró hasta las tres y media de la tarde, la balsa llegó a la vista del lago y atracó al pie de la ribera, frente a la puerta de French-den.