XXIII
KAZONNDE
El 26 de mayo la caravana llegó a Kazonndé, y a pesar de que la mitad de los cautivos había caído en la larga caminata, el negocio todavía era bueno para los tratantes. Los prisioneros, que constituían un total de doscientas cincuenta cabezas, iban a ser encerrados en unos barracones donde esperaban otros mil quinientos esclavos, quienes al día siguiente serían expuestos en el gran mercado de la plaza. Les fueron quitadas las pesadas horcas, pero no así las cadenas. A pesar de todo, aquello representaba un gran alivio para aquellos desgraciados. Tom y su hijo Bat pudieron abrazarse y todos se estrecharon las manos. La robusta complexión de Acteón, Bat y Austin les había permitido resistir las fatigas, pero el viejo Tom se hallaba falto de fuerzas, tanto que si la caminata hubiese durado unos días más, a buen seguro que su cadáver hubiera sido abandonado en el camino. Dick Sand se hallaba por fin en Kazonndé, a donde estaba convencido había sido llevada la señora Weldon y los suyos. El permanecía en la plaza bajo la vigilancia especial de un havildar y, desde allí, igual que había hecho al cruzar las diversas calles de la ciudad, trataba de descubrir la presencia de la madre de Jack. Pero la señora Weldon no estaba allí. De pronto, un formidable concierto de charangas y gritos estalló. Dick prestó atención, ya que todo nuevo incidente podía suministrarle datos acerca de aquéllos a quienes buscaba. En el espacio resonaba un solo nombre:
– ¡Alvez! ¡Alvez! El hombre de quien dependía la suerte de tantos desgraciados, iba a aparecer al fin. Dick Sand estaba de pie pensando que era posible que los agentes del negrero, Harris y Negoro, fuesen con él. Por la calle principal avanzaba una kitanda, una especie de hamaca recubierta con una desteñida y remendada cortina. Un viejo negro descendió de ella. Era el tratante José Antonio Alvez. Acompañando a Alvez iba su amigo Coimbra, su brazo derecho y organizador de las razzias, muy digno de mandar a los bandidos del tratante. Era el bribón más grande del mundo. Un ser grasiento y desgalichado, vestido con una camisa andrajosa y una falda de hierbas, que cubría la cabeza con un arruinado sombrero de paja, ocultando una cabellera ruda y crespa. El árabe Ibn Hamis, que había conducido la caravana, cambió afectuosos apretones de mano con Alvez y Coimbra, los cuales por su parte felicitaron al jefe de la expedición. La conversación entre Alvez y sus compañeros era muy animada, y el joven grumete no dejó de pensar si aquellos hombres no estarían hablando de él y de sus compañeros. Dick acertaba, ya que tras un gesto del árabe, un havildar se dirigió al barracón donde habían sido encerrados Tom, Austin, Bat y Acteón, que a los pocos momentos eran conducidos ante Alvez. Alvez saludó con ironía a los nuevos esclavos, empleando algunas pocas palabras inglesas que conocía. Tom se adelantó entonces.
– ¡Somos ciudadanos de los Estados Unidos, y por lo tanto, hombres libres! Con un gesto de buen humor, lo que daba a entender que había entendido lo que Tom dijera, Alves contestó:
– ¡Ah, sí, sí, americanos! ¡Bienvenidos, bienvenidos! Coimbra, como buen comerciante que examina una muestra antes de comprarla, se acercó a Austin, al que después de haber palpado el pecho y los hombros, pretendió hacerle abrir la boca, con el propósito de ver su dentadura. Pero Austin, que no podía sufrir aquella humillación, no pudo contenerse y Coimbra recibió en el rostro un puñetazo tal, que rodó a diez pasos de distancia. Algunos lacayos del tratante se arrojaron sobre Austin, pero Alvez los detuvo con un gesto, mientras se reía de la suerte de su amigo, que había perdido dos dientes de los pocos que le quedaban. Alvez no podía consentir que estropeasen su mercancía, y aunque el incidente le había hecho reír de buena gana, consoló al maltrecho Coimbra. Inmediatamente, Dick Sand fue conducido a empujones ante Alvez, el cual sabía sin duda quién era el joven grumete, de dónde procedía y cómo había caído prisionero.
– ¡El pequeño yanqui! -exclamó el tratante.
– ¡Sí! ¡El pequeño yanqui! -respondió Dick mirando fijamente a su interlocutor. Y preguntó acto seguido-: ¿Qué pretenden hacer con mis compañeros y conmigo? Alvez, que no comprendía o no quería comprender, sólo repetía:
– ¡Yanqui! ¡Oh! ¡El pequeño yanqui! Dick Sand formuló por segunda vez la misma pregunta, dirigiéndose también a Coimbra, pero éste no respondió. En aquel momento, en los oídos de Dick resonaron unas palabras pronunciadas por una voz que conocía muy bien:
– ¡Vaya! ¡Pero si aquí está mi joven y querido amigo! ¡Estoy muy satisfecho de volver a verle! Harris estaba junto a Dick Sand.
– ¿Dónde está la señora Weldon? -preguntó el muchacho, plantándose frente al canalla.
– ¡Oh, pobre señora! -comentó Harris aparentando unas lástima que no sentía-. ¡Pobre madre! ¡Cómo podía sobrevivir!
– ¡Muerta! -en los ojos de Dick brilló una luz de odio-. ¿Y el pequeño Jack? Harris, en aquel tono irónico que ponía de manifiesto sus bajos instintos, contestó:
-¡Pobre niño! ¡Tantas fatigas no podía soportarlas una criatura tan delicada! Así, ¡aquellos a quienes Dick tanto cariño profesaba ya no existían! Sintió que todo su ser vibraba llevado por un irresistible deseo de venganza que necesitaba saciar a toda costa. Sus ojos brillaban amenazadores y, de pronto, sin que nadie pudiera detenerle, se abalanzó sobre Harris y cogiendo el cuchillo que éste llevaba en el cinto, se lo clavó en el pecho. El americano sólo tuvo tiempo de pronunciar una blasfemia, que más bien pareció un rugido. Trastabilleó por unos instantes y cayó al suelo con el corazón partido por la mano justiciera del grumete.