Un capitan de quince anos

XIV

A TRAVÉS DE LA SELVA

A pesar de que Harris había dicho en repetidas ocasiones que sólo podía temerse algún encuentro con indios nómadas, el grupo se sometía a una disciplina severa. Los senderos, si es que aquellos caminos podían denominarse así, estaban hechos con pisadas de animales, más bien que por las del hombre, y el avance por ellos era muy dificultoso. Los expedicionarios desconocían los árboles que formaban aquella espesa selva, que sólo un hombre experto hubiera podido clasificar. La bohinia, el molompi, los guayacos de hasta doce pies de diámetro y los fusteles, podían distinguirse entre aquella enmarañada vegetación. Dick Sand preguntó a Harris los nombres de aquellas diversas especies, pero el aludido, antes de contestar, interrogó a su vez:

– ¿No ha estado usted nunca en el litoral de América del Sur? ¿No conoce las costas de Colombia, de Chile o las de la Patagonia?

-No; nunca.

-Y la señora Weldon, ¿no conoce tampoco esta parte del nuevo continente?

-Los intereses comerciales de mi marido sólo le han llamado a Nueva Zelanda y no he viajado a otra parte. No conozco tampoco esta parte de la baja Bolivia.

-Pues bien, verán ustedes un singular país que contrasta de un modo singular en cuanto a su flora y su fauna con otras regiones de América del Sur. Si el primo Benedicto hubiese sido un botánico en vez de un entomólogo, que hasta entonces sólo había encontrado algún que otro insecto interesante, hubiese quedado admirado ante aquella variedad de especies vegetales. Pero no conocía la botánica ni le interesaba. A veces la selva aparecía pantanosa, con una red de hilillos líquidos que debían alimentar los afluentes de algún riacho. Algunos de estos arroyos tuvieron que ser vadeados; en sus orillas crecían espesos cañaverales a los que Harris dio el nombre de papiros. Después la espesura volvía a espesarse y la vegetación cubría los estrechos senderos de la selva. La marcha por aquellos lugares era lenta y después de la segunda mitad de aquella primera jornada de viaje, la caravana empezó a ascender por un terreno ligeramente inclinado. Los árboles eran allí menos tupidos y de no estar el suelo invadido por una maraña de vegetación, la marcha hubiera sido más fácil. Harris iba explicando las características de aquella vegetación donde echaban a faltar un árbol, el syphonia elástica, o árbol del caucho, entre otras especies similares que tanto abundan en América meridional. Dick Sand, que había prometido a su amigo Jack enseñarle los árboles de la goma, se hallaba un poco contrariado al no ver ni uno solo.

-Paciencia, chico -decía Harris, riendo-, ya encontraremos caucho a montones en los alrededores de la hacienda. Harris había cogido un fruto de un árbol, que ofreció al pequeño Jack. La señora Weldon se interesó por saber si aquel fruto era comestible.

– ¡Oh! No tema, señora -y el americano lo mordió, al tiempo que afirmaba-: Esto es un mango. El bosque cambiaba de aspecto y entre los árboles menos espesos aparecían grandes claros. En algunas alturas abundaba la zarzaparrilla que formaba un intrincado enmarañamiento. Al ponerse el Sol, la caravana se encontraba a unas ocho millas del punto de partida, habiendo efectuado aquel recorrido sin ningún incidente. Para descansar no se encontró mejor abrigo que el de un enorme mango, cuyas amplias ramas formaban un cobijo natural donde poder refugiarse. Cuando la caravana irrumpió entre aquel follaje, una bandada de papagayos surgió de la copa del árbol entre un escandaloso concierto. Tantos eran los gritos de aquellos animales que Dick Sand estuvo a punto de disparar su fusil para ahuyentarlos, pero Harris, con un enérgico gesto, le hizo desistir de su propósito.

-No es conveniente manifestar nuestra presencia -dijo-. No es conveniente hacer ruido. Una vez instalados, comieron con apetito las conservas y galletas que llevaban como aprovisionamiento, tomando como postre suculentos frutos del mango. En cuanto al agua, un arroyuelo que serpenteaba cerca de allí les suministró la necesaria, que no fue bebida sino después de agregarle algunas gotas de aguardiente. Al intensificarse la oscuridad les obligó a efectuar los preparativos para confeccionar unos rudimentarios lechos.

– ¿Será conveniente encender una hoguera, no le parece? -preguntó Dick al americano.

-No lo juzgo necesario y, además, no es conveniente. Para pasar sin ser vistos si algún indígena merodea por aquí, lo mejor será no encender hogueras ni disparar tiros.

– ¿Y las fieras? -preguntó entonces la señora Weldon. Harris esbozó una sonrisa.

-En realidad -contestó- las fieras temen más al hombre que éste a ellas.

– ¿Es que no hay serpientes, ni leones, ni tigres? -preguntó Jack.

-Pregúntele a su mamá -rió el americano- si ha oído decir alguna vez que haya tigres por esta parte del continente americano.

-Cierto es, hijo mío -aseveró la señora Weldon. Los párpados del pequeño se cerraban vencidos por el sueño, pero aun así, mientras dormía, iba nombrando a los leones y a los tigres... Los cuatro negros se ofrecieron para ir velando el sueño de los restantes, y a pesar de que Dick quería tomar parte también en la guardia, accedió por fin a las razones de aquellos nobles muchachos. Al día siguiente, Dick y sus compañeros despertaron pronto, algo repuestos con aquellas horas de descanso, y sin que nada hubiese turbado la noche. Sin embargo, si hubiesen estado al corriente de las costumbres de ciertos moradores de la selva, hubieran advertido que éstos no habían saludado al día con sus gritos característicos, muy especialmente el de los guerribas, unos cuadrúmanos que los indios dicen que por las mañanas recitan sus oraciones. El aire matinal de la selva pronto abrió el apetito de todos y se dispusieron a saborear el desayuno preparado por Nan, incluso el primo Benedicto, que, acaso por primera vez en su vida, comprendió que el comer no era un acto inútil. Eran las siete de la mañana cuando el grupo reanudó la marcha hacia el Este. Dick Sand no dejaba de observar a su alrededor, fijándose en los variados tipos de vegetación característicos de la tierra que cruzaba y otros detalles que creía podían serle de interés. Hacía muchas preguntas a Harris que éste contestaba con largas explicaciones.

– ¿Será necesario cruzar los Andes? -preguntó una vez el grumete.

-Tranquilícese, amigo -contestó Harris-. No abandonaremos esta llanura, cuyas elevaciones más considerables no exceden de 1.500 pies. Sin medio de transporte no me hubiera comprometido a esta aventura si hubiese sido preciso cruzar la cordillera.

-O sea -comentó Dick-, que habría sido preferible subir o bajar por la costa.

-En efecto, hubiera sido mucho mejor, de no dirigirnos a la hacienda de mi hermano que está situada en esta parte de la región. Nuestro viaje no ha de ofrecer más dificultades que las halladas hasta ahora. Además, aunque consideremos que este bosque es inmenso, estoy acostumbrado a viajar por selvas y cualquier detalle me es suficiente para orientarme. No tema, amigo. Tenga la seguridad de que les conduciré adonde vamos. Sin ningún suceso extraordinario transcurrieron las jornadas hasta el día 12 de abril, durante las cuales no se recorrieron más que ocho o nueve millas cada doce horas. El cansancio empezaba a dejarse sentir, especialmente en el pequeño Jack, pese a que la salud en todos era aún muy satisfactoria.

– ¿Todavía no llegamos a los pájaros mosca y al árbol de la goma? preguntaba sin cesar el pequeño Jack. El jovencito tenía sus razones para protestar, porque no se cumplían las promesas que Harris le había hecho durante el viaje. Los pájaros mosca y los juguetes de caucho parecían ir siempre por delante de la expedición y tampoco se veían los papagayos que le habían prometido enseñar y que debían de faltar en aquellas selvas. ¿Dónde estaban los papagayos de plumaje verde, casi todos originarios de aquellas regiones? ¿Y los guacamayos, y los camindes, y las cotorras y todos los pájaros parlantes que, según dicen los indios, hablan todavía el lenguaje de las tribus extinguidas? Sin otras novedades transcurrieron otros cuatro días. La caravana seguía hacia el Nordeste, pudiendo calcularse que el 16 de abril se había hecho un recorrido, al menos, de cien millas. En consecuencia, si Harris no se había extraviado -cosa que negaba sin vacilar-, la "Hacienda de San Felice" debía encontrarse sólo a unas veinte millas del punto donde acamparon aquel día. Por lo tanto, antes de dos días los expedicionarios encontrarían un cobijo confortable donde poder descansar de las fatigas pasadas. Dick seguía pensando que si hubiesen encallado en otro punto del litoral, no habrían faltado pueblos o aldeas donde haría muchos días que la señora Weldon y sus compañeros habrían encontrado asilo. Ahora atravesaban una región que si bien continuaba pareciendo abandonada por el hombre, estaba cada vez más frecuentada por animales. Harris tenía contestación adecuada para todas las preguntas que se le formulaban. Sin embargo, aquel día las explicaciones del americano no convencieron a Dick Sand, hasta el punto de llevarle a una enérgica discusión. El joven grumete, llevado por su afán de saber cuanto ocurría a su alrededor, se separó un momento del grupo y aunque de un modo imperfecto, pudo vislumbrar tres o cuatro animales de gran tamaño que aparecieron entre la maleza a un centenar de pasos de la caravana. Corrían a notable velocidad y pronto desaparecieron. Dick Sand, sin hacer caso de las recomendaciones del americano, hizo fuego sobre uno de aquellos animales, al que, a pesar de su magnífica puntería, no pudo herir, porque Harris, con una rapidez increíble, le desvió el arma al tiempo que decía:

– ¡No dispare!

– ¡Son jirafas! -gritó Dick Sand sin hacer caso a la observación del americano.

– ¡Jirafas! -se admiró la señora Weldon-. Te equivocas, Dick, en América no hay jirafas.

-Naturalmente -remachó Harris-, en este país no puede haber jirafas. Sus ojos le habrán engañado, amigo. Seguro que eran avestruces.

– ¿Avestruces de cuatro patas? -preguntó enfadado el grumete.

-También a mí me pareció que se trataba de animales de cuatro patas -aseveró la señora Weldon.

-Y a nosotros también -exclamaron a la vez los negros. Harris estalló en una carcajada.

– ¡Tendría gracia! -dijo-. ¡Avestruces de cuatro patas! No, amigos, no, la rapidez de estos animales les ha hecho ver mal.

-Según tengo entendido, tampoco existen avestruces en el Nuevo Mundo comentó Dick. Harris explicó que, precisamente en América del Sur, existe una especie particular, llamada ñandú, que es la que acababan de ver. Al día siguiente, 17 de abril, al reanudar la marcha, Harris aseguró que antes de veinticuatro horas llegarían a la hacienda de su hermano donde, según él, los náufragos recibirían todos los cuidados y comodidades necesarios. La señora Weldon afirmó que deseaba llegar cuanto antes porque el pequeño Jack empezaba a sentir fiebre y se fatigaba mucho.

-Me he dado cuenta de ello -intervino Dick-, pero la Naturaleza ha puesto aquí el remedio a este mal. Según sabemos por Harris nos encontramos en la región de los quinos, ¿verdad?

-Tiene usted razón -contestó el aludido-, los árboles que producen la preciosa corteza febrífuga se encuentran aquí pero no son fáciles de distinguir.

-Será por eso que me extraña no haber visto ni uno solo todavía -terminó el grumete.

-Si descubro alguno se lo diré, señora Weldon -dijo Harris, complaciente-. No obstante, en la hacienda hallará usted sulfato de quinina, que es mucho mejor que la simple corteza del árbol. Sin ningún otro incidente llegó la noche y quedó organizado el campamento como de costumbre. Varios de los expedicionarios ya estaban durmiendo, cuando de pronto, muy cerca de allí, resonó un grito que alarmó a todos.

-¡He sido yo el que he gritado! -dijo el primo Benedicto, apareciendo en el campamento-. Acabo de ser mordido.

– ¿Una serpiente? -exclamó la señora Weldon.

– ¡No, no! ¡Un insecto! ¡Ha sido un insecto! ¡Y lo he cogido! ¡Por fin he hecho un buen hallazgo!

-¿Qué insecto es éste? -preguntó la madre de Jack.

– ¡Un díptero! ¡Un famoso díptero! -seguía gritando, alborozado, el primo Benedicto, mostrando una mosca más pequeña que una abeja, de color opaco, rayada de amarillo en la parte inferior de su cuerpo.

– ¿Pero qué clase de mosca es ésta que tanto le alegra? -interrogó Dick.

-¡Oh! -respondió el entomólogo-. Se trata de un famoso díptero que hasta ahora no se ha encontrado nunca en América. Esta mosca, este insecto que tengo entre mis dedos, es... ¡una mosca tse-tsé! La alegría del primo Benedicto no fue compartida por Dick Sand, que no se atrevió a preguntarle en qué continente del globo se encontraba el temible insecto.

Depesza

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