El conde de Chanteleine

VII

El cementerio.

Llegó la noche. El tiempo había cambiado; nevaba. A las ocho, el conde se levantó y dijo:

– Es hora, partamos.

Kernan, sin responder, abrió la puerta y tomó la delantera. Esperaba evitar el encuentro con Scévola, pero este, al oírle bajar, abandonó la sala baja por instinto de posadero, y se encontró en el camino del bretón.

– ¡Hombre! —dijo—, ¿te vas, ciudadano?

– ¡Sí, mi hermano está mejor!

– ¡Mal tiempo para ponerse en camino! ¿No puede esperar a mañana?

– ¡No! —replicó Kernan, que no sabía muy bien qué decir.

– A propósito —dijo Scévola—, ¿sabes que el virtuoso Karval ha vuelto a Quimper?

– Precisamente —dijo el bretón—, vamos al obispado a hacerle una visita.

Al pronunciar estas palabras, se había vuelto hacia el conde, que por fortuna no había oído ese nombre fatal.

– ¡Ah, vais a verle al obispado! —repuso el posadero.

– Eso es, y te aseguro que nuestra visita no le desagradará.

– ¡Je, je! —respondió Scévola riendo groseramente—; ¡alguna denuncia de curas o de emigrados!

– ¡Quizás! —dijo Kernan tomando el brazo de su señor y arrastrándole hacia la puerta.

– ¡Pues buena suerte, ciudadano!

– ¡Hasta la vista! —respondió el bretón.

Y salió por fin de la posada.

La ciudad parecía desierta; un silencio profundo reinaba en las calles amortiguadas por la nieve.

El conde y su compañero pegaban a las casas; el primero se dejaba conducir; no sentía el frío. Desde su resolución de ir a rezar sobre la tumba de su hija, no había pronunciado una palabra y se había absorbido por completo en su dolor. Kernan respetaba ese silencio.

Al cabo de veinte minutos, los muros del cementerio aparecieron en la oscuridad. A esa hora, las puertas estaban cerradas. Poco importaba, por lo demás; el bretón no tenía intención de penetrar por la entrada pública y de dejarse ver por el guarda.

Rodeó pues los muros para encontrar un lugar propicio para escalarlo. El conde le seguía con una obediencia pasiva, como un niño o como un ciego.

Tras buscar largo rato, el bretón llegó a un lugar donde el muro descalzado había cedido en parte, dejando una brecha practicable. Kernan se lanzó sobre las piedras, apenas retenidas en un mortero de nieve y barro; desde allí tendió la mano a su señor, y penetró con él en el cementerio.

La blancura de aquel campo del reposo ofrecía una contemplación penosa a la vista. Algunas tumbas de piedra, numerosas cruces de madera negra, estaban revestidas del sudario blanco del invierno; ¡triste espectáculo el de aquel cementerio de luto! Venía involuntariamente a la mente que aquellos pobres muertos debían de tener mucho frío bajo aquella tierra helada, y más aún los que un municipio indiferente acababa de precipitar en la fosa común.

Kernan y el conde, tras recorrer algunas alamedas desiertas, llegaron a aquella fosa apenas cubierta, y revestida de irregulares bultos que la nieve dibujaba nítidamente. Las palas y los picos de los sepultureros estaban allí para el trabajo del día siguiente.

En el momento en que se acercaba, Kernan creyó ver una forma humana, inclinada en tierra, que se levantaba de repente y buscaba ocultarse tras el oscuro follaje de los cipreses. Pensó en un principio que sus ojos sufrían una alucinación involuntaria.

– Me equivoco —se dijo—. ¿Alguien aquí a esta hora? ¡No es posible!

Sin embargo, al mirar con atención, vio la forma moverse entre los árboles; al mismo tiempo advirtió huellas recientes. Alguien acababa evidentemente de huir.

¿Era un sepulturero haciendo su ronda, un guarda, un profanador de tumbas?

Kernan detuvo al conde con la mano; esperó unos instantes, y al no reaparecer el individuo, caminó hacia la fosa común.

– Es aquí, nuestro señor —dijo.

El conde se arrodilló sobre la tierra helada, se descubrió la cabeza y, con la cabeza al descubierto, se puso a rezar y a llorar también; sus lágrimas rodaban hasta el suelo, y la nieve se derretía a su ardiente contacto.

Kernan, igualmente arrodillado, rezaba también, pero observaba y vigilaba los alrededores.

¡Pobre conde de Chanteleine! Hubiera querido apartar con sus manos aquella tierra que le ocultaba a su hija, ver una última vez sus queridos rasgos y dar una tumba más digna a sus restos inanimados. Sus manos se hundían en la nieve, y suspiros capaces de romperle el corazón escapaban de su pecho.

Llevaba así un cuarto de hora; Kernan no se atrevía a interrumpir su dolor. Pero temía que los sollozos del conde fueran sorprendidos por algún espía apostado.

En ese momento, creyó oír pasos; se volvió con inquietud; vio claramente esta vez una forma humana que abandonaba el macizo de cipreses y se dirigía hacia la fosa.

– ¡Ah! —exclamó el bretón—. Si es un espía, lo pagará caro.

Y, con el cuchillo en la mano, se precipitó hacia un desconocido que no parecía querer esquivarle; al contrario, este parecía esperar a su agresor con pie firme. Pronto aquellos dos hombres estuvieron a tres pasos el uno del otro, en actitud de defensa.

– ¿Qué venís a hacer aquí? —preguntó rudamente el bretón.

El desconocido, un joven de unos treinta años vestido con traje de campesino, respondió con voz emocionada:

– Lo que vos mismo habéis venido a hacer.

– ¿Rezar?

– ¡Rezar!

– ¡Ah! —dijo Kernan—. ¿Tenéis parientes?

– ¡Sí! —respondió el joven con voz triste.

El bretón le miró atentamente y vio lágrimas en sus ojos.

– Perdonadme —dijo—; os había tomado por un espía. Venid, pues.

Y seguido del desconocido, volvió junto al conde; este, sacado de su torpor, iba a levantarse, cuando el joven le hizo señas de no moverse.

– ¿Venís a rezar, señor? —dijo el conde—. ¡Hay sitio para los dos sobre esta tumba! Soy un padre que llora a su hija. ¡La mataron esta mañana y la pusieron aquí!

– ¡Pobre padre! —dijo el joven.

– ¿Pero quién sois? —preguntó Kernan.

– El caballero de Trégolan —respondió el joven sin vacilar.

– ¡El caballero de Trégolan! —exclamó Kernan.

Y volvió a ponerse en guardia recobrando toda su desconfianza, pues ese nombre le recordaba la escena de la mañana, y no comprendía qué pudiera tener que hacer aquel joven en el cementerio.

– Sí —había respondido el caballero.

– Vos que esta mañana obtuvisteis el indulto de vuestra hermana y la salvasteis.

– ¡Salvada! —dijo el joven juntando las manos.

– ¿Y es a ella a quien venís a llorar aquí?

– Caballero —dijo el conde, que no dudaba—, ¡habéis tenido más fortuna que yo! Yo ni siquiera llegué a tiempo de ver a mi hija por última vez.

– ¿Quién sois vos? —preguntó vivamente el joven.

Kernan iba a lanzarse sobre su señor para taparle la boca e impedirle revelar el secreto de su nombre, cuando este dijo gravemente:

– ¡Soy el conde de Chanteleine!

– ¡Vos! —exclamó el joven—. ¿Vos, el conde de Chanteleine?

– Yo, señor.

– ¡Dios mío, Dios mío! —exclamó el desconocido aferrando las manos del conde y tratando de reconocer su semblante.

– ¿Y bien? —preguntó Kernan impaciente.

– ¡Venid, venid! —dijo vivamente el joven—. ¡Venid sin perder un instante!

– ¡Alto ahí! —dijo Kernan—. ¿Qué queréis? ¿Adónde pretendéis llevar a nuestro señor?

– ¡Pero venid! —exclamó el joven con cierta vehemencia.

El bretón iba a lanzarse sobre el caballero, que se había aferrado al brazo del conde y trataba de arrastrarle, cuando el conde le dijo:

– ¡Vamos, Kernan, vamos! Este es un hombre de corazón.

Kernan, obediente, se colocó a la izquierda del joven, dispuesto a golpearle al menor indicio de traición, y los tres salieron por la brecha del cementerio; rodearon los muros. El caballero de Trégolan no hablaba, pero sus manos permanecían crispadas sobre el brazo del conde.

Entraron así en la ciudad y se adentraron por callejuelas estrechas en lugar de seguir las calles; por lo demás, estaban absolutamente solos; lo que no impedía a Kernan lanzar miradas atentas a su alrededor.

El silencio de la noche solo fue turbado una vez, cuando el caballero y sus dos compañeros pasaron junto al obispado, cuyas ventanas, vivamente iluminadas, dejaban escapar gritos de alegría. Se festejaba allí el regreso de Karval; se cantaba, se bailaba, jueces con verdugos, y Kernan sintió una rabia espantosa subirle al corazón.

Por fin el joven se detuvo ante una casa tranquila y un tanto aislada en el extremo de un arrabal.

– ¡Es aquí! —dijo.

Y se adelantó para llamar a la puerta. Kernan le detuvo el brazo en el momento en que aferraba el aldabón.

– ¡Un momento! —dijo.

– ¡Deja hacer, Kernan! —dijo el conde.

– ¡No, nuestro señor! En estos tiempos de miseria, toda casa es sospechosa. Hay que saber adónde se va. ¿Por qué nos introducís en esta morada? —dijo volviéndose hacia el joven.

– ¡Para mostraros a mi hermana! —respondió el joven con una triste sonrisa.

Llamó suavemente a la puerta. Se oyeron pasos temerosos acercarse por el pasillo y detenerse. El caballero llamó por segunda vez de cierta manera y dijo:

– ¡Dios y el rey!

La puerta se abrió; una anciana se encontraba allí, y pareció inquieta al ver al joven acompañado de dos desconocidos.

– Amigos —dijo este—, nada temáis.

La puerta se cerró rápidamente; una vela encendida permitió a Kernan entrever una escalera de madera que giraba al fondo del pasillo; el caballero subió, seguido del conde y del bretón, este siempre armado.

Sin embargo, había debido de tranquilizarle el siguiente intercambio de palabras entre la anciana y el joven:

– Caballero —había dicho aquella—, ¡cuánto me ha inquietado vuestra ausencia!

– ¿Y ella? —preguntó él.

– Ella —respondió la anciana—, ¡llora que da lástima!

– ¡Venid, señor conde! —dijo el joven.

En lo alto de la escalera había una puerta por debajo de la cual se filtraba un reguero de luz. El caballero la abrió de par en par y dijo estas solas palabras:

– ¡Señor conde de Chanteleine, aquí está mi hermana!

Antes que el conde, Kernan había lanzado una rápida ojeada al interior de aquella habitación, ¡y había lanzado un grito, pero un grito de espantosa sorpresa!

¡La señorita de Chanteleine, Marie, su sobrina, estaba ante sus ojos, tendida en una cama, pero viva! ¡Viva!

– ¡Mi hija! —exclamó el conde.

– ¡Ah, padre! —dijo la joven incorporándose y arrojándose en sus brazos.

Fue un momento de delirio indescriptible. ¿Cómo pintar las caricias de ese padre y su hija? Kernan lloraba en un rincón después de haber abrazado a Marie. El caballero de Trégolan contemplaba aquella escena enternecedora con las manos cruzadas.

De repente, Marie lanzó un grito, y un pensamiento terrible cruzó por su memoria.

– ¡Mi madre! —exclamó.

Ignoraba que su madre hubiera perecido en el saqueo del castillo.

El conde, sin hablar, señaló con el dedo el cielo a su hija, que se desplomó casi sin sentido sobre la cama.

– ¡Mi hija, mi hija! —exclamó el conde precipitándose hacia ella.

– No temáis, nuestro señor —dijo Kernan levantando la cabeza de la joven—; es una crisis que pasará.

En efecto, al cabo de unos instantes Marie recobró el conocimiento, y sus lágrimas fluyeron en abundancia. Al fin, sus sollozos se detuvieron, y el conde pudo interrogarla.

– ¿Pero qué milagro te ha sustraído de la muerte, hija mía? —preguntó.

– ¡Lo ignoro, padre! Me arrastraron moribunda al cadalso. ¡No vi nada, no oí nada! y me encontré aquí.

– Hablad, pues, señor de Trégolan, ¡hablad! —dijo el conde.

– Señor conde —respondió el caballero—, mi hermana había sido arrojada a las prisiones de Quimper; desesperado, corrí a París, y tras largas gestiones obtuve su indulto de Couthon, al que mi familia había prestado antaño un servicio. Regresé a Quimper con la orden firmada y, a pesar de mis esfuerzos, llegué demasiado tarde.

– ¿Demasiado tarde?

– La cabeza de mi pobre hermana —repuso el caballero sollozando— acababa de rodar en el cadalso ante mis ojos.

– ¡Oh, oh! —exclamó el conde aferrando las manos del joven.

– ¿Cómo no caí muerto?... ¿Cómo no grité?... ¿Cómo no reclamé a aquella cuya vida tenía en mis manos?... No puedo decíroslo, pero el Cielo me envió una inspiración por la que le doy gracias. Todas aquellas desgraciadas víctimas estaban allí en tropel; ¡los ejecutores ni siquiera las reconocían! En el momento en que la señorita de Chanteleine subía desmayada en brazos del verdugo, me adelanté, hice un esfuerzo sobrehumano y dije: «¡Gracia, gracia! ¡Es mi hermana!» Y tuvieron que dármela, y la trasladé a casa de esta buena señora. ¡Por eso me habéis visto rezar esta noche sobre la tumba de la que ya no está!

El conde se había levantado.

– ¡Hijo mío! —dijo al caballero arrodillándose ante él.

Kernan, tendido en el suelo, cubría de lágrimas los pies del joven.

Depesza

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