Capítulo VI
-¿Es esta la hostería de la señora Hansen?
-Sí, señor -contestó Hulda.
-¿Está la señora Hansen en casa?
-No, pero va a venir.
-¿Pronto?
-Al instante, si usted necesita hablarle…
-Oh, no. No tengo nada que decirle.
-¿Quiere usted una habitación?
-¡Sí, la mejor de la casa!
-¿Quiere usted comer?
-Lo más pronto posible; y procure que me sirvan de lo mejor que haya.
Estas fueron las palabras que se cruzaron entre Hulda y el viajero, antes de que éste hubiera descendido del kariol que lo había conducido hasta el corazón del Telemark, a través de los bosques, los lagos y los valles de Noruega.
Ya conocemos el kariol, el instrumento de locomoción tan querido por los escandinavos. Dos largas varas entre las cuales se mueve un caballo, dirigido por unas simples riendas de cuerda que pasan, no por su boca, sino por su nariz; dos grandes ruedas delgadas, cuyo eje, sin muelles, sostiene una pequeña caja coloreada, apenas lo suficiente grande para que quepa una persona, sin capota, sin guardabarros, sin estribo, y detrás de la caja un pequeño saliente, en el cual se instala el skydskarl. En conjunto tiene la apariencia de una enorme araña, cuya doble tela estaría formada por las dos ruedas del raro vehículo. Y con esta máquina rudimentaria pueden hacerse recorridos de quince a veinte kilómetros, sin gran fatiga.
A una señal del viajero, el muchacho vino a sujetar el caballo. Entonces, aquel personaje se levantó, se sacudió y puso pie a tierra, no sin bastantes esfuerzos que se tradujeron en una serie de imprecaciones de pésimo mal humor.
-¿Pueden albergar mi kariol? -preguntó con rudeza, deteniéndose a la entrada de la casa.
-Sí, señor -contestó Hulda.
-¿Y dar de comer a mi caballo?
-Voy a ponerlo en el establo.
-¡Que lo cuiden bien!
-Así lo haremos. ¿Puedo preguntarle si estará muchos días en Dal?
-No lo sé.
El kariol y el caballo fueron conducidos a un pequeño cobertizo situado bajo la protección de los árboles, al pie de la montaña. Era el único establo que tenían en la hostería, pero era suficiente para el servicio de los huéspedes.
Momentos después, el viajero se había instalado en la mejor habitación, tal como había solicitado. Una vez allí, se quitó el abrigo y se calentó junto al fuego que había pedido le encendieran. Mientras tanto, con el fin de satisfacerle, Hulda recomendaba a la piga que le preparase la mejor comida posible.
La piga era una fuerte muchacha de los alrededores que durante la temporada de verano ayudaba a la cocina y a los trabajos de la hostería.
El recién llegado era un hombre fornido, aún cuando hubiera pasado de los sesenta. Delgado, un poco encorvado, de altura mediana, cabeza huesuda, rostro imberbe, nariz puntiaguda, ojos pequeños de mirada penetrante, tras unos grandes lentes, frente fruncida, labios delgados, demasiado para que se escapara de ellos alguna buena palabra, manos largas y ganchudas; era el verdadero tipo de prestamista o usurero. Hulda tuvo el presentimiento de que este viajero no traería nada bueno a la casa de la señora Hansen.
No podía dudarse que era noruego, pero del tipo escandinavo había cogido sobre todo la parte vulgar. Su atuendo de viaje estaba compuesto de un sombrero plano, de anchas alas, un traje de paño blancuzco, americana cruzada, calzón ceñido a la rodilla por una correa de cuero y encima de todo una especie de pelliza oscura, forrada de piel de cordero, abrigo necesario a causa de las noches muy frías, aún en las mesetas y en los valles del Telemark.
En cuanto al nombre de aquel personaje, Hulda no se lo había pedido. Pero no tardaría en saberlo, ya que tenía que inscribirse en el libro de la hostería.
En aquel momento, la señora Hansen entró. Su hija le anunció la llegada de un viajero que había pedido la mejor habitación y la mejor comida. En cuanto a saber si se prolongaría su estancia en Dal, lo ignoraba, ya que nada le había dicho al respecto.
-¿Y no ha dicho su nombre? -preguntó la señora Hansen.
-No, madre.
-¿Ni de dónde venía?
-No.
-Seguramente es algún turista. Lástima que Joel no esté aquí para ponerse a su disposición. ¿Qué haremos si nos pide un guía?
-No creo que sea un turista -contestó Hulda-. Es un hombre ya de edad…
-Si no es un turista, ¿qué viene a hacer a Dal? -dijo la señora Hansen, más para sí misma que para su hija, y con una entonación que traslucía su inquietud.
Hulda nada podía decirle sobre esto, ya que el viajero no le había dado a conocer sus proyectos.
Una hora después de haber llegado, aquel hombre entró en el gran salón contiguo a su habitación. Al ver a la señora Hansen, se detuvo en el umbral.
Evidentemente, tan desconocido era para la señora Hansen como ella lo era para su huésped. Se acercó hacia ella y, después de haberla mirado por encima de sus lentes, le dijo, sin hacer ningún ademán para quitarse el sombrero de la cabeza:
-¿La señora Hansen?
-Sí, señor -contestó ésta.
Y, en presencia de aquel hombre, experimentó, al igual que su hija, una turbación que no pudo ocultar.
-Entonces ¿es verdaderamente usted la señora Hansen, de Dal?
-Sin duda, señor. ¿Tiene usted que decirme algo de particular?
-Nada. Sólo quería conocerla. ¿No soy su huésped? Y ahora, procure que me sirvan la comida en seguida.
-Su comida está a punto -contestó Hulda-. Si quiere usted pasar al comedor…
-Sí, quiero.
Y habiendo dicho esto, el viajero, se encaminó hacia la puerta que le indicaba la muchacha. Un instante después estaba sentado cerca de la ventana, ante una pequeña mesa servida con esmero.
La comida indudablemente, era buena. Ningún turista -incluso el más exigente- hubiera tenido nada que objetar. No obstante, aquel personaje poco acomodaticio, no ahorró ademanes y palabras de descontento, sobre todo ademanes, ya que no parecía muy locuaz. Verdaderamente, había que preguntarse si sus exigencias eran debidas al mal estado de su estómago o de su mal carácter. El potaje de cerezas y grosellas sólo le convenció a medias, a pesar de ser excelente. Sólo probó con los labios el salmón y el arenque escabechado. El jamón crudo, medio pollo muy apetitoso, las legumbres bien aliñadas, no le gustaron nada. Incluso se mostró descontento de la botella de vino de Saint-Julien y de la media botella de champaña, a pesar de que provenían de las mejores bodegas de Francia.
Y sucedió que, una vez terminada la comida, el viajero no tuvo un solo tack for mad para la patrona.
Cuando hubo acabado de comer, aquel grosero personaje prendió fuego a su pipa, salió del salón y fue a pasearse por las orillas del Maan.
Una vez al borde del río, volvióse para contemplar la hostería. Parecía estudiarla por todos lados, como si quisiera calcular su valor. Contó las puertas y ventanas. Luego, acercándose a las vigas que formaban el zócalo de la casa, hizo dos o tres cortes a las mismas con la punta de su dolknif, como si quisiera darse cuenta de la calidad de la madera y de su estado de conservación. ¿Quería saber lo que valía realmente la hostería de la señora Hansen? ¿Pretendía comprarla, aún cuando no estuviese en venta? Por lo menos su actitud era muy rara. Después de la casa, le tocó el turno al pequeño cercado, del cual contó los árboles y los arbustos. Luego tomó la medida de sus dos lados con pasos calculados, anotando en su carnet las medidas tomadas.
Y continuamente inclinaba la cabeza y fruncía la cejas, exhalando “¡hum!”, en señal de desaprobación.
Durante estas idas y venidas, la señora Hansen y su hija lo observaban a través de la ventana del salón. ¿Con qué extraño personaje tenía que tratar? ¿Qué finalidad tenía el viaje de aquel maniático? Verdaderamente, era lamentable que todo esto pasara durante la ausencia de Joel, ya que aquel viajero iba a pasar toda la noche en la hostería.
-¿Y si se tratara de un loco? -dijo Hulda.
-¿Un loco…? ¡No! -contestó la señora Hansen-.Pero al menos es un hombre muy raro.
-Siempre es desagradable no saber a quién acoges en tu propia casa -dijo la muchacha.
-Hulda -contestó la señora Hansen-, antes que este viajero vuelva a entrar, no te olvides de llevarle a su cuarto el libro de registro de la casa.
-Sí, madre.
-¡Quizá se decidirá a poner su nombre!
Hacia las ocho, la noche era ya muy oscura, y una fina lluvia empezó a caer, llenando el valle con un velo de niebla que mojaba hasta media montaña. El tiempo era poco propicio a los paseos. Por esto, el nuevo huésped de la señora Hansen, después de haber subido por el sendero hasta el aserradero, volvió a la hostería, pidiendo un vasito de brandevin. Sin decir una palabra más, sin desear las buenas noches a nadie, tomó el candelabro de madera, cuya bujía estaba encendida, y penetró en su habitación, corriendo el cerrojo de la puerta, y ya no se le oyó en toda la noche.
El skydskarl se había refugiado sencillamente en el cobertizo. Allí, entre las varas del kariol, dormía y a pierna suelta, al lado del caballo amarillo, sin preocuparse de la borrasca.
A la mañana siguiente, la señora Hansen y su hija se levantaron al amanecer. Ningún ruido salía de la habitación del viajero, que todavía descansaba. Poco después de las nueve, penetró en el salón, con un aspecto más sombrío que la víspera, si cabe, quejándose de que la cama estaba dura, y que el ruido que hacían en la casa le había despertado; todo esto sin saludar a nadie. Luego, abrió la puerta y contempló el cielo.
El tiempo era mediocre. Un aire frío soplaba desde la cumbre del Gusta, perdida entre los vapores de la niebla, y penetraba en el valle con ráfagas violentas.
El viajero no se atrevió, pues, a salir. Pero no perdió el tiempo. Mientras fumaba su pipa, andaba por la hostería, procurando averiguar la disposición interior, recorrió algunas habitaciones, examinó el mobiliario, abrió las alacenas, los armarios, sin ningún miramiento, como si se hallara en su propia casa. Parecía un tasador procediendo a una comprobación judicial. Decididamente, si el hombre era singular, sus procedimientos eran cada vez más sospechosos.
Después de examinarlo todo, se sentó en el gran sillón del salón y, con voz seca y áspera, hizo algunas preguntas a la señora Hansen. ¿Cuánto tiempo hacía que la hostería había sido construida? ¿Había sido su marido quien la había hecho construir o lo había heredado? ¿Habían tenido que hacer algunas reparaciones? ¿Cuál era la cabida del recinto y del soeter adjunto? ¿Tenía buena clientela? ¿Qué promedio de turistas pasaban por allí a la temporada? ¿Permanecían uno o varios días?, etcétera.
Era evidente que el viajero no se había apercibido del libro que le habían dejado en su habitación, ya que éste hubiera informado, por lo menos, sobre su última pregunta.
Efectivamente, el libro estaba aún en el mismo sitio en que Hulda lo había dejado la víspera y el nombre del viajero no constaba en él.
-Señor -dijo entonces la señora Hansen-, no comprendo bien cómo y porqué todas estas cosas pueden interesarle. Pero si usted quiere saber cómo van nuestros asuntos, nada es más fácil. Sólo tiene que consultar el libro de la hostería. Y le ruego quiera inscribir su nombre, como es costumbre…
-¿Mi nombre…? Ciertamente que pondré mi nombre, señora Hansen…¡Lo pondré en el mismo momento en que me despida de usted!
-¿Tenemos que reservarle su habitación?
-¡Es inútil! -contestó el viajero, levantándose-. Partiré después del desayuno, a fin de estar de regreso en Drammen mañana por la noche.
-¿A Drammen? -exclamó vivamente la señora Hansen.
-¡Sí! Así, pues, ordene que me sirvan al instante.
-¿Vive usted en Drammen?
-¡Sí! ¿Qué hay de extraño en que yo viva en Drammen?
Así, pues, después de haber permanecido medio día apenas en Dal, o, mejor, en la hostería, este viajero volvíase sin haber visto nada del país. No iba más allá del valle. No se preocupaba del Gusta, del Rjukafos, de las maravillas del valle del Vestfjorddal. No era por placer, sino por negocios que había salido de Drammen, donde vivía, y parecía que su viaje no tenía otro motivo que visitar en detalle la casa de la señora Hansen.
Hulda observó que su madre estaba profundamente turbada. La señora Hansen se había sentado en el gran sillón y, apartando su rueca, permanecía inmóvil sin pronunciar palabra.
Mientras el viajero se había instalado en el comedor y se sentaba delante de su mesa.
Tampoco el desayuno, tan bien preparado como lo había sido la cena de la víspera, pareció dejarle satisfecho. Por tanto, comió con apetito y bebió abundantemente, sin precipitarse. Su atención parecía detenerse especialmente en el valor de la plata -lujo que tienen en gran estima los montañeses de Noruega-, algunos cubiertos que se transmiten de padres a hijos y que se guardan cuidadosamente con las joyas de la familia.
Entre tanto el skydskarl hacía también los preparativos de marcha en el cobertizo. A las once en punto, el caballo y el kariol estaban dispuestos delante de la puerta de la hostería.
El tiempo continuaba tapado, el cielo gris y ventoso. A veces la lluvia golpeaba los cristales de las ventanas como si fuera metralla. Pero el viajero, bajo su gran capote forrado de piel, no era hombre que se inquietara por las ráfagas.
Terminado el desayuno, bebió un último vaso de brandevin, encendió su pipa se cubrió con su hopalanda, penetró en el salón y pidió su cuenta.
-Voy a prepararla -contestó Hulda, sentándose frente aun pequeño escritorio.
-¡No se entretenga! -dijo el viajero-. Entretanto déme el libro para que inscriba mi nombre.
La señora Hansen se levantó, fue a buscar el libro y lo puso encima de la gran mesa.
El viajero tomó una pluma y miró por última vez a la señora Hansen, por encima de sus lentes. Luego, con grandes caracteres, escribió su nombre en el libro y lo cerró.
En aquel momento, Hulda trajo la cuenta.
La tomó, examinó los artículos, refunfuñando; luego, comprobó los cálculos.
-¡Hum! -dijo-. ¡Esto sí que es caro! ¿Siete marcos y medio por una noche y dos comidas?
-Hay también el skydskarl y el caballo -le hizo notar Hulda.
-No importa. ¡Lo encuentro caro! ¡Es verdad, no me extraña que se hagan buenos negocios en esta casa!
-¡Usted no nos debe nada, señor! -dijo entonces la señora Hansen, con una voz tan turbada que apenas se le oía.
Acababa de abrir el libro y había leído el nombre inscrito en las páginas, y repitió, cogiendo la cuenta que rompió en pedazos:
-¡Usted no debe nada!
-¡Eso creo yo! -contestó el viajero.
Y, sin dar los buenos días al salir, como no había dado las buenas noches al llegar, subió al kariol mientras el chico saltaba agarrándose a la plataforma del vehículo. Minutos después, desaparecía por un recodo del camino.
Cuando Hulda abrió el libro, sólo leyó este nombre:
“Sandgoist, de Drammen”.