Capítulo V
Hulda, en efecto, estaba muy extrañada de la insistencia de Ole en hablarle siempre en sus cartas de aquella fortuna que esperaba hallar a su regreso. ¿En qué fundaba sus esperanzas? Hulda no podía adivinarlo, y ansiaba saberlo. Esta impaciencia natural era muy excusable. ¿Vana curiosidad por su parte? De ninguna manera. Pero este secreto le concernía un poco a ella. No es que aquella honrada y sencilla muchacha fuera ambiciosa, ni que sus aspiraciones para el porvenir se elevaran a lo que se llama la riqueza. El afecto de Ole bastaba, y le bastaría siempre. Si la fortuna llegaba, la acogería sin grandes demostraciones de alegría. Pero si no venía, se pasaría sin ella sin disgusto.
Esto era precisamente lo que se decían Hulda y Joel, al día siguiente de recibir la última carta de Ole. En aquello, como en todo lo demás, pensaban de la misma manera.
Y Joel añadió:
-¡No! No es posible, hermanita. ¡Tú me escondes algo!
-¡Yo…! ¿Esconderte?
-¡Sí! Que Ole se haya marchado sin decirte al menos algo de su secreto…¡es increíble!
-¿Te ha dicho algo a ti, Joel? -contestó Hulda.
-No, hermanita. Pero yo no soy tú.
-Sí, tú eres como yo.
-Yo no soy el prometido de Ole.
-Casi -dijo la muchacha-; y si le ocurriera alguna desgracia, si no volviera de este viaje, tú te desesperarías como yo y tus lágrimas serían tan amargas como las mías.
-¡Ah, hermanita! -contestó Joel-. ¡Te prohíbo que tengas esas ideas! ¡No volver Ole de este último viaje! ¿Hablas en serio, Hulda?
-No, no, Joel. Y no obstante, no sé…No puedo ahuyentar ciertos pensamientos…¡horribles sueños!
-Sin duda, pero ¿de dónde salen?
De nosotros mismos y de más arriba. Temes, y son tus temores los que te persiguen en sueños. Por lo demás, siempre ha ocurrido así, cuando se ha deseado ardientemente una cosa y se acerca el momento en que los deseos van a realizarse.
-Ya lo sé, Joel.
-En verdad, te creía más fuerte, hermanita ¡Sí! Más enérgica. ¿Cómo es posible? Acabas de recibir una carta en la que Ole te dice que el Viken estará de regreso antes de un mes y te llenas la cabeza de preocupaciones…
-¡No…no es la cabeza; es el corazón, Joel!
-De hecho -añadió Joel-, estamos ya al a19 de abril. Ole debe llegar hacia el 15 ó 20 de mayo. No estaría de más que empezaras ya a hacer los preparativos para la boda.
-¿Lo crees así, Joel?
-¡Sí, lo creo, Hulda! Creo incluso que quizá hemos tardado demasiado. ¡Piensa tú! Una boda que va a alegrar no solamente a todo Dal sino a todos los gaards vecinos. Quiero que sea algo muy hermoso, y voy a ocuparme yo mismo de preparar las cosas.
Y es que la preparación de una ceremonia de esta clase en los campos de Noruega, y especialmente en Telemark, es un asunto importante que lleva mucho barullo y mucho quehacer.
Por esto, aquel mismo día Joel habló de ello con su madre, pocos minutos después, precisamente del encuentro que había impresionado tan vivamente a la señora Hansen. Al marcharse el desconocido que le había anunciado la próxima visita del Señor Sandgoist, de Drammen, la señora Hansen había entrado en la casa y, sentándose en el gran sillón del salón, maquinalmente daba vueltas a la rueca, absorta en sus pensamientos.
Joel se dio cuenta de que su madre estaba más preocupada que de costumbre, pero, como cuando se le preguntaba qué tenía, contestaba invariablemente que “no tenía nada”, su hijo no quiso hablarle más que de la boda de Hulda.
-Madre -dijo-, ya sabéis que Ole nos anuncia en su última carta que probablemente estará de regreso a Telemark dentro de pocas semanas.
-Todos lo deseamos -contestó la señora Hansen- y quiera Dios que no se retrase.
-¿Tendría usted algún inconveniente en fijar la fecha de la boda para el día 25 de mayo?
-Ninguno, si Hulda consiente.
-Su consentimiento lo tengo ya. Y ahora, quisiera preguntarle, madre, si tiene usted la intención de hacer bien las cosas esta ocasión.
-¿Qué quieres decir por “hacer bien las cosas”?- contestó la señora Hansen sin levantar la vista de su rueca.
-Quiero decir, si me lo permite, madre, que la ceremonia tiene que estar a la altura de nuestra situación en el lugar. Debemos invitar a nuestros amigos y, si nuestra casa no es suficiente para albergarlos a todos, siempre encontraremos algún vecino que se prestará a cederles alguna habitación.
-¿Y quiénes serían los huéspedes, Joel?
-Bueno, creo que deberíamos invitar a nuestros amigos de Moel, de Tinnes, de Bamble, ya me cuidaría yo de ello. Me parece también que la presencia de los señores Help, los armadores de Bergen, hará honor a la familia y, con su consentimiento, repito, les propondría venir a pasar un día a Dal. Son unas personas estupendas, que quieren mucho a Ole y estoy seguro que aceptarían.
-¿Crees que es necesario dar tanta importancia a esta boda? -repuso la señora Hansen.
-Sí, lo creo, madre, y además me parece que sería bueno también para nuestra hostería de Dal, que no ha desmerecido, que yo sepa, desde la muerte de nuestro padre.
-¡No…Joel…no!
-¿No es nuestro deber conservarla al menos en el mismo estado en que él la dejó? Por esto creo conveniente dar bastante resonancia a la boda de mi hermana.
-Sí, Joel.
-Además, ¿no es hora ya de que Hulda empiece sus preparativos, a fin de que nada se retrase por su parte? ¿Qué contestáis, madre, a mi proposición?
-Que Hulda y tú hagáis lo que sea necesario…-contestó la señora Hansen.
Tal vez se crea que Joel se apresuraba demasiado, y que hubiera sido más conveniente esperar el regreso de Ole para señalar la fecha de la boda y, sobre todo, empezar a hacer los preparativos. Pero, como decía él, lo que estaría hecho ya no tendría que volverse a hacer. Y, además, el ocuparse de los mil detalles que una ceremonia de esta clase lleva consigo, distraería también a Hulda. Era preciso no dejarla sola con sus presentimientos, que nada justificaba ya.
En primer lugar, debían pensar en la dama de honor. Pero no había que inquietarse: ya la habían escogido. Era una simpática muchacha de Bamble, amiga íntima de Hulda. Su padre, el granjero Helmboe dirigía uno de los gaards más importante de la provincia. Este hombre poseía cierta fortuna. Hacía tiempo que apreciaba el carácter generoso de Joel, y no podemos negar que su hija Siegfrid hubiera hecho de dama de honor de Hulda, Hulda a su vez sería su dama. Es una cosa corriente en Noruega. A menudo esas funciones se reservaban para las mujeres casadas. Era un poquito de derogación en provecho de Joel, que Siegfrid Helmboe asistiera a la boda de Hulda Hansen en su calidad de dama de honor.
Tanto para la novia como para la dama de honor, la cuestión más importante era el vestido que se pondría el día de la ceremonia.
Siegfrid, una rubia encantadora de dieciocho años, tenía la intención de presentarse con una toilette que realzara su belleza. Prevenida por Hulda -por medio de una carta que Joel mismo se cuidó de entregarle en sus propias manos- se puso inmediatamente a la obra para realizar este trabajo, que tanto preocupa a las mujeres.
Se trataba, en efecto, de la confección de un corpiño cuyos bordados hacían un dibujo que reseguiría el talle de Siegfrid, encerrándolo como en un estuche. Luego la falda, que llevaría encima de una serie de enaguas, cuyo número estaría en concordancia con la fortuna de Siegfrid, pero sin que por ello perdiera nada de su gracia natural. Y en cuanto a las joyas, era cuestión de saber elegir el collar de filigrana de plata engarzado de perlas, los broches del corpiño, de plata dorada o de cobre, los pendientes en forma de corazón, con discos colgantes, los botones dobles, para abrochar el cuello de la camisa, el cinturón de lana o de seda roja, del cual cuelgan cuatro cadenitas, los anillos, las pulseras de plata labrada; en fin, todas las joyas corrientes en aquellas tierras, en las cuales, a decir verdad, el oro no abunda, la plata es de estaño, las perlas son de vidrio soplado y los diamantes de cristal. Pero era preciso que el conjunto alegrara la vista. Y si fuere necesario, Siegfrid no vacilaría en recorrer las ricas tiendas del Señor Benett, de Cristianía, para realizar sus compras. Su padre no se opondría a ello. Al contrario, el buen hombre dejaba de buena gana que su hija hiciera su voluntad. Siegfrid, de todos modos, era lo bastante razonable para no abusar del bolsillo de su padre. En fin, lo que importaba por encima de todo, era que aquel día Joel la encontrara más bella que nunca.
Y en cuanto a Hulda, le ocurría lo mismo. Pero las modas son implacables y proporcionan muchas preocupaciones a las novias cuando se trata de escoger su ajuar de boda.
Hulda ya no llevaría más las largas trenzas que se le escapaban de su cofia de jovencita, ni tampoco el ancho cinturón con broches, que sostenía el delantal sobre la falda roja. Ya no llevaría los lazos de prometida que Ole le había regalado al marcharse, ni el cordón del cual cuelgan estos saquitos de cuero bordado que encierran la cuchara de plata, de mango corto, el cuchillo, el tenedor, el alfiletero, todos estos objetos de uso constante por una mujer en el hogar.
¡No! El día de la boda, la cabellera de Hulda caería libremente sobre sus hombros, y era tan abundante, que sería necesario añadirle aquellos postizos de lino, que usan las jóvenes noruegas menos favorecidas por la naturaleza. En resumen, tanto para su traje como para sus joyas, Hulda sólo tenía que abrir el baúl de su madre. Efectivamente, estos elementos del tocado se transmiten de boda en boda a todas las generaciones de la misma familia. Así vemos reaparecer el jubón bordado de oro, el cinturón de terciopelo, la falda de seda, lisa o de colores, las medias de wadmel, la cadena de oro del cuello y la corona -esta famosa corona escandinava, conservada en el mejor sitio del cofre, o engalanada de hojas, en fin, la equivalente a la corona de azahar de los demás países de Europa. Lo que es bien cierto es que este nimbo reluciente, con sus delicadas filigranas, sus colgantes sonoros, sus cristales de colores, encuadraría deliciosamente la bonita cara de Hulda. “La novia coronada”, como se dice, haría honor a su esposo. Él también sería digno de ella, con su flamante traje de bodachaqueta corta, con botones de plata muy unidos, camisa almidonada, con cuello alto, chaleco de seda, calzón estrecho ceñido a la rodilla y, colgando del cinto, con su vaina de cuero, el cuchillo escandinavo, el dolknif, que el verdadero noruego no abandona nunca.
Así, pues, tanto de una parte como de otra, tenían mucho trabajo que hacer. No serían muchas las semanas que faltaban, si quería que todo estuviera listo antes de la llegada de Ole Kamp. Después de todo, si Ole estaba de regreso un poco antes de lo que había anunciado y Hulda no estaba aún a punto, no sería Hulda la que se quejaría, ni Ole tampoco.
Con estas ocupaciones pasaron las últimas semanas de abril y las primeras de mayo. Por su parte, Joel había ido personalmente a hacer las invitaciones, aprovechando que su profesión de guía le dejaba entonces bastantes ratos libres. Seguramente tendría muchísimos amigos en Bamble, pues era allí donde iba más a menudo. Aún cuando no había ido a Bergen para invitar a los señores Help, les había escrito al efecto. Y, tal como pensaba, estos honrados armadores habían aceptado gustosos la invitación de asistir a la boda de Ole Kamp, el joven patrón del Viken.
Y llegó el día 15 de mayo. De un día a otro esperaban ver bajar a Ole de su kariol, abrir la puerta y gritar con alegría:
-¡Soy yo…! ¡Ya estoy aquí!
Sólo hacía falta un poco de paciencia. Ya todo estaba listo. Siegfrid, por su lado, sólo necesitaba una señal para comparecer al punto engalanada con todos sus adornos.
Pasó el día 16 y 17, sin recibir ninguna otra carta de Terranova.
-No debes extrañarte, hermanita -le repetía continuamente Joel-. Un barco de vela puede tener muchos retrasos. La travesía es larga desde Saint Pierre-Miquelon a Bergen. ¡Ah!, porque no sería un buque de vapor, ese Viken, y yo la máquina. ¡Cómo le empujaría contra viento y marea, aun cuando tuviera que estallar al llegar al puerto!
Decía todo esto, porque veía que la inquietud de Hulda aumentaba de día en día.
Precisamente tenían muy mal tiempo en Telemark. Un fuerte viento azotaba los altos fields, y aquellos vientos que soplaban del Oeste venían de América.
-¡Este viento debía favorecer la marcha del Viken! -se repetía a menudo la muchacha.
-Sin duda -contestaba Joel-, pero si es demasiado fuerte, puede entorpecerla también y obligarle a hacer frente al huracán. ¿No puede hacerse lo que se quiere en el mar!
-Entonces, ¿tú no estas inquieto, Joel?
-¡No, Hulda, no! Es desagradable este retraso, pero, es natural. No, no estoy nada inquieto y, verdaderamente, no existe motivo para estarlo.
El día 19 llegó a la hostería un viajero que solicitó los servicios de un guía. Se trataba de conducirle hasta el límite del Hardanger, pasando por las montañas. Aún cuando lo contrariaba dejar sola a Hulda en aquellos instantes, Joel no podía rehusar lo que le pedían. Estaría ausente unas cuarenta y ocho horas todo lo más, y Joel esperaba hallar a Ole cuando regresara. La verdad es que el muchacho empezaba a preocuparse. Pero, así y todo, partió a la madrugada, con el corazón en un puño.
A la mañana siguiente, precisamente una hora después del mediodía, llamaron a la puerta de la hostería.
-¡Será Ole! -exclamó Hulda.
Y corrió a abrir.
En el umbral de la puerta se hallaba un hombre cubierto con un abrigo de viaje, que le era completamente desconocido.