Capítulo XX
¡Sí! Era Ole Kamp. Ole Kamp, que había sobrevivido, como por milagro, al naufragio del Viken.
Y si el Telegraf no lo había traído consigo a Europa, fue porque no se hallaba ya entonces en los lugares explorados por el buque de socorro.
Y, si no estaba allí, era que en aquel momento ya se hallaba en camino hacia Cristianía a bordo del buque que lo repatriaba.
Esto es lo que explicó a Sylvius Hog. Esto es lo que repetía sin cesar a todo aquel que quería escucharle. Y podéis creer que todos le escuchaban. Esto era lo que contaba con acento triunfador. Y sus vecinos le explicaban a su vez a los que no tenían la suerte de estar más cerca para oírlo de su propia voz. Y la historia se transmitía de grupo en grupo hasta llegar al público de afuera, agrupado en los patios y en las calles.
En pocos minutos, Cristianía entera sabía a la vez que el joven náufrago del Viken había regresado y que había ganado el primer premio de la lotería de las Escuelas.
Era necesario que fuese Sylvius Hog quien explicara la historia. Ole no habría podido, pues Joel lo estrechaba entre sus brazos hasta ahogarle, mientras Hulda iba volviendo en sí.
-¡Hulda…! ¡Querida Hulda…! -decía Ole-. ¡Sí…! ¡Soy yo… tu prometido… y muy pronto tu esposo!
-¡Desde mañana, hijos míos, desde mañana! -exclamó Sylvius Hog-. Partiremos esta misma noche para Dal. ¡Y, si nunca hasta ahora lo habéis visto, veréis un profesor de leyes, un diputado del Storthing, bailar en una boda, como el más vigoroso de los muchachos del Telemark!
Pero, ¿cómo era que Sylvius Hog conocía la historia de Ole Kamp? Sencillamente, por la última carta que el Departamento de Marina le había escrito a Dal. Efectivamente, aquella carta -la última que había recibido y de la cual no habló a nadie- iba acompañada de otra, fechada en Cristiansand. Esta segunda carta le decía lo que sigue: el brick danés Genius, capitaneado por Kroman, acababa de salir de Cristiansand, conduciendo a bordo a los supervivientes del Viken, entre otros el joven Ole Kamp, y, tres días más tarde, era esperado en Cristianía.
La carta de la Marina añadía que estos náufragos habían sufrido tanto que se hallaban todavía en muy débil estado. Por eso Sylvius Hog no había querido decir nada a Hulda del regreso de su prometido. Por esto, al contestar la carta, había rogado que se conservara el más absoluto silencio sobre este regreso, silencio que había sido guardado para con el público.
Fácil es explicarse, pues, que el buque Telegraf no hubiese encontrado ni restos ni supervivientes del Viken.
Durante una violencia tempestad, el Viken, medio desamparado, se había visto obligado a huir hacia el Noroeste, cuando se hallaba a doscientas millas al sur de Islandia. Durante la noche del 3 al 4 de mayo -noche de grandes ráfagas- chocó contra uno de estos enormes icebergs a la deriva, que salen de los mares de Groenlandia. La colisión fue terrible, tan terrible, que al cabo de cinco minutos el Viken naufragaba.
Fue entonces cuando Ole escribió aquel documento. Había trazado sobre el billete de la lotería un último adiós a su prometida.; luego lo echó al mar, encerrado en una botella.
Pero la mayoría de los hombres que formaban la tripulación del Viken, comprendiendo al capitán también, había muerto en el momento de la colisión. Únicamente Ole Kamp y cuatro de sus camaradas pudieron saltar sobre un pedazo de iceberg en el momento de hundirse el Viken. Pero sólo hubieran conseguido retrasar su muerte si aquella espantosa tormenta no hubiera empujado el banco de hielo hacia el Noroeste. Dos día más tarde, agotados, muertos de hambre, los cinco supervivientes del naufragio eran arrojados sobre la costa de Groenlandia en un paraje desierto. Si no recibían socorros dentro de pocos días, ya podían despedirse de la vida.
¿Cómo podrían tener fuerzas para volver a las pesquerías o los establecimientos daneses de la bahía de Baffin, en el otro litoral?
Fue entonces cuando el brick Genius, que se había visto obligado a desviarse de su ruta por causa de la tempestad, pasó por allí. Los náufragos le hicieron señales. Y fueron recogidos.
Estaban salvados.
Pero el Genius, luchando con los vientos contrarios, sufrió grandes retrasos en aquella travesía tan corta de Groenlandia a Noruega. Esto explica por qué no llegó a Cristiansand hasta el 12 de julio, y a Cristianía el día 15 por la mañana.
Aquella misma mañana Sylvius Hog subió a bordo. Allí encontró a Ole, muy débil todavía. Le explicó todo lo que había pasado desde su última carta, fechada en Saint PierreMiquelon… Luego, lo había conducido a su casa, después de pedir a la tripulación del Genius que mantuvieran en secreto su llegada por algunas horas aún… Y ya conocemos todo lo demás.
Convinieron entonces que Ole Kamp asistiría al sorteo de lotería. Pero, ¿tendría bastantes fuerzas?
¡Sí! Las fuerzas no le faltaban, ya que Hulda estaría allí. Pero, ¿tenía algún interés aún para él, aquel sorteo? ¡Sí, mil veces sí! ¡Tenía tanto interés para él como para su prometida!
Efectivamente, Sylvius Hog había conseguido rescatar el billete de manos de Sandgoist. Lo había comprado por el mismo precio que el usurero de Drammen había pagado a la señora Hansen… Y Sandgoist estuvo muy contento de deshacerse de él, ahora que las ofertas de compra habían cesado.
-Mi querido y valiente Ole -le había dicho Sylvius Hog, al darle el billete-, no es una posibilidad de ganar, muy poco probable en suma, lo que he querido devolver a Hulda, sino el último adiós que le habéis enviado en el momento en que creías morir…
Pues, bien, debemos reconocer que el profesor Sylvius Hog estuvo muy inspirado, más que Sandgoist, que casi se rompe la cabeza contra la pared al saber el resultado de la lotería.
Ahora tenían cien mil marcos en la casita de Dal. ¡Sí! Cien mil marcos redondos, pues Sylvius Hog no quiso jamás que le devolvieran lo que había pagado por rescatar el billete de Ole Kamp.
Era la dote que tuvo la satisfacción de ofrecer a su pequeña Hulda, el día de su boda.
Quizá alguien encuentre muy extraño que este número 9672, sobre el cual recayó tan extraordinariamente la atención de la gente, fuese precisamente el que ganó el premio mayor de la lotería.
Sí, estamos de acuerdo, es extraño, pero no imposible y, en todo caso, así es.
Sylvius Hog, Ole, Joel y Hulda salieron de Cristianía aquella misma noche. El regreso se efectuó por Bamble, pues tenían que regresar a Siegfrid el importe del premio que había ganado. Al volver a pasar por delante de la pequeña iglesia de Hitterdal, Hulda se acordó de los tristes pensamientos que la obsesionaban dos días antes; pero al ver a Ole a su lado, volvió pronto a la feliz realidad.
¡Por San Olaf! ¡Qué bonita estaba Hulda con su corona reluciente, cuando, cuatro días después, salió de la pequeña capilla de Dal del brazo de su esposo Ole Kamp! Y, después, ¡qué ceremonia, cuya gran resonancia llegó hasta los últimos gaards del Telemark! ¡Y qué alegría sintieron todos, la hermosa dama de honor, Siegfrid, su padre, el granjero Helmboe, su futuro yerno Joel y también la señora Hansen, que ya estaba libre de las preocupaciones provocadas por el espectro de Sandgoist!
Tal vez se preguntará si todos aquellos amigos, todos aquellos invitados, los señores Help Hermanos, y tantos otros, habían acudido para asistir a la felicidad de los jóvenes novios, o para ver bailar a Sylvius Hog, profesor de leyes y diputado del Storthing. ¿Quién lo sabe? En todo caso, bailó dignamente y, después de abrir el baile con su querida Hulda, lo acabó con la encantadora Siegfrid.
A la mañana siguiente, saludado por los hurras de todo el valle de Vestfjorddal, partió, no sin prometer antes formalmente que volvería para asistir a la boda de Joel, que se celebró algunas semanas más tarde, con inmensa alegría de los dos contrayentes.
Esta vez el profesor abrió el baile con la encantadora Siegfrid, y acabó la danza con su querida Hulda.
¡Cuánta felicidad se acumuló entonces en aquella casa de Dal, que tantas penas había sufrido! Sin duda, todo era un poco obra de Sylvius Hog, pero éste no quería que fuese dicho, y repetía siempre:
-¡Bueno! ¡Si soy todavía yo quien estoy en deuda con los hijos de la señora Hansen!
En cuanto al famoso billete, fue devuelto a Ole Kamp, después del sorteo de la lotería. Ahora figura en el sitio de honor, encuadrado en un pequeño marco de madera, en la gran sala de la hostería de Dal. Pero, lo que se ve, no es la cara del billete, donde está inscrito el famoso número 9672, sino el anverso en el cual puede leerse el último adiós que el náufrago Ole Kamp dirigió a su prometida Hulda Hansen.
FIN
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