Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XVIII

ÚLTIMOS PREPARATIVOS

L día siguiente varió el tiempo,

A habiendo una recrudescencia de frío; la nieve, la lluvia y los torbellinos se sucedieron durante algunos días.

Bell había terminado su falúa, que correspondía perfectamente al objeto a que se la destinaba. Con su barcaza a popa y alta de borda, podía contrarrestar una mar gruesa sin más que su trinquete y su foque, pudiendo por su ligereza ser conducida en el trineo sin agobiar demasiado a los perros.

En fin, se preparaba para los invernadores una alteración de la mayor importancia en el estado del mar polar. Los hielos en medio de la bahía empezaban a quebrantarse, y los más altos, incesantemente minados por los choques, no necesitaban más que una tempestad algo fuerte para desprenderse de la playa y convertirse en icebergs movedizos. Hatteras no quiso, sin embargo, para empezar su excursión, aguardar a que se consumara la dislocación del campo de hielo. Puesto que el viaje tenía que hacerse por tierra, poco les importaba que el mar estuviese o no libre. Fijó su marcha para el 25 de junio, en cuya fecha podían estar enteramente terminados todos los preparativos. Johnson y Bell se ocuparon en reparar perfectamente el trineo; se reforzaron sus asientos y se renovaron sus patines. Los viajeros contaban con poder aprovechar para su excursión algunas semanas de buen tiempo que la naturaleza concede a las regiones hiperbóreas. No eran, pues, tan crueles los padecimientos que había de arrostrar, ni tan difíciles de vencer los obstáculos.

Algunos días antes de la marcha, el 20 de junio, los hielos dejaron entre sí algunos pasos libres, de los que los viajeros se aprovecharon para probar su falúa en un paseo hasta el cabo Washington. El mar no estaba, ni con mucho, enteramente libre, pero, en fin, no presentaba ya una superficie sólida, y hubiera sido imposible intentar a pie una excursión por entre los icefields quebrantados.

Aquel medio día de navegación permitió apreciar las buenas cualidades náuticas de la falúa.Durante su regreso, los navegantes fueron testigos de una escena curiosa, que consistió en la caza de una foca, llevada a cabo por un oso gigantesco. Éste, afortunadamente, se hallaba demasiado ocupado para percibir la falúa, pues de otra suerte no hubiera dejado de perseguirla.

Estaba al acecho junto a una quebraja del ice- field, por la cual la foca se había evidentemente sumergido. El oso espiaba, pues, su reaparición con la paciencia de un cazador, o, por mejor decir, de un pescador, pues verdaderamente pescaba. Acechaba silencioso, sin moverse ni dar señal alguna de vida.

Pero de repente se agitó algo en el agujero: era el anfibio que subía para respirar; entonces el oso se tendió a lo largo sobre el campo helado, y con sus patas delanteras cerró el contorno de la quebraja.

Un instante después apareció la foca con la cabeza fuera del agua, pero no tuvo tiempo de volverla a sumergir, porque las patas del oso, como distendidas por un resorte, se juntaron y apretaron al animal con un vigor irresistible, y lo arrancaron de su elemento predilecto.

La lucha fue rápida. La foca se defendió durante algunos segundos, y quedó estrujada contra el pecho de su colosal adversario. Éste, llevándosela sin trabajo, aunque ella era de gran tamaño, y saltando ligeramente de un témpano a otro hasta la tierra firme, desapareció con su presa.

– ¡Buen viaje! –dijo Johnson–. El tal oso tiene a su disposición demasiadas patas.

La falúa ganó muy pronto el ancón que Bell le había preparado entre los hielos.

Cuatro días faltaba aún a Hatteras y sus compañeros para emprender su marcha. Hatteras activaba los últimos preparativos. Tenía prisa en dejar aquella Nueva América, aquella tierra que no era suya, a la que él no había dado nombre, y en la cual se consideraba extranjero.

El 22 de junio se empezaron a transportar al trineo los efectos de campamento, la tienda y las provisiones. Los viajeros se llevaban doscientas libras de carne salada, tres cajas de legumbres y de carne en conserva, cincuenta libras de salmuera y de zumo de limón, cinco cuarters (9) de harina, paquetes de berros y de codearía procedentes de las plantaciones del doctor, y, además, doscientas libras de pólvora, los instrumentos, las armas y otros utensilios.

9 380 libras.

Todo junto con la falúa, el bote de goma y el trineo, formaba una carga de cerca de mil quinientas libras, que era muy pesada para cuatro perros, tanto más cuanto que, contra la costumbre de los esquimales que no les hacen trabajar más que cuatro días seguidos, no teniendo quienes les remplazasen, habían de tirar todos los días. Pero los viajeros se prometían ayudarles en caso necesario, y no pensaban hacer sino jornadas cortas. La distancia de la bahía Victoria al Polo era todo lo más de 150 millas, y a 12 millas diarias se necesitaba un mes para salvarla. Además, cuando faltase la tierra, la falúa permitiría concluir el viaje sin fatiga para los perros ni para los hombres.

Éstos gozaban de buena salud. La de todos era excelente; el invierno, aunque rudo, terminaba con suficientes condiciones de bienestar, pues todos, habiéndose dejado guiar por los consejos del doctor, se habían librado de las enfermedades inherentes a tan duros climas.

Algo habían enflaquecido, sin embargo, de lo que se alegraba mucho el digno Clawbonny;

pero habían acostumbrado el alma y el cuerpo a aquella áspera existencia, y, aclimatados, ya podían sobrellevar, sin sucumbir, las más brutales pruebas de la fatiga y del frío.

Por otra parte, iban ya directamente al objeto de su viaje, a aquel Polo inaccesible, y después ya no tendrían que pensar más que en la vuelta. La simpatía que unía a unos con otros a aquellos cinco hombres de la expedición, debía ayudarles a llevar felizmente a cabo su atrevido viaje, y ninguno de ellos dudaba del éxito de la empresa.

Previendo una expedición lejana, el doctor había obligado a sus compañeros a prepararse a ella con anticipación y a desprenderse cuidadosamente del tejido celular superfluo por medio de un ejercicio activo.

– Amigos míos –les decía–, yo no os pido que imitéis a los corredores ingleses, cuyo peso disminuye dieciocho libras en dos días de carrera y veinticinco en cinco días; pero es menester hacer algo para colocarse en las mejores condiciones posibles que requiere un largo viaje. Lo primero, en el corredor como en el jockey, es suprimir la grasa, lo que se consigue por medio de purgantes, transpiraciones y ejercicios violentos. Esos gentlemen saben que este procedimiento cuesta menos que las medicinas a que sin él tendrían que recurrir, y obtienen resultados verdaderamente prodigiosos. De algunos se cuenta que antes de adoptar este método no podían correr el espacio de una milla sin sofocarse, y que después de adaptarlo han podido fácilmente correr el espacio de 25.

Se cita a un tal Townsend, que, sin detenerse, recorría 100 millas en doce horas.

– ¡Magnífico resultado! –respondió Johnson–. Y aunque nosotros no estamos muy gordos, si hay que enflaquecer aún más...

– Es inútil, Johnson, pero podemos decir sin exagerar que el procedimiento produce buenos efectos; da más resistencia a los huesos, más elasticidad a los músculos, más perspicacia al oído, más claridad a la vista, y, por tanto, no lo olvidemos.

En fin, olvidando o no el procedimiento, los viajeros estuvieron en disposición de partir el 23 de junio, y como era domingo, se pasó todo el día en un absoluto reposo.

El instante de la partida se acercaba, y los habitantes del Fuerte Providencia no lo veían llegar sin cierta emoción. No sin cierto dolor en el corazón dejaban aquella choza de nieve que tan bien había desempeñado su oficio de casa; y aquella bahía Victoria, aquella playa hospitalaria en que habían pasado los últimos meses de invernada. ¿Hallarían a su regreso aquellas construcciones? ¿Los rayos del sol acabarían de licuar sus frágiles paredes?

Allí se habían pasado muy buenos ratos, que el doctor, durante la cena, recordó a sus compañeros, y no se olvidó de dar gracias al cielo por su visible protección.

Llegó al fin la hora del sueño. Todos se acostaron para levantarse muy de mañana. Tal fue la última noche pasada en Fuerte Providencia.

Depesza

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