Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XI

HUELLAS ALARMANTES

URANTE la noche del 26 al 27 de abril D varió el tiempo. El termómetro bajó sensiblemente, y los habitantes de la Casa del Doctor lo notaron por el frío que se filtraba debajo de sus mantas. Altamont, de guardia junto a la estufa, tuvo mucho cuidado del fuego, y se vio en la precisión de alimentarlo muy abundantemente para mantener la temperatura interior a 50° sobre cero ( + 10° centígrados).

Aquel enfriamiento, del que se alegró el doctor, anunciaba el fin de la tempestad, y por consiguiente se iban a emprender de nuevo las ocupaciones habituales, la caza, las excursiones, el reconocimiento del terreno, lo que pondría un término a aquellos ocios solitarios, durante los cuales llegan a agriarse los mejores caracteres. Al día siguiente por la mañana, el doctor se levantó temprano y se abrió un camino por entre los hielos acumulados, llegando hasta el faro.El viento había saltado al Norte; la atmósfera era pura, y anchas sábanas blancas ofrecían al pie un tapiz firme y resistente.

Muy pronto los cinco compañeros de invernada habían salido todos de la vivienda, siendo su primer cuidado descargar la casa de las moles de hielo que sobre ella pesaban. La meseta estaba desconocida, y hubiera sido imposible descubrir en ellas los vestigios de una habitación, porque la tempestad, colmando las desigualdades del terreno, lo había nivelado todo, levantándolo por lo menos quince pies.

Era menester despejar la meseta, y luego volver a dar al edificio una forma más arquitectónica, rehacer sus líneas menoscabadas y restablecer su aplomo. La operación no era difícil, y, quitados los hielos, muy pronto se podía devolver a las paredes su grosor normal.

Después de dos horas de un trabajo sostenido, apareció el fondo de granito, y fue practicable la entrada del polvorín y de los almacenes de víveres.

Pero como en aquellos climas variables el mismo estado de cosas podía cambiar de la noche a la mañana, se hizo una nueva provisión de comestibles que fue transportada a la cocina. Aquellos estómagos sobreexcitados por las salazones sentían la necesidad d^ carne fresca, por lo que los cazadores se encargaron de modificar el sistema corriente de alimentación y se dispusieron a partir.

Sin embargo, los últimos días de abril no son aún los de la primavera polar. La hora de la buena estación todavía no había llegado; faltaban seis semanas por lo menos; los rayos del sol, demasiado débiles, no podían penetrar en aquellas llanuras de nieve y hacer brotar del suelo los escuálidos productos de la tierra boreal. Era de temer que escaseasen aún mucho las aves y los cuadrúpedos. Sin embargo, una liebre, algunos pares de ptarmigans o una zorra joven, hubieran figurado con honra en la mesa de la Casa del Doctor, y los cazadores resolvieron disparar contra todo lo que pasase al alcance de su escopeta.

El doctor, Altamont y Bell se encargaron de explorar el país. Altamont, a juzgar por su costumbre, debía de ser un cazador diestro y determinado, un gran tirador, aunque algo presuntuoso. Fue, pues, de la partida, e igualmente Duck, que en su género valía tanto como él, con la ventaja de ser menos hablador.

Los tres compañeros de aventuras se encaramaron por el cono del Este y se internaron por las inmensas llanuras blancas; pero no tuvieron necesidad de ir lejos, pues numerosas huellas se descubrieron a menos de dos millas del fuerte, las cuales bajaban hasta la orilla de la bahía Victoria y parecían envolver el Fuerte Providencia con sus círculos concéntricos.

Después de seguir con curiosidad aquellas pisadas, los cazadores se miraron.

– ¿Y qué? –dijo el doctor–. La cosa me parece clara.

– Demasiado clara –respondió Bell–. Son huellas de un oso.

– Excelente caza –respondió Altamont–, pero que peca por una cualidad.

– ¿Cuál? –preguntó el doctor.

– La abundancia –respondió el americano.

– ¿Qué queréis decir? –repuso Bell.

– Quiero decir que hay aquí huellas de cinco osos, perfectamente distintas, y cinco osos son mucho para cinco hombres.

– ¿Estáis seguro de lo que decís? –preguntó el doctor.

– Mirad, y vos mismo juzgaréis. He aquí una huella que no se parece a otra; las garras de ésta están más separadas que las de aquélla. He aquí las pisadas De un oso más pequeño. Comparad bien, y en un reducido círculo hallaréis las huellas de cinco animales diferentes.

– Es evidente –dijo Bell; después de haber examinado las huellas con atención.

– Entonces –dijo el doctor– no hagamos alarde de un valor inútil, y procuremos estar en guardia. Los osos, al concluirse un invierno riguroso, están muy hambrientos, y pueden ser sumamente peligrosos, y puesto que no es posible dudar de su número...

– Ni aun de sus intenciones –replicó el americano.

– ¿Creéis –dijo el doctor– que han descubierto nuestra presencia en esta costa?

– No cabe la menor duda, a no ser que hayamos caído en un paso de osos; pero entonces, ¿por qué esas huellas se extienden circularmente, en lugar de alejarse hasta perderse de vista? ¡Mirad! Esos animales han venido del Sudeste, y se han detenido en este sitio, y aquí han empezado el reconocimiento del terreno.

– Tenéis razón –dijo el doctor–, y hasta es indudable que han venido esta noche.

– Y, sin duda, las anteriores –respondió Altamont–. Sólo que la nieve ha borrado sus pisadas. –No –replicó el doctor–; es más probable que hayan aguardado el fin de la tempestad.

Impelidos por el hambre, han avanzado por el lado de la bahía, con intención de sorprender algunas focas, y entonces nos habrán olido.

– Es lo que yo creo –respondió Altamont–.

Además, es fácil averiguar si vuelven o no esta noche.

– ¿Cómo? –preguntó Bell.

– Borrando sus pisadas en una parte del terreno que han recorrido, y si mañana encontramos huellas nuevas será evidente que el Fuerte Providencia es el objeto en que los osos tienen puestas sus miras.

– Bueno –respondió el doctor–, así sabremos al menos a qué atenernos.

Los tres cazadores, rascando la nieve, hicieron muy pronto desaparecer las pisadas de un espacio de unas cien toesas.

– Es, sin embargo, singular –dijo Bell– que esos animales nos hayan olido desde tanta distancia, pues no hemos quemado ninguna sustancia grasienta propia para atraerlos.

– ¡Oh! –respondió el doctor–. Los osos están dotados de una vista muy penetrante y de un olfato muy sutil; son, además, muy inteligentes, los más inteligentes tal vez de todos los animales, y han olido por aquí algo a que no están acostumbrados.

– ¿Y quién nos dice –repuso Bell– que durante la tempestad no hayan avanzado hasta la meseta?

– Entonces –respondió el americano–, ¿por qué se habrían detenido en este límite?

– Sí, no hay nada que replicar a eso –dijo el doctor–. Y debemos creer que poco a poco estrecharán el círculo de sus investigaciones alrededor del Fuerte Providencia.

– Allá veremos –respondió Altamont.

– Entre tanto, prosigamos nuestra marcha – dijo el doctor–; pero ojo alerta.

Los cazadores vigilaron con atención, pues podían temer que algunos osos se hubieran emboscado detrás de los montecillos de hielo.

Más de una vez tomaron los gigantescos témpanos por osos, pues muchos tenían su tamaño y su blancura. Pero al cabo, con gran satisfacción suya, comprendieron que todo eran ilusiones.

Regresaron, por fin, al cono, y desde allí su mirada no descubrió ningún peligro desde el cabo Washington hasta la isla Johnson.

Nada vieron; todo era inmovilidad y blancura; nada oyeron: ni un rumor, ni un chasquido. Entraron en la casa de nieve.

Pusieron a Hatteras y a Johnson al corriente de la situación, y se resolvió vigilar con la atención más escrupulosa. Vino la noche; nada turbó su calma espléndida, nada se oyó que indicase la inminencia de un peligro.

Al día siguiente, al rayar el alba, Hatteras y sus compañeros, bien armados, fueron a reconocer el estado de la nieve, y en ella encontraron huellas idénticas a las de la víspera, pero más cercanas. Evidentemente, los enemigos tomaban sus disposiciones para el sitio de Fuerte Providencia.

– Han abierto su segunda paralela –dijo el doctor.

– Y hasta han establecido un punto avanzado –respondió Altamont–. Ved esas huellas que están más cerca de la meseta, pertenecen a un animal poderoso.

– Sí, esos osos nos estrechan poco a poco – dijo Johnson–; es evidente que tienen intención de atacarnos.

– No cabe duda –respondió el doctor–, procuremos no dejarnos ver. No somos bastante fuertes para combatir con éxito.

– ¿Pero dónde pueden estar esos condenados? –exclamó Bell.

– Detrás de algunos témpanos del Este, desde donde nos acechan; no vayamos a aventurarnos imprudentemente.

– ¿Y la caza? –dijo Altamont.

– Aplacémosla para dentro de algunos días

– respondió el doctor–; borremos las huellas más cercanas y veremos mañana por la mañana si se han renovado. Así estaremos al corriente de las maniobras de nuestros enemigos.

Siguióse el consejo del doctor, y volvieron todos a acuartelarse en el fuerte. La presencia de aquellas terribles fieras impedía todas las excursiones. Se vigilaron atentamente las inmediaciones de la bahía Victoria. Se desmontó el faro, que no era entonces de ninguna utilidad, y podía llamar la atención de los animales.

Se metieron dentro de la casa el fanal y los hilos eléctricos, y después se montó una guardia, que se iba relevando, en la meseta superior.

Así la soledad se hacía más enojosa, pero ¿había medio de obrar de otra manera? Los náufragos no podían empeñar una lucha desigual, y era demasiado preciosa vida de cada uno para arriesgarla imprudentemente. Los osos, no viendo a nadie, acaso se desorientarían, y si se presentaban aisladamente se les podía atacar con probabilidades de triunfo.

En medio de aquella inacción, había cierta agitación en los ánimos. Había que vigilar y ninguno dejaba de estar alerta.

El día 28 de abril se pasó sin que los enemigos diesen señal de existencia. Al día siguiente se fueron a reconocer las huellas con un vivo sentimiento de curiosidad, que fue seguido de exclamaciones de asombro.

No había ni siquiera una pisada, y la nieve desplegaba a lo lejos su tapiz intacto.

– ¡Bueno! –exclamó Altamont–. ¡Los osos han perdido ]a pista! ¡No han tenido perseverancia! ¡Se han cansado de esperar! ¡Se han marchado! ¡Buen viaje! ¡Y ahora, nosotros a cazar!

– ¡Poco a poco! –replicó el doctor–. ¿Quién sabe? Para mayor seguridad os pido, compañeros, un día más de vigilancia. Verdad es que el enemigo no ha vuelto esta noche, al menos por este lado...

– Demos vuelta alrededor de la meseta – dijo Altamont–, y sabremos a qué atenernos.

– Buena idea –dijo el doctor.

Pero, por más que se examinó con cuidado todo el espacio en un radio de dos millas, fue imposible encontrar el menor vestigio.

– Pues bien, ¿no cazamos? –preguntó el impaciente americano.

– Aguardaremos a mañana –respondió el doctor.

– Pues hasta mañana –dijo Altamont, resignándose a pesar suyo.

Volvieron al fuerte. No obstante, lo mismo que la víspera, cada cual estuvo en su puesto de observación por espacio de una hora.

Cuando llegó la vez a Altamont, fue a relevar a Bell a la cúspide del cono.

Apenas salió, Hatteras llamó a sus compañeros. El doctor dejó su cuaderno de notas y Johnson sus hornillos.

Podía creerse que Hatteras iba a hablar de los peligros de la situación, pero ni siquiera pensaba en ellos.

– Amigos –dijo–, aprovechémonos de la ausencia del americano para hablar de nuestros asuntos. Hay cosas con las cuales nada tiene él que ver, y no quiero que se meta en ellas.

Los interlocutores del capitán se miraron, no sabiendo dónde iría a parar.

– Deseo –dijo– entenderme con vosotros acerca de nuestros proyectos futuros.

– Bien, bien –respondió el doctor–; hablemos, ya que estamos solos.

– Dentro de un mes –repuso Hatteras–, o, todo lo más, dentro de seis semanas, va a llegar el momento de las grandes excursiones.

¿Habéis pensado en lo que convendría emprender durante el verano?

– ¿Y vos, capitán? –preguntó Johnson.

– Yo puedo decir que no pasa una hora de mi vida en que no me halle en presencia de mi idea. Supongo que ni uno solo de vosotros tendrá la intención de retroceder...

Esta insinuación quedó sin respuesta inmediata.

– En cuanto a mí –repuso Hatteras–, aunque tuviera que ir solo, iría hasta el Polo Norte, del cual nos hallamos, todo lo más, a 360 millas.

Nunca otros hombres se habían aproximado tanto a este término apetecido, y yo no perderé esta ocasión propicia sin haberlo intentado todo, hasta lo imposible. ¿Cuáles son, acerca del particular, vuestros proyectos?

– Los vuestros –respondió el doctor.

– ¿Y los vuestros, Johnson?

– Los del doctor –respondió el contramaestre. –Ahora hablad vos, Bell –dijo Hatteras.

– ¡Capitán –respondió el carpintero–, nosotros, es verdad, no tenemos familia que nos aguarde en Inglaterra; pero, en fin, el país es el país! ¿No pensáis, pues, en regresar?

– El regreso –repuso el capitán– se puede verificar lo mismo después del descubrimiento del Polo. Mejor aún. Las dificultades no aumentarán, porque remontando, nos alejamos de los puntos más fríos del globo. Tenemos aún combustible y provisiones para mucho tiempo. Nada puede, pues, detenernos, y seríamos culpables si no llegásemos hasta el fin.

– Pues bien –respondió Bell–, todos somos de vuestra opinión, capitán.

– Bien –respondió Hatteras–. Yo no he dudado jamás de vosotros. Triunfaremos, amigos míos, y de Inglaterra será toda la gloria de nuestro triunfo.

– Pero hay un americano entre nosotros – dijo Johnson.

Hatteras, al oír esta observación, no pudo reprimir un gesto de cólera.

– Lo sé –dijo con voz grave.

– Y no podemos abandonarle –repuso el doctor.

– ¡No! ¡No podemos! –respondió maquinalmente Hatteras.

– Y él irá a donde vayamos.

– ¡Sí, irá! Pero ¿quién mandará?

– Vos, capitán.

– Y obedeciéndome vosotros, ¿se negará ese yanqui a obedecerme?

– No lo creo –respondió Johnson–, pero ¿y si no quisiera someterse a vuestras órdenes?

– Entonces la cuestión sería entre él y yo.

Los tres ingleses miraron a Hatteras y callaron. El doctor volvió a tomar la palabra.

– ¿Cómo viajaremos? –dijo.

– Siguiendo la costa en cuanto sea posible – respondió Hatteras.

– Pero si hallamos el mar libre, como es probable...

– Lo pasaremos.

– ¿De qué modo? No tenemos embarcación.

Hatteras no respondió. ¿Qué podía responder?

– Tal vez se podría –dijo Bell– construir una lancha con los restos del Porpoise.

– ¡Jamás! –exclamó violentamente Hatteras.

– ¿Jamás? –repitió Johnson.

El doctor meneaba la cabeza comprendiendo la repugnancia del capitán.

– ¡Jamás! –volvió a decir éste–. ¡Una lancha hecha con la madera de un buque americano, sería americana!

– ¡Pero, capitán...! –repuso Johnson.

El doctor hizo una señal al contramaestre para que no insistiese en aquel momento. Era preciso reservar aquella cuestión para un momento más oportuno, y el doctor, que, al mismo tiempo que comprendía las repugnancias de Hatteras, no participaba de ellas, se prometió obligar con el tiempo a su amigo a revocar una decisión tan absoluta.

Habló de otra cosa, de la posibilidad de remontar la costa directamente hasta el Norte, y hasta el punto desconocido del globo que se llama Polo boreal.

Dio a la conversación un giro que no fuese ocasión para compromisos, hasta el momento en que terminó de pronto, es decir, hasta el momento de entrar Altamont.

Éste no tenía nada que decir.

Así concluyó el día, y la noche se pasó tranquilamente. Los osos habían, evidentemente, desaparecido.

Depesza

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