Agencia Thompson y Cia.

CAPÍTULO X

EN EL QUE SE DEMUESTRA LA PRU-

DENCIA DE JOHNSON L A isla de San Miguel afecta la forma de una calabaza de las usadas para contener vino, pero muy alargada; en las dos esferas que determinan la parte cerrada de la calabaza, dos ciudades: Ponta Delgada al Sur, Ribeira Grande al Norte. Un camino bueno y fácil, que no excede de los doscientos metros de altitud, facilita la comunicación entre esas dos ciudades, casi iguales por el número de sus habitantes, y que distan entre sí unos diez y ocho kilómetros, aproximadamente.

Pero el resto de la isla, a derecha e izquierda de esa depresión, se perfila en crestas más elevadas. Para el segundo día estaba reservada la parte del Oeste, tras una noche pasada en Ribeira Grande, donde serían conducidas desde Ponta Delgada las monturas de relevo. El primer día debía ser suficiente para visitar la parte oriental: Teniendo en cuenta las sinuosidades del camino, cada día resultaría un trayecto de unos cuarenta kilómetros. Tarea, en suma, bastante ruda. Con los informes recogidos de Roberto y de los guías, había Thompson creído deber adelantar hasta las seis y media la partida, que el programa fijaba a las ocho.

Esta decisión hubo de valerle una escena terrible de parte de Hamilton y de Saunders.

Ambos acólitos quejáronse con violencia de aquellos continuos cambios introducidos en un programa que debiera constituir la ley en las excursiones.

– ¡Y además, caballero, retenga usted bien esto '–había concluido diciendo Saunders, separando bien las sílabas y subrayándolas–: Yo-nopar-ti-ré-a-las-seis-y-me-dia.

– Ni yo tampoco –había apoyado el baronet, celoso de igualar a su modelo–, y Lady Hamilton tampoco partirá, y Miss Hamilton hará lo mismo que su madre. Todos nosotros estaremos en el muelle a las ocho en punto, según especifica su programa de usted, y contamos con encontrar allí los medios de transporte que el programa promete. ¡Téngalo en cuenta!

Tal vez serían fundadas las observaciones de Hamilton y Saunders; pero Thompson, pese a su buen deseo de complacer y contentar a sus pasajeros, se sentía ya al término de su paciencia para con estos dos. Limitóse a saludarlos secamente, sin concederles la menor respuesta.

Dejando a bordo a la joven Thargela, la cabalgata, enteramente parecida a la de Fayal, emprendía la marcha el día siguiente por la mañana, a las siete en punto, a una señal de Thompson. Podían notarse en ella numerosas deserciones.

Hallábase ausente el joven matrimonio, y ausente el temeroso Johnson, que continuaba huyendo de los temblores de tierra.

Ausentes asimismo los Hamilton y Saunders. Ausentes por fin, dos o tres pasajeros a quienes la edad vedaba una excursión de tanto empeño.

No contaba en total la columna más que con cincuenta turistas, entre ellos comprendido don Higinio de Veiga, cuyos dos hermanos habían preferido permanecer a bordo.

Gracias a don Higinio, figuraba Blockhead entre los excursionistas. Hubiérale Thompson descartado implacablemente si el portugués no hubiera intercedido por él, prometiéndole para la mañana misma la curación del interesante enfermo. Bajo esta seguridad había sido admitido el tendero honorario; pero a condición de que habría de mantenerse invariablemente a cien metros detrás de la última línea. Caminaba, pues, solo, sin otra compañía que el asno y su guía, y no parecía, por lo demás, muy contrariado a causa de su situación anormal. Era Blockhead de aquellos que saben tomarse interés por todo, ver siempre las cosas por el lado bueno. ¡Feliz carácter... en los antípodas del que adornaba al caprichoso Hamilton!

Saliendo de la ciudad por el Este, los turistas llegaron a las ocho a la campiña, pudiendo entonces creerse transportados a los alrededores de Horta. Los mismos campos de cereales y de legumbres. En el fondo las mismas clases de árboles se alzaban en masas verdinegras. Una diferencia, no obstante, esencial se advertía pronto entre Fayal y San Miguel en favor de la segunda isla. No había en ésta espacios áridos, sino al contrario, ni un trozo de tierra laborable que no se hallase cultivado. Nada de zonas peladas sobre las cumbres que desde los valles se descubrían, sino antes bien magníficos bosques de abetos, admirable resultado de los incesantes esfuerzos de la administración local, que desde hacía cincuenta años repoblaba sin cesar millares de pies cuadrados.

Un poco antes de mediodía desembocó la caravana a orillas de un ancho valle.

– El Valle de las Fumas –dijo el guía de cabecera.

Rodeado de un cinturón de montañas áridas, aquel valle afecta, casi con toda perfección, la forma de un gran círculo de unos tres kilómetros de radio. Hacia el Oeste la línea de montañas desciende, para dejar huir un arroyo que por una estrecha cortadura penetra en el valle por el Nordeste.

Los turistas remontaron Ribeira Quente, o Arroyo Cálido, con sus orillas dedicadas al cultivo de legumbres hasta sus fuentes termales, situadas más allá de una villa, cuyos techos, dorados por el sol, descubrieron a dos kilómetros.

Muy singular es aquella parte del país. Por doquier surgen fuentes, calientes las unas, las otras frías; pero todas con un notable grado de mineralización. Algunas, reducidas a un imperceptible hilo de agua, han recibido de los indígenas el nombre de olhas, los ojos. Otras son más importantes. Una de ellas brota en una especie de taza. Con gran ruido lanza a casi un metro de altura una columna de agua bullidora, hirviente, cuya temperatura se eleva a 105 grados centígrados. En torno de ella la atmósfera se halla oscurecida por vapores sulfurosos que se depositan sobre el suelo y recubren matas de hierba, plantas y flores de una pétrea corteza.

Blockhead, a la apremiante invitación de Thompson, tuvo que afrontar aquellos vapores.

Tal era, en efecto, la cura imaginada por don Higinio, que se contentaba con hacer aplicación de un remedio muy popular en San Miguel, y que el instinto de los animales incomodados por los parásitos ha señalado desde hace mucho tiempo a la sazón humana.

Remedio enérgico, a buen seguro. Apenas si era posible en las proximidades de la fuente soportar el calor del agua. Blockhead, sin embargo, no vaciló, desapareciendo valerosamente tras la barrera de ardientes vapores. En el fondo no estaba descontento de aplicarse aquel desusado remedio.

Cuando salió Blockhead de su estufa tal vez no estuviese curado; pero, cuando menos, estaba indudablemente cocido. Congestionado, corriendo al suelo en arroyos el sudor de su cara, reapareció en un estado lamentable.

No había, sin embargo, terminado su suplicio. Por indicaciones de don Higinio, los turistas se reunieron junto a otra fuente situada a unos diez metros de la primera.

Más espantable aún, esta fuente bulle en el fondo de una especie de caverna, que los indígenas creen firmemente ser una de las bocas del infierno. El hecho es que en el fondo de esta caverna el agua, invisible, silba de un modo terrible, en tanto que hacia fuera se desliza enorme cantidad de barro jabonoso, con lo cual contaba don Higinio para acabar la curación de su enfermo.

Por su orden, Blockhead, habiéndose despojado de sus vestidos, fue hundido muchas veces en aquel lodo, cuya temperatura alcanzaba cuando menos 45 grados centígrados. El desventurado Blockhead no podía materialmente más. y pronto estalló en verdaderos alaridos, cubiertos por las estrepitosas carcajadas de sus poco caritativos compañeros.

Mas a aquellos gritos y a aquellas risas responde un estrépito espantoso. De la caverna escápase una densa humareda, mezclada con amenazadoras lenguas de fuego, en tanto que una columna de agua se eleva en los aires y cae en lluvia abrasadora sobre los audaces visitantes.

Llenos de terror, huyeron éstos; para darles valor fue precisa la seguridad que les dieron los guías de que aquel fenómeno se producía frecuentemente y con tanta mayor violencia cuanto más fuerte fuera el ruido que se hiciese en los contornos, sin que nadie hubiera nunca podido dar alguna explicación aceptable de aquel tan extraño fenómeno.

Blockhead se había aprovechado del pánico para evitarse su baño de lodo. Y a la sazón se remojaba en la Ribeira Quente, cuyas aguas, algo más que templadas, parecíanle a él deliciosamente heladas.

Ahora bien: ¿tiene realmente el remedio indicado por don Higinio las propiedades que le atribuyen los indígenas? ¿O bien Absyrthus Blockhead no había tenido más que una enfermedad imaginaria? No puede resolverse la cuestión. Lo cierto es que al tendero honorario se le consideró como curado a partir de aquel instante, y pudo volver a tomar parte en la vida común.

Tras el almuerzo, suministrado a duras penas por la población de la villa, almuerzo que, aun asemejándose mucho a la comida campestre de Fayal, fue, con todo, un poco menos fantástico, la columna volvió a formarse hacia las diez. Iba a partir, o, más bien, había dado ya los primeros pasos, cuando una segunda caravana desembocó a su vez en la villa.

Diminutivo de la primera, no comprendía ésta más que ocho personas en junto. Pero a la vez, ¡ qué personas! Nada menos que Saunders,

Sir, Lady y Miss Hamilton, acompañados de sus cuatro guías, que habían partido al minuto reglamentario, es decir, con seis cuartos de hora de retraso, que cuidadosamente conservaran.

Habiéndose apeado de sus monturas Hamilton y Saunders, avanzaron gravemente hacia Thompson, que silbaba entre dientes.

– ¿Podemos esperar, señor mío, hallar aquí almuerzo?

– A fe mía, caballero, lo ignoro –respondió Thompson, con una chocante desenvoltura–. Si quieren ustedes dirigirse a ese bravo hospedero que está junto a aquella puerta, tal vez pueda satisfacerles..., si, no obstante, esos caballeros y esas damas han dejado en el país algo que poner entre las mandíbulas.

Thompson se emancipaba. Alzaba la cabeza. Sacudía el yugo. Hamilton quedó altamente sorprendido ante aquellos pujos de independencia. ¡Qué mirada hubo de lanzarle! Saunders esperó voluptuosamente, confiando en que, a falta de manjares más civilizados, el terrible baronet aplacara su hambre a expensas del audaz administrador.

Pero éste había vuelto descuidadamente la espalda, y, sin otra formalidad, dio a sus fíeles la señal de partida.

Abandonando el Valle de las Fumas, la caravana costeó durante algún tiempo el lago del mismo nombre, que llena una depresión oval que fue un cráter en otro tiempo.

Tuvo en seguida que subir un sendero en zigzag, que la llevó gradualmente a las mesetas superiores. Semejante ascensión fue asaz fatigosa. Pronto el pie de los animales hirió, con un ruido de tela rasgada, un suelo seco, compuesto exclusivamente de una especie de ceniza gris que se aplastaba bajo sus cascos.

– La Lagoa Secca –anunció el guía de cabecera.

– La Laguna Seca –tradujo Roberto–. Nos hallamos aquí sobre el emplazamiento de un antiguo cráter, el cual había venido a sustituir en otro tiempo un lago de doscientas hectáreas de extensión y treinta metros de profundidad.

Este lago desapareció a su vez, y el cráter fue nivelado por la erupción de 1563 que trastornó esta parte de la isla. En el curso de esta erupción fue cuando una montaña entera, el monte Volcao, se abismó en las entrañas del suelo. En su lugar se extiende hoy el lago «de Fogo», o lago del Fuego. Creo que pronto podremos admirarlo.

Viósele, en efecto. Y viéronse asimismo muchos otros. Se vieron demasiados, que no eran otra cosa sino cráteres transformados en lagos, alcanzando algunos 200 ó 300 metros de profundidad, no excediendo otros de dos o tres metros. A la larga, esto llegó a resultar monótono.

Noche cerrada era ya cuando por escarpados senderos se descendió a la ciudad de Ribeira Grande. Los turistas, asaz fatigados, apenas si se tomaron el tiempo preciso para comer en un miserable hotel, donde para la excursión del día siguiente se hallaban esperando las monturas de relevo.

No era Ribeira Grande ciudad a propósito para que en un solo hotel pudiera albergarse una tan numerosa tropa. Menester fue separarse, y no constituyó poca fortuna el que aquel alojamiento hubiera sido por esta vez preparado de antemano.

– Levántense ustedes para partir a las siete en punto –les había indicado Thompson.

¡Ay, qué de faltas a aquella cita! Fue preciso multiplicar las llamadas. Thompson de un lado y Roberto de otro, corrieron a través de la ciudad en busca de los refractarios. Trabajo perdido, las más de las veces. Todos se declaraban derrengados, y se quejaban amargamente de que escuadrones enteros de belicosas chinches, con cargas irresistibles, les habían imposibilitado de dormir ni un solo instante. Con grandes fatigas llegaron Thompson y su lugarteniente a reunir una tercera parte de los viajeros. ¡Veintidós turistas! ¡ He ahí lo que quedaba de la imponente caravana! Y aun de éstos, la mayor parte mostraban un aspecto bastante lastimoso.

Entre aquellos veintidós valientes figuraba, naturalmente, la familia Lindsay. No era a semejantes viajeros aguerridos a quienes una etapa de cuarenta kilómetros podía abatir. Y lo mismo Roger de Sorgues, fiel caballero de la risueña Dolly.

También figuraban en este número Blockhead y su familia. ¿Podía desaprovechar el tendero honorario una ocasión de ejercer sus facultades admirativas? De buen o mal grado, había arrastrado a su mujer y a sus hijas, que avanzaban con altivo paso, acaso arrastrando a su vez a Tigg.

En cuanto a Saunders y al trío de los Hamilton, correctamente arribados la víspera a Ribeira Grande con hora y media de retraso,

¿abríanse cuidado muy mucho de faltar a uno solo de los artículos del programa. Muertos o vivos, acabarían la excursión. Y, así, fieles a sus inmutables principios, no partirían más que a la hora convenida.

Anunciando el programa la partida para las ocho, a las ocho, por consiguiente, fue cuando tomaron posesión de sus nuevas monturas; y hubieran comenzado de nuevo las ocurrencias de la víspera, sin la pereza de sus compañeros.

Convertida de regimiento en batallón, de batallón en compañía, de compañía en simple escuadra, la columna de los turistas dejó rápidamente tras de sí las casas extremas de Ribeira Grande.

Habiendo llegado tarde y partido pronto, los intrépidos viajeros no podían conocer nada de aquella ciudad, cuya población excede de 13.000 almas. ¿Deberían lamentarlo? Nada de eso. Fuera de sus fuentes, muy inferiores a las del Valle de las Fumas, aquella gran ciudad, sucia y de pésimas construcciones, nada ofrece de interesante.

Durante media hora el camino se desarrolló en un terreno bastante llano, sembrado de numerosos conos volcánicos; pero pronto comenzó el suelo a elevarse, entrándose de nuevo en la región de las montañas. La campiña conservaba su carácter de riqueza y de fecundidad.

Todo hablaba del paciente trabajo humano. Ni una cresta que no se hallase poblada de bosque, ni un rincón de tierra laborable que no se encontrase trabajado.

En aquel distrito del Oeste parecía más densa la población; a cada instante se encontraban parejas de campesinos. El hombre marchaba majestuosamente el primero; su mujer, a diez metros de él, caminaba con humildad. Tímidas, semiocultas, disimuladas en un vasto manto de capuchón, menor pero más cerrado que el de Fayal, aquellas mujeres pasaban cual fantasmas, sin que fuera posible distinguir su fisonomía. A medida que se alejaban de los centros populosos, los capuchones se cerraban más. Y hasta llegó el caso de que al arribar, hacia las diez, a un pueblecillo vieran los turistas con gran extrañeza que las mujeres, a su aproximación, se ponían modestamente de cara a la pared.

– ¡Fuerza es que sean feas! –observó Dolly, encontrando una razón muy femenina a aquellas exageraciones de pudor.

A la salida de aquel pueblo el camino se trocó en sendero, al paso que la pendiente se acentuaba de modo muy notable.

Cuatrocientos metros por encima de ellos, los turistas distinguieron entonces la cresta de la montaña, cuyas faldas les ocultaba el horizonte. Escalando fatigosamente por el serpenteante sendero llegaron casi a la mitad, y todos entonces imploraron un momento de reposo.

Desde la mañana había franqueado veinte kilómetros en condiciones muy fatigosas. Conductores y conducidos se hallaban exhaustos de fuerzas.

Volvía la columna a emprender la marcha un cuarto de hora después, cuando un ruido confuso se elevó hacia la cumbre de la montaña. Al propio tiempo se formaba una gran nube de polvo que se desplegó con gran rapidez, pareciendo seguir las sinuosidades del sendero.

El ruido inexplicable aumentaba de segundo en segundo... Extraños sonidos se desgajaban de él... ¿Bramidos...? ¿Aullidos...? ¿Ladridos...? Los guías mismos parecían inquietos.

Llevando sus monturas al abrigo de una choza abandonada, que por fortuna se hallaba próxima, todos se encontraron bien pronto en seguridad. Tan sólo al desdichado Blockhead hubo de faltarle el tiempo. La grupa de su asno asomaba aún por el ángulo de la casucha, cuando la nube de polvo llegó rápida como el rayo. Esto bastó. En un instante el infortunado tendero fue arrebatado, arrastrado... ¡desapareció!

Sus compañeros lanzaron un grito de terror.

Pero la tromba había ya pasado, llevando más lejos su furia devastadora, y Blockhead se levantaba, estornudando, sí, pero sin herida aparente. Todos se precipitaron hacia él... Él no parecía nada conmovido; en su plácida fisonomía sólo se veía una sorpresa y admiración reales. Y en tanto que sus miradas sorprendidas seguían la nube de polvo que rodaba por la pendiente, una exclamación imprevista salía de labios del maltrecho viajero,

– ¡Qué cochinos! –decía con un acento de viva admiración.

Cierto que aquello que acababa de sucederle era bastante desagradable. Sus compañeros encontraron la expresión un poco fuerte. No obstante, tenía razón el bueno de Blockhead.

¡Eran cochinos, cerdos, verdaderos cerdos los que le habían dado aquel formidable asalto!

En cuanto al origen de aquel pánico, en cuanto a la causa que había trocado en irresistible catapulta a aquella partida de animales, ordinariamente inofensivos, los guías mismos no se lo explicaban.

Era justamente mediodía cuando los turistas llegaron a la cresta. Como en lo alto de la chimenea de Fayal, la magnificencia de aquel espectáculo les hizo permanecer clavados en el sitio.

Excediendo todo lo que la imaginación puede concebir, el suelo ante ellos se abría en una boca inmensa de cuatrocientos metros de profundidad y figurando un óvalo sumamente regular de veintiocho metros de anchura.

Más allá de la estrecha cresta el descenso seguía inmediatamente a la subida.

Todas las pendientes interiores estaban cubiertas de la más hermosa vegetación y conducían suavemente hasta el fondo de la paradójica depresión, en medio de la cual un pueblo delicioso se inundaba de sol, bañado por dos lagos más azules que el cielo.

Franqueando los límites de este abismo, la mirada abarcaba libremente la isla entera.

Hacia el Norte, un caos de escarpaduras cubiertas de bosques de naranjos; después, más lejos, campos y casas. Hacía el Oeste, un océano de cumbres y la campiña, ora verde, ora salpicada de negros y salvajes barrancos; más allá, en fin, de las playas de San Miguel distinguíanse, como manchas en el inmenso espejo del mar, los vagos contornos de Tercera al Noroeste y de Santa María al Sudeste.

No consintiendo la hora un alto demasiado prolongado, dirigiéronse rápidamente hacia el pueblo; desvaneciéndose poco a poco el encanto a medida que se iban acercando a él, y desapareciendo del todo cuando llegaron a las casas.

Aquel pueblo ennoblecido de lejos por la gloria deslumbrante del sol no era ni menos sucio ni menos miserable que los demás.

– Las Siete Ciudades –había dicho Roberto.

¡Y en verdad que sentaba bien tan pomposo nombre a aquella aglomeración de tan miserables casuchas!

– ¡ Con tal que encontremos almuerzo! – masculló Roger entre dientes.

Los escasos recursos del pueblo bastaron con todo para la reducida tropa de turistas.

Hora y media después, bien o mal restaurados, pudieron emprender el camino de regreso. De visitar los volcanes, los barrancos, los derrumbaderos y los precipicios numerosos en el valle del cráter, ni siquiera se habló; como tampoco de ir a admirar las pintorescas cascadas que encierra.

Faltaba tiempo para ello.

– Es muy inglés este modo de viajar –hizo observar Roger a su compatriota–. ¿Ver algo?

¿A qué hacerlo, desde el momento en que uno se echa al coleto su correspondiente ración de kilómetros?

Once millas aproximadamente separan el pueblo de Siete Ciudades de Ponta Delgada.

Habiendo salido a las tres de la tarde, los viajeros debían franquear fácilmente aquella distancia antes de ponerse el sol.

Entrados en el valle por el Norte, subieron ahora las pendientes meridionales, no sin lanzar una mirada de pena al pueblo cuya gracia renacía a medida que la distancia se aumentaba.

Durante esta primera parte de la marcha, no se cambió ni una sola palabra. Inclinados sobre el cuello de sus asnos todos se habían absorbido en la penosa ascensión del pizarroso sendero... ¡Qué suspiro de alivio y consuelo cuando, llegados a la cresta recibieron en pleno rostro la brisa del mar, cuyas lejanas ondas se reflejaban seiscientos metros más abajo!

Desatáronse las lenguas. ¿Y de qué se había de hablar sino del espectáculo que acababa de contemplarse?

– ¿Podrá usted decirnos, señor profesor – preguntó Thompson a Roberto–, cuál es el origen del abismo que acabamos de atravesar, y de dónde le viene el nombre de Siete Ciudades?

– ¡Dios mío, caballero, el origen es siempre el mismo! –respondió Roberto–. Trátase de volcanes apagados, cuyo cráter ha llenado más o menos la lluvia. Este es más vasto que los otros: he ahí todo. En cuanto al nombre de Siete Ciudades, es probablemente un recuerdo de las siete poblaciones fundadas en la isla fanática de Antilia por los siete obispos legendarios que se expatriaron de Portugal cuando la invasión de los moros. Según una creencia popular, las ciudades fundadas por esos obispos fueron tragadas por el mar, juntamente con la isla misteriosa que las sostenía. El pueblo ha querido, sin duda, perpetuar la leyenda denominando así este cráter, cuyo origen fue análogamente un hundimiento del suelo durante la erupción de 1445.

– ¡Tan cerca de nosotros! –exclamó Thompson, con una especie de temor que recordaba los terrores de Johnson–. Supongo que esos fenómenos habrán cesado desde hace mucho tiempo...

– Sí y no –contestó Roberto–. Otras erupciones más violentas tuvieron lugar en 1522 y en 1652. Además la isla de San Miguel, y sobre todo la parte Oeste en que ahora nos encontramos, se halla particularmente expuesta a las convulsiones volcánicas. El último terremoto serio tuvo lugar en 1811.

Pero Thompson quería ser tranquilizado...

– En fin, ¿cree usted, señor profesor, que semejantes catástrofes pueden producirse de nuevo?

– A fe mía, caballero, yo no sé nada acerca del particular –respondió Roberto sonriendo–.

Cierto es que en las Azores, como en otras partes, la actividad volcánica muestra tendencia a decrecer. Sin embargo...

Roberto no tuvo tiempo de acabar. Como si el suelo hubiera súbitamente faltado bajo sus pies, hombres y animales rodaron revueltos en confuso montón. Nadie, por fortuna, había sufrido el menor daño. En un instante todos estuvieron nuevamente de pie.

– He aquí la respuesta –dijo Roberto a Thompson.

Mas, de pronto, uno de los guías lanzó un grito terrible, extendido el brazo hacia la cresta;

después de haber lanzado aquel grito, huyó a todo correr en dirección al valle, como enloquecido de espanto.

Un riesgo terrible amenaza, en efecto, a los turistas. A menos de cien metros, directamente sobre ellos, el suelo estaba alterado por terroríficas convulsiones. En medio de estrépito, de rugidos semejantes a los de cien colecciones de fieras, el piso se levantaba como el mar, entrechocándose sus pesadas masas de arena. El sol se ocultaba ya tras una densa nube de polvo.

Los desgraciados viajeros siguiendo a sus guías precipitáronse hacia un peñasco de la derecha al abrigo de un lienzo enorme cuyo saliente podía tal vez salvarles.

Era tiempo.

Con un horrible rechinamiento las tierras desunidas tomaron impulso y se precipitaron por la pendiente. Un trozo de montaña oscilaba. Caía... Débil al principio, la velocidad de la avalancha se aceleró de metro en metro, llegando a ser vertiginosa. El ruido se hizo ensordecedor.

Los turistas, con el corazón en un puño, sin hablar, temblorosas las manos, esperaban con el alma tensa.

Al primer choque fue destrozado el peñasco protector. Perdido en el torbellino, vino a constituir uno de los proyectiles con que la montaña bombardeaba el valle. Nada defendía ya entonces a los viajeros y el tropel desencadenado de las rocas rodó como un alud, pasando a algunas pulgadas tan sólo de sus inermes cuerpos.

En veinte segundos todo había terminado.

Pero largo tiempo hacía falta para que la naturaleza recobrara su calma inmensa, y los viajeros no se atrevían aún a romper ni con un gesto la inmovilidad en que les dejara el espantoso y tremendo cataclismo.

Acostados los unos al pie de la formidable muralla de peñascos; en pie los otros con los brazos en cruz, la espalda pegada contra la roca, haciendo esfuerzos sobrehumanos para disminuir el espesor de su cuerpo, la vida parecía haberles abandonado.

La primera que tomó posesión de sí misma y se dio cuenta de la realidad fue Alice Lindsay.

De repente habíase ella visto agazapada en una anfractuosidad de las rocas. ¿Cómo había ido a parar allí? ¿Quién la llevó? ¿Su cuñado? ¿No habría sido más bien Roberto que, sin darse cuenta de ello, continuaba protegiéndola aún, cubriéndola con su propio cuerpo?

– He aquí que por dos veces, caballero, si se cuenta el alboroto de Tercera, soy a usted deudora de gran reconocimiento –dijo, al fin, separándose.

No pareció comprender Roberto.

– En verdad, señora, no me lo debe usted más que a cualquier otro a quien el azar, en una y otra circunstancia, hubiera puesto a su lado.

El movimiento de Alice había roto el encanto que paralizaba a sus compañeros. Todos se sacudieron, estiraron sus miembros y poco a poco volvieron los corazones a palpitar con ritmo regular...

Para regresar a Ponta Delgada no había que pensar ya en sendero. Nivelada por el asalto furioso de las tierras y los peñascos, la montaña bajaba entonces por una pendiente regular, que se hallaba sembrada de una infinidad de bloques detenidos en su caída.

Acontecimiento de mayor gravedad; la mayor parte de las caballerías habían perecido;

las que quedaban se reservaron para las personas mayores y todos se aventuraron con precaución por aquel piso lleno de quebradas hendeduras.

Antes de la partida cinco o seis guías, reuniendo sus voces, habían llamado al camarada desaparecido. Vanas habían resultado aquellas llamadas. En su insensata fuga hacia el valle, el desdichado –y aquello era demasiado cierto– había sido cogido por la avalancha; y... ¿dónde dormiría ahora el sueño eterno bajo su pesado sudario de veinte metros de tierra?

Pusiéronse en marcha sin pérdida de tiempo. Convenía apresurarse, no fuera que se repitiese el cataclismo. La marcha, no obstante, tenía forzosamente que ser lenta con el estado del terreno y no se pudo volver al camino antes de la noche. Diez kilómetros les separaban aún de Ponta Delgada. Franqueóse aquella distancia en dos horas, y a las nueve menos veinte subían los turistas a bordo del Seamew muy fatigados, pero sanos y salvos.

Sus compañeros, vueltos de Ribeira Grande por el camino, se encontraban allí hacía largo tiempo. Aplaudiéronse mucho por su pereza cuando llegaron a conocer los incidentes de la jornada.

Mas aún que ellos, el que triunfó fue Johnson, cuya resolución, después de todo, no era tan disparatada.

– ¿Parece, pues, caballero –dijo a Roberto, sin ningún género de modestia–, que hubieran debido que. darse todos aquí hoy?

– En efecto, caballero.

– ¡ Eh, eh, otro tanto me hubiera ocurrido si yo cometiera la necedad de seguirles!

– Es probable. Note usted, sin embargo, que todos hemos arribado a puerto seguro.

– Salvo, no obstante, un guía, según he oído decir –replicó Johnson sin conmoverse–. ¡Los demás... será para otra vez! Pero dígame usted, si gusta, al dejar a San Miguel vamos a Madera,

¿no es así?

– A Madera, sí, señor –respondió Roberto, sin saber adonde quería ir a parar aquel excéntrico.

– ¿Y en Madera hay también temblores de tierra?

– No lo creo –dijo Roberto.

– Bueno –dijo Johnson–. Digamos, pues, que nada hay que temer en esa deliciosa isla.

– ¡Dios mío! –respondió Roberto–, No..., yo no veo..., no..., salvo acaso las inundaciones...

– ¡Inundaciones! –interrumpió vivamente Johnson–. ¿Usted ha dicho inundaciones...?

¿Las hay, pues?

– Algunas veces.

– Muy bien –concluyó fríamente Johnson–.

Entonces, caballero, anote usted esto en sus papeles –agregó, recalcando sus palabras–: ¡Yo no pondré los pies en vuestra condenada isla de Madera!

Y el incorregible poltrón, girando sobre sus talones, volvió al buffet, donde pronto resonó su voz pidiendo alguna bebida aperitiva y confortante.

Mientras que Johnson triunfaba así, una muy desagradable sorpresa turbaba, por el contrario, a Thompson.

Apenas llegaron a bordo, cuando una gran embarcación llegó al costado del Seamew. En un instante viose el puente invadido por una veintena de agentes de policía, conducidos por un oficial, que se dirigió a Thompson.

– Caballero –dijo secamente aquél en un inglés bastante malo–. El buque de vapor Ca- moens acaba de arribar a nuestro puerto, trayéndonos el relato de los incalificables hechos de que la rada de Angra ha sido teatro. No vengo a ventilar este asunto, que concierne a nuestra diplomacia. Pero un punto me atañe a mí, y es el descubrimiento del ladrón. Autorizándonos su conducta a pensar que usted le da asilo, tendrá a bien considerarse como detenido en el puerto de Ponta Delgada. Prohibición absoluta a sus pasajeros y a usted mismo de abandonar el buque y comunicar con tierra antes de las pesquisas que en él habrán de hacerse.

Todo aquel discurso había sido pronunciado en un tono que no admitía réplica. Un inglés puede, sin embargo, ser arrogante, pero no debía esperarse así entonces; Thompson se acobardó.

– ¿Cuándo –preguntó– tendrán lugar esas pesquisas?

– Mañana –se le contestó.

– ¿Y cuánto tiempo habrá de verse retenido mi buque?

– Eso lo ignoro –concluyó diciendo el oficial de policía–; pero me figuro que todo el tiempo necesario para que el culpable sea descubierto y encarcelado. Servidor, señores.

A estas palabras, el oficial tocó ligeramente el borde de su gorra y volvió a su embarcación, dejando a Thompson absolutamente desesperado.

Depesza

Urząd nadania: sieć światowa · Miejsce przeznaczenia: pokład Nautilusa

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