Segunda patria

III

LA CORBETA INGLESA LICORNE - LOS CAÑONAZOS OÍDOS - LLEGADA DE LA PINAZA - LA FAMILIA ZERMATT - LA FAMILIA WOLSTON - PROYECTOS DE SEPARACIÓN - CAMBIOS MUTUOS - LA DESPEDIDA - MARCHA DE LA CORBETA.

La Licorne, pequeña corbeta de diez cañones, que ostentaba el pabellón británico, estaba en curso de navegación, yendo de Sydney (Australia) al cabo de Buena Esperanza. El teniente Littlestone tenía a sus órdenes una tripulación compuesta de sesenta hombres. Aunque es costumbre que un barco de guerra no admita pasajeros, la Licorne había sido autorizada para recibir a bordo a una familia inglesa, cuyo jefe, por motivos de salud, se veía precisado a regresar a Europa. Dicha familia se componía de mister Wolston, mecánico-constructor, su mujer, Merry Wolston, y sus dos hijas, Annah y Dolí, de diecisiete años la una y de catorce la otra. Esta familia contaba, además, con un hijo, James Wolston, que habitaba entonces en Capetown, con su mujer y su hijo.

Seis semanas antes, la Licorne había abandonado el puerto de Sydney, y después de haber recorrido la costa meridional de Australia habíase di rígido hacia los parajes del nordeste del océano índico.

En el curso de aquella travesía, por orden del almirantazgo, el teniente Littlestone debía cruzar aquellas latitudes y buscar, ya en la costa occidental de Australia, ya en las islas vecinas, si existían algunos sobrevivientes de la Doráis, de la que no se tenían noticias desde hacía treinta meses. No se conocía exactamente el lugar del naufragio, aunque no hubiese duda de la catástrofe, puesto que el contramaestre y tres tripulantes del mencionado barco, recogidos en el mar, habían sido conducidos a Sydney. Respecto al capitán Greenfield, y a los marineros y pasajeros, entre otros, la hija del coronel Montrose, difícil fuera conservar esperanza de encontrarlos, después de oír la relación que del naufragio hizo el contramaestre. No obstante, el gobierno de la Gran Bretaña quiso que se efectuasen nuevas pesquisas, tanto en aquella parte del océano índico, como en las cercanías del mar de Timor. Allí son numerosas las islas, poco frecuentadas por los barcos de comercio, y convenía visitar tas que estaban próximas a los parajes donde, probablemente, la Dorcas había naufragado. A consecuencia de esto, desde que dobló el cabo Lecuwin, al extremo sudoeste de Australia, la Licorne se dirigió hacia el norte. Después de haber practicado inútiles pesquisas en algunas de las islas de la Sonda, volvió a tornar el camino del Cabo. Allí, combatida por violentas tempestades, tuvo que luchar durante una semana, no sin sufrir grandes averías, viéndose obligada a buscar un punto donde hacer escala para repararse.

El 8 de octubre los vigías señalaron tierra en dirección sur. Se trataba, indudablemente, de una isla, cuyo yacimiento no indicaban los mapas más modernos. El teniente Littlestone ordeno dirigirse a aquella tierra, y encontró refugio en el fondo de una bahía de su costa oriental, sitio muy abrigado contra los vientos y a propósito para fondear.

La tripulación se puso a la faena sin perder tiempo. Sobre la playa se alzaron algunas tiendas. Organizóse un campamento, tomando todas las medidas que la prudencia demandaba, pues podía suceder que aquella costa fuera habitada o frecuentada por salvajes, y es sabido que los naturales del océano Indico gozan de detestable reputación, muy justificada.

Llevaba la Licorne dos días en aquel punto cuando, en la mañana del 10 de octubre, una doble detonación, que venía del oeste, atrajo la atención del teniente y de los tripulantes.

Esta doble detonación merecía respuesta, y la Licorne la dio con una salva de tres cañonazos, disparados por la batería de babor.

Hecho esto el teniente esperó. No podía hacer otra cosa. Estando su barco en reparación, era imposible aparejar para salir de la bahía y doblar la punta nordeste. Era menester que transcurriesen algunos días para que estuviese en estado de navegar. No dudaba de que las detonaciones de la corbeta habrían sido oídas, pues el viento venía de alta mar, y consideraba probable la próxima llegada de un barco a vista de la bahía.

Algunos vigías fueron colocados en la arboladura del barco. Por la tarde aún no había aparecido ninguna vela. La mar estaba desierta al norte; desierta igualmente la porción del litoral que limitaba la curvatura de la bahía. El teniente Littlestone, por prudencia, no creyó oportuno enviar un destacamento para reconocer por tierra aquellos lugares, pues quizá hubiera sido exponer a sus hombres a un mal encuentro. Además, las circunstancias no lo exigían de modo imperioso. Cuando la Licorne pudiera dejar su anclaje, rodearía aquella tierra, cuya situación acababa de señalarse con gran exactitud, 19° 30’ de latitud y 114° 5’ de longitud al este del meridiano de la isla de Hierro, que pertenece al grupo de las Canarias del océano Atlántico. No era dudoso que fuera una isla, pues no existe ningún continente en aquella parte del océano índico.

Transcurrieron tres días sin que ocurriera nada nuevo. Verdad es que una violenta tempestad se había desencadenado, aunque la Licorne permaneció en seguridad al abrigo de la costa.

El 13 de octubre, y en la misma dirección que los primeros, oyéronse varios cañonazos.

A esta salva, en la que entre cada detonación mediaba un intervalo de dos minutos, respondió la Licorne con siete cañonazos separados por el mismo intervalo. Como las nuevas detonaciones no parecieron venir de más cerca que las precedentes, el teniente dedujo que el barco de donde aquéllas partían no debía de haber cambiado de lugar.

Aquel día, a las cuatro de la tarde, el teniente Littlestone, que se paseaba mirando con su anteojo, advirtió la presencia de una pequeña embarcación. Tripulada por dos hombres, se deslizaba entre las rocas. Aquellos hombres, de negra piel, debían de ser naturales del país y de la raza malaya o australiana. Su presencia demostraba que aquella parte de la costa estaba habitada, así es que se tomaron medidas de precaución en previsión de un ataque, siempre de temer en los parajes del océano índico. Entretanto la canoa, una especie de kayak, se acercaba. Se la dejó llegar. Cuando estuvo a tres cables de la corbeta, los dos salvajes dejaron entender una lengua absolutamente incomprensible.

El capitán Littlestone y sus oficiales agitaron sus pañuelos y levantaron sus manos para indicar que estaban sin armas. El kayak no pareció dispuesto a avanzar más. Un instante después se alejaba, impulsado rápidamente por los remos y desaparecía tras el promontorio.

Llegada la noche, el teniente Littlestone consultó con sus oficiales sobre la oportunidad de enviar el bote mayor para reconocer la costa septentrional. En efecto: la situación debía aclararse. No eran salvajes los que habían disparado los cañonazos oídos por la mañana. No se debía dudar que al oeste de la isla hubiese un barco, tal vez naufragado, y que pedía socorro. Se acordó que al siguiente día se efectuaría un reconocimiento en la dirección indicada, y la chalupa iba a ser echada al mar a las nueve de la mañana cuando el teniente Littlestone mandó suspender la maniobra.

A la punta del cabo acababa de aparecer, no un kayak, ni una de las piraguas que usan los naturales, sino un ligero barco de construcción moderna, una pinaza de quince toneladas. Cuando estuvo próxima a la Licorne, izó un pabellón blanco y rojo.

¡Qué sorpresa experimentaron el teniente, los oficiales y los tripulantes de la corbeta cuando vieron que una canoa se destacaba de la pinaza, se arbolaba una bandera blanca a popa en señal de amistad, y la canoa se dirigía hacia la corbeta!

Dos hombres subieron a bordo de la Licorne y se dieron a conocer. Eran suizos: Jean Zermatt y su hijo mayor Fritz, los náufragos del Landlord, de los que no se tenía noticia desde hacía diez años.

Los ingleses no escasearon las manifestaciones de cordialidad al padre y al hijo. Después éstos propusieron al teniente Littlestone que fuera a bordo de la pinaza, y éste accedió con gusto.

Monsieur Zermatt presentó con orgullo al teniente, primero a su esposa y después a sus cuatro hijos. Su ademán resuelto, sus rostros inteligentes y su salud fueron objeto de admiración. Toda la familia resultaba extraordinariamente simpática. Jenny fue presentada en seguida al capitán Littlestone.

– ¿Qué nombre tiene la tierra en la que desde hace doce años vivís, monsieur Zermatt? —preguntó Littlestone.

– Le hemos dado el de la Nueva Suiza, y espero que lo conservará —respondió monsieur Zermatt.

– ¿Es una isla? —dijo Fritz.

– Sí, una isla del océano índico que no está indicada en los mapas.

– Ignorábamos que fuese una isla —dijo Ernest—, pues con el temor de un mal encuentro no hemos abandonado nunca esta parte de la costa.

– Y habéis obrado muy cuerdamente, puesto que nosotros hemos visto indígenas

– respondió el teniente Littlestone.

– ¿Indígenas? —exclamó Fritz con asombro.

– Sí —afirmó el teniente—. Ayer… En una especie de piragua, más bien un kayak.

– Esos indígenas éramos mi hermano y yo —respondió Jack riendo—. Nos tiznamos rostro y brazos para pasar por salvajes.

– ¿Y con qué fin?

– Porque no sabíamos con quiénes teníamos que habérnoslas, y vuestro barco podía ser un barco de piratas.

– ¡Oh! —dijo el teniente Littlestone—. ¡Un navío de S. M. el rey jorge III…!

– Sí…, convengo en ello —respondió Fritz—, pero nos pareció preferible regresar a nuestra casa, de Felsenheim, a fin de volver tocios juntos.

– Fritz y Jack —añadió monsieur Zermatt— notaron que vuestro barco estaba en reparación, y teníamos la seguridad de encontrarle en el fondo de esta bahía.

¡Qué dicha la de Jenny cuando el teniente Littlestone le manifestó que el nombre del coronel Montrose no le era desconocido, y que aun antes de la partida de la Licorne para el mar de las indias los periódicos habían anunciado la llegada del coronel a Portsmouth y después a Londres! Pero, como en aquella época se había esparcido la noticia de que los pasajeros y tripulantes de las Dorcas habían perecido, a excepción del contramaestre y los tres marineros desembarcados en Sydney, el desgraciado padre fue presa de terrible desesperación, ante la idea de que su hija había encontrado la muerte en aquella catástrofe. Desesperación con la que únicamente podría compararse su alegría cuando supiera que Jenny había sobrevivido al naufragio de la Doráis.

Entretanto, la pinaza se preparaba a regresar a la bahía del Salvamento, donde monsieur y madame Zermatt pensaban ofrecer hospitalidad al teniente Littlestone.

Este mostró empeño en retenerlos hasta el final del día. Después, como aceptaran pasar la noche en la bahía, levantáronse tres tiendas al pie de las rocas, una para los cuatro hijos, otra para el padre y la madre, y la tercera para Jenny Montrose.

Monsieur Zermatt contó su historia desde su llegada a la Nueva Suiza. Como es natural, el teniente y sus oficiales manifestaron el deseo de visitar el alojamiento de la pequeña colonia, o sea, las cómodas instalaciones de Felsenheim y de Falkenhorst.

Después de una excelente cena servida a bordo de la Licorne, monsieur y madame Zermatt, sus cuatro hijos y Jenny se despidieron del teniente Littlestone y se retiraron a descansar bajo las tiendas.

Solos ya, monsieur Zermatt dijo a su esposa:

– Querida Betsie. Se nos ofrece ocasión de volver a Europa, de volver a ver a nuestros compatriotas y amigos… Pero preciso es pensar que nuestra situación ha cambiado. La Nueva Suiza no es ahora una isla desconocida. No tardarán en visitarla otros navíos.

– ¿Y qué quieres decir con eso? —preguntó madame Zermatt.

– Que es preciso decidir si debemos o no aprovechar esta ocasión.

– Querido esposo —respondió Betsie—. Desde hace algunos días pienso en el caso, y he aquí el resultado de mis reflexiones: ¿Para qué abandonar esta tierra donde somos tan felices? ¿Para qué reanudar relaciones que el tiempo y la ausencia han debido romper por completo? ¿No hemos llegado a una edad en que la aspiración mayor es el descanso? ¿A qué, pues, aventurarnos a los riesgos de una larga travesía?

– ¡Ah, querida esposa! —exclamó monsieur Zermatt abrazando a Betsie—. ¡Me has comprendido…! ¡Sí…! ¡Abandonar nuestra Nueva Suiza seria casi ingratitud con la Providencia…! Pero no se trata únicamente de nosotros… Nuestros hijos…

– ¿Nuestros hijos? —respondió Betsie—. Comprendo que quieran volver a su patria. Son jóvenes. El porvenir es suyo; y aunque su ausencia nos cause profundo disgusto, conviene dejarles en libertad.

– Tienes razón, Betsie. Pienso lo mismo que tú.

– Que nuestros hijos se embarquen a bordo de la Licorne… Ellos volverán…

– Ademas, es preciso que pensemos en Jenny —dijo monsieur Zermatt—. No podemos olvidar que su padre, el coronel Montrose, está de regreso en Inglaterra desde hace dos años… Dos años que llora la pérdida de su hija… Natural es que ella quiera reunirse con su padre.

– Gran pena será la nuestra al ver partir a esa joven, a la que consideramos como una hija —respondió Betsie—. Fritz siente por ella profundo afecto, del que ella participa… Pero nosotros no podemos disponer de Jenny…

Monsieur y madame Zermatt hablaron largamente de todas estas cosas. Comprendían bien las consecuencias que traía el cambio producido en su situación, y el sueño no vino a ellos hasta hora muy avanzada de la noche.

Al siguiente día, después de abandonar la bahía y haber doblado el cabo del Este, la pinaza desembarcó al teniente Littlestone, a dos de sus oficiales, a la familia Zermatt y a la de Wolston, en la desembocadura del arroyo de los Chacales.

Los ingleses experimentaron el mismo sentimiento de admiración y sorpresa que había experimentado Jenny Montrose al llegar por vez primera a Felsenheim. Monsieur Zermatt recibió a sus huéspedes en la casa de invierno, con propósito de hacerles visitar después el castillo de Falkenhorst, la quinta de Prospect-Hill y las alquerías de Waldegg, de Zuckertop y de Eberfurt.

El teniente Littlestone y sus oficiales no pudieron menos de admirar la prosperidad de aquella Tierra Prometida, debida al ánimo, inteligencia y común esfuerzo de una familia de náufragos, durante sus doce años de abandono en aquella isla. Así es que a los postres de la comida que les fue servida en el salón de Felsenheim, brindaron en honor de los colonos de la Nueva Suiza.

En el transcurso de aquel día, mister Wolston, su mujer y sus dos hijas tuvieron ocasión de entablar amistad con monsieur y madame Zermatt. Así, no es de extrañar que al llegar la noche, mister Wolston, al que su estado de salud obligaba a una estancia de algunas semanas en tierra, dijera:

– Monsieur Zermatt, ¿me permitís que os hable con toda confianza y sinceridad?

– Seguramente.

– L,a vida que llevan en esta isla me place sobremanera —dijo mister Wolston—. Paréceme que ya me siento mejor en medio de esta hermosa naturaleza, y me consideraría feliz con vivir en un rincón de vuestra Tierra Prometida…, siempre que no tuvierais reparo que oponer…

– Ninguno, mister Wolston —se apresuró a responder monsieur Zermatt—. Mi esposa y yo tendríamos gran gusto en admitiros en nuestra colonia… Fiemos resuelto acabar nuestros días en la Nueva Suiza, que ha llegado a ser nuestra segunda patria, y tenemos el propósito de no abandonarla jamás.

– ¡Hurra por la Nueva Suiza! —exclamaron alegremente los huéspedes.

Y vaciaron en honor de ella sus copas llenas de vino de las Canarias, que madame Zermatt sustituía por el vino indígena en las grandes ocasiones.

– Y ¡hurra por los que quieren vivir en ella! —añadieron Ernest y Jack.

Fritz no dijo nada. Jean inclinó la cabeza sobre el pecho.

Cuando los visitantes partieron para volver a bordo de la Licorne y Fritz se encontró a solas con su madre, la abrazó sin pronunciar palabra. Pero como advirtiese su emoción, nacida de la idea de que su hijo mayor pensaba en partir, Fritz, arrodillándose ante ella, exclamó:

– ¡No, madre, no! ¡Nunca te dejaré!

Jenny, que se acercó a ellos, dijo arrojándose en brazos de madame Zermatt:

– ¡Perdón…! ¡Perdón…! Voy a causaros una gran pena… Yo, que os amo como a mi madre… Pero… pensad… Mi padre está allí…, lejos… ¿Puedo dudar?

Madame Zermatt y Jenny permanecieron juntas. Después de su conversación parecía que Betsie estaba resignada a una separación.

En este momento entraron monsieur Zermatt y Fritz. Jenny, dirigiéndose al primero, dijo:

– ¡Padre mío! (por vez primera le dedicaba tan dulce nombre). Bendecidme como mi madre acaba de hacerlo. Dejadme…, dejadnos partir para Europa… Vuestros hijos volverán… Nada podrá separarles de vosotros. El coronel Montrose es un hombre de corazón y pagará la deuda de su hija. ¡Qué Fritz venga a buscarle a Inglaterra…! ¡Confiadnos el uno al otro! ¡Vuestro hijo responde de mí, al igual que yo respondo de él…!

Para abreviar: he aquí lo que se convino, con la aprobación del teniente de la Licorne. El desembarco de la familia Wolston dejaba algunas plazas libres a bordo de la corbeta. Fritz, François y Jenny las ocuparían en compañía de Dolí, la más joven de las señoritas Wolston, que iría a reunirse con su hermano en Capetown, y lo traería a Nueva Suiza con su mujer y su hijo. Ernest y Jack no abandonarían a sus padres.

La misión encomendada al teniente Littlestone estaba cumplida; en primer lugar porque había encontrado a Jenny Montrose, única superviviente de los pasajeros de la Dorcas, y además, porque la Nueva Suiza ofrecía un excelente punto de escala en el océano Indico. Como monsieur Zermatt era dueño de la isla en su calidad de primer ocupante, se la ofrecía a la Gran Bretaña, y el teniente Littlestone prometió ocuparse en trabajar aquel asunto y obtener la aprobación del gobierno británico.

Era, pues, de suponer que la Licorne volvería a tomar posesión de la isla. Se llevaría a Fritz, François y Jenny Montrose. Después embarcaría en Capetown a James Wolston y a su hermana Dolí, a su mujer y a su hijo. Respecto a Fritz, llevaría, con el consentimiento de madame Zermatt, los documentos necesarios para efectuar su matrimonio, matrimonio que el coronel Montrose aprobaría, y era de suponer que se prestase a acompañar a los recién casados a la Nueva Suiza.

Todo, pues, estaba perfectamente arreglado. Pero era natural que los miembros de la familia Zermatt experimentaran gran tristeza al separarse, aunque el regreso de Fritz, de François, de Jenny, del padre de ésta y quizá de algunos otros que les siguieran, traería nueva dicha y próspero porvenir para la colonia.

Se dio comienzo a los preparativos. Algunos días más y la Licorne estaría dispuesta a partir de la bahía del litoral oeste, a la que dio su nombre. Arreglado el aparejo, la corbeta inglesa se daría de nuevo al mar, dirigiéndose al cabo de Buena Esperanza.

Jenny quiso llevar al coronel Montrose algunos objetos que ella había fabricado con sus propias manos en la Roca Humeante.

Cada uno de ellos recordaba aquella vida tan animosamente soportada durante más de dos años de soledad. Fritz se encargó del cuidado de aquellos objetos, que vigilaría como si se tratara de un tesoro.

Monsieur Zermatt confió a sus hijos todo cuanto ofrecía valor comercial y podía ser convertido en dinero en los mercados de Inglaterra; las perlas recogidas en gran cantidad y que producirían una suma considerable; el coral, pescado a lo largo de los islotes de la bahía de Nautilos; la nuez moscada y la vainilla, productos con los que se llenaron varios sacos.

Con el dinero proveniente de la venta de estos diversos productos, Fritz compraría el material necesario para la colonia, material que sería embarcado en el primer navío en que los colonos tomaran pasaje con su pacotilla. Ésta formaría un cargamento bastante importante para exigir un navío de varios centenares de toneladas. Además, monsieur Zermatt efectuó algunos cambios con el teniente Littlestone. De este modo se procuró algunos barriles de vino y de aguardiente, trajes, ropa blanca, municiones, o sea, una docena de barriles de pólvora y balas. Toda vez que la Nueva Suiza bastaba a las necesidades de sus habitantes, importaba, sobre todo, asegurarse el servicio de las armas de fuego, necesarias no solamente para la caza, sino también para la natural defensa, en el caso, no muy probable, de que los colonos fueran atacados por los piratas o por los indígenas, si algunas tribus de éstos ocupaban la parte no reconocida al otro lado de las montanas del sur. El teniente de la Licorne se encargó de entregar a las familias de los pasajeros que habían perecido los valores y alhajas recogidos a bordo del Landlord. Se trataba de varios miles de piastras, collares, sortijas, relojes de oro y plata, todo un capital en esas preciosas inutilidades del lujo europeo. Aparte su valor material, tales objetos deberían tener el del recuerdo para los parientes de los náufragos.

Monsieur Zermatt había escrito un diario de su vida. Fritz lo llevaría a Inglaterra y lo publicaría, a fin de asegurar a la Nueva Suiza el puesto a que tenía derecho en la nomenclatura geográfica. [1]

Los preparativos quedaron terminados la víspera de la partida.

Todas las horas que sus ocupaciones le dejaban libres, habíalas pasado el teniente Littlestone en la intimidad de la familia Zermatt. Se esperaba que antes de un año, después de hacer escala en El Cabo y de haber recibido en Londres las órdenes del Almirantazgo, en lo que a la colonia concernía, volvería a tomar posesión oficial de la isla en nombre de la Gran Bretaña. Al regreso de la Licorne la familia Zermatt estaría reunida para no separarse nunca.

Llegó el 19 de octubre.

Desde la víspera, la corbeta, que había abandonado la bahía de la Licorne, estaba anclada a una encabladura del islote del Tiburón. ¡Triste día para monsieur y madame Zermatt y para Ernest y Jack, de los que Fritz, François y Jenny iban a separarse al siguiente día, como lo fue igualmente para mister y mistress Wolston, puesto que su hija Doll también partía!

¿No era precisamente pedir a aquellos bravos corazones una firmeza superior a sus fuerzas? y ¿cómo habían de contener sus lágrimas?

Monsieur Zermatt intentó disimular su emoción, pero no pudo. Betsie y Jenny lloraron, abrazándose estrechamente, lágrimas de madre e hija. Al alba, la chalupa conducía a los pasajeros al islote del Tiburón. Monsieur y madame Zermatt, Ernest, Jack y mister y mistress Wolston y su hija mayor les acompañaban.

En dicho islote, a la entrada de la bahía del Salvamento, se cambiaron los últimos adioses, mientras la chalupa llevaba los equipajes a la corbeta. Se abrazaron estrechamente. No se podía hablar de escribirse, puesto que no existía medio de correspondencia entre Inglaterra y la Nueva Suiza… No… Sólo se habló del día en que volvieran a verse, de regresar lo más pronto posible, de hacer de nuevo vida común… Después la canoa de la Licorne llevó a bordo a Jenny Montrose, a Doll Wolston, confiada a sus cuidados, y a Fritz y a François.

Media hora después, la corbeta levaba anclas, y con favorable viento nordeste se dirigía a alta mar, después de haber saludado con tres cañonazos el pabellón de la Nueva Suiza.

A estos tres cañonazos respondieron los del islote del Tiburón, disparados por Ernest y Jack. Una hora más tarde, las altas velas de la Licorne habían desaparecido tras las últimas rocas del cabo de la Esperanza Perdida.

Sürgöny

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