II
EL REGRESO DEL KAYAK - LA IMPRESIÓN PRODUCIDA - RESOLUCIÓN TOMADA - TRES DÍAS DE TEMPESTAD - LA PROA AL ESTE - EL BARCO ANCLADO.
Los ecos de Felsenheim repercutieron de roca en roca la doble detonación de la batería del islote del Tiburón.
En tal momento, monsieur y madame Zermatt, Jenny, Ernest y François corrieron a la playa, y pudieron advertir la blancuzca humareda de las dos piezas que se dirigía lentamente hacia Falkenhorst. Agitando sus pañuelos respondieron con un hurra menos ruidoso, pero que salía de sus corazones.
Después cada cual se disponía a volver a sus quehaceres cuando Jenny, mirando con el anteojo en dirección al islote, dijo:
– Fritz y Jack vuelven.
– ¿Ya? —dijo Ernest—. Apenas han tenido tiempo de volver a cargar los cañones, tienen gran prisa en reunirse a nosotros.
– Así lo parece —respondió monsieur Zermatt, advirtiendo que el kayak acababa de abandonar el islote.
No había duda de que aquel punto movible que el catalejo permitía virar a la derecha del islote era la ligera embarcación que navegaba rápidamente al impulso de los remos.
– Es muy extraño… —hizo observar monsieur Zermatt—. ¿Tienen que comunicarnos alguna noticia…, alguna noticia importante?
– Así lo creo —respondió Jenny.
¿Sería buena o mala esta noticia? todos se lo preguntaban sin pretender resolver la cuestión.
Todas las miradas se dirigían hacia el kayak, cuyo tamaño aumentaba. En un cuarto de hora estuvo a mitad del camino del islote del Tiburón y de la desembocadura del río de los Chacales. Fritz no había izado la vela porque la brisa caía, y maniobrando únicamente con los remos, los dos hermanos marchaban mas rápidamente que el viento sobre las aguas apenas rizadas de la bahía del Salvamento.
Entonces a monsieur Zermatt le acometió la idea de que tan precipitado regreso fuese una huida, y que quizás una piragua de salvajes, persiguiendo al kayak, iba a aparecer a la vuelta del islote, o hasta una embarcación de piratas venida de alta mar. Pero no manifestó su inquietante pensamiento. Seguido de Betsie, de Jenny, de Ernest y de François llegó a la extremidad de la caleta, a fin de interrogar a Fritz y a Jack en cuanto arribasen.
Un cuarto de hora después el kayak se detenía junto a las primeras rocas que servían de embarcadero en el fondo de la caleta.
– ¿Qué sucede? —preguntó monsieur Zermatt.
Fritz y Jack saltaron a la arena. Sofocados, sudorosos, llenos de fatiga, al principio no pudieron responder más que con ademanes, mostrando el litoral al este de la bahía del Salvamento.
– Pero ¿qué ocurre? —preguntó François cogiendo el brazo de Fritz.
– ¿No habéis oído? —dijo al fin el último cuando recobró el habla.
– Sí… Los dos cañonazos que habéis disparado en el islote del Tiburón —dijo Ernest.
– No —respondió Jack—. No los nuestros, sino los que nos han contestado.
– ¿Cómo? —dijo monsieur Zermatt—. ¿Detonaciones?
– ¿Es posible…? ¿Es posible? —repetía madame Zermatt.
Jenny se había aproximado a Fritz y, pálida por la emoción, dijo a su vez:
– ¿Habéis oído detonaciones por esa parte?
– Sí, Jenny —respondió Fritz—. Tres cañonazos disparados con intervalos regulares.
Hablaba Fritz con tan seguro tono, que no era posible creer que hubiera error por su parte. Además, Jack confirmó las palabras de su hermano, añadiendo:
– No hay duda de que un barco se encuentra a la vista de la Nueva Suiza, y que su atención ha sido atraída por la descarga de nuestras piezas.
– ¡Un barco…! ¡Un barco…! —murmuraba Jenny.
– ¿Y estáis seguros de que era en dirección del este? —insistió monsieur Zermatt.
– Sí… En dirección este —respondió Fritz—, y de ahí deduzco que solo una o dos leguas deben separar la bahía del Salvamento de alta mar.
Era lo probable; pero sépase que no se había efectuado exploración alguna en el litoral de la bahía del Salvamento.
Tras un momento de sorpresa, de estupefacción, podría decirse, es fácil imaginar la naturaleza de los sentimientos que invadieron el alma de los huéspedes de Nueva Suiza.
Un navío… Había seguramente un navío a la vista… Un navío cuyos cañonazos habían sido llevados por el viento hasta el islote del Tiburón… ¿No era aquello un lazo por el que aquella tierra ignorada, donde desde hacía once años vivían los náufragos del Landlord, se unía al resto del mundo habitado? ¡El cañón es la voz de los navíos, con él hablan a largas distancias, y aquella voz acababa de hacerse oír por vez primera desde que la batería del islote del Tiburón saludaba la partida y la llegada del buen tiempo! Parecía como si se hubiese presentado aquella eventualidad con la que no contaban ya monsieur Zermatt y los suyos, como si aquel barco hubiese hablado una lengua que ellos ya no comprendían.
Se rehicieron y sólo pensaron en lo favorable de la nueva situación. Aquel lejano ruido llegado hasta ellos no era uno de esos ruidos de la naturaleza, a los que desde hacía largo tiempo estaban habituados: el crujido de los árboles bajo la violencia del huracán, el estrépito del mar bajo el imperio de la tempestad, el estampido del trueno durante las poderosas borrascas de aquella zona intertropical… ¡No! Aquel ruido era debido a la mano del hombre. El capitán, los tripulantes del navío que pasaba por alta mar no podían ya creer que aquella tierra estuviera inhabitada… ¡Si se detenían en la bahía su pabellón saludaría al pabellón de la Nueva Suiza!
Así es que todos vieron en aquel suceso la certeza de la próxima libertad. Madame Zermatt sentía desvanecerse sus temores por lo por venir. Jenny pensaba en su padre, al que no esperaba volver a ver. Monsieur Zermatt y sus hijos se encontraban entre sus semejantes… Y todos se abrazaron estrechamente.
La primera impresión, pues, que experimentó aquella familia abandonada fue la que produce la realización de los más caros deseos. Tomando aquel suceso por lo que tenía de dichoso, llenóse de esperanza y de agradecimiento hacia el cielo.
– Lo primero es dar gracias a Dios, cuya protección jamás nos ha faltado —dijo François—. A El debe dirigirse nuestro reconocimiento y a Él deben dirigirse nuestras plegarias.
Natural era que François se expresase de este modo. Sábese de qué sentimientos religiosos estaba siempre animado, y éstos se habían hecho más profundos con los años. Era un carácter recto, tranquilo, lleno de amor por los suyos, es decir, para los que habían constituido su humanidad hasta entonces. Era el último de los hermanos, y, sin embargo, el consejero en los raros disgustos que surgían en el seno de tan unida familia. ¿Cuál hubiera sido su vocación de haber vivido en su país natal? Sin duda hubiera buscado en la medicina, en el derecho o el sacerdocio los elementos para satisfacer aquella necesidad del sacrificio que era el fondo de su ser, como la actividad física el de Fritz y Jack, y la actividad intelectual el de Ernest. Dirigió, pues, a la providencia ferviente oración, en la que lo acompañaron sus padres, sus hermanos y Jenny.
Convenía obrar sin perder tiempo. La hipótesis más probable era que el barco, cuya permanencia no podía ser objeto de duda, debía de estar anclado en una de las ensenadas del litoral y no que pasaba a lo largo de la Nueva Suiza. Quizá las detonaciones que habían llegado hasta él le impulsaran a reconocer aquella tierra. Tal vez entraría en la bahía del Salvamento después de haber doblado el cabo que la terminaba al este.
Esto dijo Fritz, que acabó su argumentación así:
– El partido que debemos tomar es ir hasta allí antes de nada, siguiendo la costa este que probablemente el barco recorre de norte a sur.
– ¡Dios sabe si ya nos habremos retrasado! —dijo Jenny.
– No lo creo —respondió Ernest—. Es imposible que el capitán de un barco no procure saber…
– En fin, menos palabras y partamos —exclamo Jack.
– Hace falta algún tiempo para preparar la chalupa —hizo observar monsieur Zermatt.
– -Eso sería demasiado largo —declaro Fritz—. El kayak bastará.
– ¡Sea! —dijo monsieur Zermatt.
Y añadió:
– Lo esencial es proceder con extraordinaria prudencia. Me parece improbable que salvajes malayos o australianos hayan desembarcado en el litoral del este; pero el océano índico es muy frecuentado por piratas…, y rodó hay que temerlo de ellos.
– Sí —añadió madame Zermatt— y preferible seria que ese barco se alejase si…
– Yo mismo iré —declaró monsieur Zermatt—. Antes de entrar en comunicación con esos extranjeros es preciso saber quiénes son.
Este plan era prudente. No restaba más que ponerlo en práctica. Pero, por desgracia, el tiempo cambió desde las primeras horas de la mañana. Después de haber caído el viento empezó a soplar del oeste y aumentaba sensiblemente. El kayak no hubiera podido arriesgarse a la bahía aun no tratándose más que de ganar el islote del Tiburón. El ciclo se había cubierto de nubes, de esas nubes presagio de tempestad, de las que un marino desconfía siempre. Pero a falta del kayak, y aunque fuera preciso perder una o dos horas en preparativos, ¿no se podía emplear la chalupa, por más que el oleaje debiera de estar muy violento pasado el estrecho? Con vivo disgusto monsieur Zermatt tuvo que renunciar a ello. Antes del mediodía una verdadera tempestad agitaba las aguas de la bahía del Salvamento y la hacía impracticable. Por más que este brusco cambio de tiempo no podía prolongarse mucho en aquella época, por lo menos dificultaba todo proyecto de lanzarse al mar, y con que la tormenta durase veinticuatro horas sería quizá tarde para ir en busca del navío Además, si el sitio de su anclaje no le ofrecía seguro abrigo, le abandonaría, y con aquellos vientos del oeste, perdería rápidamente de vista las costas de la Nueva Suiza.
Por otra parte —dijo Ernest—, tal vez el barco intentara refugiarse en la bahía del Salvamento si consigue doblar el cabo por la parte este.
– Es posible, en efecto —respondió monsieur Zermatt—. Y hasta es de desear, siempre que no tengamos que habérnoslas con piratas.
Vigilaremos, padre —dijo François—, vigilaremos todo el día y toda la noche.
– ¡Si pudiéramos ir a Prospect-Hill, o por lo menos a Falkenhorst —añadió Jack
– , estaríamos mejor colocados para observar la alta mar!
Sí, pero no había que pensar en ello. Durante la tarde el viento se hizo más fuerte.
La lluvia caía con tal abundancia que las aguas del río de los Chacales se desbordaron y el puente de la Familia estuvo a punto de ser arrastrado. Monsieur Zermatt y sus hijos permanecieron alerta y tuvieron que trabajar mucho para impedir que la inundación invadiese el cercado de Felsenheim. Betsie y Jenny no pudieron salir. Jamás día alguno transcurrió más tristemente. Si el navío se alejaba, era seguro que no volvería jamás por aquellos sitios.
Llegó la noche y arreció la violencia de la tempestad. Por recomendación de monsieur Zermatt, al que sus hijos obligaron a que se retirase a descansar, Fritz, Ernest, Jack y François, se relevaban de hora en hora. Desde la galería, que no abandonaban, veían la mar hasta el islote del Tiburón. Si los fuegos de un navío hubieran aparecido a la entrada del estrecho, ellos lo hubieran advertido; si una detonación hubiera estallado, la habrían oído, a pesar del tumulto de las embravecidas olas que se rompían contra las rocas con formidable estrépito. Cuando el huracán se apaciguaba un poco, envueltos en sus capotes impermeables, los cuatro avanzaban hasta la desembocadura del río de los Chacales, asegurándose de que la chalupa y la pinaza estaban en su sitio.
La tormenta duró cuarenta y ocho horas. Apenas si durante todo este tiempo monsieur Zermatt y sus hijos habían podido llegar a medio camino de Falkenhorst, a fin de abrazar con la mirada más extenso horizonte. La mar, blanca por la espuma de las olas, estaba desierta. Realmente ningún barco se hubiese arriesgado tan cerca de la tierra durante aquella tempestad.
Monsieur y madame Zermatt habían hecho ya el sacrificio de sus esperanzas. Ernest, Jack y François, habituados a aquella existencia desde su menor edad, no se lamentaban gran cosa por aquella ocasión perdida. Pero Fritz lo sentía por ellos, o más bien por Jenny.
Efectivamente; si el navío se había alejado, si no volvía nunca a aquellos parajes… ¡qué decepción para la hija del coronel Montrose! ¡Se le escapaba la posibilidad de unirse a su padre! ¡Cuánto tiempo transcurriría antes de que se presentase la ocasión de volver a Europa, y quién sabía si alguna vez se presentaría!
– ¡Esperemos! ¡Esperemos! —repetía Fritz, al que el dolor de Jenny entristecía profundamente—. Ese barco… u otro volverá…, puesto que ahora se sabrá que existe la Nueva Suiza.
Durante la noche del 11 al 12 de octubre, el mal tiempo terminó por haber saltado el viento del norte. En el interior de la bahía del Salvamento calmóse la mar, y al alba las olas no se levantaban agitadas sobre la playa de Felsenheim.
Toda la familia abandonó el cercado y miraba hacia alta mar.
– Vamos al islote del Tiburón —propuso Fritz—. No hay riesgo alguno para el kayak.
– ¿Y qué haréis allí? —preguntó madame Zermatt.
– Tal vez el barco se encuentre aún al abrigo del litoral, y aun en el supuesto de que la tempestad le haya obligado a ir a alta mar, puede que haya vuelto… Disparemos algunos cañonazos, y si recibimos alguna respuesta…
– ¡Sí…, Fritz…, sí…! —repitió Jenny, que hubiera querido ir en persona al islote.
– Fritz tiene razón —dijo monsieur Zermatt—. Es preciso no olvidar nada… Si el barco está allí, nos oirá y se dejará oír.
El kayak estuvo preparado en algunos minutos. Cuando Fritz se disponía a ocuparlo, monsieur Zermatt le aconsejó que permaneciese en Felsenheim con su madre, sus hermanos y Jenny. Jack le acompañaría. Llevaba un pabellón a fin de indicar si había alguna buena noticia o si amenazaba algún peligro.
En este último caso, después de haberlo sacudido tres veces, arrojaría el pabellón a la mar, y entonces Fritz conduciría a toda la familia a Falkenhorst. Monsieur Zermatt y Jack se reunirían a ella apresuradamente, y a ser preciso, se refugiarían ya en las granjas de Waldegg o de Zuckertop, ya en Eberfurt. Por el contrario, si después de haber agitado dos veces el pabellón, monsieur Zermatt lo colocaba cerca de la batería, significaba con esto que no había motivo alguno de inquietud y Fritz esperaría su vuelta a Felsenheim.
No hay que decir que estas diferentes señales serían claramente percibidas desde la desembocadura del arroyo de los Chacales observándolas con un catalejo.
Jack acababa de llevar el kayak al pie de los rocas. Su padre y él embarcaron. A algunos cables más allá de la caleta el oleaje no era fuerte. Empujada por los remos, la embarcación se dirigió rápidamente hacia el islote del Tiburón. El corazón de monsieur Zermatt palpitaba fuertemente cuando la barca llegó a la punta del islote. Con gran apresuramiento Jack y él subieron por el montecillo.
Llegados ante el cobertizo, se detuvieron. Desde allí recorrieron con la mirada el vasto horizonte comprendido entre el promontorio del este y el cabo de la Esperanza Perdida.
Ninguna vela aparecía en la superficie de la mar, agitada a lo lejos y siempre desierta.
En el momento en que iban a entrar en el cobertizo, monsieur Zermatt preguntó de nuevo a Jack:
– ¿Tu hermano y tú estáis seguros de haber oído…?
– ¡Completamente seguros! —respondió Jack—. Eran detonaciones que venían de la parte este.
– ¡Dios lo quiera! —dijo monsieur Zermatt.
Como Fritz había vuelto a cargar los dos cañones, no restaba más que aplicarles la mecha encendida para hacer fuego.
– Jack —dijo monsieur Zermatt—, vas a disparar dos cañonazos con dos minutos de intervalo; y después de cargar la primera pieza, harás fuego por tercera vez.
– Bien, padre —respondió Jack—. ¿Y tú?
– Yo voy a colocarme al borde de la plataforma, vuelto hacia levante, y así podré percibir si contestan.
Como el viento, aunque débil, había saltado al norte, las circunstancias eran favorables. Las descargas de artillería que partiesen del oeste y del este debían ser oídas con facilidad si la distancia no excedía de legua y media. Monsieur Zermatt se colocó en el sitio que había indicado, y Jack hizo fuego tres veces. Después corrió junto a su padre, y ambos permanecieron inmóviles con el oído atento a la parte este.
El ruido de un primer cañonazo llegó distintamente al islote del Tiburón.
– Padre… —exclamó Jack—. El barco continúa allí…
– ¡Escuchemos! —respondió monsieur Zermatt.
Con intervalos regulares, otras seis detonaciones siguieron a la primera. De modo que el barco no solamente respondía, sino que parecía indicar que las cosas no debían quedar allí.
Monsieur Zermatt, después de haber agitado el pabellón, lo colocó junto a la batería.
Si las detonaciones del barco no habían llegado a Felsenheim, por lo menos se sabía que no había que temer peligro alguno.
Media hora después, cuando el kayak entró en la caleta, Jack se apresuró a gritar:
– ¡Siete cañonazos…! ¡Han disparado siete cañonazos!
– ¡Qué el cielo sea siete veces bendito! —respondió François.
Con vivísima emoción Jenny estrechó la mano de Fritz; y después se arrojó en los brazos de madame Zermatt, que le enjugó sus lágrimas cubriéndola de besos.
No había, pues, duda respecto a la presencia del navío, puesto que acababa de responder a la batería del islote del Tiburón. Por una u otra causa debía estar anclado en el fondo de una de las bahías de la costa oriental. Quizá no había podido abandonar aquel sitio por efecto de la tempestad, y ahora no partiría sin haberse puesto en comunicación directa con los habitantes de aquella tierra desconocida. ¿No era lo mejor esperar a que se presentase a la vista de la bahía?
– ¡No…! ¡Partamos…! ¡Partamos al instante! —repetía Jack.
Pero el prudente Ernest hizo algunas reflexiones que merecieron la aprobación de monsieur Zermatt. Se ignoraba a qué nacionalidad pertenecía aquel barco. ¿No era posible que estuviera tripulado por piratas, que, como se sabe, eran muy numerosos en aquella época en los parajes del océano índico? ¿Quién sabía si aquel barco no era presa hecha por aquellos forajidos? Y en este caso, ¡a qué peligros se verían expuestos monsieur Zermatt y su familia!
Estas dudas eran lógicas.
– Pero es preciso que sean resueltas en seguida —dijo Fritz.
– Sí… ¡Es preciso! —repitió Jenny, que no podía contener su impaciencia.
– Yo voy a embarcarme en el kayak —añadió Fritz—; y puesto que el estado de la mar lo permite, doblaré el cabo hacia el este.
– Sea —respondió monsieur Zermatt—, pues no podemos continuar en la indecisión… Sin embargo, antes de acercarse a ese navío es preciso saber… Fritz… Yo me embarcaré contigo.
Jack intervino.
– Padre —dijo—, yo tengo costumbre de manejar el remo. Solamente para llegar al cabo será preciso emplear más de dos horas, y desde allí la distancia hasta el sitio en que se encuentra el barco quizá sea mucha… Déjame que acompañe a Fritz…
– Eso será lo mejor —añadió este último.
Monsieur Zermatt dudaba. Le parecía que era deber suyo tomar parte en aquella operación que había de ser efectuada con extraordinaria prudencia.
– Sí…, que vayan Fritz y Jack… —dijo madame Zermatt—. Nosotros podemos reunimos a ellos.
Monsieur Zermatt accedió, y los dos hermanos partieron no sin recibir las mayores recomendaciones para que obrasen con prudencia. Después de haber doblado el cabo, debían seguir la tierra, deslizarse entre las rocas de aquella parte de la costa, observar antes de haber sido vistos, asegurarse solamente de la situación del barco, sin subir a bordo, y volver en seguida a Felsenheim. Monsieur Zermatt vería entonces lo que convenía hacer. Lo mejor sería que Fritz y Jack evitasen ser vistos.
Tal vez, como hizo observar Ernest, convendría también que Fritz y Jack fuesen tomados por salvajes, y que vestidos al estilo de éstos, se ennegreciesen el rostro, los brazos y las manos, recurso empleado ya por Fritz cuando llevó a Jenny a la bahía de las Perlas. Los tripulantes del navío extrañarían menos encontrar negros en aquella tierra del océano Indico que blancos.
Aceptable era el consejo de Ernest. Los dos hermanos se disfrazaron de indígenas y ennegrecieron sus rostros y brazos. Hecho esto embarcaron, y inedia hora después el kayak estaba fuera del estrecho.
Monsieur y madame Zermatt, Jenny, Ernest y François les siguieron con la mirada mientras pudieron verles, y no regresaron a Felsenheim hasta después de haberles visto salir de la bahía del Salvamento.
A la altura del islote del Tiburón, Fritz maniobró para acercarse al litoral opuesto. En el caso en que una chalupa del navío hubiese doblado la extrema punta, el kayak hubiera podido ocultarse tras los arrecifes y observar.
Emplearon dos horas en llegar al cabo, pues la distancia pasaba de dos leguas. Como el viento era del norte, la vela no podía ser utilizada. La marea descendente había favorecido la marcha de la ligera embarcación.
Era la vez primera que aquel cabo iba a ser franqueado desde que la familia Zermatt había encontrado refugio en la bahía del Salvamento.
¡Qué contraste con el cabo de la Esperanza Perdida que se dibujaba a cuatro leguas de allí en el noroeste! ¡Qué aridez presentaba aquella parte oriental de la Nueva Suiza! La costa estaba sembrada de dunas arenosas, erizada de negruzcas rocas, bordeada de escollos, que se prolongaban en una extensión de centenares de toesas, más allá del promontorio contra el cual las olas, aun en buen tiempo, chocaban con violencia.
Cuando el kayak hubo rodeado las últimas rocas, el litoral oeste se desarrolló ante los ojos de Fritz y de Jack. Descendía casi de norte a sur, limitando por aquella parte a la Nueva Suiza. A menos que no fuese una isla aquella tierra, se uniría, por el sur a un continente.
El kayak bordeaba la ribera, casi confundiéndose con las rocas, siendo, por tanto, difícil que fuera visto.
A una legua de aquel sitio, en el fondo de una estrecha bahía, apareció un navío, un tres mástiles, en reparación en su anclaje. Sobre la vecina playa había algunas tiendas.
El kayak se acercó a seis cables del barco. Desde que fue visto, advirtieron Fritz y Jack señales de amistad que desde a bordo les dirigían. Algunas frases pronunciadas en lengua inglesa llegaron hasta ellos, y era evidente que les tomaban por indígenas.
No podían los jóvenes engañarse respecto a la nacionalidad del barco. El pabellón británico flotaba en el pico cangrejo, era una corbeta inglesa de diez cañones.
No había, pues, inconveniente en ponerse en comunicación con el capitán de aquella corbeta, y Jack lo deseaba, pero Fritz no consintió en ello. Había prometido volver a Felsenheim en cuanto supiera la situación y nacionalidad del barco, y quería mantener su promesa. Así es que el kayak tomó la dirección norte, y después de dos horas y media de navegación, franqueaba el estrecho de la bahía del Salvamento.