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ENCUENTRO DE CIENTÍFICOS
Pese a su energía, los cincuenta años del ex sargento Marcial no le permitieron seguir el ritmo. También sudaba por cada poro de su piel y al fin se rindió, librándose del casco de explorador, pero resoplando su amenaza.
– ¡Ya te atraparé…! ¡Uf!
Germán Paterne ya había llegado junto al amigo y tras observar que sólo estaba desmayado se tranquilizó. Incluso tan sólo tenía una pequeña rozadura en la frente y más aliviado celebró:
– Tienes la cabezota muy dura, Jacques. ¡Tuviste suerte!
Se limitó a arrastrarle más lejos de la barrera de fuego, que por otra parte ya empezaba a ceder. Las llamas se hacían más pequeñas, en algunos trozos sólo se convertían en rescoldos y el humo se tornaba cada vez menos denso.
Germán Paterne se incorporó al oír unos pasos y clavó la mirada en el joven muchacho que seguía corriendo hacia ellos. Pudo observarle a placer y un pensamiento absurdo le hizo musitar:
– «Ese chico tiene excesivas caderas. Yo diría que…»
Dejó de pensar porque ya le tenía ante él, resoplando:
– ¡Uf! ¿Es…están bien?
– Sí, muchas gracias.
Y al instante, adivinando, volvió a añadir deseando confirmar:
– ¿Eres del grupo que nos ayudó, muchacho?
– Sí… Me… me llamo… Juan.
– ¿Juan? —repitió, sin saber ciertamente, con aire incrédulo el joven cartógrafo.
– Sí… Juan de Kermor.
– El mío es Germán…, Germán Paterne.
– Encantado… ¿Su amigo está herido?
– ¡No! Pero no sé si está sin sentido, o finge que duerme. ¡Jacques es muy gandul! — bromeó.
Vio la inquietud en aquellos vivaces y grandes ojos y añadió más formalmente:
– En serio: sólo tiene un rasguño en la frente. Y como por ahora nada podemos hacer, lo mejor será dejarle reposar.
Inesperadamente, aquel muchachito se puso a preguntar al hombre desconocido, arrastrado por el afán que le había llevado hasta aquellos apartados parajes del río Orinoco:
– ¿No…, no le dice nada mi nombre?
– ¿Cómo…?
– Mi nombre: le dije que me llamo Juan de Kermor.
– Lo oí, pero… ¡No comprendo, jovencito!
Vio que le observaba directamente al rostro y hasta le escuchó musitar:
– Sí, claro… Usted es muy joven. ¡No puede ser!
– No puede ser, ¿el qué, amiguito?
– Que sea usted mi…, mi…
Germán Paterne no era hombre que se distinguía por la paciencia y por eso atajó, poniéndose serio:
– No comprendo a qué viene todo esto, chaval. Ahora no estoy para rompecabezas. Debo ocuparme de mi amigo.
– ¡No!
– ¿Qué pasa ahora?
– Le ruego que me deje atenderle a mí.
Germán Paterne cada vez estaba más perplejo y se puso a observar cómo el muchachito de excesivas caderas y rostro delicado se inclinaba para atender a su amigo. Jacques parecía seguir desmayado y le fue fácil incorporarle para dejarle sentado sobre el suelo, mientras le retiraba los rebeldes cabellos de la frente despejada y amplia.
Germán Paterne hasta se divirtió con la escena. Jacques seguía realmente sin sentido, o lo fingía muy bien. Lo cierto era que su rostro marcadamente varonil, mostraba sus enérgicas facciones tranquilas y plácidas, observadas con suma atención por aquel muchachito que nuevamente musitó:
– No… El tampoco puede ser.
– Ser… ¿El qué? —volvió a intrigarse Germán.
– También es demasiado joven.
– ¡Ya está bien, jovencito! ¿Quieres explicarte de una vez? —pidió el hombre con cierta energía y hasta enfado.
– Es que…
Pero el muchacho tuvo que interrumpirse. En aquel instante, Jacques pareció recuperarse al fin, gimió, pasó una dé sus manos por la frente, llevó los dedos al sitio dolorido y cuando consiguió abrir sus ojos al instante buscó las pupilas de quien le atendía teniéndole apoyado en su cuerpo, inclinado sobre él.
Y para mayor perplejidad de Germán, su amigo se puso a decir:
– ¡Vaya! ¿Qué…, qué pasó? ¡Qué dulce despertar! ¿Estoy aún en la Tierra, o contemplando el rostro de un ángel?
– No…, no soy ningún ángel —protestó muy bajito el muchacho.
– Pues yo diría que estoy viendo a una bella mu…
Inesperadamente el joven muchacho no le permitió terminar su pensamiento. Con cierta brusquedad le soltó, se apartó de él incorporándose, con lo que el desprevenido Jacques nuevamente quedó tendido para sorpresa suya sobre el terreno.
Contemplándole, Germán Paterne sonrió.
Aunque levemente esta vez, Jacques se había vuelto a golpear la cabeza al quedar sin el sostén de los brazos del joven, pero quedando sentado al instante, protestó:
– ¡Eh! ¿Que diablos hice yo para este trato?
– Veo que está bien, puesto que hasta tiene ganas de bromear —replicó el joven.
– ¡Menuda bromita ha sido todo lo que hemos pasado Germán y yo! —rechazó Jacques.
Se fijó en el rostro serio del muchachito y al poco añadió, aunque sin decidirse a ponerse en pie:
– Perdona, chico. Debió ser el golpe; creí ver visiones y me pareciste una mujer.
– ¡Pues se equivoca!
– Claro, claro; una mujer no llevaría esas ropas. Y además, si tú lo dices…
Germán Paterne terminó soltando la carcajada:
– ¡Ja, ja, ja! Tú sueñas, Jacques. ¡El es chico, y se llama Juan…, Juan…!
– Juan de Kermor —confirmó el muchacho.
Sentado en el suelo Jacques Helloch extendió el brazo; el muchacho tuvo que estrechar su mano y dijo:
– Pues encantado, Juan de Kermor. ¿Me ayudas a levantarme?
El muchacho tiró del hombre con todas sus fuerzas, pero Jacques Helloch tenía un cuerpo musculoso demasiado pesado para levantarle. No lo habría conseguido de no ayudarse el cartógrafo por él mismo, y al quedar de pie manifestó:
– Bien, Juan; no tienes por qué enfadarte con nosotros. ¿Y por qué te ruborizas ahora?
– Es sólo un crío, Jacques —advirtió Germán—. Aunque algo extraño.
– ¿Extraño? —repitió perplejo el amigo.
– Hombre, lo digo porque cuando me vio, fijándose mucho en mi cara dijo: «Usted es muy joven. ¡No puede ser!»
– ¿No puede ser el qué, Germán?
– Eso le pregunté yo. ¡Y lo mismo dijo al contemplarte a ti!
El muchachito continuaba ruborizándose, se sentía molesto ante las bromas y los comentarios de los dos hombres, por lo que al fin decidió:
– Creo…, creo que les debo una explicación.
– ¿A nosotros?
– Sí; han de saber que he venido desde Francia en busca de mi padre, desaparecido hace dieciocho años…
¡Sopla! —dijo Jacques sacudiendo los dedos.
– Cuando en Las Bonitas nos dijeron que dos exploradores también habían remontado el río, al verles en aquella situación temí…, temí que…
– Que uno de los dos podría ser tu padre, ¿no? —le ayudó a terminar Germán Paterne.
– Sí.
– ¿Es que no has conocido a tu padre? — indagó Jacques.
– No.
– Lo siento.
– Desapareció cuando sólo tenía…, cuando sólo tenía yo dos años.
– O sea, que ahora tienes dieciséis —quiso confirmar Jacques.
– ¡No!
– ¿Cómo es eso si…?
– Perdón; quise decir… sí.
Los dos amigos guardaron silencio ante las vacilaciones del jovencito, que añadió:
– Tal vez ustedes hayan oído hablar de él. Pasó por San Fernando hace catorce años y el comandante Kermor…
– Kermor…, Kermor… —se puso a repetir Jacques, haciendo esfuerzos por recordar.
– ¿Le conoció usted? —preguntó con viva ansiedad el muchacho.
– No, pero recuerdo ese apellido… ¡Sí, ya está! Recuerdo haber oído algo de su misteriosa desaparición, cuando estaba en Francia.
– Tú serías muy joven, Jacques —apuntó el amigo.
– Cierto, Germán. Pero lo recuerdo muy bien. Yo entonces también quería ser militar y me interesaba mucho todo lo concerniente al ejército. Y como el comandante Kermor fue un héroe durante la guerra de 1870 pues…
– Gracias, Jacques. Es usted muy amable al tener ese criterio de mi padre —manifestó el muchacho.
– No es sólo mi criterio, muchacho. ¡Toda Francia lo sabía!
– Sin embargo, algo debió pasarle para decidirse a desaparecer de esa forma —opinó a su vez Germán.
El muchacho quedó cabizbajo y los dos hombres respetaron su silencio. Sobre todo al tener que prestar atención al personaje que caminaba hacia ellos resoplando, secando el sudor de su frente y balbuceando:
– ¡Uf! Menos mal que les encuentro. ¿Están todos bien? Perdonen a mi sobrino; es muy impetuoso y…
Jacques se adelantó ofreciendo con su simpática sonrisa amistosamente su mano al rechazar:
– ¡Al contrario, señor! Juan corrió a salvarme y eso es de agradecer.
– ¡Ah! Veo…, veo que ya se han presentado.
– Sí; nos dijo que se llama Juan de Kermor
– terció Germán.
– Y yo Marcial… Ex sargento del Ejército francés.
– ¡Es formidable estar entre compatriotas! — exclamó siempre festivo Jacques Helloch—. Germán y yo somos de Brest.
Y al instante, haciendo las presentaciones:
– Germán Paterne y yo Jacques Helloch. Cartógrafos, señor.
Contra lo que era lógico esperar, aquel recio y bigotudo ex sargento no pareció muy complacido al estrechar las manos. Sus ojillos vivaces no dejaban de observar a quien había dicho era su sobrino, y hasta se mostró un tanto esquivo al manifestar:
– Pues… si están bien, Juan y yo regresamos con los nuestros.
– ¿Cómo? ¿Van a dejarnos ahora aquí? — apuntó Germán.
Pasando una de sus manazas con aire protector sobre los hombros de su «sobrino», aquel hombrón argumentó, medio volviéndose al detener sus pasos:
– Habrán visto que hemos hecho todo lo posible por ustedes, ¿no?
– Así fue, pero…
– Ustedes tendrán su ruta marcada y nosotros la nuestra.
– Sí, claro.
– ¡Pues no se hable más!
Perplejos, intercambiando mudas miradas entre los dos, les vieron alejarse. Hasta que el genio vivo y festivo de Jacques Helloch le hizo comentar:
– ¡Vaya un tipo!
– Sí, Jacques: se diría que le molesta nuestra presencia.
– Más bien diría que le molesta que hablemos con su sobrino. ¡Y no encuentro la razón!
– Ni yo.
– Además, en esa historia que nos contó el chico, creo que hay «algo» que no encaja. ¿Qué edad le supones?
– El dijo dieciséis años.
– Sí, pero vaciló.
– ¿Y eso qué? Se sentiría confuso ante nuestra presencia.
– No. ¡Es que no nos dijo la verdad! Calcula; nos dijo que su padre desapareció cuando él sólo tenía dos años. Y como el comandante Kermor lleva dieciocho años desaparecido…
– Quiere decir que el chico ahora tendrá unos veinte.
– ¡Exacto!
– Pues su rostro no parece el de un chico de veinte y…
– Es que su cara también tiene algo «raro».
– ¿El qué?
– No sé…
Habían caminado siguiendo por instinto la dirección de tío y sobrino, sobre todo animados porque el muchacho, aunque desde lejos, de vez en cuando se había vuelto para mirarlos.
Así es que, llegado el momento en que los dos amigos pudieron distinguir a don Felipe, a don Miguel, don Varinas e incluso a un mestizo que parecía estar ordenando algo a varios marineros nativos. Por eso interrumpieron su conversación al indicar Jacques:
– ¡Cuidado! Tenemos que saludar a ese grupo.
Al poco eran prácticamente obligadas las presentaciones, y tras las muestras de agradecimiento de los dos cartógrafos, don Felipe informó con gran alivio:
– Por fortuna, las tortugas siguen hundiéndose en el río.
– ¡Ojalá no vuelvan a salir de ahí! — comentó Germán—. ¡Nos dieron un gran susto!
– ¡Y a nosotros! —confesó don Varinas.
No lejos de allí el Orinoco hervía con miles de tortugas que a su vez, también satisfechas por encontrar su natural elemento, precipitadamente se hundían en la corriente dando durante algunos minutos a la superficie del agua una inusitada y movible apariencia.
Prácticamente el peligro había pasado y ahora sólo restaba pasar la noche descansando de tanto trajín, así como reorganizar cada grupo la próxima marcha.
Jacques Helloch se acercó al muchachito que no se separaba de su tío, para indicar:
– Me temo que, forzosamente, tendremos que ser sus invitados. Con nuestra piragua, excepto los mapas y los instrumentos que llevamos encima, ¡lo hemos perdido todo!
– ¡Oh, no se preocupe! —exclamó el joven— . Nos sobran suministros y…
Se interrumpió al intervenir inquietamente Marcial:
– ¡Un momento! ¿Es que piensan seguir con nosotros hasta San Femando?
– ¿Qué otra cosa podemos hacer, sin embarcación…? —apuntó Germán.
Don Felipe se acercó conciliador al indicar al ex militar, que no daba muestras de sentirse satisfecho:
– Vamos, vamos, señor Marcial. Hay que ser más hospitalario. ¡Se trata de dos compatriotas vuestros!
Tieso el índice, Marcial se disponía a argumentar algo, cuando se detuvo al oír que su «sobrino» decía:
– Querido tío, vendrán en nuestra embarcación. ¡Desde ahora debemos considerarlos como nuestros invitados!
Los dos jóvenes cartógrafos, inclinándose a la vez ante el amable muchacho algo versallescamente, casi a la vez manifestaron:
– Será un honor, Juan… ¡Tú sí que eres un buen francés!
– ¿Insinúan que yo no lo soy? —se encaró algo amoscado con ellos el irritado Marcial.
– ¡Oh, no! —rechazó con gesto festivo Jacques—. Tiene usted todo el aire de un digno general del segundo Imperio.
– ¡Sargento! —rectificó el ex militar—. Nada más que sargento; pero tan francés, tan patriota y tan hospitalario como el primero. Y si mi sobrino les ha invitado… ¡Sea!
Todos juntos caminaron hacia las dos embarcaciones, a las que los marineros nativos estaban defendiendo con los remos y todo lo que encontraban de las tortugas que habían ascendido por el río. Pero los animales ya se mostraban tranquilos y pacíficos al haber encontrado nuevamente el agua y en pocos minutos todo volvió a la tranquilidad.
La noche había llegado y tanto el mestizo Vélez como el patrón de la otra embarcación de los geógrafos, se afanaron para preparar la cena; el campamento fue organizado con la mayor rapidez y el mestizo, siempre con su voz melosa, invitó:
– Señores, creo que hoy, más que nunca, se han ganado una buena cena.
Durante ella, siempre locuaces y con su aire festivo de no dar importancia a las cosas, los dos jóvenes cartógrafos contaron el ataque sufrido por parte de los indios quivas, la pérdida de su piragua, la forzada huida por la selva y el inesperado encuentro con las miles de tortugas. Al llegar a este punto fue cuando dijo Jacques Helloch:
– ¿Qué podíamos hacer?
– Pero ¿por qué saltaron sobre ellas? — quiso saber el muchacho, que prestaba vivo interés a todo lo que contaban.
– Jovencito, en casos así es mejor imitar a los animales de la selva —intentó aclararle Jacques—. Saltando sobre ellas es la única manera de no ser arrollados.
– Los animales lo saben por instinto y, en casos así, siempre lo hacen —aclaró Germán.
– Sí, pero tuvieron que luchar contra los pumas.
– Fue terrorífico, pero… ¡emocionante! Nosotros les vimos y estuve temiendo que…
– Mi sobrino es muy emotivo —pretendió excusar Marcial.
– ¡Y también muy valiente! —corrigió Jacques—. Fue el primero de ustedes que corrió hacia nosotros.
– Gracias, Jacques. Por fortuna, usted sólo sufrió un golpe leve en la cabeza.
– No te preocupes, Juan. ¡La tiene muy dura! —bromeó Germán.
– ¿Tanto como para empeñarse en proseguir el viaje? —apuntó con una segunda intención Marcial.
Los dos jóvenes cartógrafos intercambiaron una mirada de inteligencia. Estaba claro que a aquel Marcial no le hacía mucha gracia el tener que compartir su embarcación con ellos, pese a la cordial invitación que les había hecho el jovencito. Y como no querían forzar las cosas Jacques indicó:
– Sí, Marcial. Germán y yo tenemos la cabeza tan dura, como para seguir empeñados en continuar nuestro trabajo. Seguiremos explorando el río, pero usted no se preocupe que…
– ¿Preocuparme yo? ¿Y por qué habría de hacerlo? —intentó Marcial aclarar con aire festivo.
– Lo digo, porque sólo tendrán que llevarnos hasta Atures.
– ¡Ah! ¿Ya no piensan seguir con nosotros hasta San Fernando?
– No… No queremos molestar.
– ¡Pero si no molestan! —exclamó el muchachito.
– De cualquier manera, en Atures podremos adquirir otra piragua. Ese poblado no queda lejos, río arriba.
– ¡Hombre! Me parece muy bien porque…
– ¡Marcial!
– ¿Qué, sobrino?
El muchacho se había puesto serio y recriminó a su «tío»:
– Parece mentira que un hombre tan bueno como tú…
– No te preocupes, muchacho —atajó Jacques, para evitar una posible discusión—. A Germán y a mí también nos gusta viajar solos. Bueno; quiero decir que como nuestra función es sacar mediciones del río y toda su cuenca, muchas veces tenemos que detenernos.
– Sí, los estudios cartográficos lo exigen así
– le ayudó Germán.
– Y esos estudios cartográficos que realizan, ¿para quién son? —se interesó don Felipe.
– Para el Gobierno francés —aclaró Jacques.
– ¡Muy interesante! —exclamó don Varinas.
– Nuestro viaje también lo motiva el estudio
– dijo a su vez don Miguel.
La tirantez en la charla había sido olvidada y, tanto los tres geógrafos, como los dos jóvenes franceses, se pusieron a dialogar sobre problemas científicos que atañían al río Orinoco y toda su cuenca, con más de sus trescientos afluentes.
Marcial parecía más tranquilo y hasta más satisfecho, no dando reposo a los dientes que iban triturando la comida. Por su parte, siempre los ojos fijos en el varonil rostro de Jacques Helloch, el muchachito procuraba seguir el hilo de la conversación que aquel hombre y su amigo mantenían con los tres geógrafos.
Un poco más allá, el mestizo Vélez y los nativos ya dormían.