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EL FUEGO SALVADOR
Mientras, ignorando que desde lejos eran observados, con todas las potencias del ser sólo atentas a lo que podía significar vivir o morir, Jacques Helloch y Germán Paterne no daban reposo a sus armas.
Por dos veces ya habían recargado las recámaras de sus rifles y eran conscientes de que no podrían hacerlo una tercera. Y eso aunque la suerte de su excelente puntería siguiera favoreciéndoles, eliminando a una fiera tras otra.
Sencillamente, ya no les quedaba más munición… Pero los hombres de verdad suelen crecer en los momentos más difíciles y ansiando animar al amigo, Jacques Helloch jaleó:
– ¡Duro con ellos, Germán! ¡Esto es como tirar en una feria!
– Sí, sí… Lo dirás por lo mucho que se acercan, ¿no?
– Esos «mininos» están recibiendo lo suyo. ¡Otro más! Te juego a que tumbo más que tú.
– Acepto la apuesta, Jacques, pero… ¿Me la podrás pagar?
– No seas agorero, Germán. ¡Trae mala suerte!
– ¿Acaso la podemos tener peor, chico?
Era cierto: que una cosa es tener que luchar a tiro limpio contra las fieras en plena selva, pero con los pies firmemente pisando el suelo, y otra muy distinta obligado a hacerlo sobre aquel movible tapiz de caparazones de alocadas tortugas huyendo.
En cualquier instante, cualquier cosa podía suceder. Resbalar, ser engullido por el tropel de tortugas que les aplastarían, o bien ser alcanzado por alguno de los feroces pumas que les disputaban el terreno.
O terminar la munición.
Y no obstante, lo más admirable era el alegre y animoso talante con el que aceptaban los dos hombres aquella prueba suprema de su destino. Una vez más lo mostró Jacques Helloch al decirle al amigo:
– ¡Fantástico, Germán! ¡Jamás había vivido una aventura tan extraordinaria!
– Pues ojo no resbalar… ¡O no lo contarás!
Un enorme puma saltó felinamente hacia el hombre al que creía su presa, pero un certero balazo en su cabeza pareció paralizarle por un instante en el aire. Quedó como suspendido, lanzando a la tarde su gruñido de rabia y muerte, retorciéndose por el dolor en una crispación que puso de manifiesto sus poderosos músculos de criatura perfectamente dota da para matar.
Luego descendió, desplomándose sobre la movediza plataforma, hasta que de alguna manera su musculoso cuerpo empezó a desaparecer, seguramente para ser triturado por el paso de miles de pesadas tortugas que parecían dispuestas a no detenerse jamás.
– Ese se llevó su buena ración de plomo, Jacques.
– ¡Uf! Creí que iba a fallar -suspiró el vencedor.
Nuevamente atraída la mirada por el sorprendente espectáculo, desde la distancia, las pupilas del joven se sentían atraídas como por poderoso imán. Y un pensamiento torturante brotó en la mente al decir en voz alta:
– ¿Y si uno de esos hombres es mi… padre, Marcial?
– ¡Qué idea tienes! No sé cómo has podido pensar que el comandante…
– Pudiera ser, ¿no?
– Sí, pudiera, pero no creo que… ¿Quieres no atormentarte ni preocuparme a mí?
El enfado no pasó a mayores porque, en aquel instante, don Felipe reclamó:
– ¡Miren, miren! ¡Lo están consiguiendo!
– ¡Es cierto! ¡Las fieras huyen!
– ¡Oh, Dios mío! Uno de ellos se cae — exclamó el angustiado muchacho—. ¡Le triturarán las tortugas!
Mirando al joven, Marcial comprendió todos sus temores. Pensó que en cierta forma cabía la posibilidad de que uno de aquellos hombres fuese el comandante Kermor. Y aun no siendo así, por humanidad debían ayudarles. Por eso empleó el timbre más tonante y autoritario de su recio vozarrón para indicar a su vez:
– ¡Tenemos que ayudarles! ¡Y pronto, señores!
– ¿Pero… cómo? —indagó tímidamente don Miguel.
– ¡Como sea, pardiez! ¿No hablamos antes de emplear una barrera de fuego?
– Sí, pero…
– ¡Pues al trabajo!
– ¡Tiene razón! —al fin se decidió don Felipe—. Nosotros también lo necesitamos: las tortugas vienen hacia aquí y hay que detenerlas, desviarlas al menos.
Dando ejemplo, incluso algo alocadamente, Marcial ya se había puesto a arrancar con sus fuertes manazas retamas y hierbajos, aunque escuchó que don Felipe pedía:
– No, amigo mío, no… Así no. ¡Tiene que ser leña que arda bien y dure al menos algunos minutos!
– ¡Allí! La arrancaremos de aquellos arbustos —indicó don Varinas.
Al instante todos se pusieron a trabajar, arañándose los brazos, lastimándose las manos, pero consiguiendo cada uno una brazada de ramas y retamas secas, que corrían a depositar sin darse reposo en donde don Felipe preparaba la barrera de fuego.
Don Varinas, don Miguel, Marcial y el joven muchacho vieron secundada la acción por el mestizo Vélez, que al fin también acudió con tres marineros indígenas e informar entre jadeos el patrón de la embarcación:
– Los otros han huido, pero éstos nos ayudarán.
– ¡Bravo, Vélez! —animó don Felipe—. Vayan depositando la leña hacia allí. Haremos un semicírculo.
Todos sudaban, todos querían emular al compañero y como la unión hace la fuerza y ésta se resuelve en efectividad, pronto estuvo don Felipe en condiciones de anunciar:
– ¡Atención! El fuego se iniciará desde aquí.
La intensa tarea a la que se habían sometido no les había permitido reflexionar reposadamente, pero ahora que sólo se trataba de esperar los resultados, más sosegado el joven muchacho calculó, al observar las primeras llamas.
– Pero entonces… ¡Esos dos hombres tendrán también una barrera de fuego ante ellos!
– ¡Es cierto! —temió a su vez don Varinas.
Por su parte, Jacques Helloch y Germán Paterne no dejaron de observar lo que ocurría. Ya no tenían que luchar contra los pumas y otros animales, pero aquellas llamas que se levantaban al fondo les anunciaba otro nuevo peligro.
Fue Jacques Helloch quien primero advirtió:
– ¡Mira, Germán! ¡Una barrera de fuego!
– Eso… ¡Eso demuestra que no estamos solos, Jacques!
– Sí, debe ser para desviar a las tortugas.
– Pero eso las hará detenerse, se moverán más alocadamente y nosotros…
– ¡Cuidado, Germán! ¡Mantén el equilibrio!
– ¡Uf! No… ¡No puedo! Me… ¡Me resbalo!
Jacques Helloch saltó a su vez con suma agilidad de caparazón en caparazón, procurando afianzar sus pies para acudir en ayuda del amigo. Llegó en el instante justo cuando Germán ya apoyaba las manos, tirando de él por uno de los brazos al animar:
– ¡Arriba!
– ¡Uf! De… de no ser por ti…
– Te creí mejor equilibrista.
– No trabajé en ningún circo, amigo.
– ¡Ni yo…! Vamos a saltar hacia allí.
Apoyándose el uno en el otro mutuamente se mantenían en equilibrio, observando que en el constante avanzar de aquel mar de tortugas cada vez se acercaban más a la barrera de fuego, que empezaba a extenderse ante ellos en semicírculo. Observándolo Germán comentó con cierta alarma:
– ¿Sabes que esa ayuda que alguien nos quiere prestar, puede ser nuestro final?
– Espero que no —se empeñó Jacques Helloch, manteniendo su buen humor.
Al otro lado de la barrera de fuego, Marcial se había visto obligado a sujetar con ambas manos a su joven compañero. El muchacho pugnaba por soltarse y en su angustia rogaba:
– ¡Déjame, Marcial! ¡Te digo que me sueltes!
– ¡Ni hablar! ¿Quieres achicharrarte?
– ¿Pero no comprendes? Si las tortugas cambian de dirección, se llevarán a esos hombres.
Corrió hacia ellos don Felipe gritando a su vez:
– ¡Esperen! ¡Esperen! ¡Hay otra solución!
– ¿Cuál, don Felipe?
– Intentaremos gritarles que salten en esta dirección.
– ¿Desafiando al fuego? —argumentó Marcial.
– Ellos comprenderán que deben hacerlo así.
– ¿Está loco? ¡Nadie se arroja al fuego voluntariamente!
– Nuestras voces se lo indicarán. ¡Les gritaremos que es la única salvación posible!
Don Felipe no quiso discutir más, sus brazos se alzaron para agitarlos sobre su cabeza, indicando al resto del grupo:
– ¡Aquí, aquí! ¡Todos corriendo hacia aquí!
En cualquier otra circunstancia, la escena habría parecido cómica. Sobre todo observando a don Miguel y don Varinas, que se lanzaron a correr como en reñida competición deportiva.
Aunque venía desde atrás, la mayor agilidad del mestizo Vélez les adelantó, pero sin dejar de animar al rebasarles:
– ¡Vamos! ¡Ustedes sí que parecen tortugas!
– ¡Uf! ¿Có…cómo se atreve? Yo les demostraré que mis piernas aún…
Con esfuerzo supremo las extremidades inferiores del geógrafo calvo aceleraron, consiguió rebasar a su colega don Miguel, pero al intentar imprimir mayor velocidad a sus pies y hacer lo mismo con el mestizo…, ¡cayó cuan largo era!
Nuevamente le rebasó don Miguel, y al verle tendido en el suelo moviendo brazos y piernas, ni aun en aquellos instantes olvidó la rivalidad establecida entre ellos tres y le indicó:
– ¡Vamos, Varinas! Se trata de correr… ¡No de nadar en su río Atabapo, hombre!
– ¡Por vida de…! Sólo resbalé y yo…
Mientras, la estrategia de la barrera de fuego empezaba a dar buenos resultados. Ante el calor que despedían las llamas, las tortugas de vanguardia empezaron a frenar su «carrera», más tarde se pararon y al hacerlo las primeras filas, el resultado fue una peligrosa aglomeración.
Unas se posaban sobre las otras, se pisaban, se aplastaban intentando proseguir el avance, pero pronto se detenían formando a su vez como una especie de muro que frenaba a las que seguían.
Que el fuego es algo que, instintivamente, a todo animal viviente detiene…
El grupo no quiso perder más tiempo y, acercándose lo más posible a las llamas, se puso a gritar a coro:
– ¡Eh, ustedes! ¡Salten!
– ¡Salten hacia el fuego!
– ¡No tengan miedo! ¡Nosotros les ayudaremos!
– ¡Por favor, salten! —rogó la voz casi infantil del joven muchacho.
El mestizo Vélez demostró una vez más ser hombre práctico, cuando anunció:
– ¡Voy con mis marineros al río!
– ¿Para qué? —rugió Marcial—. ¡Cuantos más gritemos, mejor!
– Pero mejor será traer algunos cubos de agua, señor. Esos hombres necesitarán ser bien rociados con ella, después de traspasar las llamas.
– ¡Buena idea, Vélez! —aprobó don Felipe.
El patrón de la embarcación rozó el hombro del fatigado don Varinas al solicitar:
– ¿Nos acompaña?
– ¡Uf! No…, no podría correr más —jadeó.
Pero al instante se unió al corro que repetía:
– ¡Salten! ¡Salten ahora!
Sobre las tortugas que se habían detenido ante la barrera de fuego, pero que no dejaban de moverse al intentar iniciar un giro, Jacques Helloch y Germán Paterne no dejaron de oír aquellas voces. Y fue el más joven de los dos amigos quien indicó haciéndose cargo de la situación:
– No podemos elegir, Germán.
– ¿Estás loco? ¡Nos achicharraremos si saltamos ahora!
– ¿Y si no lo hacemos? O atravesamos esas llamas… ¡O sabe Dios dónde nos llevarán las tortugas!
Germán Paterne aún vaciló, pero al fin decidió:
– ¡Te sigo, Jacques!
Realmente, aquello sí que era cosa de equilibristas, o de suerte. Se trataba ahora de ir saltando de caparazón en caparazón, pero con el suficiente tino de ir apoyando la punta de los pies sobre el centro mismo de cada uno de ellos.
Y la tarea resultaba muy difícil, porque los animales no dejaban de moverse.
Pero quiso el destino que se tratase de dos hombres jóvenes, ágiles y fuertes, con los músculos bien adiestrados y el ánimo bien templado, propio de todo explorador. De no haber sido así, ninguno de los dos lo habría logrado.
Quien primero llegó al límite de aquella inusitada carrera de obstáculos fue Germán Paterne, quien reunió todas las fuerzas que le restaban para lanzarse en gran salto que debía llevarle al otro lado de la barrera de fuego.
Se vio lanzado por el aire, entrar en la zona calurosa y al instante sentir en toda la piel de su cuerpo el desagradable abrazo de las llamas, que le obligaron a cerrar los ojos y sentir como si millares de finos alfileres le pincharan. El aire le faltó en los pulmones pero su voluntad le hizo mantener la boca cerrada, aunque estallara.
Y de pronto, el inmenso alivio corporal al sentirse al otro lado, mitigado por el encontronazo brusco de sus pies ya pisando terreno firme. Rodó por el suelo y primero no pudo darse cuenta que había perdido su casco de explorador y el rifle, que en ningún momento voluntariamente había soltado. El calor continuaba siendo intenso, pero la piel al menos ya no le pinchaba.
¡Se había salvado! ¡Lo había conseguido!
Pero al instante, nuevamente la angustia ascendiendo hasta su reseca garganta, que apenas pudo emitir:
– ¿Y Jacques? ¿Don…dónde está?
Aún agachado, miró con rapidez en torno suyo y al girar sólo vio las llamas tras él. El ruido sordo de las tortugas aún seguía tras aquel fuego y temió lo peor. Confusamente recordó que el amigo le había precedido en aquellos arriesgados saltos sobre las tortugas, por lo que si no había cruzado las llamas era porque se había caído.
Cerró los ojos horrorizado, figurándose la escena. Jacques habría resbalado al fin y al caer sobre los caparazones de aquellos inquietos animales habría ido a morir bajo ellos, triturado materialmente por aquel movedizo rodillo.
– ¡Oh, no! —gimió.
No cabía pensar otra cosa, porque a última hora Jacques no habría dejado de saltar. Le conocía muy bien y sabía que no era ningún cobarde. Incluso recordaba que de él había sido la decisión de seguir el consejo de aquellas voces que les llamaban.
Cuando Germán Paterne nuevamente volvió a abrir los ojos, aquella vez los sintió húmedos, pese al intenso calor que aún le rodeaba. Pero al instante las pupilas se le iluminaron con una alegría que le llegaba desde lo más hondo de su ser, como si brotase del mismo sitio de donde unos segundos antes había partido su doloroso gemido de protesta.
Porque su gemido por la pérdida del buen amigo había sido como una instintiva oración. Si, una oración que había tenido, por lo sincera y profunda, una milagrosa recompensa.
No lo podía creer, pero allí, a pocos pasos de él y tendido sin duda inconsciente sobre el terreno, estaba el cuerpo de Jacques Helloch, con el rostro como reposando sobre una piedra.
Al instante, mientras corría hacia él, comprendió lo que había sucedido. Sin duda, al saltar y negar a poner los pies en el suelo al otro lado de la barrera de fuego, Jacques había tenido mala suerte y al caer su cabeza había chocado violentamente con aquella piedra.
– ¡Sólo debe estar desmayado! —musitó esperanzado.
Aceleró la carrera y se puso a llamar:
– ¡Jacques! ¡Jacques! ¿Estás bien?
No obtuvo respuesta y lanzó el cuerpo hacia delante para obligar a las piernas a acelerar, forzándolas a mantener la vertical. Así correría más aún.
– ¡Jacques, amigo!
Germán Paterne ignoraba que estaban siendo observados desde lejos por el grupo que les habían ayudado. La distancia era mucha y no pudo oír la voz del joven muchacho que también se había lanzado a la carrera anunciando a los suyos:
– ¡Les ayudaré!
La voz del enérgico Marcial sonó atronadora:
– ¡Eh, tú! ¡Ven aquí!
– ¡Ese muchachito es una inquieta ardilla! — comentó el sudoroso don Varinas, sin dejar de pasar su empapado pañuelo por la reluciente calva.
– Corre mucho más rápido que usted, don Varinas —le recordó su rival don Miguel.
Sabía que hacía alusión a su carrera anterior, cuando se cayera y por eso rechazó, agitando en la mano el pañuelo:
– ¡Bah! ¡Déjeme tranquilo!
– Y también corre con más estilo —siguió bromeando don Miguel.
Aquello era la manifestación exterior de su contento. Todos se sentían felices de haber contribuido a salvar a los dos desconocidos, además de haber podido desviar al ejército de tortugas.
– Asustadas como están, terminarán desperdigándose y por grupos acabarán en el río
– calculó don Felipe.
– ¿Y no habrá peligro para nuestras embarcaciones…? —quiso saber don Varinas.
– No creo, porque el semicírculo de fuego que hemos formado las llevará más abajo.
Al oír aquello el mestizo Vélez se persignó con suma rapidez al calcular:
– ¡Ay, mamacita mía! Mis marineros son muy cobardes y huyeron río abajo. Si esos «bichos» caminan hacia allí… ¡Me los atraparán!
El mestizo lanzó una implorante mirada en torno suyo, pero por si acaso, don Varinas rechazó, volviendo a sudar:
– ¡No, no, querido Vélez! Yo no puedo acompañarle para avisarles… ¡Ya le dije que soy incapaz de correr más!
– Le acompañaré yo —se ofreció don Felipe.
– ¡Pues vamos allá, señor! ¡Hay que avisarles!
– Y así, de paso volverán a la embarcación.
Allí sólo quedaron don Miguel y don Varinas, puesto que Marcial también continuaba corriendo para perseguir a su joven «sobrino», sin dejar de gritarle:
– ¡Espera! ¡Espera!
– Siéntese, don Varinas —indicó don Miguel ya sin hacer guasa—. Pese a su caída… ¡Estuvo formidable, amigo!