El soberbio Orinoco

12

MILAGRO Y FELICIDAD PARA TODOS

Caía la tarde cuando, en la parte norte del embarcadero de la población de San Fernando, cuatro hombres, los tres geógrafos y hasta el gobernador, se despedían de los otros cuatro expedicionarios.

Impulsivamente Juana de Kermor había depositado un beso amistoso en las mejillas de aquellos hombres, sintiendo húmedos los grandes ojos negros al manifestar:

– ¡Nunca les podré olvidar, amigos míos! Han…, han sido todos muy buenos y muy pacientes conmigo.

Don Felipe quiso quitar solemnidad a la despedida, e incluso para contener su propia emoción bromeó al estrechar la manaza de Marcial:

– Si alguna vez un amigo necesita una buena «niñera», no dude que le recomendaré a usted, Marcial.

El ex sargento sonrió, pero devolvió la broma al prometer a su vez:

– Y si yo alguna vez sé de algún río no explorado, le llamaré, don Felipe.

– ¿Y a nosotros qué? —fingió enfadado don Varinas.

– ¡No, por Cristo! —rechazó Marcial—. Si aviso a los tres, se pasarían el tiempo discutiendo.

Cuando los tres hombres y la mujer ya estaban embarcados, agitando los brazos la despedida se hizo general:

– ¡Adiós y suerte!

– ¡Ojalá encuentren al comandante Kermor, o alguna pista sobre él!

– ¡Gracias, Excelencia!

– ¡Adiós, amigos!

Las primeras millas remontando el río, Jacques y Germán tuvieron que utilizar los remos, en espera de encontrar la brisa una vez el Orinoco volviese a alcanzar su normal anchura, rebasados aquellos recodos próximos a la población de San Fernando.

Y fue precisamente al alcanzar aquellas latitudes cuando, en el silencio de la noche y ya utilizando la vela, la mujer confesó:

– Tengo miedo. ¿Y si ese bandido localiza a mi padre antes que nosotros?

– Lo que yo no me explico es por qué tenemos que viajar por la noche. Llevo casi un siglo escuchando que por el Orinoco no se debe hacer y ahora…

– Sé que no es normal, y hasta si quieren más arriesgado —argumentó Jacques—. Pero el viaje en sí, ¿no lo es ya?

Nadie respondió lo que todos sabían y el joven cartógrafo añadió:

– Por eso decidí que un riesgo más no era nada, sobre todo si de él podemos sacar algunas ventajas.

– Dígalas —retó Marcial.

– La primera: como los quivas andan revueltos y merodean por la selva, hay una posibilidad más de pasar sin que nos vean.

– ¡Uf! Esos salvajes tienen buena vista y mejor oído, mi joven amigo.

– No lo olvido, Marcial. Pero por la noche, para dirigir sus flechas por fuerza tienen que hacerlo con más dificultad, y nosotros tenemos ventaja con los rifles.

– Y además, como estarán cansados de vigilar el río durante todo el día, a estas horas estará más descuidada su guardia —apoyó Germán.

Mirando a los dos amigos alternativamente, Marcial comentó:

– Por lo visto, ustedes dos estaban de acuerdo.

– No lo dude, Marcial. Jacques y yo siempre tomamos las decisiones juntos.

Jacques Helloch quiso franquearse del todo e informó:

– Les espera otra sorpresa.

– ¿Cuál, Jacques? —se impacientó la muchacha.

– Antes de amanecer, dejaremos bien escondida la piragua.

– ¡Diantre! —estalló Marcial—. ¿Piensa que hagamos el recorrido a pie?

– Es lo mejor. Lo más prudente.

– ¿Pero y esos condenados indios quivas?

– Nos buscarán por el río, no atravesando la selva.

– ¡Es arriesgado!

– Sólo con riesgo se ganan las grandes batallas, ¿no, Marcial?

– ¡Cierto! Pero esto es muy distinto y con Juana…

– ¡Resistirá! Es joven y animosa, amigo. Lo ha demostrado muchas veces.

– Sí, pero si fuera un muchacho…

– ¿Cuántas veces nos dijo que olvidásemos que era una mujer? —recordó Jacques, para que sirviera de reto a la muchacha—. ¡Pues le llegó la hora de demostrarlo!

Reinó el silencio, hasta que la voz femenina aceptó:

– ¡Lo haré, Jacques!

– Lo sabía, Juana. Por eso Germán y yo trazamos este plan, calculando que la sorpresa puede ser la forma más segura de acercarnos a la misión del padre Esperante. Una vez cerca de Santa Juana estaremos seguros, porque los indios no suelen atacar las misiones.

– ¿Ni esos rebeldes quivas?

– Ni ésos, Juana. Saben que en las misiones hay vida organizada y los nativos que se acogen a ellas saben defenderse muy bien. ¡Incluso que muchas veces cuentan con armas de fuego!

– ¡Dios le oiga! —deseó Marcial.

Horas después, todo fue saliendo según la hábil estrategia trazada por los dos expertos exploradores, aunque tuvieron que someter a sus dos amigos a una marcha agotadora cruzando la selva, precisamente en unas horas de intenso calor, cuando generalmente hasta las alimañas más salvajes se ocultan y reposan huyendo del sol abrasador.

Jacques Helloch llegó incluso hasta prohibir toda charla para ahorrar el máximo de energía, limitándose a recordar retadoramente a la muchacha cuando parecía vacilar sobre la ruta que seguían:

– ¿No dijiste tú misma en casa del gobernador que Germán y yo éramos dos excelentes exploradores?

– Sí, pero…

– ¡Pues confía!

Alguien ha escrito que para el ser humano nada hay imposible. Que hay caminos que conducen a todo: que si consiguiésemos voluntad suficiente contaríamos siempre con suficientes medios. Y eso fue lo que pasó con aquellos cuatro seres que pusieron toda su voluntad en conseguir su objetivo: la misión de Santa Juana fundada muchos años atrás por el padre Esperante.

La sorpresa fue de los nativos de la propia misión cuando uno de los indios cruzó la gran explanada flanqueada por simétricas chozas al anunciar, corriendo hacia un religioso:

– ¡Padrecito, padrecito! ¡Una mujer y tres hombres vienen hacia aquí!

– ¿Por la selva? —se extrañó el misionero—. ¡Imposible!

Hasta que al fin, el ansiado pero dilatado encuentro iba a tener lugar, aunque ocurrió de la forma más inesperada. Y ello porque los cuatro expedicionarios habían llegado hasta allí con la esperanza de encontrar algún rastro o noticia que les pudiera llevar hasta el desaparecido comandante Kermor, cuando quedaron en la gran explanada de la misión y su fundador acudió a recibir a los viajeros silenciosamente rodeado de todos sus indios, el asombradísimo Marcial exclamó con su recio vozarrón, incapaz de contenerse:

– ¡Por Dios vivo! Pero… ¡Pero si es mi jefe! ¡Es el comandante Kermor!

A su vez, quien decía ser el padre Esperante también reconoció:

– ¡Marcial! ¡Es… es un milagro!

Los dos hombres corrieron a la vez hasta quedar frente a frente, bastando tan sólo un instante para identificarse por completo. Jacques y Germán se acercaron a la muchacha que como en sueños miraba a aquellos dos hombres fundirse en estrecho abrazo, y aunque pretendió sonreír viéndoles, saltar de gozo y alegría como si fueran dos chiquillos, la honda y profunda emoción que sintió la hizo llorar.

Y con las lágrimas, una palabra que brotó de lo más íntimo de su ser:

– ¡Padre! De…debe ser mi… padre…

Y habría seguido llorando de no ver que el buen Marcial literalmente tiraba del otro hombre para llevarle ante ella, a la par que proclamaba lleno de gozo:

– ¡Ahí la tiene, mi comandante! ¡Ella es el milagro! ¡Porque milagro es que haya tenido tanta voluntad y decisión para arrastrarme hasta aquí, siempre anhelando encontrar a su padre…!

– ¿Mi hija…? —casi fue incapaz de pronunciar aquel hombre.

– Sí, comandante Kermor. ¡Su hija! Que no murió en aquel naufragio y que ha cruzado medio mundo para reunirse con usted.

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! Yo creí que también había muerto y quise abandonar el mundo, ingresando años después en un convento español, sin decir nada a nadie… Tiempo más tarde solicité ir a misiones y…

– ¡Padre mío! —sollozó la muchacha.

Ni el rudo soldado que había sido el sargento Marcial pudo sustraerse a la honda emoción de aquel encuentro. Sintió que la vista se le nublaba, pero como en el fondo se sentía invadido por una alegría que le haría explotar si no gritaba, alzando ambos brazos se puso a vitorear, animando a todos los presentes incluyendo a los indígenas:

– ¡Viva el comandante Kermor! ¡Viva su hija Juana! ¡Viva Francia! ¡Viva yo, qué caray! ¡Y viva todo el mundo! ¡Ja, ja, ja!

Cuando dejó de besar y abrazar a su hija, el ahora padre Esperante no quiso ser menos en lo tocante a las explosiones de buen humor, y pasando uno de sus brazos por los hombros de la muchacha gritó:

– Frene sargento o reventará. Veamos si no ha olvidado la disciplina… ¡Atención…! ¡Firmes!

Un enérgico taconazo fue la respuesta del ex sargento, quien tras cuadrarse y saludar militarmente bramó:

– ¡A la orden, mi comandante!

Todos los indígenas que había en la explanada miraban la escena silenciosos, pero cuando vieron a Marcial en aquella postura, sin saber por qué les hizo mucha gracia y empezaron a reír. Las carcajadas se hicieron contagiosas; había indios que hasta se retorcían, lo que empezó a escamar a Marcial que algo perplejo opinó:

– ¿Qué les pasa a estos bellacos, mi comandante? ¡Veo que no les enseñó mucha disciplina!

– ¡Ah, mi buen Marcial! Puede que tengas razón, pero sí les enseñé otras muchas cosas. ¡En ellos deposité todo el amor que el destino no me permitió ofrecer a los míos!

– Ahora podrá hacerlo, señor —osó indicar Jacques.

Nada más oírle Juana les presentó, aunque después de pronunciar el nombre de Germán, al instante se puso a contar que Jacques le había salvado varias veces la vida, que era un hombre muy valiente, inteligente y eficaz, hablando con tanto calor y vehemencia del joven cartógrafo que, buen buceador de almas, el misionero se atrevió a adivinar:

– ¡Ah, hijita mía! Presiento que tú sí has tenido a quien querer y que no tardaré mucho en tener que bendecir vuestra unión.

– ¡Padre! —se ruborizó la muchacha—. Yo…, yo… ¡Bueno, tenemos de tantas cosas que hablar…!

Aquel mismo día se habló largo y tendido de todo, olvidando incluso el cansancio y la fatiga de los cuatro viajeros y abordando problemas que, de cualquier manera, necesitarían de más calma, más sosiego y sobre todo de más profundas reflexiones.

Los mismos indígenas parecían también muy contentos de ver a su «padrecito» risueño y feliz, y ellos mismos dispusieron los alojamientos que los cuatro viajeros debían ocupar. Cuando al fin todos se retiraron a descansar y el poblado parecía disfrutar de total calma, los silenciosos pasos del misionero francés le llevaron bajo la noche estrellada y cruzando la solitaria explanada camino de su lugar preferido, bajo un frondoso árbol varias veces centenario que el ex comandante Kermor había elegido como altar.

Y allí, clavándose en el infinito del cielo los ojos de aquel hombre, la noche y las estrellas le escucharon musitar:

– ¡Gracias, buen Dios! ¡Mil gracias, Señor…! Pero sigue dándome fuerzas para continuar aquí. Mi vida ya está trazada, porque aquel naufragio marcó mi rumbo. Nombré a esta misión Santa Juana en honor a mi hijita… He leído en sus bellos ojos que será feliz con ese Jacques Helloch… Y yo debo serlo continuando mi tarea. ¡Estos hombres también me necesitan!

Días después la felicidad fue completa en la apartada misión de Santa Juana, cuando llegaron hasta allí importantes noticias. Los hombres del gobernador de San Fernando habían capturado al bandido Alfañiz, desarticulando la banda de rebeldes indios quivas que se habían desperdigado por la selva, tras sufrir en el enfrentamiento una seria derrota.

Por otra parte, discutida, pero al fin decidida la permanencia del comandante Kermor en la misión utilizando el nombre de «padre Esperante», Jacques Helloch creyó llegado el momento de hablar con Juana de lo que más anhelaba su corazón.

– Debo presentar nuestro trabajo al Gobierno francés —argumentó el joven cartógrafo—. Tú debes decidir si vendrás con Germán y conmigo a París, cariño.

– Iré, Jacques… Pero cuando mi padre haya bendecido nuestro matrimonio.

– ¡Gracias, Juana! ¡Me haces muy feliz!

– ¡Y tú a mí, amor mío! Creo que, por más soberbio y peligroso que sea el Orinoco, nunca podré arrepentirme de haber realizado este viaje tan accidentado, pero tan emocionante.

– ¡Sí, Juana! ¡El nos ha proporcionado la felicidad!

A mű végére értél. Elolvastad?

Hogy tetszett ez a mű?

Értékeld te is!

Sürgöny

Feladó-hivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

0 szó · díj: 0 krajcár (a pontokból STOP lesz)