El soberbio Orinoco

11

REENCUENTRO Y LLEGADA A SAN FER NANDO

El tiempo pasado junto al río descansando para reponer las fuerzas, no se podía considerar ni perdido ni un retraso. Los dos amigos habían calculado que después del naufragio de la embarcación donde había viajado la muchacha, lo más natural era que Marcial y los tres geógrafos también descendieran por la corriente interrumpiendo su viaje hacia San Fernando, porque un hombre tan fiel como aquel ex sargento por nada del mundo habría dejado de intentar encontrar, al menos, los restos de su «sobrino».

Y siendo así, ¿no terminarían pasando ante ellos? Por fortuna la corriente del Orinoco les había permitido encontrar a la muchacha y esa misma corriente les traería al resto de los amigos.

– Eso si es que no han muerto todos —le dijo Germán al amigo, en un instante que la muchacha no podía oírlos.

– No lo creo. Y aun siendo por desgracia así, la corriente habría arrastrado los restos de las embarcaciones.

– Pero me extraña una cosa, Jacques.

– ¿El qué?

– Si la embarcación donde iba ella zozobró, ¿por qué no hemos visto ya pasar sus restos?

Jacques Helloch quedó pensativo antes de decidir:

– Seguiremos el viaje, Germán. Ya hemos descansado y ella se ha repuesto del todo.

– Tienes razón. ¡Esta incertidumbre es mala!

Por fortuna, con el paso del tiempo la corriente del Orinoco prácticamente se había vuelto casi normal, por lo que no resultaba muy fatigoso seguir remontándola hacia la población de San Fernando. Los dos jóvenes cartógrafos instalaron la pequeña vela; la suave brisa realizaba casi todo el trabajo y ellos dos, alternándose, tan sólo tenían que conducir a la embarcación utilizando muy pocas veces los remos.

Jacques Helloch miró a la muchacha, calculó que un prolongado mutismo la podía llevar a los más tristes pensamientos, por lo que se interesó:

– Estoy pensando que si de niña estuvo usted con aquel matrimonio que dijo en Cuba, es por ello que habla usted también el español.

– Usted tampoco lo hace mal, Jacques. Les vi hablar con Vélez y los marinos nativos.

– Bueno, siempre me han interesado los idiomas. Y como Germán y yo sabíamos que el Gobierno francés nos encargaría esta misión en unos meses…

El joven observó que la muchacha volvía a su mutismo e insistió:

– Si la molesta mi charla, yo…

– ¡Al contrario! Y no crea que no agradezco su intención. Pero no puedo dejar de pensar en Marcial y…

– No se preocupe. Es un hombre lleno de vitalidad, con muchas energías y muy curtido.

– Sí, pero le vi lanzarse a la corriente para intentar salvarme y…

Aquella vez la mujer se interrumpió al oír la voz de Germán que les anunciaba, al iniciarse una de las curvas de la corriente:

– ¡Mirad allí!

– ¡Una embarcación! —exclamó a su vez Jacques.

– ¡Oh, Dios mío! ¡Pueden ser ellos! —deseó Juana.

Empuñando febrilmente los remos, los dos jóvenes se esforzaron para que la piragua adquiriese mayor velocidad remontando la corriente, en su afán por acercarse más a la embarcación que se perfilaba en la lejanía.

A su vez la muchacha se precipitó hacia la proa de la piragua, poniéndose a gritar con loca alegría y llena de esperanza:

– ¡Marcial! ¡Mi buen Marcial! ¡Aquí, aquí!

Una alegría indescriptible se apoderó de todos, cuando sobre la corriente del Orinoco el recio vozarrón del ex sargento a su vez se puso a gritar salvando la distancia:

– ¡Eh! ¡Aquí, aquí!

Impaciente, revolviéndose y tocando a unos y a otros, Marcial se puso a avisar a los tres geógrafos:

– ¡Miren, miren! ¡Es ella! ¡Ella está bien! ¡Dios mío! No… ¡No puedo creerlo!

Pese a la viva emoción que también sentían, los tres geógrafos no pudieron evitar intercambiar miradas entre ellos, formulándose mudas preguntas. No acertaban a comprender a su compañero de viaje, que nuevamente gritando hacia la embarcación, cada vez más próxima, continuó:

– ¡Es Juana! ¡Mi querida Juana! ¡Ja, ja, ja! ¡ES ELLA!

Fue el profesor Varinas el que al fin indagó a sus colegas, sin dejar de mirar a Marcial:

– ¿El dolor de la pérdida de su sobrino le habrá vuelto loco?

– ¡Chist! Por favor, Varinas. ¡No diga eso!

– ¿Es que no le oye, don Felipe?

– Sí, pero…

De pronto, le tocó el tumo a don Miguel el alzar la voz al identificar, fijos los ojos como todos en la piragua:

– ¡Pues ahí veo yo a una mujer, don Miguel!

Las explicaciones llegarían más tarde y todo quedaría encajado, cuando Juana de Kermor y el ex sargento Marcial se vieron forzados a pedir las debidas excusas a los tres comprensivos geógrafos, que sólo se limitaron hacer algunas preguntas, entre admirados y confusos.

El único que pareció alarmado fue el mestizo Vélez, que con las manos a la cabeza exclamó:

– ¡Ay, mamacita mía! Ahorita lo comprendo… ¡Todo nos ocurrió por llevar a una mujer!

– No sea ridículo, Vélez —le soltó Jacques Helloch—. Todo eso no son más que burdas supersticiones.

– ¿Ah, sí, señor? ¡Pues bien que se hundió mi embarcación!

– Zozobró debido a la tormenta.

– ¿Y el fuerte chubasco por qué vino, vamos a ver?

– ¿No irá a creer que de eso tiene la culpa ella?

– ¡Lo creo! Y si no del todo… ¡Mis marineros sí!

Pero el buen Marcial se sentía tan feliz, que tras buscar unos billetes en un doble cinturón que normalmente ocultaba bajo su camisa, ofreció al mestizo Vélez al proponer muy dadivoso y risueño:

– Deles triple paga y verá cómo se les pasan las supersticiones, amigo mío.

– Hombre, por mí…

– ¡Pero con una condición! —indicó el tieso índice de Marcial.

– ¿Con cuál, señor?

– ¡Queremos llegar, cuanto antes mejor, a San Fernando! ¿De acuerdo?

El mestizo atrapó los billetes al vuelo, alejándose contando el dinero al rezongar:

– Doscientos, trescientos, cuatrocientos… ¡Usted manda, patrón! ¡Ahorita mesmo lo preparo todito!

Fuese por aquel dinero, fuese porque también Vélez y sus marineros nativos también deseaban terminar aquel largo viaje sobre el peligroso Orinoco, lo cierto fue que a partir de aquel día todo marchó como la seda y al fin llegaron a la población sin más contratiempos ni nada digno de contar.

Nada digno, exceptuando las entretenidas charlas que brotaban de la alegría que en el fondo sentían todos, puesto que en comparación de lo que habían temido unos y otros perder nada irreparable había ocurrido.

Y esta alegría contagiosa duró incluso hasta la cena que les ofreció a todos los viajeros el gobernador de San Fernando, que aunque se mostró muy feliz de tener el honor de recibir en su casa a los tres geógrafos de Ciudad Bolívar, cuando la charla se generalizó y Juana de Kermor le preguntó si tenía alguna noticia de su padre, se limitó a decir:

– Lo siento, mi querida señorita; pero por aquí no hemos oído hablar de ese comandante Kermor que usted menciona.

Aquella noche, Juana de Kermor vestía de mujer y el elegante vestido que lucía aún hacia resaltar más su espléndida belleza y juvenil hermosura. Pero sus grandes y expresivos ojos negros nuevamente volvieron a reflejar la tristeza, cuando ante aquella negativa información recordó al dueño de la casa.

– Pues en Francia se recibió una carta, que mi padre fechó desde aquí, en San Fernando.

– Es posible, señorita. Quizá cuando estuvo por aquí utilizó otro nombre.

– Lo dudo, Excelencia —terció con su natural brío Marcial—. He servido durante muchos años al comandante Kermor, y le aseguro que no es hombre capaz de ocultar su verdadero nombre. ¿Qué razón podía tener para una cosa así?

– Bien, pero ¿cómo pasar desapercibido un francés en una población como ésta? —apuntó a su vez el gobernador—. Prácticamente, aquí todos nos conocemos y no crean que vienen con frecuencia los extranjeros.

– El explorador Chaffanjón sí que anduvo por aquí —recordó don Felipe.

– ¡Cierto! —aceptó el gobernador—. Él y de vez en cuando algún religioso misionero, como el padre Esperante, por ejemplo.

Con la insistencia de quien se niega a perder toda esperanza, Juana de Kermor apuntó:

– Es posible que ese sacerdote sepa algo de mi padre.

– ¿Se refiere al padre Esperante, mi querida niña?

– Sí, Excelencia.

– No lo creo; es un hombre admirable, que sólo está atento a cumplir su labor humanitaria. Desde que fundó la misión de Santa Juana…

El dueño de la casa se interrumpió al ver la actitud del joven Jacques Helloch, quien quiso confirmar:

– ¿Por qué precisamente Santa Juana, Excelencia?

– No lo sé, joven. Pero no les extrañe nada. Por aquí es frecuente que muchas misiones y poblados tengan nombres parecidos. Santa Juana, Santa Genoveva, Santa Luisa, San Pedro, San Hipólito… ¡No se olviden de la gran influencia española! Como otros muchos países de América del Sur, Venezuela…

Esta vez se interrumpió al oír que junto a él decía la bella muchacha:

– ¡Subiré a esa misión, Excelencia!

El hombre que presidía la mesa no debió tomar muy en serio la decisión de su joven invitada, puesto que tras secar correctamente sus labios con la fina servilleta, se limitó a sonreír, comentando:

– No sabe lo que dice, señorita.

Vivaz de genio, pese a la seña que mudamente le hizo Marcial con la bota sobre su pantorrilla, la muchacha inquirió al dueño de la casa:

– ¿Por qué dice eso, señor?

– Porque esto no es su querida y dulce Francia, señorita. Se habrá podido ir dando cuenta, puesto que han llegado hasta aquí. De cualquier manera, San Fernando es una población… ¡Y no una simple misión como Santa Juana, perdida en la selva!

– Debe comprenderlo, Juana —intervino Jacques Helloch.

– ¿Usted también? —preguntó la muchacha al clavar en el joven cartógrafo sus grandes ojos tristes—. Confiaba que…

– ¡Pues siento defraudarla! —replicó con firmeza el joven explorador—. Usted misma ha visto que, a esta altura, el Orinoco a veces se hace innavegable. Y en cuanto a la selva…

La cena había, terminado, y Juana de Kermor dio muestras de su desilusión levantándose muy seria. Todos los hombres la imitaron y el dueño de la casa indicó, señalando a otro salón:

– Pase, señorita. Entre todos intentaremos demostrarle que un viaje así puede convertirse en algo muy desagradable, sobre todo para una mujer tan bella y delicada como…

– Excelencia, preferiría que olvidasen todos que soy una mujer.

Campechano y galante, como buen venezolano, el gobernador exclamó:

– ¡Oh, una cosa así si que resulta imposible, señorita! ¡Salta a la vista!

– Le hablo en serio, señor —y vuelta hacia los tres geógrafos y los dos jóvenes franceses, les recordó—: ¿Comprenden mejor ahora por qué hice bien en pretender pasar por un muchacho?

– Disfraz que tarde o temprano se tenía que descubrir —apuntó Jacques.

Tras encender un oloroso habano, el dueño de la casa lanzó el humo hacia el techo al indicar:

– Les propongo algo que les puede interesar.

– Usted dirá, Excelencia —sonrió don Felipe.

– A ustedes tres una embarcación para que puedan terminar su interesante exploración por el Orinoco.

– Ya tenemos una, Excelencia —apuntó don Miguel.

– ¡Oh! Me refiero a una mucho mejor. Más segura y cómoda, don Miguel.

Los tres geógrafos iniciaron una leve inclinación de cabeza, aceptando don Felipe:

– Le quedaremos muy agradecidos. Excelencia.

– ¡Todo sea por la ciencia! —sonrió—. ¡Y por nuestro país!

Luego se volvió a los dos jóvenes cartógrafos, al añadir:

– Y a ustedes dos, puesto que ya han terminado el encargo que su Gobierno les hizo respecto a esas mediciones cartográficas, a cambio de que lleven una carta mía al presidente de Francia… ¡Todas las facilidades para su regreso a Caracas!

– Será un placer, Excelencia —aceptó a su vez Jacques.

Tanto la muchacha como Marcial parecían impacientes, en espera de lo que les ofrecería a ellos el gobernador de San Fernando, que al fin clavó sus ojos reidores en ellos al decir:

– Y a ustedes les propongo que continúen siendo mis huéspedes a cambio de un poco de paciencia.

Esta vez se adelantó Marcial al decir:

– No comprendo, Excelencia.

– Pues es muy simple, amigo mío. Ustedes amenizan mis días contándome mil cosas de su interesante país, mientras algunos indios hacen investigaciones por ahí, para ver si encuentran alguna pista que les pueda llevar a ese comandante Kermor.

Hizo una pausa estudiada, volvió a lanzar el humo de su gran cigarro hacia el techo, rematando:

– ¿Qué les parece?

Los tres geógrafos volvieron a inclinar levemente las cabezas como aceptación, lo mismo que los dos jóvenes franceses y hasta el mismo Marcial. Pero Juana de Kermor opinó:

– Si no le molesta y aun agradeciendo mucho su invitación yo preferiría ser la que intente localizar a mi padre, señor.

– Mis indios podrán realizar mejor esa ingrata labor, señorita.

– Lo acepto, señor, pero no he llegado hasta aquí para ahora limitarme a esperar…

Visiblemente molesto, el dueño de la casa opinó:

– ¡Es usted muy obstinada, señorita Kermor! ¿Ignora que soy el gobernador de esta zona y podría impedir su viaje?

Con la mayor dulzura, la muchacha avanzó hacia el dueño de la casa y con los ojos húmedos casi imploró:

– No lo hará, Excelencia. De tener una hija, ¿no le agradaría que sintiera lo mismo que yo?

– ¡Por supuesto! Demuestra amor, decisión y valentía. ¡Pero insisto en que un viaje así es muy arriesgado!

– ¡Yo lo haré, señor! ¿No se aventuró Chaffanjón, luego el misionero Esperante… y después tal vez mi padre?

– Sí, pero todos ellos eran expertos exploradores.

La sorpresa de todos fue cuando, apartándose del gobernador, la muchacha cambió la expresión triste de sus bellos ojos por un destello de risueña esperanza al quedar frente a Jacques Helloch, yendo a posar sus manos delicadas sobre las del hombre:

– ¡Y yo tengo a dos de los mejores exploradores, señor!

– ¿Có…cómo? —dijo el gobernador.

Ofreciendo la otra mano al también perplejo Germán Paterne, la radiante mujer insistió:

– ¡Se llaman Jacques Helloch y Germán Paterne, Excelencia! ¡Ellos me acompañarán! ¡Estoy segura!

Al ver lo que ocurría, don Miguel sonrió y siseó a sus dos colegas, siempre dispuestos a discutir y apostar:

– Apuesto a que la acompañan.

– ¡Y yo a que no! —aceptó don Varinas.

– Pues yo ni que no ni que sí —dijo don Felipe—. ¡La harán desistir del viaje!

Pero, al menos aquella vez, el prudente don Felipe no acertó. Y no fue así porque, tras sostener la esperanzada mirada de la joven, incapaz de rechazar, Jacques Helloch pareció decidir también por el amigo al manifestar:

– ¡Es usted un diablillo, Juana! Y la acompañaremos, porque si no… ¡sería capaz de ir usted sola!

Germán Paterne captó la mirada radiante de la joven y a su vez se encogió de hombros, exclamando:

– ¡Qué remedio! También iré.

– Gracias, amigos. Sabía que, al final, podía contar con ustedes —sonrió la muchacha.

Marcial se acercó a los tres al opinar:

– Pues ya sabéis lo que digo…

– Suéltalo, Marcial —animó Juana.

– Que te admiro, sí… ¡Te admiro! Pero también que al mismo tiempo te pondría sobre mis rodillas y te daría… ¡unos azotes!

– ¿Pero por qué, Marcial?

– ¿Y lo preguntas?

– ¡Bah! No nos pasará nada, hombre.

– ¿Y si ocurre algo? Te han dicho que no será ningún paseo por París. Aquí termina la civilización y el resto es selva. ¡Tierra salvaje donde los indios…!

– No se hable más, Marcial —le atajó Jacques—. Es absurdo empezar a sufrir por males que aún no han llegado.

– ¡Muy filosófico eso, amigo! Pero también es de locos no calcular lo que pueda pasar.

Sabiendo que lo rechazaría en el acto, Germán apuntó:

– Quédese usted si quiere, Marcial. Nosotros tres…

– ¡Narices! —saltó al instante—. ¡Donde vaya Juana voy yo!

– Sabríamos cuidarla, hombre.

– ¡Y yo mucho mejor! Juana es una señorita honorable y no va a viajar por la selva con dos… dos…

– Por favor, Marcial.

No terminó la frase, pero tras rebufar, cerrar los puños y mirar a la muchacha que tenía a cargo, el ex militar estalló:

– ¡Eres tú misma la que me saca de mis casillas!

El dueño de la casa, que se había sentado cómodamente en un sillón, continuaba saboreando su enorme habano y, de vez en cuando lanzaba bocanadas de humo al techo del salón, hasta que mirando a los dos grupos pidió:

– ¿Quieren sentarse, amigos? Puesto que son tan locos que emprenderán ese viaje, será mejor que les informe de cómo están las cosas por esa zona.

– El problema mayor deben ser los indios quivas, ¿no? —apuntó Jacques.

– En efecto: últimamente andan algo revueltos. En toda la selva, la única balsa de aceite que existe de aquí al norte es la misión del padre Esperante. Se diría que a alguien le molesta que los indios vivan en aldeas como Santa Juana, empezando a aceptar la civilización.

El tema era interesante, sobre todo para cuatro de los reunidos en casa del gobernador de San Fernando, puesto que con la mayor celeridad posible pensaban proseguir el viaje remontando el Orinoco, aunque el dueño de la casa les informó:

– Y además, luego tendrán que internarse en la selva. ¡La misión de Santa Juana está muy apartada de ese río!

Dialogando sobre todo aquello, la velada se prolongó.

Al día siguiente, tanto el grupo formado por Juana y Marcial, como el que formaron Jacques y Germán, pronto comprobaron una cosa: la primera dificultad que tendrían que vencer era el miedo que mostraban los nativos, nada más se les indicaba que necesitaban ir a la misión de Santa Juana, para lo que necesitaban una embarcación y personal.

– Y bien pagados —terminaba siempre su petición Marcial.

Pero aun así, los nativos rechazaban:

– ¿Por qué no, condenados? —empezó a irritarse Marcial.

– Por la selva, señor.

– ¡Bah! La selva: llevamos buenas armas. Ningún animal se atreverá a atacarnos.

– ¿Y los quivas, señor?

– ¡Qué quivas ni qué narices! Son indios como vosotros, ¿no?

– No, señor.

– ¿Ah, no? ¿Queréis decirme por qué?

– Porque los quivas son salvajes.

– Y vosotros unos miedosos —replicaba el ex sargento.

De cualquier manera, dos horas después, fatigados, sudorosos y con el desconsuelo reflejado en los ojos, vieron llegar desde la otra punta del rustico muelle a los dos amigos. La expresión de su rostro también reflejaba la ineficacia de su recorrido, aunque Juana quiso confirmar:

– ¿Nada, Jacques?

– ¡Nada, Juana! Todos se niegan.

– Esos indios quivas los tienen horrorizados

– comentó con desaliento Germán.

– Podemos recurrir al gobernador —apuntó Marcial—. Bastará una orden suya, para que algunos de esos cobardes nos acompañen.

Vio que ni la muchacha ni los dos hombres decían nada, aunque no dejaban de mirarle y quiso saber:

– ¿Qué pasa? ¿He dicho algo malo?

– Nada, Marcial. Pero no debemos recurrir a eso.

– ¿Y por qué no, Juana?

– ¿Olvidaste lo que nos dijo anoche su Excelencia?

– ¡Bah! Dijo muchas cosas.

– Y una de ellas, que él no quería responsabilidades por ese viaje.

– Ya vi que no estaba de acuerdo, pero él siempre puede ordenar que…

– ¿Y si alguno de esos nativos muere? La responsabilidad sería de él… y de nosotros. ¿Comprendes, Marcial?

– Sólo comprendo una cosa: solos los cuatro, eso sí que sería muy arriesgado.

– Diga más bien imposible —rectificó Germán.

– No, Germán. ¡Imposible no! —rechazó la muchacha.

– Pues ya me dirán cómo hacerlo. Sólo disponemos de nuestra piragua, y si vale para Jacques y para mí en cortos recorridos, no es una embarcación digna de soportar a los cuatro, además de tener que llevar los víveres, agua potable, las armas y equipaje para un viaje así.

Vuelta hacia el más joven de los dos cartógrafos franceses, la muchacha indagó anhelante:

– ¿Qué podemos hacer, Jacques?

– Ante todo, Juana, ya que hemos decidido seguir hasta Santa Juana, no desesperarnos por las dificultades que podamos encontrar. Seguiremos buscando una embarcación apropiada, y si ningún nativo nos quiere acompañar… ¡Iremos los cuatro solos!

– ¡Y viva Cartagena! —se burló Marcial—. ¿Quién cuidará de la navegación?

– ¡Yo…! O Germán; no es la primera vez.

– ¿Y de los bultos qué?

– Pues usted, Germán y yo.

– ¿Millas y millas por la selva? —quiso saber, algo irónico aún—. Porque luego tendremos que llegar hasta esa misión, ¿no?

– ¡Aunque sea al mismo infierno, Marcial! ¡Llegaremos!

– Claro, ustedes dos son jóvenes, pero yo…

– Marcial… ¡Que no se diga! —pretendió animarle la joven.

– Sí, sí… Que no se diga, pero ya tengo mis años. ¡Más de medio siglo encima!

– Le sentará bien —apuntó Jacques—. Así disminuirá su barriga.

– ¡Eh, hijito! ¡Que yo no tengo barriga! Sólo es un poco…

– De grasa, que le conviene perder.

Lo que ellos ignoraban era que las dificultades para encontrar tripulación no sólo estribaban en el miedo de los nativos de San Fernando a los quivas que merodeaban por la selva. Cierto que era un factor, pero existía otro artificial que estaba siendo fomentado por un hombre hercúleo, malcarado y sucio con marcado acento portugués, que también había estado toda la mañana merodeando por los muelles, repartiendo monedas entre los patronos de embarcaciones.

Su lenguaje era tan grosero y sucio como la misma ropa que le cubría y sus palabras llenas de amenaza, al advertir:

– Toma y haz correr la voz. ¡Esos tipos no deben encontrar embarcación!

El indio, un patrón que se ganaba la vida viajando por el río, aunque aceptó la moneda indagó:

– ¿Por qué no?

– Ya sabes…, tengo algunos contactos con los quivas y te podrían perjudicar.

– Sólo intentan llegar a la misión de Santa Juana. Ella dice que busca a un tal comandante Kermor, que es su padre.

– Precisamente por eso, amigo.

– ¿Y tú por qué no quieres que lleguen?

– Porque antes he de llegar yo, ¿comprendes?

El indio sacudió la cabeza negativamente, pero tras comprobar que la moneda era buena se la guardó, limitándose a encogerse de hombros. En el fondo lo que más le importaba era que los belicosos indios quivas nunca le atacasen a él y a su embarcación, y aquel hombrón blanco pero de tez aceitunada y morena tenía pinta de que efectivamente mantenía relaciones secretas con los quivas que merodeaban por la selva.

En su fanfarronería aquel desagradable individuo aún llegó a más, pues aunque se guardó mucho de acercarse al grupo de extranjeros, llamó su atención gritándoles:

– ¡Eh, ustedes!

Al otro extremo del muelle, creyendo que algunos de los patrones de embarcaciones les llamaba para aceptar, Juana de Kermor fue la primera en volverse y mirar al individuo. El hombre mostró sus negros dientes raídos con una sonrisa cínica, al preguntar a la muchacha:

– ¿Están buscando al comandante Kermor?

– ¡Oh, sí! —confirmó la mujer esperanzada al añadir—: ¿Sabe usted algo de él?

Aquel individuo sucio y malcarado hizo algo totalmente extraño después de su pregunta. En vez de acercarse e informar, dio media vuelta y caminó por el muelle, obligando a la intrigada y anhelante muchacha a caminar tras él preguntándole:

– ¡Espere! ¿Quién es? ¿Por qué me pregunta eso?

El individuo se limitó a medio volverse para gritar, debido a la distancia:

– Digamos que soy un viejo «amigo» de ese comandante. ¡Y que le encontraré antes que ustedes!

– ¿Cómo dice…? ¡Eh! ¿Quién es usted?

Pero ya el individuo empezaba a desaparecer entre el gentío del muelle, aunque dejando oír su áspero vozarrón al gritar con marcado acento portugués:

– ¡Jo, jo, jo! ¡Se asustaría de conocer mi nombre, muñeca! ¡Y gracias por la pista que su llegada aquí me dio sobre el comandante!

Cuando Marcial, Jacques y Germán llegaron corriendo junto a Juana, aquel misterioso individuo ya había desaparecido entre el trajín del muelle. Juana de Kermor había llegado a una terrible conclusión: aquel hombre grosero y desagradable no podía ser nadie más que el portugués evadido del penal de Cayena, adonde Marcial le contó le había enviado su padre tras las declaraciones que hiciera el comandante Kermor en un caso de asesinato.

– Y ahora… ¡Ahora seguro que le busca para vengarse! —pensó en voz alta la muchacha.

En pocas palabras contó sus temores y el primero en reaccionar fue Jacques que propuso:

– ¡Hay que avisar al gobernador! Si ese tipo es Alfañiz y ronda por aquí, seguro que le gustará echarle el guante.

– Cierto, Jacques. ¡Es un evadido de prisión!

– ¿A qué esperamos? —les animó al instante Marcial.

Los cuatro corrieron hacia la casa de la primera autoridad de San Fernando y todo aquel territorio, que al instante dio órdenes a sus hombres para organizar una batida por los alrededores. El gobernador ofreció una crecida recompensa por la captura del portugués Alfañiz, diciéndoles a los que le habían traído la información:

– Es todo lo más que puedo hacer, señores. Tengo autoridad sobre la zona, pero no soy ningún dictador para, por la fuerza, obligar a nadie a que les acompañe.

Aquel hombre amable y bueno abrió los brazos y añadió, como excusándose:

– Así están las cosas. Pueden ver que no tengo más que un pelotón de soldados. El Gobierno central no se preocupa mucho por estas provincias lejanas y perdidas donde, generalmente, lo que más impera es la ley de la fuerza.

– Pero su Excelencia podría pedir a algún patrón del muelle… —empezó a apuntar Marcial, fiel a su idea.

– No, amigo mío; eso sería intervenir. Ahora bien, si ustedes logran contratar a algún voluntario, es otra cosa.

Y tras esto se lanzó a todo un discurso político, en el que manifestó que un gobernador debía ser siempre justo y ecuánime con sus subordinados, aunque éstos fueran indios y mestizos a medio civilizar.

– Comprenderán —añadió—, que mi autoridad se vería muy mermada y con el tiempo hasta discutida, si ordeno a alguien que les acompañe en ese dichoso viajecito. En el caso de morir algunos indios mandados por mí, todos me harían responsable.

– No se esfuerce más, Excelencia —pidió Jacques—. Mañana es posible que tengamos mejor suerte.

Y fue así porque, seguramente al enterarse en los muelles que el gobernador había enviado a un grupo de sus hombres para que localizaran al portugués Alfañiz, la búsqueda y captura del temido bandido levantó los ánimos a muchos.

Lo cierto fue que al fin encontraron una embarcación, aunque su dueño se excusó:

– Lo siento; los quivas andan muy revueltos para navegar más de unas millas más arriba de San Fernando.

– Pero dijo que…

– Yo sólo dije que les alquilo mi piragua, señor —insistió el nativo—. ¡Nada más!

Acostumbrado gran parte de su vida a tratar a muchos hombres como si fueran soldados reclutas, el ex sargento Marcial se acercó al nativo y tomándole por la pechera de su mugrienta camisa empezó:

– Pues yo te diré algo a ti, enanito. ¡Eres un cobarde!

El indio sonrió de oreja a oreja, mostró todos sus dientes y con gesto elocuente simplemente se excusó:

– Me gusta la vida, señor. ¿Comprende? ¡Allá ustedes si están locos para hacer ese viaje!

– Vamos, Marcial —le incitó Jacques—. Hay que preparar muchas cosas.

– Me quedo aquí, a vigilar la embarcación

– anunció Germán.

– ¡Buena idea! —celebró Marcial—. Esos pillos son capaces de llevársela, una vez cobrado el alquiler.

Se trataba de empaquetar las provisiones y prepararlo todo con la mayor precaución, sin olvidar ningún detalle. La muchacha le observó, agradeciendo:

– Se toma usted mucho interés en esto, Jacques. No sé cómo se lo voy a agradecer.

– Le diré, Juana; estoy dispuesto a correr los riesgos que hagan falta, pero al mismo tiempo, sólo los necesarios. Y por mí no quiero que quede nada olvidado.

Mostrándose amable, Marcial a su vez reconoció:

– Jacques, es usted un chico excelente.

– Gracias, Marcial.

– ¡Es cierto! Y además… ¡Un explorador excelente! Está usted en todo.

– Cuídese de esas galletas. Deben quedar bien envueltas en esa lona para protegerlas de la humedad.

– ¿Y yo qué puedo hacer, Jacques?

– Dos cosas, y por este orden, Juana; vaya a ver a don Felipe y sus amigos para avisarles que emprendemos la marcha al caer el sol.

– ¿Tanto tardarán en prepararlo todo?

– No, pero no es conveniente partir antes.

– ¿Por qué, Jacques?

– Hace mucho calor y tendríamos que remar.

– Pero la embarcación dispone de vela. ¡La vi!

– Cierto; pero la brisa no soplará lo suficiente hasta salir del recodo donde está situada esta población. Dos millas más arriba de San Fernando, el río vuelve a ensancharse y al llegar allí la podremos utilizar.

– ¡Lo dije! —aprobó Marcial—. Está en todo.

– Soy cartógrafo y he hecho muchas mediciones sobre estos terrenos. Por cierto que los mapas dicen poca cosa sobre esta zona; está poco explorada.

Creyó adivinar la inquietud en los ojos de la muchacha y al instante se esforzó en aclarar:

– Me refiero desde un poco más al norte hacia arriba, claro.

– Dijo que me ordenaría dos cosas, Jacques. ¿Cuál es la otra?

– Que sea buena chica y se quede con don Felipe y sus amigos, hasta la hora de partir.

– ¡Pero es que yo quiero ayudar! ¿Por qué tengo que quedarme allí con esos geógrafos, escuchándoles siempre discutir sobre el Orinoco, el Guaviare o el Atabapo?

– ¿Qué tiene de malo eso? Es una charla muy instructiva.

– ¡Pero a mí me aburre!

– Siempre será más prudente que andar por ahí.

No olvide que estamos muy lejos de la civilización y que en poblaciones tan apartadas como ésta, pueden ocurrir muchas cosas desagradables.

Jacques Helloch hizo una pausa, antes de añadir:

– Sobre todo, siendo una mujer… ¡Y blanca!

Sin dejar de empaquetar los víveres, Marcial sonrió a la muchacha al indicar al joven y comentar:

– ¿Qué te parece, querido «sobrino»? Cuando fingías que eras un muchacho, tenía que cuidar de ti y siempre te quejabas de mis sermones y consejos, ¿no? Pues ahora tienes además otro vigilante. ¡Y parece más severo que yo!

– Pero más joven… ¡Y menos gruñón, cascarrabias!

Al quedar solos los dos hombres, el joven cartógrafo quedó sorprendido al oírle decir a Marcial:

– Lo que le dije antes era en serio, muchacho.

– No sé; no recuerdo.

– Eso de que es un buen muchacho.

– Le costó trabajo aceptarlo, ¿verdad, amigo?

– Hombre, yo…

– Se pasó más de la mitad del viaje, desde que nos conocimos, soltándome resoplidos y pretendiendo siempre prohibir a Juana que hablase conmigo y Germán.

– Entonces las cosas eran distintas. Nadie sabía que era una mujer y debía vigilar. El menor descuido…

– No siga, Marcial. ¡Lo sé!

– Voy a decirle algo, Jacques. ¡Le gusta a usted!

– Acertó sólo a medias, porque no sólo me gusta. ¡La quiero!

– ¡Sopla!

– Y se lo he confesado porque…

– ¡Siga, hombre, siga!

– Bueno; porque si no encontrásemos a su padre, tendría que ser a usted a quien le pidiera que ella y yo…

– ¡Alto, jovencito! Yo no soy de la familia de los Kermor. No estoy autorizado para consentir una cosa así.

Pero Jacques Helloch ya se había desahogado confiándole a alguien su secreto y se sentía aliviado.

Desde aquel instante, incluso pondría mucho más interés en todo.

Sürgöny

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