El faro del fin del mundo

III

LOS TRES GUARDIANES.

Es en esta época del año, de noviembre a marzo, cuando la navegación es más activa en los parajes de la Magallanía. El mar es siempre duro allí. Pero, si nada detiene ni calma los inmensos oleajes que vienen de los dos océanos, al menos el estado de la atmósfera es más estable, y los temporales que lo perturban hasta en las altas zonas no son más que pasajeros. Los navíos de vapor y los veleros se aventuran con más gusto, durante este período de tiempo manejable, a contornear el Nuevo Continente doblando el cabo de Hornos.

Sin embargo, no es el paso de los buques, sea por el estrecho de Le Maire, sea por el sur de la Isla de los Estados, lo que podría romper la monotonía de las largas jornadas de esta estación. Nunca han sido numerosos, y se han vuelto aún más raros, desde que el desarrollo de la navegación a vapor y el perfeccionamiento de las cartas marinas han hecho menos peligroso el estrecho de Magallanes, ruta a la vez más corta y más fácil.

No obstante, esta monotonía, inherente a la existencia en los faros, no es fácilmente perceptible para los guardianes destinados ordinariamente a su servicio. Son, en su mayoría, antiguos marineros o antiguos pescadores. No son gente de contar los días y las horas; saben incesantemente ocuparse y distraerse. El servicio, por otra parte, no se limita a asegurar la iluminación entre la puesta y la salida del sol. Se había recomendado a Vásquez y a sus camaradas vigilar con cuidado las proximidades de la bahía de Elgor, dirigirse varias veces por semana al cabo San Juan, observar la costa este hasta la punta Several, sin alejarse jamás más de tres a cuatro millas. Debían mantener al día el «libro del faro», anotar todos los incidentes que pudieran sobrevenir, el paso de los buques de vela y de vapor, su nacionalidad, su nombre cuando lo enviaran con su matrícula, la altura de las mareas, la dirección y la fuerza del viento, el registro del tiempo, la duración de las lluvias, la frecuencia de las tormentas, las1 alzas y bajas del barómetro, el estado de la temperatura y otros fenómenos, lo que permitiría establecer la carta meteorológica de estos parajes.

Vásquez, argentino de nacimiento, como Felipe y Moriz, debía desempeñar en la Isla de los Estados las funciones de guardián jefe del faro. Tenía entonces cuarenta y siete años. Vigoroso, de una salud a toda prueba, de una notable resistencia, como corresponde a un marino que ha cruzado y recruzado la mayor parte de los ciento ochenta paralelos, resuelto, enérgico, familiarizado con el peligro, había sabido salir adelante en más de una circunstancia en la que se jugaba la vida. No es solo a la edad a lo que debía haber sido elegido como jefe del relevo, sino a su carácter bien templado que inspiraba una entera confianza. Sin haber llegado más alto que el grado de primer contramaestre en la Marina de Guerra de la República, había dejado el servicio con la estima de todos. Así, cuando solicitó esta plaza en la Isla de los Estados, la autoridad marítima no experimentó ninguna vacilación en confiársela.

Felipe y Moriz eran igualmente dos marinos, de cuarenta y treinta y siete años respectivamente. Vásquez conocía a sus familias desde hacía mucho tiempo y los había designado para la elección del gobierno. El primero, como él, había permanecido soltero. Solo de los tres, Moriz estaba casado, sin hijos, y su mujer, a la que volvería a ver en tres meses, servía en casa de una patrona del puerto de Buenos Aires.

Cuando los tres meses hubieran transcurrido, Vásquez, Felipe y Moriz reembarcarían en el Santa Fe, que llevaría de vuelta a la Isla de los Estados a otros tres guardianes, cuyo puesto volverían a ocupar ellos tres meses más tarde.

Sería en junio, julio y agosto cuando retomarían el servicio, es decir, hacia mediados del invierno. Por lo tanto, después de no haber sufrido demasiado las inclemencias durante su primera estancia, debían esperar una penosa existencia a su regreso a la isla. Pero, como es de imaginar, esto no era motivo para causarles la menor inquietud. Vásquez y sus camaradas estarían ya casi aclimatados, y sabrían desafiar impunemente el frío, las tempestades, todos los rigores de las estaciones antárticas.

Desde ese día, 10 de diciembre, el servicio fue organizado regularmente. Cada noche las lámparas funcionaron bajo la vigilancia de uno de los guardianes apostado en la cámara de guardia, mientras los otros dos descansaban en el alojamiento. De día, los diversos aparatos eran revisados, limpiados, provistos de mechas nuevas si era necesario, y puestos en estado de proyectar sus potentes rayos al ponerse el sol.

Entretanto, siguiendo las indicaciones del servicio, Vásquez y sus camaradas descendían la bahía de Elgor hasta el mar, sea a pie siguiendo una u otra orilla, sea en la embarcación dejada a disposición de los guardianes, una chalupa con media cubierta aparejada con trinquete y foque, que se abrigaba en una pequeña cala donde no tenía nada que temer, pues altos acantilados la protegían contra los vientos del este, los únicos temibles.

Huelga decir que, cuando Vásquez, Felipe y Moriz hacían estas excursiones en la bahía o en los alrededores del recinto, uno de ellos permanecía siempre de guardia en la galería superior del faro. En efecto, podía ocurrir que un buque pasara a la vista de la Isla de los Estados y quisiera enviar su matrícula. Importaba pues que uno de los guardianes estuviera siempre en su puesto. Desde el rellano, solo se veía el mar del este al nordeste. En las demás direcciones, los acantilados detenían la mirada a algunos centenares de toesas del recinto. De ahí esta obligación de permanecer constantemente en la cámara de guardia, a fin de poder comunicarse con los navíos.

Los primeros días que siguieron a la partida del aviso no estuvieron marcados por ningún incidente. El tiempo permanecía bueno, la temperatura bastante elevada. El termómetro marcaba a veces diez grados sobre cero centígrado. El viento soplaba de alta mar, y generalmente en brisa ligera entre la salida y la puesta del sol; luego, con la tarde, rolaba a tierra, es decir, que remontaba al noroeste, y venía de las vastas llanuras de la Patagonia y de la Tierra del Fuego. Hubo sin embargo algunas horas de lluvia, y, como el calor aumentaba, era de esperar próximas tormentas, que podrían modificar el estado atmosférico.

Bajo la influencia de los rayos solares, que adquirían una fuerza vivificante, la flora comenzó a manifestarse en cierta medida. La pradera vecina del recinto, enteramente despojada del manto blanco del invierno, mostraba su tapiz de un verde pálido. En el bosque de hayas antárticas, incluso habría sido placentero tumbarse bajo los follajes nuevos. El arroyo, abundantemente alimentado, corría a cauce lleno hasta la cala. Los musgos, los líquenes reaparecían al pie de los árboles y tapizaban el flanco de las rocas, al igual que esas coclearias tan eficaces contra las afecciones escorbúticas. En fin, si no era la primavera —esta bonita palabra no tiene curso en la Magallanía— era el verano que por algunas semanas aún reinaba sobre el extremo límite del continente americano.

Terminada esta jornada, antes de que llegara el momento de encender el faro, Vásquez, Felipe y Moriz, sentados los tres en el balcón circular que rodeaba la linterna, charlaban según su costumbre, y muy naturalmente el guardián jefe dirigía y mantenía la conversación.

– Bueno, muchachos —dijo después de haber rellenado concienzudamente su pipa —ejemplo que fue seguido por los otros dos—, ¿qué tal esta nueva existencia?... ¿empezáis a acostumbraros a ella?

– Claro, Vásquez —respondió Felipe—. No es en tan poco tiempo que se puede sentir gran aburrimiento ni gran fatiga.

– En efecto —añadió Moriz—, pero nuestros tres meses pasarán más rápido de lo que habría creído.

– ¡Sí, muchacho, filarán como una corbeta bajo sus juanetes, sobrejuanetes, alas y rastreras!

– Hablando de buques —observó Felipe—, no hemos visto ni uno solo hoy, ni siquiera en el horizonte…

– Ya vendrán, Felipe, ya vendrán —replicó Vásquez, ahuecando la mano sobre los ojos como para hacerse un catalejo—. No habría valido la pena haber levantado este hermoso faro en la Isla de los Estados, un faro que envía sus destellos hasta diez millas mar adentro, para que ni un solo navío viniera a aprovecharlo.

– Además, es completamente nuevo nuestro faro —observó Moriz.

– ¡Como dices, muchacho! —replicó Vásquez—, y hace falta tiempo para que los capitanes aprendan que esta costa está iluminada ahora. ¡Cuando lo sepan, no dudarán en costear más de cerca y entrar en el estrecho con gran ventaja para su navegación! Pero no basta con saber que hay un faro, ¡aún es preciso estar seguro de que está siempre encendido, desde la puesta del sol hasta su pequeña salida!

– Eso no será bien sabido —hizo notar Felipe— hasta después del regreso del Santa Fe a Buenos Aires.

– Justo, muchacho —declaró Vásquez—, y, cuando se haya publicado el informe del comandante Lafayate, las autoridades se apresurarán a difundirlo en todo el mundo marítimo. Pero ya la mayoría de los navegantes no deben ignorar lo que se ha hecho aquí.

– En cuanto al Santa Fe, que no partió más que hace cinco días —prosiguió Moriz—, su travesía durará…

– Lo que dure —interrumpió Vásquez—, ¡no más de una semana todavía, supongo! El tiempo es bueno, el mar está en calma, el viento sopla del buen lado… El aviso tiene el viento a un largo en sus velas día y noche, y, añadiendo su máquina, me extrañaría mucho si no filara sus nueve a diez nudos.

– A la hora que es —dijo Felipe—, debe haber pasado el estrecho de Magallanes y doblado el cabo Vírgenes unas quince millas.

– Seguro, muchacho —declaró Vásquez—. En este momento, costea la costa patagónica, y puede desafiar en carrera a los caballos de los patagones… ¡Sabe Dios, sin embargo, si en aquel país, hombres y bestias salen disparados como una fragata de primer rango, viento en popa cerrada!

Se comprenderá que este recuerdo del Santa Fe estuviera aún presente en el espíritu de esta buena gente. ¿No era como un pedazo de la tierra natal que acababa de dejarlos para regresar allá? Con el pensamiento, lo seguirían hasta el final del viaje.

– ¿Has tenido buena pesca hoy?... —prosiguió Vásquez dirigiéndose a Felipe.

– Bastante buena, Vásquez, he cogido con la línea algunas docenas de gobios, y, con la mano, un buey de mar que pesaba bien tres libras, que se deslizaba entre las rocas.

– ¡Bien eso! —respondió Vásquez—, ¡y no temas despoblar la bahía!... Los peces, cuantos más se cogen, más hay, como se dice, ¡y eso nos permitirá economizar nuestras provisiones de carne seca y tocino salado!... En cuanto a las verduras…

– Yo —anunció Moriz—, he bajado hasta el bosque de hayas. He desenterrado allí algunas raíces, y, como se lo vi hacer al maestre cocinero del aviso, que sabe lo que hace, ¡os prepararé con ellas un magnífico plato!

– Será bienvenido —declaró Vásquez—, ¡porque no hay que abusar de las conservas, ni siquiera de las mejores!... ¡Nunca valen lo que está recién matado, o recién pescado, o recién cogido!

– ¡Eh! —exclamó Felipe—, si nos vinieran algunos rumiantes del interior de la isla… un par de guanacos u otros.

– No digo que un filete o un pernil de guanaco sea de despreciar —replicó Vásquez—. ¡Un buen trozo de venado, y el estómago no tiene más que agradecimientos que hacer cuando se le ha servido!... Así que, si la caza se presenta, trataremos de abatirla. Pero, muchachos, atención a no alejarse del recinto para ir a cazar la pieza mayor o menor. Lo esencial es conformarse a las instrucciones y no apartarse del faro, si no es para observar lo que pasa en la bahía de Elgor, y en alta mar entre el cabo San Juan y la punta Diegos.

– Sin embargo —prosiguió Moriz, a quien le gustaba la caza—, si viniera una buena pieza a un tiro de fusil…

– A un tiro de fusil e incluso a dos, e incluso a tres, no digo que no —respondió Vásquez—. Pero, ya lo sabéis, el guanaco es demasiado arisco por naturaleza para frecuentar la buena sociedad… la nuestra se entiende, ¡y me sorprendería mucho si viéramos siquiera un par de cuernos por encima de las rocas, por el lado del bosque de hayas o en las proximidades del recinto!

En efecto, desde el comienzo de los trabajos, ningún animal había sido señalado en las proximidades de la bahía de Elgor. El segundo del Santa Fe, decidido Nemrod, había intentado varias veces cazar el guanaco. Su tentativa había sido vana, aunque se hubiera adentrado de cinco a seis millas en el interior. Si la caza mayor no faltaba, al menos no se dejaba ver más que de demasiado lejos para ser disparada. Quizás, si hubiera franqueado las alturas y sobrepasado el puerto Parry, si hubiera llegado hasta el otro extremo de la isla, el segundo habría sido más afortunado. Pero allá donde se alzaban grandes picos, en la parte occidental, el camino debía ser sin duda muy difícil, y ni él, ni nadie de la tripulación del Santa Fe, fue jamás a reconocer los alrededores del cabo San Bartolomé.

Durante la noche del 16 al 17 de diciembre, estando Moriz de guardia en la cámara de guardia de seis a diez de la noche, una luz apareció en dirección este, a cinco o seis millas mar adentro. Era evidentemente la luz de un navío, la primera que se había mostrado en las aguas de la isla desde el establecimiento del faro.

Vásquez, Felipe y Moriz, todos sentados en el balcón…

Moriz pensó, con razón, que aquello debía interesar a sus camaradas, que aún no dormían, y vino a avisarles.

Vásquez y Felipe subieron enseguida con él, y, catalejo en ristre, se apostaron ante la ventana abierta al este.

– Es una luz blanca —declaró Vásquez.

– Y, por consiguiente —dijo Felipe—, no es una luz de posición, puesto que no es ni verde ni roja.

La observación era justa. No era una de esas luces de posición colocadas, según su color, una a babor, la otra a estribor del navío.

– Y —añadió Vásquez—, puesto que esta es blanca, es que está suspendida del estay de trinquete, lo que indica un vapor a la vista de la isla.

Sobre este punto, ninguna duda. Se trataba efectivamente de un vapor que se dirigía hacia el cabo San Juan. ¿Tomaría el estrecho de Le Maire, o pasaría por el sur? Esa es la pregunta que se hacían los guardianes.

Siguieron pues la marcha del buque a medida que se acercaba, y, después de media hora, tuvieron clara su ruta.

El vapor, dejando el faro por babor al sudsudoeste, se dirigió francamente hacia el estrecho. Se pudo ver su luz roja en el momento en que pasó a la altura del puerto San Juan; luego no tardó en desaparecer en medio de la oscuridad.

– ¡He aquí el primer navío que habrá avistado el Faro del Fin del Mundo! —exclamó Felipe.

– ¡No será el último! —aseguró Vásquez.

Al día siguiente, por la mañana, Felipe señaló un gran velero que aparecía en el horizonte. El tiempo estaba claro, la atmósfera despejada de brumas bajo una ligera brisa del sudeste, lo que permitió ver el navío a la distancia de al menos diez millas.

Vásquez y Moriz, avisados, subieron a la galería del faro. Se distinguía el buque señalado por encima de los extremos acantilados del litoral, un poco a la derecha de la bahía de Elgor, entre la punta Diegos y la punta Several.

Este navío navegaba rápidamente, con todo el trapo, con una velocidad que no debía estimarse en menos de doce o trece nudos. Navegaba a un largo, amura de babor. Pero, como se dirigía en línea recta hacia la Isla de los Estados, no se podía aún asegurar si pasaría al norte o al sur de ella.

Como gente de mar que estas cuestiones interesan siempre, Vásquez, Felipe y Moriz discutían este punto. Finalmente, fue Moriz quien tuvo razón, habiendo sostenido que el velero no buscaba la entrada del estrecho. En efecto, cuando no estuvo más que a una milla y media de la costa, orzó, de manera a acercarse más al viento, a fin de doblar la punta Several.

Era un gran buque, de al menos mil ochocientas toneladas de arqueo, aparejado como barca de tres palos del tipo de esos clíperes construidos en América, y cuya velocidad de marcha es verdaderamente maravillosa.

– ¡Que mi catalejo se convierta en paraguas —exclamó Vásquez— si ese no ha salido de un astillero de Nueva Inglaterra!

– ¿Quizás va a enviarnos su matrícula? —dijo Moriz.

– No haría más que cumplir con su deber —respondió simplemente el guardián jefe.

Es bien lo que ocurrió en el momento en que el clíper doblaba la punta Several. Una serie de banderas subió a la pena de la cangreja, señales que Vásquez tradujo inmediatamente después de haber consultado el libro depositado en la cámara de guardia.

Era el Montank del puerto de Boston, Nueva Inglaterra, Estados Unidos de América. Los guardianes le respondieron izando el pabellón argentino en el asta del pararrayos, y no cesaron de observar el navío hasta el momento en que la extremidad de su arboladura desapareció detrás de las alturas del cabo Webster, en la costa sur de la isla.

– Y ahora —dijo Vásquez—, ¡buen viaje al Montank, y quiera el cielo que no pille algún mal temporal mar adentro del cabo de Hornos!

Durante los días que siguieron, el mar permaneció casi desierto. Apenas se pudo entrever una o dos velas en el horizonte del este. Los navíos que pasaban a una decena de millas de la Isla de los Estados no buscaban evidentemente recalar en la tierra de América. En opinión de Vásquez, debían ser balleneros que se dirigían a los caladeros, en los parajes antárticos. Se vieron por lo demás algunos sopladores que venían de latitudes más elevadas. Se mantenían a buena distancia de la punta Several dirigiéndose hacia el Océano Pacífico.

No hubo nada que1 anotar hasta la fecha del 20 de diciembre, si no son observaciones meteorológicas. El tiempo se había vuelto bastante variable, con saltos de viento del nordeste al sudeste. En varias ocasiones, cayeron lluvias bastante fuertes, a veces acompañadas de granizo, lo que indicaba una cierta tensión eléctrica de la atmósfera. Se podían temer pues tormentas que no dejan de ser temibles, sobre todo en esta época del año.

En la mañana del 21, Felipe se paseaba fumando sobre el rellano, cuando creyó ver un animal por el lado del bosque de hayas.

Después de haberlo observado durante algunos instantes, fue a buscar un catalejo a la sala común.

Felipe reconoció sin dificultad un guanaco de gran tamaño. Era quizás la ocasión de hacer un buen lance.

Enseguida, Vásquez y Moriz, a quienes acababa de llamar, salieron ambos del anexo y se reunieron con él en el rellano.

Todos fueron de la opinión de que había que ponerse a cazar. Si se lograba abatir el guanaco, eso supondría un suplemento de carne fresca, que variaría agradablemente el menú habitual.

He aquí lo que se convino: Moriz, armado con una de las carabinas, saldría del recinto, e intentaría, sin ser visto, rodear al animal, que permanecía inmóvil, y empujarlo hacia el lado de la bahía, donde Felipe lo esperaría al paso.

MORIZ HIZO UN GESTO INEQUÍVOCO.

—En todo caso, tened mucho cuidado, muchachos —recomendó Vásquez—. ¡Esas bestias tienen el oído fino y el olfato fino! En cuanto esta vea u huela a Moriz, escapará tan rápido que no podréis ni dispararle ni hacerlo volver. Dejadla ir entonces, porque no debéis alejaros… ¿Bien entendido?...

– Bien entendido —respondió Moriz.

Vásquez y Felipe se apostaron en el rellano, y, sirviéndose del catalejo, constataron que el guanaco no se había movido del lugar donde se había mostrado al principio. Su atención se centró en Moriz.

Este se dirigía hacia el bosque de hayas. Allí estaría a cubierto, y quizás podría, sin asustar al animal, ganar las rocas, a fin de cogerlo por la retaguardia y obligarlo a huir hacia el lado de la bahía.

Sus camaradas pudieron seguirlo con la mirada hasta el momento en que alcanzó el bosque bajo el cual desapareció.

Transcurrió aproximadamente media hora. El guanaco seguía inmóvil y Moriz debía estar al alcance de dispararle su tiro de fusil.

Vásquez y Felipe esperaban pues que una detonación resonara y que el animal cayera más o menos gravemente herido, o huyera a toda velocidad.

Sin embargo, no se disparó ningún tiro, y, para extrema sorpresa de Vásquez y de Felipe, he aquí que el guanaco, en lugar de escapar, se tumbó sobre las rocas, las patas colgando, el cuerpo desplomado, como si ya no hubiera tenido fuerzas para sostenerse.

Casi enseguida, Moriz, que había logrado deslizarse detrás de las rocas, apareció y se lanzó hacia el guanaco que no se movió; se inclinó sobre él, lo palpó con la mano, y se incorporó bruscamente.

Luego, volviéndose hacia el recinto, hizo un gesto inequívoco. Evidentemente, pedía a sus camaradas que se reunieran con él cuanto antes.

– Hay algo extraordinario —dijo Vásquez—. Ven, Felipe.

Y ambos, bajando precipitadamente del rellano, corrieron hacia el bosque de hayas.

No tardaron más de diez minutos en franquear la distancia.

– Bueno… ¿el guanaco?... —interrogó Vásquez.

– Aquí está —respondió Moriz, señalando la bestia tendida a sus pies.

– ¿Está muerto? —preguntó Felipe.

– Muerto —replicó Moriz.

– ¿De vejez entonces? —exclamó Vásquez.

– No… ¡a consecuencia de una herida!

– ¡Herido! ¿Habría sido herido?

– Sí… ¡de una bala en el flanco!

– ¡Una bala!... —repitió Vásquez.

Nada más cierto. Después de haber sido alcanzado por una bala y haberse arrastrado hasta aquel lugar, el guanaco había caído muerto allí.

– ¿Hay pues cazadores en la isla? —murmuró Vásquez.

Inmóvil y pensativo, lanzó una mirada inquieta a su alrededor.

Sürgöny

Feladóhivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

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