Los hermanos Kip

VI

A LA VISTA DE LA ISLA DE NORFOLK

Un cuadrilátero, casi regular en tres de sus lados, se levanta y modifica hacia el noroeste la regularidad del litoral; en sus cuatro ángulos las puntas Howe, Nord-Est, Rocs y Rocky; más excéntricamente, un pico, el Pitt-Mount, que levanta su cima a mil cien pies aproximadamente: tal es la figura geométrica de la isla de Norfolk, situada en estos parajes del Pacífico a los 29° 02' de latitud sur y 105° 42' de longitud este.

Esta isla sólo tiene seis leguas de perímetro, y lo mismo que todas sus semejantes de este vasto océano, está rodeada de un anillo de coral, que la defiende, como una muralla a una plaza fuerte. Las olas no socavarán nunca su base de creta amarillenta, que una ligera resaca bastaría para destruir, porque se estrellan contra las rocas coralinas antes de llegar a tierra. Así es que los barcos sólo pueden abordar la isla deslizándose a través de los angostos y peligrosos pasos, expuestos a todas las sorpresas de los remolinos. No existe en Norfolk un puerto propiamente dicho, únicamente al sur, en la bahía Sydney, se establecieron penitenciarías. Por su situación aislada, por la dificultad de embarcar y desembarcar, por la casi imposibilidad de evadirse de allí, parece, efectivamente, que la Naturaleza ha destinado esta isla a no ser más que una penitenciaría.

Conviene observar que al sur, en la dirección de las islas Nepcan y Philips, que completan el grupito Norfolk, los arrecifes de coral se prolongan hasta seis o siete leguas del litoral.

Es, por lo tanto, a pesar de sus escasas dimensiones, una rica parcela del dominio colonial de Gran Bretaña. Cuando Cook la descubrió en 1774, quedó sorprendido por su admirable vegetación, bajo el clima dulce y cálido de los trópicos. Hubiérase dicho que era una corbeille desprendida de los campos de Nueva Zelanda, ornada de plantas idénticas. Allí se multiplica un lino de superior calidad, el Phorniurn tenax, y una especie de pino, de una hermosura incomparable, perteneciente al género de las araucarias. Luego la vista se pierde en aquellas llanuras, todas verdes, donde crecen sin cultivar la acedera silvestre y la biznaga. A principios de siglo, el gobierno británico transportó a la isla una colonia de forzados. Gracias al trabajo de estos infelices, se limpió la tierra de maleza, se emprendieron trabajos agrícolas, y el rendimiento de maíz fue tal que los hectolitros se contaron por miles.

Aquello era como un abundantísimo granero colocado entre Australia y Nueva Zelanda. Pero siendo de muy difícil acceso todo el litoral de la isla, no podían aprovecharse sus productos en condiciones prácticas.

Ante estos obstáculos se suprimió el establecimiento penitenciario. Pero teniendo en cuenta que en aquella isla se podían tener en completa seguridad los más endurecidos criminales de Tasmania y de Nueva Gales, la colonia penal fue reorganizada. Llegó a tener hasta quinientos forzados, bajo la vigilancia de 124 soldados, y la administración de 150 empleados.

La isla de Norfolk estaba deshabitada cuando el gran navegante determinó su situación geográfica. Ningún indígena, ni maorí ni malayo, había sido atraído a aquel lugar, a pesar de las riquezas de su suelo. Nunca tuvo otra población que la de los condenados introducidos por el gobierno británico.

Desierta estaba cuando se la descubrió, y desierta han vuelto a dejarla los hombres. En 1842, por segunda, y sin duda última vez, Inglaterra abandonó este establecimiento penitenciario, que fue trasladado a Puerto Arturo, en la costa meridional de Tasmania.

Cuatro días después de haber perdido de vista las extremas prolongaciones de Nueva Zelanda, el James Cook dio vista a la isla de Norfolk. Con regular viento había hecho 80 millas durante la jornada del día 2, 100 durante todo el 3, otras tantas el 4, y habiéndose acostado la brisa, el día 5 no pudo andar más que 70 millas. Por la tarde había ya franqueado las 400 millas, que es la distancia aproximada que separa a las dos islas.

Al mediodía el vigía avistó una altura que se dibujaba en el nordeste. Era la cima del Pitt Mount, y a eso de las cinco de la tarde estaba a la altura de la extremidad nordeste de la isla de Norfolk…

En el curso de esta navegación Gibson había hecho vigilar atentamente esta parte del Pacífico. Ninguna señal de naufragio se había encontrado en la ruta del James Cook, y el misterio de la desaparición del barco holandés Wilhelmina permanecía impenetrable.

A medida que el sol declinaba detrás de las alturas de la isla, el viento caía, el mar tomaba un tinte lechoso, las ondas desaparecían de la superficie, que sólo de vez en cuando se hinchaba ligeramente. Era seguro que al amanecer aún estaría el barco a la vista de la isla. No le separaban de ella más que dos millas, y por prudencia evitaba aproximarse más, pues los bancos de coral se prolongan peligrosamente. Por otra parte, el James Cook, estaba tan inmóvil como si hubiese fondeado sobre su ancla. Ninguna corriente lo desplazaba, las velas pendían flácidas, haciendo grandes pliegues. Si la brisa se levantaba, volverían a hincharse, y el bergantín continuaría su ruta.

El capitán Gibson y sus pasajeros no tenían, pues, más ocupación que gozar de esta magnífica noche bajo aquel purísimo cielo.

Después de comer, el armador, Gibson y su hijo se sentaron a popa.

– Ya tenemos la calma chicha —dijo el capitán—; y, por desgracia, no descubro ningún síntoma que indique el retorno de la brisa.

– Esto no creo que dure mucho —dijo Hawkins.

– ¿Y por qué? —preguntó el capitán.

– Porque nos encontramos en pleno verano, Gibson, y el Pacífico no tiene fama de justificar el nombre con que le bautizaron, algo a la ligera…

– Convengo en ello, amigo mío. Sin embargo, aun en esta época se ha dado el caso de que los barcos se encuentren varios días seguidos en la situación en que ahora está el james Cook.

– Afortunadamente —repuso el armador—, no estamos en aquellos tiempos en que la isla del Norte encerraba una población de bandidos… Entonces no hubiera sido prudente estacionarse en su vecindad.

– Efectivamente; si así fuera, tendríamos que vigilar con gran cuidado.

– En mi infancia oí hablar de esos forzados, a quienes ni los castigos, ni la férrea disciplina de los correccionales habían logrado reducir; por lo cual el gobierno resolvió instalar en la isla de Norfolk una colonia penitenciaria.

– Bien guardados debían estar —dijo Nat Gibson—; y, por otra parte, ¿cómo huir de una isla a la cual no se aproximaban los barcos?

– Bien guardados, sí, hijo mío. La huida, desde luego muy difícil… Pero para criminales que no retroceden ante nada cuando se trata de recobrar la libertad, todo es posible, hasta lo que parece no serlo en absoluto.

– ¿Ha habido, pues, frecuentes evasiones, señor Hawkins?

– Sí, Nat; y hasta inverosímiles. Los presidiarios se apoderaban, por un golpe de mano, de algún barco del estado, o construían uno secretamente con cortezas de árbol, y se lanzaban intrépidamente a la mar.

– Teniendo el noventa por ciento de probabilidades de perecer —declaró el capitán.

– Indudablemente —contestó Hawkins—; pero si encontraban en aguas de la isla algún barco en la situación del nuestro, bien pronto saltaban a bordo y daban buena cuenta de la tripulación… Luego se alejaban con rumbo a los archipiélagos de Polinesia, donde pirateaban a sus anchas.

– En fin, ese temor no existe ahora… —afirmó el capitán Gibson.

Como se habrá observado, todo lo que acababa de decir el armador coincidía con los proyectos que abrigaban Flig Balt y Vin Mod. Aunque no eran habitantes de la isla de Norfolk, tenían los criminales instintos de los forzados a quienes Hawkins aludía; no pretendían otra cosa que lo que aquéllos hubiesen hecho en su lugar: convertir el bergantín de la casa Hawkins, de Hobart Town, en un barco pirata, y ejercer su bandolerismo precisamente en los parajes del Pacífico central, donde había de ser casi imposible darles caza.

Así es que si el James Cook no tenía a la sazón nada que temer por la proximidad a la isla de Norfolk, puesto que la penitenciaría estaba en Puerto Arturo, no era menor el peligro por la presencia a bordo de los reclutados en Dunedin, decididos a secundar los deseos de Vin Mod y el contramaestre.

– Pues bien —dijo entonces Nat Gibson—; puesto que no hay peligro, ¿me permites tomar el bote?

– ¿Qué es lo que quieres hacer?

– Pescar al pie de las rocas; tenemos aún dos horas de día… Es el momento oportuno, y no puedes tener cuidado alguno, porque estaré siempre a la vista del bergantín.

No había inconveniente en satisfacer el deseo del joven. Dos marineros y él bastarían para echar los anzuelos entre los bancos de coral. Estas aguas son muy abundantes en peces, y seguramente no regresarían con las manos vacías.

Por otra parte, el capitán creyó conveniente fondear en aquel punto, y echó su anda, con 35 brazas de cadena, sobre un fondo de arena.

Preparado el bote, Hobbes y Wickley se dispusieron a acompañar a Nat Gibson. Eran, como ya sabemos, dos marineros leales, en los cuales podía fiarse el capitán.

– Ve con Dios, Nat —dijo a su hijo—; y no tardes.

– Te lo prometo, padre.

– Tráenos una buena fritada para el almuerzo de mañana —añadió Hawkins—, y también un poco de brisa, si queda algo en la costa.

La embarcación se separó del bergantín, y bajo el vigoroso impulso de los dos marineros, pronto franqueó las dos millas que la separaban de las primeras rocas coralinas.

Se echaron al agua los sedales, sin que Nat Gibson tuviera que hacer uso del bichero, ni apoyarlo una vez siquiera en los arrecifes. Ni corrientes ni resaca. El bote quedó inmóvil en cuanto los marineros dejaron los remos.

Por aquel lado de la costa los bancos se extendían a una media milla, y aunque no estuviera muy alumbrada por el sol, que ocultaban las masas del Pitt Mount, la vista podía distinguirlos detalles: estrechas playas entre las rocas calizas y amarillentas, caletas cerradas, puntas rocosas, numerosos ríos deslizándose hacia el mar a través de los espesos bosques y las verdes planicies de la isla. Todo este litoral estaba absolutamente desierto. Ni una cabaña bajo los árboles, ni una columna de humo desprendiéndose de la frondosidad, ni una piragua fondeada en cualquier remanso o varada sobre la arena.

La animación de la vida no faltaba, sin embargo, en la región comprendida entre la cresta de los bancos y la tierra. Pero era debida únicamente a la presencia de las aves acuáticas, que llenaban el aire con sus gritos discordantes; cuervos de blanquecino plumaje; el martín pescador, de color verdemar; los stournes, con ojos de rubí; las golondrinas de mar; el pájaro mosca, sin contar las fragatas, que pasan dando grandes aletadas.

Si Nat hubiera llevado su escopeta, habría hecho seguramente muy buenos tiros, únicamente por deporte, pues la carne de estas aves no es comestible. Más valía, en previsión de la próxima comida, pedir al mar lo que el aire no podía dar.

Y el mar se mostró generoso; pasada una hora al pie de los bancos, el bote había recogido con que alimentar a la tripulación durante un par de días. El pescado abunda en aquellas aguas claras, erizadas de plantas marinas, bajo las cuales hierven los crustáceos, las langostas, los cangrejos, los camarones, centollos, lapas, y es preciso que sean inagotables, puesto que los anfibios, focas y otros hacen de ellos un consumo enorme.

Entre los peces que picaron en los anzuelos, y que presentaban una extraordinaria variedad de especies, rivalizando por la brillantez de sus colores, Nat Gibson y los marineros pudieron recoger varias parejas de blenias. La blenia es un extraño animal, que tiene los ojos en la parte superior de la cabeza, las mandíbulas muy pronunciadas, el color gris de lino; recorre las playas y salta sobre las rocas con movimientos de zarigüeya o de canguro.

Eran las siete de la tarde; el sol acababa de trasponer las cumbres, y su postrera purpúrea luz se extinguía en la cima de Pitt Mount.

– Ya es hora de regresar a bordo; ¿no le parece a usted, señor Nat? —dijo Wickley.

– Es prudente —añadió Hobbes—. A estas horas suele levantarse alguna brisa de tierra, y si el bergantín pudiera aprovecharla, no debemos hacerlo esperar.

– Bueno, recoged los sedales, y volvamos al james Cook —dijo el muchacho—. Pero mucho me temo no poder llevar al señor Hawkins el viento que nos ha encargado.

– No —declaró Hobbes—, lo que es viento, no llevamos ni el necesario para llenar una gorra.

– No se divisa ni una nube en todo el horizonte —añadió Wickley.

– Desatraquemos —ordenó Nat Gibson.

Pero antes de separarse del banco, se puso de pie en la popa de la embarcación, recorriendo con la mirada todas las sinuosidades de los arrecifes que rodeaban el extremo nordeste de la isla. Le había acudido a la mente el recuerdo de la goleta desaparecida, de la que no había la menor noticia… ¿No podría dar la casualidad de que divisara algún resto de la Wilhelmina, algún despojo del naufragio, si las corrientes los habían llevado hacia aquellas aguas? ¿No podía suceder que si el casco del barco no estaba completamente demolido, sobresaliera por entre aquellos arrecifes?… También los dos marineros observaron la costa en una extensión de algunas millas. Inútil observación; ninguno de ellos logró ver el menor resto de la goleta indicada por el vapor francés.

Wickley y Hobbes iban, pues, a ponerse a los remos, cuando sobre una de las rocas que se destacaban del litoral Nat Gibson creyó distinguir una forma humana. Como se encontraba a una milla de distancia, y era el momento del crepúsculo, la falta de luz le impedía asegurar si aquello era una realidad o un error de la vista. ¿Era aquel bulto un hombre, a quien la llegada del bote había atraído hacia la costa?… ¿No agitaba este hombre los brazos en demanda de socorro?… Era imposible contestar con exactitud estas preguntas.

– Mirad —dijo Nat a los marineros.

Los dos dirigieron la miraba en la dirección indicada.

En este momento las sombras invadían el litoral, y la forma humana, si realmente lo era, había desaparecido.

– No he visto nada —dijo Wickley.

– Ni yo —declaró Hobbes.

– Sin embargo, creo no haberme engañado —dijo Nat Gibson—. Allí había un hombre.

– ¿Cree usted haber visto a una persona? —preguntó Wickley.

– Sí…, allí…, sobre aquella roca, y agitaba los brazos…; pero su voz no podía llegar hasta nosotros.

– En estas playas hay muchas focas, y cuando a la puesta del sol alguna se yergue, se la puede confundir con un hombre.

– Puede suceder, y a esta distancia la confusión es fácil. Posible es que yo me haya engañado.

– ¿Es que tiene todavía habitantes la isla de Norfolk? —preguntó Hobbes.

– No —contestó el joven—. No hay en ella indígenas. Sin embargo, tal vez algún náufrago se haya visto obligado a buscar refugio en ella.

– Y si hubiera náufragos —añadió Wickley—, tal vez fuesen los de la Wilhelmina.

– ¡A bordo! —mandó Nat—. Es probable que mañana el bergantín continúe donde está, y con nuestros anteojos recorreremos el litoral cuando esté iluminado por el sol.

Los dos marineros empuñaron los remos. En veinte minutos el bote atracó al costado del James Cook, y el capitán, que seguía desconfiando de la mitad de sus tripulantes, tuvo buen cuidado de no dejar en el agua la embarcación.

La pesca tuvo una gran acogida por parte de Hawkins; y como era muy aficionado a la historia natural, pudo estudiar prácticamente las blenias, de las cuales no había tenido hasta entonces ningún ejemplar entre las manos.

Nat Gibson dio cuenta a su padre de lo que creía haber visto en el momento de apartarse de los bancos coralinos.

El capitán y el armador prestaron gran atención al relato del joven. No ignoraban que desde el abandono de la isla como lugar de reclusión, debía estar desierta, y que a los indígenas de los archipiélagos vecinos, australianos y maoríes, no se les había ocurrido nunca fijarse en aquel punto.

– Es posible que haya algunos pescadores en la isla —observó Flig Balt, tomando parte en la conversación.

– Efectivamente —contestó el armador—, y no sería de extrañar en esta época del año.

– ¿Has visto alguna embarcación por, aquellos arrecifes? —preguntó el capitán a su hijo.

– Ninguna, padre.

– Entonces creo que el señor Nat se ha engañado —repuso el contramaestre—. La noche se había echado encima, y era difícil distinguir a tanta distancia… Me parece, capitán, que si el viento se levanta esta noche, podíamos largar las velas.

Se comprende que a Flig Balt, muy contrariado ya por la presencia de Hawkins y el hijo del capitán, no había de hacerle maldita la gracia la posibilidad de un nuevo pasajero. En estas condiciones no tendría más remedio que renunciar a sus proyectos, cada día más acariciados. Él y sus cómplices estaban decididamente resueltos a apoderarse del barco antes de llegar a Nueva Irlanda.

– Sin embargo —dijo el capitán—, si Nat no se ha equivocado, es que existen náufragos en la isla—. ¿Por qué no habían de ser los de la Wilhelmina? … Si así fuera, tendríamos que socorrerlos… Faltaría a mis deberes de hombre y de marino si me diese a la vela antes de asegurarme acerca de este extremo…

– Tienes razón, Gibson —aprobó el armador—. Pero se me ocurre que el hombre que Nat cree haber visto pudiera ser algún confinado que se escapase de la penitenciaría, permaneciendo en la isla después de suprimida aquélla.

– Entonces ese hombre sería muy viejo, pues la evacuación data de 1842, y si en aquella época estaba ya en presidio, tendría más de setenta años, puesto que estamos en 1885.

– Tienes razón, Gibson; lo más probable es que se trate de los náufragos de la goleta holandesa, que hayan sido arrojados sobre Norfolk, si Nat no se ha engañado.

– ¡No, no! —afirmó el joven.

– Entonces —dijo Hawkins— esa pobre gente se encontraría ahí desde hace unos quince días, pues no es probable que el naufragio se remonte a más larga fecha.

– Así debe de ser, a juzgar por lo que nos ha comunicado el capitán del Assomption. Así es que mañana haremos todo lo que podamos, todo lo que debamos hacer… Si, como Nat ha dicho, hay un hombre en la costa, seguramente estará observando el bergantín, y a pesar de la distancia le veremos con los gemelos.

– Pero, capitán —insistió el contramaestre—, es posible que esta noche se levante brisa favorable…

– Que se levante o no, el James Cook permanecerá sobre su anda, y no zarparemos sin haber enviado un bote a reconocer la costa… No dejaré la isla de Norfolk antes de haber visitado sus alrededores, aunque tengamos que consagrar a ello un día entero.

– Muy bien, padre, y estoy seguro de que no perderemos ese día.

– ¿No opinas lo mismo, Hawkins? —preguntó el capitán, volviéndose hacia el armador.

– ¡Absolutamente! —contestó el interpelado.

Y en verdad que era bien plausible la determinación de Gibson. Obrar de esta suerte era cumplir un deber de humanidad.

Cuando Flig Balt hubo vuelto a proa, contó a Vin Mod lo que se había hablado y decidido. El marinero quedó tan descontento como su superior inmediato. Después de todo, tal vez Nat Gibson se hubiese engañado… Tal vez aquella costa no albergara a ninguno de los náufragos de la Wilhelmina. La duda habría de resolverse en muy pocas horas.

Llegó la noche, noche obscura, de luna nueva. Un telón de espesa bruma velaba las constelaciones. Hacia el oeste, en el horizonte, la tierra mostraba confusamente una masa más oscura todavía.

A las nueve aproximadamente sopló una ligera brisa, y el James Cook viró un cuarto sobre su ancla. Este viento era favorable para que el bergantín siguiera su ruta. Pero el capitán no volvió sobre su acuerdo, y el barco continuó fondeado.

Además, no era más que un viento intermitente que rozaba la cumbre del Pitt-Mount, y el mar continuaba en calma.

Hawkins, el capitán y su hijo estaban sentados a popa. No teniendo prisa por entrar en sus camarotes, aspiraban el aire fresco de la noche, que indemnizaba del calor del día.

Serían las nueve y media cuando Nat Gibson, levantándose y mirando del lado de tierra, dio algunos pasos a babor:

– ¡Una hoguera!… ¡Allí hay una hoguera! —exclamó.

– ¿Una hoguera?

– Sí, señor Hawkins.

– ¿En qué dirección?

– En la de la roca donde he visto al hombre.

– Efectivamente —dijo el capitán.

– ¡Ven ustedes cómo yo no me había equivocado! —dijo Nat lleno de alegría.

Una hoguera brillaba hacia aquella parte, un fuego de leña que levantaba grandes llamas, en medio de los torbellinos de una espesa humareda.

– Gibson, es una señal que se nos hace —dijo el armador—. No cabe duda, en la isla hay náufragos.

Fueran o no fueran náufragos, lo cierto es que en la isla había seres humanos que pedían socorro: ¡y qué ansiedad debían de experimentar, qué temor de que el bergantín hubiese levado anclas!…

Convenía, pues, tranquilizarles lo antes posible, y al efecto el capitán mandó a su hijo que cogiera la escopeta y respondiera a la señal.

El joven entró en la camareta y apareció inmediatamente con una escopeta en la mano.

Resonaron tres detonaciones, cuyos ecos el litoral devolvió al James Cook.

Al mismo tiempo un marinero agitó tres veces consecutivas un farol que fue izado hasta el extremo de mesana.

Sólo quedaba esperar a que apuntara el alba, y el James Cook se pondría en comunicación con la isla de Norfolk.

Sürgöny

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