V
UNOS CUANTOS DÍAS DE NAVEGACIÓN
A las seis de la mañana el james Cook estaba dispuesto a zarpar. El capitán tuvo que evolucionar para salir de la bahía por la sinuosa garganta que le sirve de entrada. Después de dar vuelta a la punta Nicholson, gracias a las múltiples viradas, entró en el estrecho, donde soplaba un viento norte contrario. Pero cuando estuvo a la altura de Orokiva, la brisa del oeste le permitió atravesar con facilidad la vasta escotadura que forma el litoral de Ika-na-Maoui, entre Wellington y New Plymouth, hasta más allá del cabo Egmont.
El james Cook, cortando oblicuamente esta inmensa bahía, se iba alejando de tierra para no volverla a encontrar hasta la latitud del citado cabo.
La distancia que había de recorrer a lo largo de la costa occidental de la isla del Norte era cien millas aproximadamente. Con brisa fresca podía franquearla en tres días. Por otra parte, dada la dirección del viento, era imposible mantenerse a la vista del litoral, que Harry Gibson conocía braza a braza, y el bergantín podía alejarse sin peligro mar adentro.
Esta primera jornada transcurrió muy agradablemente. Hawkins y Nat, sentados cerca de la camareta, se abandonaban a la deliciosa impresión de la marcha de su barco. Un poco escorado por la acción del viento, se sustraía rápidamente a las grandes olas y dejaba tras de sí una ondulosa estela. El capitán iba y venía echando una rápida ojeada a la bitácora colocada delante del timonel y cambiando algunas palabras con sus pasajeros. La mitad de la tripulación estaba de cuarto en proa; la otra mitad descansaba, después de haber recibido la ración de la mañana. Se echaron al agua unos cuantos sedales de pescador, y cuando llegó la hora de la comida se recogieron de los anzuelos algunos peces de los que tanto abundan en esos mares.
Bueno es saber también que los parajes de la Nueva Zelanda son muy frecuentados por las ballenas, hasta el punto de que la pesca de éstas se ejerce en aquellos mares con gran éxito. Alrededor del bergantín aparecieron más de una vez colosales cetáceos que no hubiera sido difícil arponear.
Lo que hizo que el armador dijese al capitán, al ver estos enormes mamíferos:
– Hace mucho tiempo que tengo el deseo de simultanear la pesca con el cabotaje, y creo, Gibson, que tanto producto se puede sacar de lo uno como de lo otro.
– Es posible —contestó el capitán; los balleneros que utilizan en estos mares sus arpones llenan fácilmente la bodega de barriles de aceite, de grasa y de ballenas.
– Se dice en Wellington que la pesca de la ballena es más fácil aquí que en ninguna parte…
– Así es, y esto obedece a que las de estos parajes no tienen el oído tan fino como el de otras especies, lo que permite aproximarse mucho a ellas para arrojarles el arpón. En suma: ballena vista, ballena cazada, a menos que lo impida el mal estado del mar. Por desgracia, los golpes de viento son frecuentes y terribles en estos mares…
– Espero que más pronto o más tarde haremos la pesca —dijo Hawkins.
– Será con otro capitán, amigo mío. Cada uno a su oficio, y yo no soy ballenero…
– Bueno, Gibson, con otro capitán y con otro barco; pues se necesita una instalación especial de que no es susceptible nuestro James Cook.
– Sin duda, Hawkins; un barco que pueda embarcar dos mil barriles de aceite durante una campaña que a veces dura un par de años; piraguas para perseguir a esos animales, y una tripulación de treinta o cuarenta hombres, entre arponeros, toneleros, herrero, carpintero, marineros, tres oficiales, lo menos, y un médico…
– El señor Hawkins no olvidará nada de lo necesario para esta empresa — dijo Nat Gibson.
Es un negocio en grande, hijo mío, y yo opino que en esta parte del Pacífico el cabotaje es de más seguros rendimientos. Sé de algunas campañas de pesca que han sido verdaderamente ruinosas… Además, las ballenas perseguidas tienden a alejarse hacia los mares polares. Es preciso ir a buscarlas hasta en los parajes del estrecho de Bering, hacia las islas Kuriles, o en los mares antárticos, viajes largos y peligrosos, de los cuales no todos los barcos regresan.
– Después de todo, mi querido Gibson —dijo el armador—, esto no es más que un proyecto… Ya veremos más adelante…
Atengámonos, pues, a nuestro cabotaje, puesto que hasta ahora lo hemos hecho con brillante éxito, y lleguemos a Hobart Town con un buen cargamento en la bodega.
A las seis de la tarde el James Cook divisó la costa a través de la bahía Waimah, a la altura de los puertecillos de Ohawe. En el horizonte dejáronse ver unas cuantas nubes, y el capitán mandó recoger los juanetes y tomar rizos en las gavias. Es una precaución que deben tornar todos los barcos en estos parajes donde los golpes de viento son tan súbitos como violentos, y hay que disminuir el velamen para precaverse de la contingencia apuntada.
Y, efectivamente, el bergantín estuvo toda la noche recibiendo las intermitentes sacudidas del viento, teniendo que ganar algunas millas mar adentro después de haber divisado el faro del cabo Egmont. Cuando se hizo de día, torció el rumbo hacia tierra, de la que Gibson no quería alejarse, y vino a pasar por la abertura de New Plymouth, una de las ciudades importantes de la isla del Norte.
La brisa había refrescado durante la noche y soplaba el viento con gran fuerza. No era, pues, posible izar los juanetes, que fueron arriados la víspera, y el capitán se limitó a largar los rizos de las gavias. El bergantín navegaba con velocidad de doce millas por hora, escorado a estribor. A veces las juguetonas olas salpicaban sobre la cubierta finísimas gotas que parecían rocío. Su roda se sumergía a cada instante en el agua hasta mojar el mascarón de proa, irguiéndose inmediatamente.
Las cabezadas y bandazos afectaban poco a los dos pasajeros del James Cook. Hawkins y Nat Gibson ya habían navegado, y el mareo no hizo presa en ellos. Respiraban con voluptuosidad aquel aire vivificante, impregnado de sales marinas, que ensanchan el pulmón. Al mismo tiempo sus miradas se extasiaban en la contemplación de aquellos paisajes, infinitamente variados, de la costa oriental.
Aquella costa es quizá más curiosa que la de la isla del sur. Ika-na-Maoui
– este nombre significa en lengua polinesiana «el Pescado de Maoui»— tiene más caletas, bahías y puertos que Tawaï-Pounamou, nombre que los indígenas dan al lago donde se recoge el jade verde. En sentido lateral la ruta se extiende sobre la cadena montañosa, toda cubierta de vegetación, donde en otro tiempo borboteaban las erupciones volcánicas. Estas montañas forman lo que pudiéramos llamar la columna vertebral de la isla, cuya anchura media es de unas 30 leguas. En total, la superficie de Nueva Zelanda no es inferior a la de las islas Británicas, y es como una segunda Gran Bretaña que el Reino Unido posee en sus antípodas del Pacífico. Con la única diferencia de que así como Inglaterra no está separada de Escocia más que por un río, la isla del Norte lo está de la del sur por un brazo de mar.
Desde que el James Cook dejó el puerto de Wellington, disminuyeron las probabilidades de apoderarse de él por un golpe de mano. Flig Balt y Vin Mod abordaban el tema tantas veces como podían hablar libremente. Y este día, a la hora del almuerzo, ausentes de cubierta el armador, el capitán y su hijo, pudieron cambiar sus impresiones. Vin Mod estaba al timón, y el único riesgo que corrían era que les oyese alguno de los marineros de cuarto.
– ¡Ah, ese maldito aviso! —no cesaba de exclamar Vin Mod
– ¡Él ha impedido el golpe!… Si a su comandante le cuelgan alguna vez, quisiera yo ser el que tirara de la cuerda que le ha de apretar el cuello. ¿No podía haber continuado su camino en vez de mantenerse cerca del bergantín? … Sin él, el James Cook se hubiera ya desembarazado del capitán y de sus hombres, y navegaría con bien distinto rumbo.
– Bueno, todo eso no es más que hablar por hablar —replicó el contramaestre—; lo que importa es saber si la presencia del armador y del hijo del capitán nos obliga a renunciar a nuestros proyectos.
– ¡Jamás! —exclamó Vin Mod—. ¡Nuestros compañeros habrían encontrado el medio de largarse en Wellington si hubiesen creído que el bergantín ha de regresar tranquilamente a Hobart Town!… Lo que ellos quieren es navegar por su propia cuenta, y no por la de Hawkins.
– Te repito que todo eso son palabras nada más —dijo Flig Balt encogiéndose de hombros—. ¿Podemos esperar que se presentará la ocasión?
– ¡Sí!… ¡sí!… —afirmó Vin Mod, que empezaba a encolerizarse al ver el descorazonamiento del contramaestre—. ¡Y se sabrá aprovechar!… Si no es hoy, será mañana…, más tarde…,en estos parajes o más lejos… donde la policía no ha de echarnos el guante… Pongamos un ejemplo: el armador y algunos otros, el hijo de Gibson, dos o tres marineros, no vuelven a bordo una noche; no se sabe lo que ha sido de ellos… El bergantín zarpa, ¿no es así?
Y estos criminales pensamientos los deslizaba Vin Mod en voz baja en el oído de Flig Balt. Decidido a no darse por vencido, resuelto a llegar hasta el fin, no pudo contener un formidable juramento cuando el contramaestre le opuso de nuevo su poco animosa respuesta:
– ¡Palabras, nada más que palabras!…
El horrible juramento se dejó oír hasta en la camareta. Gibson se levantó de la mesa, apareciendo en la puerta.
– ¿Qué ocurre? —preguntó.
– Nada, capitán —contestó Flig Balt—; una guiñada que ha derribado a Vira Mod.
– ¡Creí que nos iba a echar por encima del empalletado! —añadió el marinero.
– El viento es vivo, la mar dura —dijo el capitán, después de examinar con rápida ojeada el velamen del barco.
– La brisa tiende a cambiar al este —hizo observar Flig Balt—. Efectivamente, arriba un poco, Mod… No hay inconveniente en aproximarse a tierra.
Después de ejecutada la orden, Gibson volvió a reunirse con su hijo y el armador.
– ¡Ah! —murmuró Vin Mod—, si mandase usted el James Cook, señor Balt, algo mejor orzado iría…
– Sí…, pero como no soy el capitán… —contestó Flig Balt dirigiéndose a proa.
– Pues lo será, pese a quien pese —se repetía Vin Mod
– Es preciso que lo sea…, si no, ¡que me cuelguen!…
Durante esta segunda singladura se vieron menos ballenas que la víspera, lo que explicaba la ausencia de barcos balleneros en aquellos parajes. Del lado de Akaroa y de la bahía de las islas de Tawaï-Pounamou es donde se intenta capturarlas. Pero la mar no estaba desierta. Unos cuantos barcos de cabotaje descendían o remontaban al abrigo del litoral, atravesando la bahía Taranaki.
Al mediodía, a impulsos de la fuerte brisa persistente, habiendo perdido de vista la cima del Whare-Orino, de dos mil pies de altura, y la base del cual se hunde en el mar; el James Cook pasó delante de los puertos de Kawhia y de Aotea, donde se abrigó una flotilla de barcos de pesca, que no podían mantenerse con tanto viento en alta mar.
El capitán mandó tomar un rizo en las gavias, conservando la mesana, la vela mayor, la cangreja y los Toques. Si la mar se ponía más dura, si el viento se convertía en tempestuoso, siempre tendría un refugio para la noche, puesto que a las seis de la tarde el barco estaría en Auckland. Pero él prefería no apartarse de su ruta.
En la hipótesis de que el James Cook no hubiese tenido más remedio que buscar un abrigo contra el mal tiempo, lo hubiera encontrado fácilmente en el puerto que acabamos de citar. La bahía de Auckland es una de las más seguras de esta parte del Pacífico. Cuando un barco ha franqueado su angosta entrada entre las rocas de Parera y el Manukan hafen, encuéntrase en una rada perfectamente protegida por todo su perímetro. No tiene necesidad de ganar el puerto, la rada basta, y los barcos encuentran en cualquier parre de ella magnífico fondeadero.
Con semejantes ventajas para el comercio marítimo, no es de extrañar que la población haya adquirido rápidamente una gran importancia. Cuenta en la actualidad con 60.000 habitantes, comprendiendo los de los arrabales. Establecida sobre las colinas de la parte meridional de la bahía, ofrece muy variado aspecto. Admirablemente urbanizada con sus squares y jardines, que decora la espléndida flora tropical, sus largas calles bordeadas de hoteles y almacenes, esta curiosa ciudad, industriosa y comercial, puede excitar bien legítimamente los celos de Dunedin y de Wellington.
Si el capitán Gibson se hubiera refugiado en su puerto, hubiera visto cien barcos, de arribada los unos, los otros dispuestos a zarpar. En esta parte norte de Nueva Zelanda, la atracción de las minas de oro se hacía sentir mucho menos que en la parte meridional de Ika-na-Maoui, y, sobre todo, en las provincias de Tawaï-Pounamou. Allí hubiera sido fácil desembarazarse de los reclutados en Dunedin y reemplazarles por tres o cuatro marineros, escogidos entre los que licencian los barcos. Tan poca confianza seguían inspirándole Len Cannon y los suyos, que, seguramente, los hubiera reemplazado, con gran disgusto de Flig Balt y Vin Mod, si se hubiera decidido a entrar en Auckland. Pero para evitar nuevos retrasos, prefirió mantenerse a media vela durante la noche. Alguna vez se puso a la capa para hacer frente a las oleadas del oeste y alejarse de la costa, cuyos faros le parecían demasiado próximos sobre estribor.
Por lo demás, el James Cook se portó de maravilla, gracias a la habilidad maniobrera del que lo dirigía. No sufrió averías de consideración ni en el casco ni en la arboladura.
Al día siguiente, 2 de noviembre, con viento más moderado y mar más tranquila, el bergantín pasó de largo por la embocadura de otra rada más vasta que la de Auckland, la de Kaipara, en el fondo de la cual aparece Puerto Alberto.
Por último, veinticuatro horas después, pues la brisa había calmado notablemente, las alturas de Mannganni-Bluff, la bahía Hokianga, la punta Beef, el cabo Van Diemen, después de un recorrido de setenta a ochenta millas, quedaron a popa del bergantín. El mar se abría libremente a proa hasta los intrincados archipiélagos de las Tonga, de las Hébridas, de las Salomón, que están comprendidas entre el ecuador y el trópico de Capricornio.
Si el viento y el mar favorecían, el capitán Gibson contaba con efectuar su travesía en poco tiempo. Al remontar hacia la línea equinoccial, los temporales son menos frecuentes, menos temibles que en los parajes de Australia y de Nueva Zelanda. Por otra parte, es verdad que un barco de vela está expuesto a las calmas, que pueden retardar la marcha, cuando tan rápida y segura es la navegación a vapor. Pero este sistema es demasiado costoso, y cuando se trata nada más que de cabotaje en los lejanos mares del Pacífico, vale más usar tela que gastar carbón.
La brisa débil e intermitente amenazaba reducir a dos o tres millas por hora la velocidad del bergantín. Si sobrevenía la calma chicha, si ni un soplo de viento rizaba la superficie del mar, entonces las olas mecerían dulcemente al barco sin desplazarlo ni una braza. Todo su velamen sería inútil, y al capitán no le quedaría otro recurso que aprovechar las corrientes, que, por lo regular, llevan la dirección norte en esta parte del Pacífico.
Pero el viento no cayó del todo. Un sol espléndido parecía poner el mar en ebullición, como si tuviera fuego en sus capas inferiores. Las velas altas se hinchaban todavía y el James Cook dejaba tras de sí una ligera estela.
Y durante la mañana, como Hawkins y Nat Gibson hablasen de lo que es natural en una navegación, del tiempo presente y del probable, el capitán dijo:
– No creo que esto dure mucho.
– ¿Y por qué? —preguntó el armador.
– Veo en el horizonte ciertas nubes que muy pronto nos traerán viento, o me equivoco de medio a medio.
– Pero esas nubes no se elevan —observó Hawkins—, o si suben un poco, pronto se disipan.
– No importa, amigo mío; acabarán por tomar cuerpo, y aquí las nubes son brisa.
– Que nos será favorable —añadió Nat Gibson—. No necesitamos que sea muy fuerte.
– ¿Y qué dice el barómetro? —preguntó el armador.
– Tiene una ligera tendencia a bajar —respondió Nat Gibson examinando el aparato.
– Que baje lo que quiera —dijo el capitán—, pero lentamente; lo que no quiero es que dé saltos bruscos, como el mono que se encarama y se descuelga en un cocotero. Si las calmas resultan enojosas, los golpes de viento son temibles, y creo que es mucho más preferible…
– Te diré lo que sería preferible, Gibson —interrumpió Hawkins—; tener a bordo una maquinita auxiliar, de quince a veinte caballos, por ejemplo… Esto permitiría seguir la ruta cuando no hay un soplo de viento, y además favorecería la entrada y salida de los puertos.
– Así hemos navegado hasta el presente y navegaremos mucho tiempo todavía.
– Tú eres siempre, amigo mío, el marino de la antigua marina mercante.
– Efectivamente, Hawkins, y no estoy por esos barcos mixtos… Si están bien construidos para el vapor, lo están mal para la vela, e inversamente…
– De todos modos, padre —dijo Nat—, allá abajo se divisa una columna de humo que no será desagradable contemplar cerca de nuestra banda.
El joven señalaba con la mano hacia un largo penacho negruzco que se dibujaba en el horizonte, prolongándose en dirección noroeste. No era posible confundirlo con una nube.
Era el humo de un vapor que navegaba rápidamente en dirección del bergantín. Antes de una hora los dos barcos estarían próximos.
El encuentro de un navío es siempre cosa interesante para quien navega. Se busca y reconoce la nacionalidad por la forma del casco y la disposición de su arboladura, esperando que ice su pabellón en señal de saludo. Harry Gibson examinaba el vapor con su anteojo de larga vista, y veinte minutos antes de que pudiera reconocerse sin la ayuda del catalejo, creyó poder afirmar que era un barco francés.
No se equivocó, pues cuando el vapor estuvo a un par de millas del James Cook, el pabellón tricolor apareció en el extremo de mesana.
El bergantín respondió izando inmediatamente el pabellón del Reino Unido. Este vapor, de 800 a 900 toneladas, probablemente un carbonero, debía de marchar con rumbo a uno de los puertos de Nueva Holanda.
A las once y media, aproximadamente, encontrábase a unos cuantos cables del costado del bergantín, y se aproximó más, como si tuviera la intención de ponerse al habla con él. La perfecta calma del mar favorecía la maniobra, que podía hacerse sin peligro alguno. A bordo del barco no se hizo preparativo para lanzar un bote al agua, pues, siguiendo la costumbre, las preguntas y respuestas se cambiarían por medio de la bocina.
Y he aquí lo que se habló en inglés, entre el vapor y el bergantín:
– ¿Nombre del barco?
– James Cook, de Hobart Town.
– ¿Capitán?
– Capitán Gibson.
– Entendido.
– ¿Y el vapor?
– El Assomption, de Nantes; capitán Foucault.
– ¿Dónde van?
– A Sydney, Australia.
– Entendido.
– ¿Y ustedes?
– A Port Praslin, Nueva Irlanda.
– ¿Viene usted de Auckland?
– No, de Wellington.
– Entendido.
– ¿Y ustedes?
– De Amboine, de las Molucas.
– ¿Buena navegación?
– Buena… Una referencia. En Amboine se teme por la suerte de la goleta Wilhelmina, de Rotterdam, que debía haber llegado hace un mes, procedente de Auckland. ¿No tiene usted ninguna noticia de ese barco?…
– Ninguna.
– He navegado por el oeste, a través del mar del Coral —declaró el capitán. Foucault—, y no la he encontrado… ¿Ni usted tampoco?
– No —contestó Gibson.
– ¿Piensa usted hacer rumbo al este, hacia Nueva Irlanda?
– Ésa es nuestra intención.
– Posible es que la Wilhelmina se encuentre desamparada a consecuencia de alguna tempestad…
– En efecto, es posible.
– Ruego a usted que vigile al atravesar esos parajes…
– Vigilaremos.
– Y ahora, buen viaje, capitán Gibson.
– Buen viaje, capitán Foucault.
Una hora después, el James Cook, que había perdido de vista al vapor, remontó hacia el norte-noroeste, dirigiéndose hacia la isla de Norfolk.