Los hermanos Kip

XXVIII

LA CAUSA DE LOS KIP

Hacía tiempo que en Hobart Town volvía a tratarse con vivo interés del proceso Kip. Aunque se había operado cierto cambio en la opinión, la gente estaba aún lejos de pensar que Karl y Pieter fueran víctimas de un error judicial. Pero se sabía que Hawkins les juzgaba inocentes. Nadie ignoraba que el armador hacía incesantes gestiones cerca del gobernador de Tasmania. Así es que algunos ya decían:

– ¡La verdad es que si el señor Hawkins tuviese razón!… Sin embargo, para la mayor parte de la población la culpabilidad de los dos hermanos era evidente, y el proceso hubiera hecho ya tiempo que estaría olvidado sin la energía del armador, que se había propuesto conseguir la revisión.

La visita a Puerto Arturo reforzó la convicción de Hawkins; los informes del comandante del presidio, la conducta de los dos hermanos en el penal, el acto de arrojo realizado por el mayor, su digna actitud, las sospechas recaídas sobre los verdaderos autores del crimen, el profundo reconocimiento de los Kip cuando les hizo entrever alguna esperanza, todo había hecho que su creencia se afirmara cada vez más. Además, ¿cómo era posible olvidar sus relaciones con los náufragos holandeses, su conducta a bordo cuando el ataque de los papúas, y, por último, que Karl Kip había salvado el James Cook, perdido irremisiblemente en manos de Flig Balt?

No; Hawkins no desmayaba. ¡Firme en su idea, él solo arrancaría al proceso su secreto; él haría resplandecer la inocencia de los infelices condenados!

La señora Hawkins compartía la convicción de su marido, si no la esperanza en el éxito. Le daba ánimos, comprendiendo que la opinión era refractaria. Sufría al verle animoso unas veces, otras desalentado, y ella, por su parte, no cesaba de hacer ambiente en el círculo de sus relaciones. Pero la mayor parte se mostraban resistentes, impresionados todavía por aquel espantoso asesinato, seguido de una condena a pena capital.

La viuda de Gibson fue una de las más difíciles de vencer. Al principio se negó hasta a escuchar a su amiga. En su inmenso dolor sólo veía una cosa: que su marido no existía. Sin embargo, la señora Hawkins mostrose tan insistente y afirmativa, que aquélla concluyó por escuchar, y al llegar a concebir la posibilidad de que los hermanos Kip no fuesen los asesinos, se espantó ante el pensamiento de que dos inocentes estaban tal vez sufriendo injusta condena en aquel infierno de Puerto Arturo.

– ¡Ya saldrán! —repetía la señora Hawkins—. ¡Tarde o temprano, brillará la verdad, y los verdaderos culpables serán castigados!…

Pero si la viuda de Gibson estaba bajo la influencia de su amiga, el hijo continuaba obstinado en asegurar la culpabilidad de los dos hermanos. Aunque quería y respetaba mucho al armado; no se rindió jamás a sus razones. Nat Gibson ateníase a los hechos materiales patentizados en el sumario. Así es que, cuando Hawkins le habló de sus sospechas acerca de Flig Balt y Vin Mod, Nat se limitó a contestar:

– Señor Hawkins, los papeles y el dinero de mi padre, el arma con que le asesinaron, fueron encontrados en la habitación y en la maleta de los dos hermanos… Sería preciso probar que Flig Balt o Vin Mod los pusieron allí, y esto no se demostrará nunca…

– ¡Quién sabe, mi pobre Nat! —contestó Hawkins—. ¡Quién sabe!…

Cuando el armador trató de indagar algo acerca de esto, interrogando al posadero, no obtuvo resultado. Aquel hombre no recordaba si en aquella época había estado alquilada la habitación contigua a los Kip, y en su casa nadie había visto nunca a Vin Mod.

La tenacidad de Hawkins por conseguir la revisión del proceso llegó a ser considerada por algunos como una verdadera monomanía.

En la mañana del 7 de mayo, una inesperada noticia se esparció por toda la ciudad.

El gobernador acababa de recibir un telegrama dándole cuenta de una evasión de forzados. Dos delincuentes políticos, dos fenianos, y uno de los constables, compatriota y cómplice, habían conseguido fugarse en un vapor enviado expresamente por sus amigos de América. Al mismo tiempo, otros dos penados, aprovechando la ocasión, habían huido con ellos.

Estos dos presidiarios, condenados por asesinato, eran los holandeses Karl y Pieter Kip.

Durante la lucha entre marineros y guardias del presidio, los dos hermanos llegaron en socorro de los tres fugitivos. Nadie podía creer que hubiesen embarcado en contra de su voluntad, como sabemos. Todo el mundo estaba seguro de que estaban de acuerdo con los fenianos para evadirse con ellos.

Así lo declararon los constables cuando llegaron al penal, donde ya se había advertido la ausencia de Karl y Pieter Kip. Esto fue lo que el comandante informó al gobernador general al darle cuenta de la quíntuple evasión.

La noticia produjo una gran impresión en Hobart Town. Hawkins fue uno de los primeros en conocerla, porque el gobernador le llamó para comunicársela. Cuando tuvo ante sus ojos el telegrama expedido desde Puerto Arturo, se le cayó el papel de las manos. No podía dar crédito a lo que había leído, y mirando a su excelencia, balbuceó en voz baja:

– ¡Se han escapado!… ¡Se han escapado!…

– Sí —contestó el gobernador—, y no cabe duda que estaban en connivencia con los dos condenados políticos y su cómplice…

– ¡Éstos sí! —exclamó Hawkins extraordinariamente agitado—; éstos sí comprendo que hayan querido recobrar su libertad…, comprendo que los amigos les hayan auxiliado, que hayan preparado la fuga…, hasta lo apruebo…

– ¿Qué dice usted, querido Hawkins?… Olvida que se trata de enemigos de Inglaterra.

– Es verdad, es verdad; yo no debería hablar así en su presencia, señor gobernador. Pero, en fin, esos fenianos, esos condenados políticos no podían esperar gracia alguna… Estaban encerrados en Puerto Arturo por toda la vida, ¡en tanto que Karl y Pieter Kip…! ¡No, no puedo creer que se hayan asociado a esa evasión! Acaso se trate de una noticia falsa…

– No —contestó el gobernador—, es un hecho confirmado.

– ¡Y sin embargo, Karl y Pieter Kip sabían que yo no cesaba de trabajar para conseguir la revisión de su proceso!… ¡Sabían que su excelencia se interesaba por ellos…, que su causa la había hecho mía!…

– Sin duda, señor Hawkins; pero han debido pensar que no conseguiría usted sus nobles propósitos, y han aprovechado la ocasión de huir.

– Habrá entonces que admitir que esos fenianos no les consideraban como criminales… ¡No hubieran consentido nunca en prestar ayuda a los asesinos del capitán Gibson… ni el comandante del vapor americano en recibirlos a bordo!

– No sé cómo explicar esto —contestó el gobernador—; tal vez lo sepamos más tarde… Lo cierto es que los hermanos Kip han huido de Puerto Arturo…, y usted ya no tiene para qué ocuparse de ellos, mi querido Hawkins…

– Al contrario, ¡ahora más que nunca!

– ¿A pesar de la evasión, continúa usted creyendo en su inocencia?

– Absolutamente, señor gobernador —contestó Hawkins con acento de una inquebrantable convicción—. ¡Oh, ya sé lo que me espera…! Se dirá que estoy loco…, que rechazo la evidencia…, que esa huida es una confesión de su culpabilidad…, que no contaban con el éxito de la revisión, puesto que se consideran culpables…, que han preferido evadirse en cuanto se les ha presentado la ocasión…

– En verdad, mi querido Hawkins —declaró el gobernador—, resulta bien difícil interpretar de otro modo la conducta de sus protegidos…

– Sin embargo —repuso el armador—, esta fuga no es una confesión… Hay en todo esto algo inexplicable que el porvenir explicará… Yo me inclino a creer que los hermanos Kip han sido arrastrados a la evasión, a pesar suyo.

– ¡Nadie querrá creerlo!

– Nadie más que yo…, ¡sea! Pero esto me basta, y no abandonaré su causa. ¡Cómo, señor gobernador, he de poder olvidar la actitud de esos desgraciados cuando los visité en Puerto Arturo…, la resignación de Pieter, sobre todo…, su confianza en mis gestiones…; olvidar su conducta a bordo del James Cook, lo que Karl ha hecho en el penal!… No les abandonaré nunca, y la verdad resplandecerá… ¡No, cien veces no!… ¡Karl y Pieter Kip no han vertido la sangre del capitán Gibson!… ¡No son ellos los asesinos!

El gobernador no quiso oponer nada contrario a la ardiente fe del armador, limitándose a comunicarle las informaciones recibidas.

– La comandancia del puerto me dice que hace tres días llegó a la rada el vapor americano Illinois, sin motivo justificado, para hacer escala en Hobart Town. Como levó anclas en la tarde de ayer, es de creer que este barco habrá recogido a los fugitivos en un punto convenido de la península. Seguramente navega con rumbo a América, donde los dos fenianos y su cómplice encontrarán hospitalidad, por tratarse de deportados políticos, para los cuales no está admitida la extradición. Pero no correrán la misma suerte los holandeses, que son condenados de derecho común, y serán entregados a las autoridades inglesas si se logra dar con su paradero…

– En caso de que yo no consiga antes descubrir a los verdaderos culpables

– concluyó diciendo Hawkins.

¿De qué hubiera servido argumentar contra tan firme convencimiento? Para el gobernador y para la opinión aquella huida era la ratificación de la culpabilidad de los Kip, que en adelante no habían de tener más que un defensor: Hawkins, obstinado en su creencia, y que, lejos de aparecer desalentado, aferrábase más a sus nobles propósitos.

Nat Gibson evitaba hablar del asunto. Pero no podía hacerse a la idea de que los asesinos de su padre gozaban de libertad. La extradición haría que volviesen al penal, donde serían tratados con todo el rigor que merecían.

Pasaron los días sin que se tuvieran noticias del Illinois. Ningún barco lo había encontrado durante su navegación a través del Pacífico; ningún telegrama de la prensa daba cuenta de su arribada a ningún puerto. Todos estaban convencidos de que el Illinois había ido a Hobart Town con el exclusivo fin de libertar a los irlandeses. De la información llevada a cabo por orden del gobernador resultó que sólo aquel barco había dejado la rada después de la tempestad del día 5 de mayo. Los cinco fugitivos estaban, pues, a bordo del Illinois con rumbo a América. Pero ¿hacia qué punto de los Estados Unidos se dirigía el Illinois?… Nadie podía saberlo; y ¿cómo arreglárselas para prender a los hermanos Kip a su llegada al Nuevo Continente?… El 25 de mayo los señores Hawkins tuvieron la satisfacción de recibir una visita que les estaba anunciada hacía algún tiempo. Sus amigos los señores Zieger habían salido de Port Praslin a bordo del vapor alemán Faust, con intención de pasar una temporada en Hobart Town.

Después de una rápida y feliz travesía, acababan de desembarcar en la capital de Tasmania.

Como en los viajes anteriores, los Zieger se alojaron en casa del armador, donde siempre había una habitación dispuesta para sus huéspedes. Su primera visita fue para la viuda del capitán y su hijo. Nat y su madre experimentaron muy viva emoción al ver a sus amigos, y cuando se hubieron tranquilizado y secado sus lágrimas, hablaron del terrible drama de Kerawara.

Cuando Zieger llegó ignoraba que los hermanos Kip se hubiesen evadido de Puerto Arturo. Al saberlo, vio en ello, como tantos otros, una nueva prueba de que la justicia no había cometido error en su sentencia.

Hawkins habló del proceso a su corresponsal de Port Praslin, a quien preguntó:

– Cuando supo usted que se acusaba a los dos hermanos, ¿les creyó culpables?

– No, en verdad, amigo mío. Me parecía inadmisible que Karl y Pieter Kip fuesen dos asesinos… Siempre los consideré tan inteligentes como honrados, con mucho agradecimiento para Gibson y para usted, no olvidando nunca que eran los náufragos de la Wilhelmina, recogidos por el James Cook. No; jamás hubiera podido pasarme por la mente que fueran culpables.

– ¿Y si no lo fuesen? —dijo Hawkins mirando cara a cara a su amigo.

– ¿Abriga usted alguna duda después de todo lo demostrado en contra de ellos?

– Tengo la convicción de que no son los autores del crimen; ¡espero tener la prueba!

Ante una declaración tan categórica, Zieger dijo:

– Escúcheme usted, mi querido Hawkins: Hamburg en Kerawara, yo en Port Praslin y en toda Nueva Zelanda, hemos llevado a cabo una información minuciosa. No ha quedado tribu del archipiélago que no haya sido objeto de indagaciones. En ninguna parte hemos encontrado ni el menor indicio que permita atribuir el crimen a los indígenas.

– Yo no digo, mi querido Zieger, que el crimen haya sido cometido por indígenas del archipiélago Bismarck; lo que afirmo es que no son los autores los hermanos Kip.

– ¿Quiénes entonces?… ¿Colonos, marineros?

– Sí, marineros.

– ¿Y de qué tripulación? En aquel momento no había más que tres barcos en el puerto de Kerawara, y ni uno en el de Port Praslin.

– Pues de uno de ellos.

– ¿De cuál?

– Del James Cook.

– ¡Cómo!… ¿Supone usted que los asesinos salieron de la tripulación del bergantín?

– Sí, Zieger, ellos; son los mismos que encontraron en los restos de la Wilhelmina el puñal homicida; los mismos que más tarde lo colocaron en la maleta de los Kip, con los papeles y el dinero de Gibson.

– ¿Y había en la tripulación del bergantín hombres capaces de eso?…

– Sí: los reclutados en Dunedin; los que se sublevaron contra el nuevo capitán…

– ¿Y será alguno de ésos el asesino?…

– No; yo acuso a Flig Balt.

– ¿Al contramaestre?

– Sí, al que nombré capitán del bergantín al dejar Port Praslin, y que, por su impericia, lo hubiera echado a pique de no haber intervenido Karl Kip.

Añadió que Flig Balt debía de tener por cómplice al marinero Vin Mod.

Zieger expuso los argumentos que le sugerían los hechos, objetando las afirmaciones que Hawkins mantenía contra viento y marea.

– Mi querido Zieger —le dijo—, cuando Flig Balt y Vin Mod concibieron el crimen, tenían ya en su poder el puñal de los Kip. Entonces se les ocurrió la idea de servirse de él, a fin de que la acusación pudiera recaer contra los desgraciados hermanos… A usted no le parece esto más que hipotético… Para mí es la certidumbre misma.

Y, en suma, la explicación que daba el armador era la verdadera.

– Por desgracia —añadió—, Flig Balt y Vin Mod abandonaron Hobart Town hace casi un año… No me han dado tiempo para vigilarles, para procurarme contra ellos pruebas decisivas, que hubieran producido la revisión del proceso. Hasta me ha sido imposible averiguar su paradero.

– Pero ¡yo lo sé, yo lo sé! —dijo Zieger.

– ¿Usted lo sabe? —exclamó el armador, cogiendo las manos de su amigo.

– ¡Ya lo creo!… He visto a Flig Balt, Vin Mod y los otros cuatro marineros…

– ¿Dónde?

– En Port Praslin.

– ¿Cuándo?

– Hace tres meses.

– ¿Y están allí todavía?

– No; se embarcaron en un vapor alemán, el Kaiser, y después de quince días de escala, salieron de Port Praslin.

– ¿Con rumbo…?

– Al archipiélago Salomón; después no he tenido noticias de ellos.

De modo que Flig Balt, Vin Mod, Len Cannon y sus camaradas habían encontrado embarque… ¿En qué puerto? Se ignoraba… Lo único que Zieger sabía era que formaban parte de la tripulación del Kaiser, y que no habían tenido reparo en reaparecer en el teatro de su crimen, caso que fueran los asesinos del capitán Gibson.

En los peligrosos parajes hacia donde habían querido arrastrar al bergantín, tal vez harían con el Kaiser lo que intentaron, sin éxito, con el James Cook.

¿Cómo encontrar sus huellas a bordo de un navío que tal vez tuviese ya otro nombre?… ¿Cómo echarles el guante?… ¿Sería posible la revisión del proceso sin la comparecencia de los verdaderos culpables?…

Así estaban las cosas cuando el 20 de junio la prensa publicó la llegada del Illinois a San Francisco de California, Estados Unidos de América.

Los correligionarios de O'Brien, Macarthy y Farnham les habían hecho un entusiasta recibimiento. Los periódicos de aquella tierra de libertad celebraron con bombo y platillos el gran éxito de aquella evasión, felicitando a los que la habían preparado en revancha del fenianismo.

Al mismo tiempo se comunicaba que los dos irlandeses Karl y Pieter Kip habían desaparecido después del desembarco.

¿Estaban ocultos en San Francisco para no caer en manos de la policía americana? ¿Se habrían dirigido hacia el interior? ¿Cómo averiguarlo? De todos modos, la petición de extradición llegaría demasiado tarde.

La población de Hobart Town ratificose en su creencia de que los Kip eran los verdaderos culpables, y desvaneciéronse las pocas dudas que algunos pudieran haber abrigado. El mismo Hawkins, conservando en toda su integridad sus convicciones, procedió con más reserva acerca del asunto. ¿A qué conducía la revisión, si los hermanos Kip, evadidos de la penitenciaría de Puerto Arturo, se habían refugiado en América, de donde probablemente no volverían jamás?…

Iba, pues, a poner fin a sus gestiones, cuando en la mañana del 25 de junio se esparció por la ciudad una sensacional noticia, a la que en los primeros momentos nadie dio crédito.

Karl y Pieter Kip habían llegado la víspera, siendo presos y encerrados en la cárcel de Hobart Town.

Sürgöny

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