XXVII
LA EVASIÓN
El peligro estaba alejado, pero no conjurado. Después de registrar el bosque, continuarían las pesquisas por todo el litoral.
Conviene repetir que si alguna vez las evasiones han tenido éxito en el presidio de Puerto Arturo, han sido realizadas por mar. O los penados logran llegar a bordo de un barco, o lo construyen ellos mismos, pudiendo así ganar algún otro punto de Storm Bay. Atravesar el istmo sería un intento descabellado. Los refugiados en la espesura del bosque fueron siempre descubiertos, pasados más o menos días. El comandante del presidio lo sabía perfectamente, y la persecución de los evadidos se dirigía siempre hacia el bosque cuando el temporal impedía la fuga por mar.
Puesto que la tormenta había cedido y el litoral resultaba ya abordable, los destacamentos de constables registrarían todos los rincones de la costa.
O'Brien, Macarthy y Farnham, que veían claramente su situación, volvieron a ser presa de indecible angustia. ¡Qué interminables les parecieron aquellas horas de la tarde, siempre alerta, escuchando los ruidos del exterior, creyendo oír sobre la playa los pasos de sus perseguidores, los ladridos de los feroces perros, temiendo a cada instante ver aparecer un dogo que se precipitaría sobre ellos!…
A veces recobraban la confianza. Sin arriesgarse fuera, podían abarcar con la mirada una vasta extensión de la bahía, divisar los barcos que pasaban a lo lejos. Alguna que otra vela dibujose sobre el horizonte en cuanto el viento norte se tomó en blanda brisa. Varios barcos volvían bordeando, después de haber doblado el cabo Pillar. Farnham recordaba perfectamente que la nave salvadora fondeada en Hobart Town era el vapor americano Illinois. Era, pues, una columna de humo lo que él y sus compañeros anhelaban ver en el horizonte: ¡el humo anunciador del barco esperado en medio de tantos peligros!…
Todavía era demasiado pronto. Entre Hobart Town y la punta Saint James no hay más que una veintena de millas. Bastaría, por lo tanto, que el Illinois saliese de la rada a las seis de la tarde, pues no sería prudente aproximarse a la punta antes de que las sombras de la noche permitiesen enviar el bote que había de recoger a los fugitivos.
– Pero ¿sabrán a bordo que hemos conseguido escapar?… —preguntó Macarthy.
– ¡No cabe duda! —contestó Farnham—. Hace ya veintiséis horas que estamos aquí, y desde esta mañana todo Hobart Town tiene noticia de la evasión. Al gobernador se le habrá notificado por telégrafo, y además, yo creo que Walter estará a bordo del Illinois. Si el vapor no ha podido salir por el temporal, no tardará en levar anclas con rumbo a esta parte.
– Son ya las cinco —observó O'Brien—, y dentro de hora y media la oscuridad dificultará mucho distinguir la punta Saint James. ¿Cómo se las arreglará el capitán del Illinois para enviarnos el bote?…
– Tengo la seguridad de que habrá tomado bien sus medidas. Alguien irá a bordo que conozca perfectamente toda esta parte del litoral. Aunque llegue la noche, la oscuridad no será obstáculo para que…
– ¡Un vapor! —exclamó Macarthy.
En dirección noroeste, sobre la línea del horizonte, aparecía una nubecilla grisácea, que velaba el sol poniente.
– ¿Será el nuestro?… ¿Será el Illinois? —dijo con voz temblorosa O'Brien, que se hubiera lanzado a la playa si Farnham no le hubiese retenido prudentemente.
En tiempo normal los vapores cruzan de continuo por Storm Bay. El que acababa de divisarse tal vez tratara de poner rumbo al sudeste para salir de la bahía y entrar en alta mar. Nada autorizaba a afirmar que se dirigiera hacia la costa.
La emoción de los fugitivos fue más viva que nunca, más grande aún que cuando los guardias del presidio bajaron por el sendero azuzando a los perros para que se precipitaran en la playa. En cambio, tampoco habían experimentado hasta aquel momento tan grande esperanza de salvación. La nubecilla de humo dirigíase visiblemente hacia el sudeste. Antes de media hora, con luz todavía, habían de ver el barco proyectándose sobre el horizonte. A juzgar por la poca intensidad del humo, el vapor no forzaba la marcha. Si era el Illinois, no tenía necesidad de hacerlo, pues navegando a media máquina, encontraríase al llegar la noche a unos cuantos cables de la punta Saint James, y podría echar el bote al agua sin riesgo de ser descubierta la maniobra.
De repente O'Brien lanzó un grito desesperado…
– ¡No es el nuestro! ¡No es el Illinois!…
– ¿Por qué? —preguntó Farnham.
– ¡Mirad!
El vapor acababa de tomar nueva dirección, que había de alejarlo de la península. Maniobraba como hacen los barcos que tratan de doblar el cabo Pillar para salir de Storm Bay.
¡Y después de aquella mortal espera de todo un día, iba a caer la noche!… Desvanecíase la esperanza de haber llegado la hora de salvación, de que aquel barco les recogería a bordo… El vapor se alejaba de la península con rumbo a alta mar.
¡No era aquél el Illinois anunciado por Walter!… El vapor americano debía de estar aún en la rada de Hobart Town… Pero todavía era tiempo… Tal vez llegase a media noche…
Pues bien, se esperaría, se vigilaría… En cuanto llegase la noche, los fugitivos atravesarían la playa, se apostarían en las rocas más avanzadas de la punta… Si se aproximaba un vapor, oirían las trepidaciones de la máquina, el trajín de su hélice… Si echaba un bote al agua, lo atraerían hacia los arrecifes… Si la resaca le impedía atracar, ellos llegarían hasta él a nado… ¡Sí! ¡Arriesgarían hasta la vida! ¡Todo menos volver al presidio!…
El sol acababa de ocultarse detrás del horizonte. El crepúsculo es allí muy breve en esa época del año. La bahía y el litoral no tardarían en confundirse bajo las sombras de la noche. La luna, en cuarto menguante, no luciría antes de las tres de la mañana. Bajo un cielo sin estrellas, velado por nubes inmóviles, la noche sería oscura.
En aquel momento reinaba un profundo silencio en el espacio. La brisa, que había caído con la tarde, no se dejaba sentir más que por débiles e intermitentes soplos. Los fugitivos hubiesen podido advertir la marcha de un vapor a distancia de dos o tres millas, y a la de cinco o seis cables la aproximación de un bote impulsado por sus remos.
O'Brien se consumía de impaciencia, y quiso, a pesar de sus compañeros, ganar la punta Saint James.
Era una imprudencia, porque alumbraba aún la última luz del crepúsculo, y si los vigilantes estaban en lo alto del derrumbadero, podría ser descubierto. Parecía, no obstante, que aquella parte del litoral estaba desierta.
Arrastrándose por la arena, O'Brien avanzó hacia el mar. La punta Saint James terminaba en enormes rocas, que en la baja marea aparecían prolongadas mar adentro hasta unos doscientos o trescientos pies, inclinándose luego hacia el norte.
En aquel instante la voz de O'Brien llegó hasta Farnham, acurrucado cerca de Macarthy en el fondo de su escondrijo.
– ¡A la punta…, a la punta! —exclamó aquél.
¿Había divisado algún bote o al menos escuchado ruido de remos?… Era preciso acudir al llamamiento, y fueron a unirse a su compañero, arrastrándose por la playa.
Cuando los tres estuvieron reunidos al pie de las primeras rocas, O'Brien dijo:
– ¡He creído, o creo, que viene un bote!…
– ¿De qué lado?
– Por aquí.
Y O'Brien señalaba al noroeste.
Era precisamente la dirección que había de llevar un bote que tratase de penetrar por entre los arrecifes.
Macarthy y Farnham escucharon. También ellos creyeron oír el ruido rítmico de los remos. No cabía duda: un bote avanzaba hacia ellos con lentitud, como inseguro de su ruta.
– ¡Sí…, sí! —repitió Farnham—. ¡Es el choque de los remos!… ¡Es un bote!…
– ¡Es el del Illinois! —añadió O'Brien.
Efectivamente; no podía ser más que el del vapor enviado al lugar convenido. Pero en medio de la oscuridad creciente, en vano era que los fugitivos tratasen de distinguir el barco. Tal vez estaría fondeado a más de una milla, tanto por no llamar la atención de los vigilantes, como por no aproximarse demasiado a aquella costa sembrada de arrecifes.
No había más remedio que aproximarse a la orilla todo lo posible para esperar al bote, darle prisa e indicarle la dirección, si fuera menester, y saltar inmediatamente a bordo en cuanto atracase a las rocas…
De improviso oyéronse ladridos en lo alto del derrumbadero, acompañados de voces y gritos.
La cresta estaba ocupada por un destacamento de constables con una docena de perros. Después de registrar todo el bosque, habían vuelto hacia aquella parte de la costa.
Los fugitivos comprendieron que habían sido descubiertos al atravesar la playa. Tal vez las voces de O'Brien les habían traicionado.
La única probabilidad de salvación estribaba en la pronta llegada del bote, y no estaba en sus manos el darle prisa… Si no se habían equivocado, si efectivamente la nave salvadora se aproximaba, ¿podría recogerlos antes de que sus perseguidores llegasen a la punta?… ¿Los marineros que la tripulaban se decidirían a atracar al oír el ruido de lucha?… Por otra parte, ¿se encontrarían con fuerza para atacar a los guardianes del presidio y arrancarles de las manos los prisioneros, en caso de que los fugitivos cayesen en su poder?
– ¡Los perros, los perros! —exclamó en aquel momento Macarthy.
Cuatro o cinco de estos animales estaban ya en la playa, y sus ladridos resonaban con furor.
Casi al mismo tiempo apareció un grupo de constables con el revólver en la mano.
– ¡Por aquí, por aquí! —gritaban.
– ¡Allí están los tres!…
– ¡A la punta, a la punta!…
– ¡Ahí viene un bote!…
O'Brien no se había equivocado. Una embarcación trataba de atracar. Desde su escondrijo no la pudo divisar, pero los vigilantes habíanla visto desde la altura, y creyeron desde el primer momento que se dirigía a la costa con intención de salvar a los irlandeses. Observando más atentamente, vieron a lo lejos un barco sospechoso.
También lo habían visto dos forzados que, estando en aquellas cercanías, avanzaron hasta la cresta del derrumbadero. Eran Karl y Pieter Kip.
Pasaron todo aquel día muy preocupados. Consideraban que el temporal de la víspera no habría permitido al vapor americano acercarse a la costa… Pensaban que los tres fugitivos se habrían refugiado en cualquier excavación durante la noche anterior y todo aquel día… ¿Y cómo se habrían pro, curado un poco de comida?…
Verdad es que la tempestad había cesado, dejando la bahía practicable. Lo que no fue posible la víspera, se efectuaría aquella misma noche en cuanto la oscuridad velase el espacio.
Como de costumbre, los hermanos Kip habían dejado el penal desde por la mañana para dedicarse a los trabajos del exterior. Cuando estuvieron en la proximidad de la punta, buscaron con ansiedad en el horizonte la nubecilla de humo que indicara la llegada del vapor.
Transcurrió el día sin incidente alguno, y diez minutos antes de dar la señal de partida, oyéronse gritos y ladridos hacia aquella parte del litoral.
– ¡Desgraciados! ¡Han sido descubiertos! —exclamó Karl Kip.
En aquel instante diez o doce constables dejaron la vigilancia de sus escuadras a sus camaradas y corrieron en aquella dirección; los hermanos Kip les siguieron sin que nadie lo advirtiera.
Cuando llegaron a la cresta echáronse en el suelo y miraron hacia abajo. Un bote se deslizaba a lo largo de la costa tratando de ganar la punta Saint James.
– ¡Llegará tarde! —dijo Karl.
– ¡Esos pobres van a ser cogidos! —añadió su hermano—. ¡Y no poder socorrerles!… Apenas había pronunciado Karl estas palabras, levantose apresuradamente y dijo a su hermano:
– ¡Sígueme! Un minuto después bajaban por el sendero hacia la playa. El bote del Illinois doblaba entonces las extremas rocas de la punta. Aunque habían visto correr a los constables y a los perros, al oficial americano y a sus marineros no les pasó por la mente desistir de su intento. Impulsando el bote con todo su vigor, a riesgo de estrellarse contra los arrecifes, hicieron un esfuerzo para llegar a la punta antes que los perseguidores. Pero cuando la embarcación estuvo a la orilla, ya era tarde. O'Brien, Macarthy y Farnham estaban en manos de los constables, a pesar de toda su resistencia.
– ¡Adelante, adelante! —gritó el oficial americano. Sus marineros, armados de machetes y revólveres, se precipitaron en la playa para rescatar a los fugitivos. Entablose una lucha encarnizada. Los americanos sólo eran ocho: el oficial, el timonel y seis marineros. Aun contando a los tres irlandeses, no sumaban más que once contra una veintena de la parte contraria. Además, los perros, esos dogos feroces, no habían de ser los adversarios menos peligrosos. Así es que para ellos fueron los primeros disparos. Sonaron unas cuantas detonaciones. Las balas hicieron blanco en dos de aquellos animales, que cayeron muertos, y los demás huyeron, desgarrando el aire con sus ladridos. Los combatientes se atacaron entonces con violencia en medio de la sombra. Macarthy y Farnham, que no habían podido desasirse, eran ya arrastrados tierra adentro cuando dos hombres cerraron el paso a los constables. Karl Kip y su hermano se precipitaron sobre ellos, consiguiendo arrancarles los prisioneros.
Los disparos se sucedieron, produciendo heridos de una y otra parte. La lucha, en aquel reducido espacio de la punta, era imposible sostenerla con ventaja para los americanos. El oficial y los marineros del Illinois se verían obligados a abandonar la partida. Los fugitivos no lograrían su intento, ¡y quién sabe si los que trataban de salvarlos no pagarían con su libertad en las prisiones de Hobart Town aquella generosa tentativa en favor de los irlandeses!…
Afortunadamente, los del Illinois oyeron las detonaciones, comprendiendo que se había entablado una lucha, en la que era necesario intervenir.
El capitán del vapor dio orden de avanzar, y cuando estuvo a dos cables de la punta, echó al agua otro bote con una docena de marineros. En algunos instantes llegó a tierra este refuerzo, y las cosas cambiaron inmediatamente. Los constables tuvieron que batirse en retirada, abandonando a los prisioneros y recogiendo a sus heridos. En cuanto al oficial y los marineros, apresuráronse a embarcar en los dos botes con los tres fugitivos, después de cambiar unos cuantos disparos más.
En aquel instante los hermanos Kip, llamando a O'Brien, dijeron:
– ¡Salvados!… ¡Estáis salvados!…
– ¡Y vosotros también! —exclamó el irlandés.
Y antes de que Karl y Pieter se dieran cuenta, a un signo de O'Brien, los marineros se apoderaron de los dos hermanos, que fueron arrastrados hasta uno de los botes.
Cinco minutos después estaban todos a bordo del Illinois, que puso la proa hacia la entrada de Storm Bay, dobló el cabo Pillar y entró a toda máquina en alta mar