Capítulo 30
No hay motivo para relatar con detalle este viaje a través de los canales del archipiélago magallánico. No estuvo marcado por ningún incidente de importancia. El tiempo se mantuvo constantemente bueno. Por lo demás, en aquellos pasos, de seis a siete millas de anchura, el mar no habría tenido tiempo de encresparse al soplo de una borrasca.
Todos aquellos canales estaban desiertos y, por añadidura, más valía no encontrarse con los naturales de aquellos parajes, que no siempre son de humor hospitalario. Una o dos veces, durante la noche, se avistaron fuegos en el interior de las islas, pero ningún indígena se dejaba ver en las playas.
El 11 de febrero, la chalupa, que siempre había contado con un viento favorable, desembocó en el estrecho de Magallanes por el canal de Smyth, entre la costa oeste de la isla de la Reina Adelaida y las alturas de la tierra del Rey Guillermo. A la derecha se alzaba el pico Santa Ana. A la izquierda, en el fondo de la bahía de Beaufort, se escalonaban algunos de esos magníficos glaciares, uno de cuyos picos más elevados había entrevisto Briant al este de la isla Hanóver, a la que los jóvenes colonos seguían dando el nombre de isla Chairman.
Todo iba bien a bordo; hay que creer, sobre todo, que el aire, cargado de olores marinos, resultaba excelente para Doniphan, pues comía, dormía y se sentía lo bastante fuerte como para desembarcar, si se presentaba la ocasión de reanudar con sus camaradas su vida de Robinsones.
En la jornada del 12, la chalupa llegó a la vista de la isla Tamar, en la tierra del Rey Guillermo, cuyo puerto, o más bien cala, estaba desierto en aquel momento. Así pues, sin detenerse allí, tras haber doblado el cabo Tamar, Evans puso rumbo al sudeste a través del estrecho de Magallanes.
De un lado, la larga tierra de Desolación desplegaba sus costas llanas y áridas, desprovistas de esa verdeante vegetación que revestía la isla Chairman. Del otro, se dibujaban las escotaduras tan caprichosamente recortadas de la península de Crooker. Era por allí por donde Evans pensaba buscar los pasos del sur, con el fin de doblar el cabo Froward y remontar la costa este de la península de Brunswick hasta el establecimiento de Punta Arenas.
No fue necesario ir tan lejos.
En la mañana del 13, Service, que estaba de pie en la proa, exclamó:
– ¡Humo por estribor!
– ¿El humo de una hoguera de pescadores? —preguntó Gordon.
– ¡No!… ¡Es más bien humo de un vapor! —replicó Evans.
En efecto, en aquella dirección las tierras estaban demasiado alejadas para que el humo de un campamento de pesca pudiera verse.
Al instante Briant, lanzándose a la jarcia del trinquete, alcanzó la cabeza del mástil y exclamó a su vez:
– ¡Barco!… ¡Barco!…
El navío no tardó en estar a la vista. Era un vapor de ochocientas a novecientas toneladas, que marchaba a una velocidad de once a doce millas por hora.
De la chalupa partieron hurras, y también disparos de fusil.
La chalupa había sido vista y, diez minutos después, abordaba al vapor Grafton, que hacía rumbo a Australia.
En un instante, el capitán del Grafton, Tom Long, quedó al corriente de las aventuras del Sloughi. Por lo demás, la pérdida de la goleta había tenido una repercusión considerable tanto en Inglaterra como en América. Tom Long se apresuró a recoger a bordo a los pasajeros de la chalupa. Se ofreció incluso a llevarlos directamente a Auckland, lo cual lo apartaba poco de su ruta, puesto que el Grafton tenía por destino Melbourne, capital de la provincia de Adelaida, al sur de las tierras australianas.
La travesía fue rápida, y el Grafton fondeó en la rada de Auckland el 25 de febrero.
A pocos días de la fecha exacta, habían transcurrido dos años desde que los quince alumnos del pensionado Chairman habían sido arrastrados a mil ochocientas leguas de Nueva Zelanda.
Hay que renunciar a describir el júbilo de aquellas familias a las que se devolvía a sus hijos, esos niños que se creían tragados por el Pacífico. No faltaba ni uno solo de aquellos a quienes la tempestad había arrastrado hasta los parajes de América del Sur.
En un instante se había difundido por toda la ciudad la noticia de que el Grafton repatriaba a los jóvenes náufragos. La población entera acudió y los aclamó cuando cayeron en brazos de sus padres.
¡Y con qué avidez quiso conocerse en detalle todo lo que había ocurrido en la isla Chairman! Pero la curiosidad no tardó en quedar satisfecha. Primero, Doniphan pronunció algunas conferencias sobre el tema, conferencias que tuvieron un verdadero éxito, del que el joven no dejó de mostrarse bastante orgulloso. Luego, el diario que había llevado Baxter —puede decirse que hora tras hora—, el diario de French-den, una vez impreso, precisó de miles y miles de ejemplares tan solo para satisfacer a los lectores de Nueva Zelanda. Por último, los periódicos de ambos mundos lo reprodujeron en todas las lenguas, pues no había nadie que no se hubiera interesado por la catástrofe del Sloughi. La prudencia de Gordon, la abnegación de Briant, la intrepidez de Doniphan, la resignación de todos, pequeños y mayores, fueron universalmente admiradas.
Inútil insistir en el recibimiento que se dispensó a Kate y a master Evans. ¿Acaso no se habían consagrado a la salvación de aquellos niños? Por eso, una suscripción pública regaló al valiente Evans un buque mercante, el Chairman, del que se convirtió a la vez en propietario y capitán, a condición de que tuviera Auckland por puerto de amarre. Y, cuando los viajes lo devolvían a Nueva Zelanda, encontraba siempre en las familias de «sus muchachos» la acogida más cordial.
En cuanto a la excelente Kate, fue reclamada, disputada, por los Briant, los Garnett, los Wilcox y muchos otros. Finalmente, se estableció en la casa de Doniphan, a quien había salvado la vida con sus cuidados.
Y, como conclusión moral, he aquí lo que conviene retener de este relato, que justifica, según parece, su título de Dos años de vacaciones:
Nunca, sin duda, los alumnos de un pensionado se verán expuestos a pasar sus vacaciones en semejantes condiciones. Pero —que todos los niños lo sepan bien— con orden, celo y valor no hay situación, por peligrosa que sea, de la que no se pueda salir. Sobre todo, que no olviden, al pensar en los jóvenes náufragos del Sloughi, madurados por las pruebas y hechos al duro aprendizaje de la existencia, que, a su regreso, los pequeños eran casi mayores, los mayores casi hombres.
A mű végére értél. Elolvastad?
Hogy tetszett ez a mű?
Értékeld te is!