Dos años de vacaciones

Capítulo 29

Una nueva era comenzaba ahora para los jóvenes colonos de la isla Chairman.

Tras haber luchado hasta entonces para asegurar su existencia en condiciones bastante críticas, era en la obra de su liberación en lo que iban a trabajar, haciendo un último esfuerzo por volver a ver a sus familias y su patria.

Tras la exaltación provocada por los incidentes del combate, se había producido en ellos una reacción de lo más natural. Quedaron como abrumados por su éxito, que no podían creer. Pasado el peligro, este se les antojaba más grande de lo que les había parecido, es decir, tal como era en realidad. Cierto que, tras el primer enfrentamiento en la linde de Traps-woods, sus probabilidades habían aumentado en cierta medida. Pero, sin la tan inesperada intervención de Forbes, ¡Walston, Book y Brandt se les habrían escapado! ¡Moko no se habría atrevido a disparar esa andanada de metralla, que habría alcanzado a Jacques y a Costar al mismo tiempo que a sus raptores!… ¿Qué habría ocurrido después?… ¿A qué acuerdo habría habido que resignarse para liberar a los dos niños?

Así, cuando Briant y sus camaradas pudieron contemplar fríamente aquella situación, fue como una especie de espanto retrospectivo lo que se apoderó de ellos. Duró poco, y, aunque no se conociera aún el destino de Rock y de Cope, la seguridad había vuelto en gran parte a la isla Chairman.

En cuanto a los héroes de la batalla, habían recibido las felicitaciones que merecían: Moko, por su cañonazo, disparado tan oportunamente a través de la tronera de Store-room; Jacques, por la sangre fría que había demostrado al disparar su revólver sobre Walston; y Costar, por último, que —«habría hecho exactamente lo mismo, dijo, si hubiera tenido una pistola»—. ¡Pero no la tenía!

Ni siquiera Phann quedó sin recibir su buena parte de caricias, sin contar la provisión de huesos con tuétano con que Moko le obsequió por haber atacado a dentelladas a ese bribón de Brandt, que arrastraba consigo al pequeño.

Huelga decir que Briant, tras el cañonazo de Moko, había vuelto a toda prisa hacia el lugar donde sus camaradas guardaban la camilla. Unos minutos después, habían depositado a Doniphan en el salón sin que hubiera recobrado el conocimiento, mientras Forbes, recogido por Evans, yacía tendido en el catre de Store-room. Durante toda la noche, Kate, Gordon, Briant, Wilcox y el master velaron junto a los dos heridos.

Que Doniphan había resultado gravemente herido era más que evidente. Sin embargo, como respiraba con bastante regularidad, era señal de que el pulmón no había sido perforado por el cuchillo de Cope. Para curar su herida, Kate recurrió a ciertas hojas de uso corriente en el Lejano Oeste, que proporcionaron algunos arbustos de las orillas del río Zealand. Eran hojas de aliso que, machacadas y dispuestas en compresas, resultan muy eficaces para impedir la supuración interna, pues ahí residía todo el peligro. Pero no fue así en el caso de Forbes, a quien Walston había herido en el vientre. Sabía que estaba herido de muerte, y cuando recobró el conocimiento, mientras Kate, inclinada sobre su catre, le prodigaba sus cuidados:

– ¡Gracias, buena Kate! ¡Gracias!… —murmuró él—. ¡Es inútil!… ¡Estoy perdido!

Y las lágrimas corrían por sus ojos.

¿Acaso el remordimiento había removido lo que aún quedaba de bueno en el corazón de aquel desgraciado?… ¡Sí! Arrastrado sobre todo por los malos consejos y el mal ejemplo, aunque había participado en las matanzas del Severn, todo su ser se había rebelado ante el horrible destino que amenazaba a los jóvenes colonos, y había arriesgado su vida por ellos.

– ¡Ten esperanza, Forbes! —le dijo Evans—. Has redimido tus crímenes… Vivirás…

¡No! El infortunado había de morir. A pesar de los cuidados que no se le escatimaron, el agravamiento de su estado se fue haciendo de hora en hora más manifiesto. En los breves momentos de alivio que le dejaba el dolor, sus ojos angustiados se volvían hacia Kate, hacia Evans… Había derramado sangre, y su sangre corría en expiación de su vida pasada…

Hacia las cuatro de la madrugada, Forbes se apagó. Murió arrepentido, perdonado por los hombres, perdonado por Dios, que le ahorró una larga agonía, y fue casi sin sufrimiento como exhaló su último aliento.

Al día siguiente lo enterraron en una fosa cavada cerca del lugar donde reposaba el náufrago francés, y dos cruces señalan ahora el emplazamiento de las dos tumbas.

Sin embargo, la presencia de Rock y de Cope constituía aún un peligro; la seguridad no podría ser completa mientras no se les pusiera en la imposibilidad de causar daño.

Evans resolvió, pues, acabar con ellos antes de dirigirse al puerto de Bear-rock.

Gordon, Briant, Baxter, Wilcox y él partieron aquel mismo día, con el fusil al brazo y el revólver al cinto, acompañados de Phann, pues era de justicia confiar en su instinto para seguir un rastro.

Las pesquisas no fueron ni difíciles ni largas, y hay que añadir que tampoco peligrosas. Ya no había nada que temer de los dos cómplices de Walston. Cope, cuyo paso pudo seguirse gracias a un rastro de sangre entre los matorrales de Traps-woods, fue hallado muerto a unos centenares de pasos del lugar donde le había alcanzado la bala. También se recogió el cadáver de Pike, muerto al comienzo del combate. En cuanto a Rock, que había desaparecido tan inesperadamente como si la tierra se lo hubiera tragado, Evans tuvo pronto la explicación: había sido en el fondo de una de las fosas cavadas por Wilcox donde el miserable había caído, tras haber sido herido de muerte. Los tres cadáveres fueron enterrados en aquella fosa, que se convirtió en su tumba. Luego, el master y sus compañeros regresaron con la buena nueva de que la colonia ya no tenía nada que temer.

La alegría habría sido completa en French-den si Doniphan no hubiera estado tan gravemente herido. ¿No estaban ahora los corazones abiertos a la esperanza?

Al día siguiente, Evans, Gordon, Briant y Baxter pusieron en debate los proyectos cuya realización inmediata había que procurar. Lo que importaba ante todo era recuperar el bote del Severn. Eso requería un viaje e incluso una estancia en Bear-rock, donde se llevarían a cabo los trabajos de reparación que pondrían la embarcación en condiciones.

Quedó convenido, pues, que Evans, Briant y Baxter se dirigirían allá por la ruta del lago y del East-river. Era a la vez la más segura y la más corta.

El yole, hallado en un remanso del río, no había recibido ningún impacto de la descarga de metralla que había pasado por encima de él. Se embarcaron en él las herramientas para el calafateo, provisiones, municiones, armas, y con un buen viento largo, partió desde la mañana del 6 de diciembre bajo el mando de Evans.

La travesía del lago Family se efectuó con bastante rapidez. No hubo ni siquiera necesidad de arriar ni de cazar la escota, tal era la regularidad y constancia de la brisa. Antes de las once y media, Briant indicaba al master la pequeña ensenada por la que las aguas del lago se vertían en el cauce del East-river, y el yole, favorecido por la marea bajante, descendió entre las dos orillas del río.

No lejos de la desembocadura, el bote, varado en seco, yacía sobre la arena de Bear-rock.

Tras un examen muy detallado de las reparaciones que había que efectuar, Evans dijo:

– Muchachos, tenemos las herramientas; pero lo que nos falta es con qué reparar la armazón y el forro. Pues bien, en French-den hay precisamente tablones y cuadernas procedentes del casco del Sloughi, y si pudiéramos llevar la embarcación al río Zealand…

– En eso estaba pensando yo —respondió Briant—. ¿Es imposible, master Evans?

– No lo creo —repuso Evans—. Puesto que el bote vino bien de Severn-shores hasta Bear-rock, ¿no puede ir de Bear-rock hasta el río Zealand? Allá el trabajo se haría con más facilidad, y sería desde French-den desde donde partiríamos para ganar Sloughi-bay, ¡donde nos haríamos a la mar!

Indiscutiblemente, si aquel proyecto era realizable, no cabía imaginar uno mejor. Así que se decidió aprovechar la marea del día siguiente para remontar el East-river remolcando el bote con el yole.

Ante todo, Evans se ocupó de taponar como pudo las vías de agua del bote con tapones de estopa que había traído de French-den, y este primer trabajo no concluyó hasta bien entrada la tarde.

La noche transcurrió tranquilamente en el fondo de la cueva donde Doniphan y sus compañeros habían hecho su morada durante su primera visita a Deception-bay.

Al día siguiente, de madrugada, una vez puesto el bote a remolque del yole, Evans, Briant y Baxter partieron con la marea creciente. Manejando los remos mientras duró la marea, se las arreglaron. Pero, en cuanto la vaciante cobró fuerza, la embarcación, lastrada por el agua que penetraba en ella, no fue remolcada sin gran esfuerzo. Y así fue que eran las cinco de la tarde cuando el yole alcanzó la orilla derecha del lago Family.

El master no juzgó prudente exponerse, en tales condiciones, a una travesía nocturna.

Además, el viento tendía a amainar con la caída de la tarde y, muy probablemente, tal como ocurría durante la buena estación, la brisa refrescaría a los primeros rayos del sol.

Acamparon en aquel lugar, comieron con buen apetito, durmieron con profundo sueño, con la cabeza apoyada en el tronco de un gran haya y los pies frente a un hogar chisporroteante que ardió hasta el amanecer.

– ¡Embarquemos! —fueron las primeras palabras del master en cuanto las claridades matutinas iluminaron las aguas del lago.

Tal como se esperaba, la brisa del nordeste había vuelto con el día. El master no podía pedir un tiempo más favorable para dirigirse a French-den.

Se izó la vela, y el yole, arrastrando la pesada embarcación, que estaba anegada hasta la borda, puso rumbo al oeste.

No se produjo ningún incidente durante esta travesía del lago Family. Por prudencia, Evans estuvo siempre dispuesto a cortar el cable de remolque por si el bote se iba a pique, pues habría arrastrado consigo al yole. ¡Temor harto fundado, sin duda! Pues si la embarcación se hundía, la partida quedaba aplazada indefinidamente y, quizás, había que pasar aún mucho tiempo en la isla Chairman.

Por fin, las alturas de Auckland-hill aparecieron al oeste hacia las tres de la tarde. A las cinco, el yole y el bote entraban en el río Zealand y fondeaban al abrigo del pequeño dique. Unos hurras acogieron a Evans y sus compañeros, a quienes no se esperaba hasta pasados algunos días.

Durante su ausencia, el estado de Doniphan había mejorado algo. Y así pudo el valiente muchacho responder a los apretones de mano de su camarada Briant. Respiraba con mayor libertad, pues el pulmón no había sido alcanzado. Aunque se le tenía a una dieta muy estricta, las fuerzas comenzaban a volvérsele, y, bajo las compresas de hierbas que Kate renovaba cada dos horas, su herida no tardaría probablemente en cerrarse. Sin duda, la convalecencia sería larga; pero Doniphan tenía tanta vitalidad que su curación completa sería solo cuestión de tiempo.

Desde el día siguiente se emprendieron los trabajos de calafateo. Hubo primero que hacer un gran esfuerzo para varar el bote en tierra. De unos nueve metros de eslora y metro ochenta de manga en el punto de mayor anchura, debía bastar para los diecisiete pasajeros que contaba entonces la pequeña colonia, incluidos Kate y el master.

Terminada esta operación, los trabajos siguieron regularmente su curso. Evans, tan buen carpintero como buen marinero, entendía de eso, y pudo apreciar la habilidad de Baxter. Los materiales no faltaban, ni tampoco las herramientas. Con los restos del casco de la goleta pudieron rehacerse las cuadernas rotas, los forros dislocados, los barrotes partidos; por último, la vieja estopa, remojada en resina de pino, permitió hacer las costuras del casco perfectamente estancas.

El bote, que tenía cubierta en la proa, la tuvo entonces hasta aproximadamente los dos tercios, lo que aseguraba un abrigo contra el mal tiempo, poco de temer, por otra parte, durante ese segundo período de la estación estival. Los pasajeros podrían estar bajo esa cubierta o sobre ella, según les pluguiese. El palo de juanete del Sloughi sirvió de palo mayor, y Kate, siguiendo las indicaciones de Evans, logró confeccionar una trinqueta con la cangreja de repuesto del yate, así como una mesana para la popa y un foque para la proa. Con este aparejo, la embarcación estaría mejor equilibrada y aprovecharía el viento con cualquier rumbo.

Estos trabajos, que duraron treinta días, no quedaron concluidos hasta el 8 de enero. Solo quedaba terminar algunos detalles de acondicionamiento.

Y es que el master había querido dedicar todos sus esfuerzos a dejar el bote en condiciones. Convenía que pudiera navegar a través de los canales del archipiélago magallánico y recorrer, si era preciso, algunos centenares de millas, en caso de que fuera necesario bajar hasta el establecimiento de Punta Arenas en la costa oriental de la península de Brunswick.

Hay que mencionar que, en ese lapso de tiempo, la Navidad se había celebrado con cierto boato, y también el 1 de enero de ese año 1862, que los jóvenes colonos esperaban no terminar en la isla Chairman.

Por entonces, la convalecencia de Doniphan había avanzado lo suficiente como para que pudiera abandonar el salón, aunque aún muy débil. El aire puro y una alimentación más sustanciosa le devolvieron visiblemente las fuerzas. Además, sus camaradas no pensaban partir antes de que fuera capaz de soportar una travesía de algunas semanas sin temor a una recaída.

Entretanto, la vida habitual había retomado su curso en French-den.

Las lecciones, los cursos, las conferencias, quedaron más o menos abandonados. ¿Es que Jenkins, Iverson, Dole y Costar no se consideraban de vacaciones?

Como es de suponer, Wilcox, Cross y Webb habían reanudado sus cacerías, ya fuera en los bordes de South-moors, ya en los bosques altos de Traps-woods. Se desdeñaban ahora los lazos y las trampas, a pesar de los consejos de Gordon, siempre parco con sus municiones. Así que los disparos retumbaban por doquier, y la despensa de Moko se enriquecía con caza fresca, lo que permitía reservar las conservas para el viaje.

En verdad, si Doniphan hubiera podido retomar sus funciones de cazador jefe de la pequeña colonia, ¡con qué ardor habría perseguido toda aquella caza de pelo y pluma, sin tener que preocuparse de economizar sus disparos! ¡Era para él un tormento no poder unirse a sus camaradas! Pero había que resignarse y no cometer ninguna imprudencia.

Por fin, durante los diez últimos días de enero, Evans procedió a la carga de la embarcación. Sin duda, Briant y los demás tenían el deseo de llevarse todo lo que habían salvado del naufragio de su Sloughi… Era imposible, por falta de espacio, y acordaron hacer una selección.

En primer lugar, Gordon apartó el dinero que se había recogido a bordo del yate y que los jóvenes colonos podrían necesitar para su repatriación. Moko, por su parte, embarcó víveres en cantidad suficiente para la alimentación de diecisiete pasajeros, no solo en previsión de una travesía que duraría quizás tres semanas, sino también por si algún contratiempo en el mar obligara a desembarcar en una de las islas del archipiélago antes de alcanzar Punta Arenas, Port-Galant o Port-Tamar.

Luego, lo que quedaba de municiones fue colocado en los cofres del bote, junto con los fusiles y los revólveres de French-den. E incluso Doniphan pidió que no se abandonaran los dos pequeños cañones del yate. Si sobrecargaban la embarcación, ya habría tiempo de deshacerse de ellos en ruta.

Briant tomó también el surtido completo de ropa de repuesto, la mayor parte de los libros de la biblioteca, los principales utensilios que servirían para la cocina de a bordo —entre otros uno de los fogones de Store-room—, y por último los instrumentos necesarios para la navegación: cronómetros marinos, catalejos, brújulas, corredera, faroles, sin olvidar el halkett-boat. Wilcox eligió, entre las redes y los sedales, los aparejos que podrían emplearse para pescar durante la travesía.

En cuanto al agua dulce, una vez sacada del río Zealand, Gordon la hizo guardar en una decena de pequeños barriles que fueron dispuestos ordenadamente a lo largo de la quilla, en el fondo de la embarcación. Tampoco se olvidó lo que quedaba de brandy, de ginebra y otras bebidas fabricadas con los frutos del trulca y del algarrobo.

Por fin, toda la carga estaba en su lugar el 3 de febrero. Solo quedaba fijar el día de la partida, si es que Doniphan se sentía en condiciones de soportar el viaje.

¡Sí! ¡El valiente muchacho respondía por sí mismo! Su herida estaba enteramente cicatrizada, y, habiendo recuperado el apetito, solo debía cuidarse de no comer demasiado. Ahora, apoyado en el brazo de Briant o de Kate, se paseaba cada día por Sport-terrace durante algunas horas.

– ¡Partamos!… ¡Partamos!… —dijo—. ¡Me muero de ganas de ponernos en camino!… ¡El mar me repondrá del todo!

La partida se fijó para el 5 de febrero.

La víspera, Gordon había dado la libertad a los animales domésticos. Guanacos, vicuñas, avutardas y toda la prole emplumada, poco agradecidos por los cuidados que habían recibido, huyeron unos a toda carrera y otros a todo vuelo, tan irresistible es el instinto de la libertad.

– ¡Los ingratos! —exclamó Garnett—. ¡Después de los cuidados que les hemos prodigado!

– ¡Así es el mundo! —respondió Service con un tono tan gracioso que aquella reflexión filosófica fue acogida con una carcajada general.

Al día siguiente, los jóvenes pasajeros se embarcaron en el bote, que llevaría el yole a remolque y del que Evans se serviría como bote auxiliar.

Pero, antes de largar las amarras, Briant y sus camaradas quisieron reunirse una vez más ante las tumbas de François Baudoin y de Forbes. Se dirigieron allí con recogimiento, y, al tiempo que una última oración, fue un último recuerdo lo que dedicaron a aquellos infortunados.

Doniphan se había situado en la popa de la embarcación, junto a Evans, encargado de gobernar. En la proa, Briant y Moko estaban a cargo de las escotas de las velas, aunque hubiera más que contar con la corriente para descender el río Zealand que con la brisa, cuya dirección hacía muy incierta el macizo de Auckland-hill.

Los demás, junto con Phann, se habían acomodado a su antojo en la parte delantera de la cubierta.

Se soltó la amarra y los remos golpearon el agua.

Tres hurras saludaron entonces aquella hospitalaria morada que, durante tantos meses, había ofrecido un abrigo tan seguro a los jóvenes colonos, y no fue sin emoción —salvo Gordon, muy triste por abandonar su isla— como vieron desaparecer Auckland-hill detrás de los árboles de la ribera.

Mientras descendía el río Zealand, el bote no podía ir más rápido que la corriente, que no era muy rápida. Y, además, hacia mediodía, a la altura del pantanal de Bogs-woods, Evans tuvo que hacer echar el ancla.

En efecto, en aquella parte del curso de agua, el lecho era poco profundo, y la embarcación, muy cargada, habría corrido el riesgo de embarrancar. Más valía esperar la marea creciente y partir luego con la bajante.

La parada duró unas seis horas. Los pasajeros la aprovecharon para hacer una buena comida, tras la cual Wilcox y Cross fueron a cazar algunas becadas en la linde de South-moors.

Desde la popa del bote, Doniphan pudo incluso abatir dos espléndidos tinamúes que revoloteaban sobre la orilla derecha. Con eso, quedaba curado.

Era ya muy tarde cuando la embarcación llegó a la desembocadura del río. Así que, como la oscuridad no permitía orientarse entre los canales del arrecife, Evans, marinero prudente como era, quiso esperar al día siguiente para hacerse a la mar.

Noche tranquila como pocas. El viento había caído con la tarde, y cuando las aves marinas —petreles, gaviotas, gaviones— se hubieron refugiado en las grietas de las rocas, un silencio absoluto reinó sobre Sloughi-bay.

Al día siguiente, con la brisa viniendo de tierra, el mar estaría en calma hasta la punta extrema de South-moors. Había que aprovecharla para recorrer unas veinte millas, durante las cuales el oleaje habría sido duro si el viento hubiera venido del mar abierto.

Al despuntar el día, Evans mandó izar la trinqueta, la mesana y el foque. Entonces, el bote, guiado por la mano firme del master, salió del río Zealand.

En ese momento, todas las miradas se volvieron hacia la cresta de Auckland-hill y luego hacia las últimas rocas de Sloughi-bay, que desaparecieron al doblar American-Cape.

Y se disparó un cañonazo, seguido de un triple hurra, mientras el pabellón del Reino Unido se desplegaba en el pico de la embarcación.

Ocho horas después, el bote entraba en el canal bordeado por las riberas de la isla Cambridge, doblaba South-Cape y seguía los contornos de la isla Adelaida.

La punta extrema de la isla Chairman acababa de desvanecerse en el horizonte del norte.

Sürgöny

Feladó-hivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

0 szó · díj: 0 krajcár (a pontokból STOP lesz)