Dos años de vacaciones

Capítulo 18

A propósito de aquella escena sorprendida por Moko entre su hermano y él, Briant había juzgado oportuno guardar silencio —incluso con Gordon—. En cuanto al relato de su expedición, lo hizo ante sus camaradas, reunidos en el hall. Describió la costa oriental de la isla Chairman en toda la parte que circundaba la bahía Deception, el curso del East-river a través de los bosques cercanos al lago, tan ricos en especies de árboles de hoja perenne. Afirmó que el asentamiento habría sido más fácil en ese litoral que en el del oeste, aunque añadió que no había motivo para abandonar French-den. En lo que concernía a aquella porción del Pacífico, no se divisaba tierra alguna en el horizonte. Briant mencionó, sin embargo, esa mancha blanquecina que había avistado mar adentro y cuya presencia sobre el horizonte no acertaba a explicarse. Con toda probabilidad no era más que una espiral de vapores, y convendría cerciorarse de ello cuando fueran a visitar la bahía Deception. En resumen —lo que parecía demasiado cierto—, la isla Chairman no tenía tierras vecinas en aquellas aguas y, sin duda, varios cientos de millas la separaban del continente o de los archipiélagos más próximos.

Convenía, pues, reanudar con valentía la lucha por la vida, esperando que la salvación llegara del exterior, pues parecía improbable que los jóvenes colonos pudieran tenerla nunca en sus propias manos. Cada uno volvió al trabajo. Todas las medidas se encaminaron a preservarse del rigor del próximo invierno. Briant se aplicó a ello incluso con mayor celo que hasta entonces. Sin embargo, se notaba que se había vuelto menos comunicativo y que él también, a ejemplo de su hermano, mostraba una propensión a mantenerse apartado. Gordon, al advertir este cambio de carácter, observó asimismo que Briant procuraba poner a Jacques en primer plano en todas las ocasiones en que había que desplegar algún valor, que afrontar algún peligro —lo que Jacques aceptaba, por lo demás, con presteza—. Como Briant nunca decía nada que pudiera inducir a Gordon a interrogarle sobre el particular, este se mantuvo reservado, aunque tendía a creer que debía de haberse producido una explicación entre los dos hermanos.

El mes de febrero transcurrió entre trabajos de diversa índole. Habiendo señalado Wilcox una remontada de salmones hacia las aguas dulces del lago Family, se capturó un buen número de ellos mediante redes tendidas de una orilla a otra del río Zealand. La necesidad de conservarlos exigía procurarse una cantidad considerable de sal. Ello ocasionó varios viajes a la bahía Sloughi, donde Baxter y Briant establecieron una pequeña salina —un simple cuadrado excavado entre los pliegues de la arena, en el que se depositaba la sal una vez que el agua del mar se evaporaba bajo la acción de los rayos solares—.

Durante la primera quincena de marzo, tres o cuatro de los jóvenes colonos pudieron explorar una parte de aquella región pantanosa de los South-moors, que se extendía por la orilla izquierda del río Zealand. Fue Doniphan quien tuvo la idea de esta exploración, y Baxter, siguiendo su consejo, fabricó varios pares de zancos utilizando ligeras varas. Como el pantano estaba en algunos lugares cubierto por una delgada capa de agua, esos zancos permitirían aventurarse a pie enjuto hasta las superficies sólidas.

El 17 de abril, desde primera hora de la mañana, Doniphan, Webb y Wilcox, tras cruzar el río en el bote, desembarcaron en la orilla izquierda. Llevaban los fusiles en bandolera. E incluso Doniphan se había armado con la escopeta de pato que poseía el arsenal de French-den, pensando que allí tendría una excelente ocasión de usarla.

En cuanto los tres cazadores pusieron pie en la ribera, se calzaron los zancos para alcanzar las elevaciones del pantano que emergían en pleamar.

Phann los acompañaba. Él no necesitaba zancos y no temía mojarse las patas brincando por entre los charcos.

Después de haber recorrido cerca de kilómetro y medio en dirección al suroeste, Doniphan, Wilcox y Webb alcanzaron el suelo seco del pantano. Retiraron entonces los zancos para poder seguir con más comodidad la caza.

De aquella vasta extensión de los South-moors la vista no alcanzaba el límite, salvo hacia el este, donde la línea azul del mar se curvaba en el horizonte.

¡Cuánta caza en su superficie!: agachadizas, patos rabos de aguja, ánades, rascones, chorlitos, cercetas y, por millares, esas negretas, más buscadas por su plumón que por su carne, pero que, bien preparadas, resultan un manjar muy aceptable. Doniphan y sus dos camaradas habrían podido abatir centenares de aquellas innumerables aves acuáticas sin perder un solo perdigón. Pero se mostraron sensatos y se contentaron con algunas docenas de volatería que Phann iba a recoger hasta el centro de los grandes charcos.

Sin embargo, Doniphan fue vivamente tentado de abatir otros animales que, por lo demás, no habrían podido figurar en la mesa del Store-room, pese a todo el talento culinario del grumete. Eran tinocoros, pertenecientes a la familia de los zancudos, y garzas adornadas con un brillante penacho de plumas blancas. Si el joven cazador se contuvo —pues habría sido quemar pólvora en balde—, no ocurrió lo mismo cuando divisó una bandada de esos flamencos de alas color de fuego que gustan especialmente de las aguas salobres y cuya carne vale la de la perdiz. Aquellas aves, formadas en buen orden, estaban vigiladas por centinelas que lanzaron algo así como una llamada de trompeta en el momento en que sintieron el peligro. Ante la visión de aquellos magníficos ejemplares de la ornitología de la isla, Doniphan se dejó llevar por sus instintos. Por lo demás, Wilcox y Webb no se mostraron más prudentes que él. Y allá fueron en su persecución —del todo inútilmente—. Ignoraban que, de haberse acercado sin ser vistos, habrían podido disparar sobre los flamencos a su antojo, pues las detonaciones tienen el efecto de aturdirlos, no de ponerlos en fuga.

Fue, pues, en vano que Doniphan, Webb y Wilcox intentaron alcanzar aquellos soberbios palmípedos, que medían más de un metro veinte desde la punta del pico hasta el extremo de la cola. La voz de alarma había sido dada, y la bandada desapareció hacia el sur antes de que hubiera sido posible alcanzarla, incluso haciendo uso de la escopeta de largo alcance.

No obstante, los tres cazadores volvieron con caza suficiente como para no tener nada que lamentar de su paseo por los South-moors. Una vez en el límite de los charcos, retomaron los zancos y ganaron la orilla del río, prometiéndose renovar una excursión que los primeros fríos harían aún más fructífera.

Por lo demás, Gordon no debía esperar a que llegara el invierno para poner French-den en condiciones de soportar sus rigores. Había que hacer amplia provisión de combustible para asegurar igualmente la calefacción de los establos y de la granja. Con ese fin, se organizaron numerosas expediciones al lindero de los Bog-woods. El carro, uncido a los dos guanacos, bajó y subió la ribera varias veces al día durante una quincena. Y ahora, aunque el invierno durase seis meses o más, con un considerable caudal de leña y la reserva de aceite de foca, French-den no tendría nada que temer del frío ni de la oscuridad.

Esos trabajos no impedían seguir el programa que organizaba la instrucción de aquel pequeño mundo. Por turno, los mayores daban clase a los más jóvenes. Durante las conferencias, que se celebraban dos veces por semana, Doniphan seguía haciendo gala en demasía de su superioridad —lo que no era el mejor modo de granjearse amigos—. Así, salvo sus partidarios habituales, no gozaba de gran estima entre los demás. Y sin embargo, antes de dos meses, cuando finalizaran las funciones de Gordon, contaba con sucederle como jefe de la colonia. Su amor propio le hacía creer que aquella situación le correspondía por derecho. ¿No era una verdadera injusticia que no hubiera sido elegido en la primera votación? Wilcox, Cross y Webb le alentaban torpemente en esas ideas, tanteaban incluso el terreno respecto a la futura elección y no parecían dudar del éxito.

Sin embargo, Doniphan no contaba con la mayoría entre sus camaradas. Los más pequeños, sobre todo, no parecían inclinados a declararse por él —ni tampoco por Gordon, dicho sea de paso—.

Gordon veía claramente toda esa maniobra y, aunque era reelegible, no deseaba —ya se sabe— conservar aquella situación. Lo presentía: la severidad que había mostrado durante «su año de presidencia» no le iba a atraer votos. Sus maneras algo ásperas, su espíritu quizá demasiado práctico, habían disgustado en más de una ocasión, y Doniphan esperaba que ese desagrado redundara en su propio beneficio. En el momento de la elección, habría sin duda una pugna que resultaría interesante seguir.

Lo que los pequeños, principalmente, reprochaban a Gordon era su economía, verdaderamente demasiado minuciosa en materia de postres. Además, los regañaba cuando no cuidaban la ropa, cuando volvían a French-den con una mancha o un desgarro, y sobre todo con los zapatos agujereados —lo que obligaba a reparaciones difíciles, convirtiendo aquella cuestión del calzado en un asunto de la mayor gravedad—. Y a propósito de botones perdidos, ¡qué de reprimendas y a veces qué de castigos! En verdad, aquel asunto de los botones de chaqueta o de pantalón reaparecía sin cesar, y Gordon exigía que cada uno presentara cada noche el número reglamentario, so pena de quedarse sin postre o quedar arrestado. Entonces Briant intercedía, ora por Jenkins, ora por Dole, y ahí estaba su popularidad. Además, los pequeños sabían bien que los dos funcionarios de la despensa, Service y Moko, eran devotos de Briant, y si este llegaba algún día a ser el jefe de la isla Chairman, vislumbraban un porvenir sabroso en el que las golosinas no escasearían…

¡De qué pequeñeces dependen las cosas en este mundo! En verdad, aquella colonia de muchachos ¿no era la imagen de la sociedad, y no tienen los niños tendencia a «hacer de hombres» desde el comienzo de la vida?

En cuanto a Briant, no se interesaba en absoluto por esas cuestiones. Trabajaba sin descanso, sin escatimar la faena a su hermano, siendo los dos los primeros y los últimos en la labor, como si ambos hubieran tenido particularmente un deber que cumplir.

Sin embargo, las jornadas no se consagraban por entero a la instrucción común. El programa también había reservado algunas horas de recreo. Había entre ellos algunos de esos juegos tan en boga entre los jóvenes ingleses; y, además de los ya mencionados, el críquet, los rounders, en los que la pelota es golpeada con un largo palo sobre clavijas de madera dispuestas en cada uno de los ángulos de un vasto pentágono regular, y los quoits, que exigen sobre todo la fuerza de los brazos y la precisión de la vista. Pero conviene describir este último juego con algún detalle, porque cierto día dio lugar a una escena de lo más lamentable entre Briant y Doniphan.

Era el 25 de abril, por la tarde. Repartidos en dos bandos, ocho en total —Doniphan, Webb, Wilcox y Cross por un lado; Briant, Baxter, Garnett y Service por el otro—, jugaban una partida de quoits en el césped de la Sport-terrace.

En la superficie plana de aquel terreno se habían clavado dos piquetas de hierro, dos hobs, separadas entre sí a unos quince metros la una de la otra. Cada uno de los jugadores disponía de dos quoits, una especie de discos metálicos con un agujero en el centro, más delgados en la circunferencia que en el medio.

En ese juego, cada jugador debe lanzar sus quoits sucesivamente y con suficiente destreza para que encajen, primero en la primera piqueta y luego en la segunda. Si acierta a alcanzar uno de los hobs, el jugador obtiene dos puntos, y cuatro si logra alcanzar los dos. Cuando los quoits solamente se aproximan al hob, ello vale únicamente dos puntos para los dos que estén más cerca del blanco y un solo punto si únicamente hay un quoit bien colocado.

Aquel día, el ánimo de los jugadores era grande, y precisamente porque Doniphan estaba en el bando contrario al de Briant, cada uno ponía en ello un amor propio extraordinario.

Ya se habían jugado dos partidas. Briant, Baxter, Service y Garnett habían ganado la primera con siete puntos, mientras que sus adversarios habían ganado la segunda con seis.

Estaban jugando el desempate. Habiendo llegado ambos bandos a cinco puntos cada uno, solo quedaban dos quoits por lanzar.

– A ti, Doniphan —dijo Webb—, ¡y apunta bien! Estamos en nuestro último quoit y hay que ganar.

– ¡Tranquilo! —respondió Doniphan.

Y tomó posición, los pies bien colocados uno delante del otro, la mano derecha sosteniendo el disco, el cuerpo ligeramente inclinado, el torso cargado sobre el flanco izquierdo para asegurar mejor el lanzamiento.

Se veía que aquel muchacho vanidoso se ponía en ello con toda el alma, como suele decirse, con los dientes apretados, las mejillas algo pálidas, la mirada viva bajo el entrecejo fruncido.

Tras apuntar cuidadosamente balanceando el disco, lo proyectó horizontal y vigorosamente, pues el blanco estaba a unos quince metros.

El disco no alcanzó el hob más que por su borde externo y, en lugar de encajar en la cabeza de la piqueta, cayó a tierra —lo que dejó el total en seis puntos—.

Doniphan no pudo reprimir un gesto de despecho y golpeó el suelo con el pie, furioso.

– Es una lástima —dijo Cross—, ¡pero no hemos perdido por eso, Doniphan!

– ¡Desde luego que no! —añadió Wilcox—. Tu quoit está al pie mismo del hob, y a menos que Briant encaje el suyo, ¡lo desafío a que lo haga mejor!

En efecto, si el disco que Briant iba a lanzar —le tocaba el turno a él— no se clavaba en el hob, la partida estaría perdida para su bando, pues era casi imposible colocarlo más cerca que Doniphan.

– ¡Apunta bien!… ¡Apunta bien! —gritó Service.

Briant no respondió, sin pretender disgustar a Doniphan. Solo quería una cosa: asegurar la victoria de la partida, más por sus camaradas que por él mismo.

Se puso, pues, en posición y envió su quoit con tal destreza que este encajó en el hob.

– ¡Siete puntos! —exclamó Service triunfalmente—. ¡Ganada la partida, ganada!

Doniphan se había adelantado vivamente.

– ¡No!… ¡La partida no está ganada! —dijo.

– ¿Y por qué? —preguntó Baxter.

– ¡Porque Briant ha hecho trampa!

– ¿Trampa? —respondió Briant, cuyo rostro palideció ante aquella acusación.

– ¡Sí!… ¡Trampa! —repitió Doniphan—. ¡Briant no tenía los pies en la línea donde debían estar!… ¡Se había acercado dos pasos!

– ¡Eso es falso! —exclamó Service.

– ¡Sí, falso! —respondió Briant—. Aunque fuera verdad, no habría sido más que un error mío, ¡y no consentiré que Doniphan me acuse de hacer trampa!

– ¡De veras!… ¿No lo consentirías?… —dijo Doniphan encogiéndose de hombros.

– No —respondió Briant, que empezaba a perder el control—. Y ante todo, demostraré que mis pies estaban exactamente sobre la línea…

– ¡Sí!… ¡Sí!… —gritaron Baxter y Service.

– ¡No!… ¡No!… —replicaron Webb y Cross.

– ¡Mirad la huella de mis zapatos en la arena! —prosiguió Briant—. Y como Doniphan no ha podido equivocarse, le digo yo que ha mentido.

– ¡Mentido! —exclamó Doniphan, que se aproximó lentamente a su camarada.

Webb y Cross se habían colocado detrás de él para apoyarle, mientras que Service y Baxter se mantenían dispuestos a asistir a Briant si había lucha.

Doniphan había adoptado la postura del boxeador, con la chaqueta quitada, las mangas remangadas hasta el codo y el pañuelo enrollado en torno a la muñeca.

Briant, que había recobrado la sangre fría, permanecía inmóvil, como si le repugnara pelear con uno de sus camaradas, dar semejante ejemplo a la pequeña colonia.

– Has hecho mal en insultarme, Doniphan —dijo—, ¡y ahora haces mal en provocarme!…

– En efecto —respondió Doniphan con el tono del más profundo desprecio—, ¡siempre se hace mal en provocar a quienes no saben responder a las provocaciones!

– Si no respondo —dijo Briant—, ¡es porque no me conviene hacerlo!…

– Si no respondes —replicó Doniphan—, ¡es porque tienes miedo!

– ¿Miedo?… ¿Yo?…

– ¡Es que eres un cobarde!

Briant, habiéndose remangado, se dirigió resueltamente hacia Doniphan. Los dos adversarios estaban ahora en postura, uno frente al otro.

Entre los ingleses, e incluso en los internados ingleses, el boxeo forma parte, por así decirlo, de la educación. Se ha observado, por lo demás, que los muchachos hábiles en ese ejercicio muestran más dulzura y paciencia que los demás y no buscan pendencia a la menor ocasión.

Briant, en su calidad de francés, nunca había tenido afición por ese intercambio de puñetazos que toma únicamente el rostro como blanco. Se encontraba, pues, en una situación de inferioridad frente a su adversario, que era un pugilista muy habilidoso, aunque ambos tuvieran la misma edad, la misma estatura y fueran sensiblemente iguales en vigor.

La lucha estaba a punto de iniciarse y el primer asalto iba a darse cuando Gordon, avisado por Dole, se apresuró a intervenir.

– ¡Briant!… ¡Doniphan!… —gritó.

– ¡Me ha llamado mentiroso!… —dijo Doniphan.

– ¡Después de acusarme de hacer trampa y de llamarme cobarde! —respondió Briant.

En ese momento, todos se habían congregado en torno a Gordon, mientras los dos adversarios habían retrocedido algunos pasos: Briant con los brazos cruzados, Doniphan en la postura del boxeador.

– Doniphan —dijo entonces Gordon con voz severa—, ¡conozco a Briant!… No ha sido él quien te ha buscado pelea… ¡Tú eres el que ha tenido la primera culpa!…

– ¡De veras, Gordon! —replicó Doniphan—. ¡Bien te reconozco en eso!… ¡Siempre dispuesto a ponerte en mi contra!

– Sí… ¡cuando te lo mereces! —respondió Gordon.

– ¡Sea! —repuso Doniphan—. Pero, véngala culpa de Briant o de mí, si Briant se niega a pelear, será un cobarde.

– Y tú, Doniphan —respondió Gordon—, eres un chico perverso que da un ejemplo detestable a sus camaradas. ¡Cómo! En la grave situación en que nos encontramos, ¡uno de nosotros no hace más que fomentar la desunión! ¡Hay que meterse sin cesar con el mejor de todos!…

– ¡Briant, dale las gracias a Gordon! —exclamó Doniphan—. ¡Y ahora, en guardia!

– ¡Pues no! —exclamó Gordon—. Yo, vuestro jefe, me opongo a toda escena de violencia entre vosotros. ¡Briant, regresa a French-den! En cuanto a ti, Doniphan, ve a desfogar tu cólera donde quieras, y no vuelvas hasta que estés en condiciones de comprender que, al darte la razón a él, no he hecho más que mi deber.

– ¡Sí!… ¡Sí!… —exclamaron los demás —salvo Webb, Wilcox y Cross—. ¡Hurra por Gordon!… ¡Hurra por Briant!

Ante aquella unanimidad casi total, no quedaba más que obedecer. Briant regresó al hall y, aquella noche, cuando Doniphan volvió a la hora de acostarse, no manifestó ya ningún conato de dar continuidad a aquel asunto. Sin embargo, se sentía que una sorda rencilla ardía en él, que su enemistad hacia Briant había crecido aún más y que no olvidaría, llegada la ocasión, la lección que Gordon acababa de darle. Además, rechazó los intentos de reconciliación que este quiso hacer.

Bien lamentables eran, en efecto, aquellas desavenencias que amenazaban la paz de la pequeña colonia. Doniphan contaba con Wilcox, Cross y Webb, que se dejaban influir por él, que le daban la razón a todo momento, ¿y no había motivo para temer una escisión en el futuro?

Sin embargo, desde aquel día no volvió a hablarse de nada. Nadie hizo alusión alguna a lo ocurrido entre los dos rivales, y los trabajos habituales continuaron ejecutándose en previsión del invierno.

Este no tardaría mucho en llegar. Durante la primera semana de mayo, el frío fue lo bastante sensible para que Gordon diera la orden de encender las estufas del hall y mantenerlas cargadas noche y día. Pronto incluso pareció necesario calentar el cobertizo del recinto y la granja —lo que entraba en las atribuciones de Service y de Garnett—.

En aquella época, ciertas aves se preparaban a emigrar en bandadas. ¿Hacia qué regiones volaban? Era evidente que debían de ser hacia las comarcas septentrionales del Pacífico o del continente americano, que les ofrecían un clima menos riguroso que el de la isla Chairman.

Entre esas aves figuraban en primer lugar las golondrinas, esos maravillosos migradores capaces de trasladarse rápidamente a distancias considerables. Bajo aquella preocupación incesante de emplear todos los medios para regresar a casa, Briant tuvo entonces la idea de aprovechar la partida de esas aves para dar a conocer la situación actual de los náufragos del Sloughi. Nada fue más fácil que atrapar algunas docenas de aquellas golondrinas, de la especie de las rústicas, pues venían a anidar hasta el interior del Store-room. Se les puso en el cuello una pequeña bolsita de tela que contenía un billete que indicaba aproximadamente en qué parte del Pacífico convendría buscar la isla Chairman, con ruego expreso de que se diera aviso a Auckland, la capital de Nueva Zelanda.

Luego se soltaron las golondrinas y no fue sin una verdadera emoción que los jóvenes colonos les enviaron un entrañable «¡Hasta la vista!» en el instante en que desaparecían en dirección al nordeste.

Una posibilidad de salvación bien modesta; pero, por poco probable que fuera que uno de esos billetes pudiera ser recogido, Briant había tenido razón en no desdeñarla.

A partir del 25 de mayo aparecieron las primeras nieves, y por consiguiente algunos días antes que el año anterior. ¿Debía concluirse de esa precocidad del invierno que este sería muy riguroso? Era de temer, al menos. Afortunadamente, calor, luz y alimentación estaban asegurados durante largos meses en French-den, sin contar con el producto de los South-moors, cuya caza se replegaba con gusto hacia las orillas del río Zealand.

Hacía ya algunas semanas que se habían distribuido ropas de abrigo, y Gordon velaba por que las medidas de higiene se observaran rigurosamente.

Fue durante ese último período cuando French-den se vio sacudida por una agitación secreta que alborotó a las jóvenes cabezas. En efecto, el año para el que Gordon había sido nombrado jefe de la isla Chairman iba a concluir el 10 de junio.

De ahí surgieron conversaciones, conciliábulos e, incluso podría decirse, intrigas que no dejaban de agitar seriamente a aquel pequeño mundo. Gordon, ya se sabe, quería permanecer indiferente. En cuanto a Briant, siendo de origen francés, no pensaba en gobernar una colonia de muchachos en la que los ingleses se encontraban en mayoría.

En el fondo, y sin mostrarlo demasiado, quien más se inquietaba por aquella elección era Doniphan. Evidentemente, con su inteligencia superior a lo corriente y su valentía de la que nadie dudaba, habría tenido grandes posibilidades, de no ser por su carácter altivo, su espíritu dominador y los defectos de su naturaleza envidiosa.

Sin embargo, ya fuera porque se creyera seguro de suceder a Gordon, ya fuera porque su vanidad le impidiera mendigar votos, adoptó la actitud de mantenerse al margen. Por lo demás, lo que él no hizo abiertamente, sus amigos lo hicieron por él. Wilcox, Webb y Cross trabajaban en la sombra a sus camaradas para que dieran su sufragio a Doniphan —sobre todo a los pequeños, cuyo apoyo era precioso—. Y como no se ponía ningún otro nombre sobre la mesa, Doniphan pudo considerar con cierta razón que su elección estaba asegurada.

El 10 de junio llegó.

Iba a procederse a la votación por la tarde. Cada uno debía escribir en una papeleta el nombre de aquel por quien quería votar. La mayoría de los sufragios decidiría. Como la colonia contaba con catorce miembros —Moko, en su calidad de hombre de color, no pudiendo pretender ni pretendiendo ejercer el derecho de voto—, siete votos, más uno, recaídos sobre el mismo nombre, determinarían la elección del nuevo jefe.

La votación se abrió a las dos de la tarde bajo la presidencia de Gordon y se realizó con esa gravedad que la raza anglosajona aporta a todas las operaciones de este género.

Y cuando se hizo el escrutinio, arrojó los siguientes resultados:

Ni Gordon ni Doniphan habían querido tomar parte en la votación. En cuanto a Briant, había votado por Gordon.

Al oír proclamar ese resultado, Doniphan no pudo ocultar su decepción ni la profunda irritación que sentía.

Briant, muy sorprendido de haber obtenido la mayoría de los votos, estuvo al principio a punto de rechazar el honor que se le hacía. Pero, sin duda, le vino una idea a la mente, pues, después de mirar a su hermano Jacques:

– Gracias, camaradas —dijo—, ¡acepto!

A partir de ese día, Briant era durante un año el jefe de los jóvenes colonos de la isla Chairman.

Sürgöny

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