Dos años de vacaciones

Capítulo 17

Ocho días después comenzaba el año 1861, y en esa parte del hemisferio austral era en pleno corazón del verano cuando se iniciaba el año nuevo.

¡Hacía cerca de diez meses que los jóvenes náufragos del Sloughi habían sido arrojados sobre su isla, a mil ochocientas leguas de Nueva Zelanda!

Durante ese período, hay que reconocerlo, su situación había ido mejorando poco a poco. Parecía incluso que en lo sucesivo estaban asegurados de atender a todas las necesidades de la vida material. Pero seguía siendo el abandono en una tierra desconocida. Los socorros del exterior —los únicos que podían esperar— ¿llegarían por fin, y llegarían antes de que acabara la buena estación? ¿Estaría la colonia condenada a soportar los rigores de un segundo invierno antártico? Hasta entonces, a decir verdad, la enfermedad no los había aquejado. Todos, grandes y pequeños, habían gozado de tan buena salud como cabía esperar. Gracias a la prudencia de Gordon, que velaba por ello —lo cual no dejaba de provocar a veces quejas contra su severidad—, no se había cometido ninguna imprudencia ni ningún exceso. Sin embargo, ¿no había que contar con las dolencias de las que raramente se libran los niños de esa edad, en especial los más pequeños? En suma, si el presente era aceptable, el futuro seguía preñado de inquietudes. A toda costa —y en ello pensaba Briant sin cesar— habría querido abandonar la isla Chairman. Pero con la única embarcación de que disponían, con aquella frágil yola, ¿cómo arriesgarse a emprender una travesía que podía ser larga, si la isla no pertenecía a alguno de los archipiélagos del Pacífico, o si el continente más cercano se hallaba a varios cientos de millas? Aun cuando dos o tres de los más atrevidos se hubieran sacrificado para ir en busca de tierra por el este, ¡cuántas posibilidades había de que no lograran alcanzarla! En cuanto a construir un navío bastante grande para cruzar esas aguas del Pacífico, ¿podían hacerlo? ¡No, ciertamente! Aquello superaba sus fuerzas, y Briant no sabía qué imaginar para la salvación de todos.

Así pues, esperar, seguir esperando, y trabajar para hacer más confortable la instalación de French-den: no había más que eso por hacer. Y luego, si no ese verano —porque el trabajo apremiaba en previsión de la estación fría—, al menos el verano siguiente, los jóvenes colonos terminarían de reconocer enteramente su isla.

Cada uno se puso resueltamente a la tarea. La experiencia había demostrado cuáles eran los rigores del invierno en aquella latitud. Durante semanas, durante meses incluso, el mal tiempo les obligaría a recluirse en el hall, y no era sino prudente precaverse contra el frío y el hambre, los dos enemigos más temibles.

Combatir el frío en French-den era únicamente una cuestión de combustible, y el otoño, por breve que fuera, no acabaría sin que Gordon hubiera almacenado suficiente madera para alimentar las estufas día y noche. Pero ¿no había que pensar también en los animales domésticos que albergaban el corral y el gallinero? Encerrarlos en el Store-room habría resultado una molestia excesiva, e incluso una imprudencia desde el punto de vista higiénico. Por tanto, era necesario hacer más habitable el cobertizo del corral, protegerlo de las bajas temperaturas, calentarlo instalando un hogar que pudiera mantener el aire interior a una temperatura soportable. A eso se dedicaron Baxter, Briant, Service y Moko durante el primer mes del año nuevo.

En cuanto a la cuestión no menos grave de la alimentación durante todo el período invernal, Doniphan y sus compañeros de caza se encargaron de resolverla. Cada día visitaban las trampas, los cepos y los lazos. Lo que no servía para el consumo diario iba a engrosar las reservas de la despensa en forma de carnes saladas o ahumadas que Moko preparaba con su habitual esmero. Así quedaba asegurada la alimentación, por largo o riguroso que pudiera ser el invierno.

Sin embargo, una exploración se imponía: la que tendría por objeto, no recorrer todos los territorios desconocidos de la isla Chairman, sino al menos la parte comprendida al este del lago Family. ¿Encerraba bosques, marismas o dunas? ¿Ofrecía nuevos recursos que pudieran aprovecharse?

Un día Briant conferenció con Gordon sobre este asunto, enfocándolo, por lo demás, desde otra perspectiva.

– Aunque el mapa del náufrago Baudoin esté trazado con cierta exactitud que hemos podido comprobar —dijo—, convendría echar un vistazo al Pacífico por el este. Disponemos de excelentes catalejos que mi compatriota no poseía, y ¿quién sabe si no avistaríamos tierras que él no pudo ver? Su mapa presenta la isla Chairman como aislada en estas aguas, y quizá no lo esté.

– Sigues con tu idea —respondió Gordon—, y te mueres de ganas de partir...

– Sí, Gordon, y en el fondo estoy seguro de que tú piensas como yo. ¿Acaso no deben tender todos nuestros esfuerzos a repatriarnos en el menor plazo posible?

– Sea —respondió Gordon—, y puesto que te empeñas en ello, organizaremos una expedición...

– ¿Una expedición en la que tomaríamos parte todos? —preguntó Briant.

– No —respondió Gordon—. Me parece que con seis o siete compañeros...

– Seguiría siendo demasiado, Gordon. Siendo tan numerosos, no tendrían más remedio que rodear el lago por el norte o por el sur, ¿y es seguro que eso no exigiría mucho tiempo y mucho esfuerzo?

– ¿Qué propones entonces, Briant?

– Propongo cruzar el lago en la yola partiendo de French-den para alcanzar la orilla opuesta, y, a tal efecto, ir solo dos o tres personas.

– ¿Y quién gobernaría la yola?

– Moko —respondió Briant—. Conoce la maniobra de una embarcación, y yo mismo entiendo algo del asunto. Con la vela, si el viento es favorable, y a dos remos, si es contrario, cubriremos fácilmente las cinco o seis millas que mide el lago en dirección a ese curso de agua que, según el mapa, atraviesa los bosques del este; bajaremos así hasta su desembocadura.

– Convenido, Briant —respondió Gordon—. Apruebo tu idea. ¿Y quién acompañaría a Moko?

– Yo, Gordon, puesto que no formé parte de la expedición al norte del lago. Me toca el turno de ser útil... y lo reclamo...

– ¡Útil! —exclamó Gordon—. ¡Pero si ya nos has prestado mil servicios, querido Briant! ¿No te has sacrificado más que nadie? ¿No te debemos gratitud?

– ¡Vamos, Gordon! ¡Todos hemos cumplido con nuestro deber! Vamos, ¿quedamos de acuerdo?

– De acuerdo, Briant. ¿A quién tomarás como tercer compañero de viaje? No te propongo a Doniphan, ya que no os lleváis bien...

– ¡Oh! ¡Lo aceptaría de buena gana! —respondió Briant—. Doniphan no tiene mal corazón, es valiente, es hábil, y, de no ser por su carácter envidioso, sería un compañero excelente. Además, poco a poco irá cambiando, cuando haya comprendido que yo no busco ponerme por delante ni por encima de nadie, y nos haremos, estoy seguro, los mejores amigos del mundo. Pero he pensado en otro compañero de viaje.

– ¿Quién?...

– Mi hermano Jacques —respondió Briant—. Su estado me preocupa cada vez más. Evidentemente, tiene algo grave que reprocharse y que no quiere confesar. Quizá, durante esta excursión, estando a solas conmigo...

– Tienes razón, Briant. Llévate a Jacques, y desde hoy mismo empieza los preparativos de partida.

– No tardará mucho —respondió Briant—, pues nuestra ausencia no durará más de dos o tres días.

Ese mismo día, Gordon comunicó la expedición proyectada. Doniphan se mostró muy disgustado por no formar parte de ella, y, como se quejó a Gordon, este le hizo comprender que, dadas las condiciones en que iba a realizarse, la expedición no requería más que tres personas, que habiendo sido idea de Briant, a él le correspondía llevarla a cabo, etcétera.

– En fin —respondió Doniphan—, solo cuenta él, ¿verdad, Gordon?

– Eres injusto, Doniphan, injusto con Briant, e injusto también conmigo.

Doniphan no insistió más y se reunió con sus amigos Wilcox, Cross y Webb, junto a quienes pudo desahogar a su placer su mal humor.

Cuando el grumete supo que iba a cambiar momentáneamente sus funciones de cocinero jefe por las de patrón de la yola, no ocultó su satisfacción. La idea de partir con Briant le doblaba el placer. En cuanto a su sustituto ante el fogón del Store-room, sería naturalmente Service, quien se alegró ante la perspectiva de poder guisar a su antojo sin que nadie le asistiera. En lo que respecta a Jacques, parecía convenirle acompañar a su hermano y dejar French-den durante unos días.

La yola fue puesta en condiciones enseguida. Llevaba aparejada una pequeña vela latina que Moko envergó y enrolló a lo largo del mástil. Dos fusiles, tres revólveres, munición en cantidad suficiente, tres mantas de viaje, provisiones líquidas y sólidas, impermeables por si llovía, dos remos con un par de repuesto: tal era el material necesario para una expedición de corta duración, sin olvidar la copia que se había hecho del mapa del náufrago, a la que irían añadiéndose nuevos nombres a medida que se hicieran descubrimientos.

El 4 de febrero, hacia las ocho de la mañana, tras despedirse de sus camaradas, Briant, Jacques y Moko se embarcaron en el dique del río Zealand. Hacía buen tiempo, con una ligera brisa del suroeste. Se izó la vela, y Moko, situado en la popa, tomó la caña del timón, dejando a Briant el cuidado de llevar la escota. Aunque la superficie del lago apenas se rizaba con soplos intermitentes, la yola acusó con mayor viveza el efecto de la brisa en cuanto se encontró algo más adentro. Su velocidad se aceleró. Media hora más tarde, Gordon y los demás, apostados en la orilla del Sport-terrace, ya no divisaban más que un punto negro que pronto habría de desaparecer.

Con Moko en la popa y Briant en el centro, Jacques se había colocado en la proa, al pie del mástil. Durante una hora, las altas crestas de Auckland-hill permanecieron a la vista, luego se hundieron bajo el horizonte. Sin embargo, la orilla opuesta del lago aún no aparecía, aunque no podía estar lejos. Desgraciadamente, como suele ocurrir cuando el sol ha cobrado fuerza, el viento mostró tendencia a amainar, y hacia el mediodía no se manifestaba ya más que en algunas rachas caprichosas.

– Es una lástima —dijo Briant— que la brisa no haya aguantado todo el día.

– Mucho más lamentable sería, señor Briant —respondió Moko—, si se hubiera vuelto contraria.

– Eres un filósofo, Moko.

– No sé lo que quiere decir esa palabra —respondió el grumete—. Por mi parte, pase lo que pase, tengo costumbre de no acongojarme jamás.

– Pues eso es precisamente la filosofía.

– Vaya con la filosofía, y pongámonos a los remos, señor Briant. Sería deseable que hubiéramos alcanzado la otra orilla antes de que anochezca. Después de todo, si no lo logramos, no habrá más que resignarse.

– Como dices, Moko. Yo tomaré un remo, tú el otro, y Jacques se pondrá al timón.

– Muy bien —replicó el grumete—. Si el señor Jacques gobierna bien, haremos buena derrota.

– Me dirás cómo maniobrar, Moko —respondió Jacques—, y seguiré tus indicaciones lo mejor que pueda.

Moko arrió la vela, que ya ni siquiera se inflaba, pues el viento había caído del todo. Los tres muchachos se apresuraron a comer algo. Después, el grumete se colocó en la proa, mientras Jacques venía a sentarse en la popa, quedando Briant en el centro. La yola, enérgicamente impulsada, se dirigió describiendo una ligera oblicua hacia el nordeste, según la brújula.

La embarcación se encontraba entonces en el centro de aquella vasta extensión de agua.

Hacia las tres de la tarde, el grumete, habiendo tomado el catalejo, pudo asegurar que reconocía indicios de tierra. Un poco más tarde, Briant constató que Moko no se había equivocado. A las cuatro, unas copas de árboles asomaban sobre una ribera bastante baja —lo que explicaba por qué, desde la cima del False-Sea-point, Briant no había podido verla—. Así, la isla Chairman no encerraba otras alturas que las de Auckland-hill, que la accidentaban entre Sloughi-bay y el lago Family.

Todavía dos millas y media a tres millas, y se alcanzaría la orilla oriental. Briant y Moko manejaban sus remos con ardor, no sin cierto cansancio, pues el calor era intenso. La superficie del lago estaba lisa como un espejo. Con frecuencia, sus aguas, muy claras, dejaban ver el fondo a tres o cuatro metros de profundidad, erizado de hierbas acuáticas entre las que jugueteaban miríadas de peces.

Por fin, hacia las seis de la tarde, la yola fue a tocar tierra al pie de una ribera sobre la que se inclinaba el espeso ramaje de encinas y pinos marítimos. Esa ribera, bastante elevada, no se prestaba a un desembarco, y hubo que seguirla durante algo menos de un kilómetro río arriba hacia el norte.

– Ese es el río marcado en el mapa —dijo entonces Briant.

Y señalaba un ensanchamiento de la ribera por el que se derramaba el exceso de las aguas del lago.

– Bien, creo que no podemos dejar de darle un nombre —respondió el grumete.

– Tienes razón, Moko. Llamémoslo East-river, puesto que corre al oriente de la isla.

– Perfecto —dijo Moko—, y ahora solo nos queda seguir la corriente del East-river y descenderla hasta su desembocadura.

– Así es como procederemos mañana, Moko. Mejor pasar la noche aquí. Luego, desde el alba, dejaremos derivar la yola, lo que nos permitirá reconocer el terreno en las dos orillas del río.

– ¿Desembarcamos? —preguntó Jacques.

– Sin duda —respondió Briant—, y acamparemos al abrigo de los árboles.

Briant, Moko y Jacques saltaron a la ribera, que formaba el fondo de una pequeña cala. Después de amarrar sólidamente la yola a un tocón, sacaron de ella las armas y las provisiones. Se encendió una hoguera de madera seca al pie de una gran encina. Cenaron galletas y carne fría, extendieron las mantas sobre el suelo, y a esos muchachos no les hacía falta más para dormir a pierna suelta. Por si acaso, las armas habían sido cargadas; pero, aunque se oyeron algunos aullidos al caer la noche, esta transcurrió sin alarma.

– ¡Vamos, en marcha! —exclamó Briant, que fue el primero en despertar, a las seis de la mañana.

En pocos minutos, los tres tomaron de nuevo sitio en la yola y se dejaron llevar por la corriente del río.

Esta corriente era bastante fuerte —la marea llevaba ya media hora bajando— para que no fuera necesario recurrir a los remos. Así, Briant y Jacques se habían sentado en la proa de la yola, mientras que Moko, instalado en la popa, se servía de uno de los remos a modo de espadilla para mantener la ligera embarcación en el hilo de las aguas.

– Lo más probable —dijo— es que una marea baste para llevarnos hasta el mar, si el East-river no mide más de cinco o seis millas, pues su corriente es más rápida que la del río Zealand.

– Eso es de desear —respondió Briant—. Al regreso necesitaremos, creo, dos o tres mareas...

– En efecto, señor Briant, y si quiere, partiremos sin entretenernos...

– Sí, Moko —respondió Briant—, en cuanto hayamos visto si existe o no alguna tierra en las aguas al este de la isla Chairman.

Mientras tanto, la yola surcaba las aguas a una velocidad que Moko estimaba en más de una milla por hora. Además, el East-river seguía una dirección casi rectilínea, relevada al estenordeste según la brújula. Su cauce era más encajonado que el del río Zealand y también menos ancho —apenas unos diez metros—, lo que explicaba la rapidez de su curso. El único temor de Briant era que se convirtiera en rápidos o remolinos y no fuera navegable hasta la costa. En todo caso, habría tiempo de buscar solución si se presentaba algún obstáculo.

Estaban en plena selva, en medio de una vegetación bastante cerrada. Allí se encontraban más o menos las mismas especies que en Traps-woods, con la diferencia de que dominaban encinas, alcornoques, pinos y abetos.

Entre otras cosas —aunque estuviera menos familiarizado con la botánica que Gordon—, Briant reconoció cierto árbol del que se encuentran bastantes ejemplares en Nueva Zelanda. Ese árbol, que desplegaba el parasol de sus ramas a unos dieciocho metros sobre el suelo, llevaba frutos cónicos, de unos siete a diez centímetros de largo, puntiagudos en su extremo y revestidos de una especie de escama lustrosa.

– ¡Debe de ser el pino piñonero! —exclamó Briant.

– Si no se equivoca usted, señor Briant —respondió Moko—, detengámonos un momento. ¡Vale la pena!

Un golpe de espadilla dirigió la yola hacia la orilla izquierda. Briant y Jacques saltaron a la ribera. Unos minutos después traían una abundante cosecha de esos piñones, cada uno de los cuales contiene una almendra de forma ovalada, envuelta en una fina película y perfumada como una avellana. Valioso hallazgo para los golosos de la pequeña colonia, pero también —como Gordon les explicó tras el regreso de Briant— porque esos frutos producen un aceite excelente.

Importaba también comprobar si ese bosque era tan rico en caza como los demás bosques situados al occidente del lago Family. Así debía de ser, pues Briant vio pasar entre los matorrales una bandada asustada de ñandúes y vicuñas, e incluso una pareja de guanacos que huían con maravillosa rapidez. En cuanto a aves, Doniphan habría tenido allí magníficas oportunidades de disparo. En cambio Briant se abstuvo de gastar pólvora inútilmente, pues la yola llevaba provisiones en cantidad suficiente.

Hacia las once, fue evidente que el espeso macizo arbóreo tendía a aclararse. Algunos claros ventilaban el sotobosque. Al mismo tiempo, la brisa se impregnaba de un olor salino que indicaba la proximidad del mar.

Y, pocos minutos después, de repente, más allá de un grupo de soberbias encinas, una línea azulada apareció en el horizonte.

La corriente arrastraba siempre la yola, aunque con menos rapidez. La marea no tardaría en dejarse sentir en el cauce del East-river, que en ese punto medía ya entre doce y quince metros de ancho.

Al llegar junto a las rocas que se alzaban en el litoral, Moko empujó la yola hacia la orilla izquierda; luego, lanzando el rezón a tierra, lo hundió sólidamente en la arena, mientras Briant y su hermano desembarcaban a su vez.

¡Qué aspecto tan diferente al que ofrecía la costa al oeste de la isla Chairman! Aquí se abría también una bahía profunda, precisamente a la altura de Sloughi-bay; pero, en lugar de una amplia playa de arena bordeada por un cordón de arrecifes y limitada por el acantilado que se alzaba al fondo de Wreck-coast, había un amontonamiento de rocas entre las que —Briant pronto pudo comprobarlo— habría encontrado veinte cuevas por una.

Esa costa era, pues, muy habitable, y si la goleta hubiera encallado en ese lugar, si su reflotamiento hubiera sido viable tras el encallamiento, habría podido refugiarse en la desembocadura del East-river, en un pequeño puerto natural donde el agua no faltaba ni siquiera en bajamar.

En primer lugar, Briant había dirigido la mirada hacia alta mar, al extremo horizonte de aquella vasta bahía. Desarrollada en un sector de unos veinticinco kilómetros, entre dos puntas arenosas, bien hubiera merecido el nombre de golfo.

En ese momento, la bahía estaba desierta —como siempre, sin duda—. ¡Ni un barco a la vista, ni siquiera en su perímetro, nítidamente recortado sobre el fondo del cielo! ¡De tierra o isla, ni la más mínima apariencia! Moko, acostumbrado a distinguir esos vagos contornos de alturas lejanas que a menudo se confunden con las neblinas del horizonte, no descubrió nada con el catalejo. La isla Chairman parecía estar tan aislada en las aguas del este como en las del oeste. Y he ahí por qué el mapa del náufrago francés no indicaba ninguna tierra en esa dirección.

Decir que Briant quedó muy decepcionado sería exagerar. ¡No! Ya lo esperaba. Por eso encontró muy natural bautizar esa escotadura de la costa con el nombre de Deception-bay (bahía Decepción).

– Vamos —dijo—, no es por este lado por donde podremos tomar el camino de vuelta.

– Eh, señor Briant —respondió Moko—, siempre se sale adelante, sea por un camino o por otro. Por lo pronto, creo que haremos bien en almorzar...

– Sea —respondió Briant—, y demos prisa. ¿A qué hora podrá remontar la yola el East-river?

– Si quisiéramos aprovechar la marea, habría que embarcarse ahora mismo.

– ¡Eso es imposible, Moko! Me empeño en observar el horizonte en condiciones más favorables, y desde lo alto de alguna roca que domine la playa.

– Entonces, señor Briant, nos veremos obligados a esperar la próxima marea, que no se dejará sentir en el East-river antes de las diez de la noche.

– ¿No temerías navegar de noche? —preguntó Briant.

– No, y lo haré sin peligro —respondió Moko—, pues tendremos luna llena. Además, el curso del río es tan recto que bastará gobernar con la espadilla mientras dure la marea. Luego, cuando la corriente vuelva a bajar, intentaremos remontar a remo o, si es demasiado fuerte, haremos parada hasta el amanecer.

Tras el almuerzo y hasta la hora de cenar, todo el tiempo se empleó en visitar esa parte de la costa, protegida por macizos de árboles que avanzaban hasta el pie mismo de las rocas. En cuanto a la caza, parecía ser tan abundante como en los alrededores de French-den, y Briant se permitió abatir algunos tinamúes para la cena.

Lo que caracterizaba el aspecto de ese litoral era el apilamiento de bloques de granito. Desorden verdaderamente grandioso el de ese amontonamiento de gigantescas rocas —especie de campo de Carnac— cuya disposición irregular no era obra de mano humana. Allí se abrían esas profundas oquedades que en algunos países celtas llaman «chimeneas», y habría sido fácil instalarse entre sus paredes. No habrían faltado ni halls ni Store-rooms para las necesidades de la pequeña colonia. En apenas medio kilómetro, Briant encontró una docena de esas confortables excavaciones.

Así, Briant se vio naturalmente llevado a preguntarse por qué el náufrago francés no se había refugiado en esa parte de la isla Chairman. En cuanto a haberla visitado, no había duda al respecto, puesto que las líneas generales de esa costa figuraban exactamente en su mapa. Por lo tanto, si no se encontraba ninguna huella de su paso, era porque muy probablemente François Baudoin había elegido domicilio en French-den antes de haber llevado su exploración hasta los territorios del este, y allí, encontrándose menos expuesto a los vendavales del mar abierto, había juzgado conveniente quedarse. Explicación muy plausible que Briant creyó deber aceptar.

Hacia las dos, cuando el sol hubo rebasado el punto más alto de su curso, pareció llegado el momento favorable para proceder a una rigurosa observación del mar frente a la isla. Briant, Jacques y Moko intentaron entonces escalar un macizo rocoso que semejaba un enorme oso. Ese macizo se alzaba a unos treinta metros sobre el pequeño puerto, y no sin dificultades lograron alcanzar su cima.

Desde allí, cuando la mirada se volvía hacia atrás, dominaba el bosque que se extendía hacia el oeste hasta el lago Family, cuya superficie ocultaba un vasto telón de verdor. Al sur, el terreno parecía surcado por dunas amarillentas entrecortadas por algunas negruzcas arboledas de abetos, como en las áridas campiñas de los países septentrionales. Al norte, el contorno de la bahía terminaba en una punta baja que formaba el límite de una inmensa llanura arenosa situada más allá. En suma, la isla Chairman era verdaderamente fértil solo en su parte central, donde las aguas dulces del lago le derramaban la vida al verterse por los distintos ríos de sus dos orillas.

Briant dirigió el catalejo hacia el horizonte del este, que en ese momento se recortaba con gran nitidez. Cualquier tierra situada en un radio de doce a quince kilómetros habría aparecido ciertamente a través del objetivo del instrumento.

¡Nada en esa dirección!... ¡Nada más que el vasto mar, circunscrito por la línea ininterrumpida del cielo!

Durante una hora, Briant, Jacques y Moko no dejaron de observarlo atentamente, y estaban a punto de descender a la playa cuando Moko detuvo a Briant.

– ¿Qué hay ahí? —preguntó, extendiendo la mano hacia el nordeste.

Briant apuntó el catalejo hacia el punto indicado.

Allí, en efecto, un poco por encima del horizonte, relucía una mancha blanquecina que el ojo habría podido confundir con una nube, de no haber estado el cielo absolutamente despejado en ese momento. Por lo demás, después de mantenerla largo rato en el campo de su catalejo, Briant pudo afirmar que esa mancha no se desplazaba y que su forma no se alteraba en absoluto.

– No sé lo que puede ser eso —dijo—, a menos que sea una montaña. Y aun así, ¡una montaña no tendría ese aspecto!

Poco después, el sol descendiendo cada vez más hacia el oeste, la mancha había desaparecido. ¿Existía allí alguna tierra elevada, o bien aquel color blanquecino no era más que un reflejo luminoso de las aguas? Esta última hipótesis fue la que Jacques y Moko aceptaron, aunque Briant creyó conveniente mantener algunas dudas al respecto.

Terminada la exploración, los tres regresaron a la desembocadura del East-river, al pequeño puerto en cuyo fondo estaba amarrada la yola. Jacques recogió leña muerta bajo los árboles; luego encendió fuego, mientras Moko preparaba su asado de tinamúes.

Hacia las siete, después de comer con apetito, Jacques y Briant salieron a pasear por la playa mientras esperaban la hora de la marea para partir.

Por su parte, Moko subió por la orilla izquierda del río, donde crecían pinos piñoneros de los que quería coger algunos frutos.

Cuando regresó hacia la desembocadura del East-river, comenzaba a anochecer. Mar adentro, si el mar todavía se iluminaba con los últimos rayos del sol que se deslizaban sobre la superficie de la isla, el litoral estaba ya sumido en una penumbra.

En el momento en que Moko llegó junto a la yola, Briant y su hermano no habían regresado todavía. Como no podían estar lejos, no había motivo de inquietud.

Pero he aquí que Moko se sorprendió muchísimo al oír gemidos y, al mismo tiempo, voces airadas. No se equivocaba: esa voz era la de Briant.

¿Corrían acaso los dos hermanos algún peligro? El grumete no dudó en lanzarse hacia la playa, tras doblar las últimas rocas que cerraban el pequeño puerto.

De repente, lo que vio le impidió avanzar más.

¡Jacques estaba de rodillas ante Briant!... ¡Parecía suplicarle, pedirle clemencia!... De ahí esos gemidos que habían llegado a los oídos de Moko.

El grumete habría querido retirarse por discreción... ¡Era demasiado tarde!... ¡Lo había oído todo y lo había comprendido todo! Conocía ahora la falta que Jacques había cometido y de la que acababa de acusarse ante su hermano. Y este exclamaba:

– ¡Desgraciado!... ¡Cómo, eres tú... tú quien hizo eso!... ¡Tú el causante de...

– Perdón... hermano... ¡perdón!

– ¡Así que por eso te mantenías apartado de tus camaradas!... ¡Por eso les tenías miedo!... ¡Ah! ¡Que no lo sepan jamás!... ¡No!... ¡Ni una palabra... Ni una palabra... a nadie!

Moko habría dado mucho por no saber nada de ese secreto. Pero ahora fingir ignorarlo ante Briant le habría costado demasiado. Así, poco después, cuando lo encontró a solas junto a la yola:

– Señor Briant —dijo—, he oído...

– ¡Cómo! ¿Sabes lo que Jacques...?

– Sí, señor Briant... Y hay que perdonarle...

– ¿Le perdonarían los demás?...

– ¡Quizá! —respondió Moko—. En todo caso, es mejor que no se enteren de nada, y puede estar seguro de que guardaré silencio.

– ¡Ah, mi pobre Moko! —murmuró Briant, estrechándole la mano al grumete.

Durante dos horas, hasta el momento de embarcarse, Briant no dirigió la palabra a Jacques. Este, por su parte, permaneció sentado al pie de una roca, sin duda más abatido que nunca desde que, cediendo a las instancias de su hermano, lo había confesado todo.

Hacia las diez, sintiéndose la marea, Briant, Jacques y Moko tomaron sitio en la yola. En cuanto zarpó, la corriente la arrastró con rapidez. La luna, que había salido poco después de la puesta del sol, iluminaba suficientemente el curso del East-river para que la navegación fuera viable hasta cerca de la medianoche y media. La vaciante, que se estableció entonces, obligó a tomar los remos, y durante una hora la yola no ganó ni una milla río arriba.

Briant propuso por tanto fondear hasta el primer amanecer, a fin de esperar la marea montante, lo que así se hizo. A las seis de la mañana reanudaron la marcha, y eran las nueve cuando la yola encontró de nuevo las aguas del lago Family.

Allí, Moko izó de nuevo la vela, y con una agradable brisa que soplaba por el través, puso proa a French-den.

Hacia las seis de la tarde, tras una feliz travesía durante la cual ni Briant ni Jacques habían salido apenas de su mutismo, Garnett, que pescaba a orillas del lago, avistó la yola. Pocos instantes después, esta atracaba en el dique, y Gordon salía al encuentro de sus camaradas con vivo regocijo.

Sürgöny

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