CAPÍTULO IX
EN EL CUAL LOS PERIÓDICOS, EL PUEBLO, MR. DEAN FORSYTH Y EL
DOCTOR HUDELSON CELEBRAN UNA ORGIA DE MATEMÁTICAS
¡ERA de oro…! ¡De oro!
El primer sentimiento fue de incredulidad. Para los unos era un error que no tardaría en ser conocido; para los otros, una gran mixtificación imaginada por los bromistas de talento.
Si así fuera, no había duda de que el observatorio de París se apresuraría a desmentir la nota que se le había atribuido falsamente.
Digámoslo en seguida; ese mentís no debía ser dado. Al contrario, los astrónomos de todos los países, repitiendo las experiencias de sus colegas franceses, confirmaron la unanimidad de sus conclusiones. Forzoso hubo de ser, por consiguiente, considerar el extraño fenómeno como un hecho cierto y averiguado.
Aquello fue entonces una locura.
Cuando se produce un eclipse de sol, es sabido que los instrumentos ópticos se venden en cantidades considerables. ¡Imagínese ahora el lector el número de anteojos, gemelos y telescopios que se venderían con ocasión de aquel memorable acontecimiento! Jamás soberano o soberana, jamás cantante o bailarina ilustres fueron tanto y tan apasionadamente anteojados —permítasenos la palabra— como aquel maravilloso bólido, prosiguiendo indiferente y soberbio su marcha regular en lo infinito del espacio.
Él proseguía tan hermoso y se prestaba complaciente a las observaciones. Así Mr. Dean Forsyth y el doctor Sydney Hudelson no abandonaban ya el uno su torre y el otro su torrecilla. Ambos se aplicaban a determinar los últimos elementos del meteoro, su volumen, su masa, sin perjuicio de las particularidades inesperadas que un estudio atento podía revelar. Si era imposible resolver definitivamente la cuestión de la prioridad, ¡qué ventaja para aquel de los dos rivales que lograse arrancarle alguno de sus secretos! ¿No era la cuestión del día la cuestión del bólido?
¡Cuántos cálculos se efectuaron para establecer el número de los millares de millones que representaba el errante bólido! Desgraciadamente, esos cálculos carecían de base, toda vez que continuaban siendo desconocidas las dimensiones del núcleo.
Cualquiera que fuese el valor de ese núcleo no podía en todo caso, dejar de ser prodigioso, y eso bastaba para inflamar las imaginaciones.
Ya el 3 de mayo publicó el Whaston Standard a ese respecto una nota que, después de una serie de reflexiones, terminaba así:
Admitiendo que el núcleo del bólido Forsyth-Hudelson se halle constituido por una esfera que mida solamente diez metros de diámetro, esa esfera, si fuese de hierro, pesaría tres mil setecientas setenta y tres toneladas. Pero esa misma esfera, formada únicamente de oro puro, pesaría diez mil ochenta y tres toneladas, y valdría más de treinta y un mil millones de francos.
Así, pues, aun reducido a tan pequeño volumen, el bólido tendría tan enorme valor.
– ¿Es posible, señor? —balbució «Omicron», después de haber leído la nota en cuestión.
– No sólo es posible; es cierto —respondió doctoralmente Mr. Dean Forsyth—. Para encontrar este resultado ha bastado multiplicar la masa por el valor medio del oro, o sea tres mil cien francos por kilogramo, cuya masa no es otra que el producto del volumen, que se obtiene de la manera más sencilla mediante una simple fórmula. Dicha fórmula es: V = πD² / 6.
– En efecto —aprobó «Omicron», para quien todo aquello era hebreo.
– Pero —repuso Mr. Dean Forsyth— lo que me enfurece es que el periódico insista en colocar mi nombre al lado del de ese individuo.
Muy probablemente, el doctor hacía por su parte la misma reflexión.
Respecto a Miss Loo, tan desdeñosa mueca se dibujó sobre sus rosados labios cuando leyó la nota del Standard, que los treinta y un mil millones de francos se habrían sentido profundamente humillados.
Sabido es que el temperamento de los periodistas les lleva a sobrepujarse siempre; cuando uno ha dicho dos el otro dice tres, sin pensar siquiera en ello. No causarán, pues, sorpresa que aquella misma tarde el Whaston Evening contestase en estos términos, que denunciaban su parcialidad en favor de la torrecilla: No comprendemos la razón de por qué él Standard se ha mostrado tan modesto en sus evaluaciones. Por nuestra parte, seremos más audaces. Aun permaneciendo dentro de las hipótesis más aceptables, atribuiremos un diámetro de cien metros al núcleo del bólido Hudelson. Basándonos sobre esta dimensión, se encuentra que el peso de semejante esfera de oro puro sería de diez millones cuatrocientas ochenta y tres mil cuatrocientas ochenta y ocho toneladas, y que su valor pasaría de treinta y un trillones doscientos sesenta mil millones de francos; o sea, de un número de catorce cifras.
Y aún se desprecian los céntimos, observó humorísticamente el Punch, al citar esos números prodigiosos, que la imaginación es incapaz de concebir.
El tiempo, no obstante, seguía manteniéndose hermoso, y Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson se obstinaban más que nunca en proseguir sus investigaciones, sostenidos por la esperanza de ser, cuando menos, el primero en determinar con precisión las dimensiones del núcleo asteroidal. Por desgracia, era muy difícil percibir sus contornos en medio de su brillante cabellera.
Sólo una vez, en la noche del 5 al 6, Mr. Dean Forsyth se creyó a punto de conseguirlo.
La irradiación había cesado un momento, dejando aparecer ante las miradas un globo de brillo intenso.
– i*Omicron»! —llamó Mr. Dean Forsyth, con voz quebrada por la emoción.
– ¡Señor!
– ¡El núcleo!
– Sí… Ya lo veo.
– ¡Por fin…, ya lo tenemos!
– ¡Bueno! —exclamó «Omicron»—. ¡Ya no se le distingue!
– ¡No importa, yo le he visto…! ¡Habré tenido esa gloria…! Mañana, a primera hora, un despacho al observatorio de Pittsburg…, y ese miserable Hudelson no podrá pretender esta vez…
¿Era esto una ilusión de Mr. Dean Forsyth, o bien había dejado realmente el doctor Hudelson que se tomase sobre él esa ventaja? Nunca podrá saberse, así como tampoco llegó a enviarse el proyectado despacho al observatorio de Pittsburg.
En efecto; en la mañana del 6 de mayo apareció la nota siguiente en los periódicos de todo el mundo:
El observatorio de Greenwich tiene él honor de poner en conocimiento del público que de sus cálculos y de un conjunto de observaciones satisfactorias, resulta que el bólido señalado por los respetables ciudadanos de Whaston, y que el observatorio de París ha reconocido hallarse compuesto exclusivamente de oro puro, está constituido por una esfera de ciento diez metros de diámetro y un volumen aproximadamente de noventa y seis mil metros cúbicos.
Una esfera tal, en oro, debería pesar más de trece millones de toneladas. El cálculo pone de manifiesto que no es así. El peso real del bólido apenas se eleva a la séptima parte de la cifra precedente, y es sencillamente igual a un millón ochocientas sesenta y siete mil toneladas, peso correspondiente a un volumen de cerca de noventa y siete mil metros cúbicos y a un diámetro aproximado de cincuenta y siete metros.
De las consideraciones que preceden debemos necesariamente inferir, hallándose fuera de duda la composición química del bólido, o bien que existen vastas cavidades en el metal que constituye el núcleo, o, lo que es más verosímil, que ese metal se encuentra reducido a polvo, siendo el núcleo en ese caso de una forma análoga a la de una esponja.
Sea ello lo que quiera, los cálculos y las observaciones permiten precisar más exactamente el valor del bólido. Este valor, al curso actual del oro, no sería inferior a cinco mil setecientos ochenta y ocho millares de millones de francos.
Por lo tanto, si no eran cien metros, como había supuesto el Whaston Evening, tampoco eran diez como había admitido el Standard. La verdad se encontraba entre ambas hipótesis; por lo demás, tal como era, sería capaz de satisfacer las más ambiciosas aspiraciones, si el meteoro no se hallaba destinado a trazar una trayectoria eterna alrededor del globo terrestre.
Cuando Mr. Dean Forsyth conoció el valor de su bólido, gritó:
– Yo soy quien lo ha descubierto, y no ese granuja de doctor Hudelaon; a mí es a quien pertenece, y si llegase a caer sobre la Tierra, yo sería fabulosamente rico.
El doctor Hudelson, por su parte, repetía, tendiendo un brazo amenazador hacia la torre:
– Es un bien mío, es una cosa mía…, es la herencia de mis hijos, que se halla gravitando en el espacio. ¡Si llegase a caer sobre nuestro Globo, me pertenecería en toda propiedad, y yo sería muchas veces millonario!
Francis y Mrs. Hudelson preveían bien la manera como iba a acabar todo aquello. Pero
¿cómo mantener a ambos rivales en una pendiente tan resbaladiza? Imposible conversar tranquilamente con ellos. Parecían haber olvidado el proyectado matrimonio y no pensaban más que en su rivalidad, tan deplorablemente alimentada por los periódicos de la ciudad.
Los artículos de esos periódicos, bastante tranquilos de ordinario, llegaron a manifestarse furiosos, acometedores.
El Punch, por su parte, con sus epigramas y sus caricaturas, no cesaba de excitar a ambos enconados adversarios.
Había llegado el caso de temer que Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson quisiesen disputarse el bólido con las armas en la mano y arreglar la cuestión en un duelo a la americana.
Felizmente para la paz del mundo, al paso que ambos maniáticos perdían cada día un poco de su buen sentido, el público iba calmándose por grados. A todo el mundo acababa por imponerse la reflexión bien reucilla de que poco importaba que el bólido fuese de oro y que valiese millares de millones, desde el momento en que no era posible cogerlo.
Era efectivamente cierto que no era posible apoderarse de él. En cada una de sus revoluciones, el meteoro reaparecía con toda exactitud en el punto del cielo indicado por el cálculo. Su velocidad era, pues, uniforme, como desde el principio lo había hecho observar el Whaston Standard, y no había, por ende, razón ninguna para que sufriese nunca una disminución cualquiera. En consecuencia, el bólido gravitaría eternamente en el porvenir en torno de la Tierra como había gravitado probablemente desde toda la eternidad.
Estas consideraciones, reproducidas hasta la saciedad por todos los periódicos del Universo, contribuyeron poderosamente a calmar los espíritus. Cada día se fue pensando un poco menos en el bólido, y todos volvieron a sus ocupaciones habituales, no sin exhalar un suspiro de lástima por la imposibilidad de apoderarse del tesoro en el cual tanto se soñaba.
En su número del 9 de mayo hizo el Punch constar esa indiferencia, cada vez mayor, del público respecto de lo que pocos días antes tanto le apasionaba, y prosiguiendo la broma del proceso, que, al parecer, juzgaba excelente, expuso nuevas razones para caer sobre los dos inventores del meteoro, a quienes quería que se procesase, condenándoles a daños y perjuicios.
Los interesados ignoraron siempre que les hubiese nunca amenazado un proceso semejante, sin precedentes a buen seguro.
Mientras que los otros humanos volvían de nuevo su atención hacia las cosas de la Tierra, los señores Dean Forsyth y Sydney Hudelson continuaban sumiéndose en el azul y persistían en ojearle con sus obstinados telescopios.