La caza del meteoro

CAPÍTULO VIII

EN EL CUAL LAS POLÉMICAS DE LA PRENSA AGRAVAN LA SITUACIÓN; Y

QUE SE TERMINA CON LA CONSIGNACIÓN DE UN HECHO TAN CIERTO

COMO INESPERADO

EL es, «Omicron», efectivamente es él! —gritó Mr. Dean Forsyth, tan pronto como hubo aplicado el ojo al ocular de su telescopio.

– El mismo —declaró «Omicron», añadiendo—: y haga el Cielo que el doctor Hudelson no se halle en este momento en su torrecilla.

– O si está, que no pueda encontrar el bólido.

– Nuestro bólido —precisó «Omicron».

– ¡Mi bólido! —rectificó Dean Forsyth.

Ambos se equivocaban. El anteojo del doctor Hudelson se hallaba en aquel mismo momento dirigido hacia el Sudeste, región del cielo recorrida entonces por el meteoro.

Habíale visto tan pronto como apareció, y lo mismo que la torre, la torrecilla no le perdió de vista hasta el instante en que desapareció entre las brumas del Sur.

Por lo demás, no fueron los astrónomos de Whaston los únicos en señalar el bólido; también lo percibió el observatorio de Pittsburg.

Ese retorno del meteoro constituía un hecho del mayor interés —¡si es que el meteoro mismo ofrece alguno!—. Puesto que permanecía a la vista del mundo sublunar, era que seguía decididamente una órbita cerrada. No era una de esas estrellas errantes que desaparecen después de haber rozado las últimas capas atmosféricas, uno de esos asteroides que se muestran una vez y van luego a perderse a través del espacio, uno de esos aerolitos cuya caída no tarda en seguir a la aparición. No, este meteoro volvía, giraba en torno de la Tierra como un segundo satélite. Merecía, por consiguiente, que se dedicasen a él, y por eso debe disculparse el empeño que en disputárselo ponían Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson.

Obedeciendo el meteoro a leyes constantes, nada se oponía a que se calculasen sus elementos. En todas partes se cuidaban de ello; pero no es necesario decir que en ninguna parte se desarrollaba la actividad que en Whaston. Con todo, para que el problema fuese íntegramente resuelto, necesitábanse aún muchas observaciones.

El primer punto, la trayectoria del bólido, fue determinada cuarenta y ocho horas más tarde por unos matemáticos que no se llamaban Dean Forsyth ni Hudelson.

Esta trayectoria se desarrollaba rigurosamente del Norte al Sur. La débil desviación de 3º

31’ señalada por Mr. Dean Forsyth en su carta al observatorio de Pittsburg era sólo aparente, y resultaba de la rotación del Globo terrestre.

Cuatrocientos kilómetros separaban al bólido de la superficie de la Tierra, y su prodigiosa velocidad no era inferior a seis mil novecientos sesenta y siete metros por segundo.

Realizaba, pues, su revolución en torno del Globo en una hora, cuarenta y un minutos, cuarenta y un segundos y noventa y tres centésimas, de lo cual podía inferirse, según los inteligentes, que no volvería a pasar por el cénit de Whaston hasta transcurrir ciento cuatro años, ciento sesenta y seis días y veintidós horas.

Este hecho tranquilizó a los habitantes de la ciudad, que tanto temían la caída del malaventurado asteroide. Si caía, no sería encima de ellos, por fortuna para todos.

Pero, ¿por qué ha de caer? (preguntaba el Whaston Morning). No hay por qué admitir el encuentro de un obstáculo en su camino, ni que pueda ser detenido en su raudo movimiento de traslación.

Esto era la evidencia misma.

Seguramente (hizo observar el Whaston Evening) ha habido aerolitos que han caído y los hay que caen todavía. Pero éstos, de pequeñas dimensiones por lo general, vagan por el espacio y no caen más que si la atracción terrestre los atrapa al paso.

Esta explicación era exacta y no parecía que pudiese aplicarse al bólido en cuestión, de una marcha tan regular y cuya caída no debía temerse, como no hay que temer la de la Luna.

Bien establecido esto, quedaban aún muchos puntos por aclarar, antes de hallarse perfectamente informados acerca de aquel asteroide, convertido, en suma, en un segundo satélite de la Tierra.

¿Cuál era su volumen? ¿Cuál era su masa, su naturaleza?

Solamente los habitantes de Whaston se consagraron a conocer esas y otras particularidades del meteoro, cuyo descubrimiento se debía a dos respetables personajes de la ciudad.

Por lo demás, tal vez hubiesen terminado por pensar con indiferencia en este incidente cósmico que el Punch se empeñaba en llamar «cómico», si los periódicos, con alusiones más o menos claras, no hubiesen dado a conocer la rivalidad de Mr. Dean Forsyth y del doctor Hudelson. Esto dio nuevo incremento a los chismes y comentarios; todo el mundo se apresuró a aprovecharse de esta ocasión de disputa, y la ciudad toda comenzó a dividirse en dos bandos.

A todo esto, la fecha del matrimonio iba acercándose. Mrs. Hudelson, Jenny y Loo, de una parte; Francis Gordon y Mitz, de la otra, vivían en una inquietud creciente.

Continuamente estaban temiendo un estallido provocado por el encuentro de los dos rivales, del mismo modo que el encuentro de dos nubes cargadas de potenciales contrarios hace saltar la chispa y brotar el rayo. Sabíase que Mr. Forsyth nq se calmaba y que el furor del doctor Hudelson buscaba todas las ocasiones de manifestarse.

El cielo estaba, por lo general, hermoso, la atmósfera pura, y ambos astrónomos podían, por tanto, efectuar sus observaciones. No les faltaban ocasiones, ya que el bólido reaparecía sobre el horizonte más de catorce veces diarias, y ya que ahora conocían, merced a las determinaciones de los observatorios, el punto preciso hacia el que debían dirigir los objetivos de sus aparatos.

La comodidad de estas observaciones era indudablemente desigual, como lo era la altura del bólido sobre el horizonte; pero tan numerosas eran las veces que éste pasaba, que semejante inconveniente tenía muy poca importancia. Si no volvía ya al cénit matemático de Whaston, donde, por una milagrosa casualidad, se le había visto una primera vez, andaba todos los días tan cerca que era prácticamente lo mismo.

Así, pues, los dos apasionados astrónomos podían embriagarse libremente en la contemplación del meteoro, cruzando raudo el espacio por encima de su cabeza y espléndidamente adornado de una brillante aureola.

Devorábanle ellos con sus miradas; acariciábanle con los ojos. Cada uno de ellos le llamaba con su propio nombre, el bólido Forsyth, el bólido Hudelson. Era su hijo, la carne de su carne. Pertenecíales como el hijo pertenece a sus padres; más aún: como la criatura al Creador. Su vista no cesaba de emocionarles. Sus observaciones, las hipótesis que deducían de su marcha, de su forma aparente, dirigíanlas al observatorio de Pittsburg, y sin olvidarse nunca de reclamar la prioridad de su descubrimiento.

Pronto esta lucha, todavía pacífica, no fue bastante para satisfacer su animosidad. No contentos con haber roto las relaciones diplomáticas, cesando en sus relaciones personales, fueles preciso la batalla franca y la guerra oficialmente declarada.

Un día apareció en el Whaston Standard una nota bastante agresiva contra el doctor Hudelson, nota que se atribuyó a Mr. Dean Forsyth. Decía que ciertas gentes tienen demasiado buenos ojos cuando miran a través de los anteojos de otro y que perciben demasiado fácilmente aquello que ha sido percibido ya por alguien más.

En respuesta a esta nota díjose al día siguiente en el Whaston Evening, que en punto a anteojos hay algunos, sin duda, que no están bien limpios, y cuyo objetivo está sembrado de pequeñas manchas, que no deben tomarse por meteoros.

Al mismo tiempo, el Punch publicaba una caricatura muy parecida de los dos rivales, adornados de alas gigantescas y luchando en velocidad para atrapar a su bólido, figurado por una cabeza de cebra que les sacaba la lengua.

No obstante, aun cuando a consecuencia de esos artículos, de esas alusiones vejatorias, la situación de ambos astrónomos tendía a agravarse de día en día, no habían tenido todavía ocasión de intervenir en la cuestión del matrimonio. Si no hablaban, dejaban, cuando menos, que las cosas siguiesen su curso normal, y nada autorizaba a admitir que Francis Gordon y Jenny Hudelson no estuviesen unidos en matrimonio en la fecha convenida.

Ningún incidente sobrevino durante los primeros días del mes de abril. Sin embargo, si bien la situación no se agravó, tampoco tuvo ninguna mejora. Durante las comidas en casa de Mr. Hudelson no se hacía la más pequeña alusión al meteoro, y Miss Loo, muda por orden de su madre, rabiaba por no poder tratarle como merecía. Con solo ver la manera que tenía de cortar la chuleta, se comprendía que la niña pensaba en el bólido y que habría deseado poderle reducir a tan pequeños trozos que no quedase la más mínima señal de él.

En cuanto a Jenny no trataba de disimular su tristeza; tristeza de la que el doctor no quería darse por enterado. Tal vez no la notaba siquiera; tanto le absorbían sus ocupaciones astronómicas.

Francis Gordon, por supuesto, no aparecía durante esas comidas. Lo único que se permitía era su visita diaria cuando el doctor Hudelson estaba en su torrecilla.

En la casa de Elisabeth Street no eran más alegres las comidas. Mr. Dean Forsyth apenas hablaba, y cuando se dirigía a la anciana Mitz, ésta no respondía más que con un sí o un no, tan seco como lo estaba el tiempo a la sazón.

Una sola vez, el 28 de abril, Mr. Dean Forsyth, en el momento de levantarse de la mesa después del almuerzo, dijo a su sobrino:

– ¿Es que tú continúas yendo a casa de los Hudelson?

– ¡Ya lo creo, tío! —respondió Francis, con voz firme.

– ¿Y por qué no había de ir a casa de los Hudelson? —preguntó Mitz en tono agresivo.

– No es a usted a quien yo hablo, Mitz —gruñó Mr. Forsyth.

– ‘Pero yo soy la que le respondo, señor. Un perro parla a un obispo.

Mr. Forsyth se encogió de hombros, y se volvió hacia Francis.

– Ya le he contestado yo también. Sí, voy todos los días.

– ¿Después de lo que el doctor me ha hecho? —exclamó Mr. Forsyth, airado.

– ¿Y qué le ha hecho a usted?

– Se ha permitido descubrir…

– Lo que usted mismo descubrió; lo que todo el mundo tenía el derecho de descubrir…

Porque, al fin y al cabo, ¿de qué se trata? De un simple bólido como otros mil que pasan a la vista de Whaston.

– Pierdes el tiempo, hijo mío —intervino Mitz, riendo burlonamente—. Bien claramente ves que tu tío está deslumhrado con su guijarro, del que no debía hacer más caso que del guardacantón que está en la esquina de esta casa.

Así se expresó Mitz en su lenguaje especial. Y Mr. Dean Forsyth, a quien esta réplica tuvo el don de exasperar, dijo, como un hombre que no se da cuenta de lo que dice:

– Pues bien; yo, Francis, te prohibo poner los pies en casa del doctor.

– Siento mucho tener que desobedecer a usted, mi querido tío —declaró Francis Gordon, conservando con gran trabajo su tranquilidad; tanto era lo que le enojaba semejante pretensión—; lo siento, lo siento muchísimo, pero iré.

– Sí, ira —exclamó la vieja Mitz—, aun cuando usted nos haga a todos pedacitos.

Mr. Forsyth desdeñó esta atrevida afirmación.

– ¿Persistes, pues, en tus proyectos? —preguntó a su sobrino.

– Sí, tío —afirmó éste.

– ¿Y piensas casarte con la hija de ese ladrón?

– Sí, y nada en el mundo me lo impedirá.

– ¡Pues nos veremos!

Y dichas estas palabras, las primeras que indicaban la resolución de oponerse al matrimonio, Mr. Dean Forsyth, dejando el comedor, se dirigió hacia la escalera de la torre, cuya puerta cerró con estrépito.

Francis Gordon estaba perfectamente decidido a volver a casa de la familia Hudelson, como de costumbre, cosa ésta que no ofrecía la menor duda. Pero ¿y si, a imitación de Mr.

Dean Forsyth, le prohibía el doctor la entrada en su casa? ¿No era de temerlo todo de aquellos dos enemigos, cegados por unos celos recíprocos, un odio de descubridores, el peor de todos los odios?

Cuántos esfuerzos tuvo que hacer aquel día Francis Gordon para ocultar su tristeza, al encontrarse en presencia de Mrs. Hudelson y de sus dos hijas! No quería decir nada de la escena en que acababa de intervenir; ¿a qué aumentar las inquietudes de la familia una vez que se hallaba resuelto a no hacer caso de las advertencias de su tío, admitiendo que fuesen mantenidas por su autor?

¿Podía, en efecto, entrar en el espíritu de un ser razonable la idea de que la unión de dos prometidos pudiera ser impedida o retrasada siquiera, a propósito de un bólido? Aun suponiendo que Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson no quisiesen encontrarse cara a cara durante la ceremonia, nada se habría perdido; se pasarían sin ellos, ya que, después de todo, su presencia no era indispensable. Lo esencial era que no fuese negado su consentimiento…, por el doctor al menos; porque si Francis Gordon no era más que el sobrino de su tío, Jenny era hija de su padre y no podía casarse contra su voluntad. Si después ambos adversarios querían devorarse mutuamente, no por eso habría dejado de realizar su obra matrimonial el reverendo O’Garth en la iglesia de San Andrés.

Como para justificar estos optimistas razonamientos, transcurrieron algunos días sin traer cambio alguno en la situación. El tiempo no dejaba de ser bueno y jamás había estado tan sereno y despejado el cielo de Whaston. Salvo algunas brumas matinales y vespertinas que se disipaban al salir y al ponerse el sol, ni un vapor turbaba la pureza y serenidad de la atmósfera, en medio de la cual realizaba el bólido su curso regular.

¿Será preciso repetir que los señores Forsyth y Hudelson continuaban devorándole con los ojos, que tendían hacia él los brazos como para estrecharle entre ellos y que le aspiraban a plenos pulmones? Hubiera sido ciertamente preferible que el meteoro se hubiese ocultado a sus miradas tras una espesa cortina de nubes, para que su vista no les hubiese excitado más. Por eso, Mitz, antes de meterse en la cama, blandía todas las noches sus puños en dirección al cielo. Vana amenaza: el meteoro continuaba trazando su curva luminosa en medio de un cielo sembrado de estrellas.

Lo que tendía a agravar las cosas era la intervención, más clara y explícita cada día, del público en esta discordia privada. Los periódicos, con vivacidad unos, con violencia otros, tomaban partido por Dean Forsyth o por Hudelson; ninguno permanecía indiferente; desde lo alto de la torre y la torrecilla descendía la querella hasta las mesas de redacción, y eran de prever graves complicaciones. Anunciábase ya que iban a celebrarse reuniones en las que se discutiría el asunto.

Mrs. Hudelson y Jenny experimentaban mucha inquietud al notar esa efervescencia; en vano se esforzaba Loo por tranquilizar a su madre, y Francis Gordon a su prometida; no podía negarse que ambos rivales se remontaban más y más sufriendo la influencia de esas detestables excitaciones. Se referían las frases, falsas o verdaderas, escapadas a Mr. Dean Forsyth; las palabras, verdaderas o falsas, pronunciadas por el doctor Hudelson, y de día en día, de hora en hora la situación se hacía más grave.

En esas circunstancias fue cuando se produjo una explosión que resonó en todo el mundo.

Tratábase sencillamente de una nueva del más singular carácter, que el telégrafo y el teléfono extendieron con su rapidez vertiginosa a través de todas las repúblicas y reinos del Antiguo y del Nuevo Mundo.

Dicha información no procedía de la torrecilla del doctor Hudelson, ni de la torre de Mr.

Forsyth, ni del observatorio de Pittsburg, ni del de Boston, como tampoco del de Cincinnati. Aquella vez fue el observatorio de París quien revolucionó al Universo civilizado comunicando a la Prensa, el 2 de mayo, una nota concebida en los siguientes términos;

El bólido señalado a la atención de los observatorios de Cincinnati y de Pittsburg por dos respetables ciudadanos de la ciudad de Whaston, estado de Virginia, y cuya traslación en torno del globo terrestre parece realizarse hasta ahora con una perfecta regularidad, es actualmente estudiado en todos los observatorios del mundo, de día y de noche, por una multitud de eminentes astrónomos.

Si a pesar de este atento examen están por resolver muchas partes del problema, el observatorio de París ha llegado, cuando menos, a obtener la solución de una de ellas y a determinar la naturaleza del meteoro.

Los rayos emanados del bólido han sido sometidos al análisis espectral, y la disposición de sus rayas ha permitido reconocer perfectamente la sustancia del cuerpo luminoso de la que éste está formado.

Su núcleo, que rodea una brillante cabellera y de donde parten los rayos observados, no es en manera alguna de naturaleza gaseosa, sino de naturaleza sólida. No está formado de hierro nativo, como muchos aerolitos, ni se halla constituido por ninguno de los compuestos químicos que constituyen de ordinario esos cuerpos errantes.

Este bólido está formado de oro, de oro puro, y si no puede indicarse su verdadero valor, es porque hasta ahora no ha sido posible medir de una manera aproximada las dimensiones de su núcleo.

Tal era la nota que se dio a conocer al mundo.

Acerca del efecto que semejante noticia produciría, es más fácil de imaginar que de describir. ¡Un globo de oro, una masa de precioso metal, cuyo valor no podía ser sino de muchos millares de millones, circulaba en torno a la Tierra! ¡Qué de ensueños no iba a hacer brotar un acontecimiento tan sensacional! ¡Qué de codicias no iba a despertar en todo el Universo y más particularmente en aquella ciudad de Whaston, a quien correspondía el honor del descubrimiento, y más particularmente todavía en los corazones de sus dos ciudadanos, inmortales ya, que tenían por nombre Dean Forsyth y Sydney Hudelson.

Sürgöny

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