El camino de Francia

Capítulo XV

Cómo volvimos, mi hermana y yo, a la posada de las Armas de Prusia, y qué pudimos decirnos al volver, en vano lo he buscado en mi memoria. ¡Puede que no cambiásemos ni una sola palabra! Se habría podido notar la turbación en que estábamos, e incluso inquietarse por ello. No hacía falta más para ser llevados ante las autoridades. Nos habrían interrogado, quizá detenido, ¡si se hubiese descubierto qué lazos nos unían a la familia Keller!…

Por fin, habíamos vuelto a nuestro cuarto sin haber encontrado a nadie. Mi hermana y yo queríamos hablar antes de ver de nuevo al señor y la señorita de Lauranay, para ponernos de acuerdo sobre lo que convenía hacer.

Allí estábamos, mirándonos los dos, abatidos, sin atrevernos a hablar.

– ¡El desdichado!… ¡El desdichado!… ¿Qué ha hecho? —exclamó por fin mi hermana.

– ¿Que qué ha hecho? —respondí—. ¡Ha hecho lo que yo habría hecho en su lugar! ¡El señor Jean debió de ser maltratado, insultado por ese Frantz!… Lo habrá golpeado… ¡Tenía que ocurrir tarde o temprano!… ¡Sí! ¡Yo habría hecho lo mismo!

– ¡Mi pobre Jean!… ¡Mi pobre Jean!… —murmuraba mi hermana, mientras las lágrimas le corrían por los ojos.

– Irma —dije—, valor… ¡hace falta valor!

– ¡Condenado a muerte!…

– ¡Un momento! ¡Ha huido!… Ahora está fuera de su alcance, y, dondequiera que esté, siempre está mejor que en el regimiento de esos bribones de Grawert, padre e hijo!

– ¡Y esos mil florines que se prometen a quien lo entregue, Natalis!

– Esos mil florines todavía no están en el bolsillo de nadie, Irma, y es probable que nadie los toque jamás.

– ¡Y cómo podrá escapar, mi pobre Jean! ¡Está en carteles en todas las ciudades, en todas las aldeas! ¡Cuántos pícaros no pedirán otra cosa que entregarlo! ¡Ni los mejores querrían recibirlo en su casa ni una hora!

– No te aflijas, Irma —respondí—. ¡No!… ¡Todavía no está todo perdido! Mientras los fusiles no estén apuntando al pecho de un hombre…

– ¡Natalis!… ¡Natalis!…

– Y además, Irma, ¡los fusiles pueden fallar!… ¡Se ha visto!… ¡No te aflijas!… ¡El señor Jean ha podido huir y echarse al campo!… ¡Está vivo, y no es hombre que se deje atrapar!… ¡Se salvará!

Lo digo sinceramente: si hablaba así, no era solo por devolver un poco de esperanza a mi hermana. ¡No! Yo tenía confianza. Evidentemente, lo más difícil para el señor Jean, después del golpe, había sido darse a la fuga. Pues bien, lo había conseguido, y no parecía que fuera fácil atraparlo, puesto que los carteles prometían una recompensa de mil florines a quien lograse apresarlo. ¡No! No quería desesperar, aunque mi hermana no quisiera oír nada.

– ¡Y la señora Keller! —dijo ella.

¡Sí! ¿Qué había sido de la señora Keller?… ¿Habría podido reunirse con su hijo?… ¿Sabía lo que había pasado?… ¿Acompañaba al señor Jean en su huida?

– ¡Pobre mujer!… ¡Pobre madre!… —repetía mi hermana—. Como tuvo que reunirse con el regimiento en Magdeburgo, no puede ignorar nada. ¡Sabe que su hijo está condenado a muerte!… ¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¡Qué parte de dolor le das!

– Irma —respondí—, te lo ruego, cálmate. ¡Si te oyeran! Ya lo sabes, la señora Keller es una mujer enérgica. ¡Quizá el señor Jean haya podido reunirse con ella!…

Puede que esto sorprenda, es posible, pero, lo repito, hablaba con toda sinceridad. No está en mi naturaleza abandonarme a la desesperación.

– ¿Y Marthe?… —dijo mi hermana.

– Mi opinión es que hay que dejar que lo ignore todo —respondí—. Es lo mejor, Irma. Si hablásemos, correríamos el riesgo de hacerle perder el ánimo. El viaje aún es largo, y la señorita Marthe necesita toda su fuerza de espíritu. Si llegara a saber lo que ha pasado, que el señor Jean está condenado a muerte, que está huyendo, que han puesto precio a su cabeza, ¡no podría vivir!… Se negaría a seguirnos…

– Sí, tienes razón, Natalis. ¿Guardaremos este secreto también con el señor de Lauranay?…

– También con él, Irma. Avisarle no serviría de nada. ¡Ah, si nos fuera posible ponernos en busca de la señora Keller y de su hijo!… ¡Sí! Deberíamos decírselo todo al señor de Lauranay. Pero nuestro tiempo está contado. Tenemos prohibido quedarnos en este territorio. Pronto nos detendrían, y no veo en qué serviría eso al señor Jean… Vamos, Irma, hay que resignarse. Sobre todo, ¡que la señorita Marthe no note que has llorado!

– Y si sale, Natalis, ¿no podría leer ese cartel y enterarse así?…

– Irma —respondí—, no es probable que el señor y la señorita de Lauranay salgan de la posada esta noche, ya que no han salido en todo el día. Además, con la noche encima, sería muy difícil leer un cartel. Así que no tenemos por qué temer que se enteren… Conque cuídate, hermana, y sé fuerte.

– Lo seré, Natalis. Siento que tienes razón… ¡Sí!… Me contendré… No se verá nada por fuera, pero por dentro…

– Por dentro, llora, Irma, porque todo esto es bien triste; llora, pero calla… ¡Es la consigna!

Después de la cena, durante la cual charlé un poco a tontas y a locas para atraer la atención sobre mí y ayudar así a mi hermana, el señor y la señorita de Lauranay se quedaron en su cuarto. Yo lo había previsto, y era lo mejor. Después de una visita a la cuadra, fui a reunirme con ellos y los animé a acostarse temprano. Deseaba partir hacia las cinco de la madrugada, pues teníamos que hacer una etapa, si no muy larga, sí muy fatigosa, a través de un país montañoso.

Nos acostamos. Por mi parte, dormí bastante mal. Todos los sucesos volvían a pasar por mi cabeza. Aquella confianza que yo sentía cuando se trataba de levantar el ánimo de mi hermana parecía escapárseme ahora… Las cosas se torcían… Jean Keller estaba acosado, entregado… ¿No sucede siempre así, cuando se razona en duermevela?

A las cinco estaba en pie. Desperté a toda mi gente y fui a que engancharan los caballos. Tenía prisa por salir de Gotha.

A las seis, ocupando cada uno su sitio en la berlina, arreé a mis caballos, que estaban bien descansados, y los hice andar deprisa durante un trecho de cinco leguas. Habíamos llegado a las primeras montañas de Turingia.

Allí las dificultades iban a ser grandes, y habría que proceder con cuidado.

No es que estas montañas sean muy altas. Evidentemente, no son ni los Pirineos ni los Alpes. Sin embargo, el terreno es duro para los tiros, y había que tomar tantas precauciones con el coche como con los caballos. En aquella época apenas había caminos trazados. Eran desfiladeros, a menudo muy estrechos, que había que seguir, no sin peligro, a través de gargantas boscosas o de espesos bosques de robles, abetos, abedules y alerces. De ahí tantas revueltas, senderos tortuosos por donde la berlina apenas pasaba entre lomas cortadas a pico y hondos precipicios, en cuyo fondo bramaban algunos torrentes.

De vez en cuando bajaba de mi asiento para llevar a nuestras bestias de la brida. El señor de Lauranay, su nieta y mi hermana se apeaban para subir las cuestas más duras. Todos caminaban con valentía, sin quejarse, la señorita Marthe a pesar de su delicada constitución, el señor de Lauranay a pesar de su edad. Por lo demás, era necesario detenerse a menudo para tomar aliento. ¡Cuánto me felicitaba de no haber dicho nada de lo referente al señor Jean! Si mi hermana se desesperaba pese a mis razonamientos, ¡qué habría sido la desesperación de la señorita Marthe y de su abuelo!…

Durante esta jornada del 21 de agosto no hicimos ni cinco leguas, en línea recta se entiende, pues el camino se alargaba en mil rodeos, y tales, que a veces nos parecía que desandábamos lo andado.

¿Quizá hubiera hecho falta un guía? Pero ¿de quién nos habríamos podido fiar? ¡Franceses a merced de un alemán, cuando la guerra estaba declarada!… ¡No! Más valía no contar más que con uno mismo para salir del paso.

Por lo demás, el señor de Lauranay había atravesado tantas veces aquella Turingia que se orientaba sin demasiado apuro. Lo más difícil era guiarse en medio de los bosques. Lo lográbamos, sin embargo, guiándonos por el sol, que no podía engañarnos, pues él, al menos, no es de origen alemán.

La berlina se detuvo hacia las ocho de la noche, en la linde de un bosque de abedules, escalonado en las laderas de una alta loma de la cadena del Thüringer-Wald. Habría sido muy imprudente aventurarse allí de noche.

En aquel lugar no había posada, ni siquiera una cabaña de leñadores. Había que dormir en la berlina o bajo los primeros árboles del bosque.

Cenamos con las provisiones que llevábamos en los baúles. Yo había desenganchado los caballos. Como la hierba era abundante al pie de la loma, los dejé pacer en libertad, con intención de vigilarlos durante la noche.

Insté al señor de Lauranay, a la señorita Marthe y a mi hermana a volver a ocupar sus sitios en la berlina, donde al menos podrían descansar al abrigo. Caía una llovizna fina, bastante helada, pues el país alcanzaba ya cierta altura.

El señor de Lauranay se ofreció a pasar la noche conmigo. Me negué. Esas vigilias ya no convienen a un hombre de su edad. Además, yo solo bastaría. Envuelto en mi cálido blusón de carretero, con la copa de los árboles sobre la cabeza, no había de qué compadecerme. Había visto cosas peores allá, en las praderas de América, donde el invierno es más crudo que en ningún otro clima, y no me preocupaba gran cosa pasar una noche al raso.

Por fin, todo salió a pedir de boca. Nuestra tranquilidad no se vio turbada en absoluto. En suma, la berlina valía tanto como cualquier cuarto de las posadas de la comarca. Con las portezuelas bien cerradas, no se sentía humedad. Con los abrigos de viaje, no se sentía frío. Y, de no ser por la inquietud sobre la suerte de los ausentes, allí se habría dormido a las mil maravillas.

Al amanecer, hacia las cuatro, el señor de Lauranay salió de la berlina y vino a proponerme que le dejara vigilar en mi lugar, para que yo pudiera descansar una hora o dos. Temiendo desairarle si volvía a negarme, acepté, y, con los puños sobre los ojos y la cabeza hundida en mi blusón, dormí a pierna suelta un buen rato.

A las seis y media estábamos todos en pie.

– ¿Debe de estar cansado, señor Natalis? —me preguntó la señorita Marthe.

– ¿Yo? —respondí—. He dormido como un lirón, mientras su abuelo vigilaba. ¡Vaya un hombre excelente!

– Natalis exagera un poco —respondió el señor de Lauranay sonriendo—, y, la próxima noche, me permitirá…

– No le permitiré nada, señor de Lauranay —repliqué alegremente—. Bonito sería que el amo velara hasta el día mientras el criado…

– ¡Criado! —exclamó la señorita Marthe.

– ¡Sí! Criado… ¡cochero!… ¡Vamos!… ¿No soy acaso cochero, y hábil cochero, si se me permite decirlo? Pongamos postillón, si lo prefiere, para no herir mi amor propio. No por eso dejo de ser su servidor…

– No… nuestro amigo —respondió la señorita Marthe, tendiéndome la mano—, ¡y el más entregado que Dios pudo darnos para llevarnos de vuelta a Francia!

¡Ah, buena señorita! ¡Qué no haría uno por gente que le dice esas cosas, y con tal acento de amistad! ¡Sí! ¡Ojalá lleguemos a la frontera! ¡Ojalá la señora Keller y su hijo consigan pasar al extranjero, en espera de reunirnos todos!

En cuanto a mí, si se presenta la ocasión de sacrificarme aún más por ellos… ¡Sufficit!… y si hay que dar la vida en ello… ¡Amén!, como dice el cura de mi pueblo.

A las siete estábamos en camino. Si esta jornada del 21 de agosto no ofrecía más obstáculos que la de ayer, antes de que anocheciera habríamos atravesado ya este país de Turingia.

En todo caso, empezó bien. Las primeras horas fueron duras, sin duda, porque el camino subía entre las lomas hasta el punto de que a veces hubo que dar un empujón a las ruedas. En suma, salimos del paso sin demasiada pena.

Hacia mediodía habíamos alcanzado lo más alto de un desfiladero que se llama el Gebauër, si la memoria no me falla, y que atraviesa la garganta más elevada de la cadena. Ya no quedaba más que bajar hacia el oeste. Sin lanzarnos a toda marcha —lo que no habría sido prudente—, avanzaríamos deprisa.

El tiempo no había dejado de ser tormentoso. Si bien la lluvia no caía desde la salida del sol, el cielo se había cubierto de esas nubes espesas que parecen enormes bombas. Basta un choque para que estallen. Entonces viene la tormenta, siempre temible en los países de montaña.

En efecto, hacia las seis de la tarde, se oyeron los retumbos del trueno. Estaban aún lejos, pero se acercaban con extremada rapidez.

La señorita Marthe, acurrucada en el fondo de la berlina, absorta en sus pensamientos, no parecía asustarse demasiado. Mi hermana cerraba los ojos y permanecía inmóvil.

– ¿No sería mejor hacer un alto? —me dijo el señor de Lauranay, asomándose por la portezuela.

– Es probable —respondí—, y me detendré con la condición de encontrar un lugar apropiado para pasar la noche. En esta pendiente apenas sería posible.

– ¡Prudencia, Natalis!

– Esté tranquilo, señor de Lauranay.

Aún no había terminado de responder cuando un inmenso relámpago envolvió la berlina y los caballos. El rayo acababa de caer sobre un enorme abedul a nuestra derecha. Por fortuna, el árbol se había desplomado hacia el lado del bosque.

Los caballos se habían desbocado violentamente. Sentí que ya no los dominaba. Bajaron el desfiladero a toda carrera, a pesar de los esfuerzos que hice por contenerlos. Ellos y yo estábamos cegados por los relámpagos, ensordecidos por los estampidos del rayo. Si aquellas bestias enloquecidas hacían un extravío, la berlina se precipitaría en los hondos barrancos que bordeaban el camino.

De pronto, las riendas se rompieron. Los caballos, más libres, se lanzaron con más furia todavía. Una catástrofe inevitable nos amenazaba.

De pronto se produjo un choque. La berlina acababa de golpear contra el tronco de un árbol atravesado en el desfiladero. Los tirantes se rompieron. Los caballos saltaron por encima del árbol. En aquel lugar, el desfiladero formaba un recodo brusco, más allá del cual las desdichadas bestias desaparecieron en el abismo.

La berlina se había roto con el choque, rotas las ruedas delanteras, pero no había volcado. El señor de Lauranay, la señorita Marthe y mi hermana salieron de ella sin heridas. Yo, aunque había sido arrojado desde lo alto del pescante, estaba al menos sano y salvo.

¡Qué accidente tan irreparable! ¡Qué iba a ser de nosotros ahora, sin medio de transporte, en medio de aquella Turingia desierta! ¡Qué noche pasamos!

Al día siguiente, 23 de agosto, hubo que reanudar aquel penoso camino, tras abandonar la berlina, de la que no habríamos podido servirnos, aunque otros caballos hubieran reemplazado a los que habíamos perdido.

Había hecho un hatillo de provisiones y efectos de viaje que llevaba al hombro, al extremo de un palo. Bajábamos por el estrecho desfiladero que, si el señor de Lauranay no se equivocaba, debía desembocar en la llanura. Yo caminaba delante. Mi hermana, la señorita Marthe y su abuelo me seguían lo mejor que podían. No calculo en menos de tres leguas la distancia que recorrimos aquel día. Al caer la noche, cuando hicimos alto, el sol poniente iluminaba las vastas llanuras que se extienden, hacia el oeste, al pie de las montañas de Turingia.

Sürgöny

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