CAPÍTULO XII
EN EL QUE J. T. MASTON CONTINUA HEROICAMENTE CALLADO
De modo que, después del cañón empleado para enviar un proyectil de la Tierra a la Luna, el cañón empleado para modificar el eje terrestre! ¡El cañón! ¡Siempre el cañón! Pero ¿es que no tienen otra cosa en la cabeza esos artilleros del Gun Club? ¡ Están atacados de la locura del «cañonismo intensivo»! ¿Es que hacen del cañón la ultima ratio en este mundo? ¿Es que este infernal aparato es el soberano del Universo? ¿Es que el rey cañón es el supremo regulador de las leyes industriales y cosmológicas?
¡Sí, hay que confesarlo! El cañón era el aparato que debía imponerse al espíritu del presidente Barbicane y de sus colegas. No se consagra uno impunemente a la balística toda la vida. ¡ Después del Columbia de Florida, debía llegar el cañón monstruo de... del lugar x! No se les oye ya gritar con voz estentórea :
– ¡Apuntad a la Luna...! Primera pieza... ¡Fuego!
Ahora se disponen a lanzar este grito:
– Cambiad el eje de la Tierra... Segunda pieza... j Fuego!
Mientras llegaba esta voz de mando que el universo tenía tan buena gana de lanzarles;
– ¡Al Manicomio...! Tercera pieza... ¡Fuego!
¡Verdaderamente, su operación podría titularse SIN ARRIBA NI ABAJO o LO DE ARRIBA ABAJO; pues que en adelante ya no habría ni «abajo» ni «arriba», y, según la expresión de Alcides Pierredos, se seguiría un revoltillo general.
Como quiera que sea, la publicación de la nota redactada por la Comisión de Información produjo un efecto de que nada podría dar idea. Hay que convenir en que lo que decía no era para tranquilizar. De los cálculos de J. T. Maston resultaba que el problema de mecánica había sido resuelto por completo. La operación. intentada por el presidente Barbicane y por el capitán Nicholl –esto estaba muy claro– iba a introducir una modificación de las más lamentables en el movimiento de rotación diurna. Un nuevo eje iba a sustituir al antiguo... Y ya se sabe cuáles debían ser las consecuencias de esta sustitución.
La obra de Barbicane y Compañía fue, pues, definitivamente juzgada, maldecida, denunciada a la reprobación general. Lo mismo en el Antiguo que en el Nuevo Mundo, los miembros del Consejo de Administración de la North Polar Practical Association no tuvieron más que adversarios. Si les quedaban algunos partidarios entre los cerebros calientes de los Estados Unidos, eran muy raros.
Verdaderamente, desde el punto de vista de su seguridad personal, el presidente Barbicane y el capitán Nicholl habían obrado muy prudentemente abandonando Baltimore y América. Se puede creer con fundamento que les habría ocurrido alguna desgracia. No se puede impunemente amenazar en masa a mil cuatrocientos millones de habitantes, trastornar sus hábitos con un cambio producido en las condiciones de habitabilidad de la Tierra, y hasta inquietarlos sobre su existencia, provocando una catástrofe universal.
Ahora bien: ¿cómo habían desaparecido los dos individuos del Gun Club sin dejar ningún rastro? ¿Cómo había podido partir, sin que nadie lo advirtiera, el material y el personal necesarios para tal operación?
Centenares de vagones, si había sido por ferrocarril; centenares de barcos, si había sido por mar, no habrían bastado para transportar los cargamentos de carbón, de metal y de meli-melonita. Era del todo incomprensible que aquella partida hubiera podido realizarse de incógnito. Así era, sin embargo. Además, después de serias investigaciones, se supo que no se había hecho ningún pedido, ni a las fundiciones metalúrgicas, ni a las fábricas de productos químicos de todo el globo. Esto era inexplicable, pero ya se explicaría algún día.
Mas, si el presidente Barbicane y el capitán Nicho 11, desaparecidos misteriosamente, estaban al abrigo de un peligro inmediato, su colega J. T. Maston, oportunamente puesto bajo llave, podía temerlo todo de las represalias. ¡Bah! ¡Apenas se preocupaba de ello! ¡Qué admirable testarudo este matemático! Era de hierro, como su antebrazo. Nada le hacía ceder.
Desde el fondo de la celda que ocupaba en la prisión de Baltimore, el secretario del Gun Club absorbíase más y más en la contemplación lejana de sus colegas, a quienes no había podido seguir. Allí evocaba la visión del presidente Barbicane y del capitán Nicholl, preparando su gigantesca operación en aquel punto desconocido del globo, a donde nadie iría a estorbarlos. ¡Veíalos fabricando su enorme aparato, combinando su meli-melonita, fundiendo el proyectil que bien pronto contaría el Sol en el número de sus pequeños planetas! Este nuevo astro llevaría el nombre encantador de Scorbitta, testimonio de galantería y de estimación hacia la rica capitalista de New-Park. Y J. T. Maston calculaba los días que faltaban para la fecha fijada para el disparo.
Se estaba ya en los primeros de abril. Dentro de dos meses y medio el astro del día, después de haberse detenido en el solsticio en el trópico de Cáncer, retrocedería hacia el de Capricornio. Tres meses más tarde atravesaría la línea ecuatorial en el equinoccio de otoño. Y entonces acabarían todas aquellas estaciones que desde hace millones de siglos se sucedían tan regularmente y tan «estúpidamente» durante el curso de cada año terrestre. Aquel año en 189... sería el último en que el esferoide se viese sometido a la desigualdad de los días y las noches. Ya no habría más que un mismo número de horas entre la salida y la puesta del sol en todos los horizontes del globo.
¡Verdaderamente, aquella era una obra magnífica, sobrehumana, divina! J. T. Maston olvidaba el dominio ártico y la explotación de las minas hulleras del antiguo Polo para no ver más que las consecuencias cosmográficas de la operación. El objeto principal de la nueva Sociedad desaparecía en medio de las transformaciones que iban a cambiar la faz del mundo.
Pero el mundo no quería cambiar de faz, no. ¡Estaba siempre joven la que Dios le había dado en las primeras horas de la creación!
En cuanto a J. T. Maston, solo y sin defensa en el fondo de su celda, seguía resistiendo a todas las presiones que se intentaba ejercer sobre él. Los miembros de la Comisión venían diariamente a visitarle; pero no podían conseguir nada. Ocurriósele entonces a John Prestice la idea de utilizar una influencia que conseguiría, acaso, algo más que la suya: la de la señora Evangelina Scorbitt. Nadie ignoraba de cuánta adhesión era capaz esta respetable viuda cuando se trataba de las responsabilidades de J. T. Maston, y cuánto interés tenía por el célebre matemático.
Así, después de haber deliberado sobre ello los individuos de la Comisión, la señora Evangelina Scorbitt fue autorizada para ver al prisionero siempre que quisiera. ¿No estaba ella también, lo mismo que los demás habitantes del globo, amenazada por el culatazo del cañón monstruo? ¿Es que su hotel de New-Park podría escapar mejor de la catástrofe final que la choza del más humilde habitante de los bosques o el wigwam del indio de las praderas? ¿Es que no iba en aquello su existencia, como la del último de los samoyedos o del más oscuro insular del Pacífico? Esto es lo que el presidente de la Comisión le hizo comprender, y por lo cual se le rogó que ejerciese su influjo sobre el espíritu de J. T. Maston.
Si éste se decidía al fin a hablar, si quería decir en qué sitio el presidente Barbicane y el capitán Nicholl – y seguramente el numeroso personal que tendrían a sus órdenes– estaban ocupados en sus preparativos, todavía sería tiempo de ir en su busca, de encontrar sus huellas, de poner fin a los terrores, angustias y espantos de la humanidad.
La señora Evangelina Scorbitt tuvo, pues, entrada en la prisión. Lo que ella deseaba, por encima de todo, era ver a J. T. Maston, arrancado por las manos de la policía al bienestar de su cottage, de su quinta.
¡Pero era conocer mal a la enérgica Evangelina Scorbitt creerla esclava de las debilidades humanas! Si el 9 de abril se hubiese pegado a la puerta de la celda algún oído indiscreto, he aquí lo que habría escuchado, no sin sorpresa:
– ¡Al fin os vuelvo a ver, mi querido Maston!
– ¿Vos, señora Scorbitt?
– Sí, amigo mío; después de cuatro largas semanas de separación...
– Exactamente, veinticinco días, cinco horas y cuarenta y cinco minutos – respondió J. T. Maston, después de haber consultado su reloj.
– ¡Al fin estamos reunidos!
– Pero ¿cómo os han dejado llegar hasta mí, querida señora Scorbitt?
– Con la condición de usar de la influencia debida a un afecto sin límites sobre el que es objeto de ella.
– ¡Cómo! ¡Evangelina! –exclamó J. T. Maston–. ¡Habréis consentido en darme tales consejos...! ¡Habréis podido pensar que yo podría hacer traición a mis compañeros!
– ¿Yo, querido Maston...? ¡Mal me conocéis! ¡Yo pediros que sacrifiquéis vuestro honor y vuestra seguridad...! ¡Yo impulsaros a un acto que sería la vergüenza de toda una vida consagrada a las más altas especulaciones de la matemática trascendental...!
– ¡Enhorabuena, señora Scorbitt! ¡Encuentro en vos la generosa accionista de nuestra Sociedad! ¡No! ¡Jamás había yo dudado de vuestro gran corazón!
– ¡Gracias, querido Maston!
– En cuanto a mí, divulgar nuestra obra; revelar en qué punto del globo va a hacerse nuestro prodigioso disparo; vender, por decirlo así, este secreto que he podido, afortunadamente, ocultar en lo más profundo de mi pecho; permitir a estos bárbaros lanzarse a la persecución de nuestros amigos; interrumpir trabajos que harán nuestra fortuna y nuestra gloria...! ¡Antes morir!
– ¡Sublime, Maston! –exclamó la señora Scorbitt.
Verdaderamente, aquellos dos seres, tan estrechamente unidos por el mismo entusiasmo –y tan insensatos, por lo demás, el uno como el otro– estaban hechos para comprenderse.
– ¡No; jamás sabrán el nombre del país que mis cálculos han designado y cuya celebridad va a ser inmortal! –añadió J. T. Maston–. ¡Que me maten, si quieren, pero no me arrancarán mi secreto!
– ¡Y que me maten con vos! –exclamó la señora Evangelina Scorbitt–. Yo también permaneceré muda...
– ¡ Felizmente, querida Evangelina, ignoran que poseéis este secreto!
– ¿Es que creéis, querido Maston, que yo sería capaz de descubrirlo, porque soy mujer? ¡ Hacer traición a nuestros colegas y a vos...! ¡No, amigo mío, no! ¡Que esos filisteos subleven contra vos la población de las ciudades y de los campos; que el mundo entero penetre por la puerta de esta celda para arrancároslo...! Pues bien; ¡yo estaré aquí, y tendremos al menos el consuelo de morir juntos...!
Si esto pudiera ser un consuelo, ¿podía soñar J. T. Maston uno más dulce que el de morir en los brazos de la señora Evangelina Scorbitt?
De este modo acababa la conversación, siempre que la excelente señora iba a visitar al prisionero.
Y cuando los individuos de la Comisión le preguntaban sobre el resultado de las entrevistas:
– ¡Nada todavía! –decía–. Acaso con el tiempo conseguiré...
«¡Con el tiempo!», decía. Pero el tiempo transcurría muy deprisa. ¡Pasaban las semanas como días, los días como horas, las horas como minutos!
Había llegado mayo. La señora Evangelina Scorbitt no había conseguido nada de J. T. Maston, y allí donde aquella mujer tan influyente había fracasado, nadie podía abrigar la esperanza de triunfar. ¿Habría que resignarse a esperar el terrible golpe, sin que se presentase una probabilidad de impedirlo?
¡Pues bien, no! En tales situaciones no se puede aceptar la resignación. Los delegados de las potencias europeas insistieron más que nunca, y se entabló una lucha continua entre ellos y los miembros de la Comisión. Hasta el flemático Jacques Jansen, a despecho de su placidez holandesa, les colmaba de recriminaciones diarias. El coronel Boris Karkov tuvo hasta un duelo con el secretario de dicha Comisión –duelo en el cual no hirió más que ligeramente a su adversario–. En cuanto al mayor Donellan, no se batió a arma de fuego, ni arma blanca– lo que es contrario a los usos británicos–; pero al menos, apadrinado por su secretario Dean Toondrik, cambió algunas docenas de puñetazos, en un boxe en regla, con William S. Forster, el flemático consignatario de bacalao, el testaferro de la North Polar Practical Association, quien, por otra parte, no sabía una palabra del asunto.
En realidad, se conjuraba el mundo para hacer a los americanos de los Estados Unidos responsables de los actos de uno de sus más gloriosos hijos: Impey Barbicane. Se hablaba nada menos que de retirar los embajadores y los ministros plenipotenciarios acreditados cerca de aquel imprudente Gobierno de Washington y de declararle la guerra.
¡Pobres Estados Unidos! ¡Qué más hubiesen deseado que poder echar mano a Barbicane y Compañía! En vano respondían que las potencias de Europa, de Asia, del África y de Oceanía tenían carta blanca para prenderlo donde lo encontraran, porque ni siquiera se les escuchaba. Y hasta entonces había sido imposible descubrir en qué lugar el presidente y su colega se ocupaban en preparar su abominable operación.
A esto respondían las potencias extranjeras:
– ¡Tenéis a J. T. Maston, su cómplice! ¡Y J. T. Maston sabe a qué atenerse acerca de Barbicane! ¡Haced, pues, hablar a J. T. Maston!
¡Hacer hablar a Maston! Tanto hubiera valido arrancar una palabra a Harpócrates, dios del silencio, o al sordomudo en jefe del Instituto de Nueva York.
Y creciendo la irritación con la inquietud universal, algunos espíritus prácticos recordaron lo que la tortura de la Edad Media tenía de bueno, los brodequines, el atenazamiento de los pechos, el plomo derretido, tan poderoso para soltar las lenguas más rebeldes, el aceite hirviendo, el potro, el tormento del agua, el descoyuntamiento, etc. ¿Por qué no servirse de estos medios que la justicia de otras épocas no vaciló en emplear en circunstancias menos graves, y para casos particulares que no interesaban sino muy indirectamente a las masas?
Pero, hay que reconocerlo, estos medios, justificados por las costumbres de otros tiempos, no podían ser empleados a fines de un siglo de dulzura y tolerancia –de un siglo tan humanitario como el siglo XIX, caracterizado por la invención del fusil de repetición, de las balas de siete milímetros y de las trayectorias de un alcance inverosímil–; de un siglo que admite en las relaciones internacionales el empleo en los obuses de la melinita, la roburita, la belita, la panclastita, la meganita y otras sustancias acabadas en ita, que no son nada ciertamente al lado de la meli-melonita.
J. T. Maston no tenía, pues, que temer ser sometido al tormento ordinario o extraordinario. Todo lo que se podía esperar es que, comprendiendo al fin su responsabilidad, se decidiera acaso a hablar, o que, si se negaba, hablase la casualidad por él.