CAPÍTULO X
EN EL QUE COMIENZAN A MANIFESTARSE DIVERSOS MOTIVOS DE INQUIETUD
Había transcurrido un mes desde la reunión celebrada en los salones del Gun Club. Durante este tiempo, la opinión pública se había modificado ostensiblemente. Habían sido olvidadas las ventajas del cambio de eje de rotación, y se comenzaban a ver con claridad las desventajas. Era imposible que no sobreviniera una catástrofe, porque el cambio sería producido verosímilmente por una violenta sacudida. En qué consistiría esa catástrofe, esto es lo que no se podía precisar. En cuanto al mejoramiento de los climas, ¿era cosa tan deseable? Verdaderamente, con ello sólo ganarían los esquimales, los lapones, los samoyedos, los tchuktchis, puesto que nada tenían que perder.
¡Había que oír a los delegados europeos en sus declamaciones contra el presidente Barbicane! ¡Habían empezado por enviar informes a sus Gobiernos; habían gastado el cable con la incesante circulación de sus despachos; habían pedido y habían recibido instrucciones...! Y ya se sabe lo que son estas instrucciones, arregladas siempre a las fórmulas del arte diplomático, con sus graciosas reservas: «¡Demostrad mucha energía, pero no comprometáis a vuestro Gobierno! ¡Obrad con resolución, pero no toquéis al statu quo!»
Entretanto, el señor Donellan y sus colegas no cesaban de protestar en nombre de sus países amenazados, en nombre del Antiguo Continente sobre todo.
En efecto; es evidente –decía el coronel Boris Karkov– que los ingenieros americanos han debido de tomar sus medidas para evitar en lo posible a los Estados Unidos las consecuencias del choque.
– Pero, ¿podrán? –decía Jan Harald–. Cuándo se sacude un olivo, ¿no sienten la sacudida todas las ramas?
– Y cuando recibís un puñetazo en el pecho –añadía Jacques Jansen–, ¿no queda quebrantado todo vuestro cuerpo?
– ¡He ahí lo que significaba la famosa cláusula del documento! –exclamaba Dean Toondrik–. ¡He ahí por qué preveía ciertas modificaciones geográficas o meteorológicas en la superficie del globo!
– ¡Sí! –decía Eric Baldenak–; y lo que desde luego se puede temer, es que el cambio del eje lance los mares fuera de sus naturales lechos...
– Y si el nivel oceánico baja en diferentes puntos –hacía observar Jacques Jansen–, ¿no sucederá que ciertos habitantes quedarán a alturas tales, que les será imposible toda comunicación con sus semejantes...?
– ¡Y eso si no quedan en capas de tan poca densidad –añadía Jan Harald–, que no tengan el aire necesario para la respiración!
– ¡Figuraos a Londres a la altura del Mont-Blanc! –exclamaba el comandante Donellan.
Y con las piernas abiertas y la cabeza echada hacia atrás, aquel gentleman miraba al cenit, como si la capital del Reino Unido se perdiese en las nubes.
En suma: aquello constituía un peligro público, tanto más inquietante, cuanto que ya se presentía cuáles serían las consecuencias de la modificación del eje terrestre.
Tratábase, en efecto, nada menos que de un cambio de veintitrés grados y veintiocho minutos; cambio que debía producir un desplazamiento considerable de los mares, debido al aplastamiento de la Tierra en los antiguos Polos. ¿Estaba, pues, amenazada la Tierra de trastornos parecidos a los que se cree haberse observado recientemente en ¡a superficie del planeta Marte? ¡En éste, continentes enteros, entre otros la Libia de Schiaparelli, han sido sumergidos – lo que indica el color azul oscuro sustituido por el rojizo! ¡En éste han sido modificados en el Norte seiscientos mil kilómetros cuadrados, mientras que al Sur los océanos han abandonado las amplias llanuras que ocupaban antes! Y si algunas almas caritativas se habían inquietado por la suerte de los «inundados de Marte», y habían propuesto abrir suscripciones en su favor, ¿qué habría que hacer cuando se tratara de los inundados de la Tierra?
Comenzaron a surgir protestas en todas partes, y el Gobierno de los Estados Unidos viose obligado a pensar en el asunto. En todo caso, más valía no intentar el experimento que exponerse a las catástrofes que produciría con seguridad. El Creador había hecho bien las cosas. No había necesidad ninguna de poner una mano temeraria sobre su obra.
Pero... ¿se querrá creer? ¡Había espíritus bastante ligeros para bromear sobre cosas tan graves!
– ¡Ya veis –decían– lo que quieren hacer esos yanquis! ¡Ensartar la Tierra en otro eje! ¡Si a fuerza de girar sobre el actual durante millones de siglos lo hubiera gastado con el roce, acaso fuera oportuno cambiarlo como se cambia el eje de una polea o de una rueda! Pero ¿no está en tan buen estado como en los primeros días de la creación?
¿Qué se podía responder a esto?
Y en medio de todas aquellas recriminaciones, el ingeniero Alcides Pierredos trataba de adivinar cuáles serían la naturaleza y la dirección del choque imaginado por J. T. Maston, así como el punto del globo donde se produciría. Una vez dueño del secreto, él deduciría cuáles serían las partes amenazadas del esferoide terrestre.
Ya se ha indicado antes que los terrenos del Antiguo Continente no podían ser experimentados en el Nuevo, al menos en aquella parte comprendida bajo la denominación de América Septentrional, que pertenece más especialmente a la Confederación americana. En efecto; era admisible que el presidente Barbicane, el capitán Nicholl y J. T. Maston, en su cualidad de americanos, hubiesen pensado en preservar a los Estados Unidos de las emersiones o inmersiones que debía ocasionar el cambio del eje en diversos puntos de Europa, de Asia, de África y de Oceanía. O se es o no se es yanqui –y los tres lo eran en alto grado–, yanquis «fundidos en una pieza», como había dicho Barbicane cuando desarrolló su proyecto de viaje a la Luna.
Evidentemente, toda la parte del Nuevo Continente comprendida entre las tierras árticas y el golfo de México, no debía temer nada del choque en perspectiva. Hasta es probable que América pudiera aprovecharse de un considerable aumento de territorio. En efecto: ¿quién sabe si, en los lechos abandonados por ambos Océanos, no encontraría tantas provincias que anexionar como estrellas había ya en su pabellón?
– ¡Sí, sin duda! Pero –decían los espíritus apocados, los que nunca ven más que el lado peligroso de las cosas–, ¿se puede estar jamás seguro aquí abajo < de nada? ¿Y si J. T. Maston se hubiera equivocado en sus cálculos? ¿Y si el presidente Barbicane cometía algún error al llevarlos a la práctica? A los más hábiles artilleros podía ocurrirles esto. ¡No siempre ponen la bala en el blanco!
Como se comprenderá, estas inquietudes eran explotadas cuidadosamente por los delegados europeos. El secretario Dean Toondrik publicó muchos artículos en este sentido, y de los más violentos, en el Standard; Jan Harald, en el periódico sueco Aftenbladet, y el coronel Boris Karkov, en el periódico ruso de gran circulación Novoie-Vremia. Hasta en América se dividieron las opiniones. Si los republicanos, que son liberales, siguieron siendo partidarios del presidente Barbicane, los demócratas, que son conservadores, se declararon contra él. Una parte de la prensa americana, principalmente el Diario de Boston, La Tribuna, de Nueva York, etc., hicieron coro a la prensa europea. Y en los Estados Unidos, desde la organización de la Associated Press y de la United Press, el periódico ha llegado a ser un formidable agente de informaciones, pues que el precio de las noticias locales o extranjeras excede anualmente, en mucho, de la cifra de veinte millones de dólares.
En vano otras publicaciones –y no de las de menos circulación– quisieron ponerse al lado de la North Polar Practical Association. En vano la señora Evangelina Scorbitt pagó diez dólares la línea de artículos de fondo, artículos de pura imaginación y arranques de ingenio, donde se arremetía contra aquellos peligros que se calificaban de quiméricos. En vano aquella vehemente viuda trabajó para demostrar que no había hipótesis más injustificable que la de que J. T. Maston hubiera podido cometer un error de cálculo. En una palabra: América, amedrentada, inclinóse poco a poco a ponerse casi toda ella al unísono con Europa. Por lo demás, ni el presidente Barbicane, ni el secretario del Gun Club ni siquiera los miembros del Consejo de Administración, se tomaban el trabajo de responder. Dejaban decir, y no cambiaban en nada sus costumbres. Ni aún parecía que estuviesen ocupados en los inmensos preparativos que debía necesitar tal operación. ¿Preocupábanse al menos de la mudanza de la opinión pública, de la desaprobación general, que se acentuaba contra un proyecto acogido desde el principio con tanto entusiasmo? No lo parecía.
Bien pronto, a pesar de la adhesión de la señora Evangelina Scorbitt y de las grandes sumas que consagró a su defensa, el presidente Barbicane, el capitán Nicholl y J. T. Maston pasaron a ser considerados como seres peligrosos para la seguridad del planeta. El Gobierno federal fue conminado oficialmente por las potencias europeas para que interviniese en el asunto y preguntase a sus iniciadores. Estos debían dar a conocer claramente sus medios de acción, declarar por qué procedimiento intentaban sustituir con un eje nuevo el antiguo
– lo que permitiría deducir las consecuencias respecto de la seguridad general–; designar, en fin, las partes del globo que serían directamente amenazadas; en una palabra, decir todo lo que la inquietud pública no conocía y todo lo que la prudencia quería conocer.
El Gobierno de Washington no se hizo de rogar. La emoción, que había ganado a los Estados del Norte, del centro y del Sur de la República, no le permitía vacilar. Por decreto de 19 de febrero se nombró una Comisión de información, compuesta de mecánicos, de ingenieros, de matemáticos, de hidrógrafos y de geógrafos, en número de cincuenta, presidida por el célebre John Prestice, y con poderes plenos para hacerse dar cuenta de la operación, y, en caso de necesidad, prohibirla.
La primera medida que se tomó fue mandar comparecer a Barbicane ante la Comisión.
El presidente Barbicane no compareció.
Fueron enviados agentes a buscarlo en su domicilio particular; 95, Cleveland Street, en Baltimore.
El presidente Barbicane no estaba allí.
¿Dónde estaba?
No se sabía.
¿Cuándo se había marchado?
Hacía cinco semanas había abandonado la gran ciudad de Maryland, y Maryland mismo, en compañía del capitán Nicholl.
¿Dónde habían ido todos?
Nadie pudo decirlo.
Evidentemente, los dos miembros del Gun Club encaminábanse a aquella misteriosa región, en donde debían comenzar los preparativos bajo su dirección.
Pero ¿cuál podía ser ese lugar...?
Compréndese que hubiera un gran interés en saberlo, si se quería ahogar en germen el plan de estos peligrosos ingenieros, ahora que aún era tiempo.
La decepción causada por la partida del presidente Barbicane y del capitán Nicholl fue enorme. Prodújose inmediatamente un flujo de cólera que subió como una marea de equinoccio contra los administradores de la North Polar Practical Association.
Pero había un hombre que debía saber dónde habían ido el presidente Barbicane y su colega. Sólo un hombre podía inmediatamente contestar al gigantesco signo de interrogación que se dibujaba por todo el globo.
Este hombre era J. T. Maston.
J. T. Maston fue citado para comparecer ante la Comisión de información.
Pero J. T. Maston no acudió.
¿También él había abandonado Baltimore? ¿Había ido a reunirse con sus colegas para ayudarles en aquella obra, cuyos resultados esperaba el mundo entero con tan justificado espanto?
¡No! J. T. Maston habitaba siempre Ballistic-Cottage, en el número 109 de Franklin Street, trabajando sin cesar, distrayéndose ya en otros cálculos, no interrumpiendo sus tareas más que para pasar algunas veladas en los salones de la señora Evangelina Scorbitt, en el suntuoso hotel de New-Park.
El presidente de la comisión envió un agente con orden de traérselo consigo. El agente llegó al cottage, llamó a la puerta, se introdujo en el vestíbulo, fue muy mal recibido por el negro Fire-Fire, y peor todavía por el dueño de la casa.
Sin embargo, J. T. Maston creyó deber acudir a la invitación, y cuando estuvo en presencia de los comisionados, no disimuló su disgusto porque se interrumpieran sus habituales ocupaciones.
Hízosele, en primer lugar, esta pregunta:
– ¿Sabe el secretario del Gun Club dónde se encuentran actualmente el presidente Barbicane y el capitán Nicho 11?
– Lo sé. –respondió J. T. Maston con voz firme–; pero no me creo autorizado para decirlo.
Segunda pregunta:
– ¿Se ocupan sus colegas en los preparativos necesarios para la operación del cambio del eje terrestre?
– Esto –respondió J. T. Maston –pertenece al secreto que estoy obligado a guardar, y rehuso responder.
– ¿Querría comunicar su trabajo a la Comisión de Informes, que juzgaría si era posible dejar que se realizasen los proyectos de la Sociedad?
– ¡No, ciertamente, no lo comunicaré! ¡Antes lo aniquilaría...! ¡Estoy en mi deber, como ciudadano libre de América, al no comunicar a nadie el resultado de mis trabajos!
– Pero si ese es vuestro derecho, señor Maston –dijo el presidente Prestice con voz grave, como si hubiera hablado en nombre del mundo entero–, acaso es vuestro deber hablar ante la emoción general, a fin de poner término al terror de las poblaciones terrestres.
J. T. Maston no creía que fuese éste su deber; no tenía otro que el de callarse, y se callaría.
A pesar de su insistencia, de sus súplicas, de sus amenazas, los individuos de la Comisión no pudieron conseguir nada del hombre del gancho de hierro. \ Jamás, no! ¡Nunca se habría podido creer que hubiera tanta terquedad bajo un cráneo de gutapercha!
J. T. Maston se fue como había venido, y no hay que decir si sería felicitado por la señora Scorbitt por su valerosa actitud.
Cuando fue conocido el resultado de la comparecencia de J. T. Maston, la indignación pública revistió formas verdaderamente alarmantes para la seguridad del artillero retirado. La presión sobre los altos representantes del Gobierno federal fue tal, y tan violenta la intervención de los delegados europeos y de la opinión pública, que el ministro de Estado, John S. Wright, tuvo que pedir a sus colegas autorización para obrar manu militari.
Una noche, el 13 de marzo, estaba J. T. Maston en el gabinete del BallisticCottage, embebido en sus cifras, cuando sonó febrilmente el timbre del teléfono.
– ¿Quién me habla? –preguntó Maston.
– Evangelina Scorbitt.
– ¿Qué quiere la señora Scorbitt?
– ¡Poneros en guardia! Acabo de saber que esta misma noche...
Aún no había llegado la frase a los oídos de J. T. Maston, cuando la puerta de Ballistic-Cottage fue violentamente abierta. Oíase en la escalera que conducía al gabinete un gran tumulto, y ruido de voces que disputaban. Después escuchóse como la caída de un cuerpo.
Era el negro Fire-Fire, que rodaba por las escaleras, después de haber intentado en vano defender contra los asaltantes el home de su señor.
Un momento después saltaba la puerta del gabinete, y aparecía un constable seguido de sus agentes.
Aquel constable llevaba la orden de practicar una visita domiciliaria en el cottage, de apoderarse de los papeles de J. T. Maston y de asegurarse de su persona.
El secretario del Gun Club cogió un revólver, y con él amenazó a los agentes.
En un instante, gracias al número, fue desarmado, y recogidos todos los papeles, cubiertos de fórmulas y de cifras, que llenaban su mesa.
De pronto, soltándose por un movimiento brusco, J. T. Maston apoderóse de un cuaderno que verosímilmente contenía el conjunto de sus cálculos.
Los agentes se lanzaron a arrancárselo, si era preciso, hasta con la vida...
Pero J. T. Maston pudo abrirlo con presteza, arrancarle la última hoja, y con más presteza todavía, tragársela como una píldora.
Una hora después J. T. Maston estaba encerrado en la prisión de Baltimore.
Y esto era lo mejor que podía sucederle, porque la población se hubiera entregado, contra su persona, a excesos muy sensibles para él, y que la policía no hubiera podido evitar.