El pais de las pieles · Parte 2

XX

EN ALTA MAR

La isla Victoria flotaba por entonces en la parte más ancha del mar de Behring, a 600 millas aún de las primeras Aleutinas, y a más de 200 de la costa más cercana del Este. Su desplazamiento seguía verificándose con una velocidad relativamente considerable; pero, aun suponiendo que ésta no experimentase ninguna disminución, le serían necesarias tres semanas más, por lo menos, para llegar a esta barrera meridional del mar de Behring.

¿Podría durar hasta entonces aquella isla, cuya base se adelgazaba diariamente bajo la acción de las aguas tibias, y en un ambiente cuya temperatura media era de 50° Fahrenheit (10° centígrados sobre cero)? ¿No podía su suelo entreabrirse a cada instante?

El teniente Hobson activaba cuanto le era posible la construcción de la balsa, cuya armazón inferior flotaba ya sobre las aguas del lago. Mac-Nap quería dar a este artefacto una gran solidez, a fin de que pudiese resistir durante largo tiempo, caso de ser necesario, las sacudidas del mar; porque era de suponer que si no encontraban algún ballenero en el mar de Behring, tendrían que recorrer a la deriva la considerable distancia que les separaba de las islas Aleutinas.

Entretanto, la isla Victoria no había experimentado ningún cambio de cierta importancia en su configuración general. Practicábanse diariamente reconocimientos; pero los exploradores no se atrevían a alejarse demasiado, porque a cada momento, una fractura del suelo, o el desprendimiento de un trozo de isla podía aislarlos del centro común. Nunca había seguridad de volver a ver a los que partían para estas exploraciones.

La profunda grieta abierta en las proximidades del cabo Miguel, que los fríos invernales habían vuelto a cerrar, se había abierto de nuevo poco a poco, extendiéndose en la actualidad por espacio de una milla hacia el interior, hasta el enjuto lecho del antiguo arroyuelo, y siendo de temer que se prolongase a lo largo de este cauce, donde la capa de hielo tenía menor espesor. En este caso, toda la porción comprendida entre el cabo Miguel y el puerto Barnett, limitada al Oeste por el lecho del riachuelo, es decir, un trozo enorme, de una superficie de varias millas cuadradas, habría desaparecido. El teniente Hobson recomendó, pues, a sus compañeros que no se aventurasen en él sin necesidad; porque bastaría un movimiento brusco del mar para desprender esta importante porción de la isla.

Practicáronse sondas en varios lugares, a fin de conocer cuáles eran los que ofrecían mayor resistencia a la disolución, a causa de su espesor, averiguándose así que este espesor era más considerable que en ningún otro lugar precisamente en las proximidades del cabo Bathurst, donde estuvo emplazada la antigua factoría; pero no el espesor de la capa de tierra, que esto no hubiera sido ninguna garantía, sino el de la base de hielo, lo cual era una circunstancia feliz. Mantuviéronse abiertos los orificios practicados para efectuar las sondas, y de este modo fue posible averiguar diariamente la diminución que experimentaba el espesor de la base de la isla. Esta diminución era lenta, pero incesante y continua. Podía calcularse que la isla no resistiría arriba de tres semanas más, teniendo en cuenta la circunstancia adversa de irse internando en aguas cada vez más caldeadas por la acción de los rayos solares.

Durante la semana comprendida entre el 19 y 25 de mayo, reinó un tiempo malísimo, declarándose una violenta tempestad. Los relámpagos iluminaron el cielo y los truenos atronaron el espacio. Agitado el mar por un fuerte viento Noroeste, formó elevadas olas que fustigaron extraordinariamente a la isla, imprimiéndole sacudidas poco tranquilizadoras. Toda la pequeña colonia permaneció constantemente alerta, dispuesta siempre a embarcarse en la balsa, cuya cubierta estaba ya casi terminada, habiéndose acondicionado en ella cierta cantidad de víveres y de agua dulce fin de prevenir cualquier eventualidad. Durante este tiempo, llovió copiosamente; y las tibias y anchas gotas de esta lluvia tempestuosa penetraron profundamente en el suelo y debieron atacar la base de la isla. Estas filtraciones disolvieron el hielo inferior en algunos lugares, produciéndose en su consecuencia sospechosas depresiones. La lluvia descarnó las laderas de algunos cerros, dejando al descubierto el hielo de la base; por lo cual fue preciso rellenar estas excavaciones con tierra y arena, a fin de substraer aquélla a la acción del calor. Sin esta precaución, el suelo hubiera quedado bien pronto agujereado como una espumadera.

Aquella tempestad causó también irreparables daños a las colinas cubiertas de bosque que rodeaban la orilla oriental del pequeño lago. Las abundantes lluvias arrastraron la tierra y la arena, desplomándose de esta suerte muchos árboles por faltarles apoyo a sus raíces. En una sola noche quedó transformado el aspecto de la porción de la isla comprendida entre el lago y el antiguo puerto Barnett. Apenas si quedaron algunos grupos de abedules y de pinos aislados que habían resistido a la tormenta. Eran éstos síntomas evidentes de descomposición que era imposible dejar de reconocer, pero contra los cuales la inteligencia humana era impotente. Jasper Hobson, Paulina Barnett, el sargento y todos en general veían bien que la efímera isla se deshacía poco a poco; todos se daban cuenta de ello, excepto, tal vez, Tomás Black, que, mudo siempre y sombrío, no parecía pertenecer ya a este mundo.

El día 23 de mayo, durante la tempestad, el cazador Sabine, que salió del alojamiento común una mañana en que la niebla era muy densa, estuvo a punto de ahogarse en un amplio orificio que se había abierto durante la noche en el preciso lugar que antes ocupaba la casa principal de la factoría.

Hasta entonces esta casa, sepultada bajo la espesa capa de tierra y arena, y hundida en sus tres cuartas partes, parecía haberse adherido fuertemente a la base de hielo de la isla; mas, sin duda, las ondulaciones del mar, al chocar contra la parte inferior de esta amplia escotadura, la agrandaron, y la casa, sobre la cual gravitaba el peso enorme de todas aquellas materias que un día constituyeron lo que fue cabo Bathurst, hundióse en el abismo. Tierra y arena deslizáronse en el enorme orificio, en cuyo fondo se precipitaron las agitadas aguas del mar.

A los gritos de Sabine, acudieron sus compañeros, quienes lograron sacarle de aquella improvisada trampa, a cuyas resbaladizas paredes trataba de agarrarse con desesperación, sin haber recibido otro mal que un baño inesperado que pudo tener muy mal fin.

Más tarde se vieron las vigas y tablas de la casa que, resbalando por la parte inferior de la isla, flotaban frente a la orilla, cual restos de un buque náufrago. Este fue el último destrozo causado por la tempestad, el cual vino a comprometer más aún la solidez de la isla, permitiendo que las aguas la fuesen disolviendo también por su interior, y viniendo a constituir una especie de cáncer que debía destruirla lentamente.

Durante la jornada del 25 de mayo, roló el viento al Nordeste, disminuyendo de intensidad al propio tiempo; cesó la lluvia y el mar comenzó a calmarse. La noche deslizóse tranquila, y, habiendo reaparecido el sol a la mañana siguiente, pudo efectuar Jasper Hobson una buena observación, viéndose al mediodía que la situación de la isla era la siguiente :

Longitud, 170° 23'.

Latitud, 56° 13'.

La velocidad de la isla era, pues, excesiva, toda vez que había avanzado cerca de 800 millas desde el lugar que ocupaba dos meses atrás, al comenzar el deshielo, en el estrecho de Behring.

Esta gran velocidad de desplazamiento hizo concebir una ligera esperanza a Jasper Hobson.

– Amigos míos —dijo a sus compañeros, mostrándoles la carta del mar de Behring—; ¿veis las islas Aleutinas? ¡Distan ya de nosotros menos de 200 millas! ¡Tal vez lleguemos a ellas dentro de ocho días!

– ¡Ocho días! —respondió el sargento Long sacudiendo la cabeza—. ¡Largo me parece el plazo!

– Debo añadir —prosiguió el teniente Hobson— que si nuestra isla hubiese seguido en su descenso el meridiano 178°, estaríamos ya en el paralelo de estas islas; pero evidentemente se desvía hacia el Sudoeste, siguiendo el eje de la corriente de Behring.

La observación era justa. La corriente tendía a llevarse la isla Victoria a gran distancia de las tierras, y a apartarla quizá de las islas Aleutinas, que, sólo se extienden hasta el meridiano 170°.

Paulina Barnett examinó la carta en silencio, contemplando el punto trazado con un lápiz que indicaba la posición de la isla, el cual, dada la gran extensión de la región representada, parecía casi imperceptibe. ¡Tan inmenso parecía el mar de Behring! Siguió con la mirada el camino recorrido desde el comienzo de! deshielo, camino que la fatalidad, o, por mejor decir, la inmutable dirección de las corrientes marinas, había dibujado a través de tantas islas, a gran distancia de los continentes, sin tocar en ninguna parte, abriéndose ante sus ojos entonces la infinita inmensidad del océano Pacífico.

Por fin, como arrancándose, por un supremo esfuerzo, a aquellos triste sueños y meditaciones sombrías, acabó por decir:

– Pero, ¿no habría medio de dirigir esta isla? Con ocho días más a esta misma velocidad, podríamos tal vez llegar a la última de las Aleutinas.

– ¡Esos ocho días sólo Dios puede otorgárnoslos! —respondió el teniente Hobson—. ¿Nos los querrá conceder? Le digo a usted, señora, con toda sincesidad, que nuestra salvación sólo puede llegarnos del Cielo.

– Participó de esa misma opinión, señor Jasper —replicó Paulina Barnett—; pero el Cielo quiere siempre que los hombres se ayuden a sí propios para hacerse acreedores a su protección. ¿Hay, pues, algo que hacer, algo que intentar que yo ignore?

Jasper Hobson sacudió la cabeza con aire de duda. Para él no existía más medio de salvación que la balsa; pero, ¿convendría embarcarse en ella sin demora, e improvisando una vela cualquiera con sábanas y mantas, tratar de ganar la costa más cercana?

Jasper Hobson consultó la cuestión con el sargento, con el carpintero Mac-Nap, en quien tenía gran confianza, con el herrero Rae y con los cazadores Marbre y Sabine; y todos ellos, después de haber pesado el pro y el contra, fueron de parecer que no debía abandonarse la isla mientras no fuera absolutamente imprescindible. En efecto, tan sólo como un último y supremo recurso podría recurrirse a aquella balsa, que barrerían incensantemente las olas, y que no tendría ni siquiera la velocidad de la isla, cuyo avance hacia el Sur activaban los icebergs. En cuanto al viento, soplaba generalmente del Este, y tendería más bien, por lo tanto, a alejar la ¡balsa de toda tierra.

Era preciso, pues, esperar; esperar más aún, toda vez que la isla corría rápidamente hacia las Aleutinas. Cuando ya se encontrasen próximos a este grupo, se estudiaría la resolución que más conviniese adoptar.

Este era, efectivamente, el partido más acertado que podía tomarse, siendo indudable que si en el plazo de ocho días no decrecía la velocidad de la isla, o se detendría ésta en la frontera meridional del mar de Behring, o, arrastrada hacia el Sudoeste, entraría en las aguas del Pacífico y se perdería sin remedio.

Pero la fatalidad, que tanto se había cebado, y durante tanto tiempo, en aquellos infelices invernantes, iba a herirlos aún con otro nuevo golpe. La velocidad de traslación con la que siempre contaban iba a faltarle en breve.

En efecto, durante la noche del 26 al 27 de mayo, sufrió la isla Victoria un último cambio de orientación cuyas consecuencias fueron extraordinariamente graves. Efectuóse sobre sí misma medio giro, quedando los icebergs, restos del gran banco polar, que la impulsaban por el Norte, adosados a su costa Sur.

Por la mañana, los náufragos —¿cometemos alguna impropiedad al aplicarles tal nombre?— vieron salir el sol por la parte del cabo Esquimal y no por el horizonte del puerto Barnett, como estaban acostumbrados.

¿Cuáles iban a ser las consecuencias de este cambio de orientación? ¿No se separarían de la isla aquellas montañas de hielo?

Todos presintieron una nueva desgracia, y se dieron perfecta cuenta de la verdad que encerraban las palabras del soldado Kellet, al exclamar:

– ¡Antes que llegue la noche nos habremos quedado sin hélice!

Kellet quería dar a entender que los icebergs, que ya no se hallaban detrás, sino delante de la isla, no tardarían en separarse de ésta; y eran ellos los que le imprimían aquella extraordinaria velocidad, pues por cada pie de elevación sobre el nivel del mar, medían seis o siete de profundidad bajo el mismo; de suerte que, al hallarse mucho más sumergidos que la isla en la corriente submarina, encontrábanse ipso jacto más directamente sometidos a su influencia, siendo muy de temer que la expresada corriente los separase de ella, ya que no se hallaban unidos por lazos de ninguna especie.

Sí, el soldado Kellet tenía mucha razón, y la isla quedaría entonces como un buque desarbolado, que hubiese perdido su hélice.

Las palabras del soldado quedaron sin contestación; pero antes que transcurriese siquiera un cuarto de hora, oyóse un crujido espantoso. Las cumbres de los icebergs bamboleáronse, desprendiéndose sus masas, e, irresistiblemente impelidos por la corriente submarina, emprendieron veloz marcha hacia el Sur, dejando tras ellos la isla.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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