El pais de las pieles · Parte 2

XIX

EL MAR DE BEHRING

Así, pues, empujada la isla por el gran banco polar, había retrocedido, con velocidad excesiva, hasta las aguas del mar de Behring, después de haber pasado el estrecho sin adherirse a sus costas, engolfándose cada vez más en aquellas aguas tibias que no podían tardar en convertirse en abismo para ella. ¡Y la embarcación, aplastada por la avalancha, estaba en absoluto inservible!

Cuando Paulina Barnett recuperó por completo el uso de sus sentidos, pudo en pocas palabras referir la historia de las setenta y cuatro horas pasadas en las profundidades de la sepultada casa. Tomás Black, Madge, Kalumah y ella habían sido sorprendidas por la avalancha. Todos se precipitaron hacia las puertas y ventanas; pero no hallaron salida. La capa de tierra y arena que algunos momentos antes formaba el cabo Bathurst, cubría la casa entera. Casi inmediatamente oyeron los prisioneros el choque de los témpanos enormes que el gran banco polar arrojaba sobre la factoría.

No había transcurrido siquiera un cuarto de hora, cuando Paulina Banett y sus tres compañeros de desdicha sintieron que la casa, que resistía tan enorme presión, hundíase en el suelo de la isla. ¡La base de hielo cedía, y el agua del mar penetraba!

Apoderarse de algunas provisiones que habían quedado en la despensa y refugiarse en el desván, fue obra de un momento, que ejecutaron guiados por un vago instinto de conservación. Pero, ¿podían abrigar un átomo de esperanza? En todo caso, el desván parecía resistir, siendo probable que dos bloques de hielo, apuntalándose uno contra otro por encima del techo, lo hubiesen salvado de un aplastamiento inmediato.

Encerrados en el desván, oían sobre sus cabezas el estruendo de la avalancha, en tanto que el agua subía de una manera constante. ¡Ahogados o aplastados! ¡No había otra disyuntiva!

Pero por un milagro patente, el techo, sólidamente apuntalado, resistió, y la casa, después de sumergirse hasta cierta profundidad, se detuvo, cuando ya el agua había alcanzado un pie de elevación sobre el suelo del desván.

Paulina Barnett, Madge, Kalumah y Tomás Black tuvieron que refugiarse entre los tirantes y puntales que sostenían el tejado, donde permanecieron por espacio de tantas horas. La abnegada Kalumah hubo de constituirse en criada de todos, llevándoles las comidas a través de la capa de agua. ¡Y pensar que nada podían intentar para salvarse! ¡El socorro sólo podía llegarles de fuera! ¡Qué situación angustiosa! ¡La respiración hacíase difícil en aquella atmósfera comprimida, que no tardó en hacerse casi irrespirable por su escasez de oxígeno y exceso de ácido carbónico... ¡Algunas horas más de permanencia en aquel reducido espacio, y el teniente Hobson sólo hubiera encontrado los cadáveres de las víctimas!

Además, a las torturas físicas habíanse sumado los padecimientos morales. Paulina Barnett habíase dado cuenta, sobre poco más o menos, de todo lo ocurrido. Había adivinado que el gran banco polar se había precipitado sobre la isla, y, a juzgar por la agitación del agua que rugía debajo de la casa, era evidente que la isla era irresistiblemente arrastrada hacia el Sur. Por eso, en cuanto abrió los ojos, miró a su alrededor y pronunció las palabras que la destrucción de la pequeña nave hacía tan terribles en aquellas circunstancias:

– ¡El mar! ¡el mar!

Pero, en aquellos momentos ninguno de los que la rodeaban quería oir ni entender más que una cosa: que habían salvado a la mujer por quien hubieran sacrificado la vida, y, juntamente con ella, a Madge, a Tomás Blacl¿ y a Kalumah; y, por último, que hasta entonces, y a pesar de tan rudas pruebas y peligros, no faltaba ninguno de los animosos seres que el teniente Jasper Hobson había llevado consigo a tan desastrosa expedición.

Pero las circunstancias iban a agravarse más que nunca y a precipitar sin duda la catástrofe final cuyo desenlace no podía estar ya lejos.

El primer cuidado del teniente Hobson durante aquella jornada fue calcular de nuevo la situación de la isla. No había ya que pensar en abandonarla, puesto que la embarcación había sido destrozada, y el mar, libre, por fin, no ofrecía en torno de ella ningún punto sólido de apoyo. En cuanto a los icebergs, ya no quedaba, al Norte, nada más que aquel resto del gran banco polar, cuya cresta acababa de destruir el cabo Bathurst, y cuya base, profundamente Sumergida, empujaba la isla al Sur.

Registrando las ruinas de la casa principal, se había logrado encontrar los instrumentos y planos que el astrónomo Tomás Black había llevado consigo al desván, y que, afortunadamente, no sufrieron grandes daños. El cielo estaba cubierto de nubes; pero el sol aparecía de vez en cuando, y Jasper Hobson pudo tomar su altura a su debido tiempo y con una aproximación suficiente.

Resultó de esta observación que aquel mismo día, 12 de mayo, a mediodía, se hallaba la isla Victoria en la situación sigu.ente:

Longitud, 168° 12' Oeste del meridiano de Greenwich.

Latitud, 63° 37' Norte.

Marcado este punto en el mapa, vióse que se encontraba la isla lrente al golfo de Norton, entre la punta asiática de Tchaplin y el cabo americano de Stephens; pero a más de cien millas de ambas costas.

– ¿Será, pues, necesario renunciar a tomar tierra en el continente americano? — preguntó Paulina Barnett.

– Sí, señora —respondió Jasper Hobson—; por este lado, no queda la más mínima esperanza. La corriente nos arrastra hacia alta mar con velocidad prodigiosa, y sólo podemos contar con el venturoso encuentro de algún ballenero que pasase a la vista de la isla.

– Pero, si ya no es posible tocar en el continente —replicó la viajera—, ¿por qué no ha de arrojarnos la corriente contra alguna de las islas del mar de Behring?

Débil era la esperanza, pero a ella se agarraron aquellos infelices como el hombre que va a ahogarse a la tabla que le arrojan. No faltaban las islas en aquellas regiones, existiendo entre otras las de San Lorenzo, San Mateo, Nuniwak, San Pablo, Georges, etc. Precisamente la isla errante no se hallaba muy lejos de la de San Lorenzo, cuya superficie es extensa y se halla rodeada de islotes; y, en último caso, si no se tropezaba con ella, aun quedaba la esperanza de que la detuviese en su marcha ese semillero de islas conocidas con el nombre de Aleutinas, que cierran el mar de Behring.

¡Sí, sí! ¡sin duda alguna! La isla de San Lorenzo podía ser un puerto de refugio para los invernantes; y de no ser así, quedábales la esperanza de la de San Mateo y los numerosos islotes que la rodean; pero no había que pensar en llegar a las Aleutinas, de las que les separaban aún más de ochocientas millas. ¡Mucho antes, la isla Victoria, minada, derretida por las aguas calientes, fundida por el sol, que se aproximaba ya al signo zodiacal de Los Gemelos, se sepultaría en el abismo!

Así era de suponer, toda vez que la distancia hasta donde descienden los hielos en su marcha hacia el Ecuador es bastante variable, aproximándose más a éste en el hemisferio austral que en el boreal. Háseles encontrado en ocasiones a la altura del cabo de Buena Esperanza, o sea en el paralelo 36° sobre poco más o menos; en tanto que los icebergs que descienden del océano Glacial Ártico no han rebasado jamás los 40° de latitud. Pero el límite de la fusión de los hielos se halla evidentemente relacionado con la temperatura, dependiendo de las condiciones climatéricas. Cuando los inviernos son largos, alcanzan naturalmente los hielos latitudes más bajas que cuando se presentan las primaveras precoces.

Ahora bien, esta precocidad de la estación cálida en el año 1861, debía precipitar la disolución de la isla Victoria. Las aguas del mar de Behring eran ya verdes y no azules, como suelen generalmente ser en las proximidades de los icebergs, según las observaciones de Hudson. Debía, pues, esperarse a cada instante una catástrofe, ahora que no existía la embarcación.

Jasper Hobson resolvió prevenirla, haciendo construir una balsa suficientemente grande para sostener a toda la colonia, y que, mejor o peor, pudiese navegar hasta el continente. Hizo acopiar las maderas necesarias para la construcción de un aparato flotante sobre el cual se pudiese surcar el mar sin peligro de irse al fondo. Bien mirado, existían probabilidades de encontrar algún buque en una época en que los balleneros se remontan hacia el Norte persiguiendo a los grandes cetáceos. Mac-Nap recibió, pues, el encargo de construir una balsa grande y sólida, que sobrenadase en el momento en que la isla Victoria se sumergiese en el mar.

Pero antes era preciso preparar de cualquier modo una vivienda que cobijase a los desdichados habitantes de la isla. Parecía lo más sencillo desembarazar de hielo el antiguo alojamiento de los soldados, dependencia de la casa principal, cuyas paredes podrían servir aún. Todos pusieron manos a la obra, trabajando con verdadero ardor, y, en unos cuantos días, hubo donde refugiarse contra los rigores de un clima caprichoso, que los vientos y las lluvias ensombrecían con frecuencia.

Practicáronse también registros en la casa principal, lográndose extraer de las habitaciones sumergidas numerosos objetos de mayor o menor utilidad, como herramientas, armas, ropa de cama, muebles, las bombas de ventilación, los depósitos de aire, etc.

Al día siguiente, 13 de mayo, hubo que renunciar a la esperanza de tropezar con la isla de San Lorenzo, pues las observaciones astronómicas dieron a conocer que la isla errante pasaba muy al Este de ella. Las corrientes no van, generalmente, a estrellarse contra los obstáculos naturales, sino que, por el contrario, los evitan, contorneándolos; por eso comprendió Jasper Hobson que no había más remedio que renunciar a la esperanza de llegar a tierra de este modo. Sólo las islas Aleutinas, tendidas como una especie de red semicircular en un espacio de varios grados, habrían podido detener la isla; pero, ¿podía abrigarse la esperanza de llegar a ellas? La isla Victoria era arrastrada con una velocidad extraordinaria, sin duda; pero, ¿no era probable que esta velocidad decreciese cuando los icebergs del Norte, que eran los que la empujaban, se separasen de ella por una razón cualquiera, o se disolviesen, lo cual no se haría esperar toda vez que no contaban con una capa de tierra que los protegiese contra los rayos del sol?

El teniente Hobson, Paulina Barnett, el sargento Long y el carpintero Mac-Nap hablaban frecuentemente de esto, y, después de maduras reflexiones, convinieron en que la isla Victoria no podría en ningún caso llegar hasta el grupo de las Aleutinas, ya porque su velocidad disminuyera, ya porque fuese arrojada fuera de la corriente de Behring, ya, en fin, porque se fundiese bajo la doble influencia combinada de las aguas y del sol.

El 14 de mayo, el maestro Mac-Nap y sus peones iniciaron la construcción de una gran balsa. Era preciso mantener este aparato a la mayor altura posible sobre el nivel del mar, con objeto de impedir que lo arrebatasen las olas. Era obra que ofrecía terribles dificultades; mas el celo de los trabajadores no retrocedió ante ellas. El herrero Rae había hallado, por fortuna, en un almacén inmediato a la casa, una gran cantidad de clavijas de hierro que habían sido traídas del fuerte Confianza, y que sirvieron para unir entre sí sólidamente las diversas piezas que formaban el armazón de la balsa.

En el lugar donde fue construida, adoptáronse, por iniciativa del teniente Hobson, las precauciones siguientes. En vez de colocar las vigas y traviesas sobre el suelo, emplazólas Mac-Nap sobre la superficie del agua. Las diferentes piezas, después de taladradas y conformadas, en la orilla, eran aisladamente lanzadas a la superficie del pequeño lago, donde se las acoplaba con gran facilidad. Este modo de operar ofrecía dos ventajas: Primero, que el carpintero podía hacerse cargo del lugar que habría de ocupar la línea de flotación y de la estabilidad que convenía dar al artefacto; y, segundo, que cuando se disolviese la isla Victoria, flotaría ya la balsa, y no se vería sometida a las desnivelaciones y choques que la dislocación del suelo pudiera imprimir a la tierra. Tan atendibles razones indujeron, pues, a Mac-Nap a proceder de esta suerte.

Durante estos trabajos, Jasper Hobson, ya solo, ya acompañado de Paulina Barnett, recorría el litoral, observando el estado del mar y las sinuosidades de la orilla, que las olas socavaban lentamente. Su mirada escudriñaba el horizonte, completamente desierto. Por el Norte no se dibujaban ya los perfiles de las montañas de hielo. Vanamente buscaba, como todos los náufragos, el buque que no se presentaba jamás. La soledad del océano tan sólo era turbada por el paso de algunos sopladores, que frecuentan las aguas verdes en las cuales pululaban miríadas de animálculos microscópicos que constituyen su único alimento. Veíanse también algunos troncos flotantes, procedentes de las países cálidos, y que las grandes corrientes marinas del Globo arrastran hasta aquellos parajes.

Un día, el 16 de mayo, Paulina Barnett y Madge se paseaban juntas por la parte de la isla comprendida entre el cabo Bathurst y el antiguo puerto. El tiempo era magnífico y la temperatura cálida, haciendo ya muchos días que la nieve había desaparecido por completo de la isla. Sólo los témpanos que el gran banco polar acumulara en su parte septentrional recordaban el aspecto polar de aquellos climas. Pero estos mismos témpanos se disolvían poco a poco, produciendo cada día nuevas cascadas que se desprendían de las cumbres y corrían por las vertientes de los icebergs. Era indudable que el sol no tardaría en disolver estas últimas masas aglomeradas por el frío.

Curioso era el aspecto que ofrecía la isla Victoria. Otros ojos menos tristes habríanla contemplado con verdadero interés. La primavera manifestábase en ella con singular vigor. En su suelo, transportado a más benigno clima, desbordábase la vida vegetal. Los musgos, las florecillas, las plantaciones de la señora Joliffe, crecían y se desarrollaban de un modo exuberante. Toda la potencia vegetativa de aquella tierra, substraída a la crudeza del clima ártico, manifestábase al exterior, no sólo por la profusión de plantas que brotaban sobre su superficie, sino también por la variedad de sus colores. Los antiguos matices apagados y pálidos habían cedido el puesto a otros tonos brillantes de color, digaos del sol que los alumbraba entonces. Las diversas especies de árboles, madroñeros y sauces, abedules y pinos, cubríanse de obscuro verdor. Abríanse sus yemas bajo la savia caldeada a ciertas horas por una temperatura de 68° Fahrenheit (20° centígrados sobre cero). La naturaleza ártica transformábase bajo una latitud igual ya a la de Cristianía y Estocolmo, en Europa, que es la de las más verdes campiñas de las zonas templadas.

Pero Paulina Barnett no quería fijarse en estas risueñas manifestaciones de la naturaleza. ¿Podía cambiar el estado de su efímero dominio? ¿Le era dado ligar aquella isla errante a la corteza sólida del Globo? No, por cierto; y por eso el sentimiento de una suprema catástrofe no se apartaba de ella. Se la pronosticaba su instinto, como a aquellos centenares de animales que pululaban por los alrededores de la factoría. Aquellos armiños, y linces, y castores, y zorras, y martas, y visones, y ratas almizcleras, y hasta lobos, a quienes el sentimiento de una próxima e inevitable catástrofe hacía menos feroces, acercábanse más y más a sus antiguos enemigos, los hombres, como si éstos pudiesen salvarlos. Era una especie de reconocim.ento tácito e instintivo de la superioridad de la raza humana, precisamente en unas circunstancias en que esta superioridad era impotente.

¡No! Paulina Barnett no quería ver nada de esto; sus miradas no se apartaban de aquel despiadado mar, inmenso, infinito, sin otro horizonte que el cielo que con él se confundía.

– Pobre Madge —dijo ésta un día—, yo soy quien te ha traído a esta catástrofe, ¡a ti que me has seguido a todas partes y me has demostrado siempre una adhesión y amistad que merecían otro pago! ¿Me perdonas?

– Sólo hay una cosa en el mundo que no te hubiera perdonado jamás, hija mía —respondió la excelente mujer—: el no morir contigo.

– ¡Madge! ¡Madge! —exclamó la viajera—, si mi vida pudiese salvar la de esos desdichados, la daría sin vacilar.

– Pero, hija mía, ¿has perdido toda la esperanza?

– ¡No!... — exclamó Paulina Barnett, arrojándose en los brazos de su fiel compañera.

La mujer acababa de revelarse un instante en aquella naturaleza viril. Mas, ¿quién no disculparía un momento de desmayo en medio de tan rudas pruebas?

Paulina prorrumpió en sollozos. Su corazón desbordóse, y las lágrimas corrieron, abundantes, de sus ojos.

– ¡Madge! ¡Madge! —dijo la viajera, levantando la cabeza—, ¡no les digas, al menos, que he llorado!

– No —respondió la criada—. Sería inútil, además, porque no me creerían. Esto ha sido un instante de debilidad. Levántate, hija mía; porque tú eres aquí el alma de todos nosotros. ¡Levántate y recobra tu indomable valor!

– Pero, ¿aún tienes esperanzas? — exclamó Paulina Barnett, contemplando de hito en hito a su fiel compañera.

– ¡Yo no la pierdo jamás! — respondió sencillamente Madge.

Pero, ¿quién hubiera sido capaz de conservar aún un átomo de esperanza cuando, algunos días después, dejó atrás la isla errante el grupo de San Mateo, no quedándole ya ninguna tierra con que poder tropezar en todo el mar de Behring?

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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