El pais de las pieles · Parte 1

XXII

DURANTE CINCO MESES

Un terremoto terrible acababa de conmover aquella parte del continente americano. Semejantes sacudidas debían, a no dudarlo, ser frecuentes en aquel suelo volcánico. La conexión que existe entre los fenómenos sísmicos y los eruptivos quedaba una vez más patentizada.

Jasper Hobson comprendió lo que había acontecido, aguardó con terrible inquietud, temeroso de que se abriera el suelo y le tragara con todos sus compañeros. Pero afortunadamente se produjo una sola sacudida que fue más bien una repercusión que no un golpe directo. A consecuencia de ella, inclinóse la casa hacia el lado del lago, destrabándose las paredes; pero el suelo recuperó en seguida su estabilidad y quietud.

Era preciso pensar en lo más urgente. La casa, aunque desvencijada, estaba todavía habitable. Tapáronse rápidamente las aberturas producidas por la disyuntura de las vigas, y se repararon, lo mejor que fue posible, las chimeneas.

Las heridas que algunos soldados habían recibido durante la lucha con los osos eran, afortunadamente, ligeras, y no exigieron más que una sencilla cura.

Aquellas pobres gentes pasaron dos días terribles en semejantes condiciones, quemando la madera de las camas y las tablas de los tabiques, y durante este tiempo Mac-Nap y sus peones hicieron en el interior las reparaciones más urgentes. Las columnas, sólidamente clavadas en el suelo, no habían cedido, y el conjunto se mantenía firme.

Lo que resultaba evidente era que el terremoto había provocado una desnivelación extraña en la superficie del litoral, y que se habían efectuado grandes cambios en aquella porción del territorio. Jasper Hobson ardía en impaciencia por conocer estos resultados que, hasta cierto punto, podían comprometer la seguridad de la factoría; pero el frío cruel no permitía a nadie salir al exterior.

Observáronse, sin embargo, algunos síntomas que indicaban un cambio de tiempo bien próximo. Podía observarse, a través de la ventana, una disminución apreciable en el brillo de las constelaciones. El día 11 de enero el barómetro bajó algunas líneas. Formábanse vapores en el aire y su condensación debía producir una elevación más o menos importante de la temperatura.

En efecto, el 12 de enero rolóse el viento al Sudoeste, acompañado de nieve intermitente. El termómetro interior subió casi de repente a 15° sobre cero (9º centígrados bajo cero), temperatura que, para aquellos invernantes tan cruelmente tratados, resultaba primaveral.

Aquel día, a las once de la mañana, todos estaban fuera de la casa. Parecían un grupo de cautivos que inesperadamente hubieran recobrado su libertad; pero se prohibió en absoluto el salir del recinto, por temor a malos encuentros.

En esta época del año no había reaparecido aún el sol; pero se aproximaba al horizonte lo bastante para producir un largo crepúsculo que permitía distinguir con bastante claridad los objetos situados dentro de un radio de dos millas.

La primera mirada de Jasper Hobson fue para aquel territorio que tan modificado habría debido quedar a causa del terremoto.

En efecto, se habían producido varios cambios. El promontorio en que terminaba el cabo Bathurst encontrábase, en parte, desmochado, habiéndose desprendido grandes trozos del acantilado, que cayeron hacia el lado del río. Parecía también como si toda la masa del cabo se hubiese inclinado hacia el lago, sin exceptuar la meseta sobre la cual descansaba la casa. Todo el suelo, en general, se había hundido por el Oeste y levantado por el Este.

Esta desnivelación debía traer consigo una consecuencia grave, a saber: que las aguas del lago y del río Paulina, tan pronto como el deshielo las dejase en libertad, mudarían de sitio buscando el nivel más bajo, siendo probable que se inundase una porción del territorio del Oeste; y el riachuelo, además, cambiaría de cauce, lo cual comprometería la existencia del puerto natural formado en su desembocadura.

Las colinas de la costa oriental parecían haber disminuido considerablemente la altura; pero, por lo que respecta a los acantilados del Oeste, no era posible juzgar, a causa de su mucha distancia. En una palabra, la importante modificación provocada por el terremoto consistía en que, en una superficie de cuatro o cinco millas al menos, la horizontalidad del suelo había sido destruida, adquiriendo un pronunciado declive de Este a Oeste.

– Ya ve usted, señor Hobson —dijo la viajera riendo—, usted, en su amabilidad, había dado mis nombres al río y al puerto, y ahora ya no existe ni río Paulina ni puerto Barnett. Es preciso reconocer que no tengo gran suerte.

– En efecto, señora —respondió el teniente—; pero si ha desaparecido el río, el lago continúa en su mismo puesto; de suerte que, si me lo permite usted, le llamaremos desde hoy el lago Barnett. Me complazco en creer que éste le será a usted fiel.

El cabo Joliffe y su esposa, en cuanto salieron de la casa, dirigiéronse el uno a la perrera y la otra al establo de los renos. Los perros no habían padecido demasiado durante su largo encierro, y se lanzaron dando saltos de alegría al patio interior. Un reno había fallecido, datando su muerte de muy pocos días; los otros, aunque alguno más delgados, parecían encontrarse en buen estado de conservación.

– Bien, señora —dijo el teniente Hobson a Paulina Barnett, que caminaba a su lado—, hemos salido del paso bastante mejor de lo que hubiéramos podido esperar.

– Jamás perdí la esperanza, ¿señor Hobson

– respondió la viajera—. Hombres como usted y sus compañeros no creí nunca que se dejaran vencer por las penalidades y fatigas de una invernada.

– Señora, desde que vivo en las regiones polares —replicó Jasper Hobson— jamás he experimentado un frío semejante, y, para no ocultarle nada, creo firmemente que si hubiera persistido algunos días más estábamos perdidos sin remedio.

– ¿Entonces ese terremoto ha venido como llovido del cielo para ahuyentar a los osos, y ha contribuido tal vez a modificar los rigores de la temperajura? — preguntó la viajera.

– Es posible, señora; muy posible, en verdad —respondió el teniente—. Todo estos fenómenos de la naturaleza guardan relación entre sí y se modifican mutuamente. Pero le he de confesar que me inquieta la composición volcánica de este suelo. La vecindad de ese volcán en actividad me parece dañosa para nuestra factoría. Si sus lavas no pueden alcanzarle, provoca, por lo menos, sacudidas que la comprometen. ¡Mire usted el aspecto que presenta nuestra pobre casa! —Ya la hará usted reparar, señor Hobson —respondió Paulina Barnett—, en cuanto comience el buen tiempo, aprovechando la lección recibida para aumentar su solidez.

– Sin duda alguna, señora; pero, tal como hoy se encuentra, temo mucho que no la halle usted muy cómoda.

– ¿A mí me dice usted eso, señor Hobson?

– respondió Paulina Barnett, riendo—. ¡A mí! ¡A una exploradora! Me figuraré que vivo en el camarote de un buque que va escorado, y, desde el momento en que su casa de usted no se balancea, no temo marearme.

– ¡Bien, señora, muy bien! —respondió Jasper Hobson—. ¡No hay palabras bastante elevadas para calificar su carácter de usted, que es de todos conocido! Con su energía moral y su buen humor delicioso, ha contribuido usted a sostenernos a todos durante estas duras pruebas, y le doy a usted las gracias en mi nombre y en él de mis compañeros.

– Le aseguro, señor Hobson, que exagera usted...

– No, no; lo que digo a usted se lo repetirán todos... Pero permítame usted que le haga una pregunta. Ya sabe usted que, en el mes de junio próximamente, el capitán Craventy debe enviarnos un convoy de víveres que se llevará, a su regreso, nuestras existencias de pieles al fuerte Confianza. Es probable que nuestro amigo Tomás Black, que ya habrá observado su eclipse, regrese en julio con este destacamento. ¿Me permitirá usted, señora, que le pregunte si tiene usted intención de acompañarle?

– ¿Es que me despide usted, señor Hobson?

– preguntó, sonriendo, la viajera.

– ¡Oh señora!...

– Pues bien, mi teniente —respondió Paulina Barnett, tendiéndole la mano a Jasper Hobson—, me voy a permitir la libertad de pedirle a usted permiso para pasar otro invierno en el fuerte Esperanza. Es probable que el año próximo venga algún buque de la Compañía a fondear al abrigo del cabo Bathurst, y lo aprovecharé para irme; porque me agradaría, después de haber venido por tierra, marcharme por el estrecho de Behring.

El teniente escuchó con extraordinaria alegría la determinación de la viajera, a quien conocía ya a fondo y apreciaba como merecía. Una inmensa simpatía ligábale a aquella animosa mujer, quien a su vez tenía formado de él un elevado concepto. A decir verdad, ninguno de los dos habría visto venir sin gran pena la hora de la separación. ¿Quién sabe, por otra parte, si el Cielo no les tenía reservadas aún terribles pruebas, durante las cuales debiera unirse su doble influencia para la común salvación?

El 20 de enero reapareció por primera vez el sol y terminó la noche polar. Sólo permaneció breves instantes encima del horizonte, y fue saludado por los invernantes con clamorosos hurras. A partir de esta fecha, la duración del día creció incesantemente.

Durante el mes de febrero, y hasta el 15 de marzo, hubo aún transiciones muy bruscas de bueno y de mal tiempo. Los días buenos fueron muy fríos y en los malos nevó mucho.

Durante los primeros, el frío impedía a los cazadores salir; y durante los últimos, eran las tempestades de nieve ias que les obligaban a permanecer dentro de casa. Hubo, pues, que contentarse con ejecutar en los días indecisos ciertos trabajos exteriores, sin intentar siquiera ninguna excursión lejana.

Por otra parte, ¿a qué alejarse del fuerte, si las trampas funcionaban con excelente éxito? Durante el final de aquel invierno, las martas, las zorras, los armiños, los glotones y otros animales dotados de valiosísimas pieles se dejaron cazar en gran número, de suerte que los cazadores no permanecieron ociosos a pesar de no alejarse de los alrededores del cabo Bathurst.

Una sola excursión llevada a efecto en marzo a la bahía de las Morsas dio a conocer que el terremoto había modificado de una manera notable la forma de los acantilados, cuya elevación había disminuido mucho. Más lejos, las montañas ignívomas, coronadas de ligeros vapores, parecían momentáneamente apaciguadas.

Hacia el 20 de marzo, señalaron los cazadores la presencia de los primeros cisnes, que emigraban de los territorios meridionales y se dirigían hacia el Norte, lanzando agudos silbidos. También se vieron algunos verderones de las nieves y halcones invernantes; pero el suelo se hallaba cubierto todavía de una inmensa alfombra blanca, y los rayos del sol no poseían aún las suficiente fuerza para fundir la superficie sólida del mar y de la laguna.

El desastre no llegó hasta los primeros días de abril. La ruptura de los hielos se operaba con espantoso estruendo, que a veces semejaba descargas de artillería. En el banco de hielo producíanse bruscas alteraciones. Más de un iceberg, derruido por los choques, socavado por su base, desplomábase con estrépito terrible, a consecuencia del desplazamiento sufrido por su centro de gravedad, siendo ésta la causa principal de los desmoronamientos que precipitaban la rotura del gran campo de hielo.

En esta época la temperatura media era de treinta y dos grados sobre cero (0º centígrados), de suerte que los primeros hielos de la playa no tardaron en fundirse, y la banca, arrastrada por las corrientes polares, retiróse poco a poco entre las brumas del horizonte.

El día 15 de abril el mar estaba ya libre, y un buque procedente del océano Pacífico, después de atravesar el estrecho de Behring y barajar la costa americana, habría podido fondear perfectamente al abrigo del cabo de Bathurst.

Al mismo tiempo que el océano Ártico libróse el lago Barnet de su coraza de hielo, con gran satisfacción de los millares de patos y otras aves acuáticas que pululaban en sus orillas; pero, como lo había previsto Jasper Hobson, sus contornos se habían modificado a consecuencia del nuevo declive del suelo. La porción de su playa que se extendía delante de la empalizada del fuerte y que limitaban por el Este las colinas cubiertas de bosque, habíanse ensanchado considerablemente. Jasper Hobson calculó en ciento cincuenta pasos el retroceso de las aguas del lago en su orilla oriental. En la parte opuesta habían debido desplazarse otro tanto hacia el Oeste, e inundar el país, si no las había contenido alguna barrera natural.

En resumen, que había sido una suerte que la desnivelación del suelo se hubiera efectuado de Este a Oeste, pues si se hubiese producido en sentido contrario, la factoría se hubiera sumergido irremisiblemente.

Por lo que respecta al riachuelo, secóse en cuanto el deshielo restableció su corriente, pudiéndose afirmar que las aguas remontaron su curso, retrocediendo hacia su propia fuente, por haberse establecido en su lecho de Norte a Sur la pendiente.

– He aquí —dijo Jasper Hobson al sargento— un río que hay que borrar de los mapas de las regiones polares. Si no hubiésemos contado más que con ese arroyuelo para surtirnos de agua, nos veríamos a estas horas en un formidable aprieto. Afortunadamente, nos queda todavía el lago Barnett, y me atrevo a asegurar que entre todos no lograremos agotarlo por mucho que bebamos.

– En efecto —respondió el sargento Long— , el lago... Pero, ¿seguirán siendo dulces sus aguas?

Jasper Hobson miró fijamente al sargento y sus cejas contrajéronse. No se le había ocurrido pensar en que una fractura del suelo podía haber establecido una comunicación entre la laguna y el mar; desgracia irreparable que hubiera forzosamente traído aparejada la ruina y abandono de la naciente factoría.

El teniente y el sargento Long corrieron presurosos hacia el lago... ¡Sus aguas seguían siendo dulces!

En los primeros días de mayo, la tierra, limpia de nieve en algunos parajes, empezó a reverdecer bajo la influencia de los rayos solares. Algunas gramíneas y musgos asomaron tímidamente sus puntas fuera del suelo. Las semillas de acederas y de codearías, sembradas por la señora Joliffe, germinaron también. La capa de nieve habíalas protegido contra los rigores del frío de aquel riguroso invierno; pero ahora era preciso protegerlas contra los picos de los pájaros y los dientes de los roedores, importante tarea que le fue encomendada al digno cabo Joliffe, el cual desempeñó a conciencia y con la seriedad de un maniquí colocado a guisa de espantajo en un huerto, su difícil cometido.

Cuando se hicieron más largos los días, reanudárone las partidas de caza.

Jasper Hobson quería completar la existencia de pieles que debían ser entregadas a los agentes del fuerte Confianza dentro de algunas semanas. Marbre, Sabine y otros cazadores pusiéronse en campaña. Sus excursiones, empero, no fueron fatigosas ni largas. Jamás se apartaban arriba de las dos millas del cabo Bathurst. No habían visto jamás territorios donde tanto abundase la caza, y se hallaban naturalmente tan sorprendidos como satisfechos. Las martas, los renos, las liebres, los caribúes, las zorras y los armiños venían materialmente a colocarse delante de los cañones de sus escopetas.

Sólo tenían una queja, y era ésta que, con inmenso sentimiento de todos los invernantes, que les guardaban implacable rencor, no vieron un solo oso, ni aun siquiera encontraron sus huellas. Parecía como si al huir los que les atacaron la casa hubieran arrastrado tras ellos a todos sus congéneres. Tal vez aquel terremoto habría asustado más particularmente a estos animales, cuya organización es delicada en extremo y que son muy nerviosos, si es que se puede aplicar a un sencillo cuadrúpedo este calificativo.

El mes de mayo fue bastante lluvioso, cayendo alternativamente agua y nieve. La temperatura media fue de 41° sobre cero (5o centígrados sobre cero). Las nieblas fueron frecuentes, y a veces tan espesas que habría ido una imprudencia el separarse del fuerte. Kellet y Petersen, perdidos por espacio de cuarenta y ocho horas, causaron las más vivas inquietudes a sus compañeros. Un error en la dirección, que no pudieron rectificar, los había llevado hacia el Sur, cuando se creían en las proximidades de la bahía de las Morsas. Cuando regresaron venían completamente extenuados y medio muertos de hambre.

Llegó junio, por fin, y con él el buen tiempo, y hasta verdadero calor en algunas ocasiones. Los habitantes del fuerte habíanse despojado de sus vestidos de invierno. Trabajábase activamente en la reparación de la casa, que se pretendía enderezar, y al mismo tiempo hacía construir Jasper Hobson un amplio almacén en el ángulo Sur del patio. La abundancia de caza que había en el territorio justificaba plenamente la oportunidad de esta nueva construcción. La cantidad de pieles acopiadas era considerable, y se hacía necesario disponer de un local destinado especialmente para su almacenaje.

Entretanto, Jasper Hobson esperaba de un día a otro la llegada del destacamento que debía enviarle el capitán Craventy. Faltaban todavía numerosos objetos en la nueva factoría, y era necesario renovar las municiones. Si dicho destacamento había salido del fuerte Confianza a primeros de mayo, debía llegar al cabo Bathurst hacia mediados de junio. Como se recordará, éste era el punto de reunión convenido entre el capitán y el teniente; y, como Jasper Hobson había establecido el nuevo fuerte en el cabo mismo, los agentes enviados en su busca no tendrían mas remedio que encontrarle.

A partir del 15 de junio hizo vigilar el teniente los alrededores del cabo. El pabellón británico había sido arbolado en la cumbre del promontorio para que fuera visto desde lejos. Era de suponer, por otra parte, que el convoy de abastecimiento seguiría el mismo itinerario, sobre poco más o menos, que había seguido el teniente, costeando el litoral desde el golfo de la Coronación hasta el cabo Bathurst. Era la vía más segura, si no la más corta, en una época del año en que el mar, libre de hielos, delimitaba perfectamente las orillas, permitiendo seguir sus contornos.

A pesar de todo esto, terminó el mes de junio sin que apareciese el convoy. Jasper Hobson sintió alguna inquietud, sobre todo cuando las nieblas envolvieron de nuevo el territorio. Temía por los agentes que se habían aventurado en aquel desierto, y a quienes aquellas persistentes brumas podían oponer serios obstáculos.

Jasper Hobson hablaba con frecuencia con Paulina Barnett, el sargento, Mac-Nap y Rae de aquel estado de cosas. El astrónomo Tomás Black no ocultaba sus temores, porque, una vez observado el eclipse, contaba con volverse con el destacamento; y si éste no llegaba, veríase condenado a una nueva invernada, perspectiva que no le entusiasmaba. Aquel abnegado sabio, no deseaba otra cosa que marcharse una vez cumplida su misión; por eso, con frecuencia, solía comunicar sus temores a Jasper Hobson, quien no sabía, en verdad, qué responderle.

Llegó el 4 de julio, y seguían sin noticias. Algunos hombres enviados a reconocer la costa a tres millas de distancia, regresaron sin hallar vestigio alguno.

Era, pues, necesario admitir que los agentes del fuerte Confianza, o no habían salido de él, o se había extraviado por el camino. Por desgracia, esta última hipótesis era la más probable. Jasper Hobson conocía muy a fondo al capitán Craventy, y no dudaba de que la expedición hubiese salido del fuerte Confianza en la época convenida.

¡Fácil es comprender cuan vivas se harían entonces sus inquietudes! La buena estación transcurría insensiblemente. Dentro de un par de meses, el cruel invierno ártico, con sus vientos huracanados, sus torbellinos de nieve y sus noches interminables descendería nuevamente sobre aquella desolada región.

No era el teniente Hobson hombre a propósito para permanecer en aquella incertidumbre. Era preciso adoptar una resolución, y he aquí lo que decidió, después de haber consultado con todos sus compañeros, no siendo necesario decir que el astrónomo apoyó el plan con todas sus energías.

Estaban a 5 de julio. Dentro de 14 días, el 18 de aquel mismo mes, se verificaría el eclipse solar, y al día siguiente mismo podría Tomás Black abandonar el fuerte Esperanza. Acordóse, por consiguiente, que si, de allí a entonces, los agentes esperados no llegaban, saldría de la factoría un convoy, compuesto de algunos hombres y cuatro o cinco trineos, con dirección al lago del Esclavo. Conduciría este convoy la parte más valiosa de las pieles almacenadas, y, en seis semanas lo más, es decir, hacia fines de agosto, podría llegar al fuerte Confianza.

Una vez decidido esto, volvió a ser Tomás Black el hombre absorto siempre en sus meditaciones, que sólo esperaba el momento en que la Luna, matemáticamente interpuesta entre él y el astro radioso, eclipsase el disco del Sol totalmente.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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