El pais de las pieles · Parte 1

XXI

LOS GRANDES OSOS POLARES

La tínica de las cuatro ventanas que permitía ver el patio del fuerte era la que se abría en el fondo del corredor de entrada, cuyas puertas exteriores no habían sido cerradas. Pero para que la mirada pudiese atravesar sus vidrios velados a la sazón por la espesa capa de hielo, era preciso lavarlos con agua hirviendo previamente; operación que se efectuaba varias veces al día, por orden del teniente, pudiéndose así observar cuidadosamente el estado del cielo y el termómetro de alcohol colocado en el exterior al mismo tiempo que los alrededores del cabo Bathurst.

Pues bien, el día 6 de enero, a eso de las once de la mañana, el soldado Kellet, encargado de la observación, llamó de improviso al sargento y mostróle ciertas masas que se movían confusamente en la sombra.

Acercóse el sargento a la ventana, y exclamó imperturbable :

– ¡Son osos!

Y, en efecto, media docena de estos animales habían logrado salvar la empalizada, y, atraídos por las emanaciones del humo, avanzaban hacia la casa.

Tan luego como tuvo noticia Jasper Hobson de la presencia de los formidable carnívoros, dispuso que atrancaran bien por dentro la ventana del corredor; y como que aquélla era la única entrada practicable, una vez ejecutada su orden, parecióle imposible que pudieran los osos penetrar en el interior de la casa. La ventana, pues, fue cerrada por medio de fuertes barrotes que el carpintero Mac-Nap sujetó sólidamente, no sin antes haber practicado una estrecha abertura para poder observar las maniobras de los inoportunos visitantes.

– Ahora —dijo el maestro carpintero—, esos señores no entrarán en nuestra casa sin nuestro consentimiento. Tenemos tiempo, pues, de celebrar un consejo de guerra.

– Ahora sí que podremos decir, señor Hobson —dijo ¡Paulina Barnett—, que nada habrá faltado a nuestra invernada; después del frío, los osos.

– Después, no —respondió el teniente—, sino durante él, lo cual es mucho más grave; porque se trata de un frío que nos impide salir al exterior, de suerte que no sé cómo vamos a librarnos de tan maléficas fieras.

– Supongo que se les acabará la paciencia

– respondió la viajera—, y que se marcharán por donde mismo vinieron.

Jasper Hobson sacudió la cabeza como hombre que no está convencido, exclamando:

– ¡No conoce usted a esos animales, señora! Este riguroso invierno los tiene medio locos de hambre, y no abandonarán este lugar si no les obligamos a ello.

– ¿Y eso le inquieta a usted, señor Hobson?

– replicó Paulina Barnett.

– Sí, y no —respondió el teniente—. Sé muy bien que los osos no entrarán en nuestra casa; pero ignoro al mismo tiempo sómo saldremos de ella si es necesario.

Dicho esto, Jasper Hobson dirigióse de nuevo a la ventana.

Durante este tiempo, Paulina Barnett y las otras mujeres, congregadas en torno del sargento, escuchaban al valiente soldado que disertaba acerca de los osos, como hombre experimentado en estos lances. Muchas veces el sargento se las había tenido que haber con aquellos carnívoros, cuyo encuentro es frecuente, hasta en los territorios del Sur; pero siempre había sido en circunstancias propicias para atacarlos con éxito. En el caso actual, hallábanse sitiados, y el frío les impedía intentar ninguna salida.

Durante todo el día vigiláronse atentamente las idas y venidas de los osos. De vez en cuando, alguno de aquellos animales acercaba su gruesa cabeza a la ventana, dejando oir un sordo rugido de cólera. El sargento y el teniente celebraron una conferencia, y resolvieron que, si los osos no se marchaban, se practicarían algunas aspilleras en las paredes de la casa a fin de ahuyentarlos a tiros. Pero decidieron al mismo tiempo esperar un día o dos antes de recurrir a este medio; porque Jasper Hobson quería evitar el establecer toda comunicación entre la temperatura ambiente y la del interior de la casa, que era ya bastante fría. El aceite de morsa que se introducía en las estufas estaba helado, y, tan duro, que era preciso partirlo a hachazos.

La jornada terminó sin otro incidente notable. Los osos iban y venían y daban constantes vueltas alrededor de la casa, pero sin intentar contra ella ningún ataque directo. Se veló toda la noche, y, a eso de las cuatro de la madrugada, llegó a creerse que los asaltantes habían abandonado el patio, porque ya no se veían por ningún sitio. Pero, a eso de las siete, Marbre, que había subido al desván con objeto de recoger provisiones, bajó inmediatamente diciendo que los osos se estaban paseando por el tejado de la casa.

Jasper Hobson, el sargento, Mac-Nap y dos o tres soldados, cogieron sus armas y se dirigieron precipitadamente a la escalera del corredor que comunicaba con el desván por medio de un escotillón. En esta pieza era tal la intensidad del frío que, al cabo de algunos minutos, el teniente y sus compañeros no podían ni aun sostener en las manos los cañones de sus fusiles. El aire húmedo que al respirar expelían, caía convertido en nieve alrededor de ellos.

Marbre no se había engañado; los osos ocupaban el techo de la casa. (Díaseles correr y gruñir, y sus uñas a veces, después de atravesar la capa de la nieve, incrustábanse en las tablas de la techumbre, siendo muy de temer que tuviesen las fuerzas necesarias para arrancarlas.

El teniente y sus hombres, al verse acometidos por el aturdimiento que aquel frío insostenible provocaba, decidieron bajar, dando cuenta a los otros Jasper Hobson de lo serio de la situación.

– Los osos —dijo— se encuentran sobre el tejado, lo cual es una circunstancia en extremo desagradable. Sin embargo, no hay nada que temer todavía, por lo que a nosotros mismos respecta; porque esos animales no podrán penetrar en las habitaciones; pero sí es muy posible que fuercen la entrada del desván y devoren las pieles que en él hay depositadas; y como quiera que estas pieles pertenecen a la Compañía, tenemos el deber de conservarlas intactas. Os pido, pues, amigos míos, que me ayudéis a colocarlas en lugar seguro.

Al instante, todos los compañeros del teniente escalonáronse a lo largo de la sala, la cocina, el corredor y la escalera. Dos o tres que se relevaban a cortos intervalos, pues no hubiesen podido resistir por mucho tiempo un trabajo sostenido, afrontaron la temperatura del desván, y, en una hora, las pieles, pasando de mano en mano, quedaron almacenadas en el salón central.

Durante esta operación, los osos proseguían sus maniobras y trataban de levantar las vigas principales del techo. En algunos puntos era fácil ver las tablas cimbrearse bajo su peso. El maestro Mac-Nap se hallaba bastante inquieto, pues, no habiendo contado al construir la casa con que el techo hubiese de soportar una carga semejante, temía que pudiese ceder.

Aquel día transcurrió, sin embargo, sin que los asaltantes lograsen pentrar en el desván; pero otro enemigo no menos formidable introdújose poco a poco en las habitaciones: este enemigo era el frío. El fuego languidecía en las estufas; la reserva de combustible se hallaba casi agotada. Antes que transcurriesen doce horas, el último trozo de leña sería devorado por las llamas y se apagaría la estufa.

Esto sería la muerte, la muerte por el frío, que es la más espantosa de todas. Ya aquellos infelices, apretados los unos contra los otros alrededor de aquella estufa que se enfriaba por grados, sentían que les abandonaba su propio calor también. Pero nadie profería la menor queja. Hasta las mismas mujeres soportaban heroicamente aquellas horribles torturas. La esposa de Mac-Nap oprimía convulsivamente a su tierno hijo contra su helado pecho. Algunos soldados dormían, o languidecían más bien en un sombrío estupor que distaba bastante de ser sueño.

A las tres de la mañana consultó Jasper Hobson el termómetro colgado en la parte interior de la pared del salón, a menos de diez pies de la estufa, y observó que marcaba 4º Fahrenheit bajo cero (20° centígrados por debajo del punto de congelación del agua destilada).

El teniente pasóse la mano por la frente, miró a sus compañeros que formaban un grupo silencioso y compacto, y permaneció inmóvil durante algunos momentos. El vapor medio condensado de su respiración rodeábalo de una nube blancuzca.

En aquel instante sintió que sobre su hombro se posaba una mano; dio vuelta a la cabeza, estremecido, y sus ojos tropezaron con los de Paulina Barnett.

– Es preciso hacer algo, señor Hobson —le dijo la valerosa mujer—; ¡no podemos dejarnos morir de este modo, sin siquiera defendernos!

– Sí —respondió el teniente, sintiendo despertarse en él la energía moral—, ¡es preciso hacer algo!

Jasper Hobson llamó al sargento Long, a Mac-Nap y al herrero Rae, es decir, a los hombres más valientes de su tropa, y, acompañados de Paulina Barnett, aproximáronse a la ventana, lavaron con agua hirviendo su vidrio y consultaron al termómetro colocado en la parte exterior.

¡Setenta y dos grados! (40° centígrados bajo cero) —exclamó Jasper Hobson—. Amigos míos, nos quedan solamente dos partidos que tomar: o arriesgar nuestras vidas para renovar la provisión de combustible, o quemar poco a poco los bancos, los tabiques, las camas y todo lo que tenemos dentro de la casa que pueda alimentar las estufas. Pero es éste un recurso supremo, porque el frío puede durar, toda vez que no hay nada que presagie un próximo cambio de tiempo.

– ¡Arriesguémonos! — respondió el sargento Long. Esta fue también la opinión de sus otros dos camaradas. Sin pronunciar ninguna otra palabra, cada cual aprestóse a poner manos a la obra.

He aquí lo que se convino, y las precauciones que se adoptaron para salvaguardar en lo posible las vidas de los que iban a sacrificarse por la salvación de todos.

El cobertizo en que estaba almacenada la leña se elevaba a unos cincuenta pasos a la izquierda y por detrás de la casa principal, y se decidió que un hombre tratase de llegar hasta él a la carrera. Debía llevar una cuerda arrollada a la cintura, y además otra suelta, uno de cuyos extremos conservarían sus compañeros. Una vez llegado al cobertizo, cargaría de combustible uno de los trineos a cuya parte anterior ataría la cuerda últimamente nombrada, haciendo firme además a su parte posterior el otro extremo de la que llevaba arrollada a la cintura, con ayuda de la cual podría atraer nuevamente hacia él el trineo una vez descargado; quedando de este modo establecida una comunicación entre el cobertizo y la casa, que permitiría renovar, sin demasiado peligro, la provisión de madera. Una sacudida impresa a cualquiera de las dos cuerdas indicaría que el trineo estaba, o cargado en el cobertizo, o descargado en la casa.

El plan estaba sagazmente meditado; pero dos circunstancias podían hacerlo abortar; por una parte, era posible que la puerta del cobertizo, obstruida por el hielo, fuese muy difícil de abrir; y, por otra, era de temer que los osos, descendiendo del techo de la casa, acudiesen presurosos al patio. Eran, pues, dos azares que había que arrostrar sin remedio.

El sargento Long, Mac-Nap y Rae ofreciéronse los tres de una manera espontánea a afrontar todo el peligro; pero alegó el primero que los otros dos eran casados, insistiendo en ejecutar él la tarea.

También pretendía el teniente intentar en persona la aventura; pero la viajera le dijo:

– Señor Jasper, usted es nuestro jefe, y su vida es tan útil para todos que no tiene usted derecho a arriesgarla. Deje usted, pues, que vaya el sargento Long.

Jasper Hobson comprendió los deberes que su posición le imponía, y, llamado a decidir entre sus compañeros, pronuncióse en favor del sargento. Paulina Barnett estrechó con entusiasmo la mano del valeroso Long.

Los demás habitantes del fuerte, dormidos o amodorrados, ignoraban la tentativa que iba a hacerse.

Preparáronse dos largas cuerdas. El sargento arrollóse la una alrededor de su cuerpo, por encima de los cálidos abrigos con que se revistió, consistentes en pieles que sumaban un valor de más de 1.000 libras esterlinas. La otra se la ató a la cintura, de la cual se colgó además un puñal y un revólver cargado. Después, en el momento de partir, se echó al pecho medio vaso de coñac, a lo que llamaba él beber un buen trago de combustible.

Jasper Hobson, Long, Mac-Nap y Rae salieron entonces de la sala común. Pasaron por la cocina, cuyo hogar acababa de apagarse, y llegaron al corredor. Allí, Rae, subiendo hasta el escotillón del desván, y entreabriéndolo, aseguró que los osos permanecían aún en el tejado de la casa. Era, pues, el momento de obrar.

Abrieron la primera puerta del corredor, y Jasper Hobson y sus compañeros, a pesar de sus gruesos abrigos, se sintieron helados hasta la medula de los huesos. Abrieron en seguida la segunda puerta, que daba directamente al patio, y todos, por instinto, retrocedieron un momento, medio sofocados. El vapor húmedo que el aire del corredor contenía en suspensión, condensóse instantáneamente, y una nieve finísima cubrió entonces el suelo y las paredes.

El tiempo en el exterior era en extremo seco. Las estrellas resplandecían con brillo extraordinario.

El sargento Long, sin perder un instante, lanzóse en medio de la obscuridad, arrastrando en su carrera el extremo de la cuerda cuyo cabo conservaban sus compañeros. Empujaron éstos en seguida la puerta exterior hasta dejarla encajada, y Jasper Hobson, Mac-Nap y Rae retrocedieron al corredor, cuya segunda puerta cerraron herméticamente, y esperaron llenos de impaciencia.

Si Long no volvía transcurridos algunos minutos, debía suponerse que su empresa marchaba por buen camino, y que, instalado en el cobertizo, preparaba la primera carga de leña. Mas para esta operación debían bastar diez minutos en el caso de que la puerta del almacén no hubiese resistido. Cuando partió el sargento, Jasper Hobson y Mac-Nap regresaron al fondo del corredor, en tanto que Rae vigilaba el desván y los osos.

Dada la obscuridad de la noche, podía esperarse que no hubiesen advertido estos últimos el rápido paso de Long.

Diez minutos después de la partida de éste, Jasper Hobson, Mac-Nap y Rae volvieron al estrecho espacio comprendido entre las dos puertas del corredor, y esperaron en él que fuese hecha la señal de halar el trineo.

Transcurrieron aún cinco minutos más. La cuerda cuyo extremo sostenían continuaba en reposo. ¡Juzgúese la ansiedad de aquellos hombres!

Hacía más de un cuarto de hora que había partido el sargento, tiempo más que suficiente para cargar el trineo, sin haberles transmitido la señal convenida.

Jasper Hobson esperó todavía algunos instantes, y después, tirando del extremo de la cuerda, hizo señas a sus compañeros para que le ayudasen a halar. Si el trineo no estuviese aún cargado, ya sabría el sargento impedir que continuasen tirando.

Halaron, pues,, vigorosamente de la cuerda, y sintieron que un objeto pesado era arrastrado por ella sobre la superficie de la nieve, el cual no tardó en llegar a la puerta exterior...

Era el cuerpo del sargento, atado por la cintura. El desdichado Long no había podido llegar al cobertizo siquiera. Había caído en el camino como herido por el rayo. ¡Su cuerpo, expuesto por espacio de cerca de veinte minutos a tan irresistible temperatura, debía ser sólo un cadáver!

Mac-Nap y Rae lanzaron un grito de desesperación y transportaron el cuerpo al corredor; pero en el instante preciso en que pretendió el teniente cerrar la puerta exterior, sintió que era violentamente rechazada, oyéndose al mismo tiempo un espantoso rugido.

– ¡Socorro! — gritó Jasper Hobson.

Mac-Nap y Rae iban a precipitarse en su auxilio; pero se les adelantó Paulina Barnett que vino a sumar sus esfuerzos a los del teniente Hobson para cerrar la puerta. Pero la monstruosa fiera, haciendo pesar sobre ella todo el peso de su cuerpo, la hacía retroceder poco a poco, e iba a forzar la entrada del corredor...

Entonces Paulina Barnett apoderándose de una de las pistolas que pendían de la cintura del teniente, esperó con serenidad el instante en que el oso introdujera la cabeza entre la puerta y el quicio, y, cuando lo hubo hecho, disparóla a boca de jarro en las fauces abiertas de la fiera.

El oso desplomóse hacia atrás herido mortalmente sin duda, y la puerta, después de cerrada, quedó sólidamente apuntalada.

En seguida condujeron el cuerpo del sargento al salón y lo extendieron ai lado de la estufa. ¡Pero las últimas brasas se extinguían en aquel momento! ¿Cómo reanimar a aquel desventurado? ¿Cómo devolverle una vida cuyos síntomas todos parecían haber desaparecido?

– ¡Yo iré! ¡yo iré! —exclamó, consternado, el herrero Rae—; yo iré a buscar la leña o...

– Sí, sí —dijo a su lado una voz—, ¡iremos juntos por ella!

Era su valerosa mujer quien de aquella manera se expresaba.

– ¡No, amigos mío, no! —exclamó el teniente Hobson—. No podríais libraros del frío ni de los osos. ¡Quememos todo lo que pueda arder aquí dentro, y después que Dios nos ampare!

Y en seguida, todos aquellos infelices, medio helados, levantáronse como locos, con las hachas en la mano. Los bancos, las mesas, los tabiques, todo fue demolido y destrozado y convertido en leña; y la estufa del salón, y el hogar de la cocina zumbaban al poco rato bajo la acción de una ardiente llama que algunas gotas de aceite de morsa activaron más aún.

La temperatura interior subió pronto doce grados, Prodigáronse al sargento los más exquisitos cuidados. Frotáronsele los brazos con coñac caliente, y, poco a poco, se fue restableciendo la circulación de la sangre. Las manchas blanquecinas de que se habían cubierto ciertas partes de su cuerpo empezaron a desaparecer; pero el desdichado Long había padecido cruelmente, así que transcurrieron varias horas antes de que pudiese articular una palabra. Acostáronle en un lecho bien caldeado, y Paulina Barnett y Madge le velaron hasta el día siguiente.

Entretanto, Jasper Hobson, Mac-Nap y Rae meditaban la manera de salvar la situación tan horriblemente comprometida. Era evidente que, a los dos días, a lo sumo, faltaría también aquel nuevo combustible que habían encontrado dentro de la misma casa. ¿Qué sería entonces de ellos todos si persistían los fríos?

La luna era ya nueva hacía cuarenta y ocho horas; mas su reaparición no había provocado ningún cambio de tiempo. El viento Norte asolaba el país con su hálito glacial, el barómetro se mantenía por las nubes, y, de aquel suelo que no formaba ya más que un inmenso campo de hielo, no se desprendía el menor vapor, siendo muy de temer que el frío tardase en cesar. ¿Qué partido adoptar, pues? ¿Debía repetirse la tentativa de volver al cobertizo, más peligrosa ahora todavía por hallarse los osos sobre aviso? ¿Era posible dar a estos animales la batalla al aire libre? No por cierto; hubiera sido un acto de locura que habría dado por resultado la pérdida de todos.

Entretanto, la temperatura de las habitaciones se había hecho más soportable. Aquella mañana la señora Joliffe sirvióles un almuerzo compuesto de carnes calientes y té. No se economizaron los humeantes grogs, y el valiente sargento Long pudo ya participar en el festín.

El fuego bienhechor de las estufas, al elevar la temperatura, animaba al mismo tiempo a aquellas pobres gentes, que sólo esperaban la orden de Jasper Hobson para atacar a los osos. Pero el teniente rio quiso exponer su gente, por no parecerle igual la partida. El día iba, por tanto, a transcurrir, al parecer, sin ningún otro incidente, cuando, a eso de las tres de la tarde, sintióse un gran ruido en el techo de la casa.

– ¡Ya los tenemos ahí! — exclamaron a coro dos o tres soldados, armándose precipitadamente de pistolas y de hachas.

Era evidente que los osos, después de arrancar una de las vigas maestras del techo, habían forzado la entrada del desván.

– ¡Que no se mueva nadie! —gritó con voz tranquila el teniente—. ¡Rae el escotillón!

El herrero corrió hacia el pasillo, subió a saltos la escalera y sujetó el escotillón sólidamente.

Se sentía un ruido espantoso sobre el techo, que parecía cimbrearse bajo los pies de los osos; una confusa mezcla de gruñidos, patadas y zarpazos.

¿Cambiaría aquel incidente la situación? ¿Se agravaba el mal, o no? Jasper Hobson y algunos de sus compañeros celebraron una consulta acerca del particular. La mayoría estimaba que su situación se había mejorado. Si los osos se hallaban todos reunidos dentro del desván, lo que parecía probable, tal vez fuese posible atacarlos en aquel reducido espacio sin temor a que el frío asfixiase a los combatientes o les arrebatase las armas de las manos. Es verdad que un combate cuerpo a cuerpo con semejantes fieras era peligroso en extremo; pero, en fin, ya no existía una imposibilidad física que impidiera en absoluto intentarlo.

Quedaba por resolver si se atacaría o no a los asaltantes en el lugar que ocupaban, operación tanto más peligrosa cuanto que los soldados no podían entrar más que uno a uno en el desván por el estrecho escotillón.

Se comprende fácilmente que el teniente vacilase en iniciar el ataque. Después de reflexionarlo mucho y de escuchar los consejos del sargento y de otros cuya valor no admitía discusión, decidióse a esperar. Tal vez pudiera sobrevenir un incidente que acrecentase las probabilidades de éxito.

Por otra parte, era casi imposible que los osos lograsen levantar las vigas del techo, que eran mucho más sólidas que las del tejado; de suerte que no parecía probable que lograsen bajar al piso bajo.

Aguardaron, pues, todos, y el día transcurrió sin otra novedad. Por la noche fue tan grande el alboroto que armaron las enfurecidas fieras, que nadie pudo dormir.

Al día siguiente vino a complicar la situación un nuevo acontecimiento que obligó a obrar al teniente. Sabido es que las chimeneas de la estufa y del hogar atravesaban el desván en toda su altura. Estas chimeneas, hechas con ladrillos de cal e imperfectamente cimentadas, no podían resistir una fuerte presión lateral. Ocurrió, pues, que los osos, sea que las atacasen directamente, sea que se apoyaran en ellas para mejor percibir el calor que despedían, el hecho es que las fueron destruyendo poco a poco. Se oyó caer por su interior los trozos de ladrillos, y bien pronto dejaron de tirar la estufa y el fogón.

Era aquella desgracia irreparable que hubiera arrebatado la esperanza sin duda a gentes menos enérgicas, y que trajo consigo una nueva complicación; porque, al par que los fuegos se apagaban, un humo negro, acre y nauseabundo, producido por la combustión imperfecta de la leña y el aceite, invadió toda la casa, haciéndose tan espeso en algunos minutos, que eclipsó la luz de las lámparas.

Jasper Hobson se veía precisado a abandonar la casa, so pena de perecer asfixiado; ¡y abandonar la casa era perecer de frío! Empezaron las mujeres a dar gritos, y entonces el teniente, empuñando un hacha, gritó con enérgico acento:

– ¡A los osos, amigos míos! ¡a los osos!

No quedaba otra solución. Urgía exterminar a aquellos animales. Todos, sin excepción, corrieron hacia el pasillo y se lanzaron por la escalera arriba con Jasper Hobson a la cabeza. Levantóse el escoten y oyéronse varios tiros en medio de los torbellinos de humo negro. Hubo gritos mezclados de rugidos y la sangre corrió en abundancia. Batíanse con los osos en medio de la obscuridad más espantosa...

Pero en aquel momento escucháronse terribles estruendos y violentas sacudidas agitaron el helado suelo. Inclinóse la casa como si hubiese sido arrancada de sus pilares. Los maderos que constituían las paredes desuniéronse, y, por sus aberturas, Jasper Hobson y sus compañeros pudieron contemplar, estupefactos, que los osos, espantados como ellos, huían lanzando aullidos a través de las tinieblas.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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