Las Indias negras

Capítulo XVI

En la escala oscilante

Entretanto, los trabajos de explotación de la Nueva Aberfoyle se llevaban adelante con gran provecho. Huelga decir que el ingeniero James Starr y Simon Ford —los primeros descubridores de aquella rica cuenca carbonífera— participaban ampliamente de esos beneficios. Harry se convertía, pues, en un buen partido. Pero apenas pensaba en abandonar el cottage. Había sustituido a su padre en las funciones de capataz y vigilaba asiduamente a todo aquel mundo de mineros. Jack Ryan estaba orgulloso y encantado de toda aquella fortuna que le llegaba a su compañero. Él también le iba bien en sus asuntos. Ambos se veían a menudo, ya en el cottage, ya en las labores del fondo. Jack Ryan no dejaba de haber observado los sentimientos que Harry experimentaba por la joven. Harry no lo confesaba, pero Jack reía a mandíbula batiente cuando su compañero sacudía la cabeza en señal de negación. Hay que decir que uno de los más vivos deseos de Jack Ryan era acompañar a Nell cuando hiciera su primera visita a la superficie del condado. Quería ver su asombro, su admiración ante aquella naturaleza aún desconocida para ella. Confiaba en que Harry lo llevaría durante esa excursión. Hasta entonces, sin embargo, este no le había hecho la propuesta, lo cual no dejaba de inquietarlo un poco. Un día, Jack Ryan bajaba por uno de los pozos de ventilación por el que los pisos inferiores de la hullera se comunicaban con la superficie del suelo. Había tomado una de esas escalas que, al subir y bajar mediante oscilaciones sucesivas, permiten descender y ascender sin fatiga. Veinte oscilaciones del aparato lo habían hecho descender unos cuarenta y cinco metros, cuando, en el estrecho rellano donde se había situado, se topó con Harry, que volvía a subir hacia las labores de día.

– ¿Eres tú? —dijo Jack, mirando a su compañero, iluminado por la luz de las lámparas eléctricas del pozo.

– Sí, Jack —respondió Harry—, y me alegro de verte. Tengo que hacerte una propuesta...

– ¡No escucho nada antes de que me des noticias de Nell! —exclamó Jack Ryan.

– Nell está bien, Jack, y tan bien que, dentro de un mes o seis semanas, espero que...

– ¿Te casarás con ella, Harry?

– ¡No sabes lo que dices, Jack!

– Es posible, Harry, ¡pero yo sí sé bien lo que haré!

– ¿Y qué harás?

– ¡Me casaré yo con ella, si tú no te casas! —replicó Jack, echándose a reír—. ¡Que san Mungo me proteja! Pero me gusta, la gentil Nell. Una criatura joven y buena que nunca ha salido de la mina, esa es justo la mujer que le hace falta a un minero. Es huérfana como yo soy huérfano, y, como no pienses de verdad en ella, y ella quiera a tu compañero, ¡Harry!... Harry miraba a Jack con gravedad. Lo dejaba hablar, sin siquiera intentar responderle.

– ¿Lo que digo no te da celos, Harry? —preguntó Jack Ryan en un tono algo más serio.

– No, Jack —respondió Harry tranquilamente.

– Sin embargo, si no haces de Nell tu esposa, no pretenderás que se quede soltera para siempre, ¿no?

– No pretendo nada —respondió Harry.

Una oscilación de la escala permitió entonces a los dos amigos separarse, el uno para bajar, el otro para subir por el pozo. Sin embargo, no se separaron.

– Harry —dijo Jack—, ¿crees que te he hablado en serio hace un momento a propósito de Nell?

– No, Jack —respondió Harry.

– ¡Pues bien, ahora sí voy a hacerlo!

– ¡Tú, hablar en serio!

– Mi buen Harry —respondió Jack—, soy capaz de dar un buen consejo a un amigo.

– Dalo, Jack.

– Pues bien, ¡ahí va! Amas a Nell con todo el amor que ella merece, Harry. Tu padre, el viejo Simon, tu madre, la vieja Madge, también la quieren como si fuera su hija. Ahora bien, poco te costaría hacer que se convirtiera del todo en hija de ellos. ¿Por qué no te casas con ella?

– Para hablar así, Jack —respondió Harry—, ¿acaso conoces los sentimientos de Nell?

– Nadie los ignora, ni siquiera tú, Harry, y por eso no tienes celos ni de mí ni de nadie más. Pero aquí viene la escala que va a bajar, y...

– Espera, Jack —dijo Harry, reteniendo a su compañero, cuyo pie ya había dejado el rellano para posarse sobre el peldaño móvil.

– ¡Vaya, Harry! —exclamó Jack riendo—, ¡me vas a descuartizar!

– Escucha en serio, Jack —respondió Harry—, porque ahora me toca a mí hablar en serio.

– Escucho... hasta la próxima oscilación, ¡pero no más!

– Jack —prosiguió Harry—, no tengo por qué ocultar que amo a Nell. Mi más vivo deseo es hacer de ella mi esposa...

– Eso está bien.

– Pero, tal como está ella todavía, siento como un escrúpulo de conciencia al pedirle que tome una decisión que ha de ser irrevocable.

– ¿Qué quieres decir, Harry?

– Quiero decir, Jack, que Nell no ha salido nunca de esas profundidades de la hullera donde sin duda nació. No sabe nada, no conoce nada de fuera. Tiene todo por aprender con los ojos, y quizá también con el corazón. ¡Quién sabe cuáles serán sus pensamientos cuando nazcan en ella nuevas impresiones! Todavía no tiene nada de terrenal, y me parece que sería engañarla, antes de que ella se hubiera decidido, con pleno conocimiento, a preferir la estancia en la hullera a cualquier otra cosa. ¿Me comprendes, Jack?

– Sí... vagamente... Sobre todo comprendo que me vas a hacer perder otra vez la próxima oscilación.

– Jack —respondió Harry con voz grave—, aunque estos aparatos no debieran funcionar nunca más, aunque este rellano fuera a faltarnos bajo los pies, ¡escucharás lo que tengo que decirte!

– ¡A la buena hora, Harry! Así es como me gusta que me hablen. Decíamos, pues, que antes de casarte con Nell, ¿vas a mandarla a un internado de la Vieja Humeante?

– No, Jack —respondió Harry—, yo mismo sabré educar a la que ha de ser mi esposa.

– ¡Y tanto mejor que sea así, Harry!

– Pero, antes —prosiguió Harry—, quiero, como acabo de decirte, que Nell tenga un verdadero conocimiento del mundo exterior. Una comparación, Jack. Si amaras a una joven ciega, y vinieran a decirte: «¡Dentro de un mes estará curada!», ¿no esperarías, para casarte con ella, a que su curación se hubiera completado?

– Sí, a fe mía, sí —respondió Jack Ryan.

– Pues bien, Jack, Nell está aún ciega, y, antes de hacerla mi esposa, quiero que sepa bien que soy yo, que son las condiciones de mi vida, lo que prefiere y acepta. ¡Quiero que sus ojos se hayan abierto por fin a la luz del día!

– ¡Bien, Harry, bien, muy bien! —exclamó Jack Ryan—. Ahora te comprendo. ¿Y para cuándo la operación?...

– Dentro de un mes, Jack —respondió Harry—. Los ojos de Nell se van acostumbrando poco a poco a la claridad de nuestros discos. Es una preparación. Dentro de un mes, espero, habrá visto la tierra y sus maravillas, el cielo y sus esplendores. Sabrá que la naturaleza ha dado a la mirada humana horizontes más lejanos que los de una sombría hullera. ¡Verá que los límites del universo son infinitos! Pero, mientras Harry se dejaba así arrastrar por su imaginación, Jack Ryan, abandonando el rellano, había saltado sobre el peldaño oscilante del aparato.

– ¡Eh, Jack! —gritó Harry—, ¿dónde estás?

– Debajo de ti —respondió riendo el alegre compañero—. Mientras tú te elevas hacia el infinito, ¡yo desciendo hacia el abismo!

– ¡Adiós, Jack! —respondió Harry, aferrándose a su vez a la escala ascendente—. Te encargo que no le digas a nadie lo que acabo de decirte.

– ¡A nadie! —gritó Jack Ryan—, pero con una condición, eso sí...

– ¿Cuál?

– Que os acompañaré a los dos en la primera excursión que haga Nell a la superficie del globo.

– Sí, Jack, te lo prometo —respondió Harry. Una nueva pulsación del aparato puso todavía un intervalo más considerable entre los dos amigos. Sus voces ya no se alcanzaban sino muy debilitadas de uno a otro. Y, sin embargo, Harry pudo aún oír a Jack gritar:

– Y cuando Nell haya visto las estrellas, la luna y el sol, ¿sabes bien qué preferirá a todos ellos?

– ¡No, Jack!

– ¡Serás tú, amigo mío, tú otra vez, tú siempre! Y la voz de Jack Ryan se apagó por fin en un último hurra. Entretanto, Harry consagraba todas sus horas libres a la educación de Nell. Le había enseñado a leer, a escribir, cosas todas en las que la joven hizo rápidos progresos. Habríase dicho que «sabía» por instinto. Jamás una inteligencia más viva triunfó más deprisa de una ignorancia tan completa. Era un motivo de asombro para cuantos se le acercaban. Simon y Madge se sentían cada día más estrechamente unidos a su hija de adopción, cuyo pasado, sin embargo, no dejaba de preocuparlos. Habían reconocido bien la naturaleza de los sentimientos de Harry por Nell, y ello no les desagradaba en absoluto. Se recordará que, en su primera visita al antiguo cottage, el viejo capataz le había dicho al ingeniero:

– ¿Por qué habría de casarse mi hijo? ¡Qué criatura de ahí arriba podría convenirle a un muchacho cuya vida ha de transcurrir en las profundidades de una mina! Pues bien, ¿no parecía que la Providencia le hubiera enviado la única compañera que en verdad pudiera convenir a su hijo? ¿No era aquello como un favor del Cielo? Así pues, el viejo capataz se prometía que, si aquel matrimonio llegaba a celebrarse, ese día habría en Coal-city una fiesta que haría época entre los mineros de la Nueva Aberfoyle. ¡Simon Ford no sabía cuánta razón tenía! Hay que añadir que otra persona más deseaba, no menos ardientemente, esa unión de Nell y Harry. Era el ingeniero James Starr. Ciertamente, quería la felicidad de aquellos dos jóvenes por encima de todo. Pero un motivo de interés quizá más general lo empujaba también en ese sentido. Como se sabe, James Starr conservaba ciertas aprensiones, aunque nada en el presente las justificara ya. Sin embargo, lo que había sido podía volver a ser. Aquel misterio de la nueva hullera, Nell era evidentemente la única que lo conocía. Ahora bien, si el porvenir había de reservar nuevos peligros a los mineros de Aberfoyle, ¿cómo prevenirse contra tales eventualidades sin conocer, al menos, su causa?

– Nell no ha querido hablar —repetía a menudo James Starr—, pero lo que ha callado hasta ahora a todos los demás, no podrá callárselo mucho tiempo a su marido. El peligro amenazaría a Harry tanto como nos amenazaría a nosotros mismos. Así pues, un matrimonio que ha de dar la felicidad a los esposos y la seguridad a sus amigos es un buen matrimonio, ¡o no lo habrá nunca en este mundo! Así razonaba, no sin cierta lógica, el ingeniero James Starr. Este razonamiento se lo comunicó incluso al viejo Simon, a quien no dejó de agradarle. Nada parecía, pues, deber oponerse a que Harry se convirtiera en esposo de Nell. ¿Y quién habría podido oponerse? Harry y Nell se amaban. Los viejos padres no soñaban con otra compañera para su hijo. Los compañeros de Harry envidiaban su dicha, reconociendo a la vez que bien merecida la tenía. La joven no dependía más que de sí misma y no tenía otro consentimiento que obtener que el de su propio corazón. Pero, si nadie parecía poder poner obstáculo a aquel matrimonio, ¿por qué, cuando los discos eléctricos se apagaban a la hora del descanso, cuando la noche caía sobre la ciudad obrera, cuando los habitantes de Coal-city habían regresado a su cottage, por qué, desde uno de los rincones más sombríos de la Nueva Aberfoyle, un ser misterioso se deslizaba entre las tinieblas? ¿Qué instinto guiaba a aquel fantasma a través de ciertas galerías tan estrechas que debían de creerse impracticables? ¿Por qué aquel ser enigmático, cuyos ojos traspasaban la más profunda oscuridad, venía arrastrándose por la orilla del lago Malcolm? ¿Por qué se dirigía tan obstinadamente hacia la morada de Simon Ford, y con tanta prudencia también, que hasta entonces había burlado toda vigilancia? ¿Por qué venía a pegar el oído a las ventanas y trataba de sorprender jirones de conversación a través de los postigos del cottage? Y, cuando ciertas palabras llegaban hasta él, ¿por qué se alzaba su puño para amenazar la tranquila morada? ¿Por qué, en fin, escapaban de su boca, contraída por la ira, estas palabras:

– ¡Ella y él! ¡Jamás!

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Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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