Las Indias negras

Capítulo XV

Nell en el cottage

Dos horas después, Harry, que no había recobrado del todo el sentido, y la niña, cuya debilidad era extrema, llegaban al cottage con la ayuda de Jack Ryan y sus compañeros.

Allí se le hizo el relato de lo ocurrido al viejo capataz, y Madge prodigó sus cuidados a la pobre criatura que su hijo acababa de salvar.

Harry había creído sacar a un niño del abismo... Era una joven de quince a dieciséis años, a lo sumo. Su mirada vaga y llena de asombro, su rostro enjuto, alargado por el sufrimiento, su tez de rubia que la luz no parecía haber bañado jamás, su talle frágil y menudo, todo hacía de ella un ser a un tiempo extraño y encantador. Jack Ryan, no sin razón, la comparó con un duende de aspecto un tanto sobrenatural. ¿Se debía a las circunstancias particulares, al medio excepcional en que quizá había vivido hasta entonces aquella joven? Lo cierto es que parecía no pertenecer más que a medias a la humanidad. Su fisonomía era extraña. Sus ojos, a los que el resplandor de las lámparas del cottage parecía fatigar, miraban con confusión, como si todo fuese nuevo para ellos.

A aquel ser singular, tendido ya en el lecho de Madge y que volvía a la vida como quien sale de un largo sueño, la vieja escocesa le dirigió primero la palabra:

– ¿Cómo te llamas? —le preguntó.

– Nell —respondió la joven.

– Nell —insistió Madge—, ¿sufres?

– Tengo hambre —respondió Nell—. No he comido desde... desde...

En aquellas pocas palabras que acababa de pronunciar se notaba que Nell no estaba acostumbrada a hablar. La lengua de que se servía era aquel viejo gaélico que Simon Ford y los suyos empleaban a menudo.

Al oír la respuesta de la joven, Madge le trajo enseguida algo de comer. Nell se moría de hambre. ¿Desde cuándo estaba en el fondo de aquel pozo? No había manera de saberlo.

– ¿Cuántos días has pasado allá abajo, hija mía? —preguntó Madge.

Nell no respondió. No parecía comprender la pregunta que se le hacía.

– ¿Desde cuántos días...? —insistió Madge.

– ¿Días...? —repitió Nell, para quien aquella palabra parecía carecer de todo sentido.

Luego movió la cabeza como quien no comprende lo que se le pregunta.

Madge había tomado la mano de Nell y la acariciaba para infundirle confianza:

– ¿Qué edad tienes, hija mía? —preguntó, mirándola con ojos bondadosos y tranquilizadores.

Nell hizo el mismo gesto negativo.

– Sí, sí —insistió Madge—, ¿cuántos años?

– ¿Años...? —respondió Nell.

Y aquella palabra, lo mismo que la palabra «día», no pareció tener significado alguno para la joven.

Simon Ford, Harry, Jack Ryan y sus compañeros la miraban con un doble sentimiento de piedad y de simpatía. El estado de aquella pobre criatura, vestida con un mísero sayal de tela basta, era bien capaz de impresionarlos.

Harry, más que ningún otro, se sentía irresistiblemente atraído por la extrañeza misma de Nell.

Se acercó entonces. Tomó en su mano la mano que Madge acababa de soltar. Miró de frente a Nell, cuyos labios esbozaron una especie de sonrisa, y le dijo:

– Nell... allá abajo... en la hullera... ¿estabas sola?

– ¡Sola! ¡Sola! —exclamó la joven incorporándose.

Su fisonomía revelaba entonces el espanto. Sus ojos, que se habían dulcificado bajo la mirada del joven, volvieron a tornarse salvajes.

– ¡Sola! ¡Sola! —repitió, y volvió a caer sobre el lecho de Madge, como si las fuerzas le hubiesen faltado del todo.

– Esta pobre niña está aún demasiado débil para respondernos —dijo Madge, después de volver a acostar a la joven—. Unas horas de reposo y un poco de buen alimento le devolverán las fuerzas. ¡Ven, Simon! ¡Ven, Harry! Venid todos, amigos míos, y dejemos que obre el sueño.

Siguiendo el consejo de Madge, dejaron sola a Nell, y pudieron comprobar, poco después, que dormía profundamente.

Aquel suceso no dejó de causar gran revuelo, no solo en la hullera, sino también en el condado de Stirling, y, poco después, en todo el Reino Unido. La fama de rareza de Nell se acrecentó con ello. Aunque se hubiera encontrado a una joven encerrada en la roca esquistosa, como uno de esos seres antediluvianos a los que un golpe de pico libera de su ganga de piedra, el asunto no habría tenido más resonancia.

Sin saberlo, Nell se puso muy de moda. Las gentes supersticiosas encontraron en ella un nuevo tema para sus relatos legendarios. Gustaban de pensar que Nell era el genio de la Nueva Aberfoyle, y cuando Jack Ryan se lo decía a su compañero Harry:

– Sea, Jack, sea —respondía el joven, a modo de conclusión—. Pero, en todo caso, ¡es el buen genio! ¡Es el que nos socorrió, el que nos trajo el pan y el agua cuando estábamos encerrados en la hullera! ¡No puede ser otro! En cuanto al mal genio, si se ha quedado en la mina, ya tendremos que descubrirlo algún día.

Como cabe suponer, el ingeniero James Starr había sido el primero en ser informado de lo ocurrido.

La joven, que había recobrado las fuerzas al día siguiente mismo de su llegada al cottage, fue interrogada por él con la mayor solicitud. Le pareció ignorar la mayor parte de las cosas de la vida. Sin embargo, era inteligente, pronto se reconoció, pero le faltaban ciertas nociones elementales, entre otras la del tiempo. Se advertía que no había estado acostumbrada a dividir el tiempo ni por horas ni por días, y que esas mismas palabras le eran desconocidas. Además, sus ojos, acostumbrados a la noche, se acomodaban con dificultad al resplandor de los discos eléctricos; pero en la oscuridad su mirada poseía una agudeza extraordinaria, y su pupila, ampliamente dilatada, le permitía ver en medio de las tinieblas más profundas. Se comprobó también que su cerebro jamás había recibido las impresiones del mundo exterior, que ningún otro horizonte que el de la hullera se había desplegado ante sus ojos, que la humanidad entera se había reducido para ella a aquella sombría cripta. ¿Sabía aquella pobre muchacha que existían un sol y unas estrellas, ciudades y campiñas, un universo en el que pululaban los mundos? Cabía dudarlo hasta el momento en que ciertas palabras que aún ignoraba cobrasen en su mente un sentido preciso.

En cuanto a la cuestión de si Nell vivía sola en las profundidades de la Nueva Aberfoyle, James Starr tuvo que renunciar a resolverla. En efecto, toda alusión a ese asunto sembraba el espanto en aquella extraña naturaleza. O bien Nell no podía, o no quería responder; pero, sin duda, existía allí algún secreto que ella hubiera podido revelar.

– ¿Quiere usted quedarse con nosotros? ¿Quiere usted volver adonde estaba? —le había preguntado James Starr.

A la primera de estas dos preguntas, la joven había dicho: «¡Oh, sí!». A la segunda no había respondido más que con un grito de terror, y nada más.

Ante aquel silencio obstinado, James Starr, y con él Simon y Harry Ford, no dejaban de sentir cierta aprensión. No podían olvidar los hechos inexplicables que habían acompañado el descubrimiento de la hullera. Ahora bien, aunque desde hacía tres años no se había producido ningún incidente nuevo, seguían esperando siempre alguna nueva agresión por parte de su invisible enemigo. Por ello quisieron explorar el pozo misterioso. Así lo hicieron, bien armados y bien acompañados. Pero no encontraron en él rastro sospechoso alguno. El pozo comunicaba con los pisos inferiores de la cripta, excavados en la capa carbonífera.

James Starr, Simon y Harry hablaban a menudo de estas cosas. Si uno o varios seres malvados se ocultaban en la hullera, si preparaban alguna emboscada, Nell habría podido decirlo tal vez, pero no hablaba. La más leve alusión al pasado de la joven le provocaba crisis, y pareció prudente no insistir. Con el tiempo, su secreto se le escaparía sin duda.

Quince días después de su llegada al cottage, Nell era la ayudante más inteligente y más celosa de la vieja Madge. Evidentemente, no abandonar jamás aquella casa donde había sido tan caritativamente acogida le parecía de lo más natural, y quizá ni siquiera se imaginaba que en adelante pudiera vivir en otro lugar. La familia Ford le bastaba, y huelga decir que, en el pensamiento de aquella buena gente, desde el momento en que Nell había entrado en el cottage, se había convertido en su hija de adopción.

Nell era encantadora, en verdad. Su nueva existencia la embellecía. Eran sin duda los primeros días felices de su vida. Se sentía llena de gratitud hacia aquellos a quienes se los debía. Madge había cobrado por Nell una simpatía del todo maternal. El viejo capataz no tardó en enloquecer por ella a su vez. Todos la querían, por lo demás. El amigo Jack Ryan solo lamentaba una cosa: no haberla salvado él mismo. Iba a menudo al cottage. Cantaba, y Nell, que nunca había oído cantar, encontraba aquello muy hermoso; pero se podía advertir que la joven prefería a las canciones de Jack Ryan las conversaciones más serias de Harry, quien, poco a poco, le iba enseñando lo que aún ignoraba de las cosas del mundo exterior.

Hay que decir que, desde que Nell había aparecido bajo su forma natural, Jack Ryan se había visto obligado a reconocer que su fe en los duendes flaqueaba en cierta medida. Además, dos meses después, su credulidad recibió un nuevo golpe.

En efecto, por aquella época, Harry hizo un descubrimiento bastante inesperado, pero que explicaba en parte la aparición de las Damas de fuego en las ruinas del castillo de Dundonald, en Irvine.

Un día, tras una larga exploración de la parte sur de la hullera —exploración que había durado varios días a través de las últimas galerías de aquella enorme substrucción—, Harry había trepado penosamente por una angosta galería, excavada en una hendidura de la roca esquistosa. De pronto, se sorprendió mucho al encontrarse al aire libre. La galería, tras remontar oblicuamente hacia la superficie del suelo, iba a desembocar precisamente en las ruinas de Dundonald Castle. Existía, pues, una comunicación secreta entre la Nueva Aberfoyle y la colina que coronaba el viejo castillo. La boca superior de aquella galería habría sido imposible de descubrir desde el exterior, tan obstruida estaba de piedras y matorrales. Por eso, en la investigación, los magistrados no habían podido penetrar en ella.

Unos días después, James Starr, guiado por Harry, fue a reconocer por sí mismo aquella disposición natural del yacimiento hullero.

– He aquí —dijo— con qué convencer a los supersticiosos de la mina. ¡Adiós, brawnies, duendes y Damas de fuego!

– No creo, señor Starr —respondió Harry—, que tengamos motivo para felicitarnos. ¡Sus sustitutos no valen más y pueden ser peores, sin duda!

– En efecto, Harry —replicó el ingeniero—, pero ¿qué hacer? Evidentemente, los seres, quienesquiera que sean, que se ocultan en la mina, se comunican por esta galería con la superficie del suelo. Son ellos, sin duda, quienes, antorcha en mano, durante aquella noche de tormenta, atrajeron al Motala hacia la costa, y, como los antiguos saqueadores de restos náufragos, habrían robado sus despojos si Jack Ryan y sus compañeros no se hubieran encontrado allí. Sea como fuere, en fin, todo se explica. ¡Ahí está la boca de la guarida! En cuanto a quienes la habitaban, ¿la habitan todavía?

– Sí, puesto que Nell tiembla cuando se le habla de ello —respondió Harry con convicción—. Sí, puesto que Nell no quiere o no se atreve a hablar de ello. Harry debía de tener razón. Si los misteriosos huéspedes de la hullera la hubieran abandonado, o si hubiesen muerto, ¿qué razón habría tenido la joven para guardar silencio?

Sin embargo, James Starr tenía un empeño absoluto en penetrar aquel secreto. Presentía que el porvenir de la nueva explotación podía depender de ello. Se tomaron, pues, de nuevo, las más severas precauciones. Se avisó a los magistrados. Unos agentes ocuparon en secreto las ruinas de Dundonald Castle. El propio Harry se ocultó, durante varias noches, entre los matorrales que erizaban la colina. Esfuerzo inútil. No se descubrió nada. Ningún ser humano apareció por aquella boca.

Pronto se llegó a la conclusión de que los malhechores debían de haber abandonado definitivamente la Nueva Aberfoyle, y de que, en cuanto a Nell, la creían muerta en el fondo de aquel pozo donde la habían abandonado. Antes de la explotación, la hullera podía ofrecerles un refugio seguro, al abrigo de toda pesquisa. Pero, desde entonces, las circunstancias ya no eran las mismas. El escondite resultaba difícil de ocultar. Cabía, pues, esperar razonablemente que ya no había nada que temer para el porvenir. Sin embargo, James Starr no estaba del todo tranquilo. Harry tampoco lograba convencerse, y repetía a menudo:

– Nell ha estado evidentemente mezclada en todo este misterio. Si ya no tuviera nada que temer, ¿por qué habría de guardar silencio? No cabe dudar de que es feliz estando con nosotros. ¡Nos quiere a todos! ¡Adora a mi madre! Si calla sobre su pasado, sobre lo que podría tranquilizarnos para el porvenir, es porque algún terrible secreto, que su conciencia le prohíbe revelar, pesa sobre ella. Quizá también, más en interés nuestro que en el suyo, crea deber encerrarse en ese inexplicable mutismo.

Fue a raíz de estas diversas consideraciones que, de común acuerdo, se convino en apartar de la conversación todo lo que pudiera recordar a la joven su pasado.

Un día, sin embargo, Harry se vio llevado a hacer saber a Nell lo que James Starr, su padre, su madre y él mismo creían deber a su intervención.

Era día de fiesta. Los brazos descansaban tanto en la superficie del condado de Stirling como en el dominio subterráneo. Se paseaba un poco por todas partes. Cantos resonaban, en veinte lugares distintos, bajo las bóvedas sonoras de la Nueva Aberfoyle.

Harry y Nell habían salido del cottage y seguían a paso lento la orilla izquierda del lago Malcolm. Allí, los resplandores eléctricos se proyectaban con menos violencia, y sus haces se quebraban caprichosamente en los ángulos de algunas pintorescas rocas que sostenían la bóveda. Aquella penumbra convenía mejor a los ojos de Nell, que solo con gran dificultad se acostumbraban a la luz.

Tras una hora de camino, Harry y su compañera se detuvieron frente a la capilla de San Gil, en una especie de terraza natural que dominaba las aguas del lago.

– Tus ojos, Nell, aún no están acostumbrados al día —dijo Harry—, y desde luego no podrían soportar el resplandor del sol.

– No, seguramente —respondió la joven—, si el sol es tal como tú me lo has pintado, Harry.

– Nell —prosiguió Harry—, al hablarte de él no he podido darte una idea justa de su esplendor, ni de las bellezas de ese universo que tus ojos no han contemplado nunca. Pero dime, ¿es posible que, desde el día en que naciste en las profundidades de la hullera, no hayas vuelto a subir jamás a la superficie del suelo?

– Nunca, Harry —respondió Nell—, y no creo que, ni siquiera de pequeña, un padre o una madre me llevaran alguna vez allí. ¡De lo contrario habría conservado algún recuerdo de fuera!

– Lo creo —respondió Harry—. Por lo demás, en aquella época, Nell, muchos otros aparte de ti no salían nunca de la mina. Las comunicaciones con el exterior eran difíciles, y he conocido a más de un muchacho o de una muchacha que, a tu edad, ignoraban todavía todo lo que tú ignoras de las cosas de ahí arriba. Pero ahora, en pocos minutos, el ferrocarril del gran túnel nos transporta a la superficie del condado. Así que tengo prisa, Nell, por oírte decir: «Ven, Harry, mis ojos pueden soportar la luz del día, y quiero ver el sol. ¡Quiero ver la obra de Dios!»

– Te lo diré, Harry —respondió la joven—, dentro de poco, espero. Iré a admirar contigo ese mundo exterior, y sin embargo...

– ¿Qué quieres decir, Nell? —preguntó vivamente Harry—. ¿Tendrías algún pesar por haber abandonado el sombrío abismo en que has vivido durante los primeros años de tu vida, y del que te sacamos casi muerta?

– No, Harry —respondió Nell—. Pensaba solamente que las tinieblas también son bellas. ¡Si supieras todo lo que ven en ellas unos ojos acostumbrados a su profundidad! Hay sombras que pasan y a las que uno querría seguir en su vuelo. A veces son círculos que se entrecruzan ante la mirada y de los que ya no querría uno salir. Existen, en el fondo de la hullera, agujeros negros, llenos de vagas luces. Y además, se oyen ruidos que le hablan a una. ¿Ves, Harry?, hay que haber vivido allí para comprender lo que siento, lo que no puedo expresarte.

– ¿Y no tenías miedo, Nell, cuando estabas sola?

– Harry —respondió la joven—, ¡era precisamente cuando estaba sola cuando no tenía miedo!

La voz de Nell se había alterado ligeramente al pronunciar estas palabras. Harry, sin embargo, creyó conveniente insistir un poco, y dijo:

– Pero uno podía perderse en esas largas galerías, Nell. ¿No temías, entonces, extraviarte en ellas?

– No, Harry. Conocía, desde hacía tiempo, todos los recovecos de la nueva hullera.

– ¿No salías de allí alguna vez?...

– Sí... alguna vez... —respondió titubeando la joven—, alguna vez llegaba hasta la antigua mina de Aberfoyle.

– ¿Conocías, pues, el viejo cottage?

– El cottage... sí... pero solo de muy lejos, a quienes lo habitaban.

– Eran mi padre y mi madre —respondió Harry—, ¡era yo! Nunca habíamos querido abandonar nuestra antigua morada.

– Quizá hubiera sido mejor para vosotros... —murmuró la joven.

– ¿Y por qué, Nell? ¿No fue nuestra obstinación en no abandonarla lo que nos hizo descubrir el nuevo yacimiento? ¿Y no ha tenido ese descubrimiento consecuencias felices para toda una población que ha reconquistado aquí el bienestar por el trabajo, para ti, Nell, que, devuelta a la vida, has encontrado corazones enteramente tuyos?

– ¡Para mí! —respondió vivamente Nell—... ¡Sí! ¡Pase lo que pase! Para los demás... ¿quién sabe?...

– ¿Qué quieres decir?

– Nada... ¡nada!... Pero entonces había peligro en introducirse en la nueva hullera. ¡Sí! ¡Gran peligro, Harry! Un día, unos imprudentes penetraron en esos abismos. Fueron lejos, muy lejos. Se extraviaron...

– ¿Se extraviaron? —dijo Harry mirando a Nell.

– Sí... se extraviaron... —respondió Nell, cuya voz temblaba—. ¡Se les apagó la lámpara! No pudieron encontrar el camino de vuelta...

– ¡Y allí —exclamó Harry—, encerrados durante ocho largos días, Nell, estuvieron a punto de morir! Y sin un ser bienhechor, que Dios les envió, un ángel tal vez, que en secreto les llevó un poco de alimento, sin un guía misterioso que, más tarde, condujo hasta ellos a sus libertadores, ¡jamás habrían salido de aquella tumba!

– ¿Y cómo lo sabes tú? —preguntó la joven.

– Porque aquellos hombres eran James Starr... era mi padre... ¡era yo, Nell!

Nell, alzando la cabeza, asió la mano del joven y lo miró con tal fijeza que este se sintió turbado hasta lo más profundo del corazón.

– ¡Tú! —repitió la joven.

– Sí —respondió Harry, tras un instante de silencio—, y aquella a quien debemos la vida eras tú, ¡Nell! ¡No podía ser otra que tú! Nell dejó caer la cabeza entre las manos, sin responder. Jamás la había visto Harry tan vivamente impresionada.

– Los que te salvaron, Nell —añadió con voz emocionada—, ya te debían la vida a ti, ¿y crees que puedan olvidarlo jamás?

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

0 parole · tariffa: 0 kreuzer (i punti diventano STOP)