Familia sin nombre · Parte 4
VII
LA NOCHE DEL 20 DE DICIEMBRE
Las tres de la tarde daban en el campanario de la pequeña iglesia de Schlosser. Una bruma algo densa llenaba el húmedo valle del Niágara, y el frío era intenso. El cielo estaba cubierto de inmóviles nubes, que, a la menor subida de la temperatura, podían resolverse en nieve bajo la influencia de los vientos del Este.
El estampido de la artillería de Chippewa atronaba el ai-re, oyéndose, en el intervalo de los cañonazos, el imponente mugido de las cataratas.
Un cuarto de hora después de abandonar la casa del señor de Vaudreuil, los patriotas, caminando por en medio de los grupos de árboles o desfilando entre los setos y las barreras, llegaron a la orilla del río.
Algunos faltaban ya. Los unos, heridos por algún trozo de granada, habían tenido que retroceder, mientras que otros estaban tendidos en la nieve para no levantarse más. Veinte se hallaban a la sazón fuera de combate, de los doscientos que quedaban en la isla.
Las baterías de Chippewa habían hecho grandes destrozos en el campo de los patriotas. Las trincheras, que hubieran permitido a los gorros azules ponerse a cubierto de las balas, estaban enteramente deshechas, siéndoles preciso to-mar posición en la parte baja del ribazo, entre unas rocas bañadas por la impetuosa corriente, desde donde Juan y sus compañeros procurarían impedir el desembarque de los realistas, ínterin tuviesen municiones de que disponer.
Este movimiento había sido visto desde Chippewa, y el coronel, Mac-Nab, que se hallaba bien informado por las reseñas que el espía Rip, refugiado entonces en el campamento de los realistas, con minuciosidad, aumentó los tiros, concentrándolos en los puntos fortificados.
Alrededor de Juan unos treinta patriotas fueron heridos por fragmentos de rocas que el choque de las balas diseminaba a lo largo de la orilla.
El hijo dé Bridget iba y venía por el ribazo, observando las maniobras del enemigo a pesar de las balas que se hundían a sus pies o silbaban por encima de su cabeza, cuando de pronto ve que varias barcas impelidas por vigorosos remeros se destacaban, una detrás de otra, saliendo de la opuesta orilla, favoreciendo su marcha los del campamento de Chippewa con algunas descargas, cuyos proyectiles, pasando por encima de las embarcaciones, caían sobre la isla y rebotaban a lo lejos.
Ni siquiera recibió Juan la menor rozadura.
-¡Patriotas, en guardia! Exclamó.
Todos esperaban, que los contrarios estuvieran a tiro para empezar el fuego.
Los sitiadores iban echados en las barcas, para ofrecer, menos blanco, y sumaban de cuatrocientos a quinientos entre voluntarios y soldados. Bien pronto se encontraron en medio del río y bastante cerca de la ribera, por cuyo motivo, y para no hacerlos zozobrar, la artillería de Chippewa tuvo que suspender su acción.
Inmediatamente que los defensores de la isla observaron esto, comenzaron a hostilizarlos desde las rocas que les servían de parapeto, contestando con sus fuegos a su vez los soldado y sin cesar por ello de manejar, los largos remos de sus embarcaciones.
Como es de suponer, no tardaron mucho tiempo en arribar, y, por consiguiente tuvieron que prepararse ambas partes beligerantes para una lucha cuerpo a cuerpo.
Juan, en medio de una lluvia de balas y al descubierto, mandaba bizarramente a su hueste.
-¡Resguardaos detrás de alguna roca! gritóle Vicente Hodge.
-¿Yo? respondió.
Y con voz retumbante, y dirigiéndose a los sitiadores, que se preparaban a saltar al ribazo:
-¡Soy Juan Sin Nombre! dijo.
Este nombre fue, oído con verdadero estupor por los realistas, que creían que aquel valiente patriota había sido pasado por las armas en el fuerte de Frontenac.
Entonces Juan, precipitándose hacia las primeras embarcaciones, exclamó:
-¡Adelante los gorros azules!... ¡A ellos! ¡Mueran los de las casacas encarnadas!
El ataque fue en extremo vivo por ambas partes; sin embargo, los primeros que desembarcaron fueron rechazados, cayendo muchos de ellos al río, que los arrastró hacia las cataratas. Los patriotas, abandonando el abrigo de las rocas, se esparcieron por el ribazo, y se batieron con tal impetuosidad, que la victoria pareció un momento coronar sus esfuerzos, pues las embarcaciones tuvieron que retroceder; mas, pronto los contrarios recibieron refuerzos, y algunos centenares de realistas pudieron tomar pie en la isla. El paso estaba forzado ya, y el número iba a vencer al valor.
Y, en efecto, ante tan numerosos enemigos, los insurrectos tuvieron que abandonar sus posiciones, si bien no las cedieron sin ocasionar bajas importantes, y sin tenerlas también muy sensibles, pues entre otros, Tomás Harcher, Pedro, y Miguel, heridos por las balas, fueron rematados por aquellos feroces voluntarios, que no daban cuartel. William Clerc y Andrés Farran, heridos también, fueron amparados, en el mismo instante por un oficial sin cuya intervención hubieran tenido la misma suerte que Tomás Harcher y sus hijos. Verdad es que el coronel Mac-Nab; había recomendado que, en cuanto fuera posible, no mataran a los jefes, pues, el gobierno tenía empeño en que se presentasen ante un consejo de guerra en Quebec o en Montreal, y a esta recomendación debieron Farran y Clerc el no ser degollados.
Los patriotas, después de batirse como desesperados, juntamente con los Mahogannis, en los cuales hay que admirar la sangre fría y ese desprecio de la muerte, propios de los indios de su raza, tuvieron que huir a través de los grupos de árboles que cubren la isla, defendiendo el terreno palmo a palmo y casi cercados por el enemigo. Fue un milagro que no mataran veinte veces a Lionel, y que el señor Nick, escapara también ileso, si bien muchos de sus súbditos, los hurones, hubieron de caer para no volver más a ver a sus wigwams de Walhatta.
Al llegar cerca de la casa del señor de Vaudreuil, el señor Nick quiso que Clary se embarcase para refugiarse en Schlosser.
-¡Mientras esté mi padre en la isla, no me separaré de él! contestó la valerosa joven.
Sí: estaba decidida a no abandonar a su padre ni a Juan, por más que tenía la convicción de que éste no había vuelto sino para hacerse matar.
A eso de las cinco de la tarde, el señor de Vaudreuil comprendió que la resistencia se hacía ya imposible, porque algunos centenares de soldados eran dueños de gran parte de la isla; siendo, pues, necesario y urgente que los patriotas supervivientes se refugiasen en la orilla derecha del Niágara si querían salvar sus vidas pero el anciano que aconsejaba la retirada, apenas podía sostenerse en pie y tal vez no llegaría hasta su casa, en donde le esperaba su hija para embarcarse con él.
Vicente Hodge procuró arrastrarle consigo; mas en aquel momento el señor de Vaudreuil recibió un balazo en el pecho y cayó diciendo:
-¡Mi hija!... ¡Hodge... mi hija!... Juan, que acudía, le oyó.
-¡Salvad a Clary! gritó a Hodge.
Pero en aquel instante unos cuantos voluntarios que le conocieron, le rodearon. ¡Qué fortuna para ellos apoderarse del célebre Juan Sin Nombre, y de llevarle vivo al campamento de Chippewa!
Pero haciendo un supremo esfuerzo, Juan abatió a sus pies, a dos de los voluntarios que procuraban cogerle, y desapareció en medio de una descarga que no le alcanzó.
En cuanto a Vicente Hodge, herido gravemente, había caído prisionero, al lado del cadáver del señor de Vaudreuil.
¿Adónde iba Juan Sin Nombre? ¿tenía acaso el pensamiento de sobrevivir, después de que los mejores patriotas habían sucumbido, o se hallaban prisioneros de los realistas?
¡No! Mas la última palabra del señor de Vaudreuil, ¿no había sido el nombre de su hija?
Y puesto que Vicente Hodge no podía ya salvarla, él la salvaría; la obligaría a huir; la llevaría hasta la frontera, y después volvería a hacerse matar en medio de sus compañeros, que luchaban aún.
Clary de Vaudreuil, sola, delante de su casa, oía el tu-multo del combate, los gritos de furor y de dolor, mezclados con las descargas de fusilería.
Todo aquel ruido se aproximaba a ella, así como la hería cada vez con más viveza la claridad que se desprendía de las armas de fuego.
Unos cincuenta insurrectos, heridos la mayor parte, se habían embarcado ya, dirigiéndose hacia Schlosser.
De repente, Juan apareció sano y salvo, pero cubierto de sangre, sangre de los realistas después de buscar en vano la muerte, que él dio veinte veces. Clary se lanzó hacia él.
-¿Mi padre? preguntó.
-¡Ha muerto!
Juan le contestó de este modo, sin miramiento de ningún género, porque era preciso que la joven consintiera en salir de la isla.
El joven héroe la recibió inerte en sus brazos en el momento en que los patriotas volvían a la casa para oponerse a su fuga; pero Juan, saltando como un corzo a pesar de su carga, corrió hacia la Carolina, depositó en ella a la joven, y después, levantándose, dijo:
-¡Adiós, Clary!
Y puso un pie en la obra muerta, para saltar otra vez al ribazo.
En aquel instante se oyó una descarga, y Juan, herido de dos balazos, cayó sobre el puente hacia popa, en el momento en que la Carolina se alejaba a todo vapor.
Al reflejo de las descargas, el heroico defensor de la independencia del Canadá había sido conocido por los voluntarios que le perseguían a través de la isla y que gritaron, viéndole caer:
-¡Muerto, muerto! ¡Juan Sin Nombre ha muerto! Estas voces hicieron volver en sí a Clary, que se levantó.
-¡Muerto! murmuró arrastrándose hacia él.
Algunos minutos más tarde, la Carolina estaba amarrada en el muelle de Schlosser y los fugitivos que se encontraban a bordo podían creerse en seguridad, bajo la protección de las autoridades federales.
Algunos desembarcaron en seguida; mas como la única posada del pueblo se llenó pronto, y era necesario recorrer tres millas para llegar a las fondas del Niágara-Falls, bajando por la orilla derecha, la mayor parte de aquellos desgraciados prefirieron quedarse en el barco hasta el día siguiente.
Eran entonces las ocho de la noche.
Juan, tendido en el puente, respiraba todavía, y Clary, arrodillada a su lado, sostenía su cabeza y le hablaba. ¡Él no respondía!... ¡Tal vez no la oyera ya!
Clary miró a su alrededor. Pero ¿en dónde podía buscar algún socorro, dado aquel desorden y en un pueblo lleno de fugitivos y de heridos, y en el cual faltaban médicos y medicinas?
Entonces todos los recuerdos de su corta vida se presentaron a la mente de la joven. ¡Su padre muerto por la causa nacional!... ¡El que amaba, moribundo entre sus brazos, después de haber luchado hasta la última hora!... ¡Y ella se hallaba sola, sin familia, sin patria y desesperada!
Después de abrigar a Juan, para preservarle del frío, con una tela embreada que halló a su alcance, Clary, inclinada hacia él, escuchaba si su corazón latía o si un débil aliento se escapaba de sus labios...
A lo lejos, en la orilla opuesta, retumbaban todavía las postreras descargas, cuyo fulgor se veía a través de los árboles de la isla Navy.
El silencio se restableció por fin, y el valle del Niágara quedó tranquilo.
Inconscientemente Clary murmuraba el nombre de su padre, y también el de Juan, pensando ¡oh suprema angustia! que el joven patriota moría tal vez con la creencia de que sería perseguido más allá de la tumba por la maldición de los hombres; y por esto, la joven rezaba con toda su alma por los dos seres que le eran más queridos.
De repente Juan se estremeció; su corazón latió, más de prisa y Clary le llamó...
Juan no respondió.
Dos horas pasaron así, y el más completo reposo se notaba a bordo de la Carolina. Ningún ruido se oía ni en los camarotes ni en el puente. Clary, sola, velaba como una Hermana de la Caridad a la cabecera de un moribundo.
La noche era muy oscura y empezaba a formarse encima del río una espesa niebla, que impidió ver cuatro barcas que, costeando la punta de la isla Navy río arriba, maniobraban sin ruido, dirigiéndose hacia Schlosser.
Estas barcas contenían unos cincuenta voluntarios, mandados por el teniente Drew, que pertenecía al ejército realista.
Este oficial, por orden del coronel Mac-Nab y haciendo caso omiso del derecho de gentes, iba a realizar un acto vandálico en las aguas pertenecientes a los Estados Unidos.
Entre estos salvajes se hallaba un tal Mac-Leod, cuya crueldad trajo graves complicaciones internacionales algunos meses después.
Las cuatro barcas, silenciosamente movidas por los remos, atravesaron el brazo derecho del Niágara y abordaron por el costado de babor a la Carolina.
En seguida los voluntarios se subieron cautelosamente al puente, y bajando a los camarotes, se entregaron a un horroroso degüello de gentes completamente indefensas y entregadas a un saludable descanso.
Los pasajeros, unos heridos y otros dormidos, no pudiendo defenderse, lanzaban gritos desgarradores; pero nada pudo, detener la furia de aquellos miserables, en medio de los cuales Mac-Leod, con una pistola en una mano y un hacha en la otra, aullaba como un caníbal.
Juan no había recuperado el conocimiento y Clary, asustada, se apresuró a ocultarle, ocultándose también ella con una tela embreada que los cubrió a ambos.
Algunos pasajeros pudieron huir, bien saltando al muelle de Schlosser, o tirándose al agua para llegar a algún punto de la orilla, en donde Mac-Leod y sus secuaces no se atrevieron a perseguirlos, pues la alarma había empezado a cundir, por el pueblo, y los habitantes salían ya de las casas para socorrer a aquellos infelices patriotas.
Este acto de salvajismo apenas duró una hora, y buen número de víctimas se hubieran salvado del degüello si el infame Mac-Leod no hubiese estado a la cabeza de los asesinos.
En efecto; aquel miserable llevó en su barca cierta cantidad de materias inflamables, que hizo amontonar en el puente de la Carolina, y, en pocos segundos, el casco y los aparejos fueron presa de llamas Al mismo tiempo mandó cortar las amarras, y el buque, vigorosamente empujado ha-cia el centro del río, fue llevado por la corriente.
La situación de aquellos infelices era espantosa.
Tres millas más allá, el Niágara se hundía en el abismo de las cataratas.
Pensando en esto, cinco o seis desgraciados, exaltados por el terror, se precipitaron en el río; pero alguno solamente pudo llegar a la orilla, luchando con la velocidad de las aguas.
Nunca se supo el número de víctimas sacrificadas por los degolladores del teniente Drew, o ahogados por querer librarse de las llamas. La Carolina corría a impulsos de la corriente, como un brulote ardiendo. El incendio ganaba la popa, y Clary, de pie, y en el colmo del espanto, clamaba con angustioso afán y llamaba.
Juan la oyó, por fin, abrió los ojos, se incorporó a medias, y paseó la vista a su alrededor.
Con la claridad de las llamas se podía notar con cuanta rapidez desaparecían las orillas.
Juan vio a la joven a su lado.
-¡Clary! Murmuró.
Si hubiera tenido fuerzas, la hubiera cogido en brazos, y, tirándose con ella a la corriente, hubiera intentado salvarla; pero, no pudiendo ya sostenerse, cayó de nuevo sobre el puente...
El mugido de las cataratas se oía ya a menos de media milla de distancia.
Era la muerte para ella y para él, lo mismo que para las demás víctimas que la Carolina arrastraba consigo.
-¡Juan! dijo Clary. ¡Vamos a morir... a morir juntos!... ¡Juan, te amo!... ¡Hubiera estado muy orgullosa de llevar tu nombre!... ¡Sí, Juan; pero Dios no lo ha querido!...
El patriota tuvo la suficiente fuerza para apretar la mano de Clary, y después sus labios repitieron la última palabra que pronunció su madre:
-¡Expiación!... ¡Expiación!...
El barco corría con una velocidad espantosa, costeando Goat-Island, que separa la catarata canadiense de la de los Estados Unidos; y en aquel momento, hacia el medio de la herradura que forma el río, allí, en donde la corriente se hunde en una sima verdosa, la Carolina se inclinó, y desapareció en el abismo.