Familia sin nombre · Parte 4

VI

ÚLTIMOS DÍAS

La situación de los patriotas en la isla Navy era por demás critica, y no podía prolongarse mucho tiempo; era ya cuestión de pocos días, o tal vez de algunas horas.

Y, en efecto; si el coronel Mac-Nab intentaba el paso del Niágara, hacíase insostenible el campamento de los sitiados, pues una batería instalada en el ribazo de Chippewa estaba ya concluida, y los gorros azules se verían imposibilitados de responder a sus tiros, puesto que no disponían de ningún cañón. Algunos centenares de fusiles, únicas armas que poseían, eran impotentes, contra la artillería realista, y no podrían impedir un desembarque.

Era de sentir que el Gobierno de los Estados Unidos, cuyos habitantes se interesaban por el éxito de la insurrección franco-canadiense, quisiera guardar, con un fin político, la más estricta neutralidad, pues sólo él hubiera podido dar a los reformistas los cañones que necesitaban; pero esto hubiera provocado reclamaciones por parte de Inglaterra en una época en que el menor incidente podía, producir una ruptura, como, sin embargo, se produjo algunos meses después, según tendremos que manifestar.

Los medios de defensa de la isla Navy eran, pues, en extremo limitados; las municiones y hasta los víveres podían faltar, por más que de éstos habían hecho acopio en Schlosser, Buffalo y Niágara-Falls, valiéndose para ello de las embarcaciones con que podían navegar por el brazo derecho del río, cosa que no les era dado hacer porque el coronel Mac-Nab, enterado por Rip de cuanto pasaba en la isla, había dispuesto algunos cañones en los dos extremos de Chippewa, con el fin de atacar simultáneamente por ambos lados a los insurrectos.

Hemos dicho ya que el vaporcito Carolina establecía una rápida comunicación entre el campamento de los patriotas y Schlosser, transportando en particular a muchos curiosos que se apresuraban a hacer una visita a los defensores de Navy.

Esto fue una contrariedad, porque los jefes de aquel puñado de hombres necesitaban de una energía verdaderamente extraordinaria para no abandonar la lucha, toda vez que se observaba desgraciadamente que el número de combatientes disminuía de día en día; pues muchos, perdiendo toda esperanza, y con la esperanza los bríos, se iban a Schlosser para no volver más.

Desde la lamentable escena que terminó por la marcha de Juan, y a la que había asistido el señor de Vaudreuil, no volvió éste a salir de su casa, pues apenas podía sostenerse a causa de la debilidad que le dominaba, y por cuya razón su hija no le abandonaba ni un solo instante. Les parecía a ambos que habían sido manchados también con los ultrajes lanzados a la faz de Bridget y de su hijo, y nadie como ellos había sentido los insultos que sus parciales habían arrojado a aquella desgraciada familia, agobiada por el oprobio de un nombre de que habían renegado. Sin embargo, cuando se acordaban del crimen de Simón Morgaz y, de las víctimas que han bien perecido a causa de aquella traición, padre e hija inclinaban la cabeza bajo el peso de una fatalidad contra la que ninguna justicia puede prevalecer.

En casa del señor de Vaudreuil se reunían todos los días sus amigos; pero ninguno de ellos hacía nunca alusión a lo que había pasado. Vicente Hodge, por una discreción dignísima y que la hacía mucho honor, conservaba una extremada reserva, no queriendo dejar aparecer nada que pudiera considerarse como una censura de los sentimientos manifestados por Clary. ¿No había tenido acaso razón aquella valerosa y noble joven, se decía, al protestar contra las odiosas preocupaciones que extienden hasta los inocentes la responsabilidad de los culpables, y que quieren que una herencia de infamia se transmita de padres a hijos, como se transfieren los bienes materiales? La maldad es peculiar del individuó que la siente y practica, sin que ésta ni sus responsabilidades sean a la fuerza transmisibles.

Y Hodge pensaba bien.

Poro volvamos a Juan. Tristísima era la situación de tan heroico joven.

Solo ya en el mundo, sentía rebelarse todo su ser. Joann sacrificado por su país, Bridget muerta por los ultrajes que le habían prodigado... ¿No son bastantes sufrimientos, se preguntaba, para compensar el pasado y lavar aquella mancha que todos denunciaban en su frente? ¡Pues bien, no! Y cuando el pobre proscrito exclamaba: «¡Es injusto! » parecía que la voz de su conciencia respondíale sin demora: «¡Tal vez sea justicia! »

Entonces Juan veía a Clary arrostrando los insultos de la muchedumbre que le perseguía... ¡Egregia joven que había tenido el valor suficiente para defender a un Morgaz! ¡Le había ofrecido unir su existencia a la suya! ¡Pero él había rehusado, y rehusaría siempre! Y sin embargo ¡cuánto la amaba! Cuando se acordaba de todo esto, Juan andaba errante, por la ribera del Niágara como el Nataniel Bumpo de Los Mohicanos, que hubiera preferido hundirse en las cataratas antes que separarse de Mabel Denham.

Todo el día 18 lo pasó Juan al lado del cadáver de su madre, envidiando el reposo de que por fin gozaba. Su único deseo era, el de reunirse con ella; pero se acordaba de las últimas palabras pronunciadas por aquella santa mujer, recordándole que su deber era sucumbir a la cabeza de los patriotas, y estaba resuelto a cumplirlo.

Cuando anocheció, noche muy oscura, apenas alumbrada por el blanco de la nieve, Juan dejó la cabaña en que yacía el cuerpo de Bridget, y a algunos centenares de pasos, debajo de los árboles cubiertos de carámbanos, abrió una fosa con su ancho cuchillo canadiense. Solo en la orilla de un bosque, perdido en la oscuridad; nadie podía verle, ni nadie sabría jamás en dónde reposaba el cuerpo de Bridget Morgaz, porque ninguna cruz indicaría su tumba. Si Joann descansaba en algún rincón desconocido al pie del fuerte de Frontenac, su madre por lo menos sería sepultada en el suelo de los Estados Unidos, en donde había nacido; y él, Juan se haría matar en la próxima refriega, el Niágara arrastraría su cadáver con otros muchos hacia las cataratas, y no quedaría ni el recuerdo de la familia Morgaz.

Cuando la fosa fue bastante profunda para que el cadáver no pudiera sacarse por las fieras, Juan volvió a la cabaña, tomó el cuerpo de Bridget entre sus brazos, lo llevó debajo de los árboles, y después de dar un último beso en la frente de la muerta, la depositó en la tumba, envuelta en su capa de tela del país y la cubrió de tierra. Después, arrodillándose, rezó, y sus últimas palabras fueron éstas:

-¡Descansa en paz, pobre madre!

La nieve, cayendo en tupidos copos ocultó el sitio en que dormía el sueño eterno la que después de una vida de horrorosos sufrimientos, no existía ya.

El pobre proscrito quedó solo en el mundo, sin padre, sin madre, sin familia; llena el alma de virtudes heroicas; y en la frente el estigma de una infamia que no cometiera en vez del laurel de inmarcesible gloria... ¡Pobre mártir! ¡Pobre Juan! ¿Qué podía esperar, a qué ilusiones sonreír, por qué felicidad luchar; ni qué goces ambicionar sobre la haz de la tierra? Sólo le restaba morir, y no tuvo que aguardar mucho tiempo.

En las primeras horas de la mañana del 19 de Diciembre los insurrectos vieron que el coronel Mac-Nab preparábase para atacar la isla, pues grandes barcas estaban dispuestas en fila a lo largo de la orilla y más abajo del campamento de Chippewa. Faltándoles la artillería, los gorros azules ningún medio tenían para destruir aquellas embarcaciones antes de que se pusieran en marcha, ni tampoco podían detenerlas cuando intentaran atravesar el río. Su único recurso era oponerse al desembarque, concentrando sus fuerzas en los sitios más comprometidos, y combatir cuerpo a cuerpo. Mas ¿qué resistencia podrían oponer algunos centenares de hombres contra los sitiadores, si éstos procuraban entrar en la isla por varios puntos a la vez? En este caso, tan luego como los realistas pisaran el ribazo, invadirían muy pronto el campamento, cuyos defensores, no pudiendo ampararse en las pocas embarcaciones de Schlosser, serían degollados antes de que consiguieran refugiarse en la frontera de los Estados Unidos.

Estas eventualidades preocupaban en gran manera al señor de Vaudreuil, y a sus amigos, pues comprendían los peligros de su situación; y si bien es verdad que para evitarlos les bastaba trasladarse a Schlosser mientras el paso del Niágara estaba libre, lo es también que ninguno de ellos quería batirse en retirada sin haberse defendido hasta el último trance. Y tal vez se creían bastante fuertes para oponer una seria resistencia, haciéndose ilusiones de que ofrecía grandes dificultades el desembarque de las tropas realistas.

El Sr. Nick era el único que no se equivocaba respecto al resultado de aquella última lucha; pero su situación al frente de los Mahogannis no le permitía explanar su pensamiento. En cuanto a Lionel, su patriotismo no admitía la idea de una derrota. El pasante no volvía en sí de la sorpresa que le había ocasionado el descubrimiento de la personalidad de su héroe. ¡Cómo! ¡Juan Sin Nombre hijo de un Simón Morgaz!... ¡El abate Joann hijo de un traidor!

-Pues bien, decíase; no por eso son menos buenos patriotas, y la señorita Clary ha hecho muy bien en defender a Juan y a su madre... ¡Ah, y qué valiente joven!... ¡Eso es grande, noble, digno, en fin, de una Vaudreuil!

Así raciocinaba, Lionel, lleno de entusiasmo, no pudiendo creer, que Juan hubiera dejado la isla para no volver jamás. ¡Sí! Juan Sin Nombre volverá, se decía, aun cuando no sea, más que para morir defendiendo la causa de la patria.

Y el pasante reflexionaba muy juiciosamente.

¿Por qué, se preguntaba él, los hijos de Simón Morgaz, a pesar de la traición de éste, no han de ser hombres muy leales, cuando vemos, por el contrario, que el último descendiente de una raza belicosa no tiene ninguna de las cualidades de sus antepasados, cuando la rama de los Sagamores va a extinguirse: ¡oh mengua! en un Notario?

Lo que Lionel pensaba de Juan era lo mismo que lo que Tomás Harcher y sus hijos creían también: ¿No le habían visto consagrarse por entero, al servicio de la causa nacional durante toda su vida? Y tanto heroísmo y tanta virtud, ¿no eran bastantes a borrar el crimen de Simón Morgáz? Esto pensaban, y ciertamente que en presencia de aquella odiosa escena no hubieran podido contenerse, lanzándose en medio de la muchedumbre para hacer justicia por tantos ultrajes. Sí: lo hubieran hecho así; del mismo modo que si a la sazón supieran el paradero de Juan, correrían en su busca y, conduciéndole a presencia de los gorros azules, le suplicarían que se pusiera a su cabeza.

Es preciso que digamos, en honor de la verdad, que desde la expulsión de Juan y de su madre un gran cambio se había operado en los espíritus, y los sentimientos que experimentaban Lionel y la familia Harcher eran ahora los de la mayoría de los patriotas.

A eso de las once de la mañana los preliminares del ataque empezaron, dejándose oír el estampido de las baterías de Chippewa.

Algunas granadas, al estallar, hicieron grandes destrozos y produjeron incendios en distintos puntos a la vez. Era imposible resguardarse de aquellos proyectiles en un terreno llano, cortado por varios setos, sin más amparo que algunos grupos de árboles, y sin otras fortificaciones que unas deleznables trincheras de tierra, disimuladas con césped por parte del ribazo. El coronel Mac Nab procuraba derribar aquellas trincheras antes de intentar el paso del Niágara; pero esta operación, no dejaba de ofrecer dificultades a pesar de la escasez de defensores.

Estos se hallaban reunidos alrededor de la casa del padre de Clary, menos expuesta al fuego de artillería porque estaba situada en la margen derecha del río.

En cuanto se oyeron las primeras detonaciones, el señor de Vaudreuil dio orden de que todos los que no servían para batirse se trasladasen a la frontera, y en su virtud las mujeres y los niños, cuya estancia en la isla se había tolerado hasta aquel momento, tuvieron que embarcarse, dirigiéndose a Schlosser. Este transporte no se hizo sin peligro, pues las bocas de fuego colocadas en los dos extremos de Chippewa podían, tirando en línea oblicua, alcanzar las embarcaciones, cosa que no hubiera sido de extrañar, toda vez que algunas balas llegaron hasta la frontera de los Estados Unidos, y esto provocó serias reclamaciones por parte del Gobierno federal.

El señor de Vaudreuil procuró por todos los medios posibles que Clary se fuera también a Schlosser para que esperase allí el resultado del ataque; mas ésta rehusó tenazmente.

-Padre mío, dijo: mi deber me manda quedarme, siendo inútil que insistáis.

-¿Y si caigo en poder de los realistas?

-No podrán rehusarme un sitio a vuestro lado en la prisión.

-¿Y si me matan, Clary?...

La joven no respondió; pero, a pesar de lo conmovida que se hallaba; el señor de Vaudreuil no pudo vencer su resistencia; así es que la vieron todos al lado de su padre cuando éste fue a colocarse en medio de los patriotas.

Las detonaciones retumbaban con extremada violencia, y la situación se agravaba por momentos. Los realistas no habían intentado aun el desembarque en la isla, porque en tal caso los gorros azules, apostados detrás de las trincheras, hubieran dado aviso.

Delante de la casa se habían reunido Vicente Hodge, Clerc y Farran, Tomás, Pedro, Tony, Miguel y Santiago Harcher, Nick, Lionel y los guerreros mahogannis, fríos y tranquilos como siempre. El señor de Vaudreuil tomó la palabra.

-Compañeros, dijo; tenemos que defender el último baluarte de nuestra independencia. Si Mac-Nab se apodera de él, la insurrección será vencida por completo, y ¡quién sabe cuándo habrá nuevos jefes y nuevos combatientes para empezar la lucha! Si rechazamos a los sitiadores, si conseguimos sostenernos, no tardarán en llegarnos refuerzos de todos los puntos del Canadá, pues con la noticia de nuestra valerosa resistencia los partidarios de la independencia canadiense recobrarán la esperanza y haremos de esta isla una fortaleza invulnerable, en la que la causa nacional encontrará siempre un apoyo. ¿Estáis decididos a defenderla?

-¡Hasta morir! respondió con calor Vicente Hodge.

-¡Hasta morir! repitieron sus compañeros.

En aquel momento, algunas balas hirieron el suelo a unos veinte pasos de los patriotas y rebotando a lo lejos, hicieron volar un torbellino de nieve.

Ni uno de los gorros azules se movió de su puesto; cada cual en el suyo esperaba en silencio las órdenes de su jefe. El señor de Vaudreuil repuso:

-Tiempo es ya de que nos traslademos a la orilla. La artillería de Chippewa no tardará en enmudecer, pues los enemigos van a intentar forzar el paso. Dispersaos a lo largo del ribazo, al abrigo de las rocas, y esperad, para hacer fuego, a que las barcas estén a buen alcance; es preciso que los soldados de Mac-Nab no consigan desembarcar...

-¡No desembarcarán, repuso William Clerc; y si llegaran a hacerlo, los precipitaríamos en el río!

-¡A nuestros puestos, amigos míos! exclamó Hodge.

-Voy con vosotros, dijo el señor de Vaudreuil; pues mientras no me falten las fuerzas...

-Quédate aquí, Vaudreuil, dijo Andrés Farran; quédate confiado, que a cada instante te daremos noticias.

-No, amigos míos, respondió el anciano; estaré allí adonde debo de estar... Venid...

-¡Sí; acudid, patriotas!... ¡Las barcas han abandonado ya la orilla canadiense!

Al oír estas palabras, pronunciadas con gran energía, to-dos se volvieron.

Era Juan Sin Nombre..

Durante la noche anterior una barca le había llevado a la isla, en la que nadie hubo de conocerle. Después de ocultarse entre unas rocas enfrente de Chippewa, había observado los preparativos del coronel,sin cuidarse para nada de los proyectiles que caían en el ribazo; y cerciorándose de que los sitiadores se disponían, para forzar el paso, acudió denodado a ocupar un sitio en medio de sus antiguos compañeros.

-¡Bien lo sabía yo! exclamó Lionel.

Clary de Vaudreuil avanzó hasta ponerse junto al joven patriota, al mismo tiempo que Tomás Harcher y sus hijos le rodeaban.

El señor de Vaudreuil tendió su mano a Juan.

Este no la tomó.

-¡Defensores de la isla de Navy, dijo; mi madre ha muerto a consecuencia de los insultos que le habéis hecho sufrir! ¡Yo sólo quedo de aquella familia consagrada al horror y al desprecio! ¡Someteos a la vergüenza de ver a un Morgaz combatir a vuestro lado, y vamos a morir por la independencia de la patria!

Estas palabras provocaron grandes aclamaciones, y todas las manos se tendieron hacia Juan; pero tampoco aceptó ninguna.

-¡Adiós Clary de Vaudreuil! dijo.

-¡Adiós, Juan! respondió la joven.

-Sí; adiós por última vez.

Y precediendo al señor de Vaudreuil y a todos los que como él querían marchar a la muerte, se lanzó hacia el punto del verdadero e inminente peligro.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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