Familia sin nombre · Parte 4

IV

BRIDGET MORGAZ

Otros dos golpes no menos terribles iban a herir al partido nacional y sembrar el desaliento entre los últimos defensores del campamento da la isla de Navy; y en verdad que era de temer que la desesperación se apoderase de los reformistas, ante los escollos que la mala fortuna sembraba a su paso.

En primer lugar, la ley marcial, qua fue proclamada en el distrito. de Montreal, hacía casi imposible toda comunicación entre las diferentes parroquias del San Lorenzo; además, el clero canadiense, sin abandonar sus esperanzas para el porvenir, predicaba la sumisión. El triunfo de la causa nacional no podía tampoco ser completo sin la ayuda de los Estados Unidos; y como no fuera por parte de los fronterizos, parecía que esa alianza no llegaría a ser efectiva. El Gobierno federal buscaba siempre nuevas disculpas para no apoyar abiertamente a sus vecinos de origen francés. Muchas demostraciones de simpatía, sí; pero nada más. Algunos canadienses también, aun cuando protestaban en contra de los abusos de los gobernantes, trabajaban para apaciguar los espíritus.

Resultaba de aquel estado de cosas, que los patriotas militantes, en el último mes del año 1837 llegaban apenas a un millar de hombres dispersos por el país, y, por lo tanto, en vez de una revolución, la historia no podría mencionar sino actos de rebeldía.

Algunas tentativas aisladas se efectuaron en Swanton. Por consejo de Papineau y de O'Callaghan, una partida de ochenta hombres fronterizos entró en el territorio canadiense; llegó hasta Moore's Corner, y tropezando con cuatrocientos voluntarios resueltos a impedirles el paso, los patriotas se batieron con mucho denuedo; mas fueron rechazados y tuvieron que internarse a toda prisa.

El 14 de Diciembre hubo otra escaramuza en San Eustaquio, del condado de Dos Montañas, situado al Norte del San Lorenzo. Allí, en medio de sus atrevidos compañeros Lorimier, Ferreol y otros, se distinguió por su energía y por su bravura el doctor Chenier, cuya cabeza estaba pregonada. Dos mil soldados enviados por sir John Colborne, nueve cañones, ciento veinte hombres de caballería y una compañía de ochenta voluntarios, fueron a atacar San Eustaquio. La resistencia de Chenier y de los suyos fue heroica. Expuestos a las balas y a la metralla, tuvieron que hacerse fuertes en la casa rectoral, en el convento y en la iglesia. La mayor parte de ellos, no teniendo fusil, pedían que se lo dieran.

-Tomaréis los de aquellos soldados que matemos; respondió Chenier.

Pero el círculo de los sitiadores se estrechaba cada vez más, y los realistas acudieron al incendio para concluir antes con los patriotas.

Chenier se vio obligado a abandonar la iglesia; una bala le hizo caer; se levantó e hizo fuego otra vez pero un segundo proyectil lo alcanzó en el pecho y cayó de nuevo para no levantarse más.

Setenta de sus compañeros perecieron con él.

Aún se observan los desperfectos que aquella valerosa defensa produjo en la iglesia, y los canadienses jamás han dejado de visitar el sitio en que sucumbió el heroico doctor, cuya bravura se ha hecho proverbial entre ellos: «Valiente como Chenier» se dice allí para ponderar el valor de otro.

Después de vencidos los insurrectos de San Eustaquio, sir John Colborne dirigió sus tropas a San Benito, adonde llegaron al siguiente día.

Era éste un hermoso y rico pueblo, situado a algunas millas al Norte, en el condado de Dos Montañas.

Allí hubo degüello de gente indefensa, que desde luego se sometió sin resistencia de ningún género, pues no era posible que la hicieran sin armas ni elementos de guerra contra aquellas tropas vencedoras en San Eustaquio, que habían sembrado el terror por todas partes con sus horrores y crueldades, y que además se veían reforzadas por los voluntarios, que en número de más de seis mil hombres, mandados por un General, llegaban de San Andrés.

Esta parroquia fue teatro de actos vandálicos e inhumanos; devastaciones, destrucción, saqueo, incendio, robo, to-dos cuantos excesos son propios de una soldadesca furiosa que no respetaba ni edad ni sexo, se realizaron allí con tremendo delirio. Profanaron las iglesias, emplearon los vasos sagrados para los más odiosos usos, y ataron al cuello de sus caballos las vestiduras sacerdotales; y es preciso confesar, aunque produzca dolor el decirlo, que si bien los voluntarios tomaron mucha parte en estos crímenes, los jefes no detuvieron tampoco a los soldados, sino que, por el contrario, les dieron varias veces la orden de incendiar las casas de los notables de la población.

El 16 de Diciembre, cuando estas noticias llegaron a la isla Navy, produjeron gran efervescencia. Los gorros azules querían atravesar el Niágara para atacar el campamento enemigo, y no sin gran trabajo pudo el señor de Vaudreuil detenerlas; pero tal efervescencia fue debida más a la indignación que produce en toda alma generosa la infame comisión de crímenes y de maldades, que al convencimiento de su poder; y tanto fue así, que aquel primer momento de ira se trocó bien pronto en un profundo desaliento, que ocasionó la deserción de un centenar de patriotas que se refugiaron en los Estados Unidos.

Los jefes también veían disminuir su influencia, y diferían muchas veces entre sí de opinión. Vicente Hodge, Farran y Clerc estaban a menudo en desacuerdo con los demás compañeros, y aun cuando el señor de Vaudreuil hubiera podido moderar aquellas tendencias de discordia, ocasionadas por lo desesperado de la situación, nunca su influjo hubiera sido determinante, porque si bien no había perdido nada de su energía moral, sufría mucho a causa de sus mal curadas heridas, y sintiendo que sus fuerzas disminuían con celeridad, comprendía que su fin no estaba lejos.

Y esto le atormentaba mucho, pues, a más de los disgustos del presente y de los temores para lo porvenir respecto a su país como patriota, se preocupaba por el abandono en que quedaría su hija tan luego como él muriese.

Andrés Farran, William Clerc y Vicente Hodge, no obstante la oscuridad que sentían en sus espíritus, y a pesar de la desesperación en que se hallaban, que les hacía muchas veces disentir de pareceres, no cesaban de luchar contra el desaliento de sus compañeros. «Si somos vencidos, les decían, esperaremos mejor ocasión para empezar de nuevo; y después de dejar en pos de nosotros el germen de una futura insurrección, nos retiraremos a los Estados Unidos; en don-de nos prepararemos para una nueva campaña en contra de los opresores»

-¡No! No hay que desesperar de lo porvenir, proclamaba en alta voz el Sr. Nick; quien además, con aire de hombre convencido, decía al señor de Vaudreuil:

-Aun cuando la rebelión no ha triunfado todavía, las reformas pedidas se realizarán, sin embargo, por la fuerza de las cosas. Tarde o temprano el Canadá recuperará sus derechos y su autonomía, no dependiendo sino nominalmente de Inglaterra. Viviréis bastante para verlo, señor de Vaudreuil, y algún día nos volveremos a encontrar, con vuestra querida hija, en la villa Montcalm, construida de nuevo, esperando yo para entonces haberme despojado del manto de los Sagamores, que no sienta muy bien en mis hombros de Notario, y volver a mi estudio de Montreal.

Otras veces, cuando el señor de Vaudreuil, devorado por la inquietud, hablaba de su hija con Tomás Harcher, éste le decía:

-¿No formamos acaso parte de vuestra familia, mi amo? Si teméis algo, respecto a la señorita Clary, ¿por qué no la mandáis con una persona de confianza al lado de mi mujer? Allá, en Chipogán, estaría en seguridad y os reuniríais con ella cuando las circunstancias lo permitiesen.

Pero el señor de Vaudreuil no se hacía ilusión sobre su estado, y, sintiéndose enfermo de muerte, resolvió asegurar el porvenir de Clary en las condiciones que había deseado siempre.

Conociendo el amor que Vicente Hodge profesaba a su hija, se inclinaba a creer que Clary participaba de él, no sospechando siquiera que el corazón de la joven latiera por otro. Así es que el señor de Vaudreuil pensó que Clary, reflexionando en la soledad en que la dejaría la muerte de su padre, sentiría la necesidad de un apoyo; y ¿cuál otro más seguro podía desear que el amor de Vicente Hodge, unido ya a ella por los lazos del patriotismo?

El señor de Vaudreuil tomó, pues, la determinación de obrar en armonía con su pensamiento para llegar a la realización de sus más ardientes deseos. Ninguna duda tenía respecto a los sentimientos de Vicente Hodge, y no debía dudar de los de Clary. Pondría a los jóvenes en presencia uno de otro, les hablaría, uniría sus manos, y de este modo a la hora de su muerte no le quedaría más que un pesar: el de no haber devuelto la independencia a su país.

Así, resuelto y decidido a poner por obra lo pensado, citó a Vicente Hodge para que pasara en su compañía la velada del 16 de Diciembre.

El señor de Vaudreuil ocupaba con su hija una casita edificada en el ribazo oriental de la isla, enfrente de Schlosser. Bridget vivía allí con ellos, y si bien no salía nunca de día, lo hacía al anochecer, absorta en el recuerdo da sus dos hijos: Juan, a quien creía muerto por la causa nacional, y Joann, del que ninguna noticia tenía, pensando tristemente que hallaría quizás en las prisiones de Quebec o de Montreal esperando la hora de morir a su vez.

Nadie la vio jamás en aquella casa en donde el señor y la señorita de Vaudreuil le devolvían la hospitalidad, que habían recibido en Casa Cerrada; y no es que la infeliz anciana temiera que la conocieran y le escupieran su nombre a la faz porque ¿quién hubiera, podido, sospechar que era la viuda de Simón Morgaz? Pero la pobre Bridget se avergonzaba de vivir en casa del señor de Vaudreuil, y la abrumaba el afecto que Clary le demostraba, respetándola a la vez como si fuera su madre.

Vicente Hodge acudió a la cita a las ocho de la noche.

Bridget había salido y andaba errante por la isla.

Los dos patriotas se dieron la mano, y el joven se volvió para saludar a Clary que le tendió la suya.

-Tengo que hablaros de cosas serias, mi querido Hodge, dijo el señor de Vaudreuil.

-En este caso me retiro, replicó Clary, dirigiéndose hacia la puerta.

-No, hija mía, quédate. Lo que tengo que decir concierne a ambos.

Y con un gesto indicó a Vicente Hodge que se sentara cerca de él, y Clary tomó asiento a su lado.

-Amigo mío, dijo el anciano; me queda poco tiempo de vida; lo preveo porque mis fuerzas disminuyen de día en día. Escuchadme, pues, con atención, como si estuvieseis a la cabecera de un moribundo, del que tuvieseis que recoger las últimas palabras.

-Mi querido Vaudreuil, respondió vivamente Vicente Hodge; exageráis...

-Y nos dais mucha pena, padre mío, añadió su hija.

-Más me daríais a mí, repuso el anciano, si rehusarais comprenderme.

Fijó un instante su mirada en ambos, y después, dirigiéndose al joven:

-Amigo mío, repuso, hasta aquí no hemos hablado nunca sino de la causa a la que vos y yo hemos, consagrado nuestra existencia. Por mi parte nada era más natural, puesto que por mis venas, corre sangre francesa y he combatido por el triunfo del Canadá francés, pero vos, que no estáis ligado por vuestro origen a este desgraciado país, no habéis titubeado, sin embargo, en pelear, colocándoos en primera fila entre los patriotas...

-Los americanos y los canadienses ¿no son acaso hermanos? respondió Vicente Hodge; y ¡quién sabe si el Canadá formará parte algún día de la confederación de los Estados Unidos!...

-¡Ojalá, llegue ese día! respondió el señor de Vaudreuil.

-¡Sí, padre mío, llegará, exclamó Clary; llegará, y lo veréis!...

-No; hija mía, no me será dado verlo. ¿Creéis, pues, que nuestra causa está perdida para siempre, porque ahora hemos sido vencidos? preguntó Hodge.

-Una causa cuya base es la justicia y el derecho, acaba por triunfar tarde o temprano, respondió el anciano. El tiempo que a mí me falta no os faltará a vos, que sois joven para ver ese triunfo. ¡Sí, Hodge, lo veréis y vengaréis al mismo tiempo a vuestro padre, muerto en el cadalso por la traición de un Morgaz!

Al oír este nombre, pronunciado tan de repente, Clary sintió una profunda conmoción, y temiendo sin duda que advirtieran el rubor que invadió su rostro, se levantó para apoyar su ardorosa frente en la ventana.

-¿Qué tenéis, Clary? preguntó Vicente Hodge, levantándose a su vez para acercarse a ella:

-¿Te sientes mal? añadió el señor de Vaudreuil, haciendo un esfuerzo para dejar su butaca.

-¡No, padre mío, no es nada!... Un poco de aire bastará para aliviarme.

Vicente Hodge abrió una hoja de la ventana, y volvió a sentarse enfrente del señor de Vaudreuil.

Éste esperó algunos instantes, y cuando Clary volvió a su lado, la cogió una mano, al mismo tiempo que dirigía la palabra a Vicente Hodge:

-Amigo mío, dijo: por más que el patriotismo haya sido el afán constante de vuestra existencia, ha dejado ciertamente en vuestro corazón un sitio para otro sentimiento. Sí, Hodge; sé que amáis a mi hija, y sé también hasta que punto os estima Clary. Moriré más tranquilo si tenéis el derecho y el deber de velar por ella, que quedará sola en el mundo cuando yo muera. Si mi hija consiente, ¿queréis aceptarla por esposa?

Clary había retirado la mano de la de su padre, y, mirando al joven, esperó su contestación.

-Mi querido Vaudreuil, respondió Vicente Hodge; me ofrecéis la realización de la felicidad más grande que haya podido desear: la de unirme a vos por indisolubles lazos. Sí, Clary: os amo hace mucho tiempo y con toda mi alma; pero antes de hablaros de mi amor, quería que triunfara nuestra causa. Las grandes circunstancias que atravesamos, y los últimos acontecimientos, han modificado en gran manera la situación de los patriotas, teniendo tal vez que esperar algunos años antes de empezar de nuevo la lucha. Pues bien, esos años, ¿queréis pasarlos en los Estados Unidos, que casi es vuestro país? ¿Queréis concederme el derecho de velar sobre vos, y de dar a vuestro padre la alegría de llamarme hijo?... Decid, Clary: ¿lo queréis así?

La joven permaneció callada.

Vicente Hodge, bajando la cabeza ante este silencio, no se atrevió a repetir esta petición.

-No contestas, hija mía, repuso el señor de Vaudreuil; me has oído... has escuchado también lo que ha dicho Hodge... De ti depende que pueda llamarme padre, y después de todos los sinsabores que he experimentado en mi vida, que tenga por lo menos, antes de morir, el supremo consuelo de verte unida a un patriota digno de ti, y que te ama.

Entonces Clary, con voz profundamente conmovida, dio esta contestación, que ninguna esperanza dejaba:

-Padre mío, dijo. ¡Tengo para vos el más profundo respeto! Hodge, os profeso mucha estimación y un cariño de hermana; mas no puedo ser vuestra esposa!

-¿No puedes... Clary? murmuró el señor de Vaudreuil, cogiendo por el brazo a su hija

-¡No, padre mío!

-¿Y por qué?

-¡Porque mi vida pertenece a otro!

-¡A otro!... exclamó Vicente Hodge, que no fue dueño de ocultar sus celos.

-¡No seáis celoso, Hodge! replicó la joven. ¿Por qué lo seríais? ¡El que amo, y que nada supo de mi amor; el que me amaba, y que nunca me ha hablado del suyo; no existe ya! Si hubiese vivido, es muy posible que jamás hubiera sido mi esposo; pero ha muerto, ha muerto por su país, y quiero ser fiel a su memoria...

-¡Entonces es Juan!... exclamó el señor de Vaudreuil:

-Sí, padre mío, es él... Clary no pudo acabar su respuesta.

-¡Morgaz!... ¡Morgaz!...

Tal fue el nombre que se oyó algo lejos, en medio de estrepitosos clamores, hacia la parte Norte de la isla, y precisamente en la orilla del Niágara, en donde se hallaba la casa del señor de Vaudreuil.

Ese nombre ruidosamente pronunciado que completaba el de Juan, hizo palidecer horriblemente a Clary.

-¿Qué tumulto es ése? preguntó el señor de Vaudreuil.

-¿Por qué pronuncian ese nombre infame? dijo Vicente Hodge.

Y levantándose, se dirigió hacia la ventana, abierta todavía, y miró hacia afuera:

Un centenar de patriotas, muchos de ellos llevando antorchas de haya y de abedul, avanzaban por el ribazo, y hombres, mujeres y niños, vociferaban el nombre maldito de Morgaz en derredor de una anciana que no podía escapar a sus insultos, pues apenas podía sostenerse.

Era Bridget.

En aquel, momento Clary se asomó a la ventana, y, distinguiendo a la víctima de aquella manifestación, cuya causa demasiado comprendía, exclamó:

-¡Bridget!...

Y, abriendo bruscamente la puerta, se lanzó fuera, sin responder siquiera a su padre, que la siguió con Vicente Hodge.

La turba de vociferadores estaba apenas a cincuenta pasos de la casa. Arrojaban lodo a la cara de la pobre anciana, la amenazaban, y muchos cogían piedras para tirárselas.

En un momento, Clary de Vaudreuil se halló al lado de Bridget, y cogióla en sus brazos, mientras que los alborotadores repetían con más furor:

-¡Es Bridget Morgaz!... ¡Es la mujer Simón Morgaz!... ¡Muera!... ¡Muera!

El señor de Vaudreuil y Vicente Hodge, que iban a interponerse entre ella y aquellos forajidos, se detuvieron de repente. ¡Bridget, la mujer de Simón Morgaz!:.. ¡Bridget, llevando ese nombre... ese odioso nombre!

Clary sostenía a la infortunada anciana, que acababa de caer de rodillas: con los vestidos rotos y manchados, y los blancos cabellos en desorden, ocultando su cara, daba compasión verla.

-¡Matadme!... ¡matadme!... murmuraba la infeliz.

-¡Desgraciados! exclamó Clary, volviéndose hacia los que la amenazaban. ¡Respetad a esta mujer!

-¡La mujer del traidor Simón Morgaz! repitieron cien voces furiosas.

-Si... la mujer del traidor, respondió Clary; pero es también, la madre de aquel que...

Iba a pronunciar el hombre de Juan, el único tal vez que pudiera proteger a Bridget, cuando ésta, revestida de pronto de toda su energía, se levantó murmurando:

-¡No... Clary... no!... ¡Piedad para mi hijo!... ¡Piedad para su memoria!... ¡No le nombréis!

Entonces los gritos y las amenazas empezaron con más violencia, y el gentío, que aumentaba sin cesar, se hallaba dominado por uno de esos irresistibles delirios que conducen a los más inicuos atentados.

El señor de Vaudreuil y Vicente Hodge procuraron socorrer a aquella víctima, y algunos de sus amigos, atraídos por la gritería, los ayudaron también; pero en vano intentaron arrancar de sus manos a Bridget y a Clary, que no se separaba de la anciana.

-¡Muera!... ¡Muera la mujer de Simón Morgaz! vociferaban aquellos furiosos.

De repente, abriéndose paso por entre el gentío, un hombre apareció, y, amparando a Bridget contra los que se aprestaban a darle los primeros golpes:

-¡Madre mía! exclamó con una voz que si bien potente, reflejaba una indescriptible ternura.

¡Era Juan Sin Nombre! ¡Era el hijo de Simón Morgaz!

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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