Familia sin nombre · Parte 4

III

LA ISLA NAVY

El primer buque europeo que cruzó las aguas del Ontario en 1663 era francés, al mando de Cavelier de la Salle, quien, después de llegar al límite meridional de dicho lago, en donde edificó el fuerte Niágara, entró en el río de este nombre, cuyo curso remontó hasta tres millas antes de las cataratas. Más tarde otro, construido y botado al agua más arriba de las célebres caídas de agua, fue a desembocar al lago Erié y prosiguió su audaz navegación hasta el lago Michigán.

En realidad, el Niágara no es más que un canal natural, que con una extensión de quince a dieciséis millas, conduce las aguas del Erié al Ontario. Poco más o menos, hacia la mitad de su trayecto, precisamente en el sitio en que el río forma un recodo parecido a una herradura, el suelo aparece cortado casi verticalmente, ofreciendo un desnivel de ciento sesenta pies.

La isla de las Cabras, Goat Island, le divide en dos partes desiguales; a la derecha la catarata americana, y a la izquierda la canadiense, precipitan sus ruidosas aguas en el fondo de un abismo coronado incesantemente por las brumas de un polvo acuoso.

La isla de Navy está situada más arriba de las cataratas, y, por consiguiente, al lado del lago Erié, a diez millas de la ciudad de Buffalo y a tres del pueblo de Niágara-Falls, edificado cerca de las cataratas, cuyo nombre lleva.

En aquella isla era en donde los patriotas habían forma-do el último baluarte de la insurrección, una especie de campamento colocado entre el Canadá y los Estados Unidos, en el curso del Niágara, límite natural entre ambos países.

Aquellos de los jefes que habían escapado a la persecución del Gobierno después de las acciones de San Dionisio y de San Carlos, habían abandonado el territorio canadiense, pasando la frontera para reunirse en la mencionada isla. Si la suerte de las armas les fuese adversa; si los realistas llegasen a atravesar el brazo izquierdo del río y les echasen de su último baluarte, les quedaría el recurso de refugiarse en la orilla opuesta, en donde sabían que inspiraban profundas simpatías; pero pocos habían de ser sin duda alguna los que pedirían asilo, porque aquella partida suprema la sostendrían, hasta la muerte.

He aquí ahora el puesto respectivo que ocupaban los franco-canadienses y las tropas enviadas de Quebec en la primera, quincena de Diciembre:

Los reformistas, y particularmente los conocidos con el nombre de gorros azules, se hallaban en la isla de Navy, que el río no bastaba a defender, pues aun cuando el frío era en extremo vivo, el Niágara permanecía navegable, merced a la rapidez de su curso. De esto resultaba que las comunicaciones eran posibles por medio de barcas entre la isla y ambas orillas; así es que los habitantes de los Estadas Unidos y los canadienses no cesaban de ir y venir desde el campamento al pueblo de Schlosser, situado en la ribera derecha del Niágara. Muchas embarcaciones pasaban este brazo del río, unas transportando municiones, otros víveres, y otras llenas de pasajeros, que habían acudido a Schlosser en previsión de un ataque, próximo de los realistas.

Un ciudadano de los Estados Unidos, el Sr. Wills, propietario de un vaporcito, La Carolina, lo utilizaba para dichos transportes cotidianos, mediante una corta retribución, que los curiosos entregaban con mucho gusto.

En la orilla opuesta, y por consigúiente enfrente de Schlosser, los ingleses estaban acantonados en Chippewa, bajo las órdenes del coronel Mac-Nab. Su efectivo era bastante importante para destrozar a los reformistas reunidos en la isla Navy, si aquellos llegasen a abordar. Numerosas barcas habían sido reunidas en Chippewa para operar un desembarque, que se in tentaría en cuanto el coronel Mac-Nabacabara los preparativos. El principio de esta última campaña en los confines del Canadá y en presencia de muchos ciudadanos de los Estados Unidos, era pues inminente.

Nuestros lectores no se admirarán de que los personajes que más han figurado en las diversas épocas de esta historia se hallasen reunidos en la isla Navy. Andrés Farran, recientemente curado de su herida, lo mismo que William Clerc, habían acudido al campamento adonde Vicente Hodge no tardó en llegar también. Sólo el diputado Sebastián Gramont, detenido en una de las cárceles de Montreal, no ocupaba un sitio al lado de sus hermanos de armas.

Vicente Hodge, después de proteger a Clary de Vaudreuil y a Bridget, librándolas del atropello de los soldados ebrios que las acometieron cerca de Casa Cerrada, consiguió deshacerse de aquellos vándalos que le rodeaban amenazándoles e internándose en los bosques corrió tanto, que al amanecer estaba, fuera del alcance de los realistas. Cuarenta y ocho horas más tarde llegaba a Saint-Albans, más allá de la frontera, y cuando el campamento de Navy se organizó, fue allí con algunos americanos, entregados en cuerpo y alma a la causa de la independencia canadiense.

Allí se encontraban también Tomás Harcher y sus cuatro hijos Pedro, Tony; Santiago y Miguel, quienes, después de escapar del desastre de San Carlos, no pudiendo volver a Chipogán, porque, no solamente se comprometerían, sino que comprometerían también a Catalina Harcher, se habían refugiado en Saint-Albans, y en los primeros días de Diciembre pasaron todos a encerrare en la isla Navy, resueltos a luchar todavía y a vengar la muerte de Remigio, ocasionada por las balas de los realistas.

En cuanto al Sr. Nick, si el adivino más acreditado del Far-West le hubiera dicho: «¡Oh, tú, Notario real, pacífico por carácter, prudente sin igual, yo te predigo que ha de llegar un día en que has de combatir al frente de una tribu hurona, en contra de la autoridad constituida!», semejante adivino le hubiera parecido digno de estar encerrado en una casa de orates.

Y, sin embargo, Nicolás Sagamore estaba allí, en la isla Navy, a la cabeza de su tribu. No pudo ser de otro modo. Los Mahogannis, en solemne consejo reunidos, habían decidido aliarse con los patriotas, y, naturalmente, un gran jefe por cuyas venas corría la sangre de los Sagamores, no podía quedarse atrás; verdad es que Nick hizo algunas objeciones; mas no fueron tenidas en cuenta, y al día siguiente de la partida de Lionel con el abate Joann, después de apagarse el fuego del Consejo, el Notario, no seguido, sino precedido de unos cincuenta guerreros, se dirigió hacia el lago Ontario para ir a Schlosser.

Ya pueden figurarse nuestros lectores la acogida que hicieron al buen Nick. Tomás Harcher le dio tal apretón de manos, que, durante veinticuatro horas por lo menos, no hubiera podido manejar el arco o el tomahawk. La misma bienvenida recibió por parte de Vicente Hodge, de Farran, de Clerc y de todos los que eran amigos o clientes suyos en Montreal.

-Sí... sí... balbuceaba; he creído de mi deber... o más bien esas buenas gentes...

-¿Los guerreros de vuestra tribu?

-Si... de mi tribu..., repetía.

En suma; aun cuando el excelente hombre no demostraba mucha valentía, la ayuda de los hurones era una gran cosa, pues si otras tribus, arrastradas por el ejemplo, seguían el mismo rumbo, las autoridades no podrían dominar el movimiento insurreccional.

Sin embargo, a consecuencia de los últimos acontecimientos, los patriotas habían tenido, que pasar de la ofensiva a la defensiva; así es que en el caso en que la isla Navy cayera en poder del coronel Mac-Nab, la causa de la independencia estaría completamente perdida.

Los jefes de los gorros azules se habían ocupado en organizar la resistencia con todos los medios de que disponían; elevaron trincheras en diversos puntos de la isla; crearon obstáculos para impedir los desembarques; acopiaron grandes partidas de armas, municiones y víveres, que recibía de Schlosser, y todo esto se hacía apresuradamente y con gran celo.

Lo, que más molestaba a los patriotas era el verse reducidos a esperar un ataque, que no podían provocar porque estaban faltos de medios para atravesar el brazo del Niágara; y sin el material necesario, ¿cómo caer sobre el pueblo de Chippewa y dar el asalto a un campamento perfectamente atrincherado en la margen izquierda del río?

La situación era embarazosa, y si se prolongaba mucho, empeoraría de seguro para los patriotas, pues como las fuerzas del coronel Mac-Nab crecían de día en día; y los preparativos para atravesar el río se seguían con grande actividad, hacíanse estériles los esfuerzos de los últimos defensores de la causa franco-canadiense para establecer comunicaciones con los pueblos de las provincias del Ontario y de Québec. En estas condiciones, ¿cómo habían de unirse las parroquias para tomar las armas, y qué jefe se pondría a su frente, ahora que las tropas realistas recorrían los condados del San Lorenzo?

Solamente se sabía de uno que hubiera podido intentarlo con algún provecho, uno sólo, que tenía bastante influencia para sublevar las masas, y ése era Juan Sin Nombre; pero desde la derrota de San Carlos había desaparecido, y todo hacía creer que había perecido en algún sitio apartado, puesto que no se había dejado ver en la frontera de los Estados Unidos. En cuanto a admitir que hubiese caído recientemente en manos de la policía, creían los patriotas que era imposible, porque las autoridades de Québec o de Montreal no hubieran ocultado semejante captura.

Lo mismo sucedía en cuanto el señor de Vaudreuil. Vicente Hodge, Farran y Clerc ignoraban su paradero. Sabían, sí, que había sido herido en San Carlos; pero nadie vio a Juan llevarle desde el campo de batalla a Casa Cerrada, ni tampoco había llegado a noticia de ellos que hubiera caído prisionero. En lo que concierne a Clary, Vicente Hodge nada supo desde que la salvó de manos de aquellos insolentes soldados, que, maltratándola, querían ofender su pudor.

Juzguen, pues, nuestros lectores cual sería la alegría de los amigos del señor de Vaudreuil cuando el 10 de Diciembre le vieron llegar a la isla Navy, acompañado de su hija y de una anciana que no conocían.

Era Bridget.

¿Qué les había sucedido?

Después de la precipitada fuga de Juan, el mejor partido, que sin duda alguna, en concepto de ellos, podían tomar, era el de quedarse en Casa Cerrada, puesto que el señor de Vaudreuil nada tenía que temer allí.

-¿En dónde hallaría Clary, pensaba su padre, un asilo más seguro?

La villa Montcalm, incendiada por los voluntarios en su expedición a la isla Jesús, no era ya más que montón de ruinas. Además, el señor de Vaudreuil ignoraba todavía el por qué Rip no había llevado a cabo el registro en Casa Cerrada, pues su hija había guardado para sí el secreto de aquella protección infamante; no sabía, por lo tanto, que estaba hospedado en la morada de Bridget Morgaz.

Sin embargo, aun cuando su primera determinación, después de la marcha de Juan, fue la da quedarse algún tiempo más en aquella casa, varió de parecer a las pocas horas, y, temiendo, más por su hija que por él, las consecuencias de una nueva visita de los polizontes, resolvió ponerse en marcha lo antes posible. En virtud de esto, al siguiente día por la tarde, habiendo sabido que los soldados acababan de salir de San Carlos; tomó asiento con Clary y Bridget en el carro del granjero Archambault, dirigiéndose a toda prisa al Sur del condado de San Jacinto, y en cuanto tuvo conocimiento de la concentración de los patriotas en la isla de Navy, se apresuró a llegar a la frontera, en donde se hallaba ahora en compañía de sus buenos amigos.

¿Y cómo consintió Bridget en seguir a Clary de Vaudreuil, que conocía su pasado?... ¡Ah! La desgraciada mujer no pudo resistir a las súplicas de la joven.

Veamos en qué circunstancias se efectuó la partida.

Después de la huída de Juan, comprendiendo Bridget que solamente horror había de inspirar en adelante a sus huéspedes, se retiró a su habitación, llena el alma de dolor y la cabeza de desesperados pensamientos. ¡Qué espantosa noche pasó la infeliz! ¿Ocultaría Clary a su padre lo que acababa de saber? No; le descubriría tan denigrante mancha, y al día siguiente el señor de Vaudreuil no tendría otro afán que el de huir de Casa Cerrada. ¡Sí: huiría; aun a trueque de caer en manos de sus perseguidores, antes que quedarse una hora más bajo el techo de un Morgaz!

Bridget a su vez, también proyectaba la fuga, temerosa de que la reprobación pública le echase de aquella casa y de aquel pueblo, pues las gentes honradas no dan albergue jamás a los traidores. Se iría lejos; muy lejos; pidiendo a Dios la librara cuanto antes de tan odiosa existencia.

Pero al amanecer, la pobre anciana vio a Clary que entraba en su habitación; iba ella a salir para no encontrarse con la joven, cuando ésta la dijo con tono tan triste como afectuoso:

-Señora Bridget; mi padre nada sabe de nuestro secreto; que yo misma quiero olvidar, para acordarme solamente de que, si os considero la más infortunada de las mujeres, os juzgo también como la más honrada, entre ellas.

Bridget no levantó la cabeza.

-Escuchadme, repuso Clary, tengo para vos todo el respeto de que sois digna, y abrigo del mismo modo, para vuestras desgracias, tal compasión, la simpatía a que os habéis hecho acreedora. ¡No!... No sois responsable de ese crimen, que tan cruelmente habéis expiado; aquella abominable traición vuestros hijos la han compensado con creces, y justicia obtendréis algún día. Mientras tanto, dejadme amaros como si fuerais mi madre; y dadme vuestra mano en señal de amistad.

Ante tan tierna manifestación de sentimiento, a que no estaba acostumbrada, la desgraciada mujer apretó la mano de la joven, mientras que sus ojos vertían abundantes lágrimas.

-Y ahora, repuso Clary, nunca se vuelva a hablar de esto, y pensemos en lo que nos conviene. Mi padre teme que vuestra morada no escape a nuevas pesquisas, y quiere que partamos juntas en la próxima noche, si los caminos están libres. Vos, señora Bridget, no podéis ni debéis quedaros en San Carlos, y espero me prometáis que os vendréis con nosotros. Iremos a reunirnos con nuestros amigos, encontraremos a vuestro hijo, le repetiré lo que acabo de deciros, lo que es una verdad superior a todas las preocupaciones humanas y lo que siente mi corazón. ¿Me prometéis seguirnos, señora Bridget?

-Partiré, Clary de Vaudreuil.

-¿Con mi padre y conmigo?

-Sí; y, sin embargo, más valiera dejarme morir lejos, muy lejos, de miseria y de vergüenza.

Clary tuvo que levantar a Bridget, arrodillada a sus pies y sollozando amargamente.

A la siguiente noche los tres abandonaron Casa Cerrada.

Veinticuatro horas después de su llegada a la isla Navy, supieron la nueva tan desesperante para la causa nacional.

Juan Sin Nombre, arrestado por el jefe de policía Comeau, acababa de ingresar en el fuerte de Frontenac.

Este último golpe aniquiló a la pobre madre. No sabía qué había sido del abate, y en cuanto a Juan, lo sabía demasiado... ¡Iba a morir!

-¡Ah! ¡que nadie sepa jamás que fueron hijos de Simón Morgaz! murmuraba la infeliz mujer.

La señorita de Vaudreuil sólo conocía este secreto; pero ¿qué podía decir para consolar a Bridget?

Además, por el dolor que experimentó cuando supo aquella noticia, Clary comprendió demasiado que su amor a Juan no había sufrido alteración alguna, y no veía en él sino al ardiente patriota en peligro de muerte.

La captura de Juan Sin Nombre difundió profundo desaliento en el campamento de la isla Navy, y este resultado había sido previsto por las autoridades, que se apresuraron a esparcir la noticia con intención de que produjera el efecto indicado; así es que tan pronto como llegó a Chippewa el coronel Mac-Nab, dio orden de que se propagase por toda la provincia.

Pero ¿cómo dicha noticia había traspasado la frontera? Lo ignoraban; y lo que más inexplicable parecía era que antes que en Schlosser, se supo en la isla Navy.

Desgraciadamente la prisión de Juan era demasiado cierta, y el joven patriota faltaría a la hora en que iba a decidirse la suerte del Canadá en su último campo de batalla.

En seguida que la noticia se confirmó, los principales jefes de los reformistas se reunieron en consejo el 11 de Diciembre presidiendo el señor de Vaudreuil y asistiendo Vicente Hodge, Andrés Farran y William Clerc.

Se discutió en primer lugar si sería posible intentar algo para salvar al prisionero.

-En el fuerte de Frontenac es en donde le han encerrado, dijo Vicente Hodge; la guarnición es poco numerosa; con un centenar de hombres, determinados se la puede obligar a rendirse, y es posible llegar allí en veinticuatro horas...

-¡Veinticuatro horas! respondió el señor de Vaudreuil. ¿Olvidáis acaso que Juan Sin Nombre estaba sentenciado antes de que le prendiesen? ¡Esta misma noche era preciso llegar a Frontenac!

-Llegaremos, si es necesario, replicó Vicente Hodge. Siguiendo la orilla del Ontario, ningún obstáculo nos detendrá hasta la frontera del San Lorenzo; y como quiera, que los realistas no serán sabedores de nuestro proyecto, no podrán disputarnos el paso.

-Partid, pues, dijo el señor de Vaudreuil, pero hacedlo con el mayor sigilo. Importa que los espías del campamento de Chippewa no tengan conocimiento de vuestro plan.

Acordada ya la expedición, no fue difícil reunir los cien hombres que habían de tomar parte en ella, pues cada uno de los patriotas hubiera ofrecido sin vacilación su vida a cambio de librar a Juan Sin Nombre de la muerte.

El destacamento mandado por Vicente Hodge pasó a la orilla derecha del Niágara en Schlosser, y andando por terrenos pertenecientes a los Estados Unidos, llegó a eso de las tres de la madrugada a la ribera derecha del San Lorenzo, que a la sazón era fácil de atravesar porque estaba helado.

Apenas cinco leguas los separaban ya del fuerte, y, por lo tanto, antes de que llegase el día podían sorprender a la guarnición y libertar al prisionero; pero Vicente Hodge había sido precedido por un correo a caballo, enviado directamente de Chippewa, y las tropas que vigilaban la frontera ocupaban la margen izquierda, cortando así el paso a los expedicionarios.

Ante tan inesperado obstáculo fue preciso renunciar a la intentona, pues aun cuando hicieran un superior esfuerzo para forzar la marcha, el ataque del fuerte no sería tan fácil, y esto sin contar con que los realistas, a quienes no podrían vencer, le habían de cortar la retirada, y ni uno solo de los patriotas hubiera vuelto a la isla Navy. ¡Tiempo perdido!

Hodge, altamente contrariado, pero asaz prudente, regresó a Schlosser, convencido de que su proyecto era conocido en el campamento de Chippewa.

¿Qué pasaba, en la isla Navy? Los preparativos necesarios, para la formación de aquel destacamento de cien hombres se habían hecho en completo sigilo. ¿Cómo, pues, el coronel Mac-Nab tuvo oportunamente conocimiento de ello? ¿Existía entre los patriotas uno o varios espías que estuviesen en relación rápida con el campamento de Chippewa? Habían sospechado ya que los ingleses estaban enterados de cuanto se hacía en la isla mas ahora la sospecha de traición se convertía en realidad, puesto que las tropas acantonadas en el límite del Canadá habían sido avisadas con tiempo para impedir el paso de Vicente Hodge y a sus hombres.

¿Estaban vendidos?

Por lo demás, poco importaba el plan de sorprender la prisión; toda vez que hubieran llegado tarde a Frontenac. En la mañana del 12 se esparció la noticia de que Juan Sin Nombre, había sido fusilado aquella madrugada en el recinto del fuerte. Los realistas no cabían en sí de gozo; pues muerto el héroe popular, que era el alma de las insurrecciones franco-canadienses, no tenían nada que temer. El Gobierno inglés estaría tranquilo.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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