Familia sin nombre · Parte 2
VI
EL FESTÍN
El gran día había llegado ya: el último de las consecutivas fiestas de bautizo; primera comunión y casamiento, que habían llenado de alegría a los hospedados en Chipogán.
El enlace de Rosa Harcher y de Bernardo Miquelon, después de verificarse civilmente por la mañana; se celebraría seguidamente en la iglesia, y por la tarde la comida de boda reuniría a los convidados, cuyo número se había aumentado considerablemente por circunstancias ya conocidas.
Y en verdad que era hora que todo acabara; porque si no, hubiera podido suceder que todos los habitantes del condado de Laprairie, y aun del distrito de Montreal; hubiesen ocupado un sitio en la hospitalaria mesa de Tomás Harcher.
Al día siguiente los invitados se separarían. El señor y la señorita de Vaudreuil volverían a la villa Montcalm; Juan abandonaría el cortijo, para no aparecer ya sino el día en que tuviera que capitanear al partido reformista; en cuanto a sus compañeros del Champlain, continuarían con su oficio de cazadores, corredores de los bosques, que ejercían, como hemos dicho ya, en la estación invernal, esperando la hora de unirse a su hermano adoptivo, mientras que la familia proseguiría los acostumbrados trabajos del cortijo. Los hurones irían a preparar en Walhatta la entrada triunfal de Nicolás Sagamore para el día en que por vez primera éste fuera a fumar el calumet en el hogar de sus antepasados.
Según hemos visto ya, el Sr. Nick se hallaba poco satisfecho de los homenajes que se le prodigaban, estando muy decidido a no abandonar su estudio de notario para ocupar el sitio de jefe de tribu; había hablado en este sentido con el señor de Vaudreuil y con Tomás Harcher. El buen hombre estaba de tal modo pasmado por lo que le sucedía, que era muy difícil no reírse de aquella aventura.
-No os riáis así, repetía sin cesar. ¡Bien se conoce que no tenéis vosotros un trono pronto a abrirse bajo vuestros pies!
-Amigo Nick, no hay que tomarlo en serio, respondía el señor de Vaudreuil.
-Dadme un medio para evitarlo.
-Esas buenas gentes no insistirán en sus pretensiones cuando se convenzan de que no os apresuráis a ir al wigwam de los Mahogannis.
-¡Ah, qué poco los conocéis! exclamaba el señor Nick; ¡no insistir ellos! Pues son capaces de ir a buscarme en Montreal... harán demostraciones de que no podré escapar... sitiarán mi puerta... y ¿qué dirá mi vieja Dolly?... ¡Ya veréis cómo concluiré por pasearme con mocassins en los pies y con plumas en la cabeza!
Y el excelente notario, que ninguna gana tenía de reír, acababa por participar de la hilaridad de sus interlocutores..
Pero con su pasante sí que se ponía furioso; pues, por pura malicia, Lionel le trataba como si hubiese aceptado formalmente la sucesión del difunto hurón. Ya no le llamaba Sr. Nick, no le hablaba sino en tercera persona, usando el enfático lenguaje de los indios, y según conviene a todos los guerreros de las Praderas, le había dado a escoger entre los apodos de Cuerno de orinal o de Lagarto sutil, que bien valían los de halcón o Larga Carabina.
A eso de las once de la mañana se formó en el patio del cortijo la comitiva que debía acompañar a los nuevos esposos a la iglesia, cosa bien digna de inspirar al joven poeta, si la musa de Lionel no le hubiese arrastrado en adelante a más altas poesías.
A la cabeza marchaban Bernardo Miquelon y Rosa Harcher, agarrada la una del dedo meñique del otro, ambos encantadores y radiantes de alegría. Detrás de éstos el señor y la señorita de Vaudreuil, al lado de Juan; después los parientes más próximos, padres, madres, hermanos, hermanas, y, por fin, el Sr. Nick y su pasante, escoltados por los miembros de la diputación hurona.
El notario no había podido sustraerse a ese honor, no faltándole, con gran pesar de Lionel, más que el traje indígena, lo pintarrajado del torso y los dibujos de la cara, para representar dignamente la raza de los Sagamores.
La ceremonia se verificó con toda la pompa correspondiente a la posición que la familia Harcher ocupaba en el país. Las campanas tocaron a vuelo, hubo mucho canto, mucho rezo, muchas detonaciones de armas de fuego, y en ese ruidoso concierto de tiros los hurones hicieron su parte con un a propósito y un conjunto tal, que hubieran merecido los aplausos de Nataniel Bumpoo, el célebre amigo de los mohicanos.
Luego la comitiva llegó al cortijo procesionalmente, Rosa Miquelon del brazo de su marido, sin que ningún incidente desagradable viniera a turbar la alegría de aquella familia.
Al llegar a casa de Tomás Harcher, cada cual se fue por donde mejor le convino, teniendo el Sr. Nick algún trabajo para separarse de sus hermanos Mahogannis, para ir a respirar más a gusto en la sociedad de sus amigos de raza canadiense; y más aburrido que nunca, no cesaba de repetir el señor de Vaudreuil:
-¡En verdad que no sé cómo desembarazarme de estos salvajes!
Mientras cada cual se divertía a su manera, si alguno estuvo en extremo ocupado, regañado desde las doce a las tres, hora en que había de servirse la comida de boda conforme a las antiguas costumbres, ese fue el buen Tomás Harcher; pues si bien Catalina y sus hijas se apresuraron a prestarle ayuda, los cuidados que ofrecía un festín de aquella importancia no le dejaron un minuto de reposo. Y, en efecto, no sólo era preciso contentar muchos estómagos, sino que era necesario satisfacer gustos muy diferentes; así es que el menú comprendía la variedad ordinaria, y extraordinarios de los manjares que produce el suelo canadiense.
En la inmensa mesa, en la que ciento cincuenta convidados iban a sentarse, estaban dispuestas otras tantas cucharas y tenedores envueltos en blanquísima servilleta, y un vaso de metal. Ningún cuchillo se veía allí, por la sencillísima razón de que cada cual había de usar su navaja; tampoco había pan, pues la galleta amasada con azúcar de arce es la única admitida en las comidas de boda. Manjares cuya nomenclatura vamos a indicar, unos fríos, estaban colocados ya en la mesa, mientras que los calientes se servirían uno después de otro.
En primer lugar, se sirvieron soperas llenas de hirviente sopa, que despedía gratísimo olor; después pescados fritos o cocidos cogidos en las aguas del San Lorenzo y de los lagos, truchas, salmones, anguilas, carpas, peces blancos, sábalos, touradis y maskinongis; patos, pichones, codornices, chochas, becadas, guisos de ardillas; después, como platos de más resistencia, pavos, gansos, avutardas, aves engordadas en el corral del cortijo, unas doradas en el vivo fuego de los asadores, otras nadando en un jugo sustancioso; detrás de esto, pasteles calientes rellenos con ostras, picadillo de carne adornado con grandes cebollas, piernas de carnero, lomos asados de jabalíes, sagamites de origen indígena, lonchas de gamo en parrillas, y, por último, dos maravillas de caza que debieran atraer al Canadá los golosos de ambos mundos, la lengua de bisonte, tan apreciada por los cazadores de las Praderas, y la joroba del susodicho rumiante, asada en su envoltorio natural y sazonada con plantas odoríferas. A todo esto hay que añadir las salseras llenas de relishs de veinte clases diferentes, verdaderas montañas de verduras y legumbres maduradas en los últimos días del verano indio; bollos de todas clases, y, sobre todo, buñuelos, en cuya hechura sobresalían las hijas de Catalina Harcher; frutas variadas cogidas en el jardín del cortijo, y, en fin, cien frascos de diferentes formas y tamaños llenos de sidra, cerveza y vino, sin contar el aguardiente, el ron y la ginebra, reservados para las libaciones de los postres.
La vasta sala del festín nupcial había sido artísticamente decorada en honor de Rosa y de Bernardo Miquelon. Frescas guirnaldas de hojas y flores adornaban las paredes; algunos arbustos parecían haber crecido a propósito en los ángulos; centenares de ramos de flores, colocados delante de las ventanas, embalsamaban el aire, y fusiles, pistolas, carabinas, todas las armas de una familia que contaba en su seno a tantos cazadores, formaban acá y allá brillantes panoplias.
Los nuevos cónyuges ocupaban el centro de la mesa, formando herradura. A ambos lados de los recién casados se hallaban la señorita y el señor de Vaudreuil, Juan y sus compañeros del Champlain. Enfrente, entre Catalina y Tomás Harcher, presidía el Sr. Nick, acompañado de los principales guerreros de su tribu, deseosos, sin duda, de ver cómo funcionaba su nuevo jefe; y respecto a esto, Nicolás Sagamore estaba dispuesto a demostrar un apetito digno de sus ascendientes.
En contra de la tradición, y merced a la circunstancia excepcional de la fiesta de familia que se estaba celebrando, los niños habían sido admitidos a la mesa de los mayores, en derredor de la que circulaba un verdadero escuadrón de negros, que se habían buscado para el servicio especial de la comida.
A las cinco ya se había dado el primer asalto. A las seis hubo una suspensión de hostilidades, no para dar el tiempo necesario para sepultar a los muertos, sino para que los vivos cobrasen nuevos bríos, y entonces fue cuando empezaron los brindis en honor de los nuevos esposos y de la familia Harcher en general.
Después empezaron las alegres canciones de boda, pues según antiguas costumbres, en toda reunión, en la comida lo mismo que en la cena, señoras y caballeros tienen por costumbre cantar alternativamente antiguas y alegres canciones francesas, alusivas a la fiesta que se celebra.
Lionel recitó un gracioso epitalamio, compuesto por él para la circunstancia.
-¡Bravo, Lionel, bravo! exclamó el señor Nick, que había ahogado en su vaso los fastidios ocasionados por su futura soberanía.
El buen hombre estaba muy orgulloso en su fuero interno por el éxito que obtenía su joven poeta, y propuso un brindis a la salud del galante laureado de la Lira Amical.
Esta proposición fue aceptada con alegría por todos los invitados, y los vasos se chocaron con estrépito, levantados hacia Lionel, feliz y confuso a la par por la ovación que le hacían; así es que se creyó obligado a responder al brindis de su principal con otro concebido en estos términos:
-¡A Nicolás Sagamore! ¡Honor a esa última rama del noble tronco al que el Gran Espíritu se ha servido confiar el destino de los hurones! Los aplausos estallaron de nuevo, los mahogannis se levantaron en derredor de la mesa, blandiendo sus tomahawks como si estuviesen a punto de lanzarse contra los iroqueses, los mungos o cualquier otra tribu enemiga del Far-West.
El Sr. Nick, con su buena cara tan plácida, parecía de un carácter demasiado pacifico para gobernar tan belicosos guerreros, y pensaba en aquel momento que esa aturdido de Lionel bien hubiera debido callarse.
Cuando concluyó la algazara producida por el brindis del joven pasante, los convidados atacaron con nuevos bríos el segundo servicio.
En medio de estas ruidosas manifestaciones, Juan, Clary de Vaudreuil y su padre hablaban con entera libertad y en voz baja. Al anochecer iban a separarse; y si bien el presidente del Comité reformista y su hija no debían partir del cortijo hasta la mañana siguiente, Juan había resuelto verificarlo aquella misma noche para buscar un asilo más seguro que Chipogán.
-Sin embargo, le dijo el señor de Vaudreuil; no es probable que la policía tenga la ocurrencia de buscar a Juan-Sin-Nombre entre los miembros de la familia Harcher.
-¡Quién sabe si sus agentes han descubierto ya mis huellas! respondió Juan, como entregado a tristes presentimientos; y si me descubrieran aquí, cuando el buen Tomás y sus hijos supiesen quien soy...
-¡Os defenderían! respondió Clary con viveza; ¡se harían matar por vos hasta el último!
-Lo sé, repuso Juan; y entonces, en recompensa de la hospitalidad que me han dado, dejaría detrás de mí la ruina y la desgracia. ¡Tomás Harcher y sus hijos se verían obligados a huir por haberme defendido! ¡Dios sabe hasta dónde llegarían las represalias! Os lo digo en verdad; tengo ganas, muchas ganas de marcharme de aquí.
-¿Por qué no volvéis en secreto a la villa Montcalm? dijo entonces el señor de Vaudreuil. Los peligros que queréis evitar a la familia Harcher estoy yo en el deber de arrostrarlos, y estoy pronto a hacerlo así. En mi posesión estaréis bien guardado.
-La señorita Clary me lo ha ofrecido ya, respondió Juan; pero yo he debido rehusar.
-Sin embargo, repuso el señor de Vaudreuil insistiendo; esto sería muy conveniente en cuanto a las últimas medidas que tenéis que tomar, pues todos los días podríais conferenciar con los miembros del Comité, y en seguida que el movimiento estallara, Farran, Clerc, Vicente Hodge y yo estaríamos pronto a seguiros. ¿No es probable que la sublevación principié en el condado de Montreal?
-Así lo creo, en efecto, o por lo menos en uno de los limítrofes; eso dependerá de las posiciones que ocupe el ejército de nuestros opresores.
-Pues bien, dijo Clary; ¿por qué no aceptáis la proposición de mi padre? ¿Tenéis intención de recorrer todavía las parroquias del distrito? ¿No habéis concluido vuestra campaña propagandista?
-Está acabada, respondió Juan; sólo me queda dar la señal.
-¿Qué esperáis para darla? preguntó el señor de Vaudreuil.
-Una circunstancia que acabará de exasperar a los patriotas en contra de la tiranía anglosajona, replicó Juan, y ésa se producirá muy pronto. Dentro de unos días los diputados de la oposición negarán al Gobernador general el derecho, que pretende tener, para disponer de los fondos públicos sin la autorización de la Cámara. Además, sé a ciencia cierta que el Parlamento inglés tiene intención de adoptar una ley que permita a lord Gosford revocar la Constitución de 1791, en cuyo caso los canadienses de origen francés no encontrarían ya ninguna garantía en el régimen representativo de la colonia, que, sin embargo, tan poca libertad de acción les deja ya. Nuestros amigos, y con éstos los diputados liberales, procurarán resistir a este exceso de poder, siendo probable que lord Gosford, para poner freno a las reclamaciones de los reformistas, dé un decreto de disolución, o por lo menos de prorrogación de la Cámara. Aquel día el país se sublevará en masa, y no nos quedará más que dirigirle.
-No es dudoso, en efecto, respondió el señor de Vaudreuil, que tal provocación por parte de los leales origine una rebelión general. Pero ¿el Parlamento inglés se atreverá a llegar a ese extremo? Y si ese atentado en contra de los derechos de los francocanadienses se verifica, ¿estáis seguro de que sea pronto?
-Esto sucederá dentro de muy pocos días, dijo Juan. Sebastián Gramont me lo ha asegurado así.
-Y, hasta ese momento, ¿cómo os arreglaréis para escapar?...
-Sabré despistar a los agentes de policía.
-¿Tenéis preparado un asilo?
-Lo tengo.
-¿Estaréis en seguridad en él?
-Más que en ninguna parte.
-¿Lejos de aquí?
-En San Carlos, pueblo del condado de Verchères.
-Sea como queráis, dijo el señor de Vaudreuil; nadie puede juzgar mejor que vos lo que las circunstancias exigen, y si os parece que debéis tener secreto el sitio de vuestro retiro, no insistimos; pero no olvidéis que a cualquier hora del día o de la noche la villa Montcalm está abierta para recibiros.
-Lo sé, señor de Vaudreuil, y por ello os doy las gracias.
En medio de las incesantes aclamaciones de los invitados y del tumulto, siempre creciente, nadie se había enterado de esta conversación, sostenida en voz baja y que no había sido interrumpida más que por algún alegre brindis, por una picante contestación o por una copla dirigida a los nuevos esposos. Y ahora parecía ya tocar a su fin, después de las últimas palabras cambiadas entre Juan y el señor de Vaudreuil, cuando una postrer pregunta de Clary provocó una respuesta de naturaleza a sorprender al padre y a la hija.
¿A qué sentimiento obedeció la joven haciendo esa pregunta?
Era, si no una sospecha, por lo menos el pesar de que no inspiraba todavía bastante confianza a Juan, puesto que éste conservaba aún con ella cierta reserva.
Debía de ser así, pues la joven le dijo:
-¿De modo que hay en alguna parte una casa más hospitalaria que la nuestra para ofreceros un asilo?
-Más hospitalaria... no; tanto, sí, respondió Juan con viva emoción.
-¿Y cuál es?
-¡La casa de mi madre!
Juan pronunció estas palabras con un sentimiento tal de afecto filial, que la señorita de Vaudreuil se sintió profunda-mente enternecida. Era la primera vez que Juan, cuyo pasado estaba envuelto en el misterio, hacía alusión a su familia. No estaba, pues, solo en el mundo, como podían creerlo sus amigos; tenía a su madre, que vivía escondida en el pueblo de San Carlos, y sin duda Juan iba a verla de vez en cuando para disfrutar al lado de la que le había dado el ser de algunos momentos de reposo y de tranquilidad, y ahora esperaría en la casa materna el instante propicio para lanzarse a la lucha.
Clary nada contestó; su pensamiento estaba fijo en aquella lejana morada. ¡Ah! ¡Qué alegría hubiese experimentado en conocer a la madre del joven proscrito! Se le figuraba que había de ser una mujer heroica, como su hijo, una buena patriota, que hubiera amado, o más bien que amaba ya, y la joven tenía la certidumbre de que la vería algún día. ¿No estaba su vida indisolublemente ligada en adelante a la de Juan-Sin-Nombre? ¿Quién podría romper este lazo? ¡Sí! En el momento de separarse de él, tal vez para siempre, se daba cuenta del poder del sentimiento que a ambos unía. :
La comida de boda tocaba a su término, y la alegría de los comensales, sobrexcitada por las libaciones de los postres, se propagaba en diversas formas. Felicitaciones para los recién casados partían de diferentes puntos de la mesa, produciendo un tumulto en extremo alegre, que dejaba oír de cuando en cuando estas exclamaciones:
-¡Honra y felicidad para los jóvenes esposos!
-¡Vivan Bernardo y Rosa Miquelon!
Y bebían también a la salud del señor y de la señorita de Vaudreuil, de Catalina y de Tomás Harcher.
El buen notario había aprovechado bien el festín; y si no pudo conservar la fría dignidad de un mahogannis, es porque esto era en absoluto contrario a su naturaleza franca y comunicativa. Es menester confesar que también los representantes de su tribu se habían despojado algún tanto de su aparatosa gravedad con la influencia de los manjares y del buen vino. Chocaban sus vasos, según las costumbres francesas, para vitorear a la familia Harcher, que los hospedaba en aquel día.
En ese momento, Lionel, que no podía estarse quieto, circulaba en derredor de la mesa dirigiendo un cumplido a cada uno de los invitados, y entonces se le ocurrió la idea de dirigirse al Sr. Nick, diciéndole con voz enfática:
-¿Nicolás Sagamore no pronunciará un discreto discurso en nombre de la tribu de los Mahogannis?
Merced a la feliz disposición de espíritu en que se hallaba; el notario no acogió mal la proposición de su joven pasante, aun cuando éste hubiese usado el lenguaje de los indios.
-¡Cómo, Lionel, crees tú!
-Creo, gran jefe, que ha llegado el momento de que toméis la palabra para felicitar a los recién casados.
-Puesto que ese es tu parecer; respondió el Sr. Nick, voy a ensayar.
Y el excelente hombre, levantándose, reclamó silencio con un gesto lleno de dignidad hurona.
El orden se restableció en seguida.
-Jóvenes esposos, dijo; un antiguo amigo de vuestra familia no puede separarse de vosotros sin expresaron su agradecimiento por...
De repente el notario se detuvo; la frase empezada quedó en suspenso: sus miradas, que denotaban una profunda sorpresa, estaban fijas en la puerta. Un hombre se hallaba de pie en el umbral, sin que nadie hubiera advertido su presencia.
El Sr. Nick acababa de conocer a aquel hombre, y exclamaba con un acento en que la sorpresa se mezclaba a la inquietud:
-¡El Sr. Rip aquí!